En estos días he tenido el humor nublado. He andado demasiado tiempo muy callado. He caminado sin rumbo, como un papel arrastrado por el viento, sorteando enfrentamientos con mi yo más íntimo y a veces con el de los demás.
He recorrido tantos caminos en estos días, veredas que había olvidado incluso que existían. Me entregué demasiado al Arte y lo perdí de vista. Me uní demasiado a ti y me perdí.
He aprovechado, en estos días que hizo sol y ese calor suave de comienzo de primavera, para refrescar la cabeza, que no paraba de dar vueltas, sintiendo el fin del mundo a pesar de que nacía a mis pies. He necesitado de esas horas de soledad y silencio para no ahogarme en mis propios gritos. Por ti.
En estos días, he pensado mucho en mí. Me he visto cometer tantos errores inocentes, tantas sumas que se adicionan en el resultado de nuestro final, que no logro reconocerme. En algún punto de nuestra vida en común, me desvié de mi camino; empleé muchas excusas, todas ellas por ti y mi carrera, que desenfoqué de la distancia mi propia vida, borrando a sí mismo las barreas que nos separaban, los límites que nos diferenciaban. Me llené de tanta luz que olvidé el significado de la soledad.
Qué tontería. He estado estos días desgranando el tiempo que ya nunca será y aquel que fue y no volverá. He estado remendando el rosario de palabras dichas, con una o mil intenciones (que ya no importan); he intentado pescar aquellas que me hubiera gustado decirte y en qué momentos; he ido recapitulando mi vida a medida que sacrificaba la nuestra, y he soñado con un porvenir que ya no es posible y con un pasado que no volverá.
En fin, en estos días he estado vagando en las sombras que arroja mi vida intentando hallar de nuevo aquellos motivos que me impulsaban a reír, a ser lo que era, a buscar lo que una vez anhelé.
Se confunden aquellos que piensan que la soledad es callada. Todo lo contrario: es demasiado ruidosa, llena de sonidos huecos que rebotan una y otra vez en nuestros anhelos e impulsa a la mente a dejarse llevar por la melancolía a veces, y a veces también por el deseo.
Pasé todos los estados del dolor sin dejar ninguno pendiente. Perdí el sentido de la orientación y los suspiros; me ahogué en lágrimas cansadas de ser derramadas y me cegué en medio de días iguales que parecían no tener fin. He gritado tu nombre y también lo he susurrado; he dicho que te odiaba y también que te adoraba; he atravesado los pasillos oscuros de la culpa y aquellos otros, menos claros aún, de la duda y del olvido. He bailado contigo todas aquellas canciones que no escogimos, y te he acariciado todas las veces que no quisiste ya más mi amor.
No te culpo: tú y mi Arte lo erais todo. Y yo no tenía peso: ni encima de ti, ni debajo de ti, ni sobre mí o a través de mí. Y eso te cansó y me cansó: a nadie le gusta despertarse todos los días con un ser sin rumbo cuyo único tributo ha sido el de amarte y cuyo único camino ha sido el de seguir tus huellas.
Pero he tenido que detenerme para poder avanzar. En estos días de soledad sonora me he dado cuenta de ello. Al tropezar con cada uno de los rincones que llenamos una y otra vez, esa sensación de vacío y consciente plenitud me llenaba y parecía darme alas. Aunque continúe amándote (sí, lo confieso: yo sí te amo) mi amor aquilatado pesa poco en el mundo porque perdí mi amor propio y mis intereses en la vana falacia de una hoguera común: nadie es capaz de querer a alguien que parece no amarse, o que ha amado a otro demasiado. Si eso fuera posible.
Ya no importa. Ni tu despedida, ni el vacío que has dejado en mi vida, ni mi desesperación, ni mi cobardía.
No hace falta que me recuerdes mis fracasos: esa larga lista la llevo entre pecho y espalda atada al corazón. Incluso sigo carretando este amor como un fardo pesado. Todos han sido un error y lo acepto. Como acepto también el camino que has abierto para mí con tu abandono, puente que se extiende delante de mí sin que yo lo hubiese deseado.
Y ahora debo continuar mi marcha hacia adelante. Sólo caminando seré capaz de despejar la niebla que ciega mis ojos y el vaho frío que aún reviste mi corazón. Y no hablo aquí de olvido, ni de jamás dejar de quererte. En estos días de silencio y soledad, a través de los parques de mi memoria perdida y recobrada, he sido capaz de reconstruir mis pies y mis ansias y, quién sabe, quizá hasta un poco de orgullo, como tú lo llamas, o de sentido común, como lo llamo yo.
Recorriendo caminos reencontrados, en estos días pienso mucho en mi pérdida, en la nuestra, y en el riesgo de un corazón roto y en el amor deshojado y abandonado. Aún me molesta; todavía escuece. Pero sé que pronto pasará. Mi Arte vive a través de mí y no de ti, como llegué a pensar, y mi vida única también.
Así que camino hacia delante pensando en mejorar: mi vida, mi mundo resquebrajado y un corazón que late, late mucho todavía en estos días, por ti.
A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.
Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.
Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…
En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.
Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.
Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.
Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.
Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.
Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.
Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.
Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…
Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.
A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.
Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.
Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.
Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.
En casa siempre se ha vivido el Día de Reyes, y toda la Navidad en realidad, con dos vertientes conocidas por todos: por un lado cierta melancolía cuando no verdadera tristeza y por otro de ilusión y alegría. Lo que resulta curioso de esto es que mi padre, el epítome del buen humor y el adalid del optimismo (a pesar de todo lo que le ha tocado vivir) es el que más tristemente vive estas fechas y mi madre, que tiende a ver las cosas por el lado más negativo (¿así se polarizan después de 45 años de matrimonio?), vive las Navidades con una alegría contagiosa aunque tiende a apagarse con el paso de los años.
Sus narraciones sobre cómo se vivían las Navidades es muy similar. Hace sesenta años la situación en España era muy distinta (crisis incluida). Un país de posguerra, una economía destrozada, en la que se luchaba por vivir el día a día, y una región olvidada como ha sido Galicia por centurias, convirtiéndose en máquina de emigración. En Navidades siempre había en casa de mis padres, en mayor o menor medida, dos pastillas de turrón (uno blando y otro duro) para Nochebuena y Navidad y otras dos para Fin de Año. Y a veces había bacalao con coliflor, claro; y caldo gallego y patatas.
Pero donde el cuento variaba mucho era en el día de Reyes. Mientras que mi padre era el menor de diez hermanos, con trece personas viviendo en su casa, mi madre era la mayor de tres y en su casa sólo eran siete. Las esperanzas, las añoranzas, el deseo de la noche de Reyes impregnaba a ambos niños, pero a diferencia de mi madre, mi padre nunca recibió un regalo de Reyes excepto un año, una sola vez, un balón de fútbol de trapo, que se perdió ese mismo día mientras jugaba con sus amigos…Mi padre, un aficionado entregado del fútbol, que hubiese sido un gran entrenador (su clarividencia aún me asombra en cada partido que ve), disfrutó ese día tanto con el regalo que su decepción fue demasiado grande cuando perdió un balón que a día de hoy ha sido incapaz de encontrar. En cambio mi madre, que dejaba en la ventana el vaso de leche y el plato de galletas, recibía siempre un detallito, un regalito que hacía de esos días un período de maravillas: un costurerito, una cocinilla, un paraguas, unos calcetines, unos guantes…
¡Qué diferencia con mis Navidades! A pesar de que yo no escribía cartas al Niño Jesús o a los Reyes, siempre tuve regalos, muchos sin ser demasiados (gracias a Dios) y como nunca he sido de pedir, pues me sorprendían año tras año. No recuerdo haber descubierto que mis padres y tíos eran el Niño Jesús o los Reyes, busco en mi memoria y no hallo ningún momento de decepción ni de asombro. Para mí ver esos regalos debajo del árbol era una alegría desbordante y con eso, aún hoy, cuarenta años después, me llega: nada más bonito que apilar debajo del árbol de Navidad regalos envueltos en papeles de colores.
Sin embargo mis padres no recibieron ese trato ni tuvieron esa oportunidad… Por eso los atiborro con cosas bonitas, por eso quiero que para ellos sea día de Reyes todos los días de sus vidas. Mi padre quería tener un balón de fútbol de cuero, unas botas para poder jugar, un futbolín y mucha, mucha comida…Ha trabajado tanto, ha estado tan enfermo y ha mantenido el humor a pesar de tantas decepciones… Mi madre, siempre suspiró por una muñeca y una casa de muñecas, en cambio recibía mariquitas que recortaba con delicadeza y que guardaba, con su guardarropa, en los libros del colegio…Las cambiaba según la estación, si iban a esquiar, si era invierno o verano…Su amor por la moda viene de esa época, y su buen gusto natural, se crió en esos juegos… Mi madre veía en las jugueterías a Mariquita Pérez con esos trajes encantadores, y los cochecitos y los abrigos a juegos y suspiraba por una muñeca… Mi padre, a los dos años de casados, le regaló una Nancy, y fue quizá el mejor regalo de su vida, y una vaca mecánica a pilas que mugía y movía la cola y la cabeza (¡aún hoy recuerda emocionada esas dos pequeñeces mecánicas!)…
¿Cómo no hacer que esas dos personas, que han navegado en las aguas turbulentas de la vida, y que han llegado juntos hasta aquí, tengan lo mejor el día de Reyes? Las discusiones, los malentendidos, los problemas, las decepciones, los baches de la Enfermedad, todo eso se deshace en pequeños regalos que van cayendo a lo largo del año, para que no olviden nunca, nunca, que para ellos el día de Reyes es todos los días, y que merecen todo lo que reciben.
Me hubiera gustado darle a aquel niño ese balón de fútbol y a aquella niña esa maravillosa casa de muñecas… Quizá algún día pueda hacerlo, y quizá ése sea el día más feliz de mi vida.
Para todos aquellos que tengan un regalito que abrir, para todos aquellos cuyo regalo es la Salud, para aquellos que no tienen nada y que lo merecen todo: Feliz Día de Reyes, de corazón.
Hace un par de meses publiqué una entrada en este blog titulada: Graciasen la que una persona, con mucha delicadeza, me hacía partícipe de una situación que ambos habíamos vivido y del que ella guardaba un secreto muy suyo. Su historia (parte de la mía) me la ha regalado hoy, el día de Navidad.
Es cierto: es muy difícil dar las gracias ante homenajes que creemos inmerecidos. Pero es necesario aprender a aceptarlos cuando estos provienen directamente del corazón. En el fondo, somos ignorantes del efecto que producimos en los demás, de aquello que podemos generar de bueno o malo; afortunadamente esa ignorancia nos permite mantener cierta distancia y cierta entereza en nuestros actos. Sin embargo allí están, y de vez en cuando bueno es que nos lo recuerden, para que podamos sopesar la eterna responsabilidad y el constante intercambio que tenemos entre los seres humanos.
Agosto del 2.005 fue uno de los peores meses de mi vida. Enfermedad, soledad y trabajo. El 1 de Agosto comenzó un calvario personal que me hizo enfrentarme a uno de los grandes miedos de mi vida, la posibilidad de perder a quien yo más a amo y a mí misma :¿Qué haría si eso pudiera suceder o sucediera?. Y supe la contestación, una contestación que no me ha gustado y nunca me he perdonado.
En aquel Agosto yo estaba trabajando, era un trabajo que no te dejaba extenuada a nivel mental, pero sí físico. Muy duro y encima de noche. Así que, teniendo a mi ser querido en el hospital, muy bien cuidado por el personal y mi padre y hermano, elegí. Y elegí estar a ratos con ella, porque no quería perder mi trabajo. ¿Mi trabajo? Un trabajo que no me gustaba, que acabe dejando años después por cuestiones de salud y que no dejé de aquella por amor de hija.
Pero también me aterraba pensar en la posibilidad de dejar mi pareja, de que la enfermedad de mi madre dañase, de alguna manera, mi relación sentimental. Y quería, quiero tanto a A., que no me imagino mi vida sin ella.
Así que tomé una decisión, decisión que me costó muchísimas lágrimas, pero también incomprensión por parte de alguna gente (no de mi familia directa que jamás me juzgó, ni siquiera mi madre lo hizo, ni lo hace). Y me sentí sola, muy sola, no porque mi madre pudiera morirse, sino porque nadie lo comprendió. Fui tachada de mala hija. Y la verdad, no sé si lo soy o no, pero me dolió que identificaran mi ausencia con falta de amor, porque yo a mi madre la adoro. Y sé que ella me quiere muchísimo.
Pero entre este tiempo de soledad, de sufrimiento, de mala conciencia y remordimiento hubo un suspiro de paz. El que te conté. Nuestra conversación en la UCI, no solo fuíste un bálsamo para mi dolor por la enfermedad de mi madre, sino también para mi propio dolor.
Aun recuerdo mis palabras y las tuyas como si fueran ayer. Están grabadas a fuego en mi alma.
Me informaste sobre el estado de mi madre, de manera pausada, dulce y tranquila. Me alertaste de la posibilidad de que fuera a pasar un tiempo en la UCI; un tiempo largo si mejoraba y no empeoraba, posiblidad que podía darse. Y yo te contesté que sí, que lo entendía, que se la veía «asténica»… Tú sonreíste ante ese vocablo y me preguntaste si trabajaba en Sanidad. Te respondí, que no, que la medicina me encanta pero no el ejercicio de la misma. Pero que estaba al tanto de x cosas por la enfermedad de parientes. Ahí me ofreciste la posibilidad de habilitar un pequeño espacio para mi madre, para poder verla más a gusto y en mejores condiciones. La empatía, tu cualidad natural. «¿Habilitar un espacio? Idea genial si yo pudiera verla más tiempo que el fin de semana. Trabajo fuera», musité, culpable, y bajando la cabeza. Pero, la subí y te miré. Y ví comprensión, comprensión, Juan. Me dijiste: «No te preocupes. Ven cuando puedas, tu madre está bien cuidada». La frase que necesitaba oír para aligerar un poco el calvario la pronunciaste tú. No un familiar, ni un amigo, sino un desconocido. Y, entonces, tuve una sensación extraña. Supe que no se iba a morir, no sé por qué, pero lo supe, y allí (a veces me pasa con la gente, que no necesito tratarla para intuirla) percibí que estaba ante alguien distinto, singular, y pensé que como amigo no tendrías precio, porque en aquellos minutos fuíste más amigo que muchos.
Nunca me he perdonado no haber abandonado mi trabajo por mi madre, nunca, pero sé que lo que hice era lo que había que hacer para romper mi cordón umbilical perpetuo con ella. Lo sé, porque tengo el don de saber qué lección oculta una experiencia, pero he pagado un precio muy alto: mi conciencia. No estar jamás en paz conmigo porque siento que la abandoné, que le fallé; pero, por lo menos, tú me proporcionaste esa paz durante unos minutos. Y eso nunca, nunca lo olvidaré.
Esta historia, la mía, te la pongo en privado, pero si tú crees que puede servir a otros, te doy permiso para publicarla porque no quiero que ningún acompañante se sienta juzgado por otros, porque NADIE, NADIE, sabe la verdad de nuestra alma. Solo Dios.
Gracias, Juan. AMIGO.
De nuevo mis más denodadas y silenciosas gracias a Cris Pulina (antes Cris Sin Más) por este maravilloso regalo de Navidad, y decirle que nada más estable que nuestro corazón y nada más sabio que los hechos pasados para demostrarnos que todo tiene su lugar bajo el sol, y que está bien que así sea.
La Navidad, cuando era pequeño, era de color plata. Porque nuestro árbol fue, durante mucho tiempo, de fibra de aluminio, y brillaba plateado entre las luces titilantes de colores y las bambalinas, que eran de hilo y bordadas, y algunas de cristal soplado.
Recuerdo que me gustaba aquel árbol tan extraño, y aunque añoraba una maravillosa conífera verde, con su olor simpático y algo acre en la nariz, aquel símbolo de Navidad nos hacía únicos (ahora he vuelto a verlos en las tiendas de decoración, vendiendo la idea de algo rompedor y moderno…) y me entra una extraña nostalgia de aquellos tiempos que no fueron del todo felices, pero que fueron míos, nuestros, una vez. Recuerdo que nos hacían dormir la siesta para prepararnos para la cena de Nochebuena, que allá en el país donde Los Andes terminan simplemente se llama el 24, y para la llegada del Niño Jesús (no, Virginia, no existía Santa Claus de aquella). Yo no dormía. No he dormido nunca. Y mira que ahora lo echo de menos. Pero yo no dormía. me dedicaba a leer, y cuando me aburría o no entendía aquellos anaqueles de libros de nuestra biblioteca, hojeaba las imágenes, las ilustraciones, llenas de paisajes famosos, cuadros de renombre y personajes de calado en la historia humana. Por lo que aquella hora y media se me pasaba más rápido de lo que nunca ha vuelto a hacerlo.
Mientras los mayores preparaban las cena, en casa había mucha expectación, risas y música. Recuerdo una Navidad en la que mis abuelos vinieron a visitarnos desde España y aquella fiesta fue increíble, un gentío reunido para celebrar la novedad de estar todos juntos al menos durante esos días. Pues eso, había mucho ir y venir, colocando la mesa, preparando recetas, refrescando las bebidas y mucha charla y conversación, de la que los niños estábamos excluidos. Nosotros no hacíamos ruido, no nos entrometíamos y sólo esperábamos ansiosos la hora de la cena y abrir los regalos (casi ni cenábamos con la expectación.) Nosotros teníamos nuestro mundo particular, que aquella tarde de Nochebuena incluía casi totalmente la televisión. Era una tarde dedicada a nosotros. En aquellas Navidades de plata, entre el ir y venir de alimentos, colores y olores, lo mejor de la imaginación del hombre pasaba por la televisión y nos encandilaba como no he vuelto a ver nunca más.
Veíamos todas las leyendas sobre la Navidad que han cundido en casi todos los países cristianos y no cristianos, católicos o no. En nuestra televisión entraba todo, y en nuestra cultura, gracias a eso, también. El Tamborilero con aquellos muñecos de fieltro, cantando la historia de aquel pobre niño cuya ilusión era tocar el tambor (único recuerdo de sus padres muertos) y que encontró la mejor oportunidad a los pies del Portal de Belén. O aquella historia de Rodolfo, el reno de la nariz roja, con aquella naricilla de bombillo rojo, que se encendía y hacía el mismo ruidillo que las lámparas al encenderse… Pobre Rodolfo, malquerido por sus iguales porque no era igual, y finalmente elegido por San Nicolás (Santa Claus o Papá Noël…¡hay tanto donde escoger!) para liderar su viaje desde el Polo Norte a través de la nieve, iluminando de rojo el cielo azul oscuro de la noche de Navidad… O Charlie Brown, que buscaba el símbolo de la Navidad, encontrándolo en un flacucho pero aún hermoso arbolillo delgadito…O Virginia, que buscaba y buscaba, preguntando al mundo de los mayores si de verdad existía Santa Claus… O Mr. Magoo, con su ceguera miope entremetiéndose en extraños enredos. O Los Picapiedra, o La Pantera Rosa, o…
¡Qué maravilla! ¡Qué mundo de pura fantasía! Las Navidades tienen para mí ese aroma añejo, ese sabor de recuerdo y ese color plateado, plateado del árbol, y de la pantalla de la tele en blanco y negro… Y de la felicidad. No éramos ricos, no éramos pobres, no éramos felices y había poca Salud, pero había comida abundante, vinos de calidad, música, baile, risas y regalos, no los más deseados, no los más caros, pero siempre bienvenidos (aquel tren eléctrico, aquella calculadora que hacía ruidos…¡el juego de química!, el balón, el coche de bomberos, el cajón de juegos de mesa con sus palitos chinos…) y la ilusión, el tacto de un tiempo en el que todo se hace más fácil y risueño y donde todo puede llegar a ser.
Ahora, muchos años después, nada ha empañado el color de esos recuerdos, que siguen brillando plateados en mi memoria, pero la vida ha cambiado. Ni para bien ni para mal. Es distinto. Me gustaría que los niños de hoy tuviesen ese ambiente navideño que yo tuve, que gozaran de sus juguetes con la misma ilusión que yo tuve, y que vivieran la Navidad televisiva que yo vivía cada año, cuando encendíamos la tarde de Nochebuena aquella pantalla plateada y el milagro de la ficción, de los buenos deseos y de la alegría nos invadía como en un sueño.