El sonido de una puerta al cerrarse/ The sound of a close door.

   a las Mosqueteras: Lucía Canedo, Uxía Ferrer y Mar Lale. Sin ellas nada hubiese sido posible y nada sería lo que fue.

   Mañana se cierra una etapa más de mi vida laboral. Corta pero intensa, que ha expandido mis horizontes, me ha mostrado otra cara de la administración de la Sanidad, lejos del Pasillo de la Salud Perdida, pero conectada de forma directa aunque ignota, que pasa desapercibida pero que nos envuelve como un manto cada vez que nos ponemos al mando del restablecimiento de la Salud.

   Hace siete meses me dieron un contrato en la administración hospitalaria. Mi responsabilidad era establecer con qué parámetros de Seguridad actuábamos los profesionales en el hospital; detectar errores; analizarlos y aportar soluciones brillantes, es decir baratas y eficaces. Nosotros, en España quiero decir, no tenemos una concepción clara de la Seguridad en la actividad diaria, y por ende de la Calidad en el servicio. En general, porque hay profesiones donde esto se lleva a rajatabla como la aviación; y la calidad es un factor princeps en el sector turístico, claro. Pues eso, pero más aún. Aunando la exquisita vigilancia del detalle de los pilotos y la excelencia en la administración de cuidados del sector servicios, el objetivo actual de nuestra Sanidad es conseguir el siempre difícil maridaje entre calidad y seguridad y actividad diaria, y así desplegar la Excelencia.

   Como pueblo no estamos acostumbrados a la consecución de la Excelencia. Y sin embargo en nuestra Historia nos abruman los ejemplos. Que somos un pueblo que se mira el ombligo es una gran verdad, pero también una obviedad. Todos lo hacen. Lo curioso es que creemos que los demás no cometen errores, no son impuntuales, son ascetas de la política y de lo público, y que hacen todo perfecto. Eso es falso; tan errado como la imagen que los españoles dentro del país tienen de España, su país. Lo que sí diferencia a muchos de esos países con los que nos comparamos es que ellos sí saben apreciar la Excelencia, tiene casi un don natural para absorber los mejores atributos de sus trabajadores y aúpan a los mismos a conseguir resultados mejores, a acercarlos a la Excelencia. Nosotros, no. Al que es bueno lo sacamos porque necesitamos colocar al que recomendamos y así. Es ahí donde nos diferenciamos, pero en lo demás, no.

   En ese tiempo eso es lo que he querido desarrollar. Inconscientemente al principio, llenando los baches de mi ignorancia teórica con mi natural tendencia a la observación y a la acción inmediata; basándome en mi experiencia hospitalaria y en mi afán de sonreír a pesar de soltar las frases más lapidarias que puedo, fui consiguiendo escalar peldaños en una labor que empecé de cero. Pero de cero patatero. En ese camino tuve la suerte inmensa de verme rodeado de un grupo maravilloso de mujeres inteligentes, trabajadoras, apasionadas y con las ideas más claras que las mías; que me aceptaron con reservas, supongo (yo lo haría), pero con calidez. Juntos conseguimos en tan poco tiempo lo que nadie pensaba posible, y sentamos las bases de un camino que necesitaba más tiempo del que nos dieron, y que seguro veremos marchitar en breve.

   Hace siete meses me dieron una oportunidad. No me lo pusieron fácil. Pero yo no me fijo en esos detalles. La oficina que me asignaron estaba llena de papeles, desordenada, tenía una gotera enorme que se convirtió en una pared-cascada que sirvió para más de una broma y carecía de calefacción. Pero tenía un ventanal extraordinario y era inmensa como un sueño inconcluso. La limpié y ordené yo mismo. En un día aquello parecía otra cosa. Los jefes directos, a los cuales debía el favor y la confianza que habían depositado en un perfecto extraño y novel en esas materias, debieron preguntarse qué habían hecho al asignarme tamaña labor. Confieso que ni me puse a pensar en eso.

   Esas personas, la mayoría ya no están, me abrieron una puerta. Y la tarea era ingente. Pero como la ignorancia es atrevida y apasionada, me lancé como pude a la tarea. Conocía el terreno, no en vano llevo trabajando en ese hospital doce años, y lo más importante, la gran mayoría de la gente me conocía a mí y ya sólo por eso, y una megadosis de encanto que tengo cuando más quiero, me ayudaron siempre, siempre, y desde aquí lo agradezco de corazón.

   En este tiempo he estado haciendo cursos para ponerme al día por las tardes, cada mañana trabajaba en los enredos del mundo del papel, y una vez a la semana hacía guardias en la UCI. Reuniones, palabrotas, cansancio, orgullo herido y a veces comido a bocados, tonterías escuchadas, proyectos apasionantes, resultados variables, esperanzas rotas, sueños apetecibles, proyectos que se han hecho realidad, lentos y ajustados a la realidad de cada servicio hospitalario, y muchas experiencias inenarrables han pasado en apenas medio año; tantas cosas y ninguna, que hoy me han sobresaltado, echando la vista atrás, y que me dejan anonadado. El equipo del que formaba parte era extraordinario: lo que pedía lo hacían fácil, y eso no es nada fácil. Yo he intentado estar a su altura, aunque sé que apenas les llegué al tobillo. Ha habido buenos momentos; nos hemos reído y nos hemos indignado y nos hemos divertido y hemos sido sarcásticos e incrédulos a partes iguales; hemos descubierto partes desconocidas de nosotros y nos hemos aceptado con una facilidad pasmosa y un cariño verdadero. Extrañaré nuestras reuniones semanales y los sueños que tejimos una vez con los hilos de la realidad.

   La Seguridad Asistencial es un mundo enorme. La consecución de la Excelencia en el trato al paciente, es decir a nosotros mismos, requiere una dosis de aceptación, de humildad y de adaptación. No es fácil, pero una vez absorbido, hace nuestro trabajo más sencillo, nos desfoga de la presión a la que nos vemos abocados en momentos de máxima presión asistencial, mínimo sueldo y recortes brutales. La Seguridad y Calidad asistencial busca conseguir los mejores resultados con el mínimo de esfuerzo, y que esos resultados sean siempre perfectos, dentro de los límites probabilísticos en los que la Medicina se mueve, claro. Es decir, el mínimo daño al paciente, la máxima cobertura al profesional de la salud y esa ligera alegría que nos llena por el trabajo bien hecho. Y a pesar de no ser nada sencillo, me asombró lo generoso que fueron conmigo mis colegas, que se prestaron a mis propuestas con una confianza infinita. Les debo mi lealtad y mi agradecimiento. Ellos me han permitido haber conseguido tanto en tan poco tiempo y me han regalado una imagen de mí mismo como médico que yo era incapaz de ver: me miran con respeto, como a un igual. Y eso es extraordinario para alguien que siempre ha hecho las cosas de forma diferente, que nunca ha encajado en los moldes establecidos de la sociedad.

   Pero mañana esa puerta se cierra. ¿Cómo llegué a gozar de esta oportunidad? Lo ignoro. Pero en el camino quedan la confianza que depositaron en un perfecto desconocido personas que tenían cierto poder político y un ánimo único que espero se reproduzca en el camino que comienzan mis sucesores (mi trabajo ahora lo van a hacer dos colegas distintos): durante medio año he vivido un pequeño milagro de la única forma en la que estos se experimentan: ignorándolo. Y todos, desde la Subdirección de Calidad del SERGAS hasta la antigua dirección hospitalaria; desde mis tres mosqueteras a las que les debo lo mucho que conseguimos, a todos mis amigos y colegas: médicos, enfermeros, auxiliares y celadores, esa pequeña semilla ha preñado en mí un mundo distinto de la Asistencia que puede que tenga que explorar más y mejor.

   Pero todo sueño acaba; toda experiencia deja su fruto y pasa de largo. No podría expresar qué se siente cuando pensamos que nuestro trabajo no se aprecia, o cuando se considera insuficiente. No podría decir qué sentí cuándo se me dijo que ya no era necesario y que dos personas ocuparían ahora mi lugar. Si soy sincero, ni rabia sentí, ni decepción. Lo primero que pensé fue en lo obvio: estaba en la calle. Y después, días después, analizando lo que habíamos hecho, buscando una justificación para hacer ver que sí era válido (justificación inútil: decisiones políticas lo son siempre), me di cuenta que es lo que tenía que suceder. Las puertas se abren para cerrarse después. Y sólo queda ese sonido lastimero de un tiempo que ha pasado, el conjunto de sueños que han quedado atrás, conseguidos o no, y el cúmulo de posibilidades que nunca conocerán una oportunidad.

   Eso es vida. Y si ha de ser, así será.

   Pero el eco continúa resonando un instante más… Hasta mañana, quizá.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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