¿Estás solo esta noche?/ Are You Lonesome Tonight?

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

A veces me pregunto si estás solo por las noches, como yo lo estoy. Parte de mí le gustaría que lo estuvieras, sintiendo el vacío del peso de un cuerpo que no ocupa más espacio humano,la ausencia de calor y la caricia inacabada en la espalda. Pero sé que me equivoco. Y no tengo celos de aquélla que te acompaña, pues te quiere, y puede que tú también. A tu manera, claro. Pero mi soledad pesa como un planeta de plomo y, en medio de esa espera ingrávida que no tiene fin, me pregunto cien veces si esta noche te acuerdas de mí, de mis pesadeces, de mis tonterías y de cómo te hacían reír. Porque yo recuerdo cada una de tus sonrisas; cómo desaparecían esos ojos de miel y desierto, y la boca de rosa se llenaba de aire y de dientes blancos y de sonidos de regocijo; cómo ladeabas la cabeza hacia la derecha, y el pelo corto revuelto por una mano que se adentraba en esa selva morena. En noches como ésta, largas y lánguidas como un lamento inconcluso, recuerdo la última vez que nos vimos, alejándote en tu coche de plata refulgiendo en la lluvia vespertina; tu voz callada llena de secretos movimientos que nunca me dijiste, y la estela acuosa de una huella en el suelo. Recuerdo que me vi en esas huellas, rápidamente reemplazadas por el agua que caía mansamente… Sólo supe más tarde que ésa sería la última vez que nos veríamos. Después de una comida opípara, de una pequeña rencilla por la cuenta, y de una larga conversación en una cafetería desnuda de gente. Una conversación florida, amena, íntima, como las de antes de que todo apareciera, o de que se asomase por tus ojos. Recuerdo que reíamos los chistes de uno y del otro; mis tonterías sonaban menos huecas; mis sueños informes más posibles y tu figura enorme, fornida, ajustada en aquella camiseta burdeos y esos vaqueros caídos, nuevos y tan sensuales. El café con poco azúcar; los agradecimientos, las confesiones que eran confirmaciones, o que deberían haberlo sido. Y ni una sospecha, ni una señal. Porque yo quedaba ciego con tu compañía; te creía a pies juntillas a pesar de tus maquinaciones cobardes, de tus planes a dos manos. Y podrías haberme dicho que no volverías, que habías decidido terminar aquella relación que parecía no tener salida; que borrarías mi número de teléfono; que evitarías recorrer las calles por las que yo transitaba, los pueblos que visitaba y los cafés a los que acudía. Y podrías sincerarte conmigo, que nada te había ocultado. Nunca. Nunca. Que siempre había jugado limpio contigo. Siempre. Pero no. De usual, pero esta vez más sibilino si cabe, más  maquiavélico y certero, decidiste no decir nada; sonreír como en los viejos tiempos; hablar de un amor que no habría podido ser; de nuevas citas dentro de un mes; de ciertos favores; de ciertas invitaciones; del futuro que no sería. Fuiste tan falso conmigo como el primer día, en el que me sonreíste sólo para demostrarte que podías meterme en el bolsillo. Y lo hiciste. Y seguiste usándome porque te quería y tú querías sentirte querido, deseado, amado en la distancia, como quien tiene una mascota, un perro faldero que daría su vida por ti, un mocoso que dejaría todo de lado por una muestra, magra y austera, de tu cariño… Conseguiste engatusarme con tu mirada melosa, con tu historia infeliz de corazones rotos, de bruscos cambios de humor. Y yo tragué el anzuelo, renovado por mi propio orgullo, pues había atraído una belleza que estaba lejos de mis posibilidades. Pero todo era falso. Las palmadas en la espalda, los roces que me desestabilizaban; los juegos de mírame y no me toques, de acercamientos y lejanías. Y los gritos y los silencios, y las ausencias y los regalos llenos de remordimientos. Tu vida a mi lado fue un mar de desasosiego, pues jugabas un juego peligroso para mi corazón, sin vergüenza y sin conciencia. Pues deseabas saber por ti mismo lo que yo te decía sinceramente. Como si mi palabra y mis actos no fueran suficientes para saberte amado. Porque lo eras, lo has sido, y quién sabe si aún lo seas. A pesar de tu ausencia de muerto, de tu egoísmo sin límites y de tu mudez redundante. No puedo decir que estoy herido, pues has matado lo único bueno que tenía, que sólo se mantenía a expensas de las migajas de un magro cariño que me negabas a veces, que me regalabas otras. Jugaste conmigo como nunca lo habías hecho con nadie, pues al menos a otras las llenabas con tu olor, tu presencia, tu peso de metal maleable; a mí sólo me dejabas una caricia encallecida, una sonrisa lejana y el contestar a intentos insistentes de llamarte al móvil. Mantuve estos años una insistencia enfermiza por ti, por mí, por mi propio orgullo, que aún se niega a lanzarte al limbo al que perteneces y del que nunca has debido salir. No deberías haber aparecido en mi vida, porque la has sumido en la oscuridad más cruda, en el más cruel de los agujeros negros. Porque en esta noche de gran soledad, en la que la luna brilla a través del rocío y la niebla baña la tierra con su encaje de plata, esa soledad duele y parte mi alma en dos, diez, cien, mil pedazos, y me pregunto todavía si estás tan solo como yo, si no compartes tu lecho con la mano delgada que busca en tu espalda lo que no conseguí yo de tus labios; y me resisto a lanzarte al vacío de mi propio olvido, en el que morirás sin remedio. Porque no pude equivocarme contigo como me equivoqué. Porque no puede caer en tus trampas baratas, en tu vacío humano. En ti hay tantas cosas hermosas, tanto que valorar, que no puedo estar equivocado… Pero es cierto: tus mentiras, una tras otra; tus intereses detrás de tus acciones; tus acercamientos hechos sólo para avivar un fuego que te respetaba; y tus silencios, que no miden consecuencias ni dolores (¿qué dolores?), y tus palabras amargas y tus caricias de vacío perpetuo… No: no has merecido la pena; no debería haberte conocido. Porque me di por entero a ti y tú no apreciaste ni un poquito de mi cariño; no le prestaste el mínimo interés salvo los réditos que aquel amor de locos podría darte… No has aportado nada más que dolores a mi vida, aunque los enterrase cada vez que veía tus ojos abiertos, esa boca de seda, esas espaldas de mapamundi y ese pecho de continente inexplorado… Nunca me dijiste nada, pese a todas tus maquinaciones; ni siquiera cuando estaba enloquecido por ti; cuando pensaba que el amor era cederlo todo, darlo todo, combinarlo todo sin esperar nada a cambio… Qué equivocado estaba… Y ahora te has ido, hace un año ya, diciéndome que me llamarías, que volveríamos a vernos el próximo mes, que quedaríamos a comer y a tomar un café; que había sido todo muy bonito, como hacía tiempo que no quedábamos… Y nada más. Silencio a partir de esa tarde lluviosa; teléfonos cortados; llamadas perdidas en un limbo de silencio; y un abandono completo, total, de raíz, lleno de silencio… Y ni siquiera una mirada de sinceridad, ni una sola; ni una palabra de amor, ni una sola.

Y en esta noche en la que me siento más solo que nunca, en la que recuerdo cada una de tus mentiras, en las que los sueños forjados por ti vuelven a mí, rotos y abandonados, aún me pregunto si tu corazón está, como el mío, lleno de dolor; si algún día contestarás a las llamadas que dejaré de hacerte; si volverás a mirarme de frente, a los ojos, como yo siempre lo he hecho. Y si estarás solo, tan solo esta noche, como yo lo estoy desde que me dejaste tirado como una mala colilla, sin un adiós por respuesta.

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Aleluya/ Hallelujah.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

A todos aquellos que, conocidos o no, se han acercado alguna vez a este blog. A todos los que, faltos de Salud, sufren las consecuencias de la Enfermedad. A todos cuyos sueños se han visto truncados por las circunstancias, para que el corazón que late les enseñe el secreto de cada vuelta del Destino. A todos los que, alguna vez, se han acercado a un desconocido o a algún conocido, y sin siquiera pensar en ello, le han ayudado. A todos aquellos que nos enseñan las luchas de la Vida, y a vivir con sus abrazos, sus apoyos y su compañía, y muchas veces con su soledad.

Y a aquellos que, más de lo que me es posible, ocupan un lugar en mi propio corazón, a veces tan duro, que late porque los suyos laten, que vive porque los suyos viven: a mis familia, que tanto da y tanto exige; a Maribel y su familia; a Macu, por su constante cariño; a mis amigas Ana y Nuria y a cada uno de los miembros de sus familias, todos hermosos; a Teresa, Marita y Vicky, que me hacen reír con la locura de sus vidas.

A Jorge y Pilar, a Diego y María, a Fernando y Eva, a Raimundo e Isabel, a Isa y Mónica , a Yoli y a Elena, a Sander y a María, que forman el tejido que me une a una parte de mi vida que parece desaparecer cada día más.

To Philippe Servais: two days in the middle of a storm so bright, so incredible and so near.

To Todd Clary, because through his vision, his passion, Life is full of bright colors and hopes.

To Kimm and Michael Mace, because her Love of mother and their true talent lifted my own life to a highest levels.

To Lesley Dawes, Down Under the stars.

To Eric Arvin, because through time I’ve learned to admire his constancy and his bright talent.

To mySweet Kelley Weiss, with her passion and her strength Work, Life and Death are just the same marvelous gift.

A Pablo Pérez, cuya conexión excede los límites del conocimiento y su búsqueda coincide con la mía.

A Abel Arana, cuya voluntad de hierro, su fuerza y su senbilidad y su espíritu siempre presto me enseña que, a pesar de los golpes del Destino, siempre hay sitio para más.

Y a todos aquellos que comparten el día a día conmigo, que forman parte del suelo de mi vida, de mi comienzo y fin.

Y a Dios.

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Búscame y vuelve a casa/ Home To Stay.

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Maus.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

A Fernando Soto, que me regaló una historia maravillosa, un libro estupendo, desde su gran afición por el cómic.

Maus es una obra biográfica. Narra los avatares de Vladek Spiegelman durante los convulsos años oscuros del Nazismo. Sus dificultades, sus alegrías, sus desesperos, su soledad; el enorme amor por su esposa, de la que estaba separado en las torturas de un campo de concentración; su salida del infierno y, finalmente, su establecimiento en la tierra de promesas yanqui.

Obviamente, Vladek Spiegelman es judío. Y polaco. Y es un ratón.

Maus es una obra de arte. De escritura y dibujo. Maus es un cómic. Pero no es simplemente un conjunto de viñetas dibujadas. Ni una historia más acerca de la tragedia judía y del oscurantismo alemán. Lo que hace de Maus una rareza es su pretendida llaneza, su empleo de la metáfora y su juego de sentimientos. Art Spiegelman, su creador, un hombre de talento arrollador y único ganador de un premio Pulitzer (algo que a mí me resulta secundario) a una obra de ficción en cómic,  eleva a obra maestra una historia que, en otras manos, resultaría manida: otra sobre la tragedia judía. Pues sí, otra historia sobre la Segunda Guerra Mundial, el hambre, el frío, la oscuridad, el desarraigo y el exilio: nada que no hayamos leído antes ni recordado antes. Pero en Maus el juego de los espejos forma una sorpresa y encierra un secreto: no nos importa tanto la historia pasada de Vladek como su propio presente; aunque comprendamos su presente escuchando su pasado, Vladek nos engancha por el laberinto de sentimientos que esconde y manifiesta; por sus manías, por su turbulenta relación con el día a día; con su segunda esposa y, aún más íntimamente, con su hijo Art. Y, como si todo esto no fuera suficiente, el desafío que representa Vladek como padre y persona para su propio hijo, y el proceso que hace que Art, contando la historia de su padre, encuentre el ser humano complejo y admirable que, en el fondo de su ser, Vladek siempre ha sido.

Así que tenemos en Maus historias dentro de historias, como pequeñas cajitas de espejos que reflejan realidades externas que no son más que la revelación de mundos interiores convulsos, confusos y enredados, y el afán de un hijo por, primero, componer una historia que le interesa desde fuera, y que paulatinamente se revela esclarecedora, liberadora y de una importancia radical para su propia vida.

El mérito de Maus no es cómo nos narra una historia manida ya, sino cómo nos descubre la belleza de unos personajes imperfectos que luchan por comprenderse a sí mismos, por entenderse entre ellos y que descubren, finalmente, el verdadero lazo que une a toda vida: el amor.

Maus es un homenaje a la historia de un pueblo, a la historia de una caída y de una redención. Pero, por sobre todo, es el homenaje a la historia de un hombre complejo y difícil; lleno de matices; y, finalmente sin pretenderlo, o quizá todo lo contrario, al amor. Al amor de un hijo por un padre, y al de un hombre por otro hombre, que nace del seno pulsátil de la comprensión de un ser humano por otro.

¿Con ánimos para Navidad?/ In the Mood for Christmas?

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Un cuento de Navidad diferente (Podría Haber Hecho Más)/ A different Christmas Tale.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

– Cincuenta años, mal llevados. Vida previa digamos que azarosa. Semi-indigente, ex-alcohólica aunque con poca base, pues suponemos que, si no bebe regularmente, debido a su vida andariega el hábito debe acompañarla todavía. Ingresada en Burela hace unos quince días por caída accidental y hematoma en muslo izquierdo en evolución; pidió el alta voluntaria. Durante ese ingreso detectaron anomalías hepáticas y comenzaron el estudio de insuficiencia hepática, que no pudo terminarse. Hace una semana ingresó aquí por propia voluntad debido a que se puso más amarilla y le podía el cansancio. Se siguieron los estudios, y a falta de biopsia, presenta en estos momentos un estado terminal de enfermedad hepática, de alta probabilidad alcohólica, con todas las patologías asociadas. Ingresó por insuficiencia respiratoria aguda secundaria a neumonía bilateral grave. Hubo que sedarla, pero con tanta tolerancia debido a su hábito alcohólico, resulta difícil mantenerla salvo con altas dosis de sedantes; intubarla y conectarla al respirador; además, presenta cuadro de anemia hemolítica, en un principio pensada como autoinmune, pero hay serias dudas al respecto; se transfunde diariamente, asociando plasma y plaquetas por la hepatopatía. Tratamiento antibiótico amplio en espera de pruebas microbiológicas…

– ¿El riñón?

– Con problemas. Aún responde a volumen, pero no es de extrañar que desarrolle un Hepatorrenal.

– Es de suponer…¿Y qué hacemos? Quiero decir, seguimos adelante aumentando medidas o esperamos a ver cómo responde a lo administrado hasta ahora.

– ¿Te refieres al filtro?

– Sí.

– No lo sé… Creo que debe ser una decisión conjunta.

– Por eso la planteo. Ya que estoy empezando la guardia…Esos antecedentes, con vida previa de mala calidad, alcohólica o ex-alcohólica con hábito intermitente, viviendo en a calle…

– Su pareja aún no ha venido. Y tiene un hijo que ha llamado por teléfono. Dice que vendrá a verla esta tarde…

– Pues yo creo que, ya que está aquí, y de esta manera, aunque sepamos que vaya mal, el filtro se lo pondría. Pero el de guardia eres tú.

– A eso voy. Podría ponérselo o no, porque no tiene sentido alargar una situación tan terminal. No me refiero al bache en el que se encuentra ahora, del que puede salir, sino a las consecuencias posteriores porque ese hígado no vale nada.

– Lo sé. Pero yo lo pensaría. Y veo que tú también.

– Sí… Bueno, sea. Si empeora el riñón, filtro y a ver qué pasa. ¿Os parece bien?

Todos asintieron. Como siempre, la responsabilidad, aunque tomada entre todos los médicos que allí estábamos reunidos, caía sobre el de guardia. Así son las cosas en el mundo de la Medicina Intensiva, la más ardua de todas las especialidades, en las que las decisiones, ninguna fácil, pueden determinar evoluciones y destinos. Incluido el nuestro propio. A veces da la impresión de que nos faltan hombros para tanta carga. Pero sólo es una falsa imagen. A veces no podemos con ella, pero seguimos sin remedio: es nuestro deber. Y nuestra profesionalidad, nuestro sentido del deber, y nuestro orgullo juegan un papel demasiado importante en la vida de nuestros pacientes. Nuestros. De nadie más.

– Está bien. Llegado el momento, a por todas.

– Suerte…Y buena guardia.

Siempre nos deseamos buena guardia. Por solidaridad; porque si fuésemos nosotros también la querríamos; diecisiete, veinticuatro horas en las que sólo aparejar el navío de los enfermos, ajustar pequeños detalles, asegurar que todos y cada uno de los pacientes y del ingente personal dedicado a su cuidado atraviese la singladura de esas horas con el mínimo trastorno posible. Pero sabemos que no es cierto, o no del todo. Porque siempre hay problemas, siempre hay que afrontar decisiones incluso injustas, incluso graves; siempre hay que solucionar decenas de contratiempos, a veces inútiles; y hay que afrontar, soportar y aceptar el miedo ajeno, la responsabilidad ajena y el miedo propio y nuestra propia responsabilidad: hacerlo lo mejor posible, con el mínimo de daño y el porcentaje de error más pequeño asumible. Y asumir, por encima de todo asumir, nuestros propios límites, a veces demasiado estrechos, entre la labor, el deseo y la realidad.

El caso de esta señora es típico. Una vida licenciosa, llena de abuso del alcohol, que mina las maravillas de ese regalo que Dios nos ha dado; y cuyas manifestaciones de protesta, cuando llegan, son absolutamente destructoras, únicas, e irremediables. Sobre el papel, aún sin verla, sabía que era inviable, que la neumonía que había abocado su ingreso en una cama de nuestra Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) sería el puente que la llevaría a una muerte segura, porque su cuerpo, muy minado por la cirrosis alcohólica que de seguro tenía, no podría soportar la ardua batalla que una infección tan grave le acarreaba. A pesar de toda nuestra ayuda, de todos nuestros cuidados.

Cuando me acerqué a ella, después de atender a otros que también necesitaban vigilancia, el panorama era desolador. Sangraba con extrema facilidad,  y poco a poco la función respiratoria iba empeorando. A pesar de los sueros, la sangre, las medicaciones, su estado empeoraba continuamente. Y estaba despierta. Muy despierta. Sin dolor, eso sí, pero plenamente consciente. Y no sé qué puede sentir una persona clavada a la cruz de una cama, con vías, tubos, sueros, medicaciones, bombas y alarmas rodeándola, incapaz de comunicarse salvo con la mirada. Y su mirada era perdida, llena de bruma y resignada, o al menos así me lo apreció cuando me acerqué a ella para explicarle que intentaríamos sedarla un poco más para que estuviera cómoda. Hizo como si me entendiese, cerró un momento esos ojos perdidos, y cabeceó con desgana.

Resoplé, barriendo con mi propia vista el cuadro de su estado. Volví a resoplar cuando analicé su evolución, sus analíticas; los gases respiratorios cada vez más malos; el abdomen más abultado por el acúmulo de líquidos que aquel hígado era incapaz de sobrellevar, y unos riñones que no producían orina suficiente para acometer su función depurativa. Resoplé nuevamante, algo cansado. No quería someterla al filtro renal, que es una de nuestras armas terapéuticas más eficaces, porque en su caso sólo equivaldría a alargar una agonía que ya era tortuosa. Dentro de los cientos de problemas que debemos afrontar, está el de tomar decisiones que pueden, en contra de lo que esperamos, extender en el tiempo situaciones que no tienen mejor futuro que el de la muerte. Pauté diuréticos; más volumen; más sangre, que parecía perderse no sabía dónde; más plasma para ayudar al hígado; más antibióticos porque me había sido comunicado que el germen era de los peores posibles aunque de los esperables. Un cuadro.

En eso estaba, ajustando mis propias batallas internas, cuando me avisaron que el hijo de la paciente había llegado. Debido a la situación personal de la enferma (indigencia, alcoholismo, pareja también alcohólica y aún no contactada) dudé en lo qué hacer. Desde luego debía informarle de su situación extrema y de sus altísimas posibilidades de morir; era mi deber. Pero dudaba en hacerlo pasar a deshora, un agravio delante de las otras familias de enfermos que respetaban el rígido horario de visitas (por lo demás nada amable con los familiares); pero, al parecer, no le había sido posible venir antes y pedía permiso, por favor, para verla.

Suelo ser rígido con las normas. Me gustan las reglas porque evita nuestra natural tendencia española a la disipación y a la anarquía. Pero, a la vez, no sé si como defecto o como virtud, intento ser algo flexible. El exceso de rigidez es tan malo como la extrema amabilidad ante su cumplimiento, y aprender el exacto punto en el que la condescendencia y la normativa se encuentran para darse la mano, es una labor que parece no tener fin.

En esta dicotomía mental, que batallo siempre en silencio y con mohines que sé graciosos pero que mi personal respeta porque saben de su importancia, terminé decidiendo que podía verla. Aprovecharía entonces para explicarle con hechos y no sólo con palabras la mala situación de la paciente y su estado terminal.

Cuando entró el hijo de la enferma, con su gorra de béisbol blanca y su andar lento y su mirada baja y las manos en los bolsillos del vaquero con los hombros encorvados, no pude despegar mis ojos de él. Jovencito, diecisiete, dieciocho años quizá. Tenía una pequeña barbita repartida por parroquias, de color castaño claro; unos ojos acastañados, grandes y expresivos; la piel muy blanca, y la mirada melancólica. Era realmente guapo, guapo y triste. Me miró y debió reconocerme, a los pies de la cama donde se hallaba su madre y me sostuvo la mirada. Creo que le hice un gesto para que se acercara, pues él cabeceó y me hizo caso. Alto, de buen aspecto, cuidado, limpio; contrastaba con la historia de su madre y con su aspecto.

Me saludó con la cabeza y esa timidez propia de los familiares ante el médico en una situación difícil. Lo entendía. Intenté explicarle el estado en el que se encontraba, ajustando mi lenguaje al de sus pocos años. Una costumbre que adquirí para desarrollar cercanía y cierto rapport, y que a veces tanto se me pega, que empleo en mi vida privada expresiones de niñato que no me van nada. Y para hacerme entender, que nuestro lenguaje críptico y grandilocuente sienta bien a las masas médicas, pero no a un familiar que, lleno de ansiedad, se acerca para saber cómo está, qué le pasa y qué puede ser de él.

Le iba a decir que la gorra no estaba permitida, aunque la llevaba casi fuera de la cabeza. Pero me abstuve. Qué más daba. Delante de mí tenía un chicarrón con expresión consternada, lleno de interrogantes y ansioso hasta el temblor; esas normas absurdas no pintaban nada en aquel momento.

Cuando habló me sorprendió. Esperaba encontrar una persona que, por su aspecto (a años luz del de su madre), parecería mantener poco contacto con ella, y sin embargo no era exactamente así. No vivía con ella, sino con sus abuelos, pero sabía de sus andares perdidos y de su enfermedad grave. Mientras estuvo ingresada en la planta, llamaba y venía a visitarla a diario, y se enteraba de su estado puntualmente. Sabía de su enfermedad hepática, de sus problemas de sangrado, de que le costaba respirar desde hace dos días. No lo entendía para nada; no es fácil asimilar un torrente de información lleno de tecnicismos que para él no tenían valor; pero lo sabía. Los médicos de la planta le habían dicho que no había mucha más salida, porque el hígado estaba muy dañado, y que todo se debía…

– Al alcohol, ¿verdad?

Esos ojos me miraban fijos. Brillaban. Y esa tristeza. Y yo que me vuelvo blando ante el dolor ajeno. No me podía estar pasando esto.

– Sí… Pero me gustaría dejar algo claro, ¿vale? Está muy grave…

El chico asentía ansioso una y otra vez. Yo había comenzado a tratarlo de usted, pero era demasiado joven y demasiado bien educado y lo que tenía que decirle era demasiado delicado. Demasiadas cosas. Así que lo tuteé sin dudarlo.

– Y casi seguro que no tiene muchas posibilidades de remontar el bache en el que se encuentra.

– Pero puede ponerse mejor, ¿verdad?

¡Uf! Esto no iba a ser fácil…

– Mírala, por favor. Puede ponerse mejor, desde luego, si responde al tratamiento…Pero es que creo que no va a responder como nos gustaría. A pesar de los esfuerzos, está empeorando cada vez más y…

– Es decir…

Y su mirada se desvió hacia su madre, crucificada en aquella cama, llena de datos, monitores y de signos y síntomas y de medicación y de vida perdida en el limbo del tiempo malgastado.

– ¿Lo entiendes, verdad?

Volvió a mirarme con lágrimas en los ojos. Y la expresión más triste que había visto en mucho tiempo. Se ajustó la gorra blanca e intentó sonreírme. Y lo hizo. A mí. En medio de un momento tan difícil, en el que asimilar la posibilidad de la muerte de una madre, aunque hubiese tenido en su momento que apartarse de ella para que disfrutar de una vida mejor y más estable y que de seguro ese chaval (como todos los niños) merecía, era lo más real que le podía estar pasando en su corta existencia, tenía tiempo para sonreírme sin entenderme, para agradecerme una sinceridad a veces aplastante, y que le dejase pasar a verla. Y a mí ese niño me dejó sin palabras.

– ¿Puedo estar un ratito con ella? ¿Por favor?

La enfermera que la llevaba, una veterana con mucho corazón, también me miró fijamente. Teníamos mucho quehacer; cambiar vías; mejorar los enfermos vecinos; dar órdenes; obedecer mandatos médicos que no siempre son fáciles de entender sin el oído adecuado; un rosario de justificaciones que la sensatez llevaba a denegar esa petición. Pero aquel niño grandote de ojos tristes; aquella mirada de compasión de una enfermera acostumbrada a mil tragedias y desastres, y mi propio corazón, pudieron más.

– Sí, hombre. No te preocupes por el tiempo. Ve con ella.

Volvió a cabecear. Y volvió a darme las gracias dos veces más. Y se fue con ella.

En todo el tiempo que estuvo a su lado hicimos muchas cosas, pequeñas y grandes, de mayor y de menor importancia; todas vitales, todas útiles. Órdenes, medicaciones, maniobras terapéuticas; técnicas; ingresos. Pero nada de lo que sucedía a su alrededor pareció importarle a ese niño grande una vez que descubrió que su madre podía escucharle y comunicarse de forma casi primaria con él. En el revuelo de una guardia de Medicina Intensiva, tuve tiempo de ver desde lejos esa burbuja transparente y protectora que se había creado entre una madre y un hijo; no importaban ya las circunstancias vitales, los azares que llevaron a separase; el alcohol que destruía lo que el amor parecía empeñado en revivir, y el hilo delgado que mantenía con vida aún a aquella mujer. Ignoro cuánto tiempo estuvieron juntos; por decencia, no oía lo que él incansable le decía. Pero lo veía tomarle de la mano, acariciarle el rostro amarillo y reseco, hablarle hasta quedarse sin voz muda, darle besos y más besos llenos de ternura. Aquel niño, que de seguro vivió momentos de extrema dureza por el comportamiento de aquella mujer, que ere su madre, que estaba viviendo las consecuencia de sus decisiones erróneas, no la juzgaba por ello, no la analizaba por ello; aquel niño aceptaba el presente, aceptaba a su madre, y quería a su madre fuese como fuese. Aquel niño, que de seguro había sufrido abandono y desamor, devolvía a la vida el mayor de los regalos: el verdadero y libre amor. Y aquello, más que nada de lo que había vivido hasta ese momento, me rompió el corazón.

Durante ese hiato imperceptible de tiempo, la enfermera se le acercó y le indicó, con la máxima ternura, que debía irse. Él aceptó sin protestar. Se acercó más a la cama y le susurró a su madre un hasta luego, y le dio el beso más hermoso en la frente, suave y dulce, lleno de cariño no expresado hasta ese momento. Al levantar los ojos, me vio a la cabecera de la enferma. Si estaba buscando una sonrisa por mi parte, no la encontró, porque yo mismo estaba ocupado recogiendo los trozos de mi corazón destrozado.

– Doctor, ¿puede salir de ésta, verdad? ¿Aún hay alguna oportunidad?

Estuve callado un momento. Todo el personal, que me conoce tan bien, estaba pendiente de mis palabras, dispuesto a hacer de inmediato lo que estaba decidiendo en esos instantes fugaces. Aunque no los veía, podía sentirlos en mi piel, en mi mente. Yo no separaba mi vista de esos ojos melancólicos, de esas chispitas de lágrimas  a medio rebosar. Mi sensatez me dictaba un camino; mi corazón, aún sabiéndolo, gritaba hasta dejarme sordo. Y allí yo mudo, decidiendo lo imposible, asumiendo una vez más un papel ímprobo, a veces inhumano.

Y recordé de improviso que estábamos en Navidad. Y, aunque extremadamente cansado de mi propia vida allí encerrado, afuera el mundo sonreía; estaba lleno de esperanzas; esperaba regalos que la vida, merecida o no, les iba a dar. Aquel niño me pedía una esperanza, aunque remota y, francamente, irreal. Aquel niño que había sabido sobreponerse a una infancia dura, a una separación inhumana, a una mujer cuyos hábitos la habían denigrado ante sí misma y ante la sociedad, pero no ante él, que la seguía amando aún en la distancia, que la seguía respetando y la cuidaba… Ese niño grande, de barbita inconclusa, de gorra de béisbol desvaída, de rasgos hermosos y mirada triste, de vida demasiado vivida y de una inocencia atroz y tierna a la vez.

Sí, aún había una posibilidad. Remotísima pues la situación era casi insalvable, pero aún podía hacerse algo más. Algo que, si fuese para mí, quizá no hubiese elegido. Pero no era para mí sino para ella, cuyo hijo la hacía merecedora de toda oportunidad, y para él, cuyo amor era más fuerte que las circunstancias que lo rodeaban, y cuya débil fortaleza lo hacía merecedor de esa oportunidad.

– Puede que sí. Pero es poco probable, quiero que eso te quede claro…

Su mirada me dijo que sí, pero su corazón decía que no. Nadie pierde la esperanza, por más que intentemos que la mente consiga adueñarse del indomable corazón que late. Pero eso ya no era importante.

El personal comenzó a revolucionarse a nuestro alrededor. Y en menos de un pestañeo, la máquina del filtro renal, el catéter para su colocación y más sedación estaban dispuestos para cumplir mis órdenes. Al final, todos consiguieron arrancarme una sonrisa quizá un poco amarga.

– Ahora sal, ¿vale? Pasarás en la hora de visita. Pero ya no podrás hablar con ella, estará más dormida, ¿vale? Y quizá un poco peor.

– No importa, doctor. Pero yo hablaré con ella. Siempre lo he hecho, en la distancia. Y ya no necesito que me conteste. De verdad.

Y salió de la unidad con ese paso desgarbado, las manos en los bolsillos, y la mirada triste perdida en los pasillos de la vida que se vive.

Y yo me quedé callado. Perdido en el vacío. La enfermera se acercó y me tomó del brazo suavemente.

– Juan…

Desperté de mi ensoñación… Al fin y al cabo es Navidad. Y yo no podía negarme a ese amor. Ya no.

– Sí… Carga quince miligramos de midazolam y una perfusión. Cambiamos el propofol; aumentamos las aminas. Cien por cien de oxígeno, relajamos con vecuronio y preparamos el filtro. Una compresa para asepsia y el catéter. Vamos allá…

Ella no se movió de donde estaba y volvió a llamarme. Sabía por lo que yo estaba pasando y lo que me había costado esa decisión.

– Es Navidad, ¿no? Vamos a darle una oportunidad de sanar. Por ella, que es la enferma. Pero sobre todo por él, que se lo merece.

– Ojalá vaya bien…

Contemplando a la paciente, cabeceé lentamente. Mis ojos, que hace mucho tiempo que han perdido su brillo, chispearon ante la imagen de ese niño con su madre.

– Ojalá… Anda, vamos allá…

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