A Pablo Robledo, porque su sonrisa es un río de estrellas.
Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
A Pablo Robledo, porque su sonrisa es un río de estrellas.
Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
a AA, a AU, a PR por estar siempe ahí y darme lo mejor sin merecerlo.
Mientras miro por la ventana en esta tarde en que muere septiembre, suspiro recordándote. Todos tus movimientos: recogiendo unas ollas, poniendo agua a hervir, pelando discretamente unas cebollas y ajos, y dejarlas pochando en la sartén a fuego lento, muy lento. El ruido de los servicios, chocando unos con otros al poner la mesa; la forma en la que te quitas el mechón que te cae sobre la frente; la mirada fija en la salsa, en el guiso, en el sabor exacto de la miel y el dedo de aceite y la pizca de sal.
Tus hombros enormes cubren casi toda la cocina; el paño que te sirve de mandil te queda grande atado a esa cintura tan fina, y recuerdo cómo me pregunto por qué tú sí y yo no, con lo que tanto cocinas y comes… Cómo te gusta cocinar: de primero platos delicados, aromas sutiles para paladear el apetito y un vino suave, dorado y muy frío; un segundo contundente, con personalidad aunque sean un par de huevos fritos con el encaje más crujiente alrededor; y finalmente el postre muy dulce, muy suave, muy poco, para no engordar, para no empalagar el beso que viene después, entre el aroma del café o de la infusión para dormir o de la copa antes de salir.
Mientras muere la tarde, ahora que acaba septiembre, te dibujo escalando la distancia que nos separaba cuando nos conocimos; mientras me convencías con cara de niño bueno; cuando me decías una y otra vez que sí, que puede ser, que todo se arregla, que nada es lo que parece y que siempre hay un mañana… ¿Sabes que eres un tratado de optimismo? Hasta que no me arrancaste una sonrisa no te diste por vencido, y hasta que no me invitaste a un café no te quedaste tranquilo. Y el aroma de un Australiano de dulce olor, salpicado de canela y un toque de vainilla, invadió mis pulmones y se mezcló con el perfume de tu piel, hechizando mis sentidos, mareando mi cabeza, destruyendo mis barreras y dejándome libre y a tu merced.
Porque me conquistaste a fuerza de cabezonería. Porque mira que eres guapo, mira que tu cuerpo es un sueño en movimiento, y yo no lo veía porque no quería verlo; porque mira que tu sonrisa es un cielo abierto y tus ojos están llenitos de estrellas, y yo no quería perderme en ellas; porque mira que eres dulce y tierno y apasionado y brujo y quiromante, con tus echadas de cartas y tus lecturas de mano, cerrando mi palma con un beso… 
No sé porqué te tenía tanto miedo. Quizá fue demasiado brusco, quizá yo me sentía demasiado vulnerable, qué se yo… Y, sin embargo, no te diste nunca por vencido, y fuiste a por mí aún a pesar de mis constantes negativas, de mis modales a veces demasiado rudos… Nunca tus ojos mostraron cansancio, nunca tu sonrisa se nubló por un mal comentario, una salida de tono…
Mientras la tarde corre a través de la ventana, recuerdo que te veía raro. Porque mira que eres peculiar. Con tu belleza de mudez, con esa piel de terciopelo y esos ojos de océano, cómo te empeñaste en hacer de mí tu presente, tu existencia… Sonrío solo porque aún no lo sé. Después de un año juntos aún ignoro cómo hiciste para romper las barreras de mi corazón duro, cómo enamoraste mi cabeza, mis labios, mi piel y mi corazón. Porque mi yo de hoy, que mira ilusionado la noche llegar, es fruto de ti, de tus esfuerzos, de tu cocina de cielo, de tu piel de seda y de caricias…
Cuando nos abrazamos, aquella primera vez, llenos de temblor, de vergüenza y novedad, el mundo pareció cobrar todo su sentido y dejó de girar en esa hora, en esas horas en las que tú y yo, confundidos entre pieles, sudores, fluidos y aromas, conseguimos aprehendernos, sabernos casi de memoria y descubrirnos de nuevo una y otra vez… Y el desayuno, con aroma a chocolate espeso y leche fría en los vasos, y unos churros recién hechos, y un cruasán crujiente y un zumo naranja como el sol que amanecía tras los cristales, a través de los cristales de hielo del mes de enero.
Fue entonces cuando te vi con toda la luz: el pelo en cascada sal y pimienta; la sonrisa de pilluelo; los hombros más anchos que había gozado, los brazos más torneados que hubiese tenido entre mis brazos, y el torso erecto, defenso, poderoso y lleno de un vello suave como el de un niño… Eres un niño grande, un niño cocinillas, un niño que, calladamente, penetró en mi vida sin pedir nada a cambio y dándolo todo.
Tu generosidad, tu sonrisa de mundo y medio; tu espalda en la que llenar un millón de besos y la fuerza de tus piernas clavadas en el universo… Tu voz de terciopelo oscuro, tu mirada de gasa, tu sereno ulular cuando te quedas dormido junto a mí… Has conseguido que desaparezca todo rastro de tristeza, todo arrullo de melancolía, con el aroma de tu piel de vainilla, con el pimiento de tus labios y el dulce sabor de tu sonrisa…
Y hoy, mientras muere septiembre y la tarde se transforma en noche, una noche más a tu lado, la luna brilla en una esquina del cielo, y refleja su fulgor de plata sobre tu rostro perfecto, ocupado como estás en arreglar las flores de la mesa, en encender unas velas, en enfriar un poco más el vino blanco, en escanciar una botella de tinto, en dar un último golpe de horno al postre… Y me siento demasiado pleno, aunque nunca es demasiado; y demasiado lleno para sentir el mínimo vacío del pasado, y demasiado confiado para pensar en el porvenir…
Y te siento abrazarme por la espalda, mientras contemplamos ambos ahora el último rayo de sol, y la luna inmensa asomada en nuestra mirada. La cena lista espera por nosotros, el vino, el pan, los aperitivos y el postre. Pero el atardecer lo llena todo, la luna lo ilumina todo y nuestros corazones ríen sin palabras.
– ¿Quieres pescar la luna conmigo esta noche?
Me dices. Y te miro, tan bello y tan cerca de mí. Y no pienso en ningún milagro ni en ninguna suerte ni el el pasado ni en lo que está por venir. Sólo en en el hoy, en el ahora. Y en el inmenso regalo que eres para mi vida. Y, entre el aroma a peonías y el perfume de tu piel, sonriendo con tu boca de fresa, sólo puedo contestar con la fuerza de mi corazón.
– Sí, quiero.
High Sierra. Dolly Parton, Linda Ronstadt and EmmyLou Harris
A pesar de lo que me decía mi cabeza, verte y enamorarme de ti fue todo uno. No podía dejar de mirarte, el aire me faltaba si no estabas cerca y contaba los días en los que coincidiríamos, juntando esperanzas como quien junta un porvenir.
Y todo parecía un sueño, un sueño que vivía en mi corazón, que loco, acabó por engañar a mi mente y mi mente se unió a mi alma y entraste hasta donde nadie había entrado y una fantasía se hizo paso en mi vida, instalándose cómoda y feliz.
No puedo explicar toda la pasión que había en mí, toda la locura que encendiste en mi interior apagado, cubierto de lluvia, sediento de una locura que justificara la vida que llevaba.
Y fui feliz, muy feliz, mientras te tuve a mi lado, mientras la fantasía crecía a mi alrededor, envolviéndolo todo, incluso la verdad. Más que nada la verdad de tu nombre.
Tu nombre, Piernas de Alambre, que llevo aún escondido en algún lugar de mi ser, envuelto en el aroma de piel desnuda y limpia, de rizos cortados y sonrisa oscura, aliento de menta y juegos de escondite. Qué ciego fui con tu nombre, qué sordo con tu voz, qué inútil con mi propia vida.
Porque nunca he estado más equivocado que contigo, nunca mi mente procelosa más acertada y mi corazón más errado.
Y qué dolor, qué dolor que aún hoy dura, hoy más que nunca, cuando te necesito y no estás, y huyes y desapareces, y no quieres saber nada de mí, ni siquiera brindarme tu apoyo, mostrarme tu ayuda.
He estado en muchos sitios, he conocido a mucha gente, gente que hacía ruido, que se escondía y reaparecía, con su inconsistencia para el bien y su alta dedicación a sí mismos… Jamás pensé que tú fueras así, uno más, uno como cualquiera… 
He sido maldecido y exaltado, he estado en prados yermos y en bellos jardines, y el amor que te tenía iluminaba esa belleza como una estrella, como un sol radiante… He estado equivocado muchas veces; he tenido razón otras tantas. Pero contigo mi corazón inició una cruzada, una cruzada que venció a la mente temerosa de ti, y se equivocó contigo como, profundamente, temía…¡Oh, miedo que no oí!
Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, buscando salidas a calles tapiadas, y me acuerdo de tu nombre y del rumor de tu voz oscura; y esperando equivocarme, te busco desesperado porque desesperado me hallo y sólo encuentro una puerta cerrada, un silencio mortal y unos ojos que no brillan como antes y una boca que no sabe como antes y una indiferencia que hiende el acero más puro…
Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, pidiéndote una ayuda que me niegas, que me niegas con indiferencia, y me doy cuenta de nuevo que no, nunca mi mente ha estado equivocada contigo. Pero mi corazón sí.
Y qué dolor.
Conocí a Alberto Urbaneja literalmente de oído: hablando con él por teléfono. Recuerdo esa noche de invierno y esa voz serena y plena, joven y alegre. Y mi reacción. Que fue quedarme mudo. Menuda forma de empezar una amistad.
Fue fácil imaginármelo a través de ese timbre masculino y grave, y sonriente y agradable, que emergía de la línea telefónica. Lo imaginé alto, sensual, cercanamente distante. Me quedé corto. Al verlo en persona me di cuenta: es mucho más.
Ciertamente es alto, de anchas espaldas y pecho abierto, amplio como la noche. Tierno como un corazón; firme como una columna, recta y sin dobleces. Dueño de unos ojos enormes enmarcados por unas pestañas tupidas y unas cejas cinceladas, su belleza sólo rivaliza con su corazón y su corazón tiene en su sonrisa el más bello de los balcones. La sonrisa de Alberto Urbaneja transporta, y nace tímida para deslumbrar finalmente. Cuando ríe, enamora, y enamora con la ternura de un cachorro y con el brío de un hombre que sabe al fin lo que quiere.
Conocerle y sentir inmediatamente una corriente de simpatía (sí, que fue más allá de belleza tan evidente) fue todo uno: tanto, que tropezamos mutuamente. Ese saludo se ha convertido, sin querer, en una forma más de expresar el cariño que nos tenemos, porque ocurre cada vez que nos vemos. Alberto Urbaneja siembra ese cariño en el alma, y ese cariño crece con un vigor casi asombroso. Estar a su lado unas horas bastó para que me conquistara totalmente.
Es un hombre al que se quiere proteger, porque camina con delicadeza sobre campos minados con la seguridad de un inconsciente, aunque sepa perfectamente adónde quiere ir. Esa seguridad tambaleante anima al abrazo, a la caricia, a la sonrisa perenne. Me es difícil no sonreír cuando estoy a su lado, porque su vitalidad es contagiosa, pegadiza y única.
Alberto Urbaneja es todo corazón. Tiene alma de madre y constancia de centauro. Es vital, arrollador, impetuoso, dramático y responsable. Es dueño de todas esas cualidades que siempre he deseado tener y de las cuales carezco, y en él veo tantos sueños imposibles para mí, que sólo me preocupa que consiga los suyos con el peaje más nimio posible y el mayor goce.
Alberto Urbaneja tiene un amor que lo envuelve y lo anima; un amor que lo transforma, lo vuelve impetuoso, apasionado, frágil e inusualmente inseguro, como nos ocurre a todos cuando nos enciende el amor. Él ama y es amado, y ese milagro que ocurre tan pocas veces en una vida, en su vida es fuente de energía y de presente, y regala tanta vida, que lo transmite en su mirada, en sus manos de dedos largos y finos y, claro está, en esa sonrisa de alma. Él lo merece todo, todo lo que se resuma en un amor que dure una vida, y ese amor, ese fuego abrasador que lo ha transformado por completo, vive con él, respira con él, duerme con él y sueña con él anhelos similares, deseos similares y temores similares, llenos de la inestabilidad de la vida que se vive.
Y Alberto Urbaneja está de cumpleaños en estos días. Y aunque sé que, cuando amamos, queremos rodear a ese amor de toda belleza material, de toda muestra de perfección y durabilidad, nuestro mundo es de frágil cristal y lo mundano pasa y se va, excepto el amor, el verdadero amor que dura por siempre. Y él tiene ese amor entre las manos, entre los labios, entre pecho y espalda, entre el día y la noche; y ese amor lo inflama, lo inspira, lo arriesga, lo protege y lo desnuda lleno de sonrisas, de sueños, y de belleza, y lo hace el más rico de los hombres. Porque nada hay más bello y eterno que un amor que dure; nada más preciado que el verdadero amor. Y Alberto Urbaneja es dueño de su destino, porque es dueño del amor verdadero que lo espera al caer la noche, que lo arrulla por las mañanas y que lo inspira día a día para vivir, entre angustias y sonrisas, una vida plena y única, una vida que dure por siempre. Como su sonrisa.
Feliz Cumpleaños, Alberto.
Cuando todo nos agota: las responsabilidades que tenemos, las que vendrán; el futuro incierto; la lucha inabarcable; el dolor que se esconde tras una decisión errónea, el cúmulo de pequeñas tonterías que desmoronan los nervios y destruyen la moral; cuando el mundo nos grita su imposibilidad y los sueños se rompen en pedazos de hiriente cristal, pienso en ti, en tu calor de chimenea, en tu sonrisa de almohada tibia, y vuelvo a casa otra vez.
Cuando nos agotamos buscando salidas inútiles, y nos agobiamos porque el camino se oscurece más de lo que hubiésemos querido; cuando el océano se extiende indemne ante nuestro combate; cuando las esperanzas hechas añicos nos salen al paso lacerando nuestros pies, pienso en ti, y el arrullo de tu voz al abrazarme, y el aroma de tu piel libre de toda lucha, me hacen sentir en casa otra vez.
Cuando las fuerzas se agotan hasta embotar los filos de lo posible; cuando el cielo se oscurece cuajado de estrellas fugitivas y la mañana no trae más alivio que el mismo problema de supervivencia, de lucha e indefensión; el recuerdo de tu amor a corazón abierto, lleno de sangre caliente y de pasión, hace que mi vida cobre un sentido y sepa cuál es su destino: sentir que está en casa, y que en casa estás tú, y que el mundo se detiene en el dintel de la puerta, y que el mal desaparece entre tu risa; y que tu aliento de menta y tabaco, y tu risa de nácar tostado, todo lo diluye en la ribera del hogar que ambos hemos creado.
Cuando atravieso las calles mojadas, atestadas de gentes con prisa ridícula y ciega; cuando mi propia ceguera me impide sentir los latidos de mi corazón, recordarte de repente, con una taza de café en la mano y un cigarrillo a veces olvidado en el cenicero, rodeado de papeles, con el pecho abierto a la noche y la sonrisa de plata mezclada con la luna, hace que mis pies toquen el cielo y vuelen y viajen corriendo a tu lado, a tu vera, a tu cercanía, y me hacen sentir en casa otra vez.
A pesar de todos los problemas que me agotan, que no sé resolver; a pesar de la ruina que me rodea, del precipicio en el que me asomo; tu presencia unida a la tierra, con las raíces hundidas en el hogar que hemos creado juntos, y tu suprema sapiencia y tu sereno estar, hacen que vuelva la calma a mis sueños, la razón a mi locura y el sentido común a mi desazón. Y ver tu cara reflejada en la ventana, rodeada de lluvia o nieve o sol moribundo, con hojas de rosa tostado en tus ojos de pozo oscuro, me regalan la energía que me falta, la esperanza que muere en el mundo que nos rodea y que resucita, como un milagro, cada vez que abres la puerta de nuestro hogar, suave y luminoso, pero delicado y frágil, y me recibes con los brazos abiertos y tu olor a madera y peonías y tu risa de ala y tus ojos tranquilos y brillantes de verme de vuelta, de vuelta a nuestro mundo, acabado e intacto, pero nuestro mundo a fin y al cabo. Y cuando cerramos la puerta detrás nuestra, quedan los problemas, las preocupaciones, las mil decepciones del día y lo que puede ser, fuera de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestro hogar. Y suspiro, sintiendo que vuelvo a casa otra vez. A mí. Y a ti. Y soy de nuevo feliz.