Vida de dos/ Two for a Life.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

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Belleza imperecedera/ Timeless Beauty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

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 La piel blanca, llena de brillo, de porcelana parece y está llena de vida.

   Cada uno de los destellos de luz que emanan de esa apostura, de esa serenidad.

   Una cicatriz que nos recuerda que la Belleza es frágil pero imperecedera. Y perfecta.

   Y la mirada dulce, entregada. Y triste, henchida de melancolía.

   El arte de Julien Benhamou nos lleva al pasado, a esa búsqueda callada y constante de la Belleza imperecedera, que permanece inmaculada con el paso del tiempo y que nos recuerda que, aunque hombres, podemos llegar a ser divinos.

   Guillermo Alonso encarna ese sentido de lo estético que pervive en el tiempo. Y nos muestra que la fragilidad no está reñida con la templanza, ni la gallardía con el humor. Y que la Belleza es algo más que una expresión, que una intención, y que esconde tras de sí un mar de sentimientos, un río de pura sensualidad, que la hace no sólo atractiva, si no viva.

   Gracias a los dos por recordarme que todo es posible y, a veces, hasta palpable.

S de soledad/ S of Solitude.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

  man-of-steel-themea Françesc Gascó, cuyo entusiasmo hizo mucho para que fuese a verla.

 No soy fan. De casi nada. De casi nadie. Las expectativas que guardo ante una obra artística son, en general, pocas: no porque espere una decepción si no porque sé cuán difícil es conseguir idear una historia y escribirla, plasmarla en imágenes e interpretarla. Ya sólo por eso todos aquellos que se arrogan a hacer algo de tal calado tienen mi respeto. Así, una obra artística me puede gustar o no, puede llegarme al corazón o no, y puedo hablar de ella sin pomposidad ni redundancia o dejarla pasar como algo sin importancia para mi vida.

   De un tiempo a esta parte siento que nuestras Artes están agotadas. No creo que sea falta de talento, quizá lo que falle sea la ideación. Y el miedo. No soy quién para arengar a los artistas a que abandonen la zona de confort en la que parecen habitar: por un lado está el mercado lleno de esnobismos y por otro el mercado que deja tras de sí las ganancias que todos esperamos recoger tras el esfuerzo titánico que una obra artística tiene tras de sí. No nos llevemos a engaño: todos queremos que lo que hacemos guste y repercuta de alguna forma en el universo. Y esta película no es una excepción.

   El hombre de acero es cine palomitero, signifique esto lo que sea. Pero es algo más. Mucho más. Para una inmensa mayoría es un símbolo, un modelo a seguir: cada quien se sacrifica a los dioses que más caros le sean. Para otros, un esfuerzo tecnológico, un alarde artístico. Un poema a la belleza masculina (sí, lo es) o un mero espectáculo consumible. Todo esto encierra El hombre de acero, y también algo más.

   Aunque se quede muchas veces en la superficie.

   El reparto es magnífico. Oír de nuevo a Kevin Costner en ese papel de hombre de campo, visionario y sabio, temeroso y valiente, y a la maravillosa Diane Lane, madre entregada y perpleja ante un hijo que (como todos los hijos) la sorprende a cada paso; disfrutar de la chispa de esa todo terreno que es Amy Adams; volver a encontrar al mucho tiempo perdido Russell Crowe, encarnando como nadie ese arquetipo de hombre íntegro pero bondadoso, que se sacrifica por el honor pero también por un ideal superior, es un gran gusto.

   Y Henry Cavill. No es sólo su transformación física (que sí, su piel y su sensualidad es real y hecha para ese personaje) si no el símbolo de su personaje lo que hace de El hombre de acero algo digno de ver.

   Hay mucho de Gladiator en estas películas desde su estreno hace ya unos años, no lo neguemos. El mismo Russell Crowe lo deja patente en el metraje de ésta y eso es de agradecer. Jor-El es Máximo Décimo Meridio con algunos años más, con mayor sabiduría y mucha más templanza. Es el que conoce, el que se sacrifica, el que sabe que, para que todo florezca de nuevo, algo debe perecer. Y en el personaje de Henry Cavill, como hijo biológico, esa semilla germina y da fruto, gracias a los cuidados de los también arquetípicos padres adoptivos: Jonathan y Martha Kent no saben lo que tiene entre manos, improvisan como bien dicen, temen, pero aman, y ese amor está siempre por encima, o más bien lo impregna todo, y consiguen que ese ser extraordinario que en el fondo son todos los seres que amamos, logre encontrarse a sí mismo, aceptar sus circunstancias, y crecer.

   Kal-El/Clark Kent no es Superman. Creo que apenas si se nombra una vez tal sustantivo. En El hombre de acero es un hombre que confronta sus dudas, su naturaleza, lo que él cree que debe ser y lo que en realidad es: un hombre diferente que no quiere ser distinto, que no entiende porqué lo es y por tanto, no sabe qué hacer para seguir adelante. Va dando tumbos, atando cabos y navegando entre los días de su vida como todos lo hacemos, y como todos, en absoluta soledad.

   Ser distinto, es decir, portar un distintivo que nos singularice de la masa amorfa que nos rodea, nos lleva al aislamiento social y personal; nos marca (él lleva en su pecho el símbolo S que, según nos cuentan, significa Esperanza) y nos obliga, en aras de su comprensión y de su misma aprehensión, a viajar por caminos yermos, por estratos sentimentales desolados en los que cada experiencia vital nos ayuda a descubrirnos; haciéndonos, de forma paradójica, más sensibles y más fuertes.

   Eso es, para mí, lo más destacable de El hombre de acero. El viaje de la Soledad. Jor-El está solo frente a sus conciudadanos, incluso frente al capitán Zod que intenta llevarlo hacia sus filas. Lara, su mujer, contempla la destrucción de la vida sin la compañía de su marido y sin la de su hijo, a quien poco tiempo antes ha enviado lejos de su lado. Jonathan Kent sabe que su hijo es distinto y sabe que la gente odia lo que no comprende, por temor siempre y siempre por ignorancia, e intenta inculcarle, desde esa atalaya solitaria en la que se encuentra, ese equilibrio frágil que todos debemos encontrar entre el deber y el querer, entre lo duradero y lo fútil de la vida. Martha Kent, la madre protectora, ampara con ese instinto maternal a ese niño único al que no entiende, y asiste en su soledad de viuda, a esa lucha y a ese despertar. Lois Lane, mujer de todos los tiempos, emprendedora y segura, vive sola, sola trabaja, sola se enfrenta a los peligros que arrostra su vocación. Y el capitán Zod, fruto de nuestro propio mundo, que no puede ni quiere comprender las diferencias de la vida, solo en un paraje hostil, al que intenta manipular y sojuzgar precisamente porque no lo comprende.

   Y finalmente Kal/Clark que desbroza lentamente, como nos ocurre a todos, ese miedo a ser diferente; la sorpresa y negación iniciales, el lamento que no cesa; la perplejidad de la comprensión, el impulso del instinto y finalmente la entrega a lo que es con el mínimo de lucha y el máximo de los arrestos, desde los páramos yermos del continente helado a las arenas secas del desierto, siempre solo y siempre siendo él mismo. Aunque haya atisbos de esperanza en su sonrisa final, y en sus ganas de pertenecer a un grupo; aunque sepa, muy dentro de sí, que todo aquello que ha sentido hasta ese momento es real y pronto volverá a pedirle cuentas.

   ¿Lo demás? Un envoltorio fantástico de música, efectos especiales, belleza visual y guiños a historias clásicas; exaltación de la belleza, la sensualidad y la responsabilidad de vivir y, también, puro divertimento, sí, palomitero.

   No es perfecta aunque pudo haberlo sido (y no por metraje). No es Gladiator, aunque tiene todos sus mismos componentes, y quizá sea ese su único punto débil. Pero se ha quedado cerca, en su exaltación del ideal humano, de sus grandezas y sus flaquezas, y en su sincera búsqueda por encajar, por no ser diferente, y en su eterna equivocación en desearlo.

La segunda vez/ The Second Time Around.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   Sin_t_tulo_1La primera vez no sabemos qué hacer. Se nos revuelve el estómago y en las ideas nos llueve un tornado insuperable.

   Pensamos que merecemos cada mimo que nos dan y que nunca es suficiente. Que el amor es un juego cuyas reglas manejamos bien y que no hay escondrijo que no sepamos ya. De repente, cuando nos llega el amor por vez primera todo parece sencillo y nos abandonamos (porque nos dejamos llevar por ese sentimiento que es como la Naturaleza, revoltosa y eterna) a ese dejarse hacer por el Otro, a ese abandono que es en sí mismo una querencia y una esperanza quebradiza.

   Hasta que todo se acaba. Llega el día en que no amamos más, o nos dejan de querer, y el lío que nace en el corazón nos destroza las entrañas y nos hace temerosos y nos llega tan adentro, que parte el alma por la mitad, congelándola y dejándola a escondidas de cualquier otra oportunidad, de un nuevo futuro.

   No hay futuro en el amor porque, la primera vez, todo es diferente. Y no pensamos y sólo nos llevamos por las tretas del corazón. Y porque no es quien creemos ser, ni el Otro ni nosotros.

   ¿Qué nos hace ser lo que somos? No lo sé. Sólo sé que haberte encontrado en esta segunda vez ha sido un milagro que deseo dure toda la vida.

   Nada me parece más puro que tus ojos acuosos, nada me atrae tanto que la tranquilidad del lecho y el suspiro de tu pecho cuando susurras mi nombre.

   Todo es tan distinto la segunda vez. Derribadas las barreras, con ambos pies firmes en el suelo, cada anhelo es sensato, cada espera tiene un razón de ser que se encuentra dentro de nosotros y no en el Otro que nos acompaña.

   Eso Otro que eres tú.

   La segunda vez llegamos al Hogar. La ilusión es real, grabada a fuego en los anhelos de un corazón que comienza a quererse a sí mismo, a conocerse.

   Y la alegría es pura como el cristal y callada y parlanchina la segunda vez que nos enamoramos.

   Y la búsqueda se enlentece, como las caricias y se llena de razones sin peticiones y de generosidad sin olvidos. Nada parece fácil y todo es sencillo la segunda vez que nos enamoramos.

   Y la dicha brilla sin cegar y la brisa de la esperanza agita nuestro pensamiento con gusto sabido y gozado.

   Desde que te encontré supe que eras para mí. Sin disfraces, sin mentiras. Sin deseos tontos y sin chiquillerías.

  La segunda, mejor que la primera vez, que el amor llama a mi puerta y eres tú, y nadie más, quien ocupa ese lugar.

   El lugar del amor perfecto y que dura por siempre.

Joaquín Riviera: ¡A lo grande!/ Joaquín Riviera: Never Big Was Enough!

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

JOAQUIN-RIVIERA   Joaquín Riviera, productores de los mejores espectáculos televisivos venezolanos, si no de toda Latinoamérica hacía de su Cuba natal espíritu y espectáculo.

Nada en él era pequeño: ni el férreo control que ejercía que rayaba en la tiranía, que escondía una perfección única, ni las plumas, las lentejuelas y la eterna música mágica. En España jamás se ha podido ver algo así en toda la historia de la televisión. ¿La razón? Como muchas otras cosas (la ausencia de espacios musicales es el más flagrante de todos) no creo que la sepamos nunca.

Yo conocí a Joaquín Riviera gracias al programa De fiesta con Venevisión, ya en sus períodos de especiales televisivos (era un programa semanal que existía antes de que naciese y que, cuando ya tuve edad para fijar recuerdos, ya no existía como tal), animado por el siempre correcto Gilberto Correa. Pero fue el Miss Venezuela, y sus grandes anuncios navideños, donde Joaquín Riviera se hizo grande, se hizo internacional.

Ni una estrella que se precisase faltó alguna vez a ese magno espectáculo televisivo, lleno de purpurina, piedras falsas, bellezas naturales y retocadas y exceso, puro exceso. La elegancia de Carmen Victoria Pérez era mítica. Se hacían quinielas para saber qué traje luciría para dejar a todos boquiabiertos. Recuerdo que Guy Melliet era de sus diseñadores favoritos.

El Miss Venezuela no sería lo que es sin Osmel Sousa, claro, el llamado zar de la belleza, como de su equipo, dentro de los que destaca actualmente el encantador Harry Levy Altman, sin embargo es espectáculo gracias a Joaquín Riviera, y es clase gracias a Gilberto Correa y Carmen Victoria Pérez, escuela de todos aquellos, belleza y talento, que siguieron sus pasos en etapas posteriores que ya no he podido ver.

Nunca, y eso es lo triste, podremos disfrutar en nuestra televisión española, de un espectáculo a la altura de los ideados por este genio televisivo, a quien le debo mucha de las imágenes que me han acompañado toda mi vida.

Con todo, hasta luego, Joaquín Riviera… A lo grande.

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Abril/ April.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

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Salud.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

  06c2257a90c311e2979d22000aaa0925_7Hace ya tanto tiempo. Me duelen los ojos al verlo. Los dedos pasan por las páginas amarillentas y los sueños parece que vuelven a tener sentido.

   Qué gracia. Los años han pasado, y este bar está casi igual. El pianista parece el mismo, sólo que ahora tiene nieve en el pelo y cierta rigidez que sólo un oído experto podría identificar, alguna nota disonante, el eco de la voz grave cascada por los años.

   Salud.

   Jugueteo con el hielo de mi bebida. Antes, la última vez que estuve sentado aquí, pensaba en la suerte que tenía, en lo maravilloso que era todo, en las posibilidades del futuro…

   Ahora ya no.

   Salud.

   Y otro trago esperando por ti. El tiempo ya no va ni viene. Aquí estamos casi por casualidad. Nos tropezamos por la calle tras el último adiós, en las puertas de este bar ya muy cerrada la noche. Y otro trago mientras espero por ti.

   La vida es un círculo amargo, como esta bebida y mis recuerdos.

   Los lugares se superponen, como las sensaciones y los recuerdos. Todo parece lo mismo pero no lo ha sido. Ni vivimos juntos ni tuvimos recuerdos en común, no más allá de aquella noche en la que me citaste para decirme adiós.

   Así que no hay síes que recordar, ni siquiera noes, qué más da. Ni risas, ni vida, ni adioses.

   Y sin embargo aquí estoy… ¡Salud! Por la vida que no fue y por el amor que pudo ser y por los recuerdos que pudo haber habido y que no hay.

   Va por ti, que llegas tarde. Y por mí, que ya no me interesa casi nada de tu vida. Lo bueno se hace mejor y lo peor se olvida. Para otros. Pero no para mí. Que olvidé lo que era amar cuando me dejaste aquí, noche cerrada y el bar cerrado, sin apenas respiro.

   Salud por ti. Y por mí. Y por la vida que no tuvimos.

   Llegas tarde. Como siempre.

   Pido otra. Y sigo brindando por las sombras de lo que nunca fue.