Verdes promesas/ Green Vows.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Broken Vow, Josh Groban.

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Paredes de Cristal/ Crystal Walls.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Llevo un tiempo planteándome algunos cambios a los que la vida que vivimos parece abocada a realizar en mí. Todo cambio de una situación da miedo o como poco aprehensión, puesto que aquello que está por venir no siempre es mejor. De sobra sabemos que lo que dejamos atrás nunca vuelve, y que todo cambio depara en nosotros una transformación tan profunda, que aquel que dejamos de ser se pierde para siempre en el recuerdo: aquello que no forma nuestro presente simplemente se diluye en el día a día y se pierde.

La pérdida, el dolor que genera, la ansiedad, son elementos que conforman el parto de esa nueva persona que somos siempre que nos vemos sometidos a las fuerzas telúricas de la vida. Por eso somos incapaces de aprehender lo que dejamos atrás, porque el cambio se opera en nosotros, y ya no encajamos tan bien, aunque queramos, en el tiempo ido.

Pues en esta situación estoy y, como no es tampoco novedad, no sé exactamente qué hacer, qué camino es el correcto ni qué deparará el destino de aquí a mañana. Esa fragilidad natural agrega mayor inestabilidad a mi mundo, de por sí bastante delicado ya, y me somete a las mareas insomnes y a los devaneos de lo que puede ser y no será.

Fuerzas que nos arrastran hacia un lado; responsabilidades que cuelgan de nosotros como fardos pesados, aceptados y queridos, pero estorbos a fin y al cabo; sueños que pugnan por nacer por fin, tras años de obstrucción y de olvido; oportunidades que se diluyen dejando en su lugar un vacío incierto… Y el mundo que gira lejos, por fuera de nuestro mundo de cristal, cuyas paredes nos rodean hasta limitarnos, ahogarnos o darnos la última libertad.

Me pregunto qué es lo correcto, dónde está el error (si lo hay) y cómo hacer para corregir lo que no tiene remedio: por todas partes afloran oportunidades encantadoras que esconden en su interior un alto precio; cambios radicales que generan revolución de estrellas; y renuncias, muchas renuncias a la nada; para acabar desnudo en la noche que pasa, y solo en los días que pasan uno tras otro, como una masa informe sin peso ni gravidez.

Me pregunto, mientras oteo a través de las paredes de cristal de mi mundo, por qué hay tanto dolor, por qué las personas envidian los bienes de los demás, desean aprehender la belleza, el aprecio, la locura ajena; se lamentan por lo que no tienen, sufren por lo que pueden tener y se hacen daño unas a otras, por efímeras consecuencias, por vacuos honores, por una sonrisa cómplice, una mirada perdida y un abandono… Soy parte del mundo, soy uno más; pero a veces me encuentro prisionero dentro de estas paredes de cristal y me pregunto, cuando me doy cuenta de eso, por qué me siento distinto, por qué no entro en ese juego, por qué me alejo de ese juego que llamamos vida, y por qué el mundo no puede ser aquello que queremos que sea: un lugar plácido en donde desarrollar nuestros potencialidades sin sumar más daño, más locura y más dolor del que el propio proceso de vivir nos da.

No lo sé…

Y acepto con cierta tristeza que mucha gente sea dueña de una mirada cansada o triste; que mucha gente espere de los demás una mala palabra, una mala acción, una absurda consecuencia; acepto que el mundo humano esté lleno de decepciones y de intrigas, y de falsos testimonios y de dureza…Sé que, en el fondo, está repleto de seres tan asustados como yo, y con tanto poder como yo para la serenidad, la belleza y la quietud.

Mientras tanto me pregunto, entre estas paredes de cristal, qué debo hacer, hacia dónde girar mis velas, y si aquellos que encontraré en el camino se darán cuenta que no tengo más ambición que hacer bien mi trabajo, que es vivir con bien, a través del umbral cada vez más grande de mis paredes de cristal; y ser feliz, y hacer felices a los demás, con eso.

No lo sé…

Llevo un tiempo planteándome cambios, muchos cambios, y nada parece ser lo correcto…

Haz creer/ Make Believe.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Estando ahora juntos, mientras cae el sol detrás nuestra, oigo tu voz oscura rodando por mi piel. Llevamos jugando largo rato para apenas conocernos, pero eso parece no importarte. A mí dejó de interesarme nada más verte: ese hoyuelo en la barbilla, esa sonrisa falsamente tímida, ese aire provocador. Nos tomamos nuestro tiempo acercándonos, no fuera que saliésemos corriendo de falsa expectación. Y sin embargo llegamos a tocarnos con un discreto roce de mejilla, y los labios al aire plegados en un discreto beso. Sonreímos, mirando como a otro lado sin sacarnos ojo, y cabeceamos a la vez. Menuda coincidencia.

Y el baile comenzó. Lento, con las prisas de la tarde que marchaba en pos de  la noche cerrada. Hablamos del tiempo, de moda, de religión. Y de política. Y lo dejamos pronto, porque no hay nada peor que discutir por tonterías que no vienen a cuento, al menos no hoy. Me gustó tu sonrisa y me embrujaron tus manos, que bailan con ademanes elegantes y serenos. Apenas las mueves, y cuando lo haces, ese milagro es fascinante. Y el hoyuelo de la barbilla, que desaparece a veces en esa sombra de barba que apenas me molesta. Me gustó que sonrieras con mis tonterías y que me hicieras reír con las tuyas.

Fumas, o eso me dijiste, mas no has encendido un cigarrillo desde que nos encontramos. Y sostienes que te gusta mi sonrisa; y yo hice como si no me diese cuenta la primera vez, para que lo repitieses hasta quedar grabado en el aire. El aire que nos separaba y que ahora nos une con un susurro, apenas audible en la tarde que cae. Cae como mis barreras, que no soportan ya ninguna lucha. Lucha que me ha arrastrado hoy hasta aquí y que me ha dejado, derrotado, en tus fronteras.

Sé que tienes tus heridas. Lo veo en tus ojos, lo esconde tu risa. Y tú sabes que yo arrastro las mías como cadenas oxidadas, pesadas y enteras. Lo viste en mis andares y en mi reticencia. Puede ser… Pero ahora parece todo olvidado, o al menos dejado de lado como un fardo pesado. La puerta del pasado se cierra y sólo estamos tú y yo, con el sol caído tras de nosotros, y la niebla cayendo como un velo a nuestros pies…

Haz creer que ésta es nuestra primera vez. Hazme creer que todo puede ser posible y que el mundo se detiene en el arrullo de un beso. Ya no somos unos niños, y sin embargo, tiemblo al tocarte en los labios y rozar con mi dedo la ancha brecha que tu pecho dibuja en esa camisa blanca. Haz creer que, a pesar del tiempo que nos separa, esta noche es un milagro para los dos, y que las expectativas se desharán como la niebla en el frío, y quedará la libertad de dos cuerpos despreocupados y desnudos. Hazme creer que ésta es nuestra primera vez, y yo haré lo mismo, arrastrado por el peso de la fantasía, por las alas de tu fuerza y el orgullo de mi corazón.

Porque esta noche es nuestra noche, y siento que puedo enamorarme de ti sólo con desearlo. Esos ojos, esa sonrisa, ese hoyuelo… Haz creer que el mundo es un lugar sereno que sólo acoge la pasión de unos amantes, y yo creeré en el credo de tu cuerpo, que arrulla el latir de mi corazón. Haz creer que todo es posible porque hoy estamos juntos y yo creeré en el poder de tu compasión. No más dudas, no más miedos…

Juguemos, en este compás de acercamiento y certeza; bailemos, en la sala de la fantasía, pretendiendo que nuestras historias desaparecen para siempre, aunque estén esperando por nosotros mañana por la mañana; supongamos que la tarde es eterna y que la noche escapa del suspiro; y que las pieles, los cabellos y los gestos hablen por nosotros, callados y enzarzados en una lluvia de besos. Y si nos enamoramos…, pues no estará mal.

Haz creer que todo es perfecto, que la noche se aquieta y se abren nuestros cuerpos. Hazme creer que la pasión dura más que un intervalo pequeño, y que la pequeñez de dos seres puede extenderse hasta el infinito. Haz creer que el mundo no teme a dos amantes que se unen, y que los astros tiritan, fuera de nuestro círculo, allá a lo lejos. Y yo te haré creer que el silencio no es más que la antesala de la laxitud, y que los goces y las sombras se unen al compás de nuestra pasión. Haz creer que ésta es nuestra primera noche y yo, al contemplarte, también haré lo mismo.

Mientras tanto, la música suena, la tarde se rompe en eternos colores y tú y yo bailamos, juntos muy juntos, sin aire entre nuestros cuerpos, perdiendo miedos como perdiendo velos, encontrándonos desnudos al arrullo de las estrellas.

La estrella inalcanzable/ The Unreachable Star.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Siempre he sabido que, para conseguir ese hermoso sueño que es la libertad, la verdadera y auténtica, que hace saltar alas en los pies y notas de cristal en la boca abierta, tenía que alcanzar primero el amor, el amor verdadero y auténtico, que alborota y enorgullece, que trastorna y enloquece, que calma y adormece y que nos hace soñar.

Siempre he sabido que tú, ese sueño imposible, estaba ahí, esperándome. Buscándome en las tinieblas de ti mismo; luchando conmigo mismo, con mis ideas, mis imágenes y mis deseos; sintiéndome a tientas en la noche; alcanzando los brazos y el cuerpo para tocarte.

Siempre he sabido que tú y yo nos encontraríamos. Que sabrías mi nombre y cómo te llamarías. Que sonreiría al verte y tú al acercarte…Siempre he sabido que tú existías, aún en la lejanía de mi primer pensamiento, y que un sentimiento más fuerte que la vida te materializaría y te haría feliz.

Pero no ha sido fácil. La búsqueda, tu búsqueda, la mía. He estado tanto tiempo perdido en los meandros de mis miedos; he perdido tanto tiempo escalando montañas ajenas, alcanzando horizontes lejanos y ocultándome, que casi pierdo la fe en ti, en mí, en nosotros. Pero así es la vida. Deambulando por el desierto de mi nombre, apenas vislumbraba el cielo abierto, el latir de las estrellas, el arrullo de la mañana que amanecía. Y era un error. Y yo lo sabía, y me ahogaban la desesperación y el desorden. Y eso sofocaba todos mis intentos y me dejaba aún más desesperado, solo y preso.

Siempre ha habido un sueño, un sueño imposible que comenzaba contigo y terminaba en mí. Una estrella inalcanzable que exigía cremar toda mi vida, mi vida vivida hasta ese instante, por ser acariciada, no más que aprehendida. Y miedo me daba sacrificar lo único que sabía de mí mismo a un ídolo lejano, a un sueño informe. Y sin embargo… Ése era el precio de encontrarte; ésa era la salida a mi propia libertad. Pero yo lo ignoraba, lo ignoraba hasta que me encontraste perdido y me llamaste y me ofreciste tu mano y tu abrazo y tu alegría, y todo lo cambiaste para mí.

Me has hecho sentirme amado, aceptado y tan querido. Tanto… ¿Cómo es posible que haya estado tan ciego, tan solo? No lo sé. Y sin embargo ahí estabas, en el fondo de mis latidos esperando a ser encontrado, tropezado por mi vida a oscuras, para hacerte luz, día, estrella y sueño para mí. Y cuando todo eso ocurrió, en medio de la mayor desazón y soledad, el mundo se detuvo en un suspiro, y suspiré hondo en el pecho agitado, porque tus ojos me gritaban la maravilla, y tu boca cantaba los milagros de la vida y tus brazos se abrían a un mundo por descubrir. Y se desplegó el universo con sus múltiples posibilidades y sus eternos colores, colores que fluían de mí hacia ti y hacia mí volvían, y todo cobró sentido, sensación, comprensión y posibilidad.

Tú me has conquistado, y conmigo, has hecho que yo alcance la cima de mi propio universo. Eres mi combustible, mi guía. Porque has hecho que desvelara la energía de mi corazón, que destapase de una vez la gloria de mi destino, que me empañaba en vano en ocultar. Todo será revelado… Y tú desvelaste mi vida y mi vida alumbró mi destino, y ese destino es brillante, y ese sueño inalcanzable de pronto se ha hecho posible, y las alas de mis pies hacen que vuele lejos, muy lejos, alcanzando las estrellas. Y las notas de cristal que manan de mi boca, tocan ya los planetas y me acercan, en un viaje mágico que ocurre en mi propio interior, a la calma y a la placidez, y al éxtasis de sentir y de ser libre, libre de verdad, sin miedos ni flaquezas, ni dudas ni tropiezos, fuerte y ligero como pluma, hoja, haz o luz, niño y hombre, sexo y amor.

Paz, esa estrella inalcanzable. Honor. Amor. Libertad, ese sueño imposible de un eterno soñador que creyó perderlo todo, pero cuya más íntima ilusión, la primera de su vida y la única en realidad que le importaba, le regaló la magia y la locura y la saciedad y la anchura y la devoción y la certeza y la emoción, y le arrancó de las tinieblas de los deseos ajenos, de los sueños perdidos, ofreciéndole la más delicada estrella, el sueño más inmaterial, en sus palmas abiertas, por fin, a la verdadera vida, llena de ancha libertad. Una libertad pavimentada en mi vida pero que lleva, ahora sí, tu verdadero nombre.

Atrás quedan las dudas, los deseos frustrados, los errores. Ya no más… El viaje ha empezado, ha empezado por fin. No importa cuán tarde, cuán auténtico, cuán material. Ha empezado, para ti y para mí, y no tendrá nunca fin.

¿Desde cuándo me siento así?/ How Long Has This Been Going On?

El mar interior/ The sea inside

Después de lo que había ocurrido, me dije a mí mismo que lo mejor era quedarse tranquilo y dedicarse al trabajo, puesto que mucho había y necesitaba toda mi atención para asimilar las novedades que tenía.

Así que me dispuse a cumplir ese trato conmigo mismo desde el primer día, y lo que ocurre es que iba bastante bien. Estaba demasiado absorto en todo lo que me sucedía, intentaba aprender lo más rápido posible y cometer el mínimo de errores, a pesar de que eran muy sonados, al menos para mí; siempre he tenido la mala fortuna de llamar mucho la atención.

Las noches pasaban y los días se diluían. No sentía más necesidades que las de dormir, y tenía de hecho el cuerpo y el alma dormidos. Saciado del deber cumplido, diariamente me entretenía en ese estado de recuperación continuo, que de todas maneras necesitaba. Siempre he sido un poco torpe en cuanto a mis sentimientos (y no querría contar con respecto a los de los otros), por lo que dedicaba lo que me quedaba para mí a disfrutar de mis amigos y lo que nos ofrecía a todos el escaso tiempo repleto de libertad. Risas y bailes, cenas y encuentros. No esperaba nada más de la vida, puesto que la vivía al día, absorbido como estaba en los quehaceres diarios; cuando empezamos a trabajar desde cero, parece que nada puede con ello y, al menos en mí, me llevaba toda la atención.

Y sin embargo, en medio de todo aquello, en las brumas de la noche, en el sopor de los seres que cabecean, entre ruidos de alarmas y semisombras, vi aquella sonrisa sonriéndome y perdí el norte de lo que estaba haciendo por unos segundos.

Me miraba interrogándome con la mirada, pero sonriéndome como si tal cosa. Todo le era nuevo, excepto su habilidad, demasiado experimentada como para asombrarse por la novedad. Es decir, todo lo contrario a lo que a mí me pasaba. Sin embargo era su superior en rango, y esperaba que le dijese qué tenía que hacer. Y, aunque hacía ya algunas semanas que rondaba por allí, aquella noche fue la primera vez que me di cuenta de su presencia sonriente y atrevida.

Sonreía. Siempre recordaré su sonrisa invitadora y confiada, para nada tímida. Y ese mentón y esa voz de ave en vuelo. Y me enseñaba la ampolla ya vacía. ¿Vamos allá? Y yo podría haberme deshecho en aquel momento y hubiera sido lo mismo. Todo lo que me había prometido, todo lo que quería evitar, pareció deshacerse en el infinito cuando aquella voz me preguntó, y aquellos ojos me miraron y esa sonrisa de planeta llenó mi horizonte.

Me quedé atontado y volvió a sonreír. Y preguntó de nuevo y pude recomponerme, apoyándome sobre una superficie de acero resbaladiza y húmeda. Me mojé toda la espalda sin querer, y como no quería que se diese cuenta, seguí sus andares con paso mareado. Una vez que hubo terminado, siempre sin dejar de sonreírme, me preguntó si quería cambiarme, que al parecer estaba algo mojado. Y yo me quedé mirando al monitor con cara de tranquilidad al ver los cambios que habíamos producido y, muy digno, empapado y frío, le dije que lo haría, ya que estaba todo bien. Se ofreció a acompañarme pero le dije que no hacía falta. Le di las gracias y me fui como pude.

No sé qué me pasó ni porqué. ¿Qué había en él que tanto me alteraba? No lo sabía… Pero fue verlo, verlo de cerca, y todo dejó de tener sentido para mí. Todo. Hasta lo que me había prometido…¿Y qué había sido? Ya no lo sabía…

Tenerlo cerca era intoxicante. El perfume de su piel; sus ojos de miel y desierto; su sonrisa desarmante. Su comportamiento siempre correcto; sus comentarios justos pero risueños. Siempre sonriendo. Y esas espaldas en las que esconder universos, y esas piernas retorcidas que escapaban a la gravedad del mundo con paso firme y preciso.

No podía permitirme esa ansiedad, esa distracción que me llevaba lejos de allí hasta mezclarme con el cielo. No podía dejar que mi corazón brotase a mi boca cada vez que le pedía algo; no podía dejarme perturbar por su cercanía, cuyo calor parecía percibir en la distancia.

Pero de repente me lo encontraba a todas horas, en cada rincón, en cada esquina. Y la misma sonrisa y la misma mirada y la misma soledad. Y el mismo saludo y el mismo caminar…

Intenté acallar las alarmas, traté de cerrar todos los caminos que de repente se abrían a mis pies… Labor imposible. Cerraba mis ojos y sus ojos me miraban; dormía, y su voz me despertaba tiernamente; me duchaba, y sus manos limpiaban mi piel… ¿Desde cuándo me sentía así? No lo sabía… Pero no podía luchar contra aquella marea que todo lo contenía: mi pasado, mi presente, mi corazón encabritado… No podía…

¿Podía confiar en ese sentimiento que de pronto me abrasaba? ¿Por qué esa necesidad repentina de gustarle, de sonreírle a la menor tontería, de verlo a la menor oportunidad? ¿Era sensata la insensatez que me corroía las defensas? ¿A qué luchar, entonces? No sabía nada de él, salvo que parecía tan solo como yo lo estaba, y sin embargo…

¿Cómo era posible encontrarlo allí, en medio de aquella locura del día a día? Todo lo que había deseado, todo lo que calladamente me negaba a ver, en él estaba retratado: aquella cabeza bien hecha, aquellos ojos melosos, aquella boca cincelada y perfecta, aquellos brazos… Me ahogaba pensando en él, y cuando lograba arrancarlo de mi pensamiento, lo añoraba llamándolo por su nombre…

Y sin embargo, todo era bello cuando estaba a su lado; nada era suficiente y todo era posible. Todo… Me sentía metafísico, imparable, imposible, inconmensurable. Consigo a mi lado el mundo se detenía y congelaba su sonrisa en mi corazón, hambriento de tantas cosas…. Y todo era fácil, todo se hacía, y el descanso era un regalo y encontrarlo por casualidad en un pub, de noche cerrada, la mejor de las sorpresas; y por la mañana o la tarde; y en la alameda, y en el interior de mi corazón…

¿Desde cuándo me sentía así? Una nerviosidad me invadía los brazos y la risa de tonto me salía por la boca indetenible y ridícula. Podía estar horas de pie, como si hubiese dormido sobre miles de plumas apiñadas; podía estar encerrado noches enteras y ver el sol nacer y morir cien veces; podía nadar y volver y reflejarme en sus orillas y caminar el mundo y regresar a su lado y todo me parecería perfecto y hasta natural, porque él estaba cerca, a mi lado.

Y, aunque nada había cambiado, todo era distinto. Todo. Porque él estaba allí. Mi mundo pequeñito se había expandido, y mis necesidades, despertado. Y, aunque lo hubiese querido (y lo quería), no podía dar marcha atrás. Ahora no… Sabía que estaba mal, sabía que era un error, pero nada podía hacer, nada ya… Aquella atracción, aquella alegría súbita, aquella indefensión…

Así que, desde la cumbre más alta, salté. Sin paracaídas, sin red. Sólo para aterrizar en sus brazos que me esperaban, y en su corazón, que me daba la bienvenida… Aquella locura que me sacaba el sueño, aquellas leyes que gobiernan la mente en calma y que ya no me eran válidas; todo lo que tiene la sensatez de cuerdo…, nada importaba. Sólo sentir su caricia, oír el timbre de su voz, contemplar el cielo de su sonrisa y perderme en aquel pecho infinito y en aquellas espaldas morenas…

¿Desde cuándo me siento así? No lo sé, pero ya no me importa…

El largo día acaba/ The Long Day Is Over.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Arrastro los pies. Un paso me cuesta un mundo y, el otro, más de un pensamiento encadenado. No logro desenredar mi mente de lo que ha pasado y sigo dando vueltas con la peonza de mi cerebro como si fuese un juego sin fin. Cada paso es como un abismo y duro, pesado y eterno. Pero los doy, uno  a uno, sin equivocarme demasiado, sin siquiera darme cuenta, salvo del ruido del agua bajo mis pies, chapoteando como niño pequeño sin descanso.

Hay días en los que es mejor no salir de casa. Todo sale al revés, o el mundo nos trata del revés, que viene a ser lo mismo. Y el cansancio sólo mina la rutina, que desaparece y se esconde, y desgasta al corazón, cuyo latir se pierde en innumerables intentos por hacer lo correcto. Por eso hay días en que es mejor acurrucarse en el sillón, con la chimenea encendida, y la tele haciendo ruido bajito mientras cabeceamos sobre un buen libro, y una copa o una taza o una caricia al lado.

Y sin embargo, la vida nos arroja en este mar insomne que ruge sin cesar, haciendo de nuestra travesía una montaña rusa de sentidos, sentimientos, escarceos, fallos, intentos, errores y justificaciones, cuando no de misterios sin respuesta, sin redes ni salvavidas; nadamos al alcance de nuestros miembros, rugiendo bajo las fuerzas de la Naturaleza, manteniéndonos a flote sin remedio y a veces sin ganas, como luchando contra nosotros mismos además de contra la vida. Porque la vida es una lucha continua, que parece no tener fin, al menos no por ahora. Y todo es un abismo que escalar de paredes lisas y pulidas; riscos elevados desde donde caer; lagos inundados por gotas de duda, engaños, insalubre negatividad y desilusiones. Y lidiamos como podemos, como nos dejan o como sabemos. Y da igual cómo sean, dónde se encuentren ni adónde nos lleven. La vida se entremezcla, se lía y se deslía usándonos de tejido, de puntadas y de guías, y nos dejamos llevar a pesar de la resistencia, o más bien debido a esa fuerza antagónica, lustrosa y única que nos conforma.

Arrastro los pies. Uno detrás del otro. Y el agua me moja los dedos, enchumbando los calcetines de lana. No debí haberlos puesto, porque los pies además de fríos, me estarán húmedos. Debí haberte hecho caso ayer, pero es que tenía frío. Y vaya si hizo frío. Me gustaría contarte todos los dolores, las vanas esperanzas, la fragilidad del cuerpo, la dureza del espíritu, la firme confianza, las soluciones borrosas y los parches que acabamos poniendo en esa tela que es el cuerpo y que a veces no queda más remedio que desechar. Pero no puedo, porque no me entenderías. No sabrías porqué a veces me quedo callado como una tumba, con los ojos semicerrados y ausentes; no estoy perdido, todo lo contrario, quizá nunca esté más presente, más contigo. Me gustaría compartir contigo mis miedos, que son tantos; mis dudas, que siembran más dudas y dan a luz más dudas en medio de un terremoto de sensaciones a la vez valiosas y equivocadas; lo mucho que me pregunto una y otra vez porqué, porqué y qué hacer; y lo que hago, casi sin pensar, tras el instinto como tras el amor, con ciega confianza y muda razón, porque no tengo ninguna o se me escapan todas, que es lo mismo. Me gustaría que sintieras la miríada de sentimientos que me aturden cada vez que entro a trabajar, esas veinticuatro horas encerrado con el dolor, la esperanza, la desolación, la fragilidad; y la risa, y la sonrisa, y la alegría y el llanto desconsolado y la envidia, la riqueza, la bajeza y el azar. Pero no puedo, porque sé que no me entenderías.

Y no me quejo: es mejor así. Cuando llego, como hoy, con los pies arrastro, y me regañas por lo bajito y corriges mi postura cansada y me sonríes con esa boca de fresa y en los ojos un brillo de estrellas, nada tiene importancia, salvo tú. No me quejo, porque tú eres la mejor de las medicinas, la única en realidad que logra desatar esa parte de mí que queda encerrada en el hospital y a la que vuelvo día a día casi sin echarla de menos; tú eres lo que me mantiene erguido aún en medio de un océano de cansancio, de frustraciones y de dolor ajeno, que llega sin embargo a ser tan mío como las entrañas que me forman. Por ti, mi paso de procesión con los pies húmedos y fríos vale la pena, y me olvido de la incomodidad y de la insensatez cuando me acerco poco a poco a nuestra casa, al hogar en el que el hogar refulge con leña recién puesta, en el que el silencio se llena con tu voz de arrullo y la cama de pluma de cisne, y la ducha de agua cálida y con olor a rosas y el eterno lamento de una fuente de patio. Por ti, mi mundo de patas arriba tiene sentido y es más mundo porque tú lo enderezas y le das movimiento, fuerza y núcleo, magnetismo y tierra.

Así pasan las horas y llego a ti. El sol hundido en medio de la lluvia, el viento enloquecido rodeándolo todo; las ramas de los árboles humildes debajo del agua que cae, y los hombres empapados que van y vienen por las arterias de la vida. Y llego con el paso cansado, cansado y aturdido, hasta encontrarte, y el mundo se llena de luz, y la tibia manta de tu sonrisa me arropa y me seca y me da de nuevo vida. Y me cuidas como a un niño pequeño; me alimentas y me imitas; me mimas y te ríes de mí. Y yo me río y sonrío en este largo y duro día en que todo era un sin sentido hasta llegar a ti. Y saber que la vida tiene una meta, y esa meta eres tú, me ennoblece, me enaltece y me desborda, afortunado y único en el mundo, por tenerte a mi lado, oyéndome, lamentándote, asumiéndome y regañándome. Adoro cada palabra que me dices, cada gesto, cada sonrisa. Para mí vale el giro de un planeta, el brillo de la luna en el otoño. Y la leña encendida y la ducha tibiecita y el arrullo de tu abrazo esponjoso, y el calor de tu cercanía, gravedad que me ata más y más a ti.

En esos momentos mágicos, en los que el largo día acaba, me siento un hombre más cabal, más humano y más pobre, porque tengo salud y un hogar cálido y una sonrisa de bienvenida y una caricia que me lleva, en esos instantes en los que el largo día llega a su fin, a la alegría más pura y sentimental, que es la de sentirse amado. Contigo en mi mundo el mundo cobra sentido, un sentido único que resiste las embestidas del espacio exterior, y que consigue, a pesar de las desidias del largo día que acaba, que llegue a ti con el amor suficiente y las suficientes ganas de darte las gracias, de merecerte y de quererte al menos con la misma fuerza, la misma entereza y la misma pasión que tú  a mí.

Y a ti te dedico estas pocas líneas, mientras el atardecer inunda nuestra casa de ocaso, y la leña crepita en el hogar, y mis pies ya están secos, y tu mano acaricia la mía, con esa delicadeza y esa complacencia que tienen todas las cosas pequeñas, que se sostienen gracias a ti.

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En Blanco y Negro/ Black & White.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Chris Botti. When I Fall in Love.

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