Ladies in Lavender. Joshua Bell.
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No duermo. Doy vueltas en la cama sola sin ti. Intento conciliar un sueño que se me escapa. Intento achacar el insomnio a tu ausencia; procuro engañarme.
Ya no soy joven. Comparado contigo, ahora me mantengo, lo aparento, quizá hasta lo deseo. Pero no lo soy. No como tú.
Ese pensamiento unido a tu amor me enloquece y me impide dormir. Cierro los párpados y parece que se abren solos. Mis pupilas se acostumbran a la oscuridad como a la tibieza de tu piel. Desde que te conozco, desde que estamos juntos, tu peso exacto de músculos y humores, tu sonrisa de niño pequeño, ese pelo que nace en la nuca y muere en la frente, me inspira, me excita, me devuelve un torrente de sentimientos, de momentos que creía haber perdido en historias asaz rutinarias, siempre las mismas, siempre vacías. Me has devuelto la vida y me has quitado el sueño cuando no compartes las horas conmigo. Y debo vivir con ello.
Me levanto. Sin ropa me acerco a la ventana, donde parece soplar el viento de primavera jugando con las flores vestidas de pudor y con la luna, que se encarga de bañar mi piel desnuda. Siento esos rayos quizá algo fríos a través de la ventana cerrada. Veo el brillo de mi piel todavía tersa bajo su luz. Me toco y encuentro cierta firmeza y algo de tersura, rocosidades y estuarios en donde sorber caricias; golfos en los que gozar y beber el vino de la lujuria. Cierro los ojos y siento el lento sabor de tus labios, ese peregrinar entre cada recoveco y cada pliegue. La luna acaricia esa boca de fresa, que sube hasta mi cuello, que juguetea con la raíz de mi cabello en la que afloran algunas hebras plateadas, algunos surcos que equivalen a un sentir profano, a un pensar profundo… Abro los ojos y pienso en ti.
Eres demasiado joven. Me lo repito una y otra vez. Y cuando te cansas de oírme, te ríes de mí con cierta indiferencia y me regalas cientos de razones por las cuales la energía de los años acumulados se transforma en vigor y en ímpetu, en ciega pasión y un mar de caricias… Oigo tu voz oscura, que invita al juego y la concupiscencia; siento tus manos ágiles, que enseñan el abandono, y mi piel se despliega, mis sentidos se afilan, mi boca se abre y mi lengua aspira cada una de las gotas de sudor que brotan de ti…¿Qué puedo hacer si no seguir tu juego, embarcarme en tu nave, viajar por las singladuras de un amor nuevo, embrujado y joven?
Me miro en el espejo. Aún me gusto. Hago lo posible para ello. El pelo recortado, la piel tersa, los brazos fuertes y firmes, las piernas que aún sustentan un torso de Titán… Sí, ¿por qué no?
Me miro en el espejo. Y procuro no ver esos surcos en mis ojos, la línea más marcada en las mejillas, cierta caída de los párpados. Y mi olor que cambia, que se hace penetrante y me obsesiona. Y la limpieza. Para que la piel brille, para que la ropa, al caer, se desplace por la orografía del cuerpo con gracia y sorpresa, como cuando yo era joven y buscaba experiencias; cuando aún la inexperiencia era un motivo de vergüenza y la desnudez un triunfo.
En cambio ahora…
Ahora sigue siendo bello. La silueta que me regala el espejo aún es atractiva. Mi cuerpo te hace enloquecer a pesar del hiato que nos separa; mi sonrisa aún cautiva y mi voz algo cascada te excita cuando susurro la locura de tu nombre… Sonrío y hablo en secreto; flirteo y me sonrojo; te guiño un ojo y hago caritas cuando estamos separados, para que me veas… Parezco un niño enamorado y, sin embargo…
Estoy obsesionado. Vivo enloquecido con la vida. Con la vida que me regala tu cuerpo, mío sólo mío, y tu belleza, que se aparea con la mía y cabalgan juntas al amanecer. No es normal esta suerte. A veces me despiertan las lágrimas que caen en tus hombros, y te miro como quien descubre el universo, y me asombra ver en esa espalda el dibujo de las constelaciones y en tu pecho, un manantial perpetuo de placer y de sorpresas que se abre sólo para mis manos, que tiemblan de gozo nuevo al descubrirte, como si fuese una perpetua primera vez; mejor que un estreno; mejor que mi vida anterior.
Estoy enloqueciendo por ti. No duermo cuando me abandonas, porque me obsesiona tu pérdida. Disfruto de una vida nueva cuando estás a mi lado. Tu juventud cede a mi ímpetu y mi experiencia se deshace en polvo ante tu amor. Cuando yacemos juntos, el profundo pensamiento, las mil excusas, los retos de la mañana, las posiciones que ocupamos en el mundo se desvanecen entre jadeos y búsquedas, entre caricias que a veces parecen desgarros y luchas que culminan en el mero placer. Y parezco creer en esa suerte que funde tus pocos años con los míos, y mi mente hace tabla rasa ante la eterna sed que mi cuerpo siente por ti.
No duermo. Intento conciliar un sueño que se me escapa cuando no estás aquí. Y aunque ya no soy un niño, a tu lado procuro engañarme, y lo consigo, y lo siento, y me rebelo contra la historia, contra mi propia vida y mi cuerpo que envejece, porque me siento nuevo otra vez, joven de nuevo, gracias a ti.
Y si esto es vivir en la locura, no quiero despertar jamás al sueño del juicio y de la cordura. Mientras estés tú a mi lado alimentando mi insensatez, todo será felicidad. Vana o profunda, única y perecedera, pero felicidad.
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Anyone can Whistle. John Barrowman.
Hay memorias poderosas, que impactan sólo al verlas. Las hay volátiles, tan raudas que se posan brevemente sobre las cosas olvidándolas luego, como si fuesen mariposas. Y las hay ávidas, tanto, que llegan a devorarse a sí mismas.
La mía, para distinguir, es evocadora, libertaria, a veces anodina, a veces demasiado profunda y siempre está presente cuando desea, no cuando la necesito. O cuando yo creo que no la necesito, más bien.
Mi memoria tiene personalidad propia. Hace lo que quiere. Aunque tengo la suerte de que no suele equivocarse, cosa que me tranquiliza. Yerro cuando no confío en ella y es un recuerdo constante de que debo plegarme más a mis instintos, a mi intuición, porque ella lo impregna todo.
Es una máquina perforadora. Aquello que le interesa le queda grabado a fuego, como una cicatriz. Y no necesita grandes estímulos para evocarlos. Apenas una palabra, una canción, un aroma es necesario para que evoque un recuerdo y, derivado de él, construya un edificio lleno de detalles únicos y propios: voces, frases, colores, vestimentas, sabores y sentimientos. Con el detonante adecuado ningún detalle escapa a mi memoria y por eso es única, traviesa y, a veces, hasta se lleva buena fama.
Esto, como cualquier otra cosa en la vida, acarrea ciertos problemas: por mí mismo soy incapaz de acordarme de nada. Quiero decir, que no consigo gobernarla con tiento. Tiene cuarenta años conmigo y sigue haciendo lo que le viene en gana. Siempre necesita de un estímulo. Mi memoria es un laberinto que se hace traslúcido una vez se dice la palabra mágica, y esa palabra es evocación. Por eso mi memoria es una gran constructora de recuerdos rememorados, porque es una artista de la Evocación.
No veo en ello nada de extraordinario, pues si todo el mundo puede silbar, no es raro que yo lo haga también. Si puedo construir un recuerdo hasta el mínimo detalle, otros también lo harán. Sin embargo no deja de sorprenderme a veces, y a veces también irritarme, la extremada facilidad de mi memoria para construir mundos perdidos, sensaciones olvidadas, aromas desvanecidos y, sobre todo o por encima de todo, sentimientos sentidos.
Cansado un poco de la novedad literaria (suelo ir un tanto retrasado en cuanto a actualidad), en estos días me he dedicado a la relectura. Me gusta en exceso quizá; un defecto como otro cualquiera. Me apetece sobremanera evocar, con la lectura de libros que me han dejado buen sabor, esos sentimientos, esas sensaciones; descubrir ideas nuevas, nuevas imágenes que la lectura inicial no me había revelado, y entender mejor a esos autores tan apreciados que llegaron en su día a sembrar en mí ese mar de recuerdos que salen a mi encuentro cada vez que abro sus tapas y me sumerjo en su lectura.
Mi país inventado, de Isabel Allende, fue uno de ellos. Curioso, porque es en sí mismo un ejercicio del recuerdo. A su manera divertida, profunda e hiperbólica. Ese libro fue el regalo de una mujer a la que tenía (y tengo) en altísima estima. Susana González Prado es quizá la persona que más ha marcado mi formación médica. Y no es porque me parezca a ella en mi quehacer diario (quién me diera), si no porque su personalidad, su actitud, su templanza y saber hacer alumbraron un período un tanto oscuro de mi vida; su paciencia infinita, que perdía ante mi torpeza; su sabiduría y su forma de ver la Medicina, con mucho de entusiasmo pero a la vez de escepticismo, me maravillaron. Ella, antes de irse de nuestro lado, me regaló ese libro. Porque supo que había leído a Paula, un relato que la marcó mucho, como me había pasado a mí. Y lo supo porque yo le enseñé un pequeño recuerdo que conservo de esa lectura, de los sentimientos que ese libro sembró en mi interior años antes de dedicarme a la Medicina Intensiva, y eso la llevó a dármelo.
Pero Susana González Prado me regaló Mi país inventado, que antes ella había leído, con una sorpresa en su interior: además de una dedicatoria escrita con esa letra de niña encantada, dejó una acuarela en sus hojas. Preciosa, llena de los colores del atardecer. No quiso que abriese el paquete en su presencia, aunque por descontado sabía que era un libro. Y era porque en su interior había escrito y pintado algo más importante que aquellas letras impresas.
Cuando he vuelto a abrir en estos días el libro, me encontré con su dibujo y su dedicatoria, y todo volvió a mí. Aquellos años torpes, su presencia serena, su saber estar. Todas esas cualidades que ardía en deseos de tener pero que sabía de sobras no iba a poseer nunca. Porque ella las tenía. Y mientras releía, su sonrisa iluminaba, en mi recuerdo, cada una de sus páginas.
Mi país inventado me llevó a releer Paula. En él encontré otra vez toda la angustia, todo el dolor, todo el humor, toda la esperanza, toda la desazón y toda la voluntad que hallé la primera vez que leí ese relato maravilloso, la transmutación de un dolor que nunca se disipa, pero que cambia de forma haciéndose más llevadero. Y mi memoria juguetona halló un nuevo estímulo al encontrar, escondida entre las hojas de Paula, una tarjeta hecha a mano, escrita con una letra de mujer menuda pero de alma muy grande como la de Susana González Prado: esa letra, esa tarjeta y esa dedicatoria eran de la autora del libro, de la propia Isabel Allende.
¡Años allí escondida! Y mi memoria evocó aquella tarde de enero en la que escribí una carta de una docena de folios por ambas caras dirigida a esa mujer, a esa autora maravillosa que había creado por el dolor, la pérdida y el reencuentro un libro que daba vida de nuevo a una hija muerta. Que había removido mis entrañas página a página, construyendo un mundo entre paréntesis, una voluntad que se transmuta, y sembrado una esperanza que aún sigue viva, a pesar de los años y del abandono de mi propia vida.
Aquella carta la escribí como en un hipogeo. Era un error, pues no sabía cómo enviársela. San Francisco quedaba a media vida de donde yo residía, y por supuesto desconocía cualquier seña de la autora. Una vez terminado aquel fajo de palabras manuscritas (¡pobre Isabel Allende, teniendo que leer cada una de esas páginas!) me asaltó la duda, claro. E inmediatamente pensé en la editorial. Otra carta dirigida a ellos para que, por favor, reenviaran la mía a su destinataria… Qué sueños llegamos a tener… Pero yo vivía en ese mundo de literatura donde quizá todo fuese posible…
Meses después, ya olvidada esa pequeña locura, recibí una carta sin remitente conciso, pero venida de Sausalito, California. La abrí, porque de aquella no había esa paranoia falsa que tenemos hoy en día y que es un invento malintencionado de los políticos, como en su momento lo fue la guerra fría, para mantener a la población que piensa bajo el control del miedo. Y ¡oh, sorpresa!, una tarjeta hecha a mano y manuscrita salió de aquel sobre… Isabel Allende me enviaba aquella tarjeta, escrita de su puño y letra y hecha por sus propias manos pensando en mí… Qué alegría para un lector perdido en la grandeza del mundo y qué detalle por su parte… Quizá todo sí fuera posible…
Ver esa tarjeta de nuevo, después de tantos años escondida en aquellas páginas, despertó en mí sensaciones adormecidas por el tiempo transcurrido, hizo que mi memoria juguetona construyese un tiempo y un lugar y un sueño que seguía muy vivo, pero muy latente, en mi interior. Esa memoria que se desplaza cuando más le conviene y que más me valdría seguir siempre…
Esa tarjeta guarda en su interior un sueño que compartí con la escritora y al que ella me animaba narrándome su propia experiencia, su propio despertar. La vida es una vaina, sin duda, pero siempre nos da la oportunidad de volver a empezar. Para ella esa oportunidad tenía una fecha eterna: el 8 de enero, y firmaba esa tarjeta con la esperanza de que yo encontrase, como ella, ese estímulo para conseguir mis sueños: mi propio 8 de enero.
La vida me ha dado muchas vueltas, como a todos. Pero en mi caso siempre he tenido la sensación de haber sido arrastrado por una fuerza centrípeta, de desgaste más que de creación. Quizá sea sólo un error de apreciación. Porque mi memoria libertina corre por mi mente inundando mi espíritu con infinidad de imágenes, con un torrente de sensaciones, y me ha regalado, en estos días, quizá un motivo poderoso para seguir adelante. El recuerdo de Susana González Prado, con su pelo castaño atado en una coleta, su sonrisa tímida, su serena percepción de la Medicina, sigue en mí casi como la primera vez que la vi. El recuerdo de Isabel Allende, legándome una esperanza posible dentro de la locura de la vida, sigue ahí impresa en esa tarjeta que ya amarillea por el paso del tiempo. Ellas me han enseñado que sí, todo es posible.
Y si yo puedo silbar, no me extraña que todos también puedan. Y si ellas consiguieron ser fieles a sí mismas, encontrándose en el camino, seguro que yo también podré. Ay, memoria libertina…, qué suerte que aún sigas aquí…
Song To The Moon. Rusalka. Joshua Bell.
Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.Celebrando el Día de la Vida, la magia de un fotógrafo que colorea la existencia, que retrata el día a día y arranca belleza de lo más pequeño y regala vida de lo más grande: la sonrisa, la niñez, la vejez, el trabajo. Desde la lejana Indonesia, Rarinda Prakarsa, nos recuerda que la Vida es, no importa nuestra querencia por manejarla, por modificarla y adaptarla a nuestras conveniencias. Nada puede con la Vida, pues todo evoluciona en su seno, dentro de ella. Nacer, Morir, estaciones de ese largo trayecto que nos ve ir y venir, soñar, aprehender, sufrir, caer y levantarnos. Todo es bello en la Vida, y lo es todo: lo que nos rodea, cómo nos rodea, lo que opinamos de ella y lo que en realidad es.
Es importante saber que la Vida existe, que merece respeto, porque nada hay por encima ni por debajo: la Vida es ella misma, inmutable al paso del tiempo, a nuestro paso del tiempo y a lo que hagamos con ella. Pero nos acoge con generosidad, con belleza y con humor, incluso en la situación más ímproba, en la más aguda tristeza o en el momento de mayor destrucción: guerras, terremotos, maremotos, hambrunas, epidemias y soledad. Interrumpirla por gusto es un error; atraerla hacia nosotros de forma incontrolada también. Es un poder que nos posee y que transmitimos, pero que nunca va a ser nuestro. En la más alegre y perfecta o en aquella en la que anida la Enfermedad o la Melancolía, mientras sea Vida, será perfecta y única. Y así debemos vivirla: con respeto, con dignidad, con ceremonia, con vivacidad y con ironía, con claroscuros y colores, con trabajo y descanso, con respeto y sapiencia.
El Día de la Vida, que es todos los días de nuestra vida.
El punto de encuentro entre lo que quisimos que fuese y lo que en realidad es.
La bruma del pasado añorado y perdido.
Aquello que nunca será.
Lo olvidado que rompe su orilla a nuestros pies.
El deseo que no puede ser o que fue y ya no es.
Un amor recuperado en la memoria, rodeado de razones estériles ya.
Batallas todas perdidas: no hay éxitos, todo es fracaso.
Habilidades añoradas. Sueños recuperados. Sentimientos ajados.
Destierros, viajes, pérdidas. Empeños, intentos, dejadez, cabezonería.
Soledad. Silencio. Desamor. Olvido.
Porque todo lo que escribo proviene de ella, donde nace la Nostalgia, allí habito.
Sun and Moon. Lea Salonga & Simon Bowman.
Aquí estamos ambos. Espalda contra espalda, algo de sudor entre los dos, el tacto cansado y tranquilo que pronto se despereza.
La luz comienza a entrar por las ventanas abiertas. Y la luna se deshace en el amanecer que aún la sostiene; las estrellas todavía brillan aun veladas por un manto de iris. Y la niebla besa la tierra que corre bajo nuestros pies. Y la lluvia apenas refresca al día que nace.
Nos movemos con tranquilidad. Nuestra piel, una sola, se roza y se acaricia en ese movimiento que es facilidad. Noto tus brazos que me buscan, ese cosquilleo, ese tenue olor. Y el deseo de encontrarnos entre las sábanas caídas, cuidando un milagro que se repite día a día, me llena de alegría.
Saberte cerca en la noche que llega, saberte junto a mí en al arribo de la mañana, sol y luna que se encuentran y se funden en intenciones y en piel, hace que tiemble de expectación y deseo, deseo llenado por ti, vaciado por ti y renovado una y otra vez cuando nos vemos.
Tu piel que huele a hierba, a noche, a luna llena. Suave, transparente, cubierta de un vello suave como la aurora, cálida como el alba que llega, me envuelve y me hace soñar… Soñar con tu boca de caricia, con tu mejilla arrebolada, con tus dedos incansables y esa fuerza que gravita desde tu corazón desbocado y buscador…
Mi piel hambrienta, llena de sol, que busca refugio en tu pecho de planicie, entre tus brazos de bosque y tus besos de riachuelo, que inundan el centro de mi ser hasta hacerme volar.
Mi piel, hermana de la luna, que platea por tu tacto, que se reblandece al llegar junto a ti y sentir un calor que parece un poema, un roce que libera mil sonrisas escondidas con una energía solar…
Cuando estamos juntos, cubrimos con nuestros cuerpos un universo único, en el que se funden los astros y los planetas, el día y la noche, nuestros labios y nuestras manos, hasta encontrar el placer perdido en lo cotidiano, escondido entre las mil cositas que nos distraen y que nos mantienen unidos en el recuerdo, en el ansia de una nueva noche, de un nuevo amanecer juntos.
Me abrazas. Te abrazo. Y nuestras pieles se unen, reconociéndose en el camino de la noche, en el clarear de la mañana, encajando tan bien y llevándonos lejos de aquí…
Tu piel. La mía. El abrazo que nos une, el deseo que nos purifica. El encuentro que es libertad. Y el amor que aúna sol y luna, beso y lágrima, roce y calma, dolor y amor.
Buenos días.