El mar interior/ The sea inside
En el aire/ Up in the air.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside
Una noticia de despido es una revolución astral: no se espera, trastoca el mundo y deja al despedido en un limbo de sensaciones, en un mar de decisiones urgentes e inútiles (por imposibles) y con una carga de angustia que es difícil de valorar.
Y no hablo aquí sólo (si no fuera eso ya suficiente) de las responsabilidades de una o varias hipotecas, de pagar los recibos mensuales de una vida, que es la vida misma: luz, agua, teléfono, colegios, vestido, alimentos; si no de algo mucho más profundo, mucho más interior y por lo tanto, más secreto, más inconfesable.
Todo despido lleva consigo una serie de decisiones previas a las que no se les prevé (por inconvenientes o por ceguera) consecuencias inmediatas. La persona responsable sólo advierte números, situaciones bursátiles determinadas, ese juego de castillos en el aire al que hemos llamado Economía, ese dios creado por el hombre y al que hemos entregado, desde hace milenios, nuestra alma y nuestra felicidad. No valora, porque no se debe, las consecuencias personales y familiares de las personas a las que el despido afecta; porque un despido es una medida cautelar, inmediata, de resolución rápida, y tapa agujeros y apaga un incendio particular para encender uno más tarde. Es decir, despedir a un trabajador es una decisión procesada en bloque (porque no se despide a un trabajador, sino a un grupo en conjunto) diseñada para conjurar un mal que sigue manteniéndose en el tiempo pero que, al mutar de nombre, parece que cambia de responsables, y es un alivio momentáneo y frágil de esa red inútil e inestable que es la Economía, sea la de un hogar, la de una empresa, una región o un estado. Una vez acabado con ese problema momentáneo, la atención del responsable pasa a otra cosa, y se olvida pronto a aquellos que han dejado de ser problema, lanzados a otro aún mayor, pero que ya no está en sus manos resolver.
Vaya y pase cuando la persona despedida es inútil o irresponsable o que haya abusado de los privilegios del poder o de los beneficios de su posición: los trabajos que dejan vacantes saldrán ganando con ello, y esas personas quizá también. El problema radica en todos aquellos que, cumpliendo cabalmente con su labor y siendo útiles y necesarios, son despedidos por esas necesidades abstractas de cuadrar números o de justificar acciones de superiores igual de obtusos que las decisiones que se toman.
Todo puesto de responsabilidad acarrea una consciencia amplia, que debe abarcar no sólo el presente inmediato sino el futuro previsible. No se sabe el peso de ese trabajo hasta que se tiene sobre los hombros, pero eso requiere de la persona encargada una claridad de ideas y una falta de cinismo que es difícil de encontrar en estos tiempos de verdadera crisis humana, porque pocas personas son capaces de mantener una visión a largo plazo mientras luchan con los pormenores del día a día.
Esta imagen de perfección es menos romántica de lo que se piensa. Si bien es cierto que no se pueden evitar a veces ciertos daños secundarios, sí se pueden prever y, por lo tanto minimizar, el impacto en el tejido de las cosas que pasan. En Medicina ocurre: a veces tomamos decisiones que afectan a más de un órgano, pero el beneficio del todo justifica una acción semejante. Pero como el todo es el bien de cada uno de sus componentes, se toman medidas para que ese daño, de producirse, sea el menor posible, el más fácil de manejar o el que tenga el menor número de repercusiones futuras… Si en este campo de imperfección perfecta, luchamos por alcanzar con cada una de las decisiones la mejor solución posible, aún me cuesta entender que en esos campos de juegos de mentirijillas que hemos creado: la Política, la Economía, no se tomen medidas parecidas, o que requiera de altas dosis de clarividencia, y de valor, para hacerlo.
Por eso el mundo está en crisis: porque sus supuestos gobernantes no alcanzan las mínimas cotas de interés humano ni de estricta moral (y sí, hay una Moral, que nada tiene que ver con preferencias sensuales, culinarias o eventuales, sino con la base y el verdadero lazo de unión que nos relaciona a todos: ser seres humanos) que se requieren para tomar decisiones tan importantes y de tanto impacto personal como el de echar a un trabajador de una empresa, que depende de su trabajo y muchas veces su propia imagen personal, para subsistir.
El despedido es un ser perdido. Infravalorado por los suyos (que prescinden de él); se pregunta a sí mismo qué ocurre y las razones por las que eso pasa. Más allá de buscar culpabilidades propias o ajenas, pasa como una exhalación por todo un abanico de sentimientos, desde pérdida hasta odio e indiferencia, en franca soledad, y el peso de sus responsabilidades, propias y familiares, no aligera por un segundo la ruta por el limbo perdido por el que navega. Que la Vida nos coloca a veces en esos instantes de vértigo, en donde la Nada confluye con Todo y el mundo deja de ser lo que es y gira en otra dirección, es algo sabido: enfrentarse a ello es, quizá, uno de los mayores retos que tenemos como seres humanos; y sobrevivir a ello, un logro que valdría las loas más perfectas y los más secretos triunfos interiores.
Toda decisión tomada desde la responsabilidad es difícil de asumir, pero entendible. La razón y la explicación pueden allanar un proceso frustrante pero quizá necesario para el desarrollo de la personalidad y de la vida. Nada es fácil, pero si la persona que sufre una situación tan desesperada llega a saber que han pensado en ella no como un número o como una solución, y que le ofertan salidas alternativas que puede escoger, para renunciar más tarde o para recalar mientras se curan esas profundas heridas, el proceso psicológico y físico, el impacto emocional y vital (que no quita ni un gramo del peso de las responsabilidades individuales y familiares de cada persona envuelta en este estado) sería menor y tal vez, tal vez, podría alcanzar cierta justificación y cierto consuelo.
Nada hay peor para una persona que sentirse infravalorada, que sentirse manipulada o engañada, y lanzada al precipicio de lo que no importa por fines limitados y partidarios, equivocados. El fin sólo justifica los medios en casos de extrema necesidad, en la que la Salud está en juego, en el que la Paz peligra, en el que la Estabilidad de un mundo se tambalea. No en el momento, en un instante del fluir del Tiempo, en el que unos números deben cuadrar para justificar una acción, una labor ni un puesto de trabajo: sea barrendero, periodista, político, consejero, ministro o presidente. Nada justifica este vacío de personas conscientes de su labor de Estado, de su sentido de canalizadores del Orden de las Cosas, que estamos viviendo, ni nada perdona que se lance al aire la vida de una sola persona por justificar números, entelequias y magros votos políticos.
Un columpio/ A see-saw.
El mar interior/ The sea inside
No es ni mejor ni peor. Ni frío ni calor. Ni dolor ni alegría. Hay momentos, como hoy, en los que me asusta ser tan insensible. Porque estoy como muerto.
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Miedo de enfrentarme a la Creatividad como al Cambio. Toda visita al precipicio me destroza los nervios, me recuerda mi intenso vértigo.
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Pero a veces hay que saltar. Sin red o con ella. Sin sentido o con él. Pero hacerlo. Hacerlo siempre.
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Pero, ¿cuándo?
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El dolor ajeno sólo es eso: sentimientos de otros, no del Otro que llega a obsesionarnos. Ni siquiera el Nuestro, que nos atañe más.
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Porque el Otro, aunque lo amemos, no deja de ser un extraño.
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Porque el Otro, aunque lo amemos, es libre y nosotros somos su esclavo.
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Amo como otros odian. Con la misma pasión y el mismo delirio. Por eso, y por muchas cosas que prefiero callar, me gustaría no tener corazón.
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Pero tengo. Y late. Late sin cansancio. Desde el primer minuto hasta el postrero. Incansable, hasta cuando enferma… Pobre corazón.
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Pobre…, ¿él?
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Tengo tantas carencias que soy incapaz de ver, a veces, el Bien del que procede tanto defecto.
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La falta de amor puede enloquecernos.
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De amor propio. Y del Otro, que es ajeno a lo que nos pasa, pero que transforma nuestro paisaje hasta hacerlo perfecto. Tal es el poder de ese Hechicero.
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He perdido mi libro de embrujos por alguna parte. El Destino se burla de mí y caen los años y me asombra ser ya viejo. Qué vértigo.
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Me marea ser consciente de la inconsciencia con la que he vivido.
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Me decepciona ser consciente de tantos errores.
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Me irrita ser tan imperfecto… ¿Hay un mecánico en la sala?
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¡Qué día tan perfecto! Qué noche tan oscura. Un intenso mapa de días perdidos.
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Así es mi vida: un puro desperfecto, un constante malgasto.
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¿Quién puede pensar en el futuro cuando el presente es tan oscuro?
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Si he vivido para el bien, tocará también vivir para el mal. O para lo que creemos que es malo, que quizá sea lo mismo.
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En este mundo de pantomimas, descubrirse inútil no es más que una patraña maravillosa del Destino.
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Todos somos un dibujo inacabado, un trazo en el universo. Pero hay bocetos más logrados.
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Mar verde de bosques en extinción. Mar azul de bruma intermitente. Faro que lanza su sonido de augurio, su luz de resaca. Niebla que todo lo acaricia y que penetra hasta el último rincón del alma. A veces soy mar embravecido, a veces árboles calcinados; a veces, sólo un pobre hombre en medio de la Nada.
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Marea que marea, oleaje que viene y va. Como el vértigo que nos obliga a lanzarnos, con red o sin ella, en el vientre del Destino.
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A veces me gustaría no tener corazón.
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Pero lo tengo. Y puede que lo necesite. Y puede que no sirva para nada.
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¡Pobre corazón!
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Pobre…, ¿él?
En la frontera/ On the wire.
El mar interior/ The sea insideBird On A Wire, Leonard Cohen.
La Vida se caracteriza, como la Naturaleza, en preferir cataclismos renovadores del alma, catarsis destructoras, tormento y calma posterior y empezar de cero otra vez que remendar situaciones que no tienen remedio o posturas inacabadas o problemas llenos de dudas. La Vida no se lamenta por lo ocurrido, no mira atrás, no deja ningún plan inacabado. Eso choca con el corazón humano, con los sueños humanos, con su orgullo y su humilde despertar.
Frente a la muerte y la resurrección no somos más que motas de polvo que vagan sin sentido en el amnios de la Vida. En ese lago, en ese océano, vivimos nuestra realidad como la única posible (y quizá sea así), y su fin, lento pero inexorable, nos llena de titubeos y de dolores que, en el fondo, a nadie importa, y a esa Vida, a ese océano, a esa palma que nos sostiene, menos que a nadie.
Quizá sea necesaria esa ruptura, esa solución de continuidad para despertar a nuevos estados de conocimiento, nuestros y de lo que nos rodea, y esas heridas llamadas Enfermedad, Desesperanza, Pérdidas, Engaños, Decepciones no sean sino herramientas, filosas y peligrosas como un escalpelo, como un terremoto o un remolino, que nos llevan a la destrucción y a la construcción inmediata de nosotros mismos.
Allí donde nosotros preferimos una corrección, un discreto corte, un atajo, la Vida deshace lo creado, y con esa desfachatez de la abundancia, empieza de cero, de cero bajo cero, sin remordimientos ni ensoñaciones falsas.
Hay un momento en cada vida, variable para cualquiera, en la que las circunstancias que nos rodean nos llevan, cegados y perdidos, al límite del abismo, a la frontera de nosotros mismos. Y vaya que da vértigo. Y aunque recemos malamente, aunque desviemos nuestra vista a Dios, al Infinito, a la Naturaleza, sólo un silencio de ultratumba refiere el eco de nuestro lamento, y la Oscuridad que nos rodea entonces es más densa que la carne y más dolorosa también. Y la ruptura llega, el salto se da, la caída libre se produce, la revolución de los astros comienza, el dolor todo lo llena, y en ese viaje a la verdadera libertad, dejamos nuestra vida atrás, lamentando lo perdido, enojados con el Destino y cegados al porvenir.
En la frontera la vida se ve con otros ojos y se palpa de distinta manera. Todo es informe, todo es inasible y resbaladizo. Tal es la presión que nos invade, que somos incapaces de mantener el equilibrio que ese borde nos exige, somos infelices porque nadie sobrevive a esa lucha, y hay que dejarlo todo atrás. Todo. Hasta ser quienes somos. Para ganar la libertad. Una libertad que no pedimos, que no queremos, pero que se nos ofrece porque sí y sin remedio.
La Vida no tiene remedio. Ocurre y ya está. Y en ese juego de finalidades perpetuas, de constante cambio, nuestro cambio es como arena en el río, que estorba hasta que desaparece, haciéndose una con la masa líquida y eternamente cambiante: Heráclito hablaba de la Naturaleza de la Vida, pero en realidad sólo retrataba el verdadero destino del hombre.
Y en esa frontera se encuentra hoy mi vida. Y ese vértigo me marea. Me ahoga. Me paraliza. Y me hace temblar. Y me hará caer hasta hacerme desaparecer y renacer, renacer siendo otro, otro hombre desmemoriado para empezar el eterno ciclo otra vez. Sin nadie al que asir mi mano, sin nadie al que pedir ayuda. Solo. Triste. Abandonado. Pero decidido…., porque no hay vuelta atrás.
Hacia atrás, hacia adelante/ Looking back, looking forward.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine
Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.
Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.
Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que necesitábamos canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, Coriorretinitis por Citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.
Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.
Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.
Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir a su lado. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verlo; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avatares de una vida en común tan prolongada.
Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.
– Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…
No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.
En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.
Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.
Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.
Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.
– ¿Quieres que lo haga yo?
Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.
– Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…
Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.
Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.
– No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.
Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.
La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.
Blue Christmas.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicYa viene Navidad, y aunque blanca y roja, dorada y verde por siempre sea, Navidad es azul y gris y plata cuando los recuerdos se mezclan con el presente y nada es lo que debió haber sido ni lo que es.
Enséñame/ Teach Me.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insidePara todos aquellos que, aún sabiendo que el amor quema, que la confianza se rompe en mil pedazos, que las ilusiones naufragan y el ser humano es mudable, moldeable, y a veces cruel, pero aún así no pierden la Esperanza, No cambian el Sueño, no desesperan por el Invierno que llega y nos agarrota, y esperan el Amanecer…

