
Así soy yo
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music


Domingo. Temprano. Salimos a jugar un poco al baloncesto. Te burlas de mi torpeza, que también te irrita. Pero sonríes con cada enceste y me miras divertido cada vez que intento un mate.
La luz suave de octubre, cuando no hace frío ni calor, perfecta para vivir confidencias. Dos amigos en un fin de semana que hacen cosas ordinarias como si fuesen excepcionales: la compra para el desayuno, caminar por el paseo del río inmenso, divertirse en las termas y en la noche loca de pubs y entresijos apasionados. Cenar a la luz de las velas, en un local pequeño y encantador; entrar del brazo por un pasillo estrecho; cocer un par de huevos, echarles sal; verter leche en chocolate instantáneo, guardar esas imágenes increíbles en la memoria a falta de cámara de fotos.
El aire suave entra por una ventana entreabierta. Y mi cabeza se posa sobre tu regazo. No hablamos. El silencio se rompe con el sonido del periódico y el roce de tus dedos en mi pelo suelto. No hablamos y esa comodidad infinita nos envuelve. No hay nada que no podamos hacer ni que se nos prohiba; dos seres que no tienen nada que perder entre esas paredes protectoras. Y ese silencio que es un bautismo, un lazo irrompible.
Tus labios se mueven con la lectura imperceptible. Yo cierro los ojos, incapaz de hacer nada más que esas pequeñas cosas ordinarias que definen a la vida: un desayuno abundante, acomodarte el cuello del jersey, amoldar mi cabeza a la suavidad de tu regazo. El olor del café y las tostadas, el roce de las hojas al ser leídas y olvidadas, las arrugas de unas sábanas estiradas hacía nada, y el rumor de tu pecho sobre mí. Esas cosas ordinarias que definen la vida y que nos pertenecen y garantizan que formamos parte del mundo.
Nada hay que nos distinga de cualquier otra pareja de amigos que se quieren. Y se desean. Y están juntos. Ese momento que nada define pero en el que todo coincide: amor, silencio, caricias, bromas, pura consciencia y ser. Esas cosas que nos hacen humanos que se aman y que desean construir un universo único en un mundo cambiante. Esas cosas ordinarias que quizá nunca se nos hubiesen permitido por ser lo que somos, por querer querernos como hombres, por vivir como hombres.
Y te escribo esto después de habernos despedido. Después del tiempo que ha pasado. Después de no saber nada más de ti. Sólo para que sepas que el amor que te tengo sigue brotando en mí como la savia en un árbol; que mis sueños de ser una pareja normal, que sale de noche a tomar algo, que juega una partida de cartas y va al gimnasio y que hace chocolate instantáneo con leche entera siguen intactos. Sólo para que te des cuenta que esos instantes de silencio, en el que todo coincidía, eran la Felicidad; ese momento suspendido donde todo es Perfecto: esas cosas ordinarias que tejen una vida y que gritan, sí, que gritan, que es posible vivir feliz y despreocupado al saberse querido, deseado y aceptado.
Y te escribo esto con la esperanza, aunque sea pequeña, de que me recuerdes, que revivas esos instantes nimios que nos hicieron sentir inmensos, y que aún perduran en mi corazón con el ritmo de tus caricias y el rumor constante de nuestros silencios.
Y con la esperanza de que, pese a todo, aún no sea demasiado tarde. Para ti. Para mí. Para ambos.
La luz que se cuela por tus pupilas hace que brillen esos ojos de miel y desierto. Contraste de tu piel tan blanca y tu pelo tan negro. Y el sol que transforma una tez pálida en una piel de bronce y oro.
El sonido del mar llegando a la orilla. Y a tus pies. El cosquilleo fresco contrapuesto al tacto rugoso de la arena rubia. Tu cadera moviéndose al compás de las olas, dejando un agujero profundo en la superficie blanda y granulada. Señalas el túnel que no es más que una promesa de alegría y sonreímos.
La boca abierta, los dientes alineados. La lengua rosada dentro de aquella maravilla blanca. Y los ojos desaparecen por un instante haciendo un atardecer a mediodía. Y, al abrirse, la vida continúa latiendo con esa promesa de porvenir.
El pecho que asciende suave, vello oscuro sobre esas altiplanicies firmes y blandas. Y la sombra de tu mano paseando por ese pecho abierto hasta llegar al abdomen. Y retiras parte de la arena adherida al sudor y al pelo. Sonríes.
Gesticulas a veces. Acostado, lleno de sol, el cuerpo parece que se mueve en un puro espejismo. Sobre mí, debajo de mí, cerca de mí. Y tú en la toalla y la toalla entre tus piernas.
Me hablas y te contesto. Callas y yo sigo a lo mío. Te observo. Sabes que lo hago. Y sonríes.
Te sé de memoria.
Y tú a mí.
El día es suave, el calor pegajoso. En tu piel perla el sudor, y me apetece beber de ti. Me dejas. Yo me dejo. Y sonríes. Y el día, suave, mece a las horas, que navegan suspendidas entre tú y yo.
Es éste el misterio del amor, que se esconde en las pequeñas cosas. Tú y yo, personas y símbolos y fragilidad.
Una caricia, un mohín apreciativo, los ojos cerrados, las palmas mirando al cielo, el pecho libre, las piernas abiertas, los proyectos erróneos, las ilusiones reales, el sonido de un latido, el sabor de unos labios, el peso de la compañía.
El misterio del amor habita y respira, es frágil y duradero, y está entre tú y yo. En ti. En mí. En todo lo que nos rodea. En el mar, en la arena, en la brisa revoltosa, en los errores y en las pérdidas. Y en los encuentros. En todas esas pequeñas cosas que hacen a la vida única e irrepetible, imperecedera. Y real.
¡Qué felicidad!
Lo quiero. Lo deseo.
Ya no lo escondo. Pude haberle dicho, pude callar. Ahora ya no lo hago. Porque sé que no me escucha.
A veces los actos gritan más que las palabras. Pensé que lo míos lo hacían. Una caricia callada, la cena preparada, la ropa limpia y planchada; sus deseos adivinados, su vida facilitada. Porque él lo merece. Y soy feliz haciendo fácil una vida que me parece maravillosa: la suya.
Sé que me necesita. Él no. Pero yo sí lo sé. No me dice nada. Pero a veces entorna los ojos con un gesto leve de placer al entrar en su casa tibia, llena del olor del hogar, y al sentarse en el sofá con la copa fresca y fruta recién cortada para acompañarla. Cuando se desabotona la camisa y se queda mirando al infinito en la chimenea y yo ando como quien no camina alrededor, callado pero hablando con cada gesto, con cada suspiro. Y él me sonríe, lo sé, como a un perrito cariñoso, y me toca la mano y todo vale la pena. Y se olvida de mí encerrándose más en sí mismo.
Lo amo. Lo deseo. Cada centímetro de su piel, cada instante fugaz de su cuerpo.
Sé que está mal, que me ignora, que no sabe que existo. Pero su éxito vive de mi esfuerzo y su belleza en mis cuidados. La vida es generosa con él porque yo le regalo la mía: un suspiro, una camiseta limpia, el perfume siempre a mano, la ducha lista, el albornoz tibio; la sábana que cubre su piel y el vello que nace de su pecho en un maremoto maravilloso.
Él me necesita, aunque no lo sabe. Y me gustaría que no lo supiera para amarme. Porque la voluntad no da buen amor, es puro compromiso. A veces viene acompañado y esos rumores de amor me aniquilan el corazón, pero así lo quiero: entregado, libre de compromiso, lleno de deseo y abandono. Y cuando todo termina, se despide del acompañante con cierto desdén y me dice que vaya, le abra la puerta, le dé algo, le diga gracias, le recuerde que debe olvidar el camino a ese paraíso.
Y a mí no me lo dice.
Me llama. Me pide que me acerque. Y como regalo me coge de la mano, que aprecia a pesar del trabajo de cuidarle. Y me queda mirando y creo que me atraviesa con esas pupilas fijas. Pero no me ve, no me ve como yo quiero, cómo le quiero. Yo soy quien le doy amor, quien lo sustenta, quien alimenta, quien le dice esto no, esto sí, esto hoy, mañana no, pasado sí.
Hasta que me necesite estaré a su lado. Me mima a su modo, como a un cachorro. A veces me dice que quiere salir conmigo, y vamos juntos por el parque arrullados por ese silencio de la asiduidad. Y suspira, suspira cómodo. Y se sabe pleno. Es amando y lo ignora, pues no ama lo que necesita, si no lo que le apetece.
Yo tengo paciencia. Yo puedo con su indiferencia. Yo sé que, hasta que me necesite, estaremos juntos, compartiendo todo, todo menos su cuerpo, que yo desearía por siempre para beberlo y sentirlo hasta el fin de los días.
Los días que paso a su lado.
Soy invisible, lo sé. Y quizá algo neurótico. Y algo cobarde. Hasta que me necesite estaré a su lado haciendo lo mejor que sé hacer: cuidarle, mimarle, amarle en la distancia, desearle cada vez que se acerca para susurrarme un secreto o para decirme un cumplido, el más nimio, pero que es gloria bendita abierta en el cielo.
Hasta que me necesite seguiré con él. Día a día. Y después… Ya se verá.


En el atardecer los grillos cantaban. Mediados de junio, el verano apunta, la primavera fenece. Pero aún florecen algunas rosas, llenas de belleza y aroma parecidos a una caricia. Cuando era pequeño mis abuelos me decían que el canto de los grillos atraía la lluvia, un poco como el ulular del cuco a finales del verano anuncia las lluvias otoñales. Yo había crecido en un mundo totalmente diferente, lleno de mar, atravesado por agua cálida y atardeceres rápidos, la luna suspendida como una burbuja plateada entre el cielo y la tierra; donde no había grillos ni luciérnagas ni cucos ni rosas, pero sí cigarras, con ese frotar intenso de pura vida perdida y la perennidad de un verde intenso, selvático.
La frondosidad del Caribe, una pura fiesta de los sentidos, casaba sin embargo con aquel ambiente tranquilo, de tierra llena de simiente brotada y un eterno sol de casi medianoche. En mi espíritu esas aparentes diferencias se conciliaban; era capaz de comprender que mi corazón amase aquel espacio verde donde danzaban los grillos y el inmenso espacio azul de mi niñez, donde el agua llegaba tibia a las seis de la mañana y a las seis de la tarde se teñía con el rosa y el oro de un pestañeo.
Charlando con mi amigo Antonio Campoy sobre lo divino y lo humano (o sobre lo divino de lo humano, más bien), su perspicacia para conmigo me hizo pensar. Esa capacidad de pensamiento, compresión y comunicación la ha dejado muy patente en todos los años que ha llevado el blog Vivo en la era pop; pero en las distancias cortas, su penetración en la psique es como un rayo láser. Amable y educado y directo, sus comentarios siempre me hacen pensar. Por eso me encanta, y es una de las personas que más quiero de todas aquellas que he podido desvirtualizar con el paso de los años.
Mientras los grillos inundaban el espacio con su melodía constante (como en otra época y lugar las chicharras con su estridencia continua) lanzó un comentario que me llegó dentro. Valentía, me dijo. Compromiso. Abandonar el miedo a ser vulnerable con el Otro, único requisito imprescindible para enamorarse y empezar una vida realmente nueva. Ese contrato increíble en el que todo está en juego, nada seguro, quién sabe si duradero, pero por el que valía arriesgar algo de orgullo y un mucho de miedo.
Eso es lo que me sorprendió. Me di cuenta, con ese comentario inocente, que mi vida pasaba a mi lado apenas sin tocarme porque había decidido que, para preservar mi integridad y todos esos compromisos que no eran conmigo, así debía ser. Supe que estaba escondiéndome desde hacía años en el trabajo, con el peso de una responsabilidad que había adquirido por no aceptar el contrato de mi vida, y que con todo eso evitaba ser yo en plenitud.
Por un momento me vi reflejado en el agua del lavadero cercano. Ese reflejo no era el mismo de hacía treinta años: era capaz de encontrar pliegues, pérdida de tersura, una mirada velada, una sonrisa grande pero entristecida. Veía la imagen de alguien que no poseía objetivos (todos aquellos que tuve me fueron arrebatados uno a uno por la propia vida), atrincherado en una situación llena de vaivenes pero cuyo centro permanecía inamovible: yo mismo. No cedía a la atracción, ni al amor, ni a la aventura: mis cicatrices hicieron que replegara mis alas y que me olvidara de mí mismo. Escondiéndome nadie me haría mucho daño, pero sobre todo yo mismo, y me sentía capaz de llevar, siempre con ayuda, una vida que no era mía, pero que había aceptado.
Creo que llevo más de la mitad de mi vida huyendo de ese compromiso. En cada esquina de mi historia puedo detectar el momento en que escogí otra vía distinta de la que me apetecía para mí; las excepciones que bien conocía, repletas de errores, sólo habían afirmado esa actuación.
Nadie sabe quién soy, quizá ni yo mismo. Pero hay alguien detrás de esa mirada, formado por esos recuerdos y por esos sueños ya inalcanzables, que se esconde tras las responsabilidades insoportables, tras una cotidianidad que lo anula como ser que siente. A veces nacemos para estar solos: solos nacemos, solos morimos. Pero a lo largo del camino de la vida la compañía, la interacción con los demás (buena o mala, memorable u olvidable), nos enriquece, nos configura, nos hace danzar al ritmo de los grillos, al arrullo del mar. Eso lo había olvidado.
No sé si ese reflejo que veo saldrá finalmente a la luz. Quizá nadie sabe en realidad quién soy yo. Quizá Antonio haya atisbado algo, como muchos otros que no se atreven a comentarlo, y como tal me haya animado a salir por fin, a brillar por fin, a equivocarme nuevamente y a sentirme tranquilo por eso. Quizá sea también la edad y la cercana rampa que veo llegar. Quizá sea hora de salir del escondite y ser capaz de decir: esto es lo que quiero, y esto es lo que hay que hacer y ser. Porque puede que la única persona a la que deba alguna explicación (de haberla) sea yo mismo.
No sé. En ello estoy. Y mientras tanto, a veces releo esa conversación que me ha hecho reflexionar tanto, que ha conseguido que vea en mi reflejo algo más que el paso del tiempo.
Puede que haya llegado la hora de dejar todos los grilletes atrás, salir del escondite y ser libre de verdad.