No me dejes (Ne me quitte pas).

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OriginalPhoto-467051585.823095No me dejes es la quinta novela de Màxim Huerta. Su quinto regalo, una quinta sorpresa bellamente editada. Y cuentan que no hay quinto malo. Pues hay quinto un tanto distinto. Es Màxim Huerta en esplendor, París retratada con un amor pocas veces destilado en una novela, y esa búsqueda de la felicidad entre lágrimas del que es casi un maestro. Pero es más. Es una novela de evolución, de riesgos, donde abandona la comodidad del escritor narrativo para jugar con el lector, para hacerle partícipe de la historia, para que sufra y se emocione y se enternezca y juegue el mismo juego que la vida de sus personajes, regalando además pinceladas de homenaje a una de sus mentoras, introduciendo un personaje élfico, lírico, travieso, que se adivina ya en la dedicatoria y en las frases con las que se inicia el relato, especie de hada madrina o de Mary Poppins, pillastra y encantadora.

No me dejes es una historia de infelicidad brillante, o de felicidad oscura, como más nos guste. Porque la vida no es nunca en blanco y negro. Es amarga y dulce, adolorida y significante, trivial y llena de coincidencias. Es la historia de Violeta más que de Paulina; es la historia de Éttiene más que de Dominque, de Tilde más que de Mercedes, y sin embargo todos tienen un peso específico y un motivo y sirven de puentes de unión y de separación, de acogida y de despedida a los que nos tiene tan acostumbrados el autor, pero llevado aquí con una maestría de una pluma que fluye suave, directa, casi sin tropiezos.

Es una novela trampa, porque nos da mucho sin regalarnos nada. Hay múltiples referencias culturales que nos permiten fijarnos, quizá de más, en las situaciones, en los estados de ánimo e incluso nos dan pistas sobre le futuro de cada personaje. Pero la sorpresa estalla pasada las primeras páginas. Cada oración está preñada de magia y de amor, amor por la música, el cine, la literatura y las flores, las flores que cobran vida y magia y son, quizá, el personaje más vivo, más tierno, más mágico, más presente. Porque No me dejes es una selva de flores, un mundo de pétalos, de movimientos, de olores. París huele a flores, y el corazón de cada uno de sus protagonistas también. Hay un lazo de unión entre la Naturaleza vegetal y la Naturaleza humana que hermana las lágrimas, las alegrías, las angustias y los pormenores de cada uno y los justifica. Ellos están ahí por la flores, y las flores, ese regalo maravilloso, los unen por siempre. Cinco almas perdidas que se encuentran en el tejido del destino, y ese destino está sembrado de pétalos fragantes y de quimeras, de heridas a medio cerrar, de miedo y de esperanzas.

Porque la vida es así: sonrisas entre lágrimas, miedo ante lo desconocido y valentía para seguir adelante, decepciones de acantilado y alegrías de mundo y medio, y el espíritu vigilante que nos guía a todos, con esa sutileza de la coincidencia, hacia nuestro último destino, que si bien no es el soñado, es finalmente el ideal, el mejor que pudiera ser jamás.12118634_1009768635740774_2544727295712119222_n

Màxim Huerta rompe los moldes de la narración actual, dibujando un relato donde juegan todos: los personajes, el autor y los mismos lectores. Con apuntes de director de escena, el espíritu de Paulina va modificando las piezas de la vida de cada uno; el escritor pule los espacios y Violeta y Mercedes, Tilde y Dominque y Éttiene buscan en sus corazones, descubren y reaccionan a lo que la vida les regala y les quita, famélicos y desesperados, pero nunca desesperanzados, hasta encontrar cada uno su lugar en la vida de los otros, y por tanto en la eternidad.

La vida puede que merezca no ser contada. Hay pocos hombres que puedan interesarnos. Pero todo está en el cristal con que se mire o en la tinta con la que se escriba. La de Màxim Huerta se tiñe de los colores de París; se llena de pequeños detalles de alondra, y hace de cinco vidas insignificantes un mapamundi de emociones y de encuentros, de decisiones e ilusiones que nos conmueven y nos descolocan a la vez, igual que la vida misma. Todas las historias merecen ser contadas, aunque quizá algunas más que otras.

En No me dejes hay momentos de soledad dolorosa, y de risas entre lágrimas, y de olores a ciudad húmeda, a nieve amontonada y a miedos y a fracasos. Y aún así, también a café recién hecho, a lluvia que cae, a otoño, a invierno y a primavera. Y a indiferencia también, y a joven y a viejo.

Hay algo en No me dejes que queda impregnado en la piel, en el corazón. Y quizá sea ese retrato de la infelicidad, ese encuentro de dos olas tan distintas como la tristeza y la felicidad que se reconocen, se tantean y finalmente se hermanan. Hay mucho de vida vivida en esas páginas. Y no es perfecta, porque la vida, a fin de cuentas, tampoco lo es, o no como queremos que sea, o como sencillamente ella es. No me dejes, miedo y fracaso, pero también alegría y aceptación, encuentros y pérdidas… Y flores, y puro amor. Que no amor puro ni amor ciego, si no sencillo amor.

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Vida.

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10261113_673640542672354_595072481_n Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.

En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.

Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.

En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.

Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.

Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.

La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…

La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.

Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.

Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.

No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.

Vida…

Un mundo nuevo/ A Whole New World.

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Oliver Sacks: En movimiento/ Oliver Sacks: On the Move.

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Oliver-Sacks-HBR-Cover2El Dr. Oliver Sacks ha sido un persona afortunada. No sé si él se vería de esta manera, pues un espíritu sabio y libre en línea generales no se reconoce como tal hasta que el largo viaje de la Vida se hace lo bastante transparente como para verse reflejado en las cosas que han ocurrido, en las reacciones que ha tenido, usualmente también en lo que ha hecho,  finalmente en el resumen de sentimientos que ha sentido y, por lo general, se asombra por un instante y después lo deja correr: todo esto y más está escrito en On The Move.

De los hechos y maravillas que el Dr. Sacks ha realizado durante su dilatada y fructífera vida, hay mucho publicado. Yo lo hubiese llamado, en la forma más respetuosa y cariñosa posible, Dr. Ollie o Dr. Maravillas quizá, por su asombrosa inteligencia, sus ojos luminosos, su aspecto de gigante de cuento y su corazón de oro. Y lo hubiese llamado así como médico, como persona, como amante de todo el mundo científico (desde el estudio de los elementos químicos hasta la biología, desde la física más elemental hasta los niveles cuánticos y subatómicos del universo) y del Arte (su amor por la música, su perpetua entrega a la literatura, su romántica visión de la pintura y el dibujo), por su prosa profusa, su voz grave y su andar de pato mareado y enérgico. No pretendo, en estas líneas, alcanzar tal estado de homenaje ni tales fronteras de elegía. Pero se los merece, por su fragilidad y su energía, por su forma de ser y su valentía.

On the Move es su historia, al menos el retrato apasionado y libre de su propia vida; un ejercicio de modestia sin límite y, sobre todo, de desnudez integral, que traspasa cualquier frontera de lo posible, mostrándose frágil, único y sobre todo, o más que nunca, verdaderamente libre. En sus páginas fluyen su vida familiar, sus años de formación, su vida muelle, su amor por el cuerpo masculino (que lo llevó al culturismo y a proezas de fuerza física increíbles en su época), sus adicciones, que las tuvo; sus accidentes, sus dudas, sus aciertos y sus errores; en esas páginas Oliver Sacks se desnuda como nunca, y se cubre como nunca de asombro y de ingenuidad, de ternura y de una pureza que traspasa los límites de las palabras y toca los corazones y las almas.Oliver Sacks

Oliver Stacks era un hombre puro corazón. Corazón con riendas tensas, pues temía ser desbocado; corazón que se desbordaba en la práctica de la Medicina; corazón dudoso; corazón inhibido; corazón angustiado y, finalmente, corazón liberado. Oliver Sacks, que se prohibió a sí mismo amar, fue un hombre que amó más allá de los límites del cuerpo, y que se halló liberado de todo pesar y de todo sentimiento de incapacidad al final del camino.

On the Move es la historia de un hombre que, temiendo una vida efímera y encallada, siempre estuvo en movimiento, en esa eterna búsqueda que a todos nos define y que nos lleva, dando tumbos en una dirección u otra, hasta que hallamos el verdadero camino, nuestro lugar en el mundo.

Oliver Sacks fue un hombre de despertares, de descubrimientos, de búsqueda. Buscó siempre el conocimiento, el porqué de las cosas, la explicación que une la fisiología con la conciencia, el puente que enlaza la vida consciente con la actividad molecular de estar vivo, despierto. Toda su vida médica estuvo dedicada a la investigación de la conciencia a pie de cama, en las trincheras como yo llamo a la actividad del servicio al paciente; quiso saber, y consiguió entender, con su vasto conocimiento de historia de la Medicina, que la Medicina no es un ente cristalizado, que lo que sabemos hoy no son más que señales de un camino mucho más vasto, que aquello que consideramos inmutable es en realidad una maraña más complicada (y a la vez más simple) de lo que pensamos, y que el milagro de la Vida está unido a los materiales de la tabla periódica tanto como a las estructuras cerebrales, a la historia de nuestro pasado y a la respuesta que creamos en el momento presente en el que nos encontramos.

En On the Move asistimos a ese darse cuenta, a ese hallazgo tan sencillo que hace que todo encaje: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que sentimos y lo que somos, incluso lo que padecemos y cómo lo hacemos. Un hombre dedicado más de cincuenta años al estudio de los efectos de la Enfermedad sobre el individuo, de los efectos de un tratamiento sobre la vida de un paciente; vivió sus propias enfermedades desde esta dicotomía tan suya, y nos dejó legajos de pensamiento y de sentimientos únicos en donde somos al mismo tiempo médicos y pacientes, sufridores y sanadores, pero nunca dejamos de ser individuos, es decir, seres humanos.

Oliver Sacks es un hombre de defectos; de gran corazón; de manías, de inhibiciones. Pero en On the Move nos muestra cómo cada una de las etapas vitales sólo sirven para la purificación del pensamiento, para la entrega total de cuerpo y alma a lo más grande que tiene un ser humano: el Servicio a los demás, y el permiso a perdonarse a sí mismo, es decir, a la capacidad de ser libres.

BN-IE922_bkrvsa_J_20150501120651Cada capitulo de On the Move está lleno de idas y venidas, de marchas atrás, de idas hacia adelante; parecen ideas sueltas que sin embargo llevan cosidas a su vera un hilo común, y es el del descubrimiento, modestísimo, de una vida grande, de un individuo único y voluntarioso, inteligente, brillante más bien, pero por sobre todo trabajador constante, que descubrió su fin último, su motivo de vida, una vez se liberó de todas las taras que lo ataban a lo mundano, una vez que tocó la toba eterna.

Oliver Sacks, el Dr. Sacks, había nacido para escribir. No para unir Ciencia y reflexión mundana, no para acercar la naturaleza íntima de la actividad médica y las Enfermedades que nos afectan al gran público, si no para ser un gran escritor. Y su lucha en contra, o al menos, no a favor de reconocerse como tal, lo llevó a infinidad de triunfos mundanos (por lo demás vividos con extrema cortesía y con una bonhomía inigualables), a reconocimientos y homenajes, pero sobre todo, le dio vía libre pare reconocerse merecedor de amar y de ser amado, de ser apreciado y de ser realmente lo que hubo soñado desde que era niño: un verdadero escritor.

No hay nada de ficción en la extensa obra de Oliver Sacks. Ni falta que le hace. Él narra la Vida, que ya está llena de desgracias y de humor repartidos a partes iguales. Lo que hace de On the Move la joya que me ha apasionado, es que es su vida, su propio periplo, el que contiene cada gota de pasión, de desconcierto, de descubrimiento y de alegría, de errores y de fracasos, de brillante inteligencia y de delicada cortesía, que lo hacen un gran hombre, un hombre digno de ser conocido, y por sobre todas las cosas, querido.

Escrito a las puertas mismas de la muerte, On the Move es un libro de esperanzas, de verdades encontradas y sobre todo, por encima de todo, de libertad. No lo sabemos, no lo imaginamos hasta la última página, hasta la última referencia escrita, hasta que descubrimos que, ya en el final de su vida, abre su corazón, abre su alma al amor y se abandona, como el niño que nunca ha dejado de ser, a la belleza de ser amado, de sentirse encandilado por ese pequeño milagro que a sus ojos se hace inmenso, y por la perplejidad de reconocer que ha conseguido, sin saberlo ni esperarlo, lo que siempre había anhelado ser: un gran escritor.

Siempre cambiante, Dr. Sacks. Siempre en movimiento, querido Ink, ahora más en la muerte. Y gracias por todo.

Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos o la maravillosa vulnerabilidad.

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70050020150626103529CUANDO-ASEDIEN   Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos es el libro recopilatorio de los relatos hasta ahora publicados de Mary Ann Clark Bremer. Una mujer que se ha descubierto fascinante y que vivió intensamente los avatares de un convulso siglo XX desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y el fin de la ridícula Guerra Fría.

Esta recopilación muestra en un solo volumen las novelas que de forma errática se habían publicado hasta el momento de su autora, toda suerte que escribió en diversos idiomas y siempre bajo seudónimos, y consiguen descubrirnos la pluma incandescente de una mujer teñida de Literatura, pero jamás abrumada por ella, y llena de vida, pero jamás sobrepasada por ella.

Mary Ann Clark Bremer escribe sobre su mundo interior con gran suspicacia y con inmensa delicadeza. Su exquisita educación, sus ganas de ser siempre mejor de lo que pudiera ser; el maravilloso jardín secreto de un alma cultivada y pura y que llega a una edad en la que no le da vergüenza perder todas las máscaras, mostrarse desnuda, sin adornos, completamente vulnerable.

El volumen está compuesto por los cuatro relatos ya publicados separadamente más uno (el que le da título a la antología) inédito hasta ahora. Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo se nos muestran uniformes, hilvanados por el hilo invisible del tiempo, cuyo colofón, que no final, resuena en Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos, dejándonos la imagen de la flor Edelweiss como símbolo femenino de resistencia y eterno retorno.

El lenguaje es directo, rico en referencias literarias, casi anticuado en las formas, pero tan delicado, tan simple, tan desprovisto de metáforas inútiles (o tan lleno de metáforas incandescentes) que lo sentimos cercano; que la distancia física de más medio siglo que nos separa de su redacción y su edición no tiene peso en la cuenta final. Es la vida de una mujer con la capacidad de desnudar su vulnerabilidad sin perder la compostura; con el coraje de enfrentar sus miedos, sus deseos, sus necesidades y sus pérdidas con una determinación asombrosa y con una serena fidelidad a sí misma y a cuantos formaron parte de su vida. Su lectura  nos evoca en ciertos pasajes a otra mujer singular: Isak Dinesen, y en mucho, más que eco casi una bisectriz invisible, a Sei Shonagon y a Murasaki Shikibu, por esa capacidad de evocar el mundo femenino desde un estado de ligera crítica, de defensa acérrima y con una clarividencia que sigue asombrando a los lectores del siglo XXI a los que va dedicado su descubrimiento y publicación.

Su estilo es único, es suyo. Pese a los ecos antes mencionados, nadie escribe como Mary Ann Clark Bremen, ni siquiera mujeres contemporáneas con las que su trayectoria vital podría, si no parecerse, al menos correr paralela: Marguerite Duras, o Marguerite Yourcenar, por poner dos ejemplos franceses para una mujer que, si bien era un cuarto francesa y vivió en el París posocupación nazi, era norteamericana de nacimiento y mente y acabó prefiriendo ser suiza de hogar, mas no de alma.

Los dos primeros relatos son, para mí, obras maestras. Delicados, comprimidos, cargados de una melancólica tristeza, de una aguda clarividencia; lleno de ecos y de referencias, repletos de amor, de sentimientos, de afrentas y de victorias reales sobre las circunstancias y sobre si misma. Nadie ha escrito sobre la vulnerabilidad de la vida; nadie ha escrito con la firme delicadeza de un alma grande sobre la necesidad de reafirmarse como mujer, ese caleidoscopio frondoso que todo hombre cortó de raíz, o que no ha dejado desarrollarse, como lo ha hecho ella. Equidistante de las dos Marguerites (la franco-belga, con su bello lenguaje lleno de clasicismo y de clarividencia de rayo láser; la francesa, con esa desnuda entrega, con ese aguerrido frenesí, ambas muy hombre-mujer más que mujer-hombre, como la autora que nos ocupa) e Isak Dinesen (que pasó por todas las fases en un desarrollo imparable que la llevó de Escandinavia a África y de vuelta al hogar siendo más mujer y más hombre, es decir, más individuo que ninguno de sus contemporáneos), se separa diametralmente de las obras de las mencionadas por su tema, por su despliegue y desarrollo, y por ende, por su originalidad.

Mary Ann Clark Bermer nos deja claro que escribe sobre sí misma, sus miedos, sus sentimientos, sus secretos anhelos, sus equivocaciones, con la intimidad de un diario de recuerdos, con la certeza que nada es más sólido que la vulnerabilidad, nada más vistoso que la desnudez de un alma que se entrega consciente al relato, pero jamás sin adornos. Con un lenguaje conciso y precioso, cargado de chispas de humor y también de reinvindicaciones, que nos retrotraen a esos ejemplos del medioevo japonés (tan evolucionado entonces) con Sei Shonagon por un lado (a a que me evocó en la primera parte de Una biblioteca de verano) y Murasaki Shikibu por otro, (más en Cuando acabe el invierno y posteriormente en los otros tres relatos de la antología), en la que narra usando personajes (evocados en sí misma) de peripecias singulares y de una evolución interior más profundos que los que el príncipe Genji llega a alcanzar jamás, quizá porque es hombre o porque nunca se para a pensar en ello.

Qué gusto reencontrar de nuevo Literatura sabrosa, que se desliza llena de poesía, que se deleita en las buenas maneras sin ser gazmoña, que es intensa sin ser llamativa, profunda sin pedantería y valiente, llena de esa libertad de la que el siglo XX fue el último trozo de tiempo capaz de producirla.

Hay algo en Mary Ann Clark Bremer que nos recuerda, como Marguerite Yourcenar evoca en los cuadernos de notas a Memorias de Adriano, la suprema libertad del pie desnudo. La escritora franco-belga la tenía, y muchas otras escritoras (desde Virginia Wolf hasta Alfonsina Storni) la alcanzaron, pagando su propia muerte a veces, y a veces escandalizando con verdades como puños a una sociedad mojigata que se negaba a ver a las mujeres como simplemente son: mujeres. Mary Ann Clark Bremer lo fue a su manera y esa manera está dibujada, con un trazo más delicado pero firme, en cada uno de los relatos de Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos: directos al corazón, como una flecha de oro (Teresa de Ávila, Safo, Gertrude Stein), en los relatos Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno (los que más me gustan y me han enamorado) y camuflados en personajes que son, en muchos aspectos, ella misma (como Murasaki Shikibu, Marguerite Duras o Isak Dinesen) en El librero francés y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo.

Y encontramos lo que más nos ha gustado de Mary Ann Clark Bremer autora, lo que nos  atrae, lo que nos hechiza: su capacidad de retratar la vulnerabilidad de la manera más maravillosa posible y demostrar que puede ser el motor de una larga vida, de una vida llena, de una vida singular. Como su literatura.

Chicago: My Kind Of Town.

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