Lucio o la felicidad/ Lucio or Happiness.

Arte/ Art, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone

   Ignoro cómo comenzar. No me es fácil. ¿Cuándo lo ha sido? Desearía dedicar unas cuantas líneas cargadas de un sentido profundo y mayor del que nunca podré describir, para expresar cuánto os amo (puesto que nuestro quiero está tan preñado de egoísmo y deseos reprimidos que casi no me gusta.)

   No me es fácil. ¿Cuándo lo ha sido? Trato de escabullirme en la piel de otro ser que no existe. Intento, con escaso éxito, atravesar como Alicia un agujero o un espejo mágico que me exonere de este hecho que en vano intento justificar o tal vez confesar. Quisiera (¡oh, esa palabra de nuevo!) ordenar estos pensamientos que surgen alborotados, todos juntos y sin control aparente, para exhibirlos sin sobresaltos y también sin malentendidos.

   La vida, la mía al menos, se encuentra llena de interpretaciones erróneas. No es por gusto, supongo; creo que nunca lo es. Un ademán del que puedo dudar llega a hacerme más daño que un beso robado en la penumbra de un coche. Un mohín casi desapercibido, pronto olvidado, siembra en mi ánimo una alarma parecida al anuncio de cualquier catástrofe mundial: todo ser es, para sí mismo, el centro del universo. Ignoráis felizmente la tensión interna a la que nos puede llevar una mirada simple, escondida en un batir de pestañas; o la insaciable locura que destrona a la razón cunado se nos ofrece un cuerpo amplio, desnudo y sonrosado como la carne de un fruto. Hincar nuestros dientes en esa piel, rezumar el sabor amargo del sudor por nuestros labios…

   Me es difícil expresar lo que siento. Incluso retratar lo que soy, si soy algo. Me gustaría, en vez de todo esto, levantarme y gritarlo hasta quedar vacío de voz o de deseos… Me es difícil compliar todas las razones; razonarlas una por una; olvidarlas quizá. Pero debo hacer algo, pues el silencio es casi tan pesado como la verdad, y quizá ata más, pues se le añade la losa del secreto, de lo oculto o de lo que creemos pecado, y ya me siento cansado de arrastrar grilletes que no levan mi nombre.

   ¿Debo confesarme? No habría sacerdote que soportara esta carga, como tampoco hay fe que justifique esa salida. Mi verdad es sólo mía, pero a todos afecta. A veces, cuando tropezaba con algún ser más bello o más generoso que yo,  llegaba a olvidarme de eso, y el momento se volvía dulce y el placer inmenso sustituía a los remordimientos, al temor, y me creía inmaculado por yacer con alguien que me consideraba limpio, al que le significaba único y libre… Pero las sombras retornaban rápidamente una vez apagado el deseo o el temblor del placer, y el cuerpo que me servía de Olvido valía entonces nada e intentaba esquivarlo para huir de mí mismo, pues os recordaba y os hallaba observándome y sufriéndome; e intentaba pagar esos remordimientos, esa falta a la verdad, gastándome en esfuerzos sin sentido y en dolor… Pero era débil. Mi carne es débil. Mi ansia de amor esa tan intensa, y los cuerpos son tan hermosos y el palcer tan arrebatador…, que tropezaba de nuevo con la razón de mis circunstancias, con unos ojos o una sonrisa y…

   Desde que lo sé he estado luchando en su contra. Razón hay para afirmar que toda verdad es escándalo. Lo fue para mí, clavado a aquel cuerpo firme y blanco. Lloré cunado lo supe, por el placer de saberlo y el dolor de asumirlo a oscuras. Y lloré también por vosotros y temblé de miedo ante el hecho de asumir lo que soy. Miedo que me ha llevado a ser como soy.

   Me gustaría desentrañar esto lentamente. Revelar mis sentimientos, mis justificaciones quizá, y encontrar si no comprensión, al menos aceptación o, tal vez, generosidad y olvido. Cualquier cosa, ¿sabéis?, mejor que esto.

   Me gusta ver las viejas fotos de familia. El recuerdo, como la pasión, nos arrebata por un segundo casi infinito, y luego nos abandona dejándonos vacíos. Hemingway afirmaba que escribir era parecido al amor: uno se inflama y luego se desborda lentamente, quedando después un sabor amargo a flor de labios. Puede ser… Pero al menos él creaba. ¿Y qué hago yo? Crear: obrar con las manos y con el corazón; unir, pretendiéndolo o no, espíritu, cuerpo, piel y deseo en un mismo intento: una hoja de papel, un lienzo, un trozo de piedra, una planta que crece… De entre todo lo que los seres humanos somos capaces de construir o de modelar, yo me he entregado a mí mismo. Lejos del nihilismo casi tanto como del narcicismo, me he sumido en mi propio cuerpo, en sus esquinas y valles, con la misma fuerza que un escultor se afana, que un escritor se mata o un atleta se esfuerza por alcanza su meta. También sé que nunca tendré hijos. Lo siento. Pero es como si con el tiempo yo mismo me negase a establecer con el río humano el más simple y fácil nexo: la perpetuación de la especie, por más que Shakespeare se afane en demostrar lo contrario. Y sin embargo parezco contradecirme, pues a pesar de todo no deseo desligarme por completo del mundo conocido: la Naturaleza, el trazo fino de las estrellas, el dibujo de una ciudad, el amor… Hay demasiados puntos de contacto entre la vida y yo para desdeñarla de ese modo. Lo que ocurre es que he acabado por intentar vivir la vida a mi manera; de amarla a mí manera, y de entregarme a ella de la única forma que sé.

   Este deseo puede forma una imagen de mí casi tan falsa como otra cualquiera. Soy tan modesto como me parece prudente. Tengo tal firme control sobre mi vida, que me asusto a veces cuando un hilo se suelta o emito una nota discordante. Me ha costado muchos años conocerme de esta manera: tengo más de treinta años. Pero resulta patético comprobar lo poco duradera que es mi dictadura sobre los acontecimientos que ocurren o que se dejan pasar… Sí, lo sé: procuro engañarme. Me gusta mi cuerpo y lo demuestro a diario; pero más allá del simple deseo de agradar, está la necesidad última de controlar todos los destinos, todas las respuestas de mis emociones, hasta el más íntimo de mis pensamientos… Mi cuerpo es mi campo de batalla.

   Me gusta ver las viejas fotos de familia. Tengo una mesilla llena de ellas. Mi amor, riendo, se entretiene buscando parecidos inverosímiles; me gusta ver su rostro pendiente, ese cuerpo inmenso olvidado y hasta desdeñado mientras contempla esos recuerdos que han terminado por ser también suyos.

   Describir mi vida desde que es una comunión de dos creo que no os sorprendería, incluso se me antoja que es casi imposible. ¿Cómo describir una felicidad tan grande que nos deja mudos? La experiencia de compartir cada mañana con los ojos bien abiertos; enlazar la tarde y cada noche ese extrañamiento, esos deseos y ese placer, se quedaría pequeña encerrada en la prisión del lenguaje… El movimiento de otro cuerpo acercándose despacito al nuestro, ondulante como una ola de mar; unos ojos que contemplan maravillados el concierto de una luna de azafrán en el rostro amado; una rencilla mínima, originada por un conjunto de tonterías de las cuales nadie se acuerda una vez pasado el enfado; abrir la conciencia acompañado por el lento vaivén de un pecho de arena cuya respiración es puro anhelo y deseo… ¡Oh, queridos míos, el amor verdadero es tan simple! Y yo lo ignoraba. A veces me he detenido, en medio de tanta dicha derramada, y me he preguntado si mantenerme tanto tiempo alejado de cualquier relación íntima me habrá hecho más vulneraba a esta experiencia. Pero rechazo esta hipótesis alegando cualquier instante acabado de pasar y me alegro de nuevo. Es por lo menos extraño encontrar en estos tiempos un ser tan absurdamente ignorante y tan sediento de sensualidad como yo. El mar de dudas y de deseos incontrolados me hicieron asustadizo; tal encuentro de sentimiento, más que ayudarme, me hundieron en las aguas de la culpabilidad y del desorden. Pero ahora que todo se ha aclarado, siento en mi interior una libertad tan pura, un amor tan inmenso, que ya no me propongo ninguna penitencia ni ningún sufrimiento. Me siento tan amado y tan deseado, tan completo, que he tenido que sentarme a escribiros, rebosante y rebasado, pues soy por fin libre de mí mismo, y quiero compartir esta inmensidad con vosotros. A pesar de todo lo que eso conlleva.

   Sí: amo. ¿No es hermoso?

   La soledad la he vivido profundamente. Conozco todos sus aspectos, los interminables rostros con los que se presenta: un gran salón de baile atestado de gente; una tarde en la cual se acaricia largamente un miembro erguido que sólo nos pertenece; en mitad de una representación de La Bohème; en el lecho frío de una noche invernal. Y no menciono las jornadas de deporte a las cuales me entregaba como un escultor a su bloque de mármol; en medio de aparatos de hierro, sangre que late viva en las arterias y sudor que emana del cansancio, porque sería absurdo contarlas. Esas tardes diarias estaban llenas de soledad sonora; no estaban preñadas ni de deseo ni de melancolía; todo lo contrario: estaban teñidas de desesperación, loca ansiedad; castigo, olvido y obligación… Durante horas buscaba no pensar y ese ejercicio cruel lo llenaba todo; el dolor de los miembros acallaba un dolor más profundo y me acercaba quizá a aquello que deseaba en verdad ser… No cuentan esas mañanas en la piscina, donde me encontraba con ese instinto del que secretamente huía; las sesiones de sauna, donde cada hombre se revelaba en lo que era y mis ojos espiaban a hurtadillas; esas noches solitarias en las que, arrebatado por una imagen vista al atardecer, soñaba mirando las estrellas con ese tacto, con esos ojos, con esos labios plegados jurándome quererme más que nadie…

   Sé lo que es sufrir por la sinrazón. He sido un marginal. Soy un marginado. Ahora os lo digo. Sin orgullo, aunque lo posea. Sin deseos de revancha. Aunque sé que la merezco. He luchado contra mí diciéndome todos los improperios, todas las obscenidades con la que nos han bautizado. He vivido por otros el deseo de poseer un deseo ajeno, un cuerpo que es la antítesis del mío. En vano. Nadie ha empleado su fusta con mayor energía, nadie se ha indignado más que yo al descubrirse, nadie se ha ofendido más que yo al convencerse de lo que era… Pero aquí estoy, inmenso, completo y por fin feliz de amar sin miedo; de poseer sin ser absorbido; de ser lo que soy.

   Y a fin de cuentas… ¿Es tan malo? ¿Por qué tanto miedo a ser diferente? ¿Y en qué lo soy? He necesitado más de veinte años para aceptarme, y ha sido el amor quien ha obrado el milagro. Mi amor, ¿sabéis?, que me hace inmenso cada mañana cuando me desea; que me devuelve a la realidad una vez se ha agotado el apetito; que vive conmigo, que me acepta y me recuerda que en realidad siempre he sido un ser que piensa, que estudia y sueña y que es capaz de amar.

   Desde que recuerdo he deseado a los hombres… ¡Cuántas miradas a hurtadillas! ¡Cuántas veces mi propio éxtasis se disfrazaba para engañarme a mí mismo! Y estar tan cerca de esos cuerpos deseados y tan lejos del supremo placer…

   Los oídos me escocían con tantas bromas sin sentido usándonos de ejemplo… ¿No es el mismo deseo, acaso? ¿No somos la misma promiscuidad, el mismo ansia de posesión? ¿No somos igualmente hombres? Cuántas veces me pregunté porqué no podía ser como mis hermanos, como aquellos otros que simulaban vivir una vida más centrada y aceptada. Cien veces me negué a mí mismo y cien veces volví a caer. La iglesia me negaba refugio; mi habitación me recordaba con cada latido mi identidad. Por eso volví mi cara al gimnasio y en él agotaba las horas, quemaba las calorías de mi deseo, y me obsesionaba más y más con la forma humana…

   Esas oportunidades arrancadas al contacto físico, a la cooperación colectiva, intentaba aprovecharlas del mejor modo, bordeando siempre el centro de angustia que roía a mi corazón. Desde que sentí por primera vez esta urgencia, las noches se han diluido en sueños húmedos; en poseer y ser poseído. El cansancio del cuerpo contribuía al sueño pesado y me permitía agotar hasta el fin esos encuentros con la nada, en los que me revelaba como era, viviéndolo en libertad…

   La música, mi mejor aliada. Ella me hacía trascender; expandía mis límites y me hacía olvidar… Olvidar, eterno deseo que nunca conseguía del todo. Estos triunfos pírricos rápidamente eran devorados por los fantasmas de la concupiscencia. Ejercité todas las torturas; sometí mi mente a los agotamientos más extremos; bebí una noche en la que una buscona me metió mano; vomité encima de ella toda mi vergüenza. La pobre retrocedió horrorizada y yo le devolví la mirada asustado, incapaz de sentir nada por aquella mano que se posó, jugando, con mi sexo. Quise pagarle el vestido y el bochorno, pero ella sólo deseaba acostarse conmigo. Se fue a lavar; se cambiaría de vestido. Dejé una propina en la barra del bareto aquel al que jamás he vuelto por temor a encontrarme con ella. Las mujeres no significaban nada en mi vida; ni siquiera la pintura de uñas, la sombra de ojos que intenté usar con los mismos resultados: mi mundo no es el de las mujeres; no soy un hombre que desea ser como ellas. Pero no quería darme cuenta de ello, o me asustaba decirme la verdad.

   Todo era válido: interminables inventarios de obras de arte; estudios interminables; largas novelas desapasionadas. Huía de los poetas; me desilusionaba pensar que Miguel Ángel o Cernuda cojeaban del mismo pie. Yo adoraba esas obras; terminaba en contra de mi voluntad identificándome con esa generación de invertidos, de gais, de homosexuales, que luchaban en la oscuridad, que sobresalían en la verticalidad de una sociedad que en nada se diferenciaba de la nuestra. Sus luchas, sus derrotas, simulaban las mías; vivía por ellos esa especie de libertad que apenas me permitía atisbar.

   Hoy lamento no haberme hecho caso más joven. Hubiera gozado de mi cuerpo, que sé bello; hubiera sido con vosotros más indulgentes. Pero es difícil serlo con los demás cuando no lo somos con nosotros mismos. No es egoísmo, si no todo lo contrario: demasiado amor. Ojalá lleguéis a comprenderme algún día. Mientras tanto, lo único que pretendo es que no me alejéis de vuestra vida. Si os escribo sólo es para justificar ese comportamiento extraño, la aparente sequedad de mi cariño, mi huida repentina de vuestro lado. Y también porque estoy feliz de ser como soy: lo mejor que pudiera haber sido nunca.

   Toda esa lucha interna se derrumbó finalmente el día que conocí a aquel hombre. Tenía mi misma edad, pero había y se había corrido muchas veces. Lo que me unió a él no fue cariño, pues apenas lo conocía, si no lujuria. Por primera vez me dejé arrastrar por esa amante imponente, cuyos pechos sobrepasan las bocas que desean mamarlos. Fue una oleada inmensa; mis afanes me hundieron más en sus aguas. Cuando me lo presentaron sentí calor; el ardor me llegó al sexo y lo inundó y siguió subiendo; se me coloraron las mejillas. Tartamudeé y pestañeé: parecía irreal. Era enjuto pero fuerte; su desnudez se me antojó un regalo del cielo. Brillaba el sudor en aquella piel casi de plata; sus pelos se pegaban a sus muslos; su pecho se desbordaba por la camiseta ajustada… No pude reprimir admirar su cuerpo tan bien hecho; él hizo lo mismo con el mío. Fuera del gimnasio nos fuimos corriendo a su casa. Y me corrí sobre él aquella noche dos o tres veces; lo disfruté y me gozó y rocé un cielo menos brillante pero brutal, lleno con los gemidos del cansancio y del disfrute. Tuve entre mis manos su cabeza, sus brazos como mundos inhóspitos, su pecho lampiño y agridulce. Lo gocé sin amarlo, y fue maravilloso llevarlo por unos momentos en mi interior. Mis sentidos estaban completamente abiertos; no hubo ni un músculo que no viera, ni un jadeo que no oyera; un olor que no oliera; un calor que no sintiera ni un pezón que no palpara. Aquel hombre fue todo en una noche, incluso mi obsesión y mi tristeza. Se quedó dormido, completamente agotado; yo eché en falta su abrazo, pues temblaba de gozo. Y lloré. Por falta de amor. Por él disfrute. Por haberme dado cuenta que era aquello lo que siempre había deseado. Y de miedo por saberme proscrito. Y de pena, por vosotros, pues nadie escoge ser lo que es, o al menos no siempre. Y yo amo demasiado a los hombres como para intentar atajar también a las mujeres.

   No fue el remedio, empero. Todo lo contrario. Cambié de gimnasio. Sabía que acabaría nadando entre esos brazos siempre que lo desease, pues yo estaba sediento y él era una fuente que manaba constantemente; su presencia cercana era un riesgo que no quería sentir. Sin embargo, y a pesar de todos mis esfuerzos, no fue el único con el que caí. La continencia es un ejercicio erróneo. Yo lo ignoraba. No sabía todavía que acaba desbordándose; que la sed es mayor y la saciedad más tardía; cuanto menos le damos a nuestro cuerpo, más desea y menos ahíto se siente.

   Así que toda relación se convirtió para mí en un hecho prohibido. Un ademán de saludo podía significar una invitación lasciva; un abrazo, la mejor manera de explorar el cuerpo deseado; una sonrisa, la expresión más pura de un enamoramiento… Me horrorizó. El lugar en el que pretendía ahogar mis sentidos se reveló como una cueva llena de maravillas. Encontré hombres tan deseosos de mí como yo de ellos; y otros, hartos de todo, buscando un sexo diferente o una aventura más excitante. Huí de todo aquello; huí de mí mismo; intenté aplacar mis deseos; mi cuerpo sufrió lo indecible con la imagen de cada hombre deseado; confieso que nunca antes había llegado a estar en mejor forma. El recuerdo de aquel hombre al que no he vuelto a ver se fue diluyendo en esa atmósfera de represión.

   Apenas si hubo otros encuentros, hitos de una vida teñida de gris, breves y apasionados. Esos escasos seres se escondían detrás de su anonimato o de su precio… Confieso que no me cobraron; jamás pagué. Quizá me veían el alma destrozada en los ojos, o mi cara les gustaba, no lo sé. A mí me atraían pos su destrucción, por su disfrute tasado de antemano. Llegué a hacerme amigo de dos de esos seres. Sus conversaciones, sus ganas maquinales de amor, sólo comienzan con el dinero y terminan a la hora, a los treinta minutos, pero conocen bien a los hombres y les gusta el peligro. Por ellos llegué a conocerme mejor antes de abandonarlo todo.

   Ese fue el motivo por el que huí de vuestro lado. Me sentía sucio de alguna manera, por lo demás fútil. Estaba cansado de las preguntas constantes con doble sentido, de las frases hipócritas y las miradas inquisidoras. Y también porque pensaba que, si ponía tierra por medio de forma física, conseguiría lo mismo con las fronteras de mi interior.

   Llevo dos años aquí. Y he cambiado. Este lugar no es mejor que el que dejé, pero en él me he encontrado y le doy gracias por ello. Nueva York puede ser un caos (lo es ciertamente), pero también un caleidoscopio de oportunidades, de eventos que se suceden y nos permiten cambiar. Estados Unidos es un mundo completamente diferente del nuestro, y tan distinto. Mucho os diría de este país que hoy es el faro del mundo. Sin embargo le estoy agradecido. Me ha ofrecido la oportunidad de evolucionar sin ser apenas molestado, y me ha regalado el amor.

   Una vez viviendo solo pude dejar de justificarme. Y no es que me estorbárais, nada de eso. Necesitaba sentirme alejado de cualquier análisis, exento de cualquier anhelo externo que no fuese el mío propio. En esta ciudad me entregué a la búsqueda de mi sentido. Desatados todos los lazos y los compromisos por vosotros, abandoné la huida y me dispuse a encontrarme con el máximo de sensatez. Me hallé relacionándome con gentes variopintas; acudí a fiestas; me permitía pequeños placeres que eran seguidos de noches descansadas y serenas; ya no me despertaba henchido de sudor y falto de sexo.

   Acudí a teatros, a cafés y a restaurantes solo o acompañado, sin mentiras y sin más ventajas que las que me daba a mí mismo. Dejé el gimnasio al que iba y decidí ejercitarme en mi piso. El ejercicio se ha convertido paulatinamente en una fuente de placer más que en una penitencia, y las maravillas que hace a mi cuerpo justifican por sí mismas el dolor breve de cada ejecución y cada peso levantado. El grupo de apoyo a enfermos de sida, mi empleo en el consulado español con el que estoy encantado y mis alumnos de español en una escuela de idiomas han logrado ese equilibrio difícil de encontrar en cualquier vida y en cualquier sexo. Y el amor.

   Ralph ha logrado sanar mis heridas. Mi orgullo desgarrado, el dolor de ser yo mismo. Lo conocí en la academia, donde él da clases de inglés. Nos sonreímos; nos gustamos; nos abrazamos. Desde la primera noche que pasé a su lado supe que era la persona que siempre había esperado. Esa persona que ha nacido para complementarnos, para hacer nuestra vida más picante y más suave, que siempre está ahí. Ese ser cuya importancia para la vida es superior al sexo, a la carne. Hubiese sido igual de feliz si fuese mujer, pues lo más importante es que esté a mi lado… Pero es un hombre de voz grave, calvo y fuerte, con el pecho lleno de vello y las manos más dulce que haya podido imaginar jamás. Gracias a Dios.

   Él lo es todo para mi vida. Hoy se ha mudado a mi piso. Desde ahora será nuestro piso. Vino con sus maletas, su pecera de media pared y su juego de mancuernas. Supe que quería vivir conmigo el día que lanzó por la ventana las llaves de su apartamento. Me dijo que me había hallado por fin y que ya no le hacían falta… Un gesto hermoso sin duda, aunque tardásemos dos días enteros en encontrarlas de nuevo.

   Jamás pensé que llegaría a sentirme tan bien. No necesito desfilar en un día de orgullo para saberme feliz siendo lo que soy. Pero comprendo su importancia y el objetivo de su lucha. Me uno a ella de forma tácita. Sé lo que es vivir en la oscuridad; sé lo que se siente; las batallas internas; el suicidio diario al que podemos llegar a someter nuestra propia vida.

   Soy capaz de aceptar mi condición, que en nada se diferencia de la vuestra. Si me corto sangro; si me hacen daño, lloro. He dejado de sentirme culpable. Puedo apreciar sin remordimientos las grandes obras de los grandes hombres que han amado a otros hombres, y hasta he investigado numerosas hipótesis sobre el origen de nuestra cualidad, quedándome, claro está, con las más románticas de todas…, pues amo.

   ¡Amo, por fin!

   Me gustaría que estuvieseis tan orgullosos como yo lo estoy de mí. Aún queda mucho por hacer. Como Ralph ha descubierto, estoy virgen de caricias y de experiencias; estoy sediento de amor y dispuesto a entregarlo todo. Los días han dejado de ser una pesadilla. Mi cuerpo es un puro gozo al encontrarse con el suyo; no hay un área que no haya explorado, ningún rincón cuyos besos no hayan inundado. La sensualidad se ha aliado con el amor y viajo feliz por el cielo estrellado, porque ya no me siento culpable.

   Ojalá pudieseis verme esta mañana. Ha sido tan inmenso nuestro encuentro, que de pura exaltación he estado escribiendo toda la noche. Ralph duerme, castaña presencia norteamericana. Quién me lo iba a decir… Sus brazos interminables, su pecho peludo, su cabeza pulida, las almohadas revueltas sobre unas sábanas cansadas… Ojalá pudieseis sentir lo que me llena, lo que me extasía… Los ojos de mi amante se abren poco a poco y me sonríen… ¿No es esto felicidad?

(1995)

Fotografías de Valero Rioja y  Pedro Melo.

Carta al amor/ Love Letter.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Amor, querido fantasma, me hubiese gustado empezar ésta sin echarte de menos. Me hubiese apetecido escribir con la boca llena que ocupas demasiado sitio en mi vida, que quizá el hartazgo sea insuficiente y que deseo más de ti.

   Amor, querido espejismo, quisiera abrazarte hasta hacernos uno y olvidarnos juntos, en las tinieblas de una memoria perdida, lejos de aquí.

   Hubiese tomado tu mano y la hubiese venerado. Hubiese besado tus labios de pergamino y, húmedos, dejar mis huellas en ellos como quien deposita un regalo. Y mi corazón, como mis labios, caído en el hueco de esa mano que altera a la mente y que calma al alma.

   Y sin embargo…

   A veces siento que pierdo, a veces me siento solo. Sin tu compañía elusiva como una sombra, hasta el sentido de mi vida se diluye. La mañana trae consigo un día similar al anterior y la noche que llega, un maremoto de estrellas que brillan por otros y no por mí.

   Me hubiese gustado escribir que tu dulzor empeñó mi lengua a un sabor nunca superable. Me hubiese gustado decirte que mi vida, unida a ti, es una sola, sin principio porque me llevas de la mano, y sin final, pues la muerte no es más que una estación de paso de la cual huimos envueltos en oscuridad.

   Y sin embargo…

   ¡Amo! Amo tan fuerte que casi me duelen los brazos.

   ¡Abrazo! Abrazo tanto que mi pecho se funde con el tuyo hasta hacerse sangre y corazón, lleno de latidos que nublan mi pensamiento y me hacen sordo y mudo.

   ¡Callo! Callo como si de mi boca se pudiesen escapar todos los secretos uno a uno hasta dejarme vacío.

   Y bailo la misma melodía una y otra vez; una canción que tarareas sin fin hasta sentir que de mis pies brotan alas y me marcho, flotando, más allá del universo.

   Me hubiese gustado decir que erraste conmigo. Que tus dardos saltaban sobre mí, silbando cerca de las orejas, lamiendo los bordes de mi corazón. Me hubiese gustado decirte que no tengo ya alma, que equivocaste el camino, que tu sombra no me protege ya más.

   Amor, querido fantasma, me hubiese gustado decir que tu regalo era eterno, mas duró sólo una noche. Me hubiera gustado decir que tu visita me regaló la libertad; pero no, sólo me trajo la prisión de unos besos, el silencio elástico de un adiós. Y que mi corazón, que fue de dos, finge indiferencia, ríe sin voluntad y extraña, echando de menos aquello que era su vida y que ya no está.

   Amor, te hubiese exaltado, te hubiese sembrado el pecho de besos y de quimeras, y humedecido enteramente la playa de tu piel con el océano de mi saliva. Amor, te hubiese llamado por tu nombre, tatuado en mí desde ese primer instante que te vi y, equivocado o no, desoyendo todo consejo, corriendo todo riesgo, te hubiese arrullado y protegido día tras día hasta alcanzar una suma de eternidad.

   Pero ya nada puedo hacer. Nada que no hubiese hecho si hubiese conseguido abrazarte con la misma urgencia que tu a mí y con la misma probidad haberte regalado mi vida, que va unida a mi corazón.

   Pero no estás; quizá no hayas estado más que en mi mente, en el anhelo vibrante de mi corazón. Y lo que comenzó acabó, crucificando mi vida en ese ciclo eterno del que no escapé por haberme entregado a ti.

   Día a día mi vida que fue, Amor, calla. Mi vida que fue y que ya no es; que nunca será como la hallaste, pequeña y tierna, dulce y sedienta, enérgica y creyente.

   Mi amor, Amor; mi fe, Amor; mi vida, Amor, que ya no es lo que fue y que nunca será, Amor, para ti.

   Ni para nadie.

El arrullo de la noche/ Music Of The Night.

Arte/ Art, Música/ Music

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Cuando me enamore/ When I Fall in Love.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Cuando me enamore me faltará el aire. Eso creo. Hace tanto tiempo y me he equivocado tanto y tan profundo, que se me va a cortar el respiro y se me cerrará el estómago y adelgazaré, siendo incapaz de tragar nada, y viviré como los peces, inflamado de agallas.

   Cuando me enamore el mundo dejará de girar, porque he sufrido tanto, tanto, que nadie me creerá. Y me verán saltar de alegría y reír como un loco, locuaz y rebelde, escupiendo palabras como perlas y olvidando recuerdos como plomos.

   Cuando me enamore, y bien sabré cuándo, cerraré los ojos y miraré con el tacto y oiré esa voz, que será su voz, encallar en mi corazón para siempre. Cuando me enamore, y sabré bien cuándo, dejaré de correr porque habré llegado a mi hogar.

   Cesará el odio que guardo dentro. La ojeriza que le tengo a los demás que no son para mí; la inquina que guardo en mi propio interior y que sólo se dirige a mí. Se acabarán las pesadillas y empezarán los sueños, los reales vestidos de presente; y me dejaré querer como otros se abandonan a la imaginación y podré dormir en esa paz de la compañía y de la soledad llena de mundo, un mundo que tiene una piel que acariciar, una boca que besar y un pelo que revolver.

   Se iniciarán planes que ahora sólo se posponen; crecerá la hierba en el jardín, y verdearán los tilos delgados y los sauces dejados sin cuidados. Volveré a ser yo mismo porque dejaré de adolecer lo que no tengo, y viviré la plenitud de amar sin esperar nada a cambio, sin cambiar a nadie por mí.

   Porque cuando me enamore todo será distinto. Las nieblas ascenderán hasta la estratosfera; la luna brillará llena y plateada, y el sol en un atardecer sin fin recorrerá los caminos abandonados de mi piel con un sosiego nuevo, como si fuese un regalo perpetuo y una constante novedad.

   Cuando me enamore seré libre, libre de mí y mi sentimiento de opresión. Intentaré cambiar el mundo porque éste me cambiará a mí; y podré valorar la compañía como compañía y no imposición, como algarabía y no necesidad; sabré ganar amor libre y amor bueno; acallaré el egoísmo de la piel muda y velaré el sueño de lo amado con un desasimiento casi infantil.

   Cuando me enamore la tierra verterá lágrimas de lluvia, océanos enteros de vivas y alabanzas. Y aquel que amaré será libre por fin, cargado con todo un amor ligero como una pluma, porque nada le será pedido y todo lo tendrá a manos llenas. Porque por fin seré yo a manos llenas.

   No habrá medias tintas cuando me enamore. No habrá más oscuridad ni indiscreciones. Ni miedo ni malentendidos. Cuando me enamore todo será distinto, porque yo seré distinto, y todo cobrará sentido, porque yo seré libre de mis miedos y mis odios y de mi cárcel.

   Cuando me enamore de ti, enamorado quedaré, y será para siempre porque no habrá tiempo, si no pura eternidad.

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¿No es una lástima?/ Isn’t It a Pity?

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   ¿No te da pena?

   Ahora que todo ha terminado, viendo cómo dejamos nuestro hogar, el desorden y el dolor que nos infligimos, las caricias cambiadas por recriminaciones y los besos por gritos vacíos, ¿no es una lástima?

   Amor desbordado, amor tatuado, amor disfrutado y gastado, que se deja a un lado y se olvida… ¿Así seremos nosotros? ¿Seremos capaces de decirnos adiós sin un mínimo de cortesía, sin una lágrima brotada de un lugar que  no sea nuestro orgullo herido, sin una mirada velada pero resuelta? No lo sé…

   Después de destrozarnos mutuamente, de querernos hasta quedar saciados; después de beber del sudor y del licor y del deseo; más allá de lo que una vez soñamos ser, ¿no es una lástima que esto acabe así?

   Creo que sí. Y sin embargo…

   Tanto amor destrozado, que tropiezo con sus trozos desparramados por el pasillo como tus besos y los míos por nuestras pieles; tanto amor absorbido de tus labios y los míos; miedos dejados atrás y recuperados; celos y mentiras cubriendo carencias como encendiendo querencias… ¿No da demasiada pena?

   ¿Cómo explicar que fallamos cuando lo teníamos todo a nuestro favor? ¿Cómo decirle a nuestros amigos que esto se ha terminado como una botella de champán a medio beber? ¿Podrán entender que el amor acaba aún antes de haber empezado? ¿Que agotamos las fuerzas del amor apenas al comienzo de tanto que nos quisimos? ¿Que olvidamos lo que era el amor entre el complicado ir y venir de la vida, escondido en los celos infundados, en las decepciones que vienen siempre tras los sueños bordados? Aún me lo pregunto, inmerso en esta soledad que me duele por tu pérdida y que me gusta porque la deseo ahora más que nada.

   Incluso más que amarte a ti.

   ¿No es una lástima? Sin pensar nos unimos y sin pensar nos separamos. Parece que nada se detiene en el mundo y mi corazón se ha quedado inmóvil, ocupando un espacio de aire en mi pecho que me deja mudo. Mudo como se quedó nuestra casa al irte, tras el último portazo del adiós. Y ese sonido retumba en mi mente, onda sonora que reverbera una y otra vez en mis recuerdos. Y esa es la última imagen que tengo de ti: los tabiques temblando y el suelo llorando, en el suelo llorando, por tu despedida… ¿Y no es una pena que ésa sea la última imagen de mí que guarde de ti?

   Toma mi amor, tómalo y olvídame. Como voy a hacer yo. Ese espacio vacío que hay en la cama, ese que ocupaste con tu ser y tus deseos, tus miedos y tus frustraciones, parece que me habla con voz pastosa. Y el amor sabe a hiel entre las sábanas y los recuerdos, grabados a fuego en mi memoria, no me bastan para reconstruir una felicidad rota y perdida en algún rincón de mi corazón.

   Te amé. Tú también me has querido. En un tiempo ido como el amor gastado; en un momento congelado que no vale ni su peso ni su paso por la vida, puede que podamos sentir algo más que decepción y fracaso. En un tiempo que está por llegar quizá encuentre en este desastre algo más que sentidos abandonados, insultos huecos, desasosiego y dolor…

   ¿Y no es una lástima? ¿Haber roto nuestros corazones buscando un amor maravilloso que fuimos incapaz de darnos?

   Pero así es la vida. O eso creo yo.

   Y aunque sea una lástima, y aunque nos dé pena, debemos recoger lo que queda de nosotros y seguir, siempre hacia adelante, llenos de heridas y de temores, buscando un amor, o una justificación o un vacío.

   Es una lástima, lo sé, pero más lo ha sido todo el daño que nos hemos hecho. Y aún seguimos aquí.

Enrique Toribio: Arte vivo./ Enrique Toribio: Life and Art.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Naturaleza/ Nature

   

   El maravilloso Enrique Toribio juega con la luz, la fotografía y el dibujo para crear Arte en perpetua búsqueda de la Belleza.

   Cada artista tiene su misión en el mundo: los hay comprometidos con la realidad que viven y los hay que intentan atrapar y transmitir a los demás lo que hay de bello en el mundo, tamizado por su talento, su visión y por el corazón que poseen.

   Enrique Toribio nos trae de vuelta el juego de claroscuros del Barroco, de suerte que se transmuta en Caravaggio o en Murillo para desvelarnos secretos y verdades encerradas en una expresión, en un ademán, en el simple gesto de recoger un fruto o en el más sencillo aún del abandono, la apatía a veces, la querencia y el deseo. En Enrique Toribio todo es Sensualidad y Belleza: Arte vivo, sin duda.

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A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside