Mundos opuestos/ Opposite Worlds.

El mar interior/ The sea inside

   Sólo el tiempo me ha enseñado que no es necesario ser amado para amar, ni ser ciegamente apreciado para vivir día a día, y que las paredes que separan los mundos opuestos, en realidad, son falsas y se evaporan a la inspección más minuciosa.

   Muchas veces me pregunto porqué seguimos desplegando, en toda relación humana, el abanico de frustraciones con el que nacemos y aquellas que vamos ganando con los años, cómo es posible que sigamos siendo atraídos hacia determinadas actitudes y aspectos antes que a las personas en sí.

   A veces me pregunto, a medida que gano años, cuán difícil resulta eliminar esa basura sentimental, limpiar esa carga emocional que nos impide ver a los demás tan claros y tal cuales son y, aún más a nosotros mismos. En vez de ganar en aplomo y resistencia, la suma de los sueños que nos lleva hasta aquí es en sí misma una fuente de frustración y de error que termina por engatusarnos, primero en la red de expectativas y, después, en la de decepciones que siempre acaban por venir. Un amigo con el que dejamos de conectar; un amor que termina siendo un espejismo; alguien agradable pero cuya atracción física es nula; nuestra propia piel, que se aja y se descuelga; los insomnios a veces; las manipulaciones otras… Todo conforma un tejido de lucha de poder, de leyes de atracción y de rechazo, que agrega miopía a las similitudes y sólo remarca las diferencias, haciendo que el mundo, siendo como es uno solo, parezca escindido y diverso, contrarios y opuestos a nuestros deseos y realidades.

   He conocido personas, que siendo aún jóvenes y sanas, persiguen anhelos irreales, quieren ser deseados por lo que aparentan y lo que buscan, y no desfallecen jamás, a pesar de que cada día les regala el hecho real de la soledad. He conocido personas brillantes y maravillosas, que sin ser guapas, reflejan una alegría y una paz interior maravillosas, atadas a otras oscuras y grises por falta de autoestima; otras, por falta de cariño hacia sí mismas, que se encierran y sólo salen cuando reciben aquello que más temen, y clausuran su búsqueda o enmiendan sus necesidades hacia otras metas, otros anhelos lejanos de aquéllo por lo que realmente suspiran. El mundo está tan lleno de equivocaciones… Y todos encajamos en algún lugar de este océano de errores; todos yacemos con nosotros mismos, y sólo con nosotros mismos nos enamoramos y nos separamos y sufrimos y envejecemos; muchas veces sin aprender estas lecciones tan sutiles y tan bellas como son las de amar y ser amado simplemente por lo que somos y no por lo que aparentamos.

   Mundo opuestos que reflejan realidades comunes: belleza y fealdad, maldad y bondad, riqueza y pobreza, inteligencia e idiotez… Todo es lo mismo, todo es el reflejo del mismo ser, de los mismos miedos. Unos suspiramos por amor, otros por ser aceptados; algunos por encajar en determinado ambiente, otros por seguir pareciendo jóvenes a cualquier precio; otros por ser tomados en cuenta y algunos por ser olvidados. Unos por dolor, otros por temor; algunos por valentía y unos pocos por sentimentalismo y terror… Puede que el amor sea la respuesta. El amor íntegro, completo, absoluto. No el que luchamos por merecer, no el que creemos merecer, no el que buscamos en el Otro ni el que el Otro nos da; no el amor de limosna, no el amor de gratitud, si no el amor simple, que brota sincero de una sonrisa y de la luz de unos ojos sin igual, y que acaba destruyendo las barreras de papel de esos mundos opuestos en los que naufragamos siempre y del que sólo sacamos heridas, dolor y más y más frustraciones.

   No lo sé. La soledad nos acompaña; el temor hace de nosotros un juguete roto. Y sin embargo la solución parece tan sencilla… No lo sé. Atrás quedan amigos perdidos, personas que creímos amar alguna vez y que nos decepcionan, sueños que no se cumplen, vidas que no se viven y sentimientos que mueren por falta de correspondencia… Y aquí estamos. Mirándonos en espejos deformes, peleando en mundos opuestos por lugares opuestos, por necesidades opuestas a las que realmente tenemos…

   ¿Alguien es realmente feliz? ¿Qué es, en esencia, la felicidad? ¿Quién desea envejecer, o perder la salud, o ser rechazado por aquellos que deseamos, o luchar con el destino, o aceptar el destino, o llorar o engordar o adelgazar o estar solo y morir? Puede que la clave esté en deshacernos de todos los velos, en destruir esas barreras que separan nuestros muros estancos y darnos cuenta, de verdad, que el amor está en cada rechazo, que la vejez tiene sus oportunidades como la juventud, que cada destino tiene encerrado en sí mismo un proyecto de vida adecuado a nuestros sueños y que nuestros sueños, sueños son. No lo sé… Puede que el amor sea la respuesta, el verdadero amor que no es pasión pero que se le parece, que no es serenidad pero se le acerca y que no es felicidad pero casi la consigue.

Promesas rotas/ Broken Vow.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Dime su nombre, quisiera saberlo.

   No hay un motivo. O quizá sí.

   Ponerle cara, saberlo real, tenerlo cerca.

   Dímelo, por favor. Para saber cómo ha terminado lo nuestro y porqué.

   No quiero hacerme fuerte ante ti. Me conoces demasiado bien. Y yo a ti. Es que quiero comprender qué tiene él que yo no; cómo es su voz y sus caricias.

   Porque él te acaricia y te susurra cositas divertidas. Él te toma de la mano y te invita a un universo nuevo que no te aburre. Que no te aburre como éste que ambos construimos.

   No soy masoquista. No me gusta sufrir. Pero me estás haciendo daño. Y al menos quisiera comprender, necesito aprehender, los motivos por los que él ha entrado en tu vida para arrebatarte de la mía; cómo ha sido posible que haya cerrado mis ojos y mi corazón a cada una de las negativas, a cada una de tus excusas y a nuestra falta de tacto.

   No… No te culpo. ¿Qué ganaría con eso? Nada: ya te vas. Puede que sienta remordimientos conmigo por no haber sabido actuar antes, por no corregir a tiempo nuestro amor, por haber estado distraído y haberme confiado, por haberte dejado ir.

   Ya sé, ya sé que somos un mundo. Pero nosotros teníamos un mundo que ya no existe. Y no es fácil ver alrededor todos estos trozos que me hacen daño. No tengo la voluntad suficiente para limpiarlos, porque aún te amo.

   Sí… Lo he dicho. He dicho las palabras que él te dice y que yo he callado por tanto tiempo.

   Y no. No es por sentirme culpable: te amo. Te quiero como la primera vez. A pesar de los desastres y del desgaste del día a día, aquello que prendió en mí sigue estando inalterable en mi corazón. Porque para apagar este amor hace falta algo más que palabras amargas y algún desconsuelo, hace falta que te vayas de mi lado y que tu espacio se vacíe en silencio y soledad.

   ¿Cómo te mira? Dímelo, por favor. ¿Y cómo te besa? ¿Se parece a mí…?

   Déjalo, déjalo. No quiero hacerte sufrir más. A pesar que parte de mí le gustaría ver cómo tus ojos rezuman en llanto y cómo te remuerde la conciencia… Pero no. No me hagas caso. Sabes que no soy cruel, al menos no por naturaleza. Soy aplomado, aburrido, asentado. Doy todo por hecho y el amor, y en el amor, no hay esfuerzo suficiente, no hay día o noche sin cuidados.

   Cierro los ojos y te veo y sonrío. Y nos veo y sonrío. Y oigo esa risa tuya que es como una cascada y tus ojos brillantes al atardecer, nuestras pieles traslúcidas, tu sudor y el mío… ¡Oh! Cómo me gusta abrazarte… Sentirte en mí, a través de mí; oler tu perfume; sentir la blandura de tu piel callada, sedienta, pausada…

   No te preocupes. De verdad. Te dejo ir en paz…

   Sí, ya sé que te preocupas por mí. Yo también. Por mí y por ti.

   ¿Recuerdas aquella capillita de La Lanzada? El aroma del mar, el viento rabioso entraba a espuertas, y los santos salados rezaban oraciones que nosotros adivinamos. Entramos juntos como novios nerviosos, con sonrisas pequeñas. Traspasamos su umbral y nos llenamos de paz. Una paz que habitaba en aquel silencio, en aquel altar vacío lleno del ulular de la brisa del mar. Nos acercamos. Los santos nos sonreían con esa beatitud inhumana. Creamos esas estatuas para que sean aquello que nunca seremos capaces de ser los hombres. Una ventanita iluminaba el centro del altar y allí nos detuvimos. Nos vimos a los ojos. En aquella beatitud todo era apasionante: tu rostro, tu sonrisa, tu cuerpo lleno de belleza, tus manos en las mías. Y allí pronunciamos nuestras promesas de amor, nuestros sueños por cumplir. En aquella capillita, en donde la ley humana nos impide ser lo que éramos uno para el otro, pronunciando nuestros nombres nos unimos, y la pasión llenó aquellas paredes benditas con un placer carnal y un placer crepuscular que me hizo llorar en la penumbra y besar tu sombra para siempre.

   Jamás pensé que romperíamos esas promesas, que dejaríamos pasar unos votos de amor que quizá nunca debieron pronunciarse. Pero dices que nada es para siempre… Y puede ser.

   Dime su nombre. Háblame de él. ¿Cómo es? ¿Es alto y feo? ¿Es bajo y regordete? No lo sé, cualquier cosa… ¿Te ama como te amo yo?

   Qué tontería…

   Perdóname… Sé que tienes prisa. He visto que ya no te quedan cosas en casa. Y ahora te vas…

   ¡Espera! Espera un instante nada más… Déjame abrazarte por última vez. Déjame creer que aún la vida no se ha detenido y que la ilusión del amor aún habita entre nosotros. Y sentir tus labios crujientes y tu piel de adiós…

   Daría mi vida por haber cumplido aquellas promesas, daría mi vida para que tú hubieses sido feliz a mi lado. Y aunque ahora sólo nos rodeen promesas rotas, hay una que está todavía con vida y que late en mis manos y se llena de mi corazón… Anda, tienes la puerta abierta. Vete ya, vete sin miedo. No diré nada, no saldré en la noche a clamar tu nombre, no lloraré en las esquinas una ilusión perdida, no dejaré que la última de las promesas que nos hicimos se pierda, como las demás, en las brumas del tiempo.

   Sé feliz. Se feliz con él. Que te besa y te desea, que te dice que te ama y te acaricia, que te brinda su apoyo y su calor, que duerme a tu lado y te hace reír.

   Sé feliz. Y nunca mires atrás. Porque me encontrarás allí, rodeado de promesas rotas, amándote todavía, a pesar de la soledad y de la amargura, por un tiempo eterno.

A veces me siento así./ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Tiempo de Curar/ Healing Time.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Pocas veces he hablado de esto con mis amigos y colegas. Cuando nos reunimos somos el azote de todas las parejas: no paramos de hablar de trabajo. Lo que ocurre es que no hablamos exactamente de trabajo, si no de los que nos pasa en él, que es muy distinto. Sin embargo es cierto: está tan impregnado en nuestro ser, que se nos olvida el resto del mundo, que mira entre aburrido y acostumbrado hacia ninguna parte en particular, hasta que nos damos cuenta o algo así, y cambiamos de tema al menos por cinco minutos. Es lo que hay.

   Sin embargo el proceso mental que nos lleva a optar por un diagnóstico u otro y, por ende, por éste o aquél tratamiento, suele quedar relegado, como si la desnudez de nuestro esqueleto interpretativo fuese algo de lo que avergonzarse. Es cierto que en la mayoría de las especialidades se tiende a la protocolización excesiva, a la compartimentalización del cuerpo (cosa que veo como un error) pues nos lleva a fallos de visión que pueden llegar a veces a ser peligrosos para los pacientes. Bien es cierto que la mayoría de las veces esa pérdida de visión periférica sólo acarrea pequeños desajustes fácilmente solucionables; caminamos sobre un precipicio de fondo inabarcable en situaciones así.

   Para la ciencia, la repetición de una actividad debe dar siempre el mismo resultado. Como el ser humano no es un sistema matemático en sí mismo (o quizá sí lo sea, pero de una física y matemática que aún no llegamos a comprehender) esta aplicación, ley en ciencia, sufre ciertos ajustes y esos cambios los llamamos variabilidad, recostándonos en la estadística, en la probabilidad y en una serie de redes que intentan garantizar un estado de estabilidad que es muy difícil casar con la naturaleza humana. Pero que es útil: todo se basa en la mayoría, y es difícil equivocarse con el grueso de la población. Y de cualquier forma, siempre nos acompañan esos casos excepcionales para añadirle sal a nuestro trabajo, miga a nuestro quehacer diario, aunque casi nadie quiere tropezar con algo así.

   De esto se desprende que la Medicina es una ciencia inexacta: lo es. Todo puede suceder. Todo. Y nada al 100%. Es una ciencia elusiva, cambiante, demasiado influenciada por factores externos, por procesos que se nos escapan de las manos y que tienen más que ver con la naturaleza divina de las cosas.

   Es raro que un médico emplee un término semejante. Es tan poco frecuente como esperar dicha explicación de un médico. En cierto sentido, trasladamos nuestra inseguridad al poseedor del Saber, y es correcto ese acto de confianza; lo que quizá ignoramos es que a pesar de ese conocimiento, y gracias a esa sabiduría de las cosas humanas, los médicos sabemos que todo es posible (hasta lo improbable) y aunque hay cosas indiscutibles, la naturaleza humana juega demasiado con cartas marcadas que a veces nos gana la partida. Así no esperamos jamás que un médico nos hable en términos de probabilidad, y cuando lo hace (y créanme: lo hacemos siempre) no nos damos cuenta, porque sólo queremos escuchar hechos concretos, evoluciones determinadas, lo blanco o lo negro. A nadie le interesa (salvo al profesional de la Salud) la inmensa escala de grises que esconde cada paciente y su entorno de Enfermedad.

   El proceso de diagnóstico es quizá el más importante de todos. El tratamiento es más técnico, juega a veces en el campo de la habilidad del propio médico y descansa en el lecho de la estadística, y es consecuencia directa (siempre) del diagnóstico. Un diagnóstico correcto necesita del diálogo entre médico y paciente asociado a la exploración física del mismo. En estos procesos, un silogismo que en mí es oscuro, profundo y perdido en la masa del conocimiento, toma forma y nos lleva a una conclusión determinada. Ese proceso insondable, porque para mí es un misterio, no solemos hablarlo nunca entre nosotros, quizá porque no es ciencia, quizá porque se nos escapa de la manos. Y eso no nos gusta nada.

   Pero soy el primero en afirmarlo: en mí es un proceso de pura intuición. No sé cómo funciona; desconozco en qué se basa. Siempre lo he comparado con una voz que me susurra al oído, como una corazonada, un impulso que me arrastra (literalmente me lleva en volandas) hasta aquello que creo (sí, que creo) es el diagnóstico correcto. Si me preguntan, reconozco que soy incapaz de extraer de esa masa informe de conocimiento el resorte que ha lanzado la conclusión correcta: soy mal médico por ello. Porque no sé mostrar mis cartas, porque soy incapaz de desentrañar ese proceso misterioso que me revela lo que busco, que me indica el camino.

   Es una locura, y quizá por eso no lo comento casi nunca. Pero mis conocimientos a la par que mi memoria saltan sin querer tras un estímulo adecuado, y arrastran consigo un rosario de razones razonadas y digeridas por alguien (¿quién? ¿yo?) que justifican una acción, que despliegan un motivo y un tratamiento concreto. Mis habilidades, de tener algunas, son más un regalo que un aprendizaje tenaz, un proceso alquímico que ha conseguido, en esa amalgama y en ese desprendimiento, una veta de la cual brotan las conclusiones exactas, las medidas correctas que me permiten hacer bien, dentro de lo que cabe, mi trabajo.

   Y me equivoco. Claro que me equivoco. Más veces de las que mi ego puede soportar. Sin embargo, cada uno de esos errores han tenido que ver con una desconexión entre la fuente y mi estado de conciencia, entre mi intuición y mis dudas. Cada vez que dudo, yerro (gracias a Dios, esos errores son subsanables en su mayoría) y de esas dudas está cimentada mi vida.

   Hace unos años, tener una intuición tan fuerte me preocupaba. Ahora dejo a mi lengua libre y siempre me sorprende oírme a mí mismo, y a veces verme a mí mismo, en esos trances. Ahora me he transformado más en canalizador y en observador de ese milagro que se obra en mí, y cada vez le pongo menos trabas, cada vez le dejo más libertad. ¿Es correcto lo que hago? No lo sé. Lo que sí sé es que es poco ortodoxo. Pero apenas unos meses trabajando a mi lado todo el mundo se da cuenta que soy de todo menos común. Y que siempre he sido así. Antes me preocupaba. ¿Ahora? Me dejo guiar. Porque veo los resultados, porque siento que es lo que debo hacer, y que todo se alinea conmigo para que eso ocurra.

   En todo proceso de curación, el Enfermo es quien sufre los cambios, las transformaciones; nosotros sólo somos catalizadores de esos cambios, confortadores y, a veces, sostenedores de ese resurgir. Sin embargo el secreto del Tiempo de Curar sigue estando escondido, profundo, en lo más recóndito de todos nosotros. Y la intuición es su vehículo y su lenguaje. Puede ser poco científico, puede ser poco ortodoxo, pero para mí es verídico, es lo que me hace ser el que soy. Y mientras me deje guiar por ella, me aseguraré de estar siempre cerca de Dios.

Sobre la vida y la muerte/ About Life and Death.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

  Trabajar en un lugar como la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) aporta cierta perspectiva sobre el hecho de vivir y cómo vivir (que damos por descontado) y morir y cómo morir (algo de lo que evitamos hablar.)

   No quiero decir que no sea sesgada; antes bien y desde el principio: se ven muchas desgracias. Y eso por fuerza nos hace relativizar las cosas. Y aunque hay milagros y es un placer verlos desarrollarse ante nuestros ojos, la historia del día a día es muy diferente.

   En el centro mismo de lo que podemos llamar Vida, en la UCI se vierten todas las circunstancias que nos fuerzan, como seres humanos, a pensar en estos estados extremos de la existencia; valorarlos, depurarlos más bien y aceptarlos como hechos auténticos pero, en ningún caso, carentes de importancia o de cuidados.

   La vida requiere de muchos cuidados, los mayores mimos. Pero también la muerte. Nada más importante que morir con dignidad. Y no me refiero aquí a la tan temida Eutanasia. En España está regida por Ley: es un delito. Pero desde el principio me gustaría dejar muy en claro que una muerte digna no es eutanasia por más que esos términos se tiendan a mezclar: son dos vertientes del río de la existencia que se imbrican, mas no son lo mismo. Eutanasia, o suicidio asistido, es eso, un suicidio programado en la que existe una ayuda activa para ser llevado a cabo. La muerte digna es, como la vida digna, un derecho como seres humanos y un deber como trabajadores de la Salud, para que el proceso a veces lento del óbito se produzca en el ambiente más cálido, más adecuado, más sereno para el paciente y para sus familiares, libre de las estridencias de políticos de pacotilla o de los escándalos de las almas sensibles.

   Y la muerte es tan importante… Nuestra natural tendencia es a obviarla, a hacerla pasar de puntillas. Pero trabajando en la UCI, viviendo en la UCI, nada se obvia, todo se mira de frente, cara a cara, y habitualmente con un grado de crudeza enorme. El sufrimiento es real, los cuidados que se dan son reales, y el dolor, la angustia, la desesperación, y también la calma, lo son. Nada de lo que se asocia a nuestra existencia como personas se escapa a sus paredes, no hay faceta que no se palpe ni se olvide… La vida es tan importante, tanto, que la muerte, como parte de la Vida, también lo es.

   En estos once años de dedicación al enfermo crítico he aprendido muchas cosas (también he desaprendido tanto, que aún me asombra que poseyese ciertos conocimientos alguna vez). Dejando aparte las formalidades técnicas de la profesión (que siempre se renuevan), lo que más impacto ha tenido en mí han sido la interacción con otras personas en un ambiente de trabajo que se intenta transformar en agradable pese a su dificultad y seriedad (cuando más importancia tiene algo más humor debe generar para aliviar la carga; no se irrespeta más, todo lo contrario, se alza para ocupar su lugar real) y los avatares que la propia existencia nos brinda a los seres humanos. Desde la empatía con el enfermo hasta la serenidad frente a los familiares; del miedo al fracaso a la aceptación de la realidad; del orgullo de salvarlo todo a la razonable  tranquilidad de la sapiencia, que nos lleva a aceptar lo inabordable, que nos enseña que, una vez realizado todo lo humanamente posible, sólo el Destino (y siempre el Destino) habla.

   Se asombran aquellos que creen que tras una década experimentado toda clase de altos y bajos, todo tipo de decepciones y de alegrías, sea capaz de conservar la risa, la empatía y la coherencia. Pues no veo el motivo de tal sorpresa. Cuando estamos tan cerca de la Vida, aprendemos a amarla por lo grande que es, con sus dificultades, sus eternos miedos y sus momentos de destellos fulgurantes. Cuando sabemos que todo es humo: los celos, las envidias, el orgullo, la mentira, aprendemos a amar y a escuchar, a esperar sin desesperar y a aceptar, por sobre todas las cosas, a aceptar. Cualquier personajillo con poder puede hacer mucho daño, y disponer de la vida de unos y otros con ciega ineptitud. Es cierto. Y eso genera dolor, es cierto. Y hay que luchar contra alguien así, pero no con Odio, no con Razón: cuando sabemos que la Vida es algo más que la ciega ambición, el poder efímero (todos desaparecen, todos) y el orgullo bruñido, algo en nuestro interior cambia, lentamente, pero cambia, y consigue que nuestro punto de vista madure, evolucione, se abra a otros estadios de comprensión que nos ayudan a veces, y otras quizá nos estorben, a la hora de analizar todos los tropiezos y los anhelos de nuestra vida.

   Pues diez años en UCI me han servido para eso. Para encontrar a ese ser que llamamos Dios con mayúsculas y con minúsculas, para enfrentarme (¡y aún tengo tantos!) con mis miedos y para comerme mi orgullo, año tras año, guardia tras guardia. Muchas veces me han dado las gracias por hacer mi trabajo. Nunca he visto el motivo. Es mi trabajo. En todo caso, debo ser yo quien agradezca las oportunidades (todas: las más sublimes y las más oscuras) que todos los pacientes y que muchos de sus familiares me han ofrecido para aprehender la Vida, para saber más de mí y de quienes me rodean, y para valorar aquello que para mí es importante y que debe ser crucial: prestar el servicio adecuado sin pretensiones pero también sin excusas, y para garantizar la dignidad y la belleza de la vida y de la muerte… Si hace una década alguien me hubiese dicho esto, no lo hubiese creído. Pero es la verdad.

   Un amigo norteamericano dueño de una imaginación única, me comentó una vez que él veía nuestro trabajo como si fuésemos Guardianes de la Puerta. Cuando le pregunté exactamente a qué se refería con eso de la Puerta, él me aclaró que era el umbral que separaba la vida de la muerte, y que el equipo de sanitarios (médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores y personal de limpieza) vigilábamos esas puertas y éramos capaces de decidir, dentro de nuestras posibilidades, quién debía cruzar el dintel y quién no. La bendita imaginación de Todd Clary me regaló una imagen muy adecuada del trabajo que hacemos en UCI. Aliados del Destino, de Dios, prestamos nuestras armas a los pacientes, cuyo gran mérito está en ser capaces de sanar ganando vida o de morir ganado eternidad. En ambos casos, luchamos con denuedo para que sean llevados a cabo con la máxima dignidad, el máximo confort, el máximo cariño y respeto por la Vida.

   La muerte digna es necesaria. Es tan necesaria como el aire que respiramos. Es tan necesaria como vivir una vida digna, que nos garantice nuestro valor como personas sociales y seres humanos.

   Y se equivocan quienes piensan que la muerte es un fenómeno brutal, lleno de ruido, sin sentido ni coordinación. Las circunstancias que rodean al óbito pueden ser, y muchas veces son, duras y caóticas. Pero hay un momento, un instante único en el que todo se detiene, y el sonido del silencio gana la partida, todo adquiere un brillo sutil, cenital, y ese todo pasa rápido y veloz,  hasta desaparecer.

   Nuestra sociedad del miedo y la eterna juventud ha perdido el contacto con la muerte y con la vida. No sabemos plantarle cara ni a la una ni a la otra. Pero es tan necesario… No debemos tenerles miedo, no debemos escondernos ante ellas. La vida es fulgurante, apasionada, a veces difícil, a veces aburrida y más gris de lo que siempre hemos soñado. Pero el sol cada mañana, la luna suspendida en la noche cuajada de estrellas; una tarde de lluvia y viento, la sonrisa del amor, el llanto de la desesperación y la lucha, son momentos que nos permiten sentirnos únicos, dueños del mundo y de sus alegrías y desgracias. La muerte es un alivio muchas veces, es el primer puerto, el viaje eterno, la única salida real; es ancha, generosa y libre. Nada más preciado que ver el rostro de la muerte: todos los afanes se desvanecen, toda lucha tiene sentido y la palabra viaje, la palabra hecho, la palabra eternidad cobran su significado real y esotérico. El rostro de la muerte es dulce, es sereno, y durante el único segundo que se nos permite mirarlo, es hermoso. Nada más liberador que ese último suspiro, esa cuerda que se rompe y nos permite echar a volar. Los sufrimientos se transmutan y una especie de tranquilo alivio planea en el aire: llegamos a una meta, la única que hay desde el nacimiento, para seguir en el río de la Vida. La energía, para cumplir con la ley de la eternidad, se transforma liberándose, y esa liberación es a la vez un triunfo y una pérdida.

   Eso es muerte digna. Eso es vida digna. Eso es por lo que luchamos día a día en UCI. Por alcanzar el máximo grado de atención en la búsqueda de la Salud y en la entrega a la Enfermedad, en la recuperación de la vida, en el abandono de la muerte, en el flujo de lo que llamamos Vida y que es mucho más que el mero teatro de banalidades y sueños en el que nos encontramos.

   Me gusta hablar de la muerte. Me apasiona hablar de la vida. No le tengo miedo a la muerte; antes bien, la espero con los brazos abiertos porque la conozco, la he seguido, la admiro. Pero sí me desvela la forma de morir, las circunstancias que hagan de ese rito sagrado un vulgar bosquejo de vanidad. Por eso lucho día a día, junto con el resto del equipo, para conseguir la calidad máxima, el cuidado necesario, el respeto último por ese sagrado derecho que todos tenemos: una vida digna y una muerte digna, llena del confort y de la belleza (en toda circunstancia siempre hay un atisbo de Belleza) de lo imperecedero e inmortal. Y todos los días me enfrento a esa lucha y todos los días caigo y me levanto en ese afán. Porque sé que siempre, siempre, se podrá hacer algo más y se podrá ser mejor ser humano. La Vida nos lo pide, y estamos aquí para llevarlo a cabo.

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A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living

Olvidando para recordar/ Don’t you remember?

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Te llevo en el pensamiento. Casi no hay día que no piense en ti. Y cuando no lo hago, me entra un alivio de medio mundo, porque a veces pareces una carga pesada en el corazón.

   Te fuiste dejando las cosas en el aire, lazos desatados sin orden ni concierto, sin avisos o explicaciones. Y eso hace que me ate mucho más a ti. Porque intento entender qué ha ocurrido, porqué eres como eres; porqué, si una vez me amaste, fuiste capaz de irte sin volver la vista atrás, sin una llamada, resignado y cruel.

   Porque yo miro hacia atrás, sí, constantemente. Olvidando para recordarte de la mejor manera posible. Porque me he dado cuenta que si no consigo curar las heridas que me has dejado, que nos hemos dejado, jamás abandonarás mi corazón, nunca te amalgamarás con el resto de mi vida, y cargaré con el fardo del pesado resentimiento hasta que me haga daño, hasta que se transforme en callo y encalle mi corazón para siempre.

   ¿De verdad nunca has pensado ni un momento en mí? ¿Dónde fue a parar la risa, la complicidad, esa caricia oculta, ese disfrute mudo? ¿En qué parte de tu vida naufragué sin remedio y maldije mi suerte para que dejaras de amarme o de tolerarme o de buscarme?

   Muchas veces, en este ejercicio masoquista, he intentado encontrar las piezas perdidas, esos eslabones que consigan completar las imágenes congeladas que tengo de nosotros dos. Con la esperanza de entenderte y así aprehenderte, en nombre de un amor que nunca fue de mi propiedad, rebusco hasta la obsesión cada momento, cada caricia y cada secreto y sólo he encontrado un resentimiento inmundo, un pesar que hunde aún más a mi corazón agotado.

   Y me he dado cuenta que, en el ejercicio del olvido, recordar es muy importante. Y valorar lo que una vez se tuvo y se ha perdido; aquello que se creyó tener (casi es lo mismo) y la realidad que rompe todo sueño impregnándolo de sed de justicia egoísta, de heridas profundas, dolorosísimas e inútiles, y de una sombra que se ha apoderado por completo de mí.

   Para romper ese maleficio que fue tu ingrata partida me esfuerzo, dentro del constante olvido en el que te he arrojado, en recordar los instantes de soberbia alegría, casi de placer; el roce de una piel, el aliento de unos labios y la dulzura y salinidad de un mar insomne. Para romper el lazo que me ata al resentimiento y a tu nombre, debo recordar cómo te amaba (porque yo sí te amaba) y cómo ese amor preñó sueños absurdos, intenciones coloreadas de sepia y una ilusión que prendió en tu mirada, en esa fugaz e inquieta mirada que nunca me vio realmente.

   ¿Te volveré a ver? ¿Cómo es posible que en una ciudad tan pequeña nunca nos hayamos encontrado? Me dicen que te han visto; que tu belleza es aún mayor si cabe; que pareces feliz… ¿Te hacía tanto daño, entonces? ¿Este rencor que quiero exorcizar, que me une hasta en el sueño a ti, sólo a mí me pertenece y por eso te fuiste de mi lado? No lo sé…

   Dudas que van y vienen, que se establecen día a día en la base de mi pensamiento y que se debilitan cuando, en medio del olvido, consigo recordar tu rostro cincelado, tus ojos de miel y desierto, tu dedicación al cuerpo y al trabajo de la vida; y una increíble entrega al día a día, llena de desesperación y de una secreta indolencia.Y aunque muchas veces me he reprochado mi dejadez, mi inseguridad, mi falta de tacto, quien huyó fuiste tú; quien selló sus labios, escondió su belleza y me arrojó a la nebulosa del silencio fuiste tú. Y aún así…

   Después de todo este tiempo en el que creo que no has pensado jamás en mí, yo he perdido mi vida entre deseos, sueños muertos y flores marchitas. Y eso me ha hecho daño: nada me interesa, y mi amargura profunda me nace en la mirada y me quita alegría y salud. Y eso debe acabar por fin hoy.

   Deseo olvidarte, pero para hacerlo debo rememorarte al completo: cada detalle, cada mohín y manía, cada palabra malsonante o tierna. Y dejarte libre. Libre de mis recuerdos, claro, pero sobre todo de mi resentimiento. Porque te quiero bien, Piernas de Alambre. Aún en lo más recóndito del alma mía, existe un corazón que late y latirá siempre por ti y te querrá bien, y te deseará único y brillante, con toda la vida por delante y el destino a tus pies.

   Así que te dejo libre, Piernas de Alambre… ¿Recuerdas cuando te llamé así por primera vez? Esas piernas tan poderosas como garabatos que se clavaban en la tierra… Y esa espalda donde secuestrar un millón de caricias, y ese pecho expandido donde merendábamos fruta y miel y amor de mediodía.

   ¿Volveré de nuevo a verte alguna vez? Espero que sí. Y no será como hube imaginado hasta ahora, mi ego rompiendo un silencio ridículo lleno de improperios que ya no te interesan. Quiero volver a verte para saber que estás bien, que el amor que me han contado anida de verdad en tu vida, y que sonríes esta vez con alegría, con dientes de fruta madura y esperanza en la mirada… Ya ves, a pesar de todo, de mi orgullo herido, de mi resignación y de mi oscuro resentimiento, te quiero bien, siempre te he querido: en la distancia, en la cercanía y en la soledad… ¿No te acuerdas de nada?

   Pero ya no importa. Ahora ya nada importa.

   Olvidando para que el recuerdo sea libre y para que yo mismo consiga remontar otros cielos, otras planicies, y llegue a ser libre de un veneno que lleva tu nombre y de un recuerdo de piel que lleva tu olor.

   Ojalá quisieras amarme de nuevo; ojalá pudiera amarte mejor. Pero ya es tarde para eso…

   Ahora sólo toca olvidar con los ojos alegres, anegados en lágrimas de lo que nunca se ha tenido, pero con la esperanza puesta en la elusiva felicidad. Porque ya no hay tinieblas que me borren el camino, ese camino que va, paso a paso, en dirección opuesta a tu corazón.

   Vete en paz, Piernas de Alambre, esa paz que nunca te ha importado recibir de mi parte, pero que para mí es muy importante. Porque permitirá que te olvide en el día a día para siempre, y me liberará de mi propia memoria y de mi rencor, que quiero lejos de mí y muerto para siempre.

   Y porque quiero encontrarme contigo alguna vez y abrazarte y besarte y decirte lo bello que atesoras y lo importante que eres para el mundo, porque has formado parte de mi vida, de mis llantos de amor.

   Te quiero, Piernas de Alambre, no me avergüenza decirlo (nunca lo he hecho). Pero es hora ya que te libere de ese fardo de resentimiento que te ha unido a mí por todo este tiempo. Y aunque nunca sepa porqué huiste de mí…, ya no me hace falta saberlo. Ya no necesito más una aclaración que nunca tendré.

   Olvidando para recordar con cariño, con paz y sin orgullo herido. Qué paradoja… Pero sólo así seré libre. Y quiero serlo, por siempre, de ti.

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