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Ella solía ser mía

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a Cris y Anita.

   No es fácil decirme que ya no me reconozco. Esa sombra que se asoma al espejo, esos labios que llevaban carmín rosa, esos ojos que pestañeaban con descaro, esa sonrisa que aparecía como fruta a la venta, ya no están. Son una mancha horrible, como el tiempo este verano, que se enfría como polo y se calienta como desierto perdido.

No es fácil admitir que me equivoqué con ella. Y conmigo. Que mi orgullo se llevó lo mejor que tenía y no le importó destruir el amor que una vez construimos con sabor y con pasión. No me gusta admitir que mi vida desde que se fue no ha sido la misma: la casa, el despertador, hasta la ducha del baño se han congelado en ese tiempo eterno en el que ella reía y se reía de mí con un descaro encantador.

Era un desastre, desordenada y obscena; pero era divertida y cocinaba con cabello de ángel. Ella solía ser mía en un tiempo de milagros, en el que las mariposas llenaban la habitación que compartíamos, el amor ligero y enloquecido entre sus piernas y las mías, escondido en abrazos desesperados, en besos que se calmaban poco a poco entre sudor y fantasía. Ella lo era todo: el cenit y el nadir, el aliento del despertador y las ganas de volver a casa, tarde y temprano, a sus brazos y a su cocina de ángeles, con su cabello revuelto y su boca abierta a mis besos. Un día y otro, con esa magia de lo ordinario.

Ella solía ser mía. Su sonrisa sorprendida, su boca fruncida en un enojo pasajero. Mentiría si dijera que no la extraño; mentiría si dijera que la soledad que ha venido desde que ella se fue es tan pesada que me ahoga a veces y me deja tirada en el suelo esperando una caricia que ya no llegará.

No es fácil decir que la extraño. Decírmelo a mí, que me miro desde la distancia y casi ni me conozco. Pudiendo tener quien quisiera, sólo la deseo a ella; pudiendo pagar por un caricia el oro del mundo, sólo echo de menos las joyas de sus sonrisas, el tacto suave y alegre de una piel pálida y dispuesta siempre al amor. Siempre.

El tiempo que pasa, me digo, lo roma todo: la pasión que se extingue, el amor que cambia; lo mismo el olvido, también la soledad. Pero me miento. Y miento fatal. Y me digo que ya está, que no hay vuelta atrás. Y esa mujer que conocí, que podía herirme con un ademán, que me curaba con un solo beso en la frente, podía haber cambiado como yo misma lo hice; podría haber engordado y sin duda envejecido, tendría manías de solterona cansada, rodeada de gatos hambrientos y comiendo galletas con leche helada… Pero no funciona. Ese embrujo no destruye el hechizo que me ata a aquella mujer que solía ser mía.

Ni saber de ella me ayuda a olvidarla. Me gustaría que fuera feliz, pero conmigo; desearía que su belleza perdurara por siempre, conmigo. Pero no está, ella, que solía ser mía, un día abrió esa puerta pesada y se fue de mi vida con el mismo ruido inútil con el que entró en mí: un aleteo fantástico, unas pupilas tristes, un adiós sin palabras.

Tuve miedo. Me llené de dudas. Esos ojos que jamás me mintieron. Esa voz aguda que nunca me echó en cara ni uno solo de los muchos regalos que le hice; esa mujer que no se llevó nada de valor, salvo mi corazón roto. Íntegra, alocada, salvaje y hermosa como todo lo libre. Solía ser mía pero no lo fue: se marchó de mi vida con una facilidad pasmosa y mucho dolor.

Y ya no me reconozco. Sólo tengo orgullo y no la tengo a ella. Motor, ilusión, deseo, fantasía y ganas de futuro. Y mis miedos y mis debilidades y mis dudas y mis ganas locas de herirla, porque me hacía sentir débil, y mis ganas de amarla cuando abría sus brazos desnudos y sólo decía: Ven.

Ella se ha ido. Ella, que solía ser mía. Y ya no está. Y la soledad es un dardo venenoso. Va llenando cada poro de piel, inunda cada pensamiento, y no hay fiesta ni amigos ni cuerpos comprados que laven a navajazos esa sensación que se encuentra bajo al piel y que todo lo llena: la ineptitud por no amarla mejor, el miedo a ser por fin feliz, la vergüenza por ser mi libertad, la desazón de saber que había encontrado el último puerto, mi final feliz.

Me equivoqué con ella. Y conmigo. Y ahora estoy sola. Y ella también. Ella, que solía ser mía. Y yo, que sabía que nunca podría ser de nadie más que de ella. Ella. Ella, que solía amarme con amor bueno, con caricias y reproches, con regaños y cabello de ángel, con sonrisas y deshielo. Que me llevó al fin del mundo y me trajo de vuelta, con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas y miedo en el corazón.

Ya no me reconozco en el espejo: el miedo ha llenado mi vida. Esa que era otra cuando ella era mía y el mundo era de las dos. Ahora sólo hay ruinas y polvo, y una mujer herida, llorando tonterías en un suelo sucio que sí, también huele a ella.

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