Enrique Toribio es un fotógrafo con una habilidad única, y es la de la sensación. Su trabajo está lleno de tacto, escapa la bidimensionalidad y habla, se mueve, se palpa. Acercarnos a sus fotos es encontrarnos de lleno con una historia que a veces se cuela entre los sentidos y otras nos explota en la cara, sin dejar a nadie indiferente. Pero su característica especial, su duende, es lo sensorial, la sensualidad, y la pasión por el placer, el dolor, la desesperanza y la vitalidad. Sus fotos están vivas, trascienden el espacio, y nos tocan de continuo. Son pura piel.
Enrique Toribio has this unique vision about flesh, passion and life. His wok is a masterful piece of sensuality, pain, troubles and love intertwined, and he plays with light, senses, color an dark with this joyful and passionate universe that flows out of the pictures and touches our senses, our hearts and our own skins. He is the photographer of the Skin, and his work just talks for himself. He’s an artist of light and flesh, making them a divine gift to the eye and soul.
Jorge Ricoy Gabaldón es un un gran hombre. En todos los sentidos. Nada hay en él que sea pequeño. Sus espaldas de mundo y medio, sus brazos enormes, sus piernas que se clavan al suelo con determinación, y una mirada dulce y un corazón enorme, lleno de cariño, que escapa de su pecho y le llega a la boca.
Jorge Ricoy es un excelente médico, porque es bueno, comprensivo, comprometido, responsable y trabajador. Porque es empático y preocupado; porque ama lo que hace. Y eso lo hace grande. Eso, y ese corazón de atleta que prosigue latiendo, una y otra vez, sin importarle los tropiezos del camino, las decepciones varias, los eternos reveses de lo que llamamos vida.
Es un marido atento y un padre amoroso, un hijo dedicado y un hombre enorme lleno de mimos. Porque a Jorge le encantan los mimos: darlos y recibirlos. Los abrazos, los besos. Y cuando acoge a alguien entre ese pecho de acero y esos brazos infinitos, transmite la energía de las estrellas, porque pocas personas están más cerca de Dios en amor, en cariño, en desinterés y en preocupación que él. Jorge es padre preocupado y amante, y acoge bajo su luz a todo espíritu indomable, herido y necesitado. Jorge Ricoy es un hombre por encima de todo, y es un gran médico precisamente por eso, porque no pierde nunca de vista la integridad, la entidad y el sentido de ser persona.
Sus pacientes son su labor; darles lo mejor de sí mismo, su meta. Y Jorge es aún mejor amigo, porque extiende sus cuidados, sus preocupaciones y sus quehaceres a todos aquellos a los que ama.
Y Jorge Ricoy es amigo mío. Nos conocimos el primer día de trabajo, hace ya diez años, y esa empatía y esa corriente de simpatía ha ido creciendo y fortaleciéndose con los años que han pasado hasta florecer en una amistad que supera las distancias, los ritmos y los cambios. Aún recuerdo una guardia que compartimos en Urgencias, en donde se reveló capaz, eficaz y eficiente: todo lo que siempre he deseado en un compañero de juegos y de la vida… ¡Cuántas cosas han pasado en diez años! Cuántas. Hemos crecido, evolucionado; se ha casado con una mujer excepcional, y ahora es padre de dos niños preciosos, y su ser sigue intacto, más profundo si cabe, y su gran capacidad de dar cariño, exponenciado al máximo y por siempre eterno.
Mi vida no sería igual sin él a mi lado. Yo no sería lo que soy si él no estuviese cerca. Y eso es algo que le agradeceré siempre y siempre tendré en cuenta.
Es un hombre cariñoso, que demuestra su afecto con la generosidad y el desprendimiento de un corazón que late. Porque Jorge Ricoy es muchas cosas, todas buenas; pero, sobre todo, es un hombre todo corazón. Y está de cumpleaños, y desde aquí le saludo, le homenajeo y le digo, como siempre que le veo, que lo quiero desde el primer día, y que ese cariño, gracias a su constancia de jardinero, sigue intacto pese a los años que pasan, y crece, pese a los años que pasan, alcanzando con sus raíces la eternidad.
Arrastro los pies. Un paso me cuesta un mundo y, el otro, más de un pensamiento encadenado. No logro desenredar mi mente de lo que ha pasado y sigo dando vueltas con la peonza de mi cerebro como si fuese un juego sin fin. Cada paso es como un abismo y duro, pesado y eterno. Pero los doy, uno a uno, sin equivocarme demasiado, sin siquiera darme cuenta, salvo del ruido del agua bajo mis pies, chapoteando como niño pequeño sin descanso.
Hay días en los que es mejor no salir de casa. Todo sale al revés, o el mundo nos trata del revés, que viene a ser lo mismo. Y el cansancio sólo mina la rutina, que desaparece y se esconde, y desgasta al corazón, cuyo latir se pierde en innumerables intentos por hacer lo correcto. Por eso hay días en que es mejor acurrucarse en el sillón, con la chimenea encendida, y la tele haciendo ruido bajito mientras cabeceamos sobre un buen libro, y una copa o una taza o una caricia al lado.
Y sin embargo, la vida nos arroja en este mar insomne que ruge sin cesar, haciendo de nuestra travesía una montaña rusa de sentidos, sentimientos, escarceos, fallos, intentos, errores y justificaciones, cuando no de misterios sin respuesta, sin redes ni salvavidas; nadamos al alcance de nuestros miembros, rugiendo bajo las fuerzas de la Naturaleza, manteniéndonos a flote sin remedio y a veces sin ganas, como luchando contra nosotros mismos además de contra la vida. Porque la vida es una lucha continua, que parece no tener fin, al menos no por ahora. Y todo es un abismo que escalar de paredes lisas y pulidas; riscos elevados desde donde caer; lagos inundados por gotas de duda, engaños, insalubre negatividad y desilusiones. Y lidiamos como podemos, como nos dejan o como sabemos. Y da igual cómo sean, dónde se encuentren ni adónde nos lleven. La vida se entremezcla, se lía y se deslía usándonos de tejido, de puntadas y de guías, y nos dejamos llevar a pesar de la resistencia, o más bien debido a esa fuerza antagónica, lustrosa y única que nos conforma.
Arrastro los pies. Uno detrás del otro. Y el agua me moja los dedos, enchumbando los calcetines de lana. No debí haberlos puesto, porque los pies además de fríos, me estarán húmedos. Debí haberte hecho caso ayer, pero es que tenía frío. Y vaya si hizo frío. Me gustaría contarte todos los dolores, las vanas esperanzas, la fragilidad del cuerpo, la dureza del espíritu, la firme confianza, las soluciones borrosas y los parches que acabamos poniendo en esa tela que es el cuerpo y que a veces no queda más remedio que desechar. Pero no puedo, porque no me entenderías. No sabrías porqué a veces me quedo callado como una tumba, con los ojos semicerrados y ausentes; no estoy perdido, todo lo contrario, quizá nunca esté más presente, más contigo. Me gustaría compartir contigo mis miedos, que son tantos; mis dudas, que siembran más dudas y dan a luz más dudas en medio de un terremoto de sensaciones a la vez valiosas y equivocadas; lo mucho que me pregunto una y otra vez porqué, porqué y qué hacer; y lo que hago, casi sin pensar, tras el instinto como tras el amor, con ciega confianza y muda razón, porque no tengo ninguna o se me escapan todas, que es lo mismo. Me gustaría que sintieras la miríada de sentimientos que me aturden cada vez que entro a trabajar, esas veinticuatro horas encerrado con el dolor, la esperanza, la desolación, la fragilidad; y la risa, y la sonrisa, y la alegría y el llanto desconsolado y la envidia, la riqueza, la bajeza y el azar. Pero no puedo, porque sé que no me entenderías.
Y no me quejo: es mejor así. Cuando llego, como hoy, con los pies arrastro, y me regañas por lo bajito y corriges mi postura cansada y me sonríes con esa boca de fresa y en los ojos un brillo de estrellas, nada tiene importancia, salvo tú. No me quejo, porque tú eres la mejor de las medicinas, la única en realidad que logra desatar esa parte de mí que queda encerrada en el hospital y a la que vuelvo día a día casi sin echarla de menos; tú eres lo que me mantiene erguido aún en medio de un océano de cansancio, de frustraciones y de dolor ajeno, que llega sin embargo a ser tan mío como las entrañas que me forman. Por ti, mi paso de procesión con los pies húmedos y fríos vale la pena, y me olvido de la incomodidad y de la insensatez cuando me acerco poco a poco a nuestra casa, al hogar en el que el hogar refulge con leña recién puesta, en el que el silencio se llena con tu voz de arrullo y la cama de pluma de cisne, y la ducha de agua cálida y con olor a rosas y el eterno lamento de una fuente de patio. Por ti, mi mundo de patas arriba tiene sentido y es más mundo porque tú lo enderezas y le das movimiento, fuerza y núcleo, magnetismo y tierra.
Así pasan las horas y llego a ti. El sol hundido en medio de la lluvia, el viento enloquecido rodeándolo todo; las ramas de los árboles humildes debajo del agua que cae, y los hombres empapados que van y vienen por las arterias de la vida. Y llego con el paso cansado, cansado y aturdido, hasta encontrarte, y el mundo se llena de luz, y la tibia manta de tu sonrisa me arropa y me seca y me da de nuevo vida. Y me cuidas como a un niño pequeño; me alimentas y me imitas; me mimas y te ríes de mí. Y yo me río y sonrío en este largo y duro día en que todo era un sin sentido hasta llegar a ti. Y saber que la vida tiene una meta, y esa meta eres tú, me ennoblece, me enaltece y me desborda, afortunado y único en el mundo, por tenerte a mi lado, oyéndome, lamentándote, asumiéndome y regañándome. Adoro cada palabra que me dices, cada gesto, cada sonrisa. Para mí vale el giro de un planeta, el brillo de la luna en el otoño. Y la leña encendida y la ducha tibiecita y el arrullo de tu abrazo esponjoso, y el calor de tu cercanía, gravedad que me ata más y más a ti.
En esos momentos mágicos, en los que el largo día acaba, me siento un hombre más cabal, más humano y más pobre, porque tengo salud y un hogar cálido y una sonrisa de bienvenida y una caricia que me lleva, en esos instantes en los que el largo día llega a su fin, a la alegría más pura y sentimental, que es la de sentirse amado. Contigo en mi mundo el mundo cobra sentido, un sentido único que resiste las embestidas del espacio exterior, y que consigue, a pesar de las desidias del largo día que acaba, que llegue a ti con el amor suficiente y las suficientes ganas de darte las gracias, de merecerte y de quererte al menos con la misma fuerza, la misma entereza y la misma pasión que tú a mí.
Y a ti te dedico estas pocas líneas, mientras el atardecer inunda nuestra casa de ocaso, y la leña crepita en el hogar, y mis pies ya están secos, y tu mano acaricia la mía, con esa delicadeza y esa complacencia que tienen todas las cosas pequeñas, que se sostienen gracias a ti.
Estaba distraído mirando no sé a qué. Me incomodaba molestarlo, tan abstraído que ni cuenta se había dado de mi presencia. Intenté tropezar con algo, pero no encontré nada adecuado que no revelara mi sana intención de interrumpirlo. En mi indecisión, el tiempo pasó rápido, comiendo segundos como sembrando ansias. Lo veía allí de pie, con los labios entreabiertos, humedecidos lo justo, brillantes a la luz del atardecer de enero, con el sol caído y llamativo, suave y discreto al mismo tiempo. Le caía en sombras detrás de los hombros, anchos y relajados. No creía que se acordara de mí, cuando coincidimos en las escaleras; o ayer, en el ascensor. Yo no podía dejar de mirarlo, aspirando la esencia de madera y cayena que exhalaba su piel. Aún me estremezco al recordarlo… Pero él seguro que ni se había fijado. No estaba en mi mejor momento (¿cuándo lo estamos?); iba de aquí para allá sin descanso; no dormía apenas, y apenas comía. Había adelgazado, cosa que nunca está mal; pero me notaba la piel demacrada, el cansancio asomándose por mis ojeras. Pero él seguro que no se había fijado, tan ocupado siempre y siempre tan callado; con su media sonrisa y sus ojos de cielo abierto, castaños como dos pozos que manaban luz y seriedad. Pues era muy serio, o al menos lo parecía. No regalaba risas ni tampoco halagos; era recto, seguro, trabajador, constante, de satisfacción complicada, de voz profunda y melodiosa; de ademanes tranquilos y calculados; de manos finas y dedos largos. No se había fijado en mí ayer en aquella bocacalle, cuando se le escaparon varios folios jugando con el viento y yo le ayudé a recogerlos. No me vio llegar tarde hoy, por más que apuré el paso para llegar primero que nadie; no supo que traía café recién hecho y algunas galletas que espero no estuvieran rancias ya. Soy un lío cuando estoy en un lío, y vaya si me metí de lleno en éste. Porque él era un problema. Era irresoluble, inalcanzable; una estrella nocturna que aparecía cada mañana y colgaba su brillo eterno hasta que me acostaba pasada la medianoche. Su recuerdo me duraba todo el día que lo veía, y el día que no venía me causaba dolor de cabeza y, secretamente, dolor de corazón. No sabía nada de él, pero lo sabía todo; todo lo que me importaba. Era alto, de rasgos hermosos sin llegar a ser perfectos; con una boca de rosa pálido y unos dientes discretamente apiñados en esa caverna oscura. Y su voz, y su voz… Aquellos sonidos me estremecían con un descaro desvergonzado; aquel arrullo me obligaba a mantener los ojos abiertos a la noche y me entretenían dibujando su mirada oblicua, sus ojos de negro pozo, hasta que caía de cansancio en el arrullo del sueño.
Y estaba mirando no sé adónde y parecía no haberse dado cuenta de mi presencia. Me entretuve jugueteando con unas carpetas desordenadas, y tanta distracción tenía, que cuando oí su voz llamándome, casi se me caen al suelo con un estrépito clamoroso… Sabía mi nombre. Lo sabía. Apenas me levanté del suelo con las hojas hechas un manojo de nervios en mis manos, lo miré a la cara. Y sonreía. Aquel rostro único sonreía, me sonreía a mí, y el cielo se detuvo en un atardecer más lento de lo habitual. Me sonreía a mí. A mí. Y sus ojos castaños nadaban serenos sobre una risa de plata y su voz de arrullo lanzaba al aire indeleble la danza de mi nombre. Y se acercó a mí y me tomó del brazo, y su roce agitó mi piel, alterándola para siempre. Y me tocó. Me dio su mano sonriéndome con toda la boca y comiéndose mi corazón. Y entonces supe que él sabía. Y supe que él sabía todo de mí: mi nombre, mi impuntualidad justificada, mis miradas furtivas en las escaleras, mi intento moribundo de hablarle cientos de veces; mi ansia colegial, mi dulce deseo, mi atáxico caminar en su presencia. Y me sonrió de nuevo, y me tomó de la mano y me llevó hasta la ventana y me enseñó el mar en calma, el sol en llamas colgado del cielo y el viento de invierno comiéndose los bordes de las ventanas. Y supe que él me había visto desde el primer día, y me había esperado con una esperanza inventada, y había deseado ese encuentro fortuito como quien desea un trazo de estrellas… Y yo, que no podía con los nervios, lo olvidé todo de golpe: lo que quería decirle, lo que había ido a hacer allí, lo que me preocupaba… No me acordaba ni de mi nombre… Y él se reía de mí y conmigo, y escondía esos pozos de luz entre los párpados de arena, y su voz de cascada cayendo sobre mi cuello y sus manos de seda acariciando mi piel… Y supe, y supe en aquel momento como en una revelación que, gracias a él, mi vida nunca, nunca sería la que había sido hasta ahora. Sólo al tocarme. Al acariciarme. Al abrazarme. Al amarme en secreto, como yo a él.
Él me ha tocado, me ha tocado, y con ese roce, ya nada en mi vida será lo que una vez fue.
La mirada de Mónica Ochoa bucea en las intimidades del ser humano y es capaz de atraer la verdadera belleza y la luz escondida en los fondos del alma. Y ha conseguido desnudar la maravillosa personalidad y la serena paz que encierra en su interior ese terremoto sensorial, ese volcán de ideas, pensamientos y sentimientos que es Abel Arana. Sólo un vistazo, sólo una hojeada, y la magia de esas imágenes nos atrapa para siempre, y dejamos de preguntarnos qué tiene de especial y de único Abel Arana, porque es dueño de todo, de todo lo que de hermoso tiene un hombre.
Una hombre excepcional en las manos de una artista única.