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Estar ahí/ You are there.

A veces necesitamos simplemente que nos escuchen. Estando a solas con nosotros mismos a veces, sólo a veces, una angustia, un sentimiento más fuerte que cualquier conciencia llega y conquista cada parcela de nuestro pensamiento; el corazón bota y rebota, y las palabras parecen atascadas en la garganta y las intenciones congeladas en un momento perpetuo. En esas ocasiones, en esas veces, es cuando necesitamos una mano amiga, un silencio abierto, una guía.

No sé si es por ser médico, aunque anteriormente también me pasaba, esto me ocurre con frecuencia. Las personas se acercan a mí para ser escuchadas y para buscar cierto consuelo que sé que no puedo darles, pero parecen aliviadas sólo con que oiga ese monólogo nervioso, esa simple exposición de actos o sentimientos que se atraviesan en un instante de la vida sin aviso, sin señales.

Y no sé si es por ser médico, pero buscan en mí alivio para esa desesperanza pequeña que llega a ahogarnos verdaderamente, y sigo asombrándome por eso. La verdad, no encuentro el motivo, pero me llaman a cualquier hora, y a cualquier hora me encuentran más o menos dispuesto o con ganas, pero siempre emplazado a oír los miedos o las inseguridades o las dudas que nos asaltan de vez en cuando y que a veces, sólo a veces, nos impiden vivir.

No creo ser el más adecuado para dar consejos, mucho menos para dar guía, pero aun ahora no me parece que las personas, cuando se acercan a mí, los busquen. Todo lo contrario, creo que quieren tener un oído amigo en la distancia, un apoyo lejano pero real que haga su día a día menos pesado y más llevadero. Pues no suelo decir gran cosa, o nada que no sepan de antemano; incluso se adelantan a mis respuestas, cosa que antes me irritaba pero que ahora me hace gracia. No tengo tanta sapiencia ni conozco mucho sobre la naturaleza humana; al menos mi experiencia es tan poco variada que a mí mismo me asombra que me consideren en posesión de tal sabiduría o, al menos, de ciertos conocimientos que, en realidad, ellos mismos poseen en su interior.

Ayer me llamó una chica joven, asustada con motivo, con mucho motivo. Me pidió que le explicase un poco el proceso diagnóstico al que iba a someterse, las posibilidades, los riesgos. Todo aquel interrogatorio escondía un terror verídico y justificable, un miedo feroz a saber de facto algo que ya suponía de antemano. La entendí perfectamente. Y aunque no soy nada experto en la materia, digamos que un poquito de sentido común nos viene bien a la hora de suponer ciertos pasos a seguir y ciertos diagnósticos poco amables con la vida. Así que, en conjunto, desgranamos un poco el proceso al que va a ser sometida e intenté, como una cuña, hacerle entender que lo que temía podía ser cierto, pero que una búsqueda y un hallazgo precoz como el que va a someterse, es la mejor vía para atajar los problemas a los que se puede (y seguro tendrá) que afrontar.

Si es una chiquilla que deseaba ser madre. Si es muy joven. Si… Lo sé, lo sé, y realmente entendí su miedo, acepté sus circunstancias, me puse en su piel y la dejé hablar sobre mis opiniones, la dejé hacer y deshacer la misma frase, la misma conversación una y otra vez: mientras estuviese al otro lado del teléfono, mientras estuviese allí para oírla y comprenderla, ya era suficiente…

Sigo sin explicarme porqué la gente acude a mí para contarme sus problemas, hacerme partícipe de sus miedos y sus angustias; qué tengo que atrae a la gente de esa manera tan íntima y a la vez tan distante; ese punto de la vida en la que un encuentro sólo busca un apoyo y que se diluye posteriormente como si nunca hubiese ocurrido. No lo sé… Pero lo que sí sé seguro es que ese simple apoyo es suficiente para soportar un día terrible, para seguir a flote antes de encallar de nuevo y volver a empezar. Sé que no hacen falta grandes discursos ni palabras resonantes para hacernos sentir escuchados, para hacernos sentir comprendidos y aceptados. Sólo es necesario un poco de interés y un poco de paciencia (bueno, a veces un mucho de paciencia) para que ese milagro ocurra, y ese milagro es, como todos, hermoso.

Estar ahí, simplemente…

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