La historia de la vida de una mujer, Victoria Eugenia, Uxía para casi todos, en un viaje de ida y vuelta en el tiempo, donde el pasado justifica el presente y el presente consigue explicar el pasado. Una historia de amor y redención, que se oye, se palpa, se huele, se siente, imaginada hace casi treinta años gracias a esta canción del grupo británico Queen: Who wants to live forever?
En 1993 un grupo grunge consiguió con su voz desgarrada, su melodía sencilla, sus rimas marcadas, dibujar el grito de una generación que, como todas, no entendía qué ocurría en el mundo y que deseaba escapar de esa realidad para formar un mundo mejor. Ese mundo no existe ni ha existido nunca. Ahora, la realidad virtual hace que nos encerremos en ese hiperrealismo de fantasía, que nos detengamos en un universo que sólo garantiza un placer tan lejos del sufrimiento que nos aliena y nos aleja de la vida vivida, que se palpa, se huele, se goza y se sufre.
Me gustaría decirle a esos nuevos compañeros que se asoman al acantilado de la vida que nada ha cambiado ni nada cambiará, salvo nuestra percepción de lo que debemos aprender y olvidar, aceptar y mejorar. Que otros ha estado en esa misma incertidumbre, que todavía permanecen hechizados en esa extrañeza, y que nada hay nuevo bajo el sol, salvo la energía para seguir adelante y dejar lo malo atrás.
4 Non Blondes transformó ese grito desesperado en un himno perenne lleno de energía que llega hasta hoy de la mano de muchas artistas, como P!nk o Lady Gaga, que comprenden esa verdad porque han crecido con ella y la transmiten en su porpio estilo, con su propio lenguaje y con la misma pasión que Linda Perry o Alanis Morrisette hace ya dos décadas.
Twenty-five years and my life is still Trying to get up that great big hill of hope For a destination
I realized quickly when I knew I should That the world was made up of this brotherhood of man For whatever that means
And so I cry sometimes When I’m lying in bed just to get it all out What’s in my head And I, I am feeling a little peculiar
And so I wake in the morning And I step outside And I take a deep breath and I get real high And I scream from the top of my lungs What’s going on?
And I say, hey yeah yeah, hey yeah yeah I said hey, what’s going on?
And I say, hey yeah yeah, hey yeah yeah I said hey, what’s going on?
Oh, oh oh Oh, oh oh
And I try, oh my god do I try I try all the time, in this institution
Después de mucho tiempo manteniendo barreras a la confianza, dando lo que se recibe, sintiendo superficialmente, encontrando en la amistad, en el amor alado el mejor refugio, tan lejos de una intimidad real como del sueño por alcanzarla, siendo tan racional y tan sutilmente feliz con ello, he errado de nuevo.
Ha pasado pocas veces. Cuando el compromiso es total, después de muchas precauciones, haber caminado de nuevo sobre el abismo causaba temor, pero el momento era tan dulce, el trato tan distinto, lleno de una atención especial y de una seducción única… Ha pasado pocas veces, y en todas he perdido. Ésta no iba a ser diferente.
De nada valieron las barreras, las explicaciones racionales, la observación constante. Confiar en que el Otro sea igual de generoso pues lo parece a manos llenas; esperar que el lazo que comienza a unirse no se deshaga al mínimo inconveniente; soñar que la amistad duradera es posible, que la complicidad y la intimidad, sin esos estorbos de emociones entrecortadas, racional y apasionada, delicada a la vez y única, es alcanzable; y despertar de repente, arrancado de raíz, sin explicación alguna, sin ninguna esperanza.
¿Es tan difícil afrontar una equivocación? ¿Es el deseo de seducir, y después de compensar un exceso que nos hace sentir culpables, algo tan pesado de llevar para ser incapaces de afrontar una decisión y salir corriendo sin emitir una palabra? Un beso en la mejilla, un no me viene bien, un se me ha olvidado, un no tengo tiempo, un no sé qué más hacer…
La vida es una farsa. Seguramente por culpa mía. Sólo quería conseguir ese sueño que llevaba dentro, nada más; ese milagro absurdo en el que una amistad se acerca más a un intercambio de genialidades y a una batalla por intereses comunes, una integración en la vida del Otro, sin hacerse pesada, sin esperar nada más…
¿No es insólito? A estas alturas pensando que lo inmaterial puede hacerse posible… ¿No es gracioso sentirse un extraño en medio de una relación que parecía reverdecer viejos anhelos muertos?
Confiar en una camaradería falsa; esperar una complicidad egoísta; soñar, durante un instante, que lo Perfecto es posible, y despertar brusco, con un golpe de realidad: seco, duro (que sería lo de menos), lleno de silencio (que es lo que más duele.)
Me dejé llevar… Tonto de mí. ¿Me gusta la farsa? Seguramente. Culpa mía… Pensé que queríamos muchas cosas juntos, y ahora estoy así: ingrávido, relegado a un segundo plano, a un mundo de silencio, y ya está…
¿No es gracioso? ¿No es inútil? Perder mi tiempo a estas alturas de la vida, que ya no me sobra… Menuda gracia de chiste, menudo dolor hueco…
Todo pasa. Esto también pasará. Pero la confianza herida apenas cicatriza; la espera no es más que una vieja conocida; los sueños se apagan, pues ni siquiera yo mismo los merezco, para vivir en un constante despertar vacío de anhelos y de descanso.
No es fácil decirme que ya no me reconozco. Esa sombra que se asoma al espejo, esos labios que llevaban carmín rosa, esos ojos que pestañeaban con descaro, esa sonrisa que aparecía como fruta a la venta, ya no están. Son una mancha horrible, como el tiempo este verano, que se enfría como polo y se calienta como desierto perdido.
No es fácil admitir que me equivoqué con ella. Y conmigo. Que mi orgullo se llevó lo mejor que tenía y no le importó destruir el amor que una vez construimos con sabor y con pasión. No me gusta admitir que mi vida desde que se fue no ha sido la misma: la casa, el despertador, hasta la ducha del baño se han congelado en ese tiempo eterno en el que ella reía y se reía de mí con un descaro encantador.
Era un desastre, desordenada y obscena; pero era divertida y cocinaba con cabello de ángel. Ella solía ser mía en un tiempo de milagros, en el que las mariposas llenaban la habitación que compartíamos, el amor ligero y enloquecido entre sus piernas y las mías, escondido en abrazos desesperados, en besos que se calmaban poco a poco entre sudor y fantasía. Ella lo era todo: el cenit y el nadir, el aliento del despertador y las ganas de volver a casa, tarde y temprano, a sus brazos y a su cocina de ángeles, con su cabello revuelto y su boca abierta a mis besos. Un día y otro, con esa magia de lo ordinario.
Ella solía ser mía. Su sonrisa sorprendida, su boca fruncida en un enojo pasajero. Mentiría si dijera que no la extraño; mentiría si dijera que la soledad que ha venido desde que ella se fue es tan pesada que me ahoga a veces y me deja tirada en el suelo esperando una caricia que ya no llegará.
No es fácil decir que la extraño. Decírmelo a mí, que me miro desde la distancia y casi ni me conozco. Pudiendo tener quien quisiera, sólo la deseo a ella; pudiendo pagar por un caricia el oro del mundo, sólo echo de menos las joyas de sus sonrisas, el tacto suave y alegre de una piel pálida y dispuesta siempre al amor. Siempre.
El tiempo que pasa, me digo, lo roma todo: la pasión que se extingue, el amor que cambia; lo mismo el olvido, también la soledad. Pero me miento. Y miento fatal. Y me digo que ya está, que no hay vuelta atrás. Y esa mujer que conocí, que podía herirme con un ademán, que me curaba con un solo beso en la frente, podía haber cambiado como yo misma lo hice; podría haber engordado y sin duda envejecido, tendría manías de solterona cansada, rodeada de gatos hambrientos y comiendo galletas con leche helada… Pero no funciona. Ese embrujo no destruye el hechizo que me ata a aquella mujer que solía ser mía.
Ni saber de ella me ayuda a olvidarla. Me gustaría que fuera feliz, pero conmigo; desearía que su belleza perdurara por siempre, conmigo. Pero no está, ella, que solía ser mía, un día abrió esa puerta pesada y se fue de mi vida con el mismo ruido inútil con el que entró en mí: un aleteo fantástico, unas pupilas tristes, un adiós sin palabras.
Tuve miedo. Me llené de dudas. Esos ojos que jamás me mintieron. Esa voz aguda que nunca me echó en cara ni uno solo de los muchos regalos que le hice; esa mujer que no se llevó nada de valor, salvo mi corazón roto. Íntegra, alocada, salvaje y hermosa como todo lo libre. Solía ser mía pero no lo fue: se marchó de mi vida con una facilidad pasmosa y mucho dolor.
Y ya no me reconozco. Sólo tengo orgullo y no la tengo a ella. Motor, ilusión, deseo, fantasía y ganas de futuro. Y mis miedos y mis debilidades y mis dudas y mis ganas locas de herirla, porque me hacía sentir débil, y mis ganas de amarla cuando abría sus brazos desnudos y sólo decía: Ven.
Ella se ha ido. Ella, que solía ser mía. Y ya no está. Y la soledad es un dardo venenoso. Va llenando cada poro de piel, inunda cada pensamiento, y no hay fiesta ni amigos ni cuerpos comprados que laven a navajazos esa sensación que se encuentra bajo al piel y que todo lo llena: la ineptitud por no amarla mejor, el miedo a ser por fin feliz, la vergüenza por ser mi libertad, la desazón de saber que había encontrado el último puerto, mi final feliz.
Me equivoqué con ella. Y conmigo. Y ahora estoy sola. Y ella también. Ella, que solía ser mía. Y yo, que sabía que nunca podría ser de nadie más que de ella. Ella. Ella, que solía amarme con amor bueno, con caricias y reproches, con regaños y cabello de ángel, con sonrisas y deshielo. Que me llevó al fin del mundo y me trajo de vuelta, con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas y miedo en el corazón.
Ya no me reconozco en el espejo: el miedo ha llenado mi vida. Esa que era otra cuando ella era mía y el mundo era de las dos. Ahora sólo hay ruinas y polvo, y una mujer herida, llorando tonterías en un suelo sucio que sí, también huele a ella.
Me lo has dicho de muchas maneras. Créeme que lo intento. Quiero entenderte. No: no lo deseo. Sé que debo hacerlo, pero me puede la pasión y el vértigo de estar solo.
Sé que está todo terminado. O así me dices. Y yo confío en ti. Pero también creo en mí. Y no, nada parece haber muerto, quizá un poco gastado por el tiempo, el roce del que nace el cariño y el tedio, lo sé. Pero sé que amarte así en mí no está agotado, porque sigo sintiéndome único y especial, como flotando en medio de la tierra, el roce bárbaro en los pies descalzos, y esa sensación ambigua, llena de invenciones pequeñas que nos hacen ver que las flores se abren a nuestro paso, que todo se alegra de vernos juntos.
Sé que me amas, a tu modo. Que a veces me desconcierta. Me pides libertad cuando deseo atarte; me solicitas espacio cuando me ahogo sin tu presencia. Amarte así no es algo que haya escogido: soy yo mismo. Amarte así me hace sentir único, necesitado; me da una razón para vivir y justifica todos los pasos de mi día a día.
Me lo has dicho de muchas maneras: que te sientes agotado, que a veces te agobias, que no eres capaz de respirar. Sé que este nuestro amor es un destino, no una posibilidad. Desde que nos conocimos sabía que estaba destinado a ti. Tus cartas, llenas de intenciones que sé que no tenían; cada uno de tus regalitos, que mimaban a mi corazón más que a mi ausencia de belleza; tu corazón, que latía por alguien más y que no pudo dejar de besar el mío. Amarme así es destino, lo sé, y sé que el destino a veces cambia de rumbo. No tengo control sobre él, como tampoco lo tengo de ti… Y sin embargo, amarte así hace que viva y muera mil veces sólo por ti…
Amarte así no es sano: no causa alegría, sólo necesidad. Y obsesión. El límite se me borra aunque no quiera perder sus directrices. Pero el amor se me desborda y te mancha, te empapa y te agota. Lo sé, lo sé, lo sé… ¿Y qué puedo hacer si no amarte así, de esta forma racionalmente equivocada, que llega a atosigarte, a herirte, a enfermarte…?
Y temo que te vayas. Porque he olvidado que amar es libertad y amarte así es esclavitud. Y necesitas alejarte de mí para poder crecer; he olvidado que amar es generosidad. Pero amarte así es una obsesión, un propósito, es mi voz, mis ganas de vivir, mi futuro, mi herencia…
Y me lo has dicho de muchas maneras, y todas son la misma: me amas, me amas mucho, pero no así. Me amas con el alma, con el corazón encogido, casi sin remedio pero con serenidad… Y no puedo mantener por más tiempo sujetas las riendas de tu alma…
Sé que moriré, sé que me apagaré como una llama lenta al acabarse la cera. Poco a poco por ti, por amarte así, por ser locura, prisión y mi exceso y mi nadir.