La fuerza de lo vulnerable/ The strong core of Vulnerability.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen


To Jeff Ballam, for show it to me.   

   Vamos a empezar. Hace un par de años, Anette … me llamó, pues iba a dar una conferencia y se encontraba bastante preocupada sobre cómo describirme en el pequeño programa de eventos de ese día. Le pregunté en dónde estaba la duda y ella me respondió que me había oído anteriormente y me iba a catalogar de investigadora, pero que bien mirado eso sonaba aburrido e irrelevante y penaba que nadie acudiría al evento.. Sin embargo, lo que más le gustaba de mi forma de expresar mis ideas es que intento hacerlas amenas, como si estuviese contando una historia, por lo que preferiría presentarme como una Cuentacuentos… Al oírla, mi parte científica saltó de inmediato y reaccioné:¡¿Me vas a presentar como una qué?! Y ella seguía: Te voy a presentar como una Cuentacuentos… Y yo, incrédula, sólo pude decirle: ¿Por qué no me presentas como Pixie la Maga y tan contentos?… De todas maneras, le pedí que me dejase pensarlo un instante… Verdad es que soy una contadora de experiencias y que investigo sobre ellas para poder extraer datos que, en el fondo, esconden el alma de una historia así que…Quizá sea una Cuentacuentos, después de todo. Así que, al final, le pedí que me presentase de ambas maneras: como una Investigadora Cuentacuentos… Y se echó a reír diciéndome: Si no existe tal cosa…

   Así que soy una investigadora que cuenta cuentos, y hoy vamos a hablar sobre cómo expandir la percepción y os contaré historias sobre mi investigación que han hecho que expanda mi propia percepción y que han cambiando profundamente la forma en la que vivo, amo y trabajo y la maternidad. Y en este punto es donde mi historia empieza:

    Si no puedes medirlo, no existe.

   Cuando era una principiante, mi primer profesor de técnica de investigación, me dijo esto: si no puedes medirlo, entonces no existe. Y pensé que estaba bromeando. Le insistí y el respondió con rotundidad. Deben entender que yo era ya Trabajadora Social, y poseía un máster en la materia e iba a empezar el doctorado en Trabajo Social… Así que mi vida estuvo rodeada hasta ese momento de personas que creían que el caos era lo adecuado, que el desorden era lo deseado y yo era más del tipo de pensar que si la vida era un desastre lo mejor era ordenarla, organizarla y clasificarla en compartimentos estancos… Así que encontrarme por fin con alguien que pensaba como yo, que necesitaba que el mundo tuviese un orden para poder alcanzar los objetivos fijados, como era conseguir un mar de sobresalientes (lo que era un mantra para mí), estaba encantada. Porque si bien estaba interesada en tópicos muy desordenados, ahora podría reordenarlos y podría medirlos y hacerlos científicamente significativos, poder diseccionarlos, hacerlos entender y poder transmitirlos a los demás con la mayor facilidad posible.

   Vergüenza y Miedo.

   Así que, con lo primero que empecé, fue con la Conexión (Contacto). Porque, después de 10 años trabajando como Trabajadora Social, nos damos cuenta que establecer contacto, que tener una conexión es el motivo, el porqué estamos todos aquí. Es lo que da propósito y brinda sentido a nuestras vidas, no importa las experiencias pasadas, lo que somos en la actualidad, la conexión, la habilidad de sentir el contacto con los demás de forma real, es el verdadero motivo de nuestras vidas. Así que empecé con la Conexión… ¿Saben esa situación en la que, al hablar con nuestro jefe, nos da una larga lista de nuestras cualidades pero al final describe otras que no son tanto y que llama «oportunidades para crecer y mejorar», con lo cual sólo pensamos en esos defectos y no en las 37 cosas buenas que nos dijo previamente? Pues algo así me pasó a mí con mi investigación. Cuando preguntaba por el amor, sólo conseguía respuestas sobre desamor y corazones rotos; cuando investigaba sobre el sentido de pertenencia, sólo respondían contando lo que sufrían al ser segregados, y cuando preguntaba sobre conexión y contacto, las personas sólo hablaban de separación y divisiones… Así que muy rápidamente, alrededor de 6 semanas desde el comienzo de mi investigación, entré en un estado de conexión imposible con mi labor debido a que no podía entender nada de lo que veían o decían al respecto. Así que revisé de nuevo mi investigación, intentando encontrar el punto exacto que se me escapaba, y sucedió que era la Vergüenza. Y la vergüenza es fácilmente entendible como el miedo a la falta de conexión, a que hay algo en nuestro interior que los demás ven y que nos hace poco merecedores de esa conexión, de ese contacto. Todo lo que puedo decir sobre esto es universal, todos sentimos este miedo, y sólo aquellos que no lo tienen son incapaces de sentir empatía por los demás y, por lo tanto, son incapaces de establecer conexiones con ellos. Y nadie quiere hablar de ello, y cuanto menos hablemos de ello, más incapacidad para remontar esta situación tendremos en el futuro.

   Lo que hay debajo de esta vergüenza, de este yo no valgo lo bastante, todos lo conocemos: ni soy la más lista, ni la más delgada, ni al más guapa; no conseguiré el ascenso adecuado; lo que subyace es una dolorosísima Vulnerabilidad, esta idea en la que, para dejar que la conexión se produzca, debemos mostrarnos tal cual somos. Y yo odiaba la Vulnerabilidad. Entonces lo encontré: esta es la idea, este es el motivo de mi investigación. Acumularía los datos necesarios para demostrar que la Vulnerabilidad no es útil y que debe ser vencida. Pensé que en el plazo de un año podría ser capaz de desmenuzar el concepto de vergüenza y comprender en su totalidad el de vulnerabilidad, demostrar su ineficacia y terminar m investigación siendo más sabia y completa.

   Me sentía preparada, por lo que empecé llena de ilusión y de energía… Pero, ¿saben qué? Aquello no terminó nada bien. Así que puedo hablarles sobre la vergüenza horas enteras, aunque no tenemos tanto tiempo para eso, pero lo que sí puedo contarles es lo que subyace debajo de todo esto. Y esto es quizá una de las cosas más importantes que haya aprendido nunca en una década de investigación continua. Ese año de plazo se transformó en seis, en miles de historias, cientos de entrevistas sin fin, de grupos de estudio; llegó un punto en que la gente me enviaba sus diarios y me confesaban sus historias personales… En fin, cientos de miles de datos en seis años, que me permitieron conocer a fondo qué es la vergüenza y cómo actúa… Escribí un libro, publiqué mi teoría…, pero había algo que no encajaba, que estaba mal.

   Sentido de valía.

Si cogía a todas las personas que había entrevistado y los dividía en un grupo que tenían un elevado sentido de su valía, con un arraigado sentido de amor y de pertenencia, y otro grupo con gran sentido de lucha por encontrar amor y por sentir esa pertenencia, la única variable que los distinguía es que le primer grupo tenía un elevado concepto de sí mismos, creían a pies juntillas que merecían ese amor y ese sentido de pertenencia, es decir, creían que lo merecían, que lo valían. Eso era todo: ellos se creían merecedores de todo… Y para mí, el reto fue darme cuenta que la única cosa que nos aleja del sentido de Conexión es el miedo a no ser merecedores de ella. Y eso era algo que, tanto profesional como personalmente, debía entender mejor de lo que lo hacía. Así que separé todas aquellas entrevistas en las que encontré ese sentimiento de Merecimiento, de Valía, y me centré en ellos exclusivamente para encontrar qué punto en común tenían todas aquellas personas… Y bueno, tengo una serie de costumbres muy arraigadas sobre mi método de trabajo que merecerían una nueva conferencia, así que tomé todas esas entrevistas y la archivé en una carpeta que denominé Los del Corazón Pleno, porque esta gente vivie con toda intensidad y con todo su corazón su día a día. Y los analicé concienzudamente durante cuatro días. Mi marido se marchó de casa con los niños porque desarrollé una especie de locura a lo Jackson Pollock entre lecturas, relecturas y escritura embebida como estaba en mi modo de investigación. Y esto es lo que encontré:

   Coraje. Compasión. Conexión.

   Lo que todas esas personas tenían en común era el Coraje, y aquí quisiera hacer un inciso: Coraje no es lo mismo que Valentía. Pues Coraje proviene del latín core: que significa corazón y se empleaba como expresión de aquello que se contaba con todo el apasionamiento, con todo el corazón. Y estas personas se caracterizaban por ser Imperfectas; tenían la Compasión de ser amables primero consigo mismos y después con los demás, pues no podemos ser compasivos con los demás mientras no lo seamos con nosotros mismos, y al final, estas personas tenían Conexión como resultado de ser Auténticas: eran capaces de dejar atrás la imagen que ellos tenían de aquello que deberían ser para abrazar ser lo que en realidad eran, que es algo que se debe hacer de raíz si queremos conseguir Conexión.

   Y la otra cosa que este grupo tenía en común era:

   Coraje. Compasión. Conexión. Vulnerabilidad.

   Ellos abrazaban completamente la Vulnerabilidad. Ellos creían que aquello que los hacía vulnerables los hacía a la vez bellos. Nunca se refirieron a que la Vulnerabilidad fuese una cualidad cómoda pero tampoco dolorosa, si no sólo necesaria. Asimismo comentaban la importancia de ser capaces de decir «Te quiero» primero, la importancia de hacer algo sin tener ninguna seguridad ni garantías de su validez, el poder de respirar profundamente antes de que el médico dijese un diagnóstico tras realizar una mamografía, el poder de invertir en una relación que podría o no funcionar bien… Ellos pensaban que todo esto era fundamental… Pero yo personalmente pensaba que era un error, y me sentía traicionada. No podía creer que hubiese levantado una investigación enorme para poder predecir un resultado determinado que se pudiese medir y controlar, y ahora el resultado de ésta me decía a la cara que aquello que quería controlar y medir no podía ser y que la Vulnerabilidad era el centro de todo y que era incapaz de ser medida o de ser controlada si se quería vivir una vida plena. Así que me sentí discretamente:

   Depresión.

   Aunque en realidad fue un horror y de mayores proporciones. Aunque he de decir que, a pesar de que yo le llamase Depresión, mi terapeuta osa llamarlo:

   Despertar Espiritual.

   Cosa que suena muy poética pero puedo asegurarles que yo lo que tuve fue una depresión de caballo. Así que tuve que dejar toda mi investigación  un lado y buscar terapia. Y ahora déjeme decirles la única forma que se tiene de saber cuánto te conocen y quieren tus amigos más cercanos, y es cuando se les comenta que necesitamos ayuda profesional y se les pide recomendaciones…. Varios de mis amigos reaccionaron así: «¡Uff! Yo no quisiera ser tu terapeuta»… Y yo, asombrada, no paraba de preguntarles exactamente qué significaba eso. Y ellos respondían:»No, vamos, es un decir, vamos… No lleves tu vara de medir al pobre que te atienda»… 

   Pero bueno, al final conseguí una terapeuta: Diana. Y en nuestra primera cita, traje conmigo la lista de cómo las personas con corazón vivían su vida y me senté en su consulta, nos saludamos y eso, y esto es una terapeuta que va a ver a otra terapeuta (porque también necesitamos de eso) para sobreponernos de la…

   Depresión/ Búsqueda Espiritual

   Así que le dije que allí estaba, con una batalla interior bastante grande, y le expliqué que tenía un problemas con la Vulnerabilidad y que sabía que ella era el centro del Miedo y la Vergüenza y el sentido de valía pero al mismo tiempo, parecía ser el lugar del que todo emanaba: la Alegría, la Creatividad, el Goce, el Amor… Y que creía que tenía un problema y que necesitaba ayuda.  Y le dije: «Pero eso sí: nada de problemas familiares, nada de esa mierda de traumas infantiles… Sólo necesito estrategias de combate, ¿queda claro?» Entonces ella hizo así con la cabeza y le dije: «Es malo, ¿verdad? Y ella sólo respondió: «No es ni malo ni bueno. Sólo es lo que es.» Y yo me dije en voz alta: «¡Dios mío, esto va a ser un horror!»

   Y fue y no lo fue a la vez.

   Me llevó un año. ¿Sabéis cuando una persona sabe que la Vulnerabilidad y la Ternura es lo importante y que plegarse a ellas es la clave de la vida? Pues bien: a) Yo no era así y b) No salgo de copas con gente así. Para mí, ese año fue un período de una larga y continua pelea. La Vulnerabilidad me pegaba, y yo le respondía… Perdí la batalla, pero con esa pérdida recuperé toda mi vida de nuevo.

   Así que volví a mi investigación tratando de entender en lo posible al grupo de los de la Vida Plena , qué caminos toman, qué decisiones adquieren, cómo lidian con la Vulnerabilidad y porqué yo era incapaz de aceptar ese estado y si me hallaba sola en ese campo minado en el que luchaba…

   Y esto es lo que aprendí:

   Nosotros ignoramos a la Vulnerabilidad.

   Entonces lancé una pregunta por Twitter y Facebook. Quería saber qué significaba para la gente Vulnerabilidad y qué los hacía sentirse vulnerables. En hora y media tenía 150 respuestas. Y es que quería saber qué pensaba la gente sobre esto. Ejemplos: Pedirle a mi marido ayuda porque estoy enferma; Iniciar una relación sexual con mi marido o con mi mujer; ser dejado de lado; pedirle a alguien para salir; esperar la llamada del médico con los resultados de un examen; despedirse de alguien, ser despedido… Este es el mundo que vivimos, vivimos en un mundo vulnerable. Y una de las formas que tenemos para enfrentarnos a ese delicado equilibrio es ignorar que esa fragilidad existe. Y creo que hay una vasta evidencia de cómo ignoramos lo evidente: tenemos una sociedad con un alto índice de endeudamiento, de obesidad, de adicción a drogas y medicamentos, la mayor en la historia de EEUU.

   Y el problema fundamental que me reveló mi investigación es que no podemos ignorar selectivamente los problemas que tenemos, no podemos separar y decir aquí está la Vulnerabilidad, la Vergüenza, la Decepción…, y no quiero sentir nada de esto. Voy a tomarme un par de cervezas y una magdalena de plátano para olvidar. Porque no quiero sentirme así. No podemos ignorar estos sentimientos que son tan poderosos sin anular a su vez las emociones contrarias. D e tal manera que, cuando ignoramos esos sentimientos ignoramos TODO: el gozo, la gratitud, la Felicidad, y nos sentimos miserables y buscamos un propósito de vida y nos sentimos de nuevo vulnerables y vamos y nos tomamos un par de cervezas y la magdalena de plátano. Convirtiéndose en un ciclo peligroso.

   Una de las cosas que debemos reflexionar  es Cómo y Por qué Ignoramos. Y no se presenta sólo como adicciones. Otra manera es que nos volvemos despóticos con nuestras creencias:

   Hacemos de lo inseguro algo cierto y real.

   La Religión ha pasado de ser una creencia en algo inmaterial a un hecho real y táctico. Yo tengo razón, tú no y por eso te callas. Cuanto más vulnerables nos sentimos, más miedo tenemos, y cuanto más miedo, más vulnerables nos volvemos. Así es como los políticos actúan ahora. Ya no hay discuross ni discusiones para llegar a acuerdos. Ahora sólo hay cruce de acusaciones que sólo buscan una manera para descargar el dolor y la incomodidad.

   Queremos ser Perfectos.

   Y así quiero ser yo: perfecta. Pero no es cierto, porque lo que en realidad hacemos es cambiar la grasa del culo por la del rostro que espero que dentro de unos 100 años miren atrás y digan: ¡pero qué hacía esta gente! Y, lo más peligroso, hacemos de nuestros hijos algo perfecto. Desde que nacen sólo nos fijamos en lo perfectos que son y pensamos que nuestra labor es mantener en lo posible esa perfección irreal… Pero no: lo que deberíamos hacer es hacerles ver que son imperfectos, que están aquí para mejorar, pero que, sobre todo, son queridos por esas imperfecciones y no por la promesa de perfección que presentan, y que ellos son necesarios tal como son para la vida que vivimos. Ése es nuestro trabajo como padres. El día que una generación completa de niños criados así llegue al mundo, todo cambiará.

   Pretendemos.

   Pretendemos que todo loque hacemos no afecta a nadie más que a nosotros. A todos los niveles: personales, laborales, en la política. Creemos creer que todo loquee hacemos no tiene impacto alguno en los demás. Pero sí lo tiene. Yo le diría a los gobiernos y grandes empresas: «Hey, esta no es la primera vez que nos enfrentamos con graves problemas. Sólo queremos que seáis auténticos y que digáis que os habéis equivocado y que lo sentís. Y que lo arreglaremos.»

   Pero os dejo con otra salida: Esto es lo que he encontrado: Dejar que los demás nos vean. Profundamente. Que vean nuestra vulnerabilidad. Amar con todo el corazón aunque no haya garantía alguna para ese amor. Y eso, déjenme decirles como madre, es algo doloroso y difícil. Disfrutar de la gratitud y del goce. Es la única manera que, en los momentos más difíciles, cuando nos preguntamos si seremos capaces de enfrentarnos a todo, que la vulnerabilidad nos ayude a ello.

   Y lo más importante de todo: es que somos suficiente con ser nosotros mismos y nadie más. Pues, cuando estamos realmente seguros de que somos suficiente con lo que somos, partimos de un lugar sereno, que nos permite escuchar en medio de los gritos, y seremos capaces de una mayor ternura con los que nos rodean y con nosotros mismos…

   Esto es todo lo que tengo que decoros. Y muchas gracias.

¿Ves?/ See?

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El fluir de los días/ Days gone by.

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   En estos días la vida normalita, ésa que no sale en la televisión ni vende exclusivas, se ha acercado a mí.

   Que vivimos la mayor parte del tiempo inconscientes del valor de lo que nos rodea no es una frase hecha: es realidad. Las tardes se suceden, llegan las noches con sus augurios de promesa y de nuevo los amaneceres con su alba claridad, y todo lo vivimos en bloque, de un plumazo, llevados por el fluir de los días con gran suavidad. Y aunque puede que esa continuidad insensible sea necesaria, hay momentos, como fogonazos incandescentes, que nos golpean en seco y nos atraen de forma brusca a ese presente inmediato, a ese instante de consciencia en el que todo se hace real: desde el peso de nuestro cabello hasta los latidos del corazón. Y un gemido escapa de nuestras bocas y a veces un lamento y, a veces, una canción. La vida se hace Vida y nos retrata y nos refleja, recordándonos nuestra única dimensión.

   El fluir de los días no se detiene ante nadie: no hay poder que logre vencer esa corriente inhumana, no hay ser que venza la llegada del Destino impasible y veraz. Porque sólo hay verdad en la Vida: nacemos, morimos, somos uno con la Naturaleza; volvemos a transformarnos en todo aquello que nos rodea y, lo demás, sólo es ruido, un zumbido molesto y tostón al que nos acostumbramos de tanto oírlo, encerrado entre los paréntesis acuosos del Nacimiento y de la Muerte.

   Las amistades van y vienen. El orgullo se entremezcla tanto con el amor, que a veces lo hiere y lo aniquila. El maltrato es flor de un día, pues esa búsqueda indigna de un poder que no existe (que nunca ha existido) ata a la víctima para siempre a la merced de un victimario más débil y perdido, deshecho en jirones de una imagen errónea de la que no lo librará ni siquiera su muerte. La alegría es tan efímera como la tristeza, y sin embargo la huella que nos deja ésta dura mucho más, como una mancha de lejía (de la buena), una cicatriz que escuece para siempre. La belleza se marchita aunque perdure un discreto aroma, por más que intentemos aprehender esa deidad elusiva y caprichosa; la fealdad se dulcifica con los años; la inteligencia puede perderse en su propia vanidad o en los laberintos del Olvido que siempre acecha; la Muerte detrás de la vida, y la Vida por encima de la muerte juegan a los dados sin necesidad de que entendamos las reglas del juego.

   Ayer estuve en un funeral. Multitudinario. Una mujer era enterrada, en medio del apoyo familiar y de sus vecinos, ataviada con toda la parafernalia con la que adornamos la muerte: el féretro, las flores, el luto, las lágrimas sentidas a medias, el encuentro social, el rito eclesiástico que no es más que una añoranza de tiempos perdidos, prácticas tan antiguas como la Humanidad cuyos ecos aún resuenan entre nosotros cada vez con menor significado; la juventud que se aleja de los muertos llena de superstición; la vejez que se asoma a ella con cierta resignación y con la misma capacidad de incomprensión; la tarde de verano entre nublada y soleada; los elogios a la difunta, aunque nadie había allí para afirmarlos o rebatirlos; la promesa de putrefacción y del encuentro en esos callejones oscuros que son las tumbas. Todo lo veía con cierta solemnidad y, sobre todo, con sorpresa.

   No le tengo miedo a la muerte. Antes bien, me preocupa el proceso más que el fin, el dolor que puede acarrear o la inevitable incapacidad que conlleva abocarse a ella. En esto, como en muchas cosas, sentía diferir de la mayoría de personas congregadas en el tanatorio y después en la iglesia y en el cementerio. Y sin que sea algo extraordinario, ser consciente de eso, una piedra de toque en el fluir del tiempo, hizo que reflexionara durante aquellas horas sobre lo innecesario del drama que vivimos, ese sobrante que nos trae el orgullo herido y la incomprensión y la falta de generosidad con los Otros que nos rodean.

   En estos días de vida normalita he perdido el contacto de personas a las que tengo en gran aprecio, separaciones que creen necesarias y justificadas (ninguna lo es) y he reconectado con otras que se habían perdido en el laberinto de los días pasados. Ese reencuentro, como si no hubiese pasado un día aunque suman años, me sirvió para darme cuenta de lo inútil que es nuestro orgullo, de lo vacías que son nuestras intenciones cuando las creemos dueñas del peso de la verdad. Entre esa persona y yo sigue latiendo el mismo cariño, ahora atemperado por las circunstancias; continúa naciendo entre nosotros la misma complicidad. Pero esta separación ha añadido un poso de comprensión que se ve en nuestras miradas, que se palpa en el aire que compartimos: las circunstancias vitales de cada uno ya no son las que eran y, sin embargo, la complicidad y el entendimiento y la aceptación del tiempo ido y regresado ha hecho que ese lazo, nunca muerto, reverdezca con una fuerza inusual y con una comprensión profunda y libre de egoísmo.

   Aquella separación, que llevó a crear este blog, real como la vida misma, no ha dejado de serlo, pues somos personas distintas, pero la corriente de cariño, de reconocimiento entre nosotros ha ahondado, ha profundizado, y une de verdad nuestros corazones, nuestro centro y nuestras pieles como el primer día que nos conocimos y que nos dimos permiso (porque nos caímos bien) de llegar a más. El tiempo de curar ha dado fruto, y las heridas causadas por un desencuentro, ahora en el reencuentro, han reforzado los lazos, débiles y diferentes como promesas nuevas, pero únicos, que una vez nos reconocieron y que nunca, nunca, (por más que mi orgullo y el suyo, mi dolor y el suyo, mis necesidades y las suyas lo hayan intentado) se han roto ni han desaparecido de la Vida que compartimos juntos.

   Todo es posible en el fluir de los días. Y la única lección es dejarse llevar por la Vida con la lucha necesaria pero no la testarudez, con la firmeza y la valentía y la bonhomía que todos, como personas, tenemos encerrados dentro, muy dentro, y que sólo de vez en cuando, en esta vida normalita que vivimos, sale a la luz para iluminar nuestra existencia y hacerla única, especial.

   Mientras el incienso ascendía, mientras las velas lloraban sus lágrimas de cera en aquella iglesia y a cielo abierto en el camposanto, la absurdez con la que vivimos nuestra maravillosa Vida se reflejó en mis pensamientos. Toda separación es una lucha propia, todo malentendido no es más que una puerta abierta a la comprensión. Y a veces necesitamos el silencio de la distancia, y a veces sólo una caricia discreta, para darnos cuenta de ese maravilloso regalo que es la Vida, y que no acaba nunca, nunca, con la muerte, pues navega, como nuestros corazones, nuestros sueños y nuestros desencuentros, por el fluir de los días en entera Libertad.

   Y sólo con eso, sólo siendo conscientes de esta simple verdad, podemos llegar a rozar, como ese gran regalo que es, la felicidad.

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Fuego: Sonido y Luz./ Fire: Light and Sound.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

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El chico de al lado/ The Boy Next Door.

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   Allí está. Callado, con el pelo repeinado, con sus gafas de pasta y su aire encantador.

   Todos los días lo veo. De mañana en el ascensor. No es muy alto. Aunque eso no me molesta. Huelo el aroma de su colonia y sin querer cierro los ojos y muevo mi cabeza en delicada danza. Espero que no me mire por el espejo. O quizá sí lo hace y por eso paso desapercibido para él.

   Tan peinado. Y con sus gafas de pasta. Qué guapo va, salido de una película de los 50 a veces, con sus tejanos rectos y ajustados y un aire callado y resultón.

   Por la tarde, cuando coincidimos en la puerta del edificio o de nuevo en el ascensor, con gesto de cansancio y alegre la mirada, con un café de Starbucks en la mano y en la otra el teléfono a veces, a veces dentro del bolsillo, corbata fuera, libre el pecho atrapado en su camisa y la chaqueta o el jersey anudado en la cintura.

   Me ve y hace que no se da cuenta. Pero debe ser miope. Murmura un Buenas tardes o un Hasta luego, y siempre se sorprende cuando lo acompaño al mismo piso y nos hallamos, puerta con puerta, con las llaves en las manos y a veces en las cerraduras. Yo le sonrío y él hace como si no me ve, cabecea un poco, el pelo repeinado sin moverse, y las gafas sobre la nariz. Y desaparece en su mundo de torvo silencio.

   Y yo suspiro.

   No sabe que existo. No sabe que suspiro todos los días por verlo. Que me enloquece su silueta menuda, su bien formado cuerpo y que hasta su indiferencia hace que me fije más en él.

   No sabe que ruego cada día encontrármelo en el ascensor y aspirar el olor de su colonia, y que cada tarde espero la maravillosa coincidencia de verlo llegar, liberado de las responsabilidades del día a día, con una sonrisa, una camiseta ajustada y sus gafas de pasta escondiendo unos ojillos oscuros y negros, como su cabello repeinado, su aire retro y encantador.

   Para él no soy más que el chico de al lado. Alguien con el que tropieza una que otra vez, que carece de nombre, que le estorba el paso, que intenta acercársele lo más posible como si no quisiera tal cosa. Para él sólo soy un vecino extraño, con mirada perdida, que se fija en quien se fija y hace como si no se fijase, y que baja coincidiendo y que, coincidiendo, abre la puerta a la vez, cierra la puerta al unísono y que aparece de pronto, a veces a medio arreglar, para no perderle de vista en el pasillo cuando sale a correr caída la noche o cuando llega, siempre solo, tras largos paseos en silencio.

   Él no sabe que le adoro. Que besaría el suelo que pisase. Él ignora que le deseo, como deben desearle muchos, ni que le comprendo más y le quiero más que nadie.

   Porque el chico de al lado no sabe de sus silencios ni de su soledad. No le oye pasear a medianoche de un lado para otro, ni lo ve sentado en el alféizar de la ventana, esperando la llegada de la luna desnudo, con el corazón en la boca. El chico de al lado no sabe de su vida anónima, de los esfuerzos con los que consigue esa silueta atractiva, y de lo bella que es su sonrisa cuando parece que nadie se da cuenta.

   Eso soy para él: un vecino fisgón quizá; un silencio entre el paréntesis de unas paredes, que ignora el amor o la vida o las batallas del día a día…

   ¿Y no es una pena? Lo amo más de lo que puedo decir, porque es inalcanzable, es un sueño. Me gusta su estilo repeinado, su coqueto baile de caderas y su risa, una sonrisa maravillosa que me ató a su vida para siempre.

   ¿Y no es una pena? Él tan solitario y yo, el chico de al lado, pudiéndole darle todo, ajeno a su vida y a su corazón…

   Allí está. Callado, con el pelo repeinado, junto al chico de al lado, que, en silencio, suspira por su corazón. Vamos bajando uno a uno los pisos en el ascensor… Yo cierro los ojos, transportado por ese olor a un mundo más dulce, más real y atractivo. Cuando los abro, las puertas del ascensor también lo hacen. Y un resplandor llena la cabina. Su sonrisa todo lo inunda, gafas en la mano y mirada directa a mis ojos. Se alza de puntillas y me hace una señal para que me incline. El chico de al lado lo hace y recibe un beso, uno pequeñito y fugaz. Y una promesa…

   – Por la tarde más…

   Y se va cantando una canción por lo bajito y el ascensor, cansado de esperar, se cierra en mis narices. Y, de repente, todo es felicidad.