S.A.L.U.D/ HEALTH.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   e7d1ff8641f911e2b59422000a9f13f8_7Cama 6. Veintiséis años. Sin antecedentes. Shock distributivo probablemente secundario a una sepsis de origen desconocido. Fue a quirófano con laparotomía en blanco (normal, sin nada que retirar que sea la causa de la infección). Necesita mediación para mantener tensión a altas dosis, conectada al respirador, y el riñón con muchos problemas…

   Hace un mes estaba en Miami, practicando pesca submarina con su novio y varios amigos disfrutando de sus vacaciones. Hoy está en la UCI ingresada en estado grave.

   Salud.

   Ayer, mientras estaba de guardia, fui a visitar a una de nuestras mejores enfermeras, dedicada y muy consciente de su labor llena de calidad y amor por lo que hace, que está ingresada por los efectos secundarios de la quimioterapia contra un cáncer de mama particularmente agresivo.

   Allí estaba, sin su melena, con los ojos cansados pero con una expresión de lucha y de certeza. Sabe lo que tiene y a lo que se enfrenta, conoce los peligros y las normas, y ahora sufre sus consecuencias. Y aunque vive momentos de indefensión y de decaimiento, mantiene el ánimo y el espíritu alegre. Con su carita afectada por las medicaciones y el espíritu fuerte y animado: un marido y dos niños pequeños la esperan cada día.

   Hace tres meses planeaba un viaje en caravana hasta los Pirineos. Hoy está ingresada por una neutropenia febril, con tratamiento antibiótico.

   Salud.

   Antes de acabar la guardia, me comentaron el caso de una amiga de la infancia, llena de vida, motera, desafiante, empresaria, vitalista y alocada: todo lo que siempre soñó ser. Está sufriendo los últimos estadios de un cáncer de mama ya con metástasis. Y apenas ha pasado de los cuarenta años. Y no sobrevivirá mucho mas, me temo, si lo que me han comentado es cierto.

   Sus negocios, sus niños pequeños, su marido, su vida. Y esos ojos chispeantes y esa sonrisa desafiante. Aún lucha, aún quiere vivir. Aún.

   Salud.

   No sabemos lo que tenemos. Y no es una frase hecha. El amor, el sufrimiento, la depresión, la falta de trabajo, el desamor, el egoísmo, la obligación, las decenas de taras humanas, todo se diluye si no tenemos Salud. Cuando naufragamos en el pasillo de la Salud el mundo deja de tener importancia, o más bien cambia nuestra perspectiva, y todo parece que encaja finalmente y quizá hasta tenga una razón de ser.

   No importa: celebro en consciencia este regalo maravilloso de la vida: tengo Salud. Y todo o demás, las mil piruetas del destino, no son nada, no son nada ante la Enfermedad, ante la pérdida de la S.A.L.U.D.

   Gracias a todas ellas por su espíritu de lucha, por su entrega a lo que deben vivir. Son, como siempre, las mejores maestras de la Vida.

   Y mi cariño hacia ellas por siempre.

E=mc2 o Ciencia y Creencias/ Science and Beliefs

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   De una entrada del fascinante y entretenido blog El Pakozoico que sigo con ahínco, prendió mi interés un comentario hecho por Françesc Gascó en el que se definía, como muchos científicos aún hoy día, un hombre de Ciencia, de pruebas y hechos irrefutables con experimentos repetidos hasta la saciedad con idénticos resultados, asegurando haber sufrido una metamorfosis (por lo demás muy característica de todos aquellos que nos dedicamos a alguna rama del saber científico) que lo había llevado del pequeño niño que vivía imbuido en creencias hasta el paleontólogo riguroso que es hoy.

   Siempre es incómodo emplear el término creencias en el ambiente científico. Y sin embargo está muy impregnado de él. No es muy popular oír a un científico emplear palabras como corazonada o intuición. Y sin embargo la Ciencia está llena de esas actitudes que la mayoría intenta ocultar.

   No quiero decir que Françesc esté equivocado. Todo lo contrario. Creo que está en el camino correcto. El que lo va a llevar al lugar que todo científico veraz disfruta, y es al del equilibrio delicado entre el lenguaje del corazón y el del cerebro, ese diálogo maravilloso que se establece entre el alma sabedora y la mente sedienta de conocimiento.

   En Medicina hablamos de Literatura cuando mencionamos la ingente bibliografía que nos rodea. Y nos basamos en ella para explicar nuestros procedimientos y para sintetizar nuestros protocolos de actuación. Es la forma correcta de trabajar. Pero sin querer llegamos a olvidarnos que vemos pacientes y nos aferramos a esos decálogos de actuación que son revisados más o menos regularmente, porque nos sirven a la vez de guía y de red de seguridad. Si algo va mal siempre nos referimos a la Literatura científica y la probabilidad (porque Medicina es una ciencia probabilística dentro de una base de hechos más o menos constantes) de que la respuesta errónea ocurra sin llegar a pensar que quizá la probabilidad de que haya ocurrido se base más en el individuo que estamos tratando que en el cuerpo científico en el que nos basamos para atenderlo.

  Cuando ya llevamos una cierta cantidad de tiempo en este negocio nos damos cuenta que esa literatura tiene un ritmo cíclico, es una marea de conocimiento que vuelve sobre sus pasos una y otra vez: lo que se ha desechado vuelve a retomarse y lo que una vez se consideró pionero deja de serlo…, hasta la siguiente revisión. Precisamente como es un cuerpo de conocimiento en constante cambio, nuestra tendencia a creer y fosilizar ese conocimiento hace que nos aferremos a él con un ansia que hace fácil perder los límites de una actuación más cercana al paciente, más personalizada.

   En toda rama de la Ciencia pasa lo mismo. Acabamos abrazándola con un ardor de creencia y ella nos vomita una y otra vez su constante cambio, su única inestabilidad. Creemos que algo no puede ocurrir y llega alguien, siguiendo una corazonada, un sueño, un pálpito dentro de su quehacer diario, y demuestra que todo es posible. Y si todo es posible, la creencia fosilizada que caracteriza nuestra actitud, pasando un objeto de fe a otro, también es errónea.

   No soy un científico al uso. Quizá me queda grande esa palabra. Me impregno de conocimiento, pero dejo que mi intuición forme parte del equipo de deliberación de mi mente; invito a mi alma que susurra a establecer un diálogo con mi cerebro que grita para encontrar un camino que me lleve, a velocidad luz, si no a la consecución del problema, al menos a hallarme cerca de él.

   Hay más estadios en la Ciencia: de creer fosilizadamente en su inamovilidad (por ejemplo, de la física newtoniana o del psicoanálisis freudiano) a su aparente desorden e influenciabilidad (la cuántica con el principio de Heisenberg a la cabeza o las posturas del comportamiento jungianos) todos los pasos que nos llevan a liberarnos de sus grilletes, igual que hicimos con los de la religión canonizada (de la vertiente que sea), nos garantizan un pasaporte a la evolución y  a la verdadera libertad científica y, más íntimamente, humana.

   La discusión sobre Dios, por ejemplo, no tiene sentido: no se puede negar algo de lo que apenas sabemos nada. Ese hecho no lo hace improbable, lo hace indemostrable, que es otra cosa. Hasta que alguien lo consiga (o no). Hemos sido testigos a lo largo de la historia de la Ciencia de tantos casos similares: la luz como partícula y como onda, la partición del átomo, la antimateria… Y seguimos empeñados muchos de nosotros en parecernos a los religiosos de libro, cada uno con su libro en la mano, y su intolerancia.

   Un verdadero científico confía en su instinto; un religioso real sabe de corazón que es falible. La intolerancia de la masa intermedia es la que contamina el camino de muchos y  a veces lo hace imposible. Pero, en el fondo, nada hay imposible para el alma valiente que quiere saber y evolucionar y que sabe que Ciencia y Creencias van de la mano hasta hacerse uno, como todo lo que nos ocupa en la vida.

Aprendiendo (a disculparse)/ Learning To Say I’m Sorry.

Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Si hay algo que nos cuesta, al menos a mí, es reconocer que desconocemos un tópico o que cometemos errores. Vivimos en el mundo español en donde está mal visto equivocarse o admitir que somos falibles. EN el mundo anglosajón, cuya lucha por la excelencia es bien conocida, sin embargo el hecho de admitir que algo se ignora o que se ha fallado no es motivo de vergüenza ajena, si no de admiración y de afán de superación.

   Lejos de mí pretender laureles cada vez que meta la pata, pero el sacrifico público cuando un error hace aparición debería erradicarse. El fallo nos acerca a la Excelencia lo mismo que la perfección (o la creencia de que somos infalibles) nos aleja de ella.

   Y se me dirá que la Excelencia es Perfección. Pues no. Excelencia significa evolución continua, detección de errores, de fallos potenciales o reales y perfeccionamiento de los procesos y los mecanismos que nos llevan a una ejecución más fiable. Como se ve, hay una diferencia abismal entre ambos conceptos.

   Como todo en la vida humana, hay muchos factores en juego. El orgullo profesional, ese inquino vecino de al lado, es lo que más daño hace a las relaciones laborales (vamos a aparcar por ahora las personales), al menos como lo entendemos los ibéricos. Hay otros que tienen un papel de importancia variable, pero el miedo a lo que piensen los demás de nosotros, a que se burlen de nosotros o a que simplemente critiquen, puede llevarnos a que creemos barreras mentales y de actuación que intenten protegernos de la maledicencia profesional.

   Es un gran error y el mayor de los obstáculos. Más en una carrera como la mía, en la que jugamos con probabilidades, en la que el bien no es en blanco y negro y el saber es demasiado fluido para que lo poseamos con una certeza tan apabullante como para sentar cátedra sobre ello. Es difícil imaginar en nuestro país un catedrático ajeno a la pompa y a la autoafirmación; puede que ese teatro cuele intenciones al comienzo, pero con el paso del tiempo la máscara cae y el verdadero rostro de la mediocridad sale a la luz. Creo que se puede valorar el verdadero saber de una persona en su grado de inocencia, en su grado de sencillez, en su forma de seguir preguntándose y en la seguridad con la que afirma, por lo demás como si estuviese recitando la lista de la compra: No sé.

   Eso es un gran regalo y un bien muy escaso.

   Durante la guardia nuestra secretaria me comunicó que una familia quería entrevistarse conmigo para discutir el caso de su familiar. Ella me tenía lista una copia del informe de cierre de historia que yo había redactado (la enferma había muerto durante su estancia en la UCI.) Menos mal, porque así por nombres no suelo conectar con los casos que tenemos a diario.

   Apenas estuvo 48 horas ingresada. Un caso de parada cardio-respiratoria mientras estaba ingresada en el hospital por un cuadro abdominal y de daño cerebral masivo por la falta de oxígeno. Un caso extremo por la agudeza de los acontecimientos. Además, la enferma tenía una relación inusual con su familia más cercana: desconocían que llevase tiempo ingresada en el hospital y nos costó ese tiempo encontrarlos y hacerlos venir para transmitirles las malas nuevas. Nunca es fácil transmitir malas noticias: que una mujer joven haya fallecido por daño cerebral tras una parada cardio-respiratoria es tanto más traumático cuando ni sus padres ni su hermana sabían de antemano si quiera que estuviese enferma.

   Yo no fui el responsable de transmitir las malas noticias, puesto que entregué la guardia mucho antes de que ellos llegaran a la UCI a saber de la paciente. Fue una compañera quien se encargó, a regañadientes eso sí, de hacerlo.

   Eso es empezar mal, desde luego. No  es una tarea fácil, sobre todo entrando de guardia. Lo mismo me había pasado en la guardia que dejaba, en la que comenzamos el proceso de búsqueda de los familiares en cuestión. Pero asumí en mi momento el papel de transmisor de las noticias porque era mi deber. Si me hubiese resistido, seguro que hubiese actuado como mi compañera al día siguiente.

   Y no es que lo hiciera mal. Para nada. Cumplió con su deber. Pero lo hizo de mala gana y un tanto ásperamente. Hasta se olvidó de pedir el permiso para el estudio pos-mortem que tenemos por rutina ante casos en los que desconocemos las causas de un óbito. Eso yo lo ignoraba cuando cerré el informe definitivo (lo di por sentado) aunque tampoco es de alta relevancia.

   Pero para la familia afectada sí lo fue.

   Así, me vi ayer con la noticia de que deseaban entrevistarse conmigo dos meses después. Tenían mi nombre porque yo había firmado el informe, nada más. Debo reconocer que una petición así me sorprendió, pero no vi nada de malo en aceptar entrevistarme con ellos. Les di una cita para las diez de la mañana, justo después de dejar la guardia.

   Pero a eso de las ocho de la mañana, mientras reposaba en uno de los sillones que tenemos para descansar durante la guardia, una mujer y un señor ya mayor comenzaron a merodear el pasillo donde están nuestras dependencias. Intrigado, me levanté aún con la manta que uso para correr el frío nocturno literalmente pegada a mí.

   Les asusté, creo, mas no era mi intención. El señor mayor era claramente el padre de la mujer que me abordó diciendo mi nombre. Inmediatamente me di cuenta que eran los familiares de la cita. De la forma más rápida y evidente que pude, tiré la manta a un lado y me alisé el pijama y el pelo. La chica obviamente se dio cuenta y me pidió disculpas por la hora y por haberme asaltado así.

   – ¿Está de guardia?

   La respuesta era obvia.

   Los hice sentar en nuestra mesa de reuniones y procedimos a la entrevista.

   Llevaban dos meses preocupados, preguntándose muchas cosas, intentando reconstruir esa semana en blanco para ellos que había sellado el destino de nuestra paciente, hermana de la chica e hija de señor que la acompañaba. Les entendí perfectamente. Formaba parte de un proceso de duelo por el que todos solemos pasar.

   Les intenté ayudar en lo que pude, con el escaso conocimiento que tenía del caso en cuanto a riqueza de detalles y ellos parecieron entenderlo. Cuando parecía que todo iba encauzado, la chica me aclaró que formaba parte del estamento del servicio de salud aunque no era profesional sanitario y me hizo la acotación sobre la ausencia de petición del estudio necrópsico. Ellos no lo pidieron porque se encontraban bloqueados por los acontecimientos pero pensaba (con toda la razón) que era nuestro deber ofrecer la posibilidad de una autopsia para poder conocer mejor los hechos que debieron desencadenar los hechos tan tristes que habían vivido.

   Tuve que pedir disculpas por ese fallo y por otro: ser desconocedor de que no se había pedido. Yo lo di por supuesto y mi deber como la persona que cierra la historia es comprobar que todo está en su lugar.

   Aceptaron gustosamente mis disculpas. No sé si se lo esperaban, pero desde luego les relajó mucho. Entre las explicaciones que buenamente pude verter sobre lo que suponía que había ocurrido con los datos que tenía del caso y mis disculpas por nuestro fallo (por lo demás, de escasa importancia sobre el asunto pero de alto valor ético para ellos) sentí que había llegado a un estado de comprensión no fácil de alcanzar entre los familiares y el médico que informa. Al despedirnos lo pude apreciar no sólo en sus palabras si no también en sus gestos: una sonrisa triste y un apretón de manos enérgico y decidido.

   Esto apenas ocurre en España. Hay un hiato todavía insalvable entre la actividad médica y la actitud familiar. Y no hablo aquí del extremo que vivimos en la actualidad que estriba en la de exprimir los errores médicos para beneficios económicos en su mayoría, si no en el de la petición serena de información, el intercambio de pareceres, la solicitud de ambas partes y la sinceridad adecuada entre los hechos, lo que puede ocurrir y los sentimientos que tienen lugar en esos momentos breves de encuentro cercano entre familiares y médicos.

   En este caso, dos meses después y por insatisfacción y curiosidad y, como después supe, algo más, ya sólo por sentarme a escucharles, por responder a ciertas preguntas desde mis posibilidades y por haber pedido disculpas por ese error, la ansiedad que les traía y cierta incomodidad se diluyeron y un  baño de tranquilidad pareció llenarles.

   Sólo por pedir perdón… ¿Quién lo diría?

   Al mediodía, cuando me disponía a marcharme a casa, volví a ver a la chica, pero esta vez venía acompañada de su madre. La señora estaba igual de ansiosa que ella por la mañana. Me pidió que le dijese lo mismo que a ellos. Y aunque la señora preguntó cosas de su cosecha, básicamente le expliqué lo mismo y, ahora yo más relajado, volví a expresar mis disculpas ante el error de no pedir la necropsia. Estudié sus expresiones: seguían asombrándose de que un médico expresara sus errores y los aceptara.

   Cuando me despedía de ellas, cansadísimo de la jornada, la madre me detuvo de nuevo en el pasillo.

   -¿No sufrió, verdad?

   Sus ojos lo decían todo. Su hija, de vida un poco difícil, había encontrado la muerte sola, en un recinto hospitalario con apenas cuarenta años.

   Esa mirada pudo conmigo y con mi cansancio. En otro momento le contestaría cualquier cosa para dejarla tranquila y a mí libre para volver a mi casa. Pero estaba aprendiendo a disculparme y ellos eran mis maestros. No podía irme sin apagar ese último rescoldo de remordimientos.

   – No, no se enteró de nada. De verdad. Murió plácidamente.

   La mirada llorosa y cansada se relajó y la mano que sujetaba mi brazo también. Les sonreía a ambas y me despedí en el pasillo, dejándolas al cuidado de nuestra secretaría, que se encargaría del resto del papeleo con el que liamos todas las cosas.

   Con qué poco hacemos un bien. Y cuánto nos cuesta ese gesto.

   Aún tengo mucho que aprender y sigue molestándome que sea tan imperfecto. Pero de algo estoy muy seguro, no seré el mejor de los galenos y desde luego mi orgullo laboral me molesta cada vez menos, pero al menos estoy en el camino de una excelencia que aún no se aprecia en nuestro país, pero que a mí me llena completamente.

Maquillaje/ Makeup.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   Ayer, mientras informaba a los familiares tuve que enfrentarme a una situación singular, no por extraña, si no precisamente por lo contrario: lo usual que es.

   El paciente de la cama 15 estaba muy grave. problemas respiratorios sobreañadidos a un linfoma de mala evolución; pronóstico reservado; puede dar un susto en cualquier momento. Es decir, en estado crítico. Exactamente como estamos en España. En la UCI, rodeados de medidas que nadie parece querer tomar y mucho menos explicar (las raíces del titubeo político se hunden en la casta que se han organizado y de la que ningún político se salva, pero ésa es otra historia). Pues bien, en el día de ayer había alguien que sí iba a explicarles la situación tal cual era.

   Se llevaron una pequeña sorpresa pues no se esperaban tal grado de crudeza. A mí me sorprendieron menos de lo que cabría esperarse, porque en conjunto y con nuestras diferencias, solemos dar una información lo bastante uniforme para que la picaresca gallega no haga de las suyas y, por lo demás, solemos contar la verdad tal cual es, con matices un poco más humorísticos, un poco más secos, a veces más positivos y a veces negros como un oscuro pozo. Digamos que la información de ayer era así: profunda y oscura, con escasas esperanzas. Y es que en un momento tan delicado eso es lo que hay que hacer: ser conscientes de lo que ocurre, explicar las medidas a tomar en caso de desarrollar esta u otra compilación, y dejar claro que la vida del paciente está en juego.

   Sí pero no.

   En general nos gusta el maquillaje. Tapamos imperfecciones, resaltamos rasgos, ocultamos experiencias, obviamos algunas tristezas y temores, en el rostro y en el alma. La sorpresa que se llevaron estos familiares sólo era en parte fingida: un médico les había dicho ayer por la tarde que estaba un poco mejor. El médico aquel  no mentía, sólo se limitó a describir la situación en aquel momento, interpelado de forma rápida durante la visita familiar a los pacientes. La situación era distinta en la sala de información, donde se tiene más tiempo libre para poder explicar la situación clínica de los pacientes. Como era mi caso. Y esa respuesta era menos falsa por la propia actitud de los familiares, tendientes a negar una gravedad que saben ya de antemano, para no pensar en eso realmente durante el tiempo que pasan en el pasillo de la Salud Perdida. Encarar la verdad requiere unos arrestos que pocos tienen, y una plasticidad poco frecuente y un sentido común difícil de encontrar hasta en las personas más preparadas intelectualmente. El mundo del sentimiento es un lío, y el de un sentimiento alterado, un tornado del que es difícil salir indemne.

   Pero es mi obligación y mi lealtad para con el paciente y para con ellos ser lo más sincero posible ante una situación tan crítica: no valen escondrijos ni maquillajes ni falsas esperanzas. Sólo afrontar el instante presente y lo que se avecina con la mayor consciencia y la más entregada voluntad. Sin embargo, esos familiares no lo entendieron. Me miraron con expresión extraña, y me interpelaron un tanto airados lo diferente que había sido aquella información con ésta y a ver si nos poníamos de acuerdo en cómo decíamos las cosas y así. Esperé unos segundos respetuosos a que acabaran con su perorata. En mi impulso luchaba decirles que se fueran de allí (realmente es lo que me apetecía, manipuladores hay en todas partes y estos eran de ese grupo) o bien intentarles explicar la situación de la información de la mejor manera posible.

   Me vi a mí mismo vendiendo el presente del enfermo para que, sin entenderme (que no lo hicieron), comprendiesen la enorme gravedad y el instante crítico que estábamos pasando todos: el enfermo, ellos y nosotros. Y me di cuenta que ésa es la actitud que muchos tomamos ante la vida y que los políticos con su síndrome del avestruz agravaron todavía más. No creo que deba vender una explicación que cae por su peso; si embargo, hay momentos en los que las artes de la diplomacia deben entrar en juego para que la comprensión se establezca, para llevar a buen puerto las mejores intenciones (y también las malas, todo hay que decirlo.)

   En cierto sentido me sentí un tanto estúpido intentando aclararles el asunto. Por otro, me pareció mi deber clarificar las dudas intensas que parecía haber en aquellas personas. Quería que se fuesen de allí con la idea bien clara que el paciente podía fallecer en cualquier momento y que la terapia podía ir bien como podía ir mal. Quería que supiesen las sorpresas que podríamos encontrarnos y que supieran que estaríamos allí para evitarlas o afrontarlas caso de aparecer en el horizonte. Exactamente lo que yo exijo de la clase política y exactamente lo contrario que, como ciudadanos, recibimos.

   Y en medio de la sala de información me vi a mí mismo como un político que intenta engatusar al electorado con sus ideas o sus ideales (baratos) para conseguir su apoyo; aunque en mi caso la entrega a la solución del problema es muy real y en cambio en ellos, más empujados por las circunstancias que por la entidad de servidores públicos que han perdido, es mínima o ya no existe tal como esperábamos.

   Cómo nos gusta disfrazar la realidad, cómo nos gusta anteponer una máscara al rostro. Seguimos prefiriendo el maquillaje, los sueños, a la realidad….

   ¿No es irónico?

   Y así nos va.

Las dos caras del espejo/ Mirror Has Two Faces.

Medicina/ Medicine

   Este mediodía, mientras procedía con la información a los familiares, algo en mi interior pareció despertar. No siendo mala, la guardia tampoco había sido buena; el trabajo se había acotado a ciertas horas y momentos; en general prefiero que el trabajo venga de continuo más que de forma tormentosa, pero eso es algo que es difícil de predecir, por más que pongamos medidas para evitarlo.

Justo antes de empezar, eché un vistazo a la lista de enfermos con su variedad de enfermedades y de gravedad. En una manía que ya es costumbre más bien, dividí mentalmente aquellos a los que debía dar malas noticias y aquellos que sólo recibirían palabras alentadoras y de esperanza. No es un momento fácil. Aunque hay cursos para aprender, creo que la experiencia y cierto tacto es lo que nos ayuda a sobrellevar situaciones de este tipo. Podemos jugar con el rapport, la identificación; podemos ser asépticos y fríos, lo que es más seguro para el médico; podemos ser abiertamente antipáticos; excesivamente positivos o todo lo contrario, amargamente pesimistas. Cada rasgo depende con mucho del médico: todos nos inclinamos de un modo u otro según nuestra forma de ser; también juegan en esos momentos las personas que reciben la información, su propia personalidad y su estado de ánimo. Que puede ir desde abiertamente hostil a la confianza más exquisita.

Mientras hojeaba la lista se me dio por recordar que aquella misma noche en Madrid se estaba celebrando la marcha del Orgullo Gay. Un millón (o dos) de personas arrebatadas y atiborradas por la Gran Vía madrileña en una parada festiva en la que hay de todo, quizá menos diverso de lo que gustaría, quizá menos abierto de lo que pensamos, pero sin duda lleno de un abanico de formas de ser y de expresarse casi único, y por lo mismo, tan cercano a la propia Humanidad que a mí, particularmente, a veces me espanta y a veces me admira a partes iguales. Tenía amigos disfrutando de las festividades. Homosexuales o no. Es que me gusta muy mucho la diversidad. Y yo estaba de guardia lidiando con las miserias ajenas y con las mías. Gente sufriendo padecimientos físicos que se traducían en una afectación total de la personalidad y de la vida individual y de la familia más cercana. Vaya paradoja.

La misma que, en aquel momento, tenía delante de mí: unos familiares recibirían noticias realmente buenas, otros desalentadoras y otros, las peores posibles. En la misma habitación, en la misma UCI, por la misma fuente; qué diversidad de destinos, de pareceres, de caracteres, de noticias. Como un espejo que reflejara las dos caras de la vida.

En aquellos instantes en otras partes del planeta el día proseguía o moría, habría gente amándose u odiándose por tonterías; habría sufrimiento y hambre, esperanzas y alegrías; tristezas, pérdidas y decepciones… Y yo allí, pensando en todo eso justo antes de empezar a llamar a los familiares de los enfermos de la UCI.

Dentro de unos momentos España e Italia van a jugar la final de a Eurocopa de fútbol. Nervios, tensión; alegría para unos, decepción para otros: dos caras de una misma moneda.

La economía se derrumba lo mismo que la política, puesto que se han imbricado demasiado y se han enconado mutuamente. Hay una tasa elevadísima de paro (yo me considero afortunado pese a la precariedad del trabajo porque mis compañeros me ayudan a no ser uno más de esa triste y larga lista), y por lo tanto de pobreza. Resulta increíble que nuestros dirigentes no acaben de darse cuenta que no tienen dinero porque no hay personas que, al trabajar, lo generen. La Seguridad Social y otras características del manido Estado de Bienestar no son alegrías políticas, si no que las pagamos todos de nuestros bolsillos; no son gratuitas como nos quieren hacer ver; bien que nos cuesta (al menos en mis mejores momentos laborales a mí) la mitad del sueldo (sin contar el Impuesto sobre la Renta). Con una tasa cercana al 26% de paro, ¿quién puede sostener todo este tinglado? Es difícil, pero lo increíble es la lentitud de respuesta de nuestra clase política, caduca y viciada, que busca desesperadamente con emplastos y ungüentos, una supervivencia frente a lo que claramente se ve que es su fin: un saneamiento que debería ser una purga profunda del Sistema, pero como los sacrificios deben afectarles, no los llevan a cabo. Si en una guardia como ésta yo, cansado y hastiado, le dijese al paciente de la cama 14 que entró en edema de pulmón: apáñese como vea, que yo estoy cansado y ahí lo dejo, no quiero pensar lo que ocurriría. Si yo debo hacerlo, ellos también. Pero no lo hacen. Y por encima tienen el poder. No me extraña que veamos el presente tan oscuro: los médicos políticos no tienen lo que hay que tener para llevar adelante su propio seppuku. Y es una pena…. ¿No es una paradoja? Otra más: el espejo tiene dos caras.

La Medicina no es más que el reflejo de la Vida: está llena de sus más sórdidos secretos y de sus más excelsas maravillas. Como todo lo que atañe al hombre, es un espejo que refleja dos oportunidades: la Salud y la Enfermedad; la vida y la muerte.

Resoplé hondo. Me aclaré la voz y puse mi mano en el pomo de la puerta. La abrí y dije, como siempre que salgo de guardia: ¿Familiares con enfermos en la UCI? Y todo volvió a empezar.

Sangre: donar es vida/ Blood: to donate to live.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

En el Día del donante de sangre es necesario seguir haciendo campaña de concienciación, porque la sangre es vida. Ese líquido viscoso, caliente, de textura aterciopelada, de sabor metálico, que corre por las arterias y las venas llevando la energía y la vida, la enfermedad y la curación, lo es todo para nosotros. Nos une, nos separa, nos diferencia y, en la donación, nos hermana. Somos uno. Por la sangre y por la vida.

La vida no es sueño/ Life Is Not a Dream.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Dándole vueltas a mi situación vital, que por momentos parece tan alucinada como todo lo que nos rodea, empecé la guardia de ayer.

   La guardia anterior había sido bastante problemática y llena de trabajo. Así que me tocó la labor de continuidad, de pulir los flecos pendientes y vigilar la evolución de los enfermos.

   Uno de esos flecos era un chaval de veintipocos años, accidente de tráfico, con traumatismo craneal y abdominal, que estaba ya en quirófano y que ocupaba la cama doce. Mientras esperábamos su vuelta, repasé todos los demás enfermos e intenté ponerme un poco al día después de un hiato importante de tiempo sin guardias. No es fácil estar en en una situación como la mía, en la que se depende de la buena voluntad de otros para poder trabajar; esa inestabilidad genera una sensación de vacío y de indefensión ante las consecuencias de los actos y de las cosas difícil de describir, pero que desgraciadamente muchas personas vivimos en la actualidad.

   Después de doce años de trabajo más o menos ininterrumpido no me imaginaba estar así. Después de tantos años estudiando, no esperaba estar así. Muchos nos enfrentamos a esto día a día. Y el clima que genera es lo que vivimos y así parecemos estar malhumorados y faltos de esperanza, a sabiendas que nadie resolverá la situación (o al menos no como deberían estar haciéndolo) ni se responsabilizará de ello. Cuando se tienen veinte años o treinta, estas circunstancias se afrontan de otra manera. A otras edades, se lucha además con la decepción, con el abandono de los sueños, e incluso con la certeza de sentirse perdido en un limbo del que es difícil escapar quizá por falta de fuerza o sencillamente por indiferencia y abandono.

   Nada ha salido como lo imaginé. De hecho ahora dudo si alguna vez soñé mi vida. Desde luego, si lo hice, no era así.  Cerrando los ojos veo a un chaval perdiéndose a gusto entre libros, juegos y responsabilidades; después vino el amor y las decepciones que lo secundan; la música que ayudaba a todo, el cine que lo concebía todo, la fantasía que hacía que todo fuese posible porque siempre se podía obtener, hasta que pasó el tiempo. Ignoro dónde me metí todo este tiempo que ha pasado, pero ahora que despierto, parece que estuve imaginando la vida de otro, porque lo que me ha quedado muy claro es que la vida es dura no importa el color ni la sonrisa que le pinten, y que por mucho que nos esforcemos, el pillo obtiene  su puesto y el que se esfuerza, si tiene suerte, también: la vida no es sueño, aunque lo que se sueñe en ella sí lo sea.

   El chaval salió de quirófano después de habérsele practicado una resección intestinal: el golpe había desgarrado parte del intestino y había sangrado dentro del abdomen. Del posible daño que el trauma craneal podría ocasionarle poco sabíamos por ahora, así que nada podía informar salvo malas noticias. Delgado, guapo, con unos ojos color del acero, volvía de una noche de farra como cualquier otra persona de su edad (y de otras edades). Pero ahora estaba allí. Jugando entre la vida y la muerte; sedado, intubado, conectado a un respirador; con sangre en la cabeza, con sangre en la barriga, sin un trozo de intestino, pero vivo. Y en nuestras manos. Verlo y recordarme nuestra situación actual fue todo uno. Mientras firmaba las órdenes de tratamiento me sentía responsable, como las enfermeras y auxiliares y celadores, de esa vida frágil que teníamos entre manos. Cuando fui a informar a la familia, a enfrentarme con aquella madre, con aquel padre preocupados y perdidos, sabía que era el máximo responsable de esa vida en ese momento y que debía asumir decisiones rígidas, probablemente no fáciles, y que era mi deber comunicarlas tal cual eran, para que comprendiesen si pudieran, pero sobre todo para que comenzasen a asumir una situación límite, delicada y cruel. Todo podría pasar, pero siempre había esperanza.

   Nuestro país está enfermo y la diligencia política es la causa, y siendo la causa no se diagnostica, y siendo la enfermedad, no la elimina. Como si yo asumiese que esa familia no debiera saber nada del paciente porque no podrían entenderlo, y yo no me dedicase a atenderlo porque no me siento responsable de su evolución… La vida, que no es sueño, está llena de espejos.

   Cada mes trabajo menos; cada mes se me recuerda que tengo algo de trabajo por la generosidad ajena. Es como vivir pendientes de un país vecino: España y yo somos uno. Por lo tanto la solución es la misma: o nos echan fuera del sistema o nos fuerzan a vivir según ciertas normas, según qué protocolos, intentando no forzar la máquina de la buena voluntad y a la vez demostrar cada vez que se nos deja, que sería un horror prescindir de nosotros, no sólo por lo que significa para nosotros, si no también por lo que valemos para los demás.

   No sé qué pasará mañana. Adónde me llevará esta ventisca en la que se ha transformado nuestra vida. Alguien gana; me esfuerzo en no recordar que siempre hay quien pierde y que, en general, siempre son los mismos. Pero lo que sí sé es que todo pasará. Y aunque la vida no es sueño, y nada, pero nada es como una vez imaginé, aquí estaré, un día sí y otro también, como ese chaval, hasta el final.

   Haciendo lo que tenga que hacer. Es decir, viviendo. Como ese chaval de la cama doce.