En este momento/ At this Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Qué quieres que te diga en este momento.

Apoyándote como estás en esa esquina, esquivando mi mirada, diciendo una cosa tras otra sin mucho sentido. O con más sentido del que yo quisiera darle.

Qué lejos estamos de esos días en los que bailábamos cogidos de la mano, lentamente para aprovechar cada roce de nuestros cuerpos; acercando los labios para saborearlos de a poco y así no apagar una sed que parecía infinita, un deseo que no tenía descanso.

Hoy estamos separados, uno frente a otro. Tú en esa esquina y yo delante de ti. Esquivando mis miradas, respondiendo a mis preguntas. Como un condenado a muerte o, algo mucho peor, quizá alguien infiel.

No quería oír esas palabras. Porque sé que tú no me engañarías si no hubiese una buena razón. Y esa razón es la que no quería oír.

Te conozco muy bien. Quizá demasiado. Y tú también a mí. No lo sé. Puede que te hayas aburrido; esas cosas suceden. Puede que el ciclo de lo cotidiano te haya afectado más de lo que jamás creíste, puede que haya sido mi compañía.

No lo sé. Dímelo tú. O mejor: no. No me digas nada. Tus ojos velados de lágrimas que aún no caen parecen que lo dicen todo: leo en ellos como en un libro abierto.

Ese mohín, cuando te tocabas la frente al recordar algo. Y ese pliegue de tus labios al querer esconder una sonrisa. Y el bostezo de aburrimiento y la caricia al mediodía y el relámpago del enfado, que a veces me hacía reír.

Últimamente no has sido tú. O quieres esconderte de mí. Si te levantas antes y te encierras en la ducha; o te desperezas mucho después que yo, no te veo la cara, no leo los movimientos de ese cuerpo que amo más que a mi vida. Me voy a trabajar y llego tarde. Te vas a trabajar y a veces llegas después de medianoche. Huelo el aroma que dejas, a sudor suave de cansancio y a tu perfume, esa fragancia de flores y madera que penetra en mi mente y en mi corazón, despertando sueños apagados, deseos olvidados; buscando indicios de un desliz, destellos de ese naufragio que sería dejar de quererme. Y sin que te des cuenta, escondo la cara en la almohada y me hago el dormido, el pesado, el mudo, el nihilista, el no me importa. Pero sí me importa, sí me hace daño, sí me desespera, sí me irrita y sí me deja desolado. Tú entras en la cama todavía tibia de unas caricias menudas que a veces nos damos, recuerdos pálidos de una pasión perdida ya no recuerdo dónde, bebes pastillas como bebes agua e intentas quedarte a dormir.

A veces lo consigues. A veces no. Y deseo tocarte, deseo atraerte hacia mí. Acariciar esa espalda gigante, sentir la dulce blandura de una piel amada como pocas y deseada sin igual. Pero sólo se rozan nuestras espaldas, y la respiración de uno se despega de la del otro, y así avanza la noche como el día por venir.

Y ahora, apoyándote en la pared quizá para no perder el equilibrio, no quieres verme pero me miras, los ojos velados por lágrimas que caen suaves por esas mejillas que besaba con un ardor y una delicadeza que no eran de este mundo y que, aún ahora quiero que lo sepas bien, arrullaría entre el calor de mis manos y secaría con el tacto de mis labios. Pero eso no va a servir de nada, eso no arreglaría el borde estallado, el corazón apagado, el amor roto.

Porque lo sé: has dejado de quererme. No como lo hacías. No como me amabas. Y no quiero oír esas palabras que me desconciertan. Porque ignoro lo que es cansarse de un ser. Y nunca, nunca me cansaría de ti. No lo estoy ahora cuando te veo allí de pie, intentando paliar un sentimiento que te cuesta un mundo, que desgarra nuestro mundo para dejarte ir.

¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo sabía? ¿Que ya no somos los mismos pero que pudiésemos volver a serlo? ¿Que te sigo amando aún a sabiendas que no me quieres, y que besaría el suelo que pisas, que dejaría flores a tus pies, que derramaría ese perfume sobre tu pecho enorme y tu cuello, llenándote de besos que no buscan nada, salvo aún más quererte?

Te acercas a mí y yo me dejo hacer… Si no te amase tanto, si la locura de tu abandono no navegase en mis arterias, te diría muchas cosas que no siento pero que mereces, al menos que cree mi orgullo que mereces. Sin embargo… Nos conocemos demasiado bien. Y te dejo tocarme el rostro con esa mano recia y delicada; te dejo que busques mi pecho y encuentres mis manos cerradas y que deposites en ellas un beso. Y te dejo abrazarme porque así puedo estar por última vez cerca de ti, aspirar de ti el aroma del amor perdido, comprimir entre nuestros pechos y nuestras cinturas un calor que se disipa, y despegar lenta, muy lentamente, un amor que se escapa de tu corazón y se clava en el mío hasta hacerme sangre.

En este momento que te vas, la vida, mi vida se detiene y el mundo se hace pedazos, añicos que intentan dibujar tu nombre. Me dejas; dejo que me dejes. No me amas; yo daría mi alma por dejar de quererte. Pero no hay Paraíso sin tu presencia; no hay Infierno sin desamor.

En este momento es todo silencio, mientras atraviesas el umbral que un día compartimos como nuestro. En este momento, que es todo silencio, sólo se oye el cierre de la puerta. Y caigo de rodillas en una inmensidad insuperable. Y me digo, por decirme algo, que así es el amor y el desamor.

En este momento quisiera callar para siempre. Y puede que ame alguna vez. Y que sueñe. Y cambie para nunca cambiar. Puede ser… Pero en este momento sólo te quiero a ti: todo aquello que no puedo tener nunca más.

Cualquiera puede silbar/ Anyone can Whistle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

Anyone can Whistle. John Barrowman.

Hay memorias poderosas, que impactan sólo al verlas. Las hay volátiles, tan raudas que se posan brevemente sobre las cosas olvidándolas luego, como si fuesen mariposas. Y las hay ávidas, tanto, que llegan a devorarse a sí mismas.

La mía, para distinguir, es evocadora, libertaria, a veces anodina, a veces demasiado profunda y siempre está presente cuando desea, no cuando la necesito. O cuando yo creo que no la necesito, más bien.

Mi memoria tiene personalidad propia. Hace lo que quiere. Aunque tengo la suerte de que no suele equivocarse, cosa que me tranquiliza. Yerro cuando no confío en ella y es un recuerdo constante de que debo plegarme más a mis instintos, a mi intuición, porque ella lo impregna todo.

Es una máquina perforadora. Aquello que le interesa le queda grabado a fuego, como una cicatriz. Y no necesita grandes estímulos para evocarlos. Apenas una palabra, una canción, un aroma es necesario para que evoque un recuerdo y, derivado de él, construya un edificio lleno de detalles únicos y propios: voces, frases, colores, vestimentas, sabores y sentimientos. Con el detonante adecuado ningún detalle escapa a mi memoria y por eso es única, traviesa y, a veces, hasta se lleva buena fama.

Esto, como cualquier otra cosa en la vida, acarrea ciertos problemas: por mí mismo soy incapaz de acordarme de nada. Quiero decir, que no consigo gobernarla con tiento. Tiene cuarenta años conmigo y sigue haciendo lo que le viene en gana. Siempre necesita de un estímulo. Mi memoria es un laberinto que se hace traslúcido una vez se dice la palabra mágica, y esa palabra es evocación. Por eso mi memoria es una gran constructora de recuerdos rememorados, porque es una artista de la Evocación.

No veo en ello nada de extraordinario, pues si todo el mundo puede silbar, no es raro que yo lo haga también. Si puedo construir un recuerdo hasta el mínimo detalle, otros también lo harán. Sin embargo no deja de sorprenderme a veces, y a veces también irritarme, la extremada facilidad de mi memoria para construir mundos perdidos, sensaciones olvidadas, aromas desvanecidos y, sobre todo o por encima de todo, sentimientos sentidos.

Cansado un poco de la novedad literaria (suelo ir un tanto retrasado en cuanto a actualidad), en estos días me he dedicado a la relectura. Me gusta en exceso quizá; un defecto como otro cualquiera. Me apetece sobremanera evocar, con la lectura de  libros que me han dejado buen sabor, esos sentimientos, esas sensaciones; descubrir ideas nuevas, nuevas imágenes que la lectura inicial no me había revelado, y entender mejor a esos autores tan apreciados que llegaron en su día a sembrar en mí ese mar de recuerdos que salen a mi encuentro cada vez que abro sus tapas y me sumerjo en su lectura.

Mi país inventado, de Isabel Allende, fue uno de ellos. Curioso, porque es en sí mismo un ejercicio del recuerdo. A su manera divertida, profunda e hiperbólica. Ese libro fue el regalo de una mujer a la que tenía (y tengo) en altísima estima. Susana González Prado es quizá la persona que más ha marcado mi formación médica. Y no es porque me parezca a ella en mi quehacer diario (quién me diera), si no porque su personalidad, su actitud, su templanza y saber hacer alumbraron un período un tanto oscuro de mi vida; su paciencia infinita, que perdía ante mi torpeza; su sabiduría y su forma de ver la Medicina, con mucho de entusiasmo pero a la vez de escepticismo, me maravillaron. Ella, antes de irse de nuestro lado, me regaló ese libro. Porque supo que había leído a Paula, un relato que la marcó mucho, como me había pasado a mí. Y lo supo porque yo le enseñé un pequeño recuerdo que conservo de esa lectura, de los sentimientos que ese libro sembró en mi interior años antes de dedicarme a la Medicina Intensiva, y eso la llevó a dármelo.

Pero Susana González Prado me regaló Mi país inventado, que antes ella había leído, con una sorpresa en su interior: además de una dedicatoria escrita con esa letra de niña encantada, dejó una acuarela en sus hojas. Preciosa, llena de los colores del atardecer. No quiso que abriese el paquete en su presencia, aunque por descontado sabía que era un libro. Y era porque en su interior había escrito y pintado algo más importante que aquellas letras impresas.

Cuando he vuelto a abrir en estos días el libro, me encontré con su dibujo y su dedicatoria, y todo volvió a mí. Aquellos años torpes, su presencia serena, su saber estar. Todas esas cualidades que ardía en deseos de tener pero que sabía de sobras no iba a poseer nunca. Porque ella las tenía. Y mientras releía, su sonrisa iluminaba, en mi recuerdo, cada una de sus páginas.

Mi país inventado me llevó a releer Paula. En él encontré otra vez toda la angustia, todo el dolor, todo el humor, toda la esperanza, toda la desazón y toda la voluntad que hallé la primera vez que leí ese relato maravilloso, la transmutación de un dolor que nunca se disipa, pero que cambia de forma haciéndose más llevadero. Y mi memoria juguetona halló un nuevo estímulo al encontrar, escondida entre las hojas de Paula, una tarjeta hecha a mano, escrita con una letra de mujer menuda pero de alma muy grande como la de Susana González Prado: esa letra, esa tarjeta y esa dedicatoria eran de la autora del libro, de la propia Isabel Allende.

¡Años allí escondida! Y mi memoria evocó aquella tarde de enero en la que escribí una carta de una docena de folios por ambas caras dirigida a esa mujer, a esa autora maravillosa que había creado por el dolor, la pérdida y el reencuentro un libro que daba vida de nuevo a una hija muerta. Que había removido mis entrañas página a página, construyendo un mundo entre paréntesis, una voluntad que se transmuta, y sembrado una esperanza que aún sigue viva, a pesar de los años y del abandono de mi propia vida.

Aquella carta la escribí como en un hipogeo. Era un error, pues no sabía cómo enviársela. San Francisco quedaba a media vida de donde yo residía, y por supuesto desconocía cualquier seña de la autora. Una vez terminado aquel fajo de palabras manuscritas (¡pobre Isabel Allende, teniendo que leer cada una de esas páginas!) me asaltó la duda, claro. E inmediatamente pensé en la editorial. Otra carta dirigida a ellos para que, por favor, reenviaran la mía a su destinataria… Qué sueños llegamos a tener… Pero yo vivía en ese mundo de literatura donde quizá todo fuese posible…

Meses después, ya olvidada esa pequeña locura, recibí una carta sin remitente conciso, pero venida de Sausalito, California. La abrí, porque de aquella no había esa paranoia falsa que tenemos hoy en día y que es un invento malintencionado de los políticos, como en su momento lo fue la guerra fría, para mantener a la población que piensa bajo el control del miedo. Y ¡oh, sorpresa!, una tarjeta hecha a mano y manuscrita salió de aquel sobre… Isabel Allende me enviaba aquella tarjeta, escrita de su puño y letra y hecha por sus propias manos pensando en mí… Qué alegría para un lector perdido en la grandeza del mundo y qué detalle por su parte… Quizá todo sí fuera posible…

Ver esa tarjeta de nuevo, después de tantos años escondida en aquellas páginas, despertó en mí sensaciones adormecidas por el tiempo transcurrido, hizo que mi memoria juguetona construyese un tiempo y un lugar y un sueño que seguía muy vivo, pero muy latente, en mi interior. Esa memoria que se desplaza cuando más le conviene y que más me valdría seguir siempre…

Esa tarjeta guarda en su interior un sueño que compartí con la escritora y al que ella me animaba narrándome su propia experiencia, su propio despertar. La vida es una vaina, sin duda, pero siempre nos da la oportunidad de volver a empezar. Para ella esa oportunidad tenía una fecha eterna: el 8 de enero, y firmaba esa tarjeta con la esperanza de que yo encontrase, como ella, ese estímulo para conseguir mis sueños: mi propio 8 de enero.

La vida me ha dado muchas vueltas, como a todos. Pero en mi caso siempre he tenido la sensación de haber sido arrastrado por una fuerza centrípeta, de desgaste más que de creación. Quizá sea sólo un error de apreciación. Porque mi memoria libertina corre por mi mente inundando mi espíritu con infinidad de imágenes, con un torrente de sensaciones, y me ha regalado, en estos días, quizá un motivo poderoso para seguir adelante. El recuerdo de Susana González Prado, con su pelo castaño atado en una coleta, su sonrisa tímida, su serena percepción de la Medicina, sigue en mí casi como la primera vez que la vi. El recuerdo de Isabel Allende, legándome una esperanza posible dentro de la locura de la vida, sigue ahí impresa en esa tarjeta que ya amarillea por el paso del tiempo. Ellas me han enseñado que sí, todo es posible.

Y si yo puedo silbar, no me extraña que todos también puedan. Y si ellas consiguieron ser fieles a sí mismas, encontrándose en el camino, seguro que yo también podré. Ay, memoria libertina…, qué suerte que aún sigas aquí…

Vida/ Life.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Song To The Moon. Rusalka. Joshua Bell.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Celebrando el Día de la Vida, la magia de un fotógrafo que colorea la existencia, que retrata el día a día y arranca belleza de lo más pequeño y regala vida de lo más grande: la sonrisa, la niñez, la vejez, el trabajo. Desde la lejana Indonesia, Rarinda Prakarsa, nos recuerda que la Vida es, no importa nuestra querencia por manejarla, por modificarla y adaptarla a nuestras conveniencias. Nada puede con la Vida, pues todo evoluciona en su seno, dentro de ella. Nacer, Morir, estaciones de ese largo trayecto que nos ve ir y venir, soñar, aprehender, sufrir, caer y levantarnos. Todo es bello en la Vida, y lo es todo: lo que nos rodea, cómo nos rodea, lo que opinamos de ella y lo que en realidad es.

Es importante saber que la Vida existe, que merece respeto, porque nada hay por encima ni por debajo: la Vida es ella misma, inmutable al paso del tiempo, a nuestro paso del tiempo y a lo que hagamos con ella. Pero nos acoge con generosidad, con belleza y con humor, incluso en la situación más ímproba, en la más aguda tristeza o en el momento de mayor destrucción: guerras, terremotos, maremotos, hambrunas, epidemias y soledad. Interrumpirla por gusto es un error; atraerla hacia nosotros de forma incontrolada también. Es un poder que nos posee y que transmitimos, pero que nunca va a ser nuestro. En la más alegre y perfecta o en aquella en la que anida la Enfermedad o la Melancolía, mientras sea Vida, será perfecta y única. Y así debemos vivirla: con respeto, con dignidad, con ceremonia, con vivacidad y con ironía, con claroscuros y colores, con trabajo y descanso, con respeto y sapiencia.

El Día de la Vida, que es todos los días de nuestra vida.


Una mirada violeta/ A violet look.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

– La señorita Elizabeth Taylor.

– Gracias. ¡Ah! Estoy emocionada y agradecida de estar aquí esta noche. Desde que supe que me daban este premio he estado sorprendida. Hace tanto tiempo que no pensaba en mí misma como actriz… Yo misma, junto con los críticos, nunca me he tomado muy en serio… No mi posición en el negocio, pero como actriz en sí misma, no… Pero no era tan terrible actuando, ¿verdad?… Habéis hecho que me dé cuenta de lo mucho que extraño serlo, pero mi vida es buena y plena. He necesitado muchas vueltas y cambios de sentido en mi vida para alcanzar esta plenitud de la que gozo completamente. Viendo tantos rostros conocidos y tan queridos por mí… Me llena de orgullo, me siento orgullosa de formar parte de esta comunidad y orgullosa de todos vosotros como comunidad, pues ayudáis a tanta gente, especialmente en el mundo del SIDA… Hemos recorrido mucho camino en esta última década, y sé que estáis dispuestos a llegar hasta el final haciendo todo lo que se deba hacer, y eso es algo que os agradezco con todo el corazón…

Y agradezco también a todo el mundo de la industria que me ha ayudado a alcanzar un lugar tan honorable esta noche… Mis recuerdos viajan especialmente hasta cuatro hombres magníficos que vivieron y merecieron un premio semejante: Monty, Rock, Jimmy y, por supuesto, Richard.

¡Oh! He sido tan afortunada por llegar a conocerlos, por haber aprendido tanto de ellos y haberlos amado… Muchas gracias a todos por hacerme sentir tan especial esta noche… Por hacerme sentir actriz… Y gracias a George Stevens, y a todo el equipo de la AFI por haber hecho posible esta noche, que llevaré como un recuerdo unido a mi corazón de por vida. Que Dios os bendiga.

Donde nace la Nostalgia/ Where Nostalgy is born.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

El punto de encuentro entre lo que quisimos que fuese y lo que en realidad es.

La bruma del pasado añorado y perdido.

Aquello que nunca será.

Lo olvidado que rompe su orilla a nuestros pies.

El deseo que no puede ser o que fue y ya no es.

Un amor recuperado en la memoria, rodeado de razones estériles ya.

Batallas todas perdidas: no hay éxitos, todo es fracaso.

Habilidades añoradas. Sueños recuperados. Sentimientos ajados.

Destierros, viajes, pérdidas. Empeños, intentos, dejadez, cabezonería.

Soledad. Silencio. Desamor. Olvido.

Porque todo lo que escribo proviene de ella, donde nace la Nostalgia, allí habito.

Retrato en sepia/ Portrait in Sepia.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Hay algo mágico en la pluma de Isabel Allende. Quizá sea esa fogosa imaginación que tiene, esa mediúmnica capacidad de metamorfosear aquello que ha vivido y que le rodea, extrayendo de esa alquimia algo más preciado que unos recuerdos; quizá sea su destreza para diseñar personajes fascinantes, cuya vida de novela navega entre lo imposible y lo real, y cuyas pasiones (siempre entregadas) los desgarran y los justifican.

Fruto de su época, Isabel Allende es quizá una de las últimas grandes voces del movimiento latinoamericano. Lo es en su libertad, pues su propio periplo vital no ha podido ser más extraño a la labor literaria, y sin embargo se ha entregado a ella con un fervor que sólo una mujer latinoamericana conoce y puede dar. Lo es en su temática, mucho más política de lo que parece, pues es un grito por la libertad de vivir, de dejar existir, con sus aciertos y errores, con sus miedos y sus sinsabores y la belleza del momento; y lo es en su concepción, demasiada alejada de Latinoamérica para que en sus creaciones no planee siempre un velo de melancolía que aquellas obras nacidas en su seno no tienen ni de lejos.

Ignoro si Retrato en sepia nació de una idea global que arranca con La casa de los espíritus. Conociendo la carrera vital de la escritora (que nos regala en esa bello retrato de una persona, de un tiempo superpuesto y de un lugar único que es Paula, y en la recreación de Mi país inventado) me hace pensar que no. Sin embargo, en el arco vital que parte desde su transformación como escritora profesional (La casa de los espíritus) hasta Retrato en sepia, su talento y su experiencia hacen que transforme una novela-río en una novela-océano llena de originales giros, de personajes fascinantes y de mujeres, siempre mujeres, únicas. La trilogía en la que se ha transformado la historia que narra La casa de los espíritus haciéndola pasar por el alambique de Hija de la fortuna y que culmina en Retrato en sepia, permite ser leída de forma independiente pues su magia estriba en que sólo al final del último libro, que es Retrato en sepia (y que, paradójicamente, está ubicado por cronología en el centro de los otros dos), veamos que esas historias tiene todas un lazo común: el lazo de la sangre, de la historia contada y de su autora, que se arroja a una aventura de retratar mundos y personajes con la alegría de una adolescente enamorada.

Si bien Hija de la fortuna nos resulta un tanto excéntrica, pues está ubicada en un tiempo y lugar extraños para la carrera literaria de la autora, una vez conocida la ciudad en la que toma cuerpo esta novela (San Francisco a finales del S. XIX) nos damos cuenta de lo certero de su relato, de lo idóneo de su concepción. Retrato en sepia recupera ese terreno conocido y ese gusto por la exhuberancia y la rima perpetuamente inacabada de América Latina, esa esencia que enamora a todo aquél que pisa alguna vez sus tierras, y del que ella es una embajadora excepcional. Retrato en sepia es un viaje de retorno para seguir hacia adelante. Es una vuelta a las raíces de Chile con los ojos extrañados del viajero lejano, que ha vuelto pese al paso del tiempo, o quizá por el paso del tiempo, con otra mirada y otra concepción del mundo.

Todo fluye en Retrato en sepia: la acción, los personajes. Y todo encaja: es un libro que se lee con brío y con alegría, y que regala, con la mayor generosidad posible, el enlace final que une esas tres historias tan diferentes y únicas con una cadena que refulge como el oro en paño y que termina explicando un mundo singular y unos personajes maravillosos, salidos de la vida y del aliento de esta autora de calidad excepcional y que consigue, en momentos como éste, una cima difícil de igualar.

 

Ésta es nuestra vida/ This is our life.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

A veces me lo pregunto.

Si hemos hecho bien, si hemos hecho lo correcto.

Abandonamos un amor al conocernos; deshicimos lazos que parecían eternos para atarnos nuevamente con las mismas promesas.

Aún me lo cuestiono.

Ésta es nuestra vida: todo nuevo, fresco, demasiado brillante aún, pero lleno de posibilidades, con un futuro tambaleante pero valeroso.

Ésta es nuestra vida: caminamos de la mano tejiendo día a día nuestras costumbres, consolidando un sueño que parecía inviable.

Porque éramos otros cuando nos conocimos. Teníamos otra vida, otras leyes, otras necesidades. Sin esperanza. Hasta que nos encontramos. Y todo cambió.

Íbamos por el mundo sin sentirlo nuestro, sin participar ni embadurnarnos con sus lodos, sin saborear sus jugos. Nos sentíamos inertes, piezas de un juego jugado por otros; fotos desenfocadas y sin nitidez.

Hasta que nos encontramos. Y todo cambió.

La mañana cobró sentido. Cada suspiro, cada aliento parecía vibrar; cada sonido de tu boca eran notas, cada caricia de mis manos parecían regalarte el universo.

Qué maravilla. En mucho tiempo sentí, sentimos, vida de nuevo, alegría de nuevo; vimos al sol aparecer, a la luna dormir y al mar, sereno, llegar a nuestros pies.

La lluvia caía para alimentar una ilusión quebradiza pero firme; y la noche que nos mantenía alejados fortalecía ese sueño que nos encontramos, esa esperanza que nació aquella tarde en un parque.

Niños nacidos de nuestros cuerpos a través de otros cuerpos: promesas en movimiento; lazos atados tiempo atrás con otros seres que no éramos nosotros; problemas llenos de una cotidianidad que no nos incumbían cuando estábamos juntos. Casas construidas para durar más de una vida humana. Jardines que requerían cuidados.Amores que, muertos, nos rodeaban de cenizas.

Qué difícil es dejar todo atrás. Cuánta valentía hace falta para decir adiós: sueños rotos, rostros entristecidos, orgullos heridos, recriminaciones veladas y la mirada que, sin querer, viaja hacia un pasado donde todo parecía distinto y peculiar.

Y ahora, ésta es nuestra vida. Que empieza callada, embravecida, enérgica y alegre. Nada parece imposible estando juntos, nada puede dañar esta burbuja en la que nos movemos, respiramos y nos acariciamos. Las mañanas son más puras, las tardes más lentas, las noches tiñen sus orillas con sueños nuevos que encierran, ahora sí, una certidumbre imperecedera.

Te amo. Me amas. Nos amamos. Y esos niños de otros cuerpos son nuestros niños en común. Y los sueños que soñamos juntos enmarcan el futuro que vemos a nuestros pies: días inolvidables, quizá muy parecidos entre sí, con esa cotidianidad que acaba definiéndonos y defendiéndonos; viejos amigos se mezclan con los recién llegados, y tus brazos aún sin estrenar reciben a los míos todavía recién pulidos; y nos amamos con la lentitud y la ansiedad de lo desconocido y de lo que sabemos que será para siempre…

Porque, aunque naciese de una pérdida, este amor que nos ha unido, que ha creado esta vida, es más poderoso que el destino y más dúctil que el acero. Sé que podremos construir una dicha llena de cimas y altiplanicies, repleta de esperanzas y de porvenir; con niños nuevos venidos de nuestras entrañas e hijos de otros cuerpos que aún eran nuestros y que encontrarán en esta vida nueva la savia que les hace falta para volar y cambiar.

Ésta es nuestra vida, la que hemos construido con el valor de la renuncia y el abrazo de lo nuevo, de lo inesperado, de la entera libertad y del verdadero amor.

Y, aunque a veces me lo pregunto y parezco dudar, ésta es nuestra vida, la vida del corazón.

Y sí, me doy cuenta y sonrío: hemos hecho lo correcto.

Entonces corro a esconderme entre tus brazos, como ahora, y hundo mi rostro en tu pecho y todo, ésta nuestra vida, es felicidad.