Un médico en la familia/ A Doctor in the family.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Esto no lo he escrito yo. Es un correo electrónico que una amiga y colega me ha enviado porque expone, con mucho humor pero con toda la veracidad que pueda existir, la vida de un médico de los de verdad… No es una queja, mas con humor todo cuela. Desconozco quién es el autor, así que desde aquí lo felicito y le pido mil disculpas si no lo nombro, aunque con gusto lo haría, pues chispa no le falta ni razón tampoco.

Médicos de vacaciones

11 AGO 2010 09:49

Los médicos somos propiedad pública, de día, de noche, en casa o de vacaciones, siempre accesibles y alertas. Por ejemplo, ahora durante el verano, entre los millones de desplazamientos y de vuelos que se despliegan, seguro que hallaremos cientos de personas que se encontrarán mal a miles de metros del suelo. Entonces se oirá el famoso y temido: Por favor, ¿hay un médico a bordo? El resto de los pasajeros continuarán tranquilos, disfrutando de su viaje, con la seguridad de que nunca se va a oír por el altavoz anuncios que digan: Por favor, ¿una peluquera a bordo? Hay una señora muy despeinada. O este otro: Si hay un arquitecto, por favor, que se pase por cabina, que el piloto necesita una segunda opinión sobre los planos de su casa. Y, mucho menos: Tenemos un pleito entre dos pasajeros que quieren apoyar el brazo en el apoyabrazos a la vez, ¿hay un abogado en el avión? Claro que no: sería una tontería. La salud es, al fin y al cabo, lo único realmente importante y el médico siempre está en la obligación de cumplir con su misión de buen samaritano de lujo.

El problema es que una llamada de este tipo es complicada. El susodicho facultativo se puede haber tomado unas cuantas cervecitas de esas que ahora hay que pagar, o a lo mejor le aterroriza volar y lleva un colocón de Valium de no te menees.Pero lo peor es la especialidad. Hola soy médico, ¿en qué puedo ayudar? Y al decirlo ves a esta señora de atrás agarrándose el pecho y algo azulada. Si eres Psiquiatra, Forense, Anatomo-Patólogo, Microbiólogo,  incluso Traumatólogo o cualquiera de las otras especialidades bien lejanas a la Urgencia Médica, en ese momento no sabes dónde meterte o incluso te arrepientes de no haber metido ropa interior de recambio en el equipaje de mano.
No puedes hacerte el loco, porque probablemente seas el único del avión que sabe a qué lado está el hígado, pero claro, de ahí a hacerte responsable de la señora color pitufo, va un mundo. El psiquiatra puede asegurarse de que la señora no se deprime mientras se muere y el traumatólogo le puede revisar las caderas y, si sobrevive, proponerle una prótesis. El forense, si se espera un ratito, lo mismo es útil y el anatomopatólogo puede ir revisando los filetes de la comida, pero más no.
Lo cierto es que uno no puede pedir a la azafata que sea más específica y lance un aviso tipo: Por favor, si hay un Médico de familia-de Urgencias-Cardiólogo-Internista o Intensivista, que dé un paso adelante y los demás médicos, que callen para siempre. No, porque un médico es un médico y si hasta nuestros familiares y amigos no distinguen categorías y nos consideran ‘chica para todo’, qué no hará un extraño.
Porque ser el médico de la familia tiene su miga y tiene connotaciones variadas. La responsabilidad que nos cae encima el día que entramos en la facultad, nunca las vemos venir. En caso de problemas graves de salud de alguien cercano, nos convertimos en el cabecilla, filtro, traductor, mensajero y representante de la tribu. Hasta el familiar más extrovertido o fanfarrón, ese que siempre elige el vino, en la vida real nos pasa la batuta y nos quedamos solos ante el peligro. Y frente a los pequeños altercados de salud de nuestra gente más cercana, siempre estamos ahí, a cualquier hora del día y de la noche; sin importar las distancias físicas o irreales, e independientemente de la especialidad  en la que trabajemos, para atender sus ansiedades, preguntas y aclaraciones.
Hay hermanos de los que sólo sabemos cuando tienen un niño malo; cuñados plastas de los que nos cuentan hasta cuando les sale un grano; hermanas que nos obligan a decidir si ponen las vacunas de pago a sus hijos o no; tíos que nos cogen por banda para hablarnos de un hombro que les duele, o madres que nos leen cifra por cifra sus análisis de sangre esperando que nosotros, por supuestísimo, nos sepamos todos los valores normales… Sin embargo, a pesar de todo, nos vamos haciendo a la idea de ser ese hombro consolador, y vamos disfrutando de esa manera peculiar de querer a nuestra familia, imaginando al mismo tiempo lo aburrido que debe ser que los familiares nos llamen sólo para contarnos sobre sus vacaciones  en la Riviera Maya o sus problemas con la hipoteca.
Hacemos una medicina distinta, en algunos casos incómoda, pero en otros, tremendamente agradecida. Siempre recordaré las veces que, desde Inglaterra y por teléfono, tuve el privilegio de diagnosticar bronquiolitis o croup a algún que otro sobrinillo.
Y, además de las azafatas, cajeras de supermercado y familiares para los que siempre estamos de guardia y listos para salir corriendo a una llamada de altavoz o de teléfono, están todos esos extraños que aprovechan cualquier momento para hacer una consulta. Siempre me acuerdo de un fontanero que vino a arreglarme la ducha, trabajo que le llevó un par de minutos, y después, al enterarse de que yo era médico, me consultó durante un rato por las amigdalitis de su niño, los problemas ginecológicos de su mujer y sus propios dolores de espalda, y seguidamente me atizó una cuenta que me dejó el bolsillo temblando (sin recibo, claro).
Se me pasó por la cabeza la situación contraria, ver yo a este hombre como paciente y luego, como quien no quisiese la cosa, pedirle que me arreglase la lavadora estropeada; gratis, por supuesto. No, qué locura, por favor, un médico es de todos y para todo.
Así que esto es lo que hay, que a los médicos todo el mundo goza criticándolos, pero a ver en qué otra profesión se vive siempre de guardia. Y para acabar, déjenme que les cuente la anécdota de un anestesista que acude a la llamada de una azafata para encontrarse que un cirujano necesita que su colega le ajuste la luz de lectura.

Pues eso, disfruten del verano que luego tienen todo el invierno para ponerse malos.

P.S.: El autor deberá disculparme otra vez, pues he pulido un poco el texto en cuanto a forma, no a fondo. Manías mías, quizás.

De aspavientos y otras reacciones/ About reactions and far away.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Existen cursos para dar malas noticias. Dentro del programa formativo para ser Coordinador de Trasplantes (que soy, como todos los que formamos parte de la UCI) existe un apartado en el que enseñan con clases prácticas y vídeos (inmortalizado en la película Todo sobre mi madre de Pedro Almódovar; salvando las distancias, claro) la mejor forma de adentrar a la familia en la información más crítica de sus vidas como puente a la petición de la Donación de Órganos. No son cursos fáciles, porque las malas noticas nunca lo son; y de hecho, son casi un horror, porque se registran en vídeo… De todas maneras, incluso sabiendo que nos graban y siendo objetivo, creo que es necesario hacer este tipo de entrenamiento como ayuda a la práctica diaria, aunque nada supere a la experiencia. Lo sé por experiencia.

Nadie quiere dar malas noticias. Nadie quiere decir que un paciente está muy grave, que puede que le quede poco; que morirá pronto; que ya está muerto. Sin embargo, debemos decirlo. Todo enfermo que ingresa en la UCI es, por definición, un paciente grave. Y, aunque el abismo formativo puede ser insuperable a veces, contadas son las ocasiones en que un familiar no entiende cuán grave está un paciente para que amerite cuidados críticos. Dicho de otra forma: somos portavoces de malas noticias. Y creo que debemos ser así. Habitualmente prefiero ponerme en el peor de los casos para atontar las esperanzas (a veces vanas, pero esperanzas) que se tienen sembradas en el amor, en el miedo y en la afrenta a veces; prefiero explicar todo lo que puede pasar y me reservo para el final lo positivo. ¿Por qué? Porque todos podemos ver venir lo bueno, y siempre nos sujetamos a un clavo ardiendo.

Que los familiares sólo oyen lo que quieren oír es un hecho contrastado. Después de tanto tiempo ya no me sorprende: así es la vida. Todo puede ser explicado a través de la postura psicológica de los mecanismos de defensa, los fantasmas interiores y su expresión plástica en ansias, miedos, arrebatos, inhibiciones y torturas. Ya que ser familiar de un enfermo ingresado en UCI no es fácil, debe asemejarse más a una experiencia mística del esperar o de exigir o de sufrir o de contenerse a través de las horas que pasan. Durante días o semanas. A veces durante meses. Para no alcanzar nunca la orilla. El Pasillo de la Salud Perdida no es un terreno fácil, es un desierto sin agua que beber o un océano sin tierra que pisar; y es un ejercicio titánico de simple Soledad. No sólo sufre el enfermo; también, desde su perspectiva, el familiar, y mientras mantenemos para el protagonista todos los cuidados, reconozco que a veces desoímos las necesidades de esos actores de reparto que sólo están ahí para contener una noticia, para esperar un acontecimiento,y para ganar o perder.

Dentro de la coreografía que se establece entre médico y familiar a la hora de dar una noticia, existen muchas capas superpuestas, muchos meandros casi inabarcables. Se establece un mecanismo de acción-reacción, basado más en las respuestas del familiar que de la propia naturaleza de la información. Quizá el médico parta, en este enfrentamiento, con ciertas ventajas: conoce la información de primera mano (información susceptible de ser manipulada), entiende los datos, comprehende las circunstancias, y, debido al juego de la vida, ha sido familiar y paciente, y a veces todo al mismo tiempo. Los familiares luchan desde campos más yermos, pero lo hacen con batallas de guerrilla, dispuestos a desbrozar la información recibida, a disecarla, y a merendársela como les apetezca; por lo demás, tienen ese derecho, aunque sólo hasta cierto punto. Deberíamos darnos cuenta que no es fácil entender, sin una formación más o menos cualificada, ciertos aspectos médicos en los que la lógica matemática no se cumple: somos seres humanos, no máquinas, por más que nuestra propaganda científica nos haya hecho vernos de esa forma. La estadísitca no es más que una ciencia de la entelequia, como la economía; y aunque un hecho científicamente real deba repetirse innumerables veces, en la raza humana siempre habrá el caso que se desmarque del resto, porque a todos nos gusta ser únicos, no podemos negarlo. Esto parece sencillo de aceptar, pero no lo es. Esta lucha se establece en los primeros momentos de la Residencia, cuando nos damos cuenta que fallamos, que caemos, que nos equivocamos y que, a veces, el enfermo y la Enfermedad van como quieren ir, sin que podamos hacer nada por ellos (también es cierto que nosotros no lo ponemos fácil, pero esa es otra historia.)

En este enmarañado tejido de emociones a flor de piel, de batallas por el poder de la información y, por ende, del futuro del enfermo, comunicar malas noticias se ha erigido en una situación harto incómoda. No porque nos cueste decir la verdad, todo lo contrario: como familiares, nos resulta casi imposible aceptar unos hechos que se nos han escapado de las manos. Y, aunque la variedad es casi infinita según nuestro nivel de miedo, de aceptación y de secretos lazos con el paciente, la reacción que desarrollamos ante un médico, la mayoría de las veces cansado hasta el tuétano, es crucial para un buen entendimiento posterior e, incluso, para el establecimiento de un rapport adecuado y, mira por dónde, sano.

Ayer , dentro de una serie encadenada de respuestas dignas de mención, pasó algo de esto. Una familiar, hija de un paciente ya mayor (muy mayor), entró a ver a su padre, que se hayaba sedado, intubado y conectado al respirador artificial.  Si hubiese escuchado si quiera un poco de la explicación que pudiera haberle dado, se hubiera dado cuenta que el abuelo estaba muy grave pero que parecía responder lentamente al tratamiento, pero no fue posible. Presa de un arrebato diametralmente opuesto al éxtasis místico, se dejó caer cómodamente en el suelo de la UCI, gritando desesperada por su padre y rogando a voz en grito que le dejasen quedarse junto a su lecho para velar su curación. Un cuadro. Aquella mujer restregándose por el suelo, sin lágrimas pero con mucho llanto gritado, vociferando tonterías en medio de una unidad atestada de enfermos graves cuyos familiares, la mayoría con respuestas normales de preocupación sigilosa por sus seres queridos, la miraban asombrados.

Presa de una ira pocas veces reprimida ante esta clase de aspavientos hechos de cara a la galería, hipocresía que no admito, levanté en peso a esa mujer, la reprendí por ese comportamiento inadecuado, la senté en una silla de ruedas y la lancé al pasillo de la Salud Perdida a que le abanicaran sus sofocos, indignos de una unidad de curación y de muerte. Una de sus hermanas se me acercó entonces (mis ataques furibundos de ira sólo duran cinco minutos) y me dijo que la disculpara, pero que ya le habían dado una pastilla. No sé cuál fue la naturaleza de tal píldora, pero si era para calmarla, el efecto fue el contrario. Poco después me enteré que estuvo abanicándose, cómodamente instalada en la silla de ruedas, mientras el tiempo pasaba beatífico delante de sus narices: no tenía público que admirarse su amor furibundo por su padre ni su arrebato de responsabilidad única.

Detesto la hipocresía. No la tolero. Prefiero la noticia cruda, el enfrentamiento directo, que ese tejido de cobardías, infantilismos y golpes de pecho que no llevan a ninguna parte. La reacción natural ante una mala noticia es la contención, o el llanto incontrolado pero personal; según lo agudo del problema, algún grito desgarrador, algunas preguntas dirigidas a Dios pero que caen en el vacío. En momentos así, no hay palabras que calmen el ahogo de la tristeza, y no creo que deba haberlas. Todo lo contrario: el duelo es necesario para llegar a la libertad de la aceptación; sólo si se alarga inútilmente se convierte en peligroso; es necesario un tiempo, y ese tiempo siempre es eterno. Los aspavientos, las alharacas, los rasgados de vestiduras, los golpes contra las paredes…, no son desahogo sino teatro. Teatro que requiere de un público atento y cauto, habitualmente el resto de familiares, y que intentan hacer del médico peón partícipe y festivalero. En modo alguno creo que haya tantos trastornos psiquiátricos como la venta de medicación psicotrópica nos hace creer; este tipo de respuesta manipuladora, exagerada e inaceptable, sólo está hecha par acaparar la atención hacia un dolor, un vacío y un miedo que no son del paciente, sino del familiar estrella de la noche. Y esa es una actitud dañina para el resto de familiares y para la propia persona que despliega ese histrionismo límite. Pero cada quien vive de acuerdo a las leyes con las que desea vivir, y no podemos hacer nada más que impedir que nos salpique el día día. No digo yo hacer corretear ese histrionismo sobre una silla de ruedas en un pasillo inundado por gritos, para nada; pero quizá sí cerrando las puertas a los alaridos y dedicándonos a hacer nuestra labor con mayor o menor acierto.

No se quiere más por gritar más; no se quiere más porque se demuestre una desesperación exagerada. Normalmente atrapa mi atención el espíritu que permanece callado, cabizbajo y que intenta asimilar las consecuencias de lo que oye: ese alma que profundiza en un trabajo duro consigo mismo es quien merece mi atención y a quien presto mi mano. Mantener la calma con frialdad no es fácil, y se establece en el extremo opuesto al histrionismo aspaventoso: como todos los polos, estos se unen, reconociéndose. Pero los ojos que sufren arrebatados, que intentan asimilar callados, o con las preguntas justas y siempre certeras, que procuran crecer y aceptar y seguir y continuar con vida, son los que merecen los máximos cuidados y el mimo más exquisito: son los supervivientes del Pasillo de la Salud Perdida.

Sé lo que es decir malas noticas. Sé hablar de la muerte. Sé lo que es esperar hasta el cansancio por un resultado, en la puerta de un quirófano, en la sala de biopsias, en la habitación en la que un suero va cayendo, gota a gota, inyectando el veneno de la quimioterapia sobre una piel ya cansada. Sé lo que es enfrentarse a consecuencias inhumanas y sé cuán duro tomar una decisión es y cuánta exigencia, cuántas reservas personales drena y agota hasta el cansancio último.

Recuerdo el día que supe que mi padre tenía cáncer. Fuera de la sala de pruebas, mi madre esperaba angustiada, sabedora de que algo no iba bien. Mis compañeros dejaron que yo le diese la noticia. Pensé, en un segundo, todas las formas habituales para decírselo; todas las circunvoluciones pasaron por mi cabeza, todas las armas profesionales que ya casi no ponía en práctica con mis propios pacientes… Cuando llegué a su lado, las lágrimas de ignorancia y de espera anegaban sus ojos. Mi mente se detuvo. Y entonces hablé:

– Papá tiene cáncer.

Así se lo dije. Sin adornos, sin paños calientes. Aquella mujer, que por mucho había pasado, lloró callada y cabeceó una y otra vez. Era un junco afónico que temblaba por el viento. Pero no se rompió en aquella sala, si no que se plegó al Destino que se abría a sus pies.

– Bien. Bien. Ahora, ¿qué tenemos que hacer?

La abracé y la trnaquilicé sin palabras.

– Eso es mañana. Por hoy ya basta.

Me miró sin verme, supongo, y asintió sin ganas. Con todo, no habrían pasado ni cinco minutos.

Hoy mi padre lleva cinco años libre de enfermedad tras muchas vicisitudes, pruebas y dificultades; juntos lucharon contra todo ello, y siguen juntos, como el primer día. Y gracias a ello, yo encontré mi voz en el arte de transmitir noticias: ser siempre sincero y directo y cariñoso, pero nunca condescendiente, siempre firme. En lo malo, siempre en lo malo, pero también en lo bueno, siempre en lo mejor.

Miedo/ Fear.

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Cualquier profesión conlleva riesgos, con algunas salvedades: considero profesión cualquier ocupación en la vida, y no sólo remunerada: ser padres, ser hijos, también lo son, y de las más difíciles que conozco; y todas las profesiones, sin excepción, poseen riesgos comunes que nos afectan a todos por igual: el vértigo del fracaso, la crítica visceral, la envidia o la vileza que anidan en las profesiones humanas; por eso a veces me da risa la importancia que muchos de nosotros llegamos a dar a determinadas actividades públicas, excesivamente bien remuneradas, simplemente porque son públicas y más susceptibles de ser criticadas a veces con una ferocidad que carece de explicación lógica en un mundo desarrollado.

Ser médico (y hablo aquí como profesional de la Salud, no sólo compuesto por el gremio médico) para mí tiene unos cuantos. Hoy me gustaría tocar el palo del Miedo.

¿Qué teme un médico? Supongo que depende del individuo. En mi caso, cometer errores innecesarios; ser excesivamente prudente o pasarme de listo; ciertas técnicas con las que no me siento seguro; y, sobre todo, no estar a la altura de las circunstancias, no dar lo mejor de mí en cada caso con el que me enfrento.

Hace unas semanas ingresamos a una paciente de más de cuarenta años; paciente que forma parte de esa generación posterior a la malhadada generación perdida por los abusos de drogas por vía parenteral (ADVP), pero que aún sufre consecuencias de las desgracias que dicho hábito acarrea a los seres humanos. Quiero decir con esto que esta paciente, aún joven, presentaba un estatus viral coral (y desgraciadamente frecuente en el perfil español): VIH positivo, así como Hepatitis B y Hepatitis C positivo. A lo que se sumaba el tratamiento sustitutivo con metadona para mantener a raya las necesidades más urgentes y destructivas que la habían llevado a ese estado actual.

Durante la guardia en que ingresamos a esta paciente, yo compartía trabajo con un médico residente. Joven, deportista, fuerte y responsable: vamos, un catálogo de la vida sana. Sin ver a la enferma, sólo con esos antecedentes, el residente se asustó. En él crecía una mezcla de sentimientos contrapuestos: por un lado, la aversión al hábito que había llevado a la paciente a ese estado (la gran mayoría de ex-drogadictos a tratamiento con metadona tienen un perfil de comportamiento tan peculiar que raya en lo insoportable) y, sobre todo, el riesgo que la actuación que la paciente requería de nosotros pudiera llevarlo a infectarse con cualquiera de los virus de los que ella era portadora.

Su reacción me hizo pensar. Hace tiempo que he abandonado la idea de decirle a los demás qué deben pensar o qué deben hacer en cuanto al trabajo: cada quien necesita aprender sus propias lecciones, y los consejos gratuitos acaban siempre en saco roto; yo he sido igual, y me reconozco en ello. El residente reflejó sus dudas cuando me preguntó si debíamos cogerle vías a través de nuestras técnicas, que conllevan un pequeño porcentaje de error, y por lo tanto, de riesgo de contagio. Con toda la calma que tenía en ese momento (cuando no se duda sobre lo que se debe hacer, quedamos revestidos de una absoluta seguridad que casi es un estado suspendido de paz interior), le dije que teníamos que hacer nuestro trabajo estuviese como estuviese el enfermo.

Obedeció a regañadientes y se dispuso a cumplir su tarea. Lo hizo a medias; perdió el escaso control que tenía (la paciente tampoco contribuía a ello), algo que nunca nos debe pasar, o al menos nunca debemos reflejarlo en nuestra actitud ante el resto del equipo y del paciente. Podemos estarnos cayendo con el miedo o la rabia o la indefensión, pero nada debe reflejarse en nuestro rostro y, más que todo, en nuestra voz. Hablando de exigencias profesionales, creo que seríamos buenos actores de escena. Al menos algunos. Pues el residente perdió la calma y le pudo el miedo a contagiarse más que su labor como profesional de la Salud.

Me di cuenta inmediatamente, pero sólo actué cuando él estuvo dispuesto a abandonar. Viéndolo alejarse no puede reprimir cierta desazón por su comportamiento, a todas luces inadecuado; pero a la vez tampoco pude suprimir un reconocimiento más profundo de un mecanismo de defensa contra el miedo que él, quizá ignorante, estaba poniendo en marcha.

Lo que tenía que hacer sobre la enferma me llevó cinco minutos y no, no me pinché a mí mismo, y no, no tuve dificultad ninguna, como preveía. Y sí, tomé las precauciones básicas y alguna más, como emplear doble guante a la hora de hacer las técnicas de acceso vascular que requería la paciente. Eso fue todo: cinco minutos y el tratamiento puesto en marcha, y dedicarse a otra cosa. A otra cosa, como pensar.

El miedo expresado por el residente (y nunca reconocido) hacia la posibilidad de ser infectado lo alcanzó de lleno, y quería deshacerse de ese problema que le causaba tantos inconvenientes lo más pronto posible. No lo culpo: es un riesgo que debemos correr. Pero debió asumirlo, como se aceptan situaciones de índole diferente pero de importancia similar. Pude decirle lo que pensaba de su actitud, pero al final preferí recordarle que no debía perder los nervios ante un paciente, por más agitado que éste esté o más difícil que éste sea, porque nuestra labor es resolver problemas y no empeorar los que ya existen. Me miró sin comprenderme, pero al menos cabeceó para darme de lado. Yo no insistí.

Respeto su miedo. Es natural que lo tenga; es sensato que lo tenga. Pero el Miedo no debe interponerse entre nuestra actividad profesional y el restablecimiento del estado de Salud de un paciente. Son personas normales, con ciertas características psicológicas que pueden ser agotadoras, pero que también desean sentir una sonrisa y un apretón de manos. Son personas que se sienten marginadas por sus locuras juveniles y que deben encarar un futuro incierto, que genera un miedo aún mayor al no saber cómo se encontrarán al día siguiente. La relación médico-paciente, en esos casos especiales, se compone de capas y capas de miedo que separan ambos roles pero que los equipara en sus extremos más alejados.

La respuesta del residente a su miedo fue intentar hacer su trabajo, y al no serle fácil la primera vez, abandonar y alejarse lo más pronto posible de ese cuerpo de ansiedad y de falta de control aparente. Yo lo vi y le sonreí, dispuesto a hacer su labor en menor tiempo (suerte que tuve) y demostrarle que una caricia, una palabra amable pero firme y una actitud calmada, hacen más en este tipo de pacientes que la efectividad aséptica de una profesión hueca.

No lo conseguí, desgraciadamente. Pero así es la vida. Sin embargo, ese episodio me ha servido para darme cuenta que mis miedos en Medicina sólo residen en ser incapaz de estar a la altura de las circunstancias más que al riesgo vital que conllevan. Me di cuenta que  nunca he interpuesto mi propia salud a la de los pacientes, mi propia comodidad ante el doliente; pero que, sin embargo, mi miedo a no ser capaz de hacer correctamente bien mi trabajo también me limita, si bien de forma diferente, a como le afectaba al residente.

Nunca he pensado en que pudiese contagiarme de algo irreversible, aunque esa posibilidad es cierta y menos remota de lo que nos gustaría. Sin embargo, no estar a la altura de lo que se exige de mí ha llegado a pulverizar mis noches y a disfrazar mi insomnio. Hasta ahora nada ha ocurrido; estoy limpio. Pero ese riesgo está presente, está para el residente y para mí, aunque eso es lo que menos me preocupa. Sólo busco ser buen servidor, que es algo más que ser buen médico, y responder con las armas adecuadas a las situaciones que se me plantean.

Quizá con el tiempo las prioridades de este residente se centren en lo que es importante: los enfermos, tengan las circunstancias que estos tengan, por más que a veces sea complicado hallar justificaciones para ellos. Pero no puedo prohibirle tener Miedo: en aspectos diferentes pero de origen similar, yo mismo lucho día a día con mis demonios interiores.

Tengo miedo en mi trabajo, un miedo que preserva parte de mi integridad como persona, aunque esté en el polo opuesto de un residente que está aprendiendo. Ambas posiciones son válidas, mientras la integridad de los pacientes se conserve. Y esa integridad, y ese bienestar, esa búsqueda de la perfección en el servicio, es lo que todavía me quita el sueño 10 años después, y lo que aún me mantiene con ganas de ir a trabajar todos los días.

No es fácil convivir con nuestros temores y enfrentarlos día a día, sobre todo cuando interaccionarnos en un medio hostil, que dificulta aún más la simple labor de atender al Otro que nos necesita y de aceptarlo tal cual es. No es fácil, pero sí necesario: una lección que se moldea y se corrige cada día.

Espero que este residente vaya paulatinamente transformando ese miedo en algo útil para todos los enfermos no importa su raza, constitución y género. Espero que este residente, en algún momento, vaya a encontrarse en una situación similar y sepa que, aunque no nos guste y sepamos todos los riesgos, los asumamos y sublimemos, y nos dediquemos a lo que siempre hemos querido hacer, que es el Servicio integral y completo a los demás necesitados. Y, en cuanto a mí, la idea central de que quizá las cosas que haga puede que no sean perfectas, pero que con un poco de interés y de ilusión todo es posible, hasta esa huidiza Perfección.

Un joven maestro/ A Young Master.

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– ¿Tendrías una cama? Acabo de operar a un chico de treinta años, es el segundo trasplante renal que pierde y… Me gustaría que lo vigilaseis es la Unidad. Ha tenido tan mala suerte y ahora, ya ves…
Pocas veces un cirujano tan bregado como el que tenía delante se preocupa así de un paciente. Quiero decir, que se implique tanto y se empeñe. Después de años dedicados a esta profesión, llegamos a saber a veces quién requiere más energía en los cuidados y quiénes no. Es una forma de ahorro de intenciones y de tamizar las verdaderas urgencias de los casos más leves.
Me iba a costar mucho hacer una cama para ese paciente. Con medios limitados de cuidados de enfermería y auxiliería, nuestros enfermos, que aún requieren medidas especiales o esmeradas, más bien, se vuelven totalmente dependientes de los familiares, que de repente se ven en la necesidad de cuidar de un enfermo que acaba de salir de una unidad de cuidados críticos, y eso no es fácil de digerir.
Es un lamento continuado, pero cierto, que el personal de las plantas hospitalarias es escaso, muy dedicado a veces, pero recortado, y se sienten desbordados por tanta responsabilidad. Tienen razón. Y no es por falta de profesionales, sino por una simple cuestión económica (que no es tan simple, o que no queremos que lo sea, todo depende de quién mire.) Así que procuramos que nuestros pacientes vayan en el mejor estado posible para seguir su tratamiento en las plantas de asistencia hospitalaria con el mínimo de riesgos para ellos, el menor peso familiar posible y de carga de enfermería.

Mientras decidía qué hacer, fui hasta el Despertar (área en el que se colocan a los pacientes que salen inmediatamente de quirófano) para conocer al enfermo: Óscar.
Cuando llegué pregunté por él y me señalaron la cama. Una vez a sus pies, me encontré con un chaval aún adormilado, con mascarilla de oxígeno, y la mano sujeta a otra, tan delicada como la suya propia, y que me sonrió porque le sonreí cuando me acerqué a ellos.
Lo llamé por su nombre: Óscar… Y Óscar abrió los ojos. Dos preciosos ojos verdes y castaño, enormes y algo cansados, pero con un brillo tranquilo y de cierto aburrimiento, como si pensase entre los vapores de la anestesia: Otro más…
Y sí, yo era otro más.
Le expliqué con la mayor dulzura que pude su situación grave y la necesidad de seguir el postoperatorio en la UCI. Expuse la posibilidades que se abrían ante él, las malas siempre primero para impactar, y las buenas después, para descansar de la presión; la necesidad de antibióticos, de colocar un nuevo catéter para diálisis y quizá el empleo de una diálisis continua.
Este hombre de casi treinta años abrió sus ojos por completo en ese momento. Desde los nueve ha estado encerrado entre hospitales, atado a máquinas de diálisis porque sus riñones se dañaron sin remedio; ha sufrido dos trasplantes renales que ha perdido (el último, el año anterior, regalo de su madre), y múltiples, pero múltiples complicaciones, una de las cuales ahora podría llevarle a la UCI.
– ¿Otro catéter? ¿Diálisis continua?
– Sí… La diálisis continua sigue el concepto de lavadora de la diálisis convencional, pero es un aparato más pequeño y lo hace sin parar. Te ayudará a recuperarte más rápido y a nosotros a llevarte mejor.
Suspiró, volviendo a cerrar esos enormes ojos.
– Si tiene que ser así…
Su pareja, con el pelo largo y lacio, moreno como la noche, me sonrió mientras le acariciaba la mano. Se llamaba María.
– Ya estamos acostumbrados, doctor. Pero esa máquina es nueva para nosotros…
Les volví a sonreír, sintiendo tal empatía por ese chico y su chica, que en ese mismo instante decidí que lo iba a ingresar. Moví cielo y tierra por encontrar una cama en ese hospital atestado de enfermos, forcé un alta y conseguí mi objetivo un par de horas después.
Mientras el trabajo burocrático evolucionaba (y nadie se imagina cuán molesto puede ser), me sumergí en la historia clínica de Óscar, que se resumía en un ir y venir de hospitales y medicaciones y cirugías, un sin fin de complicaciones (Óscar es uno de esos enfermos con tan mala suerte, que les pasa de todo), un mar de preocupaciones, y finalmente dos trasplantes de riñón, uno durante su niñez y otro de adulto, que no fructificaron como debieran. El sino de este enfermo.
La residente que compartía guardia conmigo, una mujer aguerrida, tozuda, energética y muy sensible al cuidado del Enfermo (no en vano ha sido enfermera antes que médico) me preguntó qué tenía de especial para que yo hiciese todo ese trabajo por él. Sabía que merecía un control estricto, pero por lo que le había contado, Óscar parecía que había salido bien de la cirugía. Y el caso es que era cierto.
– Esos ojos, esa aceptación, esa serenidad entregada… Este chico merece que lo cuiden, y nadie mejor que nosotros.
Mi residente aún no se acostumbra a mi manera poco ortodoxa de acercarme a la Medicina. Ni ella ni casi nadie, incluyéndome yo mismo. Intuitiva, enigmática, poco clara pero resuelta y resolutiva; una continua interrogante. Lo curioso es que ella sabía, como yo, que podía ir mal y qué podía ir mal. Pero nada de eso usé como justificante, porque era lo que menos me importaba en esos momentos. Sólo tiraba de mí el paciente: Óscar.
Conseguimos finalmente traerlo a la Unidad. Y fue al verlo, la actitud que desplegaba, la tranquilidad que tenía a pesar de las molestias y de toda una vida enfermo; la facilidad de dejarse hacer; y esa paciencia de quien se sabe entregado al destino… Y esos ojos enormes, brillantes a pesar del cansacio, y ni una queja, ni una sola queja… Cuando ella comprendió por qué había luchado tanto para ingresarlo.
Óscar es un ejemplo para todos nosotros los Sanos. A pesar de su evidente incapacidad, ha luchado contra su destino abrazándolo, y ha conseguido, con gran trabajo, una vida encantadora: vive con María en un pisito que están pagando desde hace tres años, ha terminado una carrera y trabaja de ella; su madre vive cerca para echarles una mano siempre que lo necesitan; y esa eterna paciencia, esa sabia entrega a la Enfermedad limitante que no le aprisiona a pesar de que le coharta una y otra vez la libertad.
Óscar es un hombre que sabe reír en medio de sus desgracias y consigue salir de ellas, cada vez más mermado, pero con la ilusión casi intacta. Y esa ilusión se ve en sus enormes ojos verdes y en esa sonrisa entregada con la que me recibía cada vez que me acercaba a su cama.
– ¿No descansa usted, doctor?
Reí, siguiendo su sonrisa.
– Estás harto de que te dé la brasa, ¿no?
– No… Es que estoy muy cansado, ayer no fue un buen día. Nunca me había sentido tan mal.
– Pero, ¿te encuentras mejor?
– Como nunca…
Y de nuevo la sonrisa.
– Doctor… Discúlpeme, pero qué raro es usted.
En ese momento todos reímos: las enfermeras, las auxiliares, mi residente, yo mismo. Y Óscar el primero.
– ¿Ves? -me dijo la residente- Que no es el único.
Le dejamos el tratamiento que necesitaba. Por su juventud, Óscar llevaba aquella máxima gravedad con una potencia de potro recién nacido. Eso nos tranquilizó un poco. Y su mirada, y su sonrisa, y su cansancio.
– No sé si podrás dormir bien aquí, pero procuraremos no hacer mucho ruido, ¿vale?
– Descuide, estoy tan cansado, que seguro dormiré como una piedra.
Y casi inmediatamente después, oímos su respiración regular y profunda, y su pecho taladrado de cicatrices danzar el rítmico baile del sueño.
Cuando nos alejamos de allí, mi residente se acercó y me susurró al oído algo que me hizo sonreír. La miré a los ojos y asentí con la cabeza.
Óscar es un maestro, un joven maestro para nosotros, que damos la Salud por sentada, la vida por regalada, y que nos preocupamos y quejamos continuamente por las tonterías con las que rodeamos nuestra existencia. Óscar ha sabido navegar entre las aguas turbulentas de la Enfermedad, plagada de complicaciones además, y ha sabido labrarse una vida digna dentro del hábito de la resignación, de la sabiduría de la entrega y de la sana alegría de las cosas pequeñas, esas pequeñas cosas que nos regalan sonrisas, cariño y, sobre todo, esperanza.
– Menuda llamada de atención, ¿verdad? – me dijo mi residente.
– Sí… Por eso Óscar tenía que estar con nosotros. Tenía que agradecerle lo que me ha recordado esta tarde, todo lo que me ha regalado. Y se merece la Salud más que nada en este mundo, ¿no crees?
– Mira que eres raro, chico…
Y ambos nos fuimos riendo, llenos de vida, por el pasillo de la Salud perdida, pensando en Óscar, y en María, y en todos aquellos que luchan con denuedo por llenar sus vidas de dignidad, paciencia y amor, y que no cejan hasta conseguirlo.

Soy médico/ I’m a Doctor.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Un día como hoy, hace diez años, comencé mi carrera profesional como médico. Hace diez años entré por primera vez en el Hospital para entregarme al período formativo de la especialidad que he elegido. Hace diez años me puse por primera vez una bata blanca sobre los hombros, un estetoscopio sobre el cuello (y noté por primera vez su peso real), firmé mi primer contrato laboral, interactué con personas similares a mí (con todo lo que eso conlleva) y, por primera vez, con el objeto y razón de haber llegado hasta allí: la Enfermedad.

Nunca me he visto a mí mismo como médico. Por eso mi sorpresa la primera vez que un paciente me detuvo en el pasillo llamándome Doctor. Ni me detuve. Y no por mala educación o por prisas: jamás imaginé que se refería a mí. El pobre tuvo que apretar el paso para poder darme alcance por el pasillo de Medicina Interna (los médicos no corremos por los pasillos, o eso es lo que queremos creer), y una vez que lo consiguió, tironeó de mi bata y me hizo una pregunta. A mí. Y se la contesté, claro. De la mejor forma posible para no darle a entender que era nuevo en el hospital y que aún no tenía idea de lo que necesitaba.

He aprendido mucho en este tiempo. A trabajar, obviamente, alguien afortunado que hasta ese momento sólo había estudiado; a tener responsabilidad y crecer con ella; a adquirir compromisos, centrados en las guardias (y todo lo que estar de guardia conlleva, que es mucho); a lidiar con compañeros más o menos simpáticos, rencorosos o manipuladores, pero también amorosos, dulces y responsables; a convivir con los verdaderos trabajadores de la Salud: la Enfermería, con su entrega y su problemática; el personal Auxiliar, sin cuya ayuda ambos nuestros mundos no funcionarían; los Celadores, tan dispuestos a veces y a veces tan dueños del mundo, y el amplio abanico de los auxiliares administrativos. Y, finalmente, aprender a ser realmente un médico.

Diez años he necesitado para ser capaz de ponerme en pie y decir que soy médico sin reticiencias, sin ambigüedades. Lo soy y lo seré a partir de ahora, no importa lo que haga, dónde me encuentre o lo que deje atrás. Diez años he necesitado para darme cuenta que ser médico es lo único que sé hacer, y aunque no soy perfecto (y, desgraciadamente, nunca lo seré), cuando me enfundo en mi uniforme, cuando en una reunión alguien pregunta y me somete a un interrogatorio entre curioso y necesitado; cuando salgo cansado o somnoliento o eufórico, es porque lo soy, y no hay mucho de malo en serlo. O no siempre, claro.

Soy médico. Podría haber sido actor, si tuviese talento; o modelo, si fuera guapo; relaciones públicas, si fuera simpático; o político, si no tuviese remordimientos. Podría haber sido bailarín, si no fuese tan alto; o pintor, si me hubiese esforzado algo más; o periodista, si el destino no me hubiese mecido en otras aguas; o rico heredero, si se me hubiese dado por nacer en cuna de oro. Pero soy médico y hasta aquí he llegado. He caminado un largo sendero (y, créanme, es muy largo), he lidiado con egos inmensos y con mentes obtusas y cerradas; he dormido con mi miedo y el de los demás, y me enfrento a él cada día que pasa; he conocido el Dolor, la Enfermedad, el Desprecio, el Aprecio, la Esperanza y la Muerte, y el Compañerismo y la Amistad. Y estoy aquí.

Miro hacia atrás y veo un hombre que ya no es un chaval, con la ansiedad, el miedo y la ilusión en la mirada. En el punto en el que hoy me encuentro, diez años después, ese hombre que ya dejó de ser un chaval y que empieza a peinar algunas canas, canaliza como puede la ansiedad y el miedo (porque a veces siente miedo), intenta seguir sintiendo pasión por lo que hace, sigue respetando a sus compañeros y, por sobre todo, a sus pacientes; y tiene, quizá, la mirada un tanto apagada, un poco cansada y triste. Pero está ahí.

¿Se acuerda de mí?/ Do you remember me?

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

No suelo preguntar esto a nadie. Porque soy incapaz de responder que sí cuando alguien me lo pregunta a mí. Me produce una mezcla de sensaciones extrañas cada vez que alguien se acerca a mí esperando ser reconocido. Y no es por mal ni mucho menos: es que no lo recuerdo. Durante el tiempo en el que la conexión familiar-médico-paciente se establece, puede construirse un lazo que se recuerda de por vida; yo mismo siento ese lazo, esa camaradería, esa condescendencia a veces y ese sentimiento único que logra construirse en tan poco tiempo y que resuena cada vez que nos encontramos en la hora de la información, sea para dar malas o buenas noticias.

Pero no lo pregunto porque soy incapaz de acordarme así, a bote pronto, de una cara, un gesto o de un nombre. Siento una unión profunda entre mis pacientes y yo, y durante el tiempo que dura mi servicio, ellos, y el inmenso grupo que formamos para ayudarles, son mi prioridad, por encima de mis temores y, muchas veces, de mi propio cansancio. Esa relación es mutua, importante y real. Pero perecedera. Una vez la necesidad se diluye o se pierde, ese lazo se rompe, aunque su resonancia continúe refulgiendo durante un tiempo posterior, sean horas, días o semanas.

Y todos los pacientes son importantes. Todos son necesitados. Y sus acompañantes también. Y ellos, aunque la relación sea más breve y menos empática, también merecen cuidado y apoyo. Sin embargo, procuro no identificarme con ellos ni arroparlos en exceso: están allí para ser informados, a veces aleccionados sobre un mal, y para ser respetados. El límite del respeto es tan fino, que el mínimo gesto puede sobrepasarlo. Creo que los familiares merecen el mismo respeto que los pacientes por los que padecen ese tiempo suspendido, esa falta de conocimiento y esa angustia diaria. Y si un gesto mío muestra más camaradería hacia unos que hacia otros, esa frontera se pierde y la igualdad en el trato, se rompe. Por eso intento tener siempre presente el rol que jugamos en ese campo de juegos tan peligroso como es el de la Salud Perdida. Y me conozco las reglas, y tolero poco las salidas de guión, los comentarios o actitudes fuera de tono, que a veces, lamentablemente, hay. Soy el médico y así lo asumo y sé lo que es ser familiar de paciente y sé lo que se sufre, sé lo que es la ignorancia sobre estos temas, el miedo, la esperanza, la contrariedad y la calma: por eso procuro, desde mi posición en el juego de la Salud Perdida, ser lo bastante sensato, lo bastante firme y, a veces, lo bastante crudo con los familiares de un enfermo que está malito, porque sé que es lo que yo mismo hubiese querido que me dijeran, que me trataran y que me escucharan. La relación médico-paciente se basa en la escucha, lo mismo que la relación médico-familiar y, en el fondo, lo mismo que en cualquier relación humana, sólo que muchas veces lo olvidamos. Pero, como toda relación humana, asimismo ese campo de juego tiene normas y directrices, y para que haya fluidez, esas normas deben ser respetadas en su totalidad, a ser posible.

Pero siempre hay excepciones, y menos mal que las hay.

– ¿Se acuerda de mí?

Una mujer joven, con el pelo desteñido en la raíz del cabello, me detuvo cuando intentaba fingir que no estaba corriendo por el pasillo. A pesar de la prisa que, evidentemente, tenía, me detuve de nuevo asombrado por la pregunta. Intento ser sincero cuando se me interpela; por descontado siempre lo soy  si es sobre el estado de un paciente. Pero ante esta pregunta suelo poner una cara rara, porque no sé qué hacer ni decir. Lo siento, no lo recuerdo. Me es imposible recordar el nombre de todos los cientos de pacientes que hemos atendido alguna vez; aunque, curiosamente, soy incapaz de olvidar el problema que motivó su ingreso y cómo fue su evolución. Pues identifico a los pacientes por el número de cama más que por su nombre, y a medida que pasa el tiempo, esa tendencia se marca todavía más.

Pero lo único bueno que tiene mi memoria es que, si se tira del hilo adecuado, la historia emerge entera y tan vívida como el momento en el que se grabó en mi vida para siempre. Necesito una pista para que mis recuerdos activen la evocación por la que mi memoria, sin pretenderlo, se ha hecho ya famosa entre mis colegas. De mi mente, desde detrás de mis ojos, a la yema de mis dedos, a mi oídos, los recuerdos, como un oleaje, llegan entonces, y el edifico del recuerdo se erige rápidamente, como si nunca hubiese perdido pie en la habitación de mi cerebro. Por eso, cuando alguien me hace esa pregunta, pongo cara de a-ver-cómo-salgo-de-ésta y me preparo para crear el primer silogismo que pueda de las frases que mi interlocutor suelte en esos breves instantes. Cuando lo consigo, es casi un triunfo. Cuando no, procuro que sea lo menos evidente posible y finjo prisa (si no tengo nada que hacer) o salgo corriendo pidiendo disculpas, si de verdad estoy muy liado.

Iba a hacer lo mismo esta vez con esa mujer, joven aún, baja, de aspecto dulce, algo entristecida pero firme. Además, tenía prisa; aunque lo que debía hacer podía esperar unos minutos. En parte por eso me quedé. Pero, en realidad, fue la mirada de esa mujer lo que hizo que me quedase a escucharla un poco más.

Gracias a Dios tuvo la delicadeza de seguir hablando mientras yo ponía mi cara de circunstancias. No: no me acordaba de ella… Pero algo en su discurso disparó mis recuerdos.

– Soy la madre de Álvaro, ¿se acuerda?…

¿Álvaro? ¿Quién era?

– Ya han pasado cuatro años…

Y en ese momento, todo, todo volvió a mí sin esfuerzo. No recordaba quién era esa mujer, pero su mirada, algo más brillante que esa noche, me llevó hasta un tiempo para mí muy lejano (¿qué son cuatro años, en realidad?), una noche larga, difícil y triste. No recordaba el nombre del paciente, pero sí el número de su cama (la 14) y el motivo de su ingreso (accidente de coche) y su evolución. Dieciocho años, la criatura; enorme como un campo de fútbol; originario de Orense, tras el accidente de tráfico que había sufrido el mismo día de sacarse el carnet de conducir, enfrente de su propia casa, ese niño, hijo único, acabó en la cama 14 de la UCI de mi hospital, un 23 de diciembre de hace cuatro años…

Sí, ya habían pasado cuatro años…Y sólo aquella frase, aquel nombre que le devolvió nombre y vida al paciente de la cama 14, obró en mí el milagro de la evocación y la respuesta a su pregunta.

– Me acuerdo, cómo olvidarlo.

¿Cómo olvidar ser testigo del fracaso de todas las terapias que podíamos ofrecerle a un niño de dieciocho años, un grupo afanado de enfermeras (sí, recuerdo hasta quién llevaba al enfermo esa noche) y yo, solo, adjunto clínico de reciente nombramiento, en Nochebuena? ¿Cómo olvidar cómo esa noche estuve informando puntualmente a unos padres enloquecidos que su único hijo se debatía entre la vida y la muerte? ¿Cómo olvidar que el día de Navidad, a las diez de la mañana, los llamé por última vez para darles la última de las noticias, aquella que nunca ningún padre quiere oír, pero que hay que asumir?

Cómo olvidarlo.

Y aquella mujer me detuvo en el pasillo, cuatro años mayores ella y yo, con la mirada cansada y falta de sueño, la mía, y la suya cargada con un agradecimiento que me maravilló y que aún hoy me acompaña.

– No se me va a olvidar nunca, doctor. Pero ya estamos mejor. Ya ha pasado tiempo.

Yo sólo asentía. Estaba allí por un familiar que ahora estaba bien. Yo seguía asintiendo. Me habló de su marido, de su vida sin Álvaro, de lo dura que puede ser una vida, cualquier vida, sin propósito claro, cuando se ha perdido el hilo conductor, el objetivo, la finalidad… Y no supo ella cuánto resonaron en mi interior aquellas palabras, cuán cercanas las sentía. Y seguí asintiendo.

– Ya ha pasado tiempo. Y, ahora que lo veo, quisiera me permitiese darle las gracias.

¿A mí?

– Porque sin usted aquella noche, no sé cómo hubiera sido. Fue tan amable, tan tranquilo. Nos fue preparando para lo imposible con tanta delicadeza… Siempre nos acordamos de usted… Ya ve, que no lo he olvidado.

Y yo ya no supe qué decir. Ni qué hacer. Me quedé mirándola como perdido, porque estaba flotando, extático, casi fuera de mí. Creo que sonreí porque me sonrió, y la cogí por un hombro en un ademán que pasaba por un abrazo, y asentí una vez más. No tenía porqué darme las gracias y, al mismo tiempo, yo no tenía derecho a no agradecer ese regalo del corazón.

– No lo entretengo más, que tiene que irse.

– Sí…

Y le di las gracias mil veces, mil veces más. Porque para alguien que se pregunta a sí mismo qué hace, si sabe hacerlo, si hace lo correcto, si debería estar allí… Aquella forma de ver su trabajo, algo que nace de dentro y sin la menor predisposición… Fue la mano de un ángel que me detuvo en aquel pasillo y que me recordó que, pese a todas mis dudas, quizá haya algo que esté haciendo bien. Quizá.

Y no, nunca pregunto si alguien se acuerda de mí, porque sé que no lo hará. Y sí, sigo poniendo cara rara cada vez que alguien me lo pregunta a mí. Y sí, sigo esperando que esa persona, en su introducción, me dé una pista que me haga tirar del hilo de mi memoria y así escapar del laberinto en el que mi Minotauro me corroe vivo… Y no, nunca espero hacerlo bien… Y sin embargo, siempre estarán Álvaro y Ana y José María y David y Clara, y Vanesa y Yolanda y la cama 1 y la cama 15 y la cama 6 para hacerme recordar que, aunque no lo sepamos, sembramos el bien a cada paso que damos.

Diego López Otero o la Dulce Inteligencia/ Diego López Otero or the Emotional Intelligence.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Lo primero que llama la atención de Diego López Otero es su mirada despierta, tranquila, el pelo moreno y una voz grave, suave y de timbre bajo, tan bajo que suele hablar al cuello de su camisa. Ha tenido que repetir tantas veces lo que dice, que su expresión resignada se dibuja inmediatamente en su rostro nada más expresa algún punto de vista. Pero eso ocurre sólo al conocerlo.

Llevamos diez años de amistad ininterrumpida. Él ya me conocía de un poco antes; yo no me di cuenta hasta que me lo dijo, estando como estoy casi siempre en mi propio universo cuando camino por el mundo; cosas de la miopía, supongo, y de mi casi total desinterés por lo que pasa a mi alrededor. Cuando se lo comenté, se echó a reír con esa risa profunda con la que siempre lo identifico y me acarició la cabeza con esa condescendencia tierna y afable que tanto lo define, de suerte que ese simple gesto, cargado sin embargo de mucha ternura, se ha convertido en casi un saludo entre nosotros cada vez que nos vemos.

Diez años no es mucho tiempo; cuando se vive rodeado de experiencias como las que hemos compartido, es sin duda casi una vida. Desde las más graciosas a las más difíciles, Diego L. Otero ha respondido con la talla más alta del ser humano como persona y como médico. Su sensibilidad, que suele disfrazar hábilmente, sólo compite con su brillante inteligencia, tan natural y válida, que sólo puedo resumir en un adjetivo: dulce. Un hombre verdaderamente sabio es capaz de reconocer cuándo sus habilidades son fruto de un esfuerzo diario y cuándo son un regalo de la divinidad. Un hombre paciente sospecha, y sabe, que esos regalos que pueden hacerlo (y lo hacen) sobresalir del resto, sólo valen la pena cuando se comparten con total generosidad y naturalidad extrema. En Diego L. Otero sus dotes como médico viajan en las alas de su dulce inteligencia, que irradia luz sin generar sombras, y que calienta al abrigo de su cercanía sin parecer incómoda o impostada.

Diego L. Otero y yo somos amigos. Y mi admiración por él, y mi cariño, trascienden todas las fronteras físicas e intelectuales, partiendo y llegando al corazón, terreno en el que él es ya casi un experto. Y en estos días ha estado de cumpleaños. Es un hombre afortunado, y lo sabe; y lo es, porque se lo merece. Pronto recibirá el mayor regalo que pudiera haber tenido nunca, algo por lo que ha suspirado durante mucho tiempo. Y eso me llena de gran alegría. Casi tanto como contarle, y saberle, parte de mis amigos; algo de lo que siempre le estaré agradecido.

Feliz Cumpleaños, Diego.