Navidades de plata/ Silver Christmas.

Los días idos/ The days gone

Silver Bells. Clay Aiken & Kimberly Locke.

La Navidad, cuando era pequeño, era de color plata. Porque nuestro árbol fue, durante mucho tiempo, de fibra de aluminio, y brillaba plateado entre las luces titilantes de colores y las bambalinas, que eran de hilo y bordadas, y algunas de cristal soplado.

Recuerdo que me gustaba aquel árbol tan extraño, y aunque añoraba una maravillosa conífera verde, con su olor simpático y algo acre en la nariz, aquel símbolo de Navidad nos hacía únicos (ahora he vuelto a verlos en las tiendas de decoración, vendiendo la idea de algo rompedor y moderno…) y me entra una extraña nostalgia de aquellos tiempos que no fueron del todo felices, pero que fueron míos, nuestros, una vez. Recuerdo que nos hacían dormir la siesta para prepararnos para la cena de Nochebuena, que allá en el país donde Los Andes terminan simplemente se llama el 24, y para la llegada del Niño Jesús (no, Virginia, no existía Santa Claus de aquella). Yo no dormía. No he dormido nunca. Y mira que ahora lo echo de menos. Pero yo no dormía. me dedicaba a leer, y cuando me aburría o no entendía aquellos anaqueles de libros de nuestra biblioteca, hojeaba las imágenes, las ilustraciones, llenas de paisajes famosos, cuadros de renombre y personajes de calado en la historia humana. Por lo que aquella hora y media se me pasaba más rápido de lo que nunca ha vuelto a hacerlo.

Mientras los mayores preparaban las cena, en casa había mucha expectación, risas y música. Recuerdo una Navidad en la que mis abuelos vinieron a visitarnos desde España y aquella fiesta fue increíble, un gentío reunido para celebrar la novedad de estar todos juntos al menos durante esos días. Pues eso, había mucho ir y venir, colocando la mesa, preparando recetas, refrescando las bebidas y mucha charla y conversación, de la que los niños estábamos excluidos. Nosotros no hacíamos ruido, no nos entrometíamos y sólo esperábamos ansiosos la hora de la cena y abrir los regalos (casi ni cenábamos con la expectación.) Nosotros teníamos nuestro mundo particular, que aquella tarde de Nochebuena incluía casi totalmente la televisión. Era una tarde dedicada a nosotros. En aquellas Navidades de plata, entre el ir y venir de alimentos, colores y olores, lo mejor de la imaginación del hombre pasaba por la televisión y nos encandilaba como no he vuelto a ver nunca más.

Veíamos todas las leyendas sobre la Navidad que han cundido en casi todos los países cristianos y no cristianos, católicos o no. En nuestra televisión entraba todo, y en nuestra cultura, gracias a eso, también. El Tamborilero con aquellos muñecos de fieltro, cantando la historia de aquel pobre niño cuya ilusión era tocar el tambor (único recuerdo de sus padres muertos) y que encontró la mejor oportunidad a los pies del Portal de Belén. O aquella historia de Rodolfo, el reno de la nariz roja, con aquella naricilla de bombillo rojo, que se encendía y hacía el mismo ruidillo que las lámparas al encenderse… Pobre Rodolfo, malquerido por sus iguales porque no era igual, y finalmente elegido por San Nicolás (Santa Claus o Papá Noël…¡hay tanto donde escoger!) para liderar su viaje desde el Polo Norte a través de la nieve, iluminando de rojo el cielo azul oscuro de la noche de Navidad… O Charlie Brown, que buscaba el símbolo de la Navidad, encontrándolo en un flacucho pero aún hermoso arbolillo delgadito…O Virginia, que buscaba y buscaba, preguntando al mundo de los mayores si de verdad existía Santa Claus… O Mr. Magoo, con su ceguera miope entremetiéndose en extraños enredos. O Los Picapiedra, o La Pantera Rosa, o…

¡Qué maravilla! ¡Qué mundo de pura fantasía! Las Navidades tienen para mí ese aroma añejo, ese sabor de recuerdo y ese color plateado, plateado del árbol, y de la pantalla de la tele en blanco y negro… Y de la felicidad. No éramos ricos, no éramos pobres, no éramos felices y había poca Salud, pero había comida abundante, vinos de calidad, música, baile, risas y regalos, no los más deseados, no los más caros, pero siempre bienvenidos (aquel tren eléctrico, aquella calculadora que hacía ruidos…¡el juego de química!, el balón, el coche de bomberos, el cajón de juegos de mesa con sus palitos chinos…) y la ilusión, el tacto de un tiempo en el que todo se hace más fácil y risueño y donde todo puede llegar a ser.

Ahora, muchos años después, nada ha empañado el color de esos recuerdos, que siguen brillando plateados en mi memoria, pero la vida ha cambiado. Ni para bien ni para mal. Es distinto. Me gustaría que los niños de hoy tuviesen ese ambiente navideño que yo tuve, que gozaran de sus juguetes con la misma ilusión que yo tuve, y que vivieran la Navidad televisiva que yo vivía cada año, cuando encendíamos la tarde de Nochebuena aquella pantalla plateada y el milagro de la ficción, de los buenos deseos y de la alegría nos invadía como en un sueño.

Mirando atrás/ Looking back.

Los días idos/ The days gone

Para Moncho, un venezolano maravilloso que aún llora cada vez que ve llover en su nueva tierra.


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Añoranzas, posted with vodpod

Fuegos de Artificio/ Fireworks.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

La noche del 24 de julio, víspera del día de Santiago, la noche de Compostela se llena de luz, música y magia para dar la bienvenida al día más importante del año. Y pasado mañana, por última vez en veinte años, será en Año Jubilar. No importa qué raza, género, fe o razón se siga, los Fuegos de Artificio, los Fuegos del Apóstol, celebran la belleza, la unión, el espíritu, el arte y la paz de todos los seres humanos.

24th July night is the fiesta of light, music and wonder, the night of Saint James’ Day. Here, in this little town in the middle of nowhere in Spain, night welcome morning with this baptism of amazed faces and holy sprits. This year, the last Holy Year in 20 years to come, even more so. No matter gender, race, religion or mentality, this night, the Fireworks, the Apostle’s Fireworks, celebrates beauty, peace and freedom from Santiago de Compostela to the world. So welcome and enjoy!

Prelude C Minor, Johann Sebastian Bach.

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Celia Cruz o la Vida/ Celia Cruz or Life.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Hay artistas que marcan una época. Por su brillo, su distancia, su brevedad o su longevidad. Hay artistas que sentimos lejanos, y por lo tanto, llegan a admirarse en la distancia. Otros, son tan familiares, que no nos asombraría tenerlos en el salón de nuestra casa disfrutando de su arte como de su vida. Celia Cruz es todo esto y más, pues su larga y exitosa carrera, su inmenso talento, su voz de siglo y medio, su sonrisa y su brillo, la hacen única en casi todo.

Esta cubana eterna, que cantó hasta su muerte, era pura energía. Nadie se resistía a su ritmo imparable, a su grito de ánimo, dulce como la caña, tostado como el ron, fuerte y embriagador: ¡Azúcar! Nadie que yo conozca, ha sido capaz de resistir su son, su ánimo imbatible y ese deseo irrefrenable de disfrutar de su voz y de su música bailando sin parar, porque ella era puro movimiento tropical, salsa, son, rumba, cumbia, bolero o guaguancó.

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América es pródiga en riquezas de todo tipo. El Caribe, flor de belleza, es un paraíso de ritmos. La mezcla de culturas, de razas, de pasiones y sentimientos, ha dado para mucho, bueno y malo, pero para la Música ha sido una explosión de maravillas, dando a luz ritmos únicos, pegadizos, agridulces y energéticos, por siempre bailables e incansables. Celia Cruz los cantó todos, los aupó a todos y los hizo suyos. Y nos lo regaló a todos, y todos aprendimos a disfrutarlos y bailarlos y quererlos a través de su voz y de los maravillosos artistas que la acompañaron alguna vez.

Celia Cruz supo navegar con el paso de los años siendo cada vez más ella misma. Eso es mérito puro. Su voz, talento prodigioso, se amoldaba al inmenso abanico musical que se le ofrecía, y era tan generosa al respecto, que nunca se negó a ninguna propuesta. Era única porque era una estrella y era una estrella porque era generosa, amigable, cercana y…, única.

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La Sonora Matancera, Tito Puente, Daniel Santos, Bobby Capó, Willie Colón, Oscar D’León… Tantos nombres que se me escapan y que forman parte de un mundo que ya no es el mío (que nunca lo fue por completo) han formado parte del universo de Celia Cruz. A través de su voz aprendí a admirar el trabajo de los demás y a apreciar ese ritmo oscuro, picante, arrebatador y único que se llamó Salsa; ritmo, y no fue el único, de la que fue indiscutible Reina.

Celia Cruz, con su sonrisa fulgurante en ese rostro maravilloso, con sus formas abundantes de estupenda negra cubana, sus zapatos imposibles (y que ahora están tan de moda), sus atavíos de colores brillantes, sus pelucas, ese son que salió de Cuba para nunca más volver, ese ritmo endiablado y tan dulce, esa energía desbordante… Bemba Colorá, Yerberito, La Candela, Guantanamera… Cierro los ojos y la veo disfrutar, bailando y cantando, en la Plaza del Obradorio (la plaza más bella en la que había actuado, llegó a decir) acompañada de Tito Puente y, por supuesto, de su inseparable marido, Pedro Knight o «Cabecita de Algodón» como lo llamaba tiernamente; alterando las letras de las canciones, improvisando con ese estilo único que tenía, y la energía desbordada de una estrella apoyada en el infinito…

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Pocas veces estamos ante la presencia de la vida en plena ebullición y pocas veces la muerte no hace más que añadir inmensidad a una vida única, regalada y bendecida por un don maravilloso que nunca dudó en compartir con el mundo que quiso oírla, bailarla y admirarla. Celia Cruz es la vida de fuego, ánimo y alegría y, por supuesto, de «¡Azúcar!»

Una vez, en un sueño/ Once Upon a Dream.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Hace muchos años, una vez, en un sueño, con cinco años fui llevado a ver mi primera película al cine. El cine se llamaba Radio City y el título de la película era La Bella Durmiente. Su estilo vertical, alcanzando al cielo y sus colores, tan parecidos a lo que mucho después descubriría en los cuadros de El Greco; su banda sonora, basada en la música para ballet de Tchaikosky; su sereno deambular entre lo fantástico y lo cotidiano, y esa bruja ejemplar, transformada en un inmenso dragón oscuro que escupía fuego verde, y que, posteriormente, la propia factoría Disney homenajearía en otro de sus grandes éxitos (La Sirenita):

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Todo era fantástico. Tanto, tanto, que aún la vi hace poco tiempo y sigue generando en mí esa maravilla, esa admiración y ese asombro. Porque es una película llena de Arte y no sólo de técnica; porque la maravilla creada en la década de 1950 sigue vigente en el siglo XXI; porque la visión de aquellos artistas y el tesón creador sigue manifestándose en cada minuto de metraje de esta película.

Sigue siendo un sueño, un sueño vivido una vez que se mantiene intacto, tanto en mi mente como en mi corazón, desde los cinco años.

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Madrid en verde/ Madrid in Green.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

Jim Bailey: él mismo y otras estrellas/ Jim Bailey: he as Himself and Other Stars.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone