Fernando Botero: una proporción única/ Fernando Botero: an unique proportion.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

El mundo único y universal de Fernando Botero (Medellín, Colombia, 1932), lleno de redondeces, formas rotundas y gráciles, hechas de color, luz, bronce y levedad.

The unique and, as well, universal world of Fernando Botero (Medellín, Colombia, 1932) full of color, light, lightness and heaviness and solid interpretation of Art.

Un rayo de sol/A Sunbeam.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Lo conocí hace unos seis años, y se ha convertido en ese tiempo en el perfecto compañero de trabajo y en uno de los mejores amigos que alguien como yo, que seguro poco lo merece, puede tener.

Nada hay de él que me irrite. No hemos tenido en todo este tiempo, en todas las horas eternas que hemos compartido juntos, una palabra más alta que la otra ni un desencuentro digno de mención. Sin pretenderlo, nos hemos llegado a entender con la mirada, y conseguimos llegar a un consenso casi sin argumentos, empleando la mínima cantidad de palabras posibles, aceptando las ideas peregrinas de uno y del otro, aplicándolas en un tiempo definido por nuestras propias ganas, y con un respeto que ha excedido siempre los límites de la educación más sobria.

En Sander de Lange todo es energía. Una energía electrizante, que fluye desde esos ojos azules siempre dispuestos a luchar por lo que cree y a trabajar sin descanso. Es difícil estar a su lado y no dejarse atrapar por ese torrente de alegría que nos lleva siempre a hacer lo debido; por esa cascada de felicidad por vivir lo que más ama. Porque él es médico, y uno muy bueno, de los pies a la cabeza. Un médico que se dedica a su arte, que se sabe artísticamente impecable, y que trasciende, haciendo lo que desea, volviéndose inmortal. Porque nadie es menos sólido y más espíritu que aquel que hace lo que en realidad ama. Y él ha nacido para practicar la Medicina, para vivir la Medicina y para ser lo que es: un médico excepcional.

Sander de Lange es holandés. Rubio como el sol; pálido como el mediodía. Y con unos ojos azules brillantes, bujías en ese rostro norteño, caucásico, que enmarcan una mente cuadrada, poco habituada a la ligereza y a la flexibilidad. Y esa incapacidad, que en otros sería irritante, en él es sólo admirable, un rasgo característico y único. Y es importante que sea holandés, porque, aparte de políglota, y de su capacidad de adaptación que sólo amplifica el amor, esa certeza de carácter, esa entrega a todo lo que hace, es un rasgo heredado de esas tierras de hombres cabezotas, tan dispuestos a ganar tierra al océano con la misma impasibilidad con la que ordeñan una vaca o siembran campos enteros de tulipanes: pertenece a una raza cabeza dura, precisa y, en contra de lo que se pudiera pensar, alegre y amable con todo lo extraño.

Llegó a mi vida, y a la de muchos otros, como una sorpresa, en forma de viento fresco, dispuesto a dar todo de sí sin pedir nada a cambio. Y nos reconocimos en lo distinto, en la novedad, y me sedujo su total entrega, su constante fuente de actividad, su ansia de saber, de experimentación y su casi total carencia de miedo. Por él he hecho cosas que nunca me hubiese si quiera propuesto, y he conseguido alcanzar fronteras muy lejanas arrastrado por la fuerza de ese cometa naranja.

Nunca me he sentido mejor médico que a su lado. Nunca he sido mejor persona lejos de él. De normal tranquilo y poco aventurero, gracias a su gravedad de planeta en eterno movimiento, ha conseguido de mí muchas locuras, todas sensatas, y un apoyo sin parangón en todo el tiempo que llevo ejerciendo una profesión en la que aún me pregunto día tras día si hago lo correcto o si valgo para ella.

A su lado nunca tuve dudas. Él las diluía todas con una sonrisa perfecta, con su lenguaje español repleto de errores gramaticales, tan graciosos y dulces, cuya corrección apenas le comentaba porque esa imperfección formaba parte de su encanto, y verlo enfrentarse a esos errores, que a otros simplemente irritaría, con tanta alegría y tanta humildad, era una lección de vida.

Trabajamos codo con codo desde las horas más tempranas; nos repartíamos todas las tareas, desde las más ímprobas a las más excitantes; y nos llenamos de ese respeto ansioso y alegre a pesar de ciertas diferencias que, gracias al tiempo, fueron desapareciendo hasta quedarse olvidadas en los rincones más perdidos de una amistad que nació desde el primer día que nos conocimos.

Nos hemos visto casi a diario en todos estos años; hemos viajado juntos y compartido alimento y habitación. Estuve en su país durante pocos días, y quiso que me comportase como uno más. Ese país de gigantes, en el que él parecía una excepción (que no es tal, porque nadie es más holandés que mi holandés) me acogió con la misma alegría sana con la que él me aceptó en su vida, y juntos emprendimos esa aventura extraña con la misma confianza a la que yo me entregaba en cada uno de sus proyectos. Comí sus platos típicos; caminé por sus calles empedradas, disfruté de ese tiempo melancólico y húmedo que me es muy querido, y me fascinó la eterna dejadez de unas ventanas por siempre desnudas. De resultas, una gran experiencia y la constatación de que, según sus palabras, yo merecía ser tan holandés como él.

Todo en él es admirable: su mujer encantadora, su niña de carácter indomable; su eterno respeto por el paciente, por el compañero, por la enfermera, la auxiliar y el personal subalterno, aún a costa de poder rozar el abuso y el exceso de confianza. Su rigidez de tres siglos atrás; sus ideas preconcebidas; sus proyectos, sus ansias de aprender. El eterno motor que nace de un corazón al galope y la energía proveniente directamente del sol.

Estar a su lado me hacía ser mejor profesional, me hacía sentir amor por el trabajo. Verle cada mañana para mí era un soplo de alegría, porque, en las brumas en las que día a día me encontraba, un rayo de sol penetraba en mi interior y despertaba mi lado más juguetón, más arriesgado y más responsable. Sander de Lange es uno de esos seres maravillosos que hacen del mundo un lugar mejor; un lugar en el que vivir y jugar y aprender, libre de miedos y de prejuicios, porque es en sí mismo una estrella, un planeta habitado por miles de vidas sin igual, y dueño de una generosidad que apenas conoce límites. Decir que lo quiero es una redundancia. Decir que ya lo extraño no es más que caer en la obviedad. Pero es cierto. Y seguro extrañaré a la persona que él me hacía ser con sólo su presencia, y a la vitalidad que me inflamaba cada mañana del eterno año, cuando llegaba sonriendo, húmeda la cara por la lluvia o achispada por el frío, llenando el ambiente con la estridente alegría de sus «¡Buenos Días!»

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Por recordar/ To Remember.

El mar interior/ The sea inside

Cuando amamos no somos conscientes de que lo hacemos, que el tiempo pasa a través de nosotros con esa rápida madurez de las horas perdidas. Porque no hay segundo que no se paladee en inconsciencia, en ciega dejadez. Todo es hermoso, brilla, resplandece; todo; hasta nuestros defectos más oscuros; hasta los del Otro que comparte esa extraña locura, ese maravilloso destello de realidad.

Cuando amamos nos extraña la fealdad del mundo, se nos hace ajena la carencia, la ordinariez, la dejadez. Porque el mundo gira con nuestro corazón que late, late a mil por hora, destronando la razón, llenándose de razón, y persigue al sol en la carrera sin fin del atardecer. Nuestra consciencia palidece, se diluye en el eterno devenir del sentimiento, en la magia que nos lleva a hilvanar horas tras horas en un engarce de puro titanio, de indestructible acero. Los cientos de defectos, las pequeñeces que en otro tiempo nos harían palidecer de rabia, simulan efectos sin importancia, defectos de maquillaje que ya se arreglarán luego. Disfrazamos al Otro con el traje de nuestros sueños, y, oh, claro que sí, esos sueños son hermosos.

Y sin embargo, llega un momento en que el mundo deja de girar y se detiene el sentimiento como un río seco, y queda el lecho pedregoso en donde nuestras huellas, profundas, nos enseñan el camino hacia ninguna parte. Y nos encontramos solos, acompañados por un extraño que ya no lleva nuestro nombre, ni nuestros sueños, ni nuestros deseos. Y nos preguntamos qué hacemos en ese paraje yermo que parece no tener salida alguna, ninguna finalidad concreta…

Pero eso no me ha pasado contigo. No me he despertado una mañana y te he dicho que me das asco; no te he dicho que todo no era sino superficie, besos raudos, labios resecos insalubres, insípidos, sin deje ni concierto, sin causa ni maneras. No: has sido tú que me has dejado como quien olvida una locura que molesta, unos recuerdos que más valdría olvidar. Aunque el amor haya sido hermoso, aunque el amor significase un universo para mí, para ti no ha sido más que un trámite para llegar no sé dónde, pero sin duda lejos de mí. Sólo te has despertado una mañana y ya no eras el mismo, con los mismos ojos de miel y desierto, y la misma mirada perdida en los límites de mi cuerpo. Y te fuiste como quien deja una vida molesta, una chaqueta raída y unos calcetines usados que ya no son útiles….Te deshiciste de mi amor como de un disfraz mal cortado, y diluiste mis besos, mis caricias, mis ansias, mis deseos, mis sueños y mis regalos en el agua del Olvido con tanta facilidad, con tan poco pesar…

El amor es hermoso, es algo para recordar. Pero no el mío. No yo. Que te doy asco y te hago sentir nadie. Nadie que se va y desaparece tras la lluvia fría, el coche en marcha, un acelerón brusco y ni un hasta luego, ni un adiós. El amor es hermoso, pero no el que yo inspiro, o no el que nunca he inspirado. Mi amor sólo ha servido para decir adiós, para marcar tu vía de escape, tu último razonamiento, tu nadir.

Y ya ves, aún pienso en ti. En lo que sería. En lo que fue. En todas las formas de belleza que tu amor sembró en mí. Y en todas las sombras que al final me dejó. Me dejó el día que te fuiste y me dejaste atrás, hace un año ya.

Y me gustaría decir que te odio; me gustaría decir que ya me olvidé de ti. Que mi amor se diluyó con el recuerdo y que se marchó tras de ti. Pero desgraciadamente no puedo; sinceramente, casi me da igual. Mi amor por ti fue tan hermoso y en tantos sentidos, me hizo sentir tan hermoso a pesar de lo feo que soy, que sólo recordándolo consigo ser parte de aquello que fui, de aquel disfraz, de aquel sueño manco, manco por haber sido soñado sólo por mí.

Aún te quiero a pesar del tiempo transcurrido. Quizá porque nunca fui mejor que entre tus brazos. Aunque tú no lo merecieras. Quizá porque nunca me sentí más especial. Aunque tú mintieras. Porque, aunque tu amor fuese de pacotilla, mi propio amor fue demasiado bello, demasiado real, como para deshacerse de él como de un trozo de papel.

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Invierno/ Winter.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Reserva el último baile/ Save The Last Dance.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

No hay gran diferencia. Michael Bublé.

There’s no difference after all. Sam Cook (American version of Queer As Folk).

Las burbujas de Bublé/ Bublé’s Bubbles.

Arte/ Art, Música/ Music

Michael Bublé

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En la ciudad/In the City.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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