Para Moncho, un venezolano maravilloso que aún llora cada vez que ve llover en su nueva tierra.
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La noche del 24 de julio, víspera del día de Santiago, la noche de Compostela se llena de luz, música y magia para dar la bienvenida al día más importante del año. Y pasado mañana, por última vez en veinte años, será en Año Jubilar. No importa qué raza, género, fe o razón se siga, los Fuegos de Artificio, los Fuegos del Apóstol, celebran la belleza, la unión, el espíritu, el arte y la paz de todos los seres humanos.
24th July night is the fiesta of light, music and wonder, the night of Saint James’ Day. Here, in this little town in the middle of nowhere in Spain, night welcome morning with this baptism of amazed faces and holy sprits. This year, the last Holy Year in 20 years to come, even more so. No matter gender, race, religion or mentality, this night, the Fireworks, the Apostle’s Fireworks, celebrates beauty, peace and freedom from Santiago de Compostela to the world. So welcome and enjoy!
Prelude C Minor, Johann Sebastian Bach.
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Hay artistas que marcan una época. Por su brillo, su distancia, su brevedad o su longevidad. Hay artistas que sentimos lejanos, y por lo tanto, llegan a admirarse en la distancia. Otros, son tan familiares, que no nos asombraría tenerlos en el salón de nuestra casa disfrutando de su arte como de su vida. Celia Cruz es todo esto y más, pues su larga y exitosa carrera, su inmenso talento, su voz de siglo y medio, su sonrisa y su brillo, la hacen única en casi todo.
Esta cubana eterna, que cantó hasta su muerte, era pura energía. Nadie se resistía a su ritmo imparable, a su grito de ánimo, dulce como la caña, tostado como el ron, fuerte y embriagador: ¡Azúcar! Nadie que yo conozca, ha sido capaz de resistir su son, su ánimo imbatible y ese deseo irrefrenable de disfrutar de su voz y de su música bailando sin parar, porque ella era puro movimiento tropical, salsa, son, rumba, cumbia, bolero o guaguancó.
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América es pródiga en riquezas de todo tipo. El Caribe, flor de belleza, es un paraíso de ritmos. La mezcla de culturas, de razas, de pasiones y sentimientos, ha dado para mucho, bueno y malo, pero para la Música ha sido una explosión de maravillas, dando a luz ritmos únicos, pegadizos, agridulces y energéticos, por siempre bailables e incansables. Celia Cruz los cantó todos, los aupó a todos y los hizo suyos. Y nos lo regaló a todos, y todos aprendimos a disfrutarlos y bailarlos y quererlos a través de su voz y de los maravillosos artistas que la acompañaron alguna vez.
Celia Cruz supo navegar con el paso de los años siendo cada vez más ella misma. Eso es mérito puro. Su voz, talento prodigioso, se amoldaba al inmenso abanico musical que se le ofrecía, y era tan generosa al respecto, que nunca se negó a ninguna propuesta. Era única porque era una estrella y era una estrella porque era generosa, amigable, cercana y…, única.
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La Sonora Matancera, Tito Puente, Daniel Santos, Bobby Capó, Willie Colón, Oscar D’León… Tantos nombres que se me escapan y que forman parte de un mundo que ya no es el mío (que nunca lo fue por completo) han formado parte del universo de Celia Cruz. A través de su voz aprendí a admirar el trabajo de los demás y a apreciar ese ritmo oscuro, picante, arrebatador y único que se llamó Salsa; ritmo, y no fue el único, de la que fue indiscutible Reina.
Celia Cruz, con su sonrisa fulgurante en ese rostro maravilloso, con sus formas abundantes de estupenda negra cubana, sus zapatos imposibles (y que ahora están tan de moda), sus atavíos de colores brillantes, sus pelucas, ese son que salió de Cuba para nunca más volver, ese ritmo endiablado y tan dulce, esa energía desbordante… Bemba Colorá, Yerberito, La Candela, Guantanamera… Cierro los ojos y la veo disfrutar, bailando y cantando, en la Plaza del Obradorio (la plaza más bella en la que había actuado, llegó a decir) acompañada de Tito Puente y, por supuesto, de su inseparable marido, Pedro Knight o «Cabecita de Algodón» como lo llamaba tiernamente; alterando las letras de las canciones, improvisando con ese estilo único que tenía, y la energía desbordada de una estrella apoyada en el infinito…
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Pocas veces estamos ante la presencia de la vida en plena ebullición y pocas veces la muerte no hace más que añadir inmensidad a una vida única, regalada y bendecida por un don maravilloso que nunca dudó en compartir con el mundo que quiso oírla, bailarla y admirarla. Celia Cruz es la vida de fuego, ánimo y alegría y, por supuesto, de «¡Azúcar!»
Hace muchos años, una vez, en un sueño, con cinco años fui llevado a ver mi primera película al cine. El cine se llamaba Radio City y el título de la película era La Bella Durmiente. Su estilo vertical, alcanzando al cielo y sus colores, tan parecidos a lo que mucho después descubriría en los cuadros de El Greco; su banda sonora, basada en la música para ballet de Tchaikosky; su sereno deambular entre lo fantástico y lo cotidiano, y esa bruja ejemplar, transformada en un inmenso dragón oscuro que escupía fuego verde, y que, posteriormente, la propia factoría Disney homenajearía en otro de sus grandes éxitos (La Sirenita):
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Todo era fantástico. Tanto, tanto, que aún la vi hace poco tiempo y sigue generando en mí esa maravilla, esa admiración y ese asombro. Porque es una película llena de Arte y no sólo de técnica; porque la maravilla creada en la década de 1950 sigue vigente en el siglo XXI; porque la visión de aquellos artistas y el tesón creador sigue manifestándose en cada minuto de metraje de esta película.
Sigue siendo un sueño, un sueño vivido una vez que se mantiene intacto, tanto en mi mente como en mi corazón, desde los cinco años.
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