Lo que Goldie esconde/ What Goldie Hides.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

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En el programa de televisión norteamericana Inside The Actors Studio se descubren los mimbres y el tejido interno de los actores que trabajan habitualmente en los EEUU como actores de la mano de una fuerza intelectualmente creativa como es James Lipton, a través de clases magistrales que sirven de ejemplo para los alumnos de dicha escuela.

En general, he descubierto personas maravillosas tras el disfraz del personaje público en los episodios que he visto. La mayoría de ellas llenas de fragilidad y de gran ternura e inteligencia (algunos ejemplos me vienen a la memoria como Sharon Stone, Halle Berry, John Travolta, Michael J. Fox, Bette Mildler, Salma Hayek, George Clooney) pero éste en particular, con Goldie Hawn, es como oro puro. Por cómo es, por lo que siente, por cómo lo expresa y por lo que deja entrever.

Así que le cedo el espacio a esta marciana de la vida para enseñarnos un poco de su arte y de su forma de ver la vida. Espero les guste como a mí.

The Way We Were.

Lo que he visto/ What I've seen

 

BBC: Story of Music.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Música/ Music

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St. Elmo’s Fire.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Quince años tenía y ellos estaban allí, y David Foster con su música, y muchos sueños por soñar y dejar atrás.

En el desván/ The Attic.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En esto de clarear el ambiente, un nuevo año que comienza, que el otoño representa la renovación del año que se va quedando atrás, mudar de piel como los árboles de hojas, y que iban siendo horas de limpiar el espacio del desván, ayer me arrojé a la arriesgada tarea de subir y comenzar a clasificar aquello que debería definitivamente irse de mi vida y qué quedarse.

   Sobra decir que la mayoría de las cosas acabarán yéndose: han cumplido una función y es hora de dejarlos atrás. Como los recuerdos, los objetos del tiempo pasado ocupan un espacio y un peso en la vida y, llegado el momento, deben dejar sitio a algo nuevo o, como cada vez prefiero, un espacio libre (que no vacío).

   No me lo esperaba (hay demasiados aparatos electrónicos que desechar, viejos televisores, ropa apolillada o que ya no tiene más uso que el de avivar un recuerdo lleno de tactos o un aroma a lo que pasó y no vuelve más) y sin embargo fui tropezando aquí y allí con objetos pequeños, sin importancia real, que me recordaron de repente quién era yo por esos años, aquel que perdí de vista y que forma parte de ese ser al que continúo llamando yo mismo y que casi no reconozco.

   Parece mentira, pero conforme pasan los años gano kilaje corporal y pierdo peso de memoria. Los objetos acumulados en el desván nos recuerdan quiénes fuimos o porqué fuimos de una forma determinada, las opciones que elegimos y lo fugaz que es el paso del tiempo: todo lo olvidamos y todo se deja atrás.

   Ayer, mientras comenzaba una labor que va a llevar días, entre polvo y telarañas, mi memoria jugó conmigo y me retrató, con sensaciones y sentimientos evocados, cómo una vez fui y olvidé que era.

   Por ejemplo, mi estupenda caligrafía. Y lo detallista que era para todo. Encontré unas cintas de audio, tan bien escritas y guardadas con tanto cariño, cintas de 60 y de 90 minutos, y el walkman que iba conmigo a todas partes, golpeado por la vida y que, en un arranque de morriña, guardé estropeado junto con las cintas. Las melodías que hay guardadas en ellas y que ya casi ni escucho…

   En otra caja aún sobrevivían mis cuadernos de apuntes de primero de carrera, cuando tenía dieciséis años y creía en un futuro agraciado del que obtendría todos mis sueños… A lápiz y  a bolígrafo, bioquímica, química orgánica y y los secretos de la vida microscópica que nos hacen lo que somos, comenzaban a descubrirse; si alguien hoy los viese jamás pensaría que esa caligrafía fuese la mía: abandoné el arte del buen escribir como muchas otras cosas sin excusas reales, porque nada justifica el abandono de la memoria a la que nos entregamos cuando jugamos en serio, o lo que pudiese ser en serio, ese juego de la vida que nos engaña, precisamente porque ningún juego ha de deberse tomar seriamente.

   Carpetas hechas a collage con aquellas cosas que me llamaban la atención: obras de arte, anuncios, carteles de películas, carátulas de elepés, la música que oía por aquellos años, cuando era demasiado joven para el mundo en el que me desenvolvía, jugando unas cartas que me venían quizá un poco grandes y padeciendo una ceguera de sentido común algo tierna y embarazosa a partes iguales.

   No fui feliz en esos años. Pero quién sabe si lo soy ahora.

   El primer ordenador con su impresora. Epson modelo Apex, traída de los EEUU sin ñ en el teclado, que por cierto pesaba un montón. El primer lector de cedés, la cadena musical que tenía dos lectores de cintas y permitía grabar de una cinta a otra (eso sí que fue un gran avance técnico). Cuando visitaba en Simago la planta de música y de objetos de papelería, y en la esquina siguiente, entraba en Follas Novas para aspirar el olor de los libros y curiosear las novedades editoriales y hojear por encima los textos sobre Nueva Era que tanto me interesaban. Hay cajas enteras llenas de esos libros que encierran tanta sabiduría y vacío a la vez, exactamente como la propia vida.

   Y ropa, alguna que todavía hoy pudiese valer. Lo que quiere decir que estaba muy gordo o ahora muy delgado, cosa que pongo en duda.

   Y fotos, con cortes de pelo redondeados, muy Llongueras, atentados contra el buen gusto sin duda, y mis gafas culo de vaso antes de que existieran para mí las lentes de contacto blandas (de aquélla estaba condenado a las lentillas duras y esa-tortura-no-estaba-hecha-para-mí).

  Entre el polvo y los recuerdos, ayer me pasé la mitad del tiempo en una bruma de tiempo ido y de estornudos. En el desván todo es posible. No sé porqué los científicos siguen buscando cómo viajar en el tiempo, con lo fácil que es dejarnos ir de la mano de los recuerdos y de las cosas vacuas que vamos amontonando, con el paso de los años, en los rincones polvorientos del desván.

   Lápices de colores y carboncillos, con bocetos que parecían apuntar algo de talento; escritos apasionados que seguro hoy no se librarían de mi propia censura y que tanta importancia llegaron a tener para mí; una forma de ver el mundo no muy diferente a la de hoy, más apasionada quizá, más ciega, pero no menos real que la actual.

   ¿A quién se le ocurre escuchar a Aute a los once años? ¿Y a Silvio Rodríguez? ¿Y a Supertramp? De Roberto Carlos a Whitney Houston, de Air Supply a 4:40 (de aquélla aún no se llamaba: Juan Luis Guerra y 4:40), de Juan Pardo y María José la de los Pajaritos a A Roda, de Emanuel a Eros Ramazotti , de Lionel Richie a Phil Collins, de V a El pájaro espino, de La bella y la bestia a Moonlighting, de La guerra de las galaxias a Dirty dancing, de Los ángeles de Charlie a Magnum PI… En fin…

   Aún me queda mucho por hacer y mucho que revivir. No me molesta ese encuentro conmigo mismo, al contrario, me da una perspectiva diferente y me sirve de plataforma para decirle adiós. Porque todo se va, todo se mezcla en las líneas del tiempo ido y todo se transforma, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.

   En el desván la vida se acumula y pasa, amontonada, llenando el corazón.

Y si…/If…

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

a C.H.A.

   Si pudiera decirte lo que no te dije por falta de tiempo.

   Si el tiempo se detuviese ese instante en que nos vimos.

   Si al verte hubiese sabido abrazarte mejor, consolarte mejor, hacerte sentir que te quería.

   Si hubieses sentido el amor que te tenía a pesar de que no te lo decía.

   Si te hubiese dicho que te admiraba, que te quería, que deseaba protegerte de todo lo malo que hay fuera, de todo lo oscuro que escondemos.

   Si no te hubiese desprotegido yéndome inconsciente, quizá aún estarías junto a mí.

   Quizá aún nos reiríamos con risa floja y cansada.

   Quizá aún me regañarías por lo bajo, o dejarías de preguntarme para no cansarme, o me dejarías dormir para no molestarme.

   Si hubiese sabido que te irías así, de repente, qué no hubiese intentado.

   Si hubiese sabido que ya no nos quedaba tiempo, hubiese hecho tiempo para estar contigo.

   Pero ya está todo hecho, ya está todo dicho, ya está todo sentido, ya está todo ido.

   Y aunque me queda mucho por darte, mucho por quererte, mucho por consolarte, ya no estás, y sólo un pensamiento me viene a la mente: Y si…

   Y si estuvieses aquí todo seguiría igual: los malentendidos, las medias verdades, el cariño sincero, el silencio que habla mil idiomas, la caricia muda y ese cuidado que nos dimos, tú de pequeño, yo de mayor, y uno de esos raros regalos de la vida: el estar siempre juntos, siempre, hasta en la distancia de la muerte.

   Si todo fuese imperfecto la vida, nuestra vida, hubiese sido otra.

   Pero ha sido la que fue y siempre resonará en el recuerdo sin tener que mirar atrás.

   Y si fuese otra, no sería lo que fue. Y fue perfecta, porque estuvimos juntos, como fuese, revueltos y separados, unidos en la distancia, en la admiración, en el cariño.

   Y en la vida y en la muerte.

   Por siempre.

Seis puntos sobre Emma: clara ceguera/ Six Points About Emma: clear blindness.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

Seis puntos sobre Emma es el primer largometraje de Roberto Pérez Toledo.

Es una historia de desamor y desencuentros, un reflejo fiel no sólo a la filmografía del autor si no de la sociedad actual. Estamos acostumbrados a buscar y pedir, y cada vez menos a dar algo a cambio. Es la ausencia de generosidad, la atroz voluntad de Emma por conseguir lo que quiere, su fiera independencia, lo que la hace vulnerable en esa huida hacia adelante, y nos recuerda en cada minuto lo que nos hemos convertido como colectivo.

Todos sus protagonistas luchan, se entregan y se repliegan. Todos poseen una discapacidad física que se traduce en un tartamudeo interno; todos tienen una discapacidad emocional, a pesar de lo que desean, exigen y creen encontrar.

 Seis puntos sobre Emma busca el sentido a estar vivo. Por encima de cualquier discapacidad física, incluso por encima del invierno interior que todos sus protagonistas poseen. Cada uno de ellos es una isla que busca tener contacto, perderse en un abrazo: todos menos Emma, que sólo quiere ser libre. O tan libre como ella cree ser.

Atrapada en su ceguera y en su orgullo, Emma va en pos de su sueño sin importarle el coste. Para cuando se da cuenta, casi es tarde, pero recula, o mejor, da un paso hacia adelante, y como todos hacemos; los demás, que creen tenerla, bien sea físicamente, bien en la eterna fantasía de la puerta de al lado, terminan dándose cuenta que es imposible encerrarla en un amor en el que ella ve, tras sus ojos velados, una signo de debilidad y de dependencia que no está dispuesta a asumir.

En Seis puntos sobre Emma se habla de amor a través de las imágenes de Roberto Pérez Toledo sin ser nombrado nunca; en su guión, del mismo autor, se consigue sublimar lo que nunca puede ser posible porque se renuncia siempre, o se renuncia a una cosa para poder seguir siendo la otra.

Emma, como los demás, es egoísta: busca algo sin importarle los platos rotos que quedan detrás. Cada uno de sus protagonistas hace lo mismo, y todos terminan heridos y rotos. Hay mucho de la filmografía de Roberto Pérez Toledo en este constante afán por desentrañar las vigas de un corazón destrozado.

Emma sale indemne de ese pequeño ciclón que ella misma ha creado; huye de un compromiso que puede se maravilloso por la certeza de un presente que anhela y que puede manejar. No mira hacia atrás, no aprecia la estela de corazones rotos, de vidas a medio acabar, que deja tras de sí: su ceguera es demasiado clara y mira siempre, siempre, hacia un futuro que parece no llegar nunca.

Seis puntos sobre Emma es una reflexión sobre las vidas rotas, sobre los gritos interiores que a veces se escapan de nuestras bocas; sobre el ansia de conseguir, la dificultad de dejarse amar y el siempre doloroso proceso de necesitar ayuda y no pedirla nunca.

Está llena de silencios y de mar. Y de miradas que se cruzan y de sentimientos que apenas se tocan y se repelen. Y de un vacío que desea ser llenado, pero que no lo consiguen nunca. Es una historia que toca fibras profundas con cierta amargura pero también con mucha clarividencia: a veces somos demasiado egoístas y puede que eso sea bueno, y a veces somos demasiado ciegos par apreciar las ventajas de una amor y de una dependencia que puede ser la puerta de acceso a la verdadera libertad.