De un solo hombre/ One man guy.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

One Man Guy. Rufus Wainwright.   

   Tenemos miedo de la Soledad. La detestamos. Hacemos lo imposible por vencerla: manipulamos, engañamos, callamos, sonreímos, asentimos, copulamos y soñamos con el Otro que nos libere, que la desgarre, que la destierre. La pareja, la compañía, las mentiras, los esquemas, todo justifica esa batalla eterna, ese desgaste contra lo inútil.

   Nos resulta difícil entender a aquellos cuya búsqueda se centra, por más que se encuentren rodeados de los demás, en ellos mismos; cuyo miedo pivota lejos de nuestros esquemas; cuya lealtad para sí mismos es más fuerte que ese inherente atasco vital que es la Soledad. Esas personas no tienen miedo de estar solas; antes bien, la buscan, la tonifican con silencios envolventes, con ruidos que son nada porque nada revelan. Esas personas quizá temen no ser perfectas, no alcanzar ciertos grados de máxima libertad que, sin embargo, retienen en su interior la misma semilla de abandono y culpa, de desespero y realidad que habita en todos nosotros. Pero no temen a la Soledad: navegan con ella, se acuestan con ella, comen con ella y con ella conviven, pues es como vivir con ellos mismos.

   No se engañan: solos nacemos, solos atravesamos todas las postas de la madurez. Solos hayamos el solaz de un cuerpo y el rudo vals de un abandono; solos afrontamos la Enfermedad; solos caminamos a pesar de quienes nos rodean y dicen querernos; solos morimos, por más que nos rodee una multitud llorosa, enojosa o apacible. En el fondo (y en la forma) somos personas solitarias, obligadas a vivir un tejido de ilusiones que a veces se hace realidad, pulsando el latido de unos sueños soñados por otros, desbancando la propia voluntad ante el hecho de vivir conforme a patrones heredados o a estrictas normas sociales. Es decir: al conjunto de temores que hemos dejado tras nuestra, extraño pozo del que bebemos un mosto amargo de dudas, incongruencias y reflejos.

   Esta mañana me he visto en el espejo. Mi yo mismo no era el mismo que hace veinte años: ciertas señales de decadencia, apenas visibles cierto es, pero que un ojo asaz certero puede ya percibir, se acumulan en la sombra de los ojos, en el rictus un tanto pendulante de la boca, en el brillo opaco de la mirada y en el reseco tremor de los labios. Todo eso soy yo, como era yo hace veinte años. Tanto ha pasado pero todo sigue igual; o continúa pareciendo lo mismo. Y sin embargo yo no soy el que era, enamorado de la idea del amor, zurciendo fantasías, construyendo sueños que se desmoronaron como castillos de naipes; deseando un cuerpo del que escapar de la imperfección de mi cuerpo, como si la posesión del Otro nos augurara un futuro sin mácula, una integración perfecta, una excusa para seguir en el teatro de la Vida con ganas y vida… El reflejo de mí mismo, que era yo mismo, parecía tan aniquilado como esa sombra virginal de los veinte años, y sin embargo latía, respiraba, parpadeaba y aun se asombraba de lo que veía tatuado en ese espejo.

   Lo que más me llamó la atención de ese simple ejercicio fue darme cuenta que estaba solo. Rodeado por los demás, pero solo. Con mis miedos, mis ineptitudes; mis acto-reflejos y mis promesas. Que aún verdean de lo lento que maduran. Y los años pasados como si no fuesen nada; y el golpe de lo vivido y casi olvidado, kilaje pesado que arrastro sin cesar cada día que pasa. Todo eso estaba en el espejo; todo aquello era yo. Y miré hacia un lado y hacia otro y no vi a nadie más; no había una sonrisa traviesa que tironeara de mis pantalones, ni una caricia sugerente que revolviera mi pelo, ni siquiera una pelea estúpida, unas recriminaciones ácidas pero que nos demuestran que aún estamos bebiendo la pócima amarga de estar con vida.

   Me lavé la cara instintivamente, cubriendo con las manos aquella visión tan real. En ese momento algo en mi interior, como un chispazo eléctrico, sacudió mi corazón. Soy un hombre solo. El mundo pareció detenerse un instante y después continúo su marcha a trompicones, como vamos siempre. En ese segundo de despertar, de verdadero amanecer, ser consciente de la Soledad, tan palpable como un miembro, no me produjo mayor pesar ni mayor alegría. No sentí si quiera un gramo de remordimiento. Solo consciencia, algo de tristeza, y verdad.

   Soy un hombre solo. No tengo hijos en los que legarme; ni siquiera el Otro me espera al llegar a casa. La familia, de la que mi propia raza se niega a cimentar, está ahí, como un individuo más, con sus quejas y sus costumbres, con sus seducciones y sus obligaciones. Un lastre más, mas no el único; una compañía más, mas no la caricia, el coqueteo, el leve suspiro a la hora de la siesta, una mano que busca quejumbrosa el calor de una palma ansiada, querida, quizá amada…

   Desde ese momento entiendo más mi Soledad que mi apatía en buscar solaz y compañía. Mi amante es al mismo tiempo mi carcelera, y mi corazón y mi cuerpo son sus prisioneros y sus mártires, su santo y seña y su campo de batalla, su punto álgido y su nadir. Cansado de errar, apenas busco. Negando lo que soy, en pos de un sueño que no es real porque el mundo no es así, pasan los días unos iguales a otros, y los días engarzan meses y los meses años, y el que era un día con el que soy, el que soñaba con el que se despertaba esta mañana, en medio del silencio más absoluto, con la más simple y dura de las verdades entre las sienes. Desde el instante en que me di cuenta de que siempre estamos solos, por más compañía de la que gocemos, rocé cierto aroma de verdadera libertad que nos está vedado, o cuando menos que sólo se nos revela muy de cuando en vez, cuando estamos en verdad solos con nosotros mismos.

   No sé qué me deparará el futuro. Ahora ya no lucho como batallaba ayer, desgastándome en sueños que se me han negado siempre. Vivo al día con lo que tengo, que es insuficiente, pero mío. No necesito que Otro me alimente ni me entienda, ni que me proteja o me posea. No pido flores ni versos escanciados, pero tampoco la música de las esferas ni los más bellos poemas. No quiero piel que roza sin caricias, ni caricias que tengan el precio de una hueca compañía. No sé adónde ir. El camino que despierta mi destino sigue siendo tan obscuro para mí como lo era veinte años atrás, pero las esperanzas que había en mí han dejado paso a la certidumbre calmada, a la paciente Espera. Si mi destino es esperar, bienvenida sea la compañera. Si mi destino es seguir así, que me haga un sitio la Serenidad, pues abrazo a la Aceptación y a la Duda. Si mi destino es morir, que venga la Muerte a llevarse el aliento veloz a otras partes del mundo.

   Ignoro lo que será de mí. Vivo con lo puesto: mis entrañas, lo bueno y lo malo de ellas, mi brillante pasión, mis argentas cobardías. Todo vale, todo prima en un mundo de Soledad, para aquel que se ha dado cuenta que siempre solo estará, pues de un solo hombre es reo y presa.

Como el rocío/ As Dew.

El mar interior/ The sea inside

Nuestro amor era así, como una red hecha de rocío. Lleno de noche, evaporado al alba, frágil e inestable. Pero hermoso.

No sé qué hubiese pasado si nos hubiésemos amado más. No: si nos hubiésemos amado mejor. Porque hay más de una forma de amor, y el nuestro quizá no toleraría una auditoría, como no soportó nuestro roce. Y sin embargo nos quisimos, nos quisimos mucho, y aunque frágil y pequeño, nuestro amor se hizo mundo y vivió entre nosotros hasta que nos cansamos y perdimos la paciencia de escucharnos y de adorarnos.

Nuestro amor era azul, azul de atardecer, palidez del alba. Sólo nos amábamos en la oscuridad de las sombras, con la alondra como acompañante y a veces el ulular del cuco o el sonido lastimero de las cigarras.

Nuestro amor quedó gastado, no guardamos nada para el futuro; era de día a día, siempre presente y ahora es sólo pasado. No contamos con el ahorro del tiempo que pasa y, como el rocío, se secó con la luz del mediodía, cuando el sol cae en picado sin sombras ni guarniciones ni nada.

Y sin embargo aún nos queremos. Te preocupas por mí; a veces también te llamo. El recuerdo se mezcla con la cotidianidad y me sobresalta a veces la sensación de tenerte cerca, verte salir de una habitación o rozar con tu espalda mi cuerpo desnudo. A veces un aroma me juega una mala pasada y me lleva a ese momento, a ese lugar que llamamos hogar y que ahora ya no existe, y sé que lo que vivimos fue más importante de lo que me he negado a afirmar, y que tu influencia sobre mí ha sido mayor que la de ningún otro. Y eso a veces me aterra y a veces me llena de ternura. Una ternura infinita porque viene de ti.

¿Cómo éramos cuando estábamos juntos? Casi ni lo recuerdo. Casi se me hace difícil remembrar ese tiempo teñido de azul añil, impregnado de rocío débil y precioso como gotas de sudor sobre tu espalda, que bebía sediento cuando yacíamos juntos en la penumbra del amanecer. Llevabas el pelo algo más largo que ahora, creo. Y yo sonreía más. O sonreía de otro modo, quizá. Con más libertad, con más gusto… Y era más feliz a tu lado que ahora, aunque puede que tú no… ¿Quién lo sabe? Yo ya no lo recuerdo….

Nuestro amor era así, tierno y transparente, como el rocío. Y sin embargo…

Y sin embargo aún lo recuerdo. Aún lo tengo dentro de mí. Y no soy feliz como lo fui contigo, porque tú no estás más a mi lado, como una vez estuviste.

Pero así es la vida, delicada y firme, como el rocío. Como tú y yo.

Para siempre/ Forever.

El mar interior/ The sea inside

   Nada es para siempre. Aunque lo quisiéramos. Aunque no hubiese otro remedio. Nada es para siempre.

***

   Te tuve. Me tuviste. Nos tuvimos. En pasado. Otra vez.

***

   De nuevo. Como una recaída. No: eres mi enfermedad.

***

   La melancolía que me lleva a ti. Y, a veces, también el amor. El amor que un día juramos guardar.

***

   Para siempre.

***

   Palabras, palabras, palabras.

***

   Pero te amé. A mi manera.

***

   Y tú a mí, quizás. Sí: a la tuya.

***

   Nos amamos. En pasado.

***

   Otra vez que dejó de ser presente.

***

   Otra vez que soñamos, ésta sí, para siempre.

***

   Y aquí estoy yo y allá estás tú. Lejos. Separados.

***

   Pero déjame hacer algo. Una sola cosa. Por favor. En un susurro.

***

   Te amé. A mi manera.

***

   Y te sigo amando. En un susurro. A pesar de todo, en contra de todo.

***

   Para siempre.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living

¿Ves?/ See?

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

En agosto./ In August.

El mar interior/ The sea inside

Todo lo mejor quedó atrás. Contigo en la distancia. Mi propia vida que hoy no es más que la vida de otro. Y tus recuerdos.

Hoy ya no pienso en nada. Tengo la imaginación en blanco y el corazón mudo.

La piel se eriza, la respiración no contiene el aliento. Intento evocarte. Intento olvidarte. Pero el tacto no me deja, el oído me trae tu nombre y mi ojo te dibuja en mi corazón.

¿Qué hacer en la distancia? ¿Qué hacer ahora que agosto termina?

No lo sé…

Y todo quedó atrás, menos las palabras que te dije bajo el cielo encapotado, a través de unas gotas de lluvia que caían entre los dos.

Todo quedó atrás. Y conmigo. Dentro del corazón callado, que grita tu nombre. Detrás de los labios sellados, que lloran tu lejanía. Tras el silencio de mi mente, que no piensa, sólo siente.

En agosto te encontré y en agosto te perdí. En la canícula, en el rocío, en la llegada del alba tempranera. Era un sueño, lo sé. Pero eras tú. Y yo. Y nada más. Y el resto del mundo entre la orilla y nosotros.

Ahora no hay nada. Observo a mi alrededor y la casa está callada, es extraña, no es mía. Nada en lo que ella hay me recuerda a mí, que me he perdido, en agosto, con tu nombre. No me queda un recuerdo, empiezo de nuevo.

Pero mis sentidos se rebelan y con denuedo evocan tus latidos, la sangre corriendo por tus arterias, el calor de tu cuerpo cerca del mío, la compañía que hace al día placentero, a la noche eterna…. Mi cuerpo es mi memoria; mis sentidos, mi corazón y la distancia, en agosto, mi amor.

Mi amor…

Termina agosto y tú con él. Qué mes cruel que te me ha regalado y te me ha quitado así, sin más. Sin más…

Cierro los ojos y te veo…

Pero ya no estás.

Río de luna/ Moon river.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Un río de luna llega hasta nosotros.

   Echados ambos en el sofá, a través del cristal de la noche en calma, sus rayos platean nuestra piel, que nada sabrosa entre nuestro abrazo.

   Hemos sido amigos antes que amantes. Y como amigos nos besamos y como amantes nos acariciamos bajo la luz lunar.

   Tus dedos y los míos jugando al escondite. Tu sonrisa y la mía, tras besos pequeños  buscados en los cuellos, en los labios. Nuestra respiración rítmica, nuestro pensar profundo.

   Juntos bajo el río de la luna pienso en todo lo que nos ha llevado hasta aquí. Y en todo lo que puede suceder.

   En nuestra primera noche juntos, la luna nos bautiza, y remoja nuestro encuentro con un río plateado que se cuela por la ventana sin cortinas, y nos encuentra a ambos con los ojos abiertos.

   Qué vértigo que nada tiene que ver con el amor, aunque del amor sea fruto. Juntos a partir de hoy; juntos de día y de tarde, de noche de reencuentro y de mañana inolvidable, compartiendo desayunos y gastos, y ciertas preocupaciones y ciertas riñas. Sin más adonde huir que a nuestra única habitación; sin más reencuentro que en nuestro lecho.

   Tú y yo hoy juntos. Y la luna es testigo de nuestras caricias, de nuestras esperanzas; y baña nuestro amor con su presencia de plata, fisgona, inquieta, pálida y fría.

   Me acurruco más entre tus brazos. Si no fuese por ti, cuán larga la noche y cuán solitaria. Pensarlo por un momento me aleja de ti y lo rechazo. Ya vendrán días de separaciones y de distancias; ya vendrán días en los que apenas sintiendo el peso del cuerpo en la cama nos daremos por satisfechos y nos amoldaremos a la cotidianidad de la felicidad. Pero hoy saberte lejos me da escalofríos y tiemblo sólo de pensarlo. Me acurruco entre tus brazos y tú, sorprendido, los abres y me apretas contra tu pecho todavía más.

   Un río de luna llega a nuestras pieles y dibuja sombras en nuestros rostros. E ilumina la sonrisa preciosa de tus labios y tus ojos de transparente cristal. Qué bello eres. Porque estás a mi lado, porque estamos juntos, porque transformamos una amistad de júbilo en un amor apasionado, y una pasión en un querer sólo apaciguado por el compromiso, embebido en la cotidianidad y que empieza hoy, bañado por el río de la luna, en la noche que corre, veloz, por la ventana.