Ya.

Medicina/ Medicine

   Ruidos de alarmas que se apagan.

   Monitor con sus registros de colores que se aplanan y se ponen a 0.

   Otro encuentro más con la muerte, así en minúsculas.  Con respeto, con dignidad, sin sufrimiento. Con la tecnología actual el límite está en saber cuándo sostener una vida que vale la pena y cuándo administra el confort necesario para que la muerte sea lo que debe de ser: un paso sin molestias hacia la Vida.

   En mayúsculas.

   – ¿No tienes miedo a morir?

   Me pregunta un residente muy serio. Yo me lo quedo mirando.

   – No. El cómo es lo que me preocupa. ¿Morir? Para nada.

   Suspiramos. Y una sonrisa se dibuja en sus labios.

   – ¡Qué raro eres, tío!

   – Ya.

Entre puertas y ventanas/ Rear windows and back doors.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   El otro día entraba a las nueve de la mañana en la oficina de Atención al paciente del complejo hospitalario en donde trabajo de forma extraordinariamente precaria (pero trabajo, que es mucho en estos tiempos). Tenía mis dudas sobre lo que debía hacer. Hasta allí me había enviado un colega para que solicitase el cambio de área sanitaria. Tenía mis dudas porque habitualmente cuando yo lo hago suele tramitarse por Admisión de enfermos, pero estaba en una posición en la que escucho más al especialista en cuestión que sabe mucho más sin duda que yo sobre las grandes y pequeñas cosas que le conciernen. Así que allí me hallaba, a las nueve de la mañana. El letrero informativo decía que la atención empezaba a las 9:15; aunque tenía una reunión a las once, no me aquejaba prisa alguna.

   Cogí un número. El 15. Es decir, que debería de haber al menos catorce personas delante de mí esperando a ser atendidas. Personas que llevaban al menos una hora ya de espera. Como iba de paisano, esta vez no llamaba la atención. Reconozco que no es habitual ver a personal hospitalario esperando su turno a ser atendidos sea para pedir citas o para extracción de muestras. Yo suelo hacerlo. Bien es cierto que cuento con cierta ventaja porque pertenezco a la casa, como ocurre con los empleados de otras empresas, cuyos beneficios arañan como nosotros. De esto se deriva que suelo esperar con poca impaciencia, y me permite observar y juzgar al situarme al otro lado de la barrera con conocimiento de causa. Una especie de autoexploración y de acto de contrición que me resulta muy útil para mejorar mi propia actividad sanitaria. Pero esta vez iba de paisano. Esperé un rato de pie pues quedaba una sola silla y no me parecía correcto sentarme cuando podría llegar alguien más necesitado que yo de sentarse. Pero como después de media hora no habían empezado a llamar a nadie, y nadie parecía especialmente interesado en usarla, me senté tan tranquilamente como había llegado.

   He de decir que la espera se lleva mejor con un iPad o cualquier artilugio electrónico. Hace que se relajen los nervios y la espera se difumina casi en un pestañeo.

   A eso de las 9:45 salieron de una reunión (que supongo es la habitual mañanera previa al inicio de la labor asistencial) las personas encargadas de atendernos. Entre unas cosas y otras, salidas y entradas por puertas que simulaban aparecer y desaparecer con gracia, solo una de aquellas personas empezó su labor. Yo no tenía especial prisa, aunque la cita de las once estaba cada vez más cerca. Odio llegar tarde. Pero esto me interesaba más que cumplir con mi resabiada puntualidad. Pero yo debía ser el único al que no le importaba esperar. Cosa razonable, por lo demás.

   Comenzaron los cuchicheos y las protestas sotto voce. Tenían mucha razón, por supuesto. La única persona que trabajaba era diligente. Despachó a diez en poco rato. A las 10:15 se encendió la luz roja de otro de los habitáculos de asistencia, señal que estaba operativo. La cola empezó a fluir y las quejas a disminuir. Quince minutos después me tocó a mí. Como creía, se me comunicó que mi problema lo llevaba Admisión de enfermos. En ese momento me identifiqué como alguien de la casa y la chica que me atendía suspiró.

   – Siempre hacen igual. Piensan que somos una centralita de información.

   Le sonreí porque su trabajo no debía ser cómodo: la atención de las quejas debe ser ominoso, porque se entiende la indignación del usuario pero se conoce el funcionamiento de la casa y se hallan en una posición neutra difícil de sostener. Le dije que no tenía la menor importancia. No le comenté que hasta hace poco era el encargado de estudiar las quejas más graves que ellos vehiculizaban. Estar allí una hora me bastó para entender cómo nos ven y cómo hacemos que nos vean. El juego que se crea entre puertas y ventanas se complica porque queremos que así sea, y sin querer llegamos a jugar con los sentimientos y la Salud de los pacientes, que en nada ni por nada deberían pagar por nuestras torpezas o nuestras frustraciones.

   Así que me dirigí a Admisión de enfermos. Es un área enorme, muy clara, de mármol blanco, luminosa y pensada para la bienvenida. Sin embargo alguien debió pensar que era mejor fosilizar una de sus zonas con cristal al ácido y dotarla de ventanucos de tamaño ridículo donde los pacientes o familiares deben acercar su nariz y solicitar lo que desean. Lo que estuvo imaginado para la ligereza y dar sentido de seguridad pues enseña cómo se trabaja, se ha cerrado en compartimientos estancos que impiden la fluidez en las relaciones asistenciales para evitar que los usuarios vean cómo se trabaja o cuánto se trabaja, que aquí viene a ser lo mismo.

   En fin. Ese área no me interesaba porque era el de Listas de espera (o al menos así rezaba un basto papel pegado al cristal). Ni un alma había allí para indicar el uso de los ventanucos, por lo demás cerrados a cal y canto. Así, bandadas de personas mayores vagaban perdidos entre el amplio mostrador yendo de aquí para allá tras el consabido:

   – Esto no es aquí. Es en esa ventana más allá.

   A saber.

   Como por ahora tengo aún mis capacidades intelectuales bastante intactas, me percaté del área en el que debería preguntar y me acerqué al mostrador. En aquel momento había cinco funcionarios. Dos en el mostrador y los otros tres por detrás, cada uno en su escritorio y con su ordenador, trabajando. Como las dos personas que atendían parecían estar muy ocupadas, y escondiéndome en mi timidez inicial, me retraje de molestarlas. Me quedé unos minutos allí de pie sin que a nadie le importase un pimiento qué hacía allí sin hacer nada con un papel en la mano. En mi indecisión, una pareja de personas mayores, que son más listas que un cuco en general, se me adelantan y sin problemas se dirigen a una de aquellas dos personas. Ésta les preguntó en un tono de azafata de Iberia qué es lo que querían; ellos mostraron su papel, y suspiró. Otros.

   – No es aquí. Es en esa ventana más allá. Donde pone Lista de espera.

   – ¿Dónde pone qué?

   Normal. El papel casi no se leía. Suerte que llevaba lentillas, si no, apenas lo leería yo tampoco.

   Sobresaliendo un poco del mostrador, les señaló el área acorazada. Resignados y con paso más lento del que antes de adelantarme hicieron gala, cogieron de nuevo su papel y se acercaron a la redicha ventana. Una mano apareció por entre las rendijas, les dijo que ya les llamarían y se marcharon por la puerta que acaban de franquear. Seguía el desfile entre puertas y ventanas.

   En esas, me acerqué al mostrador. Había decidido describir mi puesto de trabajo antes de decir para qué estaba allí. Pero cuando abrí al boca, la persona que estaba sentada salió a hacer no sé qué y la que había atendido a los señores mayores me miró con curiosidad. Me preguntó qué hacía allí. Se lo expuse.

   – ¡Ah! Pero eso lo hace él.

   Me dijo, señalando a uno de los tres que estaban más atrás. Sonreí. Ese él había sido auxiliar administrativo de la Biblioteca y después del Servicio de Neurocirugía y me conocía de sobra. No hizo falta que sacara mis galones. Al verme me dijo que por favor pasease por la puerta posterior que ya me atendía. Como ya estaba con el tiempo pillado, me acerqué rápidamente y mientras lo hacía oí a la que me atendió en primer lugar preguntar en voz alta si pertenecía a la casa.

   – Sí, mujer. Es médico de la UCI.

   – ¿Y por qué no lo dijo?

   A punto estuve de decirle que no me había dado tiempo y que no debería de importar si era médico o barrendero municipal, pero me abstuve porque sería inútil. La imagen que tenía en mi mente no la borraría ni la atención más exquisita, que por lo demás se me brindó y que agradezco.

   Esperé un poquito más a que se desocupara el diligente compañero de casa. Comenzaba a estar un poco preocupado porque se me echaba el tiempo encima. Llevaba casi dos horas dando vueltas y no había empezado a solucionar mi problema. Algo tan básico como solicitar el traslado de área sanitaria.

   Al verme un poco apurado, el funcionario aceleró más y pronto me dedicó toda su atención. Como esperaba, el trámite en sí mismo era simple: sólo tenía que traer los informes que ya llevaba y él procesaría la solicitud. Ahora bien, eso a él le llevó tres segundos, el problema es que el tiempo que necesitaba la información en llegar hasta la nueva área sanitaria (separada, por lo demás, sólo 70 kilómetros de nuestro complejo hospitalario) sería de más o menos 1 mes. Eso sin contar la nueva cita con los especialistas a pesar de ya ser vistos en este área sanitaria, con lo cual la cosa se prolongaría mucho más. Si eso no es duplicidad de actividad que alguien me lo explique.

   En fin, haciendo corta la explicación laboriosa de la burocracia, me vino a decir que si en tres semanas no me llamaba, que pasase por allí y él le daba un toque al sistema informático para acelerar el proceso. Que al fin y al cabo se trataba de un tratamiento tumoral y no de una rinoplastia. Por ser de la casa, claro.

   Salí de allí con el tiempo justo de acudir a mi reunión, agradeciéndole las molestias que se había tomado conmigo. Conociéndole, seguro que le dedica el mismo tiempo a cualquiera, pero desde luego no le ofrece apurar el procedimiento porque si no estaría todo el día a ello y no es plan. Es lógico. Y además, soy de la casa.

   Esa es la imagen que los usuarios tiene  de nosotros, los funcionarios de la Salud. Y esa es la imagen que tenemos todos de los demás funcionarios autonómicos o estatales. Y es cierta. Es real. La idea de que sólo trabajan tres y los demás hacen bulto es verídica. Y de que el mundo del papel es un barullo enorme e incomprensible también. E inútil, también.

   ¿Esa es la idea que yo quiero que los pacientes y familiares tengan de mí y de lo que yo hago? ¿Cuántas horas no pasan hasta ser atendidos porque empezamos tarde, muchas veces con motivo pero la mayoría de las veces por necedad? ¿Por qué existen las listas de espera? ¿Por qué el usuario tiene que ir y venir como una peonza entre puertas y ventanas cuando la informática debería ahorrarles ese tiempo precioso y esa dificultad? ¿Por qué seguimos mirando hacia un lado? No lo sé. Lo único que sé de cierto es que esa imagen es real y que nosotros formamos parte de ese mito, y que ese mito, salvo honrosas excepciones, es verdad.

   La vida se nos va entre puertas y ventanas, esperas espúreas y excusas vacuas. Y llegamos a jugar con la Salud, con la Vida de los demás. Y eso no puede ser. Pero es. Y mientras no seamos críticos con nuestra actitud seguiremos siendo pasto de la inoperancia. Y del sentimiento de orgullo imbécil que nos causa ver nuestros propios grilletes de reo. No tenemos disculpa, pero tampoco hay que flagelarse. No. Sólo mover el culo.

   Pero parece que ésa es otra historia.

El sonido de una puerta al cerrarse/ The sound of a close door.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   a las Mosqueteras: Lucía Canedo, Uxía Ferrer y Mar Lale. Sin ellas nada hubiese sido posible y nada sería lo que fue.

   Mañana se cierra una etapa más de mi vida laboral. Corta pero intensa, que ha expandido mis horizontes, me ha mostrado otra cara de la administración de la Sanidad, lejos del Pasillo de la Salud Perdida, pero conectada de forma directa aunque ignota, que pasa desapercibida pero que nos envuelve como un manto cada vez que nos ponemos al mando del restablecimiento de la Salud.

   Hace siete meses me dieron un contrato en la administración hospitalaria. Mi responsabilidad era establecer con qué parámetros de Seguridad actuábamos los profesionales en el hospital; detectar errores; analizarlos y aportar soluciones brillantes, es decir baratas y eficaces. Nosotros, en España quiero decir, no tenemos una concepción clara de la Seguridad en la actividad diaria, y por ende de la Calidad en el servicio. En general, porque hay profesiones donde esto se lleva a rajatabla como la aviación; y la calidad es un factor princeps en el sector turístico, claro. Pues eso, pero más aún. Aunando la exquisita vigilancia del detalle de los pilotos y la excelencia en la administración de cuidados del sector servicios, el objetivo actual de nuestra Sanidad es conseguir el siempre difícil maridaje entre calidad y seguridad y actividad diaria, y así desplegar la Excelencia.

   Como pueblo no estamos acostumbrados a la consecución de la Excelencia. Y sin embargo en nuestra Historia nos abruman los ejemplos. Que somos un pueblo que se mira el ombligo es una gran verdad, pero también una obviedad. Todos lo hacen. Lo curioso es que creemos que los demás no cometen errores, no son impuntuales, son ascetas de la política y de lo público, y que hacen todo perfecto. Eso es falso; tan errado como la imagen que los españoles dentro del país tienen de España, su país. Lo que sí diferencia a muchos de esos países con los que nos comparamos es que ellos sí saben apreciar la Excelencia, tiene casi un don natural para absorber los mejores atributos de sus trabajadores y aúpan a los mismos a conseguir resultados mejores, a acercarlos a la Excelencia. Nosotros, no. Al que es bueno lo sacamos porque necesitamos colocar al que recomendamos y así. Es ahí donde nos diferenciamos, pero en lo demás, no.

   En ese tiempo eso es lo que he querido desarrollar. Inconscientemente al principio, llenando los baches de mi ignorancia teórica con mi natural tendencia a la observación y a la acción inmediata; basándome en mi experiencia hospitalaria y en mi afán de sonreír a pesar de soltar las frases más lapidarias que puedo, fui consiguiendo escalar peldaños en una labor que empecé de cero. Pero de cero patatero. En ese camino tuve la suerte inmensa de verme rodeado de un grupo maravilloso de mujeres inteligentes, trabajadoras, apasionadas y con las ideas más claras que las mías; que me aceptaron con reservas, supongo (yo lo haría), pero con calidez. Juntos conseguimos en tan poco tiempo lo que nadie pensaba posible, y sentamos las bases de un camino que necesitaba más tiempo del que nos dieron, y que seguro veremos marchitar en breve.

   Hace siete meses me dieron una oportunidad. No me lo pusieron fácil. Pero yo no me fijo en esos detalles. La oficina que me asignaron estaba llena de papeles, desordenada, tenía una gotera enorme que se convirtió en una pared-cascada que sirvió para más de una broma y carecía de calefacción. Pero tenía un ventanal extraordinario y era inmensa como un sueño inconcluso. La limpié y ordené yo mismo. En un día aquello parecía otra cosa. Los jefes directos, a los cuales debía el favor y la confianza que habían depositado en un perfecto extraño y novel en esas materias, debieron preguntarse qué habían hecho al asignarme tamaña labor. Confieso que ni me puse a pensar en eso.

   Esas personas, la mayoría ya no están, me abrieron una puerta. Y la tarea era ingente. Pero como la ignorancia es atrevida y apasionada, me lancé como pude a la tarea. Conocía el terreno, no en vano llevo trabajando en ese hospital doce años, y lo más importante, la gran mayoría de la gente me conocía a mí y ya sólo por eso, y una megadosis de encanto que tengo cuando más quiero, me ayudaron siempre, siempre, y desde aquí lo agradezco de corazón.

   En este tiempo he estado haciendo cursos para ponerme al día por las tardes, cada mañana trabajaba en los enredos del mundo del papel, y una vez a la semana hacía guardias en la UCI. Reuniones, palabrotas, cansancio, orgullo herido y a veces comido a bocados, tonterías escuchadas, proyectos apasionantes, resultados variables, esperanzas rotas, sueños apetecibles, proyectos que se han hecho realidad, lentos y ajustados a la realidad de cada servicio hospitalario, y muchas experiencias inenarrables han pasado en apenas medio año; tantas cosas y ninguna, que hoy me han sobresaltado, echando la vista atrás, y que me dejan anonadado. El equipo del que formaba parte era extraordinario: lo que pedía lo hacían fácil, y eso no es nada fácil. Yo he intentado estar a su altura, aunque sé que apenas les llegué al tobillo. Ha habido buenos momentos; nos hemos reído y nos hemos indignado y nos hemos divertido y hemos sido sarcásticos e incrédulos a partes iguales; hemos descubierto partes desconocidas de nosotros y nos hemos aceptado con una facilidad pasmosa y un cariño verdadero. Extrañaré nuestras reuniones semanales y los sueños que tejimos una vez con los hilos de la realidad.

   La Seguridad Asistencial es un mundo enorme. La consecución de la Excelencia en el trato al paciente, es decir a nosotros mismos, requiere una dosis de aceptación, de humildad y de adaptación. No es fácil, pero una vez absorbido, hace nuestro trabajo más sencillo, nos desfoga de la presión a la que nos vemos abocados en momentos de máxima presión asistencial, mínimo sueldo y recortes brutales. La Seguridad y Calidad asistencial busca conseguir los mejores resultados con el mínimo de esfuerzo, y que esos resultados sean siempre perfectos, dentro de los límites probabilísticos en los que la Medicina se mueve, claro. Es decir, el mínimo daño al paciente, la máxima cobertura al profesional de la salud y esa ligera alegría que nos llena por el trabajo bien hecho. Y a pesar de no ser nada sencillo, me asombró lo generoso que fueron conmigo mis colegas, que se prestaron a mis propuestas con una confianza infinita. Les debo mi lealtad y mi agradecimiento. Ellos me han permitido haber conseguido tanto en tan poco tiempo y me han regalado una imagen de mí mismo como médico que yo era incapaz de ver: me miran con respeto, como a un igual. Y eso es extraordinario para alguien que siempre ha hecho las cosas de forma diferente, que nunca ha encajado en los moldes establecidos de la sociedad.

   Pero mañana esa puerta se cierra. ¿Cómo llegué a gozar de esta oportunidad? Lo ignoro. Pero en el camino quedan la confianza que depositaron en un perfecto desconocido personas que tenían cierto poder político y un ánimo único que espero se reproduzca en el camino que comienzan mis sucesores (mi trabajo ahora lo van a hacer dos colegas distintos): durante medio año he vivido un pequeño milagro de la única forma en la que estos se experimentan: ignorándolo. Y todos, desde la Subdirección de Calidad del SERGAS hasta la antigua dirección hospitalaria; desde mis tres mosqueteras a las que les debo lo mucho que conseguimos, a todos mis amigos y colegas: médicos, enfermeros, auxiliares y celadores, esa pequeña semilla ha preñado en mí un mundo distinto de la Asistencia que puede que tenga que explorar más y mejor.

   Pero todo sueño acaba; toda experiencia deja su fruto y pasa de largo. No podría expresar qué se siente cuando pensamos que nuestro trabajo no se aprecia, o cuando se considera insuficiente. No podría decir qué sentí cuándo se me dijo que ya no era necesario y que dos personas ocuparían ahora mi lugar. Si soy sincero, ni rabia sentí, ni decepción. Lo primero que pensé fue en lo obvio: estaba en la calle. Y después, días después, analizando lo que habíamos hecho, buscando una justificación para hacer ver que sí era válido (justificación inútil: decisiones políticas lo son siempre), me di cuenta que es lo que tenía que suceder. Las puertas se abren para cerrarse después. Y sólo queda ese sonido lastimero de un tiempo que ha pasado, el conjunto de sueños que han quedado atrás, conseguidos o no, y el cúmulo de posibilidades que nunca conocerán una oportunidad.

   Eso es vida. Y si ha de ser, así será.

   Pero el eco continúa resonando un instante más… Hasta mañana, quizá.

1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.

El arte de equivocarnos/ Learning to err.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   Antes de ayer, a primera hora de la tarde, me llamaron para valorar un paciente con urgencia en la planta de Neurología.

   Ochenta años, cáncer de próstata en estadio terminal pero con muy buena calidad de vida previa a este episodio, actualmente con un problema neurológico (lo más probable causado por el tumor o, como lo llamamos, paraneoplásico) que puede corregirse pero con respuesta pobre al tratamiento inicial. No me pueden asegurar que se corrija este problema neurológico con la nueva terapia acabada de iniciar, pero estaba tan bien hasta ahora que…

   Dejo que la voz del neurólogo y lo que me parece su actuación hasta el momento desaparezcan como un zumbido en mi cabeza. Mi vista no se aparta del paciente, un hombretón desesperado por buscar aire, nervioso y sobrecogido en su incapacidad. La enfermedad neurológica que padece le impide tener fuerza suficiente en los músculos, por lo que a pesar de lo que se esfuerza, respirar para él es casi imposible. La imagen que da es desesperante. Como un pez que sacamos fuera del agua, boquea e intenta alcanzar un impulso de aire casi sin éxito; como un pez fuera del agua, sin la ayuda necesaria morirá asfixiado. Una de las peores formas de morir.

   Con este cuadro ante mis ojos intento reflexionar con el neurólogo, cuya buena fe choca frontalmente con mi practicidad y cierta indignación, ya que había dejado que el paciente llegase a aquella hora de esa manera. Parte de mi ego lucha conmigo mismo porque se siente burlado, ya que sabe perfectamente que nunca deberíamos llegar a esa situación con cualquier paciente sin prestarles ninguna ayuda; parte de mi sentido del deber arroja alarmas sobre las posibilidades de un ingreso semejante, y lo que me queda de humanidad, clama por dejar a ese paciente a su evolución natural y ayudarle a que el tránsito sea lo más cómodo posible.

   La reflexión queda sólo en un intento. Ofuscado por mi negativa, el neurólogo argumenta una y otra vez con fórmulas simples y muy manidas que no me convencen. Sé que es un error ingresarlo; sé que es un error dejarle así, buscando aire de forma enloquecida, desesperado y perdido. Le expongo mis puntos de vista y la posibilidad de ayudarle desde allí, encargándome yo mismo de eso. El médico sigue en sus trece, empeñado en hacer todo lo posible sin importar las consecuencias. Yo no estoy de acuerdo. Sí importan las consecuencias. Y mucho. Pero los minutos pasan y el paciente está cada vez más desesperado. Son sus ojos cuando me miran los que hacen que me decida.

   Maldiciendo en alta voz, accedo a ingresarlo. El neurólogo respira aliviado y yo resoplo enojadísimo. Llamo inmediatamente a la unidad para que el equipo de UCI prepare un ingreso urgente y salgo como en una estampida de la habitación. Mi colega intenta seguirme argumentando posibilidades de tratamiento.

   – Podrías probar con una ventilación no invasiva…

   Me detengo en seco y casi tropieza conmigo. No sé quién es. Ignoro cómo se llama. Es nuevo (al menos para mí).

   – ¿Pero no ves que está para intubar inmediatamente? ¿No te das cuenta que es incapaz de respirar? ¡Sólo te he pedido que me digas qué venenos neurológicos tengo que seguir poniéndole y no me has respondido aún! Del resto ya me encargo yo.

   Y bajo corriendo las escaleras, dejándole con la palabra en la boca.

   No sé qué nos pasa. De verdad ignoro porqué somos tan diferentes en nuestras actividades profesionales. Qué nos lleva a tener miedo y zafarnos de la responsabilidad, o qué nos hace creer a pies juntillas en algo que claramente se ve que no tendrá efecto (aunque a veces ocurre el milagro y es digno de admirar); qué nos mueve a entrometernos en la labor ajena unas veces por buena voluntad y otras simplemente por egocentrismo; por qué tenemos tanto miedo a la muerte y que nuestros pacientes fallezcan… No lo sé. Todo eso y más estaba envuelto en el problema que se me presentaba y que había finalmente aceptado. Estaba furioso y furibundo bajé las escalares sin prestarle la más mínima atención a la voz que me hablaba por detrás.

   No me comporté con educación. La perdí en el proceso de discusión. Eso no está bien. Puedo alegar que la situación era surrealista (y lo era). Pero también puedo decir que no es la primera vez. Puedo argumentar que mi colega me había llevado a ese estado basándose en su inamovilidad y en su pequeño sentido común. Es cierto. Pero eso es algo con lo que debemos lidiar día a día. También puedo añadir que su humanidad me pareció inhumana, pues anteponía una posibilidad a la realidad de su enfermo, y una fe en la ciencia a la comodidad de su paciente. Todo es válido, pero mi actitud no fue la correcta. O al menos no del todo. Aunque me despedí y me urgía llegar a la UCI porque el paciente necesitaba de una actitud inmediata que se había pospuesto a lo largo de toda la mañana, debí hacerle ver lo que yo consideraba un error y que mi decisión de ingresarlo no se basaba en lo que él me dijera sobre la enfermedad que padecía el abuelo, si no en el propio enfermo, que enloquecía por falta de aire y cuyo próximo fin, abrazado a esos estertores a los que ninguno del equipo prestó la mínima ayuda, necesitaba que alguien se ocupase y de forma inmediata. Debí decirle que primero es el enfermo y después las cavilaciones teóricas, y que la voz de un especialista sobre su especialidad vale más que sus propias ideas sobre el particular.

   En fin. Ingresamos al paciente, lo intubamos inmediatamente y casi de inmediato todos los problemas que había previsto y que expuse en la habitación del enfermo aparecieron como por arte de magia. Mi humor, a pesar de todo ello,  o quizá porque había asumido todo aquello, se atemperó a medida que el paciente se estabilizaba; cuatro horas después, con cierto tono conciliador pero todavía resentido, llamé al neurólogo para pedirle que bajase a exponer el tratamiento neurológico que necesitaba. El pobre hombre hacía aguas por todas partes, y sin embargo fue darle la primera dosis de mórficos y verle una sonrisa ligera; fue sedarlo e intubarlo y ver que el respirador hacía su trabajo y él descansaba tranquilo, y recuperar mi calma todo uno. Sabía que se iba a morir, sé que se va a morir, pero al menos lo haría en paz y con la mayor comodidad posible.

   Cuando el neurólogo llegó a valorarlo de nuevo, supongo que se dio cuenta que había que haber actuado antes y que parte de mi enfado se debía a eso. Se acercó a los pies de la cama del enfermo y me saludó. En aquel momento el corazón del abuelo empezó a dar problemas: arritmias de todo tipo, un síndrome taquicardia-bradicardia, una taquicardia ventricular, yo qué sé. Aquel baile de arritmias y su consecuente descalabro hemodinámico sólo eran una mancha más en aquella situación desesperada. Una vez estabilizado (o más estable, porque nunca conseguí frenarla del todo), pude hablar con él. Me explicó el tratamiento que desde su punto de vista debía seguir (ninguno) y que lo mejor era esperar a ver la evolución. Yo me apoyé en una pared y me eché a reír resignado. Era justamente lo que me temía que iba a suceder.

   Al despedirse de mí, se acercó.

   – ¿Cómo estás tan seguro que va a morir? Hay que darle una oportunidad, o eso creo yo.

   Le miré sobrepasado por su ingenuidad o por su exceso de confianza, no sabría decir muy bien. El enfermo ya no era responsabilidad suya y podía permitirse frases ingeniosas como ésa.

   – Bueno… Además de lo que ya has visto, porque tiene 80 años, una enfermedad terminal y una enfermedad neurológica de respuesta errática. Vamos, no hay que ser un lince para ver que tiene muy pocas posibilidades.

   Asintió.

   – Sí, pero todavía puede salir…

   – Todavía.

   Le dije conciliador, y le mostré la puerta de salida.

   Aquel abuelo estuvo inestable toda la noche. Las arritmias arreciaron; despertó; durante unos instantes estuvo asustado, pero una vez que la diligente enfermera le explicó lo que pasaba y le hizo sentir a salvo, cerró los ojos entregado y se dejó llevar. Con un poco de sedación y un poquito de analgesia, pudo dormir bien por primera vez en cuatro interminables días. Su resistencia física era asombrosa y su dejarse hacer mucho más.

   Todos nos equivocamos. Ya el tomar una decisión acarrea esa posibilidad que debe ser asumida. Equivocarse no nos gusta, pero es algo inherente a nuestro quehacer. Intentar tener razón siempre es una utopía, pero aferrarse a ideas peregrinas en nuestro día a día lo es mucho más. Que en la vida todo es posible es una certeza; que en Medicina todo se basa en probabilidades también, y por ende hay excepciones. Sin duda. El arte de equivocarnos está en saber domeñar nuestros miedos, en casar nuestra experiencia con nuestro saber y con nuestra humanidad, encontrando el punto en el que la voluntad de hacer lo correcto se marida con el bienestar y se relaciona con la Salud, que es la falta de Enfermedad, sí, pero también la consecución de la dignidad individual y la ausencia del malgasto.

   Puedo equivocarme con este paciente. Puede que su fortaleza sea mayor que sus 80 años y que su cáncer y salga adelante. Cómo saldrá de sobrevivir es algo que prefiero no imaginar. Ahí radica mis limitaciones y en ellas asiento mi responsabilidad. Es mi deber sopesarlos y decidir en consecuencia, guiándome siempre, siempre, por el bienestar de los enfermos.

   Y sin embargo sé que va a morir. Porque así es el flujo de la Vida. Y está bien que eso ocurra.

   Por la mañana, el abuelo seguía inestable. Durante un momento abrió los ojos y me miró fijamente. Aquella tarde lo hizo para expresar su desazón por la asfixia, esa angustia que agarrota todo acto de voluntad, y que hizo que me decidiera. Los ojos que me miraron ayer por la mañana estaban cansados pero también agradecidos. Ya no estaba poseído por esa angustia, por ese vértigo de la Muerte. De venir, ésta lo hará con calma, sin dolor y con dignidad, que es lo que más me preocupa en estas situaciones.

   Su mirada era de agradecimiento y de algo de temor. Lo supe, era fácil de adivinar.

   Le tomé de la mano y se la apreté.

   – Todo irá bien. Ahora sí.

   Y cerró los ojos, quedándose dormido. Yo dejé su mano sobre la cama.

   Sé que me entendió: no le hablaba de curar, si no de Vivir, que quizá sea la mejor forma de Curar. Y eso es lo que él quería oír. Saliendo de ésta vivo o muerto, ahora sabía que estaría cuidado y que nada tenía que preocuparse.

   Esto es lo que quería decirle a mi colega de Neurología; lo que me gustaría transmitirle a todos los residentes que se forman con nosotros; lo que he aprendido en casi doce años de práctica médica. No me importa equivocarme (y eso que me molesta muchísimo) siempre y cuando el paciente obtenga lo que necesite y se encuentre cómodo y en paz. Tanto en la vida como en la muerte. Eso es lo que para mí significa habitar en el Tiempo de Curar.

   Pero aún me queda mucho por aprender y mucho por equivocarme… Es lo que tiene el Arte de la Medicina: que es eterno, y en su eternidad, pasan los días como pasan los años, y no deja de renovarse nunca.

El pasillo de la salud perdida/ The Lost Health Aisle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Durante esta última guardia, serían las cinco de la mañana o incluso más, estaba hablando con la familiar de un paciente que había ingresado un par de horas antes. Me sentía muy cansado y también un poco frustrado y algo triste.

   El ingreso fue tardío, el paciente estaba en una situación muy comprometida y las técnicas no me salieron tan limpias como me gustaría y como quisiera que siempre saliesen. Aún con todo, era un enfermo complicado aunque muy colaborador; se dejó hacer con una entrega que he visto pocas veces y, a pesar de lo grave que estaba, no se quejó ni un instante, dueño de una entereza realmente admirable. Todo eso contribuía a mi humor, que viene sufriendo períodos de densa estabilidad; saberlo tan mal no ayudaba tampoco a mejorar mi actual visión del mundo.

   Se trataba de un hombre joven, en el mediodía de la vida, aquejado de cirrosis hepática terminal por ingesta alcohólica, acabado de ser admitido en la lista de espera para trasplante de hígado. Un hombre que tenía una vida, ahora impedida en cierto grado por la Enfermedad muy evolucionada que presentaba; con una mujer; supongo que algún hijo; con un trabajo que ha debido abandonar (así como el hábito que lo ha llevado a ese estado); y con el miedo y la esperanza de que un trasplante lo devuelva en algún momento, no lo bastante tarde, al día a día que acababa de aparcar hacía muy poco. Una vida detenida fue lo que ingresó aquella madrugada en la UCI. Una más.

   La cirrosis hepática, cuyo origen no es sólo el alcohol, sino el virus de la hepatitis C (mucho más peligroso que el VIH, ya que carece de tratamiento alguno) y otras patologías menos frecuentes, es un cuadro difícil, multisintomático, lleno de baches y vericuetos; merma las facultades y crea tantos problemas, tantos y tan variados y tan graves, que el paciente se encuentra muchas veces aislado en el pasillo de la Salud perdida sin saber a qué atenerse ni a qué sujetarse. Y sus familiares también.

   Después de estabilizarlo mínimamente tras dos horas o más con él, salí al pasillo de la Salud perdida a hablar con su mujer, que esperaba con los ojos cerrados en medio de la oscuridad de la noche, sentada en la sala de espera. En esos momentos siento algo de pudor. Porque la tensión de un lugar semejante es densa; se palpa en el aire, está contenida en cada respiración; late como el corazón y viaja por las arterias hasta transmitirse por las palabras o los gestos a todas las personas que pernoctan allí. Y mi pudor está en irrumpir esos momentos de insulsa paz para, con voz alta, llamarles e informarles. Tras aparecer en el dintel de la puerta y recortar la luz, comienzan los cuchicheos, el ronroneo del miedo se siente y me golpea la nariz. Si es un paciente que lleva días ingresado, sólo son malas noticias; si es un paciente que acaba de ingresar, como era el caso, también son malas noticias. El desgarro de la madrugada en el pasillo de la Salud perdida no trae nunca nada bueno, y nos hace sentirnos a veces incapaces y a veces resignados y a veces frustrados por ello. Esta vez no fue ninguna excepción.

   Que los familiares de los pacientes oyen lo que quieren oír es un hecho cierto. Nos pasa a todos. Procuro ser cauto al dar esperanzas, porque todos nos aferramos al mínimo rayo de luz que nos regalan. Y más durante el ingreso de un enfermo, o quizá durante el ingreso de un paciente. Porque con los días se aquietan los miedos iniciales y, en general, tras las horas que pasan, la serenidad atrapa al corazón y lo hace razonar; a veces la testarudez de algunos familiares ante lo evidente no es más que la cabezonería del corazón en reconocer una pérdida. Pero en los primeros instantes, cuando todo es un lío y la angustia, la ignorancia, la impotencia y el miedo se mezclan y se agolpan en la garganta, cualquier raciocinio está perdido en ese terremoto que todo lo pone patas arriba. No queremos entender nada, no podemos aprehender nada, y más que palabras (o en ausencia de las palabras que deseamos oír con fruición) lo que quizá necesitemos es un gesto, una sonrisa o un comentario liberador o reconfortante…, que no suele llegar. La información inmediata a un ingreso es un mundo aparte: es difícil porque la situación es de máxima gravedad y todo puede ser posible; el familiar ha entrado como en una revolución dentro del pasillo de la Salud perdida y se halla flotando en un limbo de inseguridades y de inestabilidad del cual es difícil salir sin tiempo y sin serenidad: todo de lo que carece en esos instantes.

   Así, me acerqué a aquella mujer de ojos grandes y almendrados. Su peinado desordenado y cierta palidez demostraban la dureza del par de días que llevaban dentro del hospital; sus labios secos y el tremor discreto de sus manos, el miedo que estaba sintiendo en aquel momento. En todo eso me fijé al llamarla. Se levantó de inmediato en la oscuridad y llegó hasta la puerta en la que la estaba esperando como arrastrada por una voluntad más fuerte que la suya propia. No soy un médico de facciones agraciadas, pero me esfuerzo por que mis ojos sonrían discretamente cuando les doy las buenas noches y me presento con cierta timidez. Sé lo que esperan de mí como símbolo, pero en esos instantes esa esperanza es imposible, o cuando menos se vende muy cara. Así que paso rápidamente a explicar la situación del enfermo, que nunca es sencilla. En mi vida privada gesticulo mucho, pues me gusta explicarme con claridad (aunque cada vez me importa menos); por lo general en esos momentos ato mis manos al bolígrafo que sostengo y dirijo directamente la mirada a mis interlocutores. También en mi vida privada he tenido que entrenarme para no mirar fijamente a las personas a las que hablo o que me interpelan; sé que es una costumbre que incomoda a la mayoría mas no lo hago por nada malo, si no como una muestra de que tienen toda mi atención. Cuando estoy con un paciente y con un familiar, me olvido de esa regla autoimpuesta y mis ojos no descansan de ver directamente a las personas que buscan información, entendimiento, a veces justificaciones y siempre calma. Se los debo, porque están en el pasillo de la Salud perdida y yo soy el único, en esos momentos, que puede traer algo de serenidad a la tempestad en la que se hallan.

   Era una mujer normal, ni fuerte ni débil, de estatura mediana, con el cabello entrecano; en sus pestañas bailaban escondidas unas pocas lágrimas que no resbalaban de aquellos ojos por un acto de casi voluntad o quizá de testarudez. En contra de lo que se ve en las películas, raramente un familiar pregunta por su enfermo. Se acercan callados y se mantienen de pie a la espera de que empecemos a hablar. Una vez roto el hielo, las preguntas vienen como una tromba después. Ella no fue la excepción. Se acercó sujetando el bolso y esperó unos segundos a que yo me sentara en un recibidor que tenemos para ese fin. Me siento para estar más o menos a la altura de ellos, pues por lo general soy más alto y esa diferencia en el pasillo de la Salud perdida es más intimidante que reconfortante.

   Cuando me senté empecé a explicar el estado del paciente. Aquella mujer asentía una y otra vez, pero supe enseguida que no me estaba entendiendo. Y no porque no quisiera, es que no podía entenderme. Me miraba con aquellos ojos enormes llenos de lágrimas a rebosar y asentía con la cabeza; los labios abiertos intentando articular frases coherentes y las manos aferradas al bolso medio caído por su nerviosismo. Dando por sentado que poseía una información sobre la enfermedad de su marido que debían manejar (¡estaba en la lista de trasplante hepático!) me lancé a exponerle todos los peligros que corría el enfermo, derivados de su mal por supuesto, y de las pocas esperanzas que en aquel momento tenía.

   Yo estaba muy cansado y distraído; era tardísimo; el enfermo estaba mal y ardía en deseos de volver para mejorarlo lo bastante para que me diera tiempo de recostarme un rato y desconectar de aquella guardia larguísima y de mí mismo. Pero me di cuenta que esa pobre mujer no me entendía. Y en medio de una perorata de la que se desprendía claramente que lo más probable es que podría morir en horas, comenzó a llorar sin emitir un sonido. Enormes lagrimones transparentes se escapan de aquellos ojos color de castaña. Por un instante me reproché mi falta de tacto al dar por sentado muchas cosas que yo sé y que ellos debieran saber pero que ignoran (o que no entienden cuando se les dice, que es lo mismo): cómo es la cirrosis, lo difícil que es, lo grave que es; las vueltas que da; sus meandros que son en sí mismos una trampa de arena; y la pérdida lenta de una vida que se apaga como la llama de una vela al consumirse.

   Aquella mujer estaba desolada y triste en medio del pasillo de la Salud perdida, sin nada a lo que aferrarse a no ser la Esperanza. Para ella, y para todos los que no son profesionales de la salud, la Enfermedad es un limbo, una procesión dolorosa que atañe al cuerpo y al espíritu, un camino sin retorno en la oscuridad y sin más luz que la linterna de la Esperanza… ¿Y qué estaba haciendo yo? Apagando de un manotazo aquella llamita que la mantenía estable; lanzándola a aguas profundas en las que no podía nadar.

   Yo casi no tenía fuerzas. Pero esa mujer tampoco. Y yo poseía el Conocimiento, que en esos instantes es siempre el Poder, y el poder no da esperanzas, no da sueños pues trabaja con los tejidos de la Realidad, pero al menos da Confianza o cuando menos Resignación. Ella no tenía ni siquiera el consuelo de apoyarse en un muro en ruinas. Sólo le quedaban las lágrimas calladas, pues la voz no podía articular preguntas que desconocía. Y entonces callé.

   La dejé navegar un instante por las mareas de la desesperación y el miedo a lo desconocido mientras buscaba fuerzas para empezar de nuevo. Porque siempre hay que empezar de nuevo. Suspiré y cerré los ojos. Intenté calmarla con palabras habituales que asientan un poco al alma; mi voz sonó quizá demasiado dulce, con un poso de esperanza que no quería darle en mucha dosis. Y recapitulamos. Le expliqué someramente la situación de su marido, lo que lo había llevado hasta allí, los riesgos que ya conocían. A medida que iba desgranando la Enfermedad, ella asentía como recordando y sus ojos se iban secando. Yo sentía que estaba cogiendo fuerzas, las fuerzas que da el Entendimiento; la desesperación cedía el paso a la resignación y con ésta cierta luz al momento. Ella siguió asintiendo, pero su mirada había cambiado. Comprendía. Y yo volví a suspirar: habíamos comenzado a avanzar.

   Toda nerviosa firmó los permisos de ingreso; se equivocó al darme sus datos; se le olvidó el número de su teléfono móvil. Y yo le sonreí. No me importaban esas pequeñeces de las que está hecha la vida. Y ella sonrió a su vez, angustiada y resignada al mismo tiempo: seguía deambulando por el pasillo de la Salud perdida, pero al menos sabía un poco más, podía esperar sólo un poco más, pero podía ser ella en aquel angosto pasillo todo el tiempo que hiciera falta. Y tendría tiempo para pensar y para sentir, o dejar de sentir, hasta que el desenlace lo hiciese por ella. Y nos despedimos hasta la mañana siguiente.

   Qué dura es la pérdida de la Salud. Pero qué difícil es vivir en el limbo del pasillo de la Salud perdida. Hace seis años, tras serle diagnosticado cáncer a mi padre, ambos, mi madre y mi padre atravesaron juntos aquel pasillo por el que han estado tantas veces de la mano. La aventura del cáncer era nueva, y los peligros enormes, pero lo cruzaron con una confianza ciega, con una entereza admirable, porque son así de carácter pero también porque sabían que yo estaba allí, llevándoles por primera vez de la mano. Sabían que no les iba a engañar nunca y que sería siempre lo más claro posible. Y aún hoy recuerdan todo lo que ocurrió con cierto respeto pero con mucho humor. Hace tres años mi madre sufrió un ictus transitorio y el mundo pareció detenerse, porque ella es la base del planeta familiar, y sin embargo todos lo vivieron con confianza, porque yo estaba allí para ayudarlos a atravesar aquel paraje como la primera vez y porque estaban seguros que no les mentiría un ápice ni dejaría suelto ningún cabo que pudiera quedarse atrás. No dejó de ser duro; quedaron cicatrices que el cuerpo recuerda y que el alma nunca olvida. Pero allí están los dos, con sus achaques, con sus secuelas, juntos todavía y llenos de esperanza. La Esperanza que les da tener una mano guía en el pasillo de la Salud perdida.

   Ésa fue la razón de hacerme médico. Quería saber. Quería comprender. Y, por ende, ayudar. Las lágrimas de aquella mujer me hicieron recordar para qué estaba yo allí hablándole a las cinco de la mañana. En la UCI estaba su marido y dentro de a UCI yo estaba para ayudarle a él. Pero en el pasillo de la Salud perdida estaba ella, y allí mi obligación era ayudarla a ella, dentro de lo poco que pudiese hacer. Sus lágrimas me recordaron que más allá de mi propia tristeza o de mi cansancio o de mi frustración, hay una tristeza mayor, hay un cansancio mayor y hay una frustración aún más grande: la del desconocimiento, la de la desesperación y la soledad, la suya.

   A la mañana siguiente, el paciente seguía grave pero estaba un poquito mejor. Ni remotamente había salido de su estado crítico (todo lo contrario), pero ella era otra persona. A la luz del día su cansancio era evidente, pero su actitud lo era mucho más. Aún mantenía llorosa la mirada, aún las manos temblaban ligeramente. Pro sabía a qué atenerse, o al menos intuía por dónde debía caminar. Es una ilusión, porque el camino del pasillo de la Salud perdida es largo y único, pero de ilusiones está hecha la vida. Y ella ahora las tenía. Hasta me permití regalarle un poco de esperanza, atemperada eso sí, tibia como un chorrito de luz débil, del que ella bebió sedienta. Y no le dije nada más. Ella entendió y nos despedimos.

   Tras el chasquido de la puerta cerré los ojos y recorrí con la memoria todos los surcos que mi propio pensamiento ha labrado en el pasillo de la Salud perdida. Mis miedos y mis dragones son otros, pero también son mías otras armas… Aquella mujer, con sus lágrimas, me recordó que como profesionales de la salud nos debemos a todos, no sólo a nuestros enfermos. No importa la frustración o el cansancio o nuestra propia tristeza… Siempre hay alguien en esos instantes que sufre más, que siente más, que está más perdido, y es allí en donde debemos actuar… Aquellas lágrimas han quedado grabadas en mi memoria, aquellos ojos y esa palidez…

   Cuánto camino queda aún por recorrer…