Enloqueciendo por ti/ Mad about the boy.

No duermo. Doy vueltas en la cama sola sin ti. Intento conciliar un sueño que se me escapa. Intento achacar el insomnio a tu ausencia; procuro engañarme.

Ya no soy joven. Comparado contigo, ahora me mantengo, lo aparento, quizá hasta lo deseo. Pero no lo soy. No como tú.

Ese pensamiento unido a tu amor me enloquece y me impide dormir. Cierro los párpados y parece que se abren solos. Mis pupilas se acostumbran a la oscuridad como a la tibieza de tu piel. Desde que te conozco, desde que estamos juntos, tu peso exacto de músculos y humores, tu sonrisa de niño pequeño, ese pelo que nace en la nuca y muere en la frente, me inspira, me excita, me devuelve un torrente de sentimientos, de momentos que creía haber perdido en historias asaz rutinarias, siempre las mismas, siempre vacías. Me has devuelto la vida y me has quitado el sueño cuando no compartes las horas conmigo. Y debo vivir con ello.

Me levanto. Sin ropa me acerco a la ventana, donde parece soplar el viento de primavera jugando con las flores vestidas de pudor y con la luna, que se encarga de bañar mi piel desnuda. Siento esos rayos quizá algo fríos a través de la ventana cerrada. Veo el brillo de mi piel todavía tersa bajo su luz. Me toco y encuentro cierta firmeza y algo de tersura, rocosidades y estuarios en donde sorber caricias; golfos en los que gozar y beber el vino de la lujuria. Cierro los ojos y siento el lento sabor de tus labios, ese peregrinar entre cada recoveco y cada pliegue. La luna acaricia esa boca de fresa, que sube hasta mi cuello, que juguetea con la raíz de mi cabello en la que afloran algunas hebras plateadas, algunos surcos que equivalen a un sentir profano, a un pensar profundo… Abro los ojos y pienso en ti.

Eres demasiado joven. Me lo repito una y otra vez. Y cuando te cansas de oírme, te ríes de mí con cierta indiferencia y me regalas cientos de razones por las cuales la energía de los años acumulados se transforma en vigor y en ímpetu, en ciega pasión y un mar de caricias… Oigo tu voz oscura, que invita al juego y la concupiscencia; siento tus manos ágiles, que enseñan el abandono, y mi piel se despliega, mis sentidos se afilan, mi boca se abre y mi lengua aspira cada una de las gotas de sudor que brotan de ti…¿Qué puedo hacer si no seguir tu juego, embarcarme en tu nave, viajar por las singladuras de un amor nuevo, embrujado y joven?

Me miro en el espejo. Aún me gusto. Hago lo posible para ello. El pelo recortado, la piel tersa, los brazos fuertes y firmes, las piernas que aún sustentan un torso de Titán… Sí, ¿por qué no?

Me miro en el espejo. Y procuro no ver esos surcos en mis ojos, la línea más marcada en las mejillas, cierta caída de los párpados. Y mi olor que cambia, que se hace penetrante y me obsesiona. Y la limpieza. Para que la piel brille, para que la ropa, al caer, se desplace por la orografía del cuerpo con gracia y sorpresa, como cuando yo era joven y buscaba experiencias; cuando aún la inexperiencia era un motivo de vergüenza y la desnudez un triunfo.

En cambio ahora…

Ahora sigue siendo bello. La silueta que me regala el espejo aún es atractiva. Mi cuerpo te hace enloquecer a pesar del hiato que nos separa; mi sonrisa aún cautiva y mi voz algo cascada te excita cuando susurro la locura de tu nombre… Sonrío y hablo en secreto; flirteo y me sonrojo; te guiño un ojo y hago caritas cuando estamos separados, para que me veas… Parezco un niño enamorado y, sin embargo…

Estoy obsesionado. Vivo enloquecido con la vida. Con la vida que me regala tu cuerpo, mío sólo mío, y tu belleza, que se aparea con la mía y cabalgan juntas al amanecer. No es normal esta suerte. A veces me despiertan las lágrimas que caen en tus hombros, y te miro como quien descubre el universo, y me asombra ver en esa espalda el dibujo de las constelaciones y en tu pecho, un manantial perpetuo de placer y de sorpresas que se abre sólo para mis manos, que tiemblan de gozo nuevo al descubrirte, como si fuese una perpetua primera vez; mejor que un estreno; mejor que mi vida anterior.

Estoy enloqueciendo por ti. No duermo cuando me abandonas, porque me obsesiona tu pérdida. Disfruto de una vida nueva cuando estás a mi lado. Tu juventud cede a mi ímpetu y mi experiencia se deshace en polvo ante tu amor. Cuando yacemos juntos, el profundo pensamiento, las mil excusas, los retos de la mañana, las posiciones que ocupamos en el mundo se desvanecen entre jadeos y búsquedas, entre caricias que a veces parecen desgarros y luchas que culminan en el mero placer. Y parezco creer en esa suerte que funde tus pocos años con los míos, y mi mente hace tabla rasa ante la eterna sed que mi cuerpo siente por ti.

No duermo. Intento conciliar un sueño que se me escapa cuando no estás aquí. Y aunque ya no soy un niño, a tu lado procuro engañarme, y lo consigo, y lo siento, y me rebelo contra la historia, contra mi propia vida y mi cuerpo que envejece, porque me siento nuevo otra vez, joven de nuevo, gracias a ti.

Y si esto es vivir en la locura, no quiero despertar jamás al sueño del juicio y de la cordura. Mientras estés tú a mi lado alimentando mi insensatez, todo será felicidad. Vana o profunda, única y perecedera, pero felicidad.

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Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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