La última lucha, el último suspiro por conservar la Belleza que destruimos sin sentido, las reformas que cambian mundos y modifican realidades.
Cuando perdemos el norte de quiénes somos la revolución es inútil, a veces hueca, siempre dolorosa.
Y los restos de lo que dejamos atrás nos recuerdan quiénes fuimos. Y encerramos tras cristales blindados los últimos recuerdos de lo que fue y no volverá.
Historia enjaulada como recuerdos idos. Lucha de una memoria por seguir latiendo en el presente. Y nada, nada, volverá a ser lo que fue. Y menos nosotros mismos.
Un rumor, un oleaje parecido a la razón dictaba mi intuición pero me reservaba del dolor o al menos de la sensación frustrante de no ser libre.
Libre para amarte por entero.
Algún día podré volar y seguir el sueño de tu nombre, perseguir libremente mis deseos y que mi razón carcelera se doblegue a ellos, como ellos lo han hecho a mis sueños.
Conocerte ha sido un sueño, un signo, un sino. Tenerte cerca entre los susurros del amor despertó mi piel, e hizo mella en mis sentidos, dormidos hasta que te conocí, callados por desconocimiento, sedientos y hasta enojados. Pero tus labios, y el frío de tus dedos, y el contacto casual de tu desnudez con la mía, suave y rabiosa a un mismo tiempo, cayeron en cascada sobre mi alma turbándolo todo: mi vida, mi corazón prisionero del deber y la realidad.
Pero un día me iré. Un día seré libre dejándolo todo atrás: las responsabilidades heredadas, los hechos que rebajan los sueños, la realidad que acosa a las personas hasta hacerlas copias borrosas de sí mismas, oscuras y tristes.
Hay que partir para vivir, y mi vida está en tus huellas, tras las cuales el amanecer se desborda deseoso y altanero. Nada de lo que pueda decir mi razón que me ata aquí, lejos de ti, puede hacer que deje de pensar en ti, de soñar contigo, de viajar contigo en las alas de la imaginación y los besos que nos dimos, que todavía nos damos cada vez que cierro los ojos con tu imagen encerrada en mi pecho.
Antes de conocerte todo era uniforme, gris y con un sentido plano. Seguía a la noche, cuyas sombras dibujaban el brillo de mis ojos; la luna en su cimitarra; las estrellas guarecidas tras nubes de lluvia. Antes de conocerte todo parecía predispuesto, y la inamovilidad, eterna. Sentía que me quedaba para morir, como se quedaron todos los que me precedieron, yaciendo sobre la tierra pensando en el fin del mundo, desconocedores de una vida de aventuras, de que un sueño lleno de energía puede alzarse contra todo y vencerlo. Antes de saber de ti, este mundo mundano era mi cárcel y mi escaso premio. Y mi única salida.
Hasta conocerte.
Y fue cuando supe. Cuando me di cuenta que mi intuición no me engañaba, que mi corazón latía por un motivo, y que nada tenía que ver con mi vida, si no con una libertad difícil, destructora y única: aquella que rompería las cadenas de mi pensamiento y me dejaría volar hasta tus brazos, saltado de sueño en sueño hasta aterrizar en la tierra sin fin de la vida, partiendo para vivir, cerrando los ojos al pasado, abriendo el corazón y la boca al amor y al futuro.
Algún día podré volar lejos de aquí siguiéndote, deseándote, amándote.
Partir para vivir, dejando todo atrás: la muerte de lo que me apresa, la sequía de la esperanza, la enfermedad de la soledad.
No pensé que llegaría este momento. Sentados uno frente al otro, en este café lleno de gente que va y viene, cada uno con sus vidas y sus preocupaciones. Y con las tuyas y las mías.
Cuando llegué ya me estabas esperando. No es costumbre y me sorprendí, debo admitirlo. Estabas ansioso y al verme se te pasó todo. Me sonreíste como sólo tú sabes, el mundo me dio una vuelta y volvió a dejarme aquí, de pie, a tu lado. Me dijiste tonto, anda, siéntate. Y yo me senté, claro. Recordando.
Recordando las veces que hemos estado así los dos muy juntos, embarullando confidencias, a veces diciendo naderías. Durmiendo espalda contra espalda; despertándonos con legañas en los ojos, con las señales del sueño en nuestras caras… ¿Cuántos años llevamos juntos? No lo sé, y no quiero contarlos. Son muchos, muchos, creo, y será mejor dejar el tiempo con sus cifras tal como están, es decir, en el olvido.
Y sin embargo, cada día que nos vemos en nuevo para mí. Tus ojos brillantes, tu pelo castaño un poco grisáceo por las sienes, y esa sonrisa de mundo y medio, que hace girar mi corazón y lo vuelve a su sitio como si recibiera una descarga eléctrica. Ni siquiera ese período que dejamos de vernos, tú allá y yo aquí, cambió en lo absoluto el cariño que nos tenemos; antes bien: hizo que el mío criase unas raíces muy profundas, quizá demasiado, porque me han llegado al alma, y desde aquélla, hasta que volviste, los días se me hicieron de chicle y se estiraban sin fin ni conciencia, en una constante extrañeza que casi cae en melancolía, y a punto estuve de ir a rescatarte y colocarte de nuevo a mi lado, que es donde has debido de estar desde el principio y de donde espero que nunca más vuelvas a salir.
Me tomaste de la mano y me hiciste sentar. Ya habías pedido por mí, lo mismo siempre: cortado doble tibio con leche desnatada y sacarina, la leche a un lado para regularla, el café humeante, una cucharilla de acero y la sacarina de a dos, con ese sabor metálico que de tan desagradable ya hasta lo extraño. Tú bebías una infusión, cualquier mezcla de hierbas te iba bien, y sin edulcorante alguno. Nunca me ha extrañado: eres todo dulzura, sobre todo cuando estás de buen humor. Como esta tarde cuando me llamaste. Y hasta ansioso parecías. Y yo.
No nos besamos. Porque te comería a besos. Y tenías mucho que contarme. Y yo quería decirte algo que tenía encerrado entre el corazón y la lengua desde hace mucho tiempo, desde antes de que te fueses y volvieses y todo empezase otra vez. Pero nos abrazamos, o más bien me abrazaste, y yo me derretí entre esos brazos preciosos, tras sentir el calor que irradiaba tu pecho abierto, los latidos de un corazón que era todo energía.
Y con tu energía hablaste y hablase sin parar. Tus manos también lo hacían, con una elocuencia casi divina. Y me mirabas y me sonreías, y a mí se me caían los ojos y el mundo giraba al revés cada vez que me tocabas y me hacías un guiño, y acercabas tu boca a la mía casi sellando un beso. Durante un segundo olvidaba qué responderte, absorto como estaba en la contemplación de tu rostro precioso, arrullado entre las notas de tu voz de cadencia oscura y suave.
Me dijiste muchas cosas, muchas. Tus ojos brillaban y sonreían, y alguna lágrima resbaló por los párpados y llegó a tu boca de fresa, húmeda por la infusión y seca por la excitación de las buenas noticas. Y yo que me moría de ganas de decirte mi mayor secreto, mi único secreto. El impulso que me llevaba a abrazarte en la noche, el aliento que hacía acercarme a tu rostro buscando tu mejilla y tu barbilla y tus labios. Pero no quería incomodarte pues estabas demasiado ansioso para que me tomaras en serio, y yo debía replegar mis ganas hasta que la efervescencia de tu temperamento me dejase sitio para respirar.
– Lo amo.
Me dijiste. Y el flujo de mis pensamientos se detuvo de repente. Sentí caer en un vacío y volver de la nada. Casi se me cae el café. Mi corazón se detuvo. Y las palabras anheladas se secaron en mi lengua. Se me nubló la vista y palidecí.
– ¿No te alegras por mí?
¿Cuántas veces habré oído esa pregunta? ¿Cuántas veces habrás llegado a decirme que amas a alguien que no sea yo?
Intenté reponerme lo más rápido que pude. Dejé el café, que estaba horrible de todas maneras, y tomé tus manos entre las mías. Tus ojos brillaban mas no bailaban como hacía un segundo. Tu rostro enmarcaba una ansiedad distinta, un deseo de ser gustado. Y esa expresión hizo que me tragase mi corazón en trozos gigantes, y cada una de las palabras que deseaba decirte, que quemaban mis arterias queriendo emerger por fin tras años de espera, dejaron su rastro en mis brazos y se agolparon en el fondo de mi mente, haciendo que me doliese la cabeza y cada uno de los músculos del cuerpo.
– Sabes que te quiero… Que te quiero bien. Y nada es más importante que tu felicidad.
Conseguí no mentirte y serte fiel. Te llevaste mis manos a tu boca y depositaste en ellas un beso cálido, lleno de ternura. La misma con la que yo te besaría la boca, y con mayor ansia y pasión…. Dejé que siguiese hablando mi mente mientras intentaba acallar mi corazón, que lloraba lágrimas de sangre, que aullaba con gritos de taquicardia. Pero no quería hacerte sentir incómodo con lo alegre que estabas, con lo esperanzado que te sentías, con lo atractivo que el amor nos hace sentir siempre.
Después de aquello recuerdo poca cosa más. Me enseñaste una foto. Hablaste de presentarnos, de las ilusiones que tenías, de lo bello que todo te parecía. Reparaste en el café, que estaba a medio beber.
– Es malo, ¿no?
Y tanto.
Yo asentí. Y seguiste envuelto en tu vida.
– Esta vez es en serio. Esta vez es de verdad.
Me dijiste al despedirnos. El frío en la cara pareció despejarme un poco. Asentí. Otra vez para siempre. Para siempre el amor callado que tengo, el sabor de un corazón que no halla descanso, el rumor del oleaje de un amor que rompe una y otra vez en la orilla de tu vida y del que pareces no enterarte para no sentirte incómodo.
Nos alejamos tú hacia arriba y yo hacia abajo, de vuelta al trabajo, a la vida diaria. Ni siquiera tuve oportunidad de decirte lo que siento por ti, de decírtelo desde el alma, con todo mi corazón… Quizá en otro momento, en otro lugar, en otra circunstancia. Quizá en otra vida, ¿quién sabe?
Pero al menos no te mentí. Y fui fiel a mí mismo. Porque sí, es cierto: te quiero, amor amor, te quiero bien.
El sol en la distancia del lento atardecer. Se derrite en este calor inusual de octubre. Las hojas a medio caer, el mar rosa y naranja, las nubes surcando el horizonte lento y cansado. Como yo.
Todo me recuerda a ti.
Nunca sabrás lo mucho que te he querido. Nunca sabré porqué has sufrido tal ceguera, tal embotamiento de los sentidos que nos hacen humanos. Y sin embargo…
Tu pelo, tus ojos brillantes, tu sonrisa plateada en la noche recortada de estrellas; una caricia escondida y disfrazada de ademán cortés; un latido ahogado, una palabra que se escapa y que no llega a los oídos, pues muere a flor de labios. Y tus labios…
Nunca sabrás todo lo que te daría. Cómo viviría a tus pies, besando esas plantas divinas que te unen a la tierra. Nunca imaginarás si quiera el inmenso placer de la compañía, esa seguridad callada que todo lo obtiene con sólo un ademán, con un pensamiento que no llega a articularse en palabras sonoras. No sabrás del amor que se funde con la camaradería ni del deseo que se extingue tras un abrazo inocente, tras una sonrisa de circunstancias y un quizá.
¿Cómo decirte que te quiero? Ahora que te has ido, que has dicho hasta luego, ¿por qué mi corazón sigue latiendo por ti? Corazón animoso, para el que tus silencios eran discursos, para el que tus desmanes eran caricias oscuras, ¿por qué sigues latiendo por su nombre, cómo es posible que aún pienses en todo lo que no pudiste darle?
¡Oh! En el cielo se apagaron las estrellas desde que te fuiste. Desde que te fuiste la luz ha perdido fulgor y la esperanza del futuro sólo es oscura soledad, susurros de olvido en una esquina apartada y gris.
¿Cómo has sido incapaz de darte cuenta lo mucho que te quiero? ¿Cómo es posible que perdieras cada una de las caricias, cada uno de los besos que se enganchaban en el aire de tu aliento? Aunque pudiera, no podría esconder más este amor que me llega hasta las orejas, que me desborda respirando esperas, que me deshace en el líquido baile de tu nombre.
Y sin embargo…
Y sin embargo continúo pensando en ti. Un día y otro más. Y en esta tarde que se diluye en noche, y en esta soledad en la que sólo tu recuerdo es mi compañía…
Nunca sabrás, nunca, todo lo que te quiero. No hay un pájaro que cante, no hay una fuente que brote alegre de entre las piedras como mi amor nacía entre los pliegues de un corazón inútil, en el medio de un pecho colmado de esperanzas convertidas en sin sabores. Si hay alguna otra forma de haber probado cómo te amaba, juro por Dios que no la conozco, pues nadie se ha entregado a otro ser tan completamente, nadie se ha quedado tan ciego porque el otro no ha querido ver.
Nunca sabrás, nunca, lo mucho que te quiero. Porque nunca has deseado amarme, aun en la distancia, ni siquiera en la cercanía. Nunca sabrás lo que has perdido, porque todo lo tenías entre tus manos. Y en tus labios redondeados y entre tu pecho y espalda. Nunca sabrás cómo te amo, aun en la distancia, a pesar de no tenerte ya cerca. Una y otra vez.
Hasta que se apague el cielo, hasta que las nubes cubran el horizonte fosforescente. Mientras tanto, te seguiré llevando como un tesoro entre los pliegues de mi amor, cuyo nombre compones, y seguiré velando por ti, aunque nunca lo sepas, en la mudez de un silencio atronador.
Tenemos miedo de la Soledad. La detestamos. Hacemos lo imposible por vencerla: manipulamos, engañamos, callamos, sonreímos, asentimos, copulamos y soñamos con el Otro que nos libere, que la desgarre, que la destierre. La pareja, la compañía, las mentiras, los esquemas, todo justifica esa batalla eterna, ese desgaste contra lo inútil.
Nos resulta difícil entender a aquellos cuya búsqueda se centra, por más que se encuentren rodeados de los demás, en ellos mismos; cuyo miedo pivota lejos de nuestros esquemas; cuya lealtad para sí mismos es más fuerte que ese inherente atasco vital que es la Soledad. Esas personas no tienen miedo de estar solas; antes bien, la buscan, la tonifican con silencios envolventes, con ruidos que son nada porque nada revelan. Esas personas quizá temen no ser perfectas, no alcanzar ciertos grados de máxima libertad que, sin embargo, retienen en su interior la misma semilla de abandono y culpa, de desespero y realidad que habita en todos nosotros. Pero no temen a la Soledad: navegan con ella, se acuestan con ella, comen con ella y con ella conviven, pues es como vivir con ellos mismos.
No se engañan: solos nacemos, solos atravesamos todas las postas de la madurez. Solos hayamos el solaz de un cuerpo y el rudo vals de un abandono; solos afrontamos la Enfermedad; solos caminamos a pesar de quienes nos rodean y dicen querernos; solos morimos, por más que nos rodee una multitud llorosa, enojosa o apacible. En el fondo (y en la forma) somos personas solitarias, obligadas a vivir un tejido de ilusiones que a veces se hace realidad, pulsando el latido de unos sueños soñados por otros, desbancando la propia voluntad ante el hecho de vivir conforme a patrones heredados o a estrictas normas sociales. Es decir: al conjunto de temores que hemos dejado tras nuestra, extraño pozo del que bebemos un mosto amargo de dudas, incongruencias y reflejos.
Esta mañana me he visto en el espejo. Mi yo mismo no era el mismo que hace veinte años: ciertas señales de decadencia, apenas visibles cierto es, pero que un ojo asaz certero puede ya percibir, se acumulan en la sombra de los ojos, en el rictus un tanto pendulante de la boca, en el brillo opaco de la mirada y en el reseco tremor de los labios. Todo eso soy yo, como era yo hace veinte años. Tanto ha pasado pero todo sigue igual; o continúa pareciendo lo mismo. Y sin embargo yo no soy el que era, enamorado de la idea del amor, zurciendo fantasías, construyendo sueños que se desmoronaron como castillos de naipes; deseando un cuerpo del que escapar de la imperfección de mi cuerpo, como si la posesión del Otro nos augurara un futuro sin mácula, una integración perfecta, una excusa para seguir en el teatro de la Vida con ganas y vida… El reflejo de mí mismo, que era yo mismo, parecía tan aniquilado como esa sombra virginal de los veinte años, y sin embargo latía, respiraba, parpadeaba y aun se asombraba de lo que veía tatuado en ese espejo.
Lo que más me llamó la atención de ese simple ejercicio fue darme cuenta que estaba solo. Rodeado por los demás, pero solo. Con mis miedos, mis ineptitudes; mis acto-reflejos y mis promesas. Que aún verdean de lo lento que maduran. Y los años pasados como si no fuesen nada; y el golpe de lo vivido y casi olvidado, kilaje pesado que arrastro sin cesar cada día que pasa. Todo eso estaba en el espejo; todo aquello era yo. Y miré hacia un lado y hacia otro y no vi a nadie más; no había una sonrisa traviesa que tironeara de mis pantalones, ni una caricia sugerente que revolviera mi pelo, ni siquiera una pelea estúpida, unas recriminaciones ácidas pero que nos demuestran que aún estamos bebiendo la pócima amarga de estar con vida.
Me lavé la cara instintivamente, cubriendo con las manos aquella visión tan real. En ese momento algo en mi interior, como un chispazo eléctrico, sacudió mi corazón. Soy un hombre solo. El mundo pareció detenerse un instante y después continúo su marcha a trompicones, como vamos siempre. En ese segundo de despertar, de verdadero amanecer, ser consciente de la Soledad, tan palpable como un miembro, no me produjo mayor pesar ni mayor alegría. No sentí si quiera un gramo de remordimiento. Solo consciencia, algo de tristeza, y verdad.
Soy un hombre solo. No tengo hijos en los que legarme; ni siquiera el Otro me espera al llegar a casa. La familia, de la que mi propia raza se niega a cimentar, está ahí, como un individuo más, con sus quejas y sus costumbres, con sus seducciones y sus obligaciones. Un lastre más, mas no el único; una compañía más, mas no la caricia, el coqueteo, el leve suspiro a la hora de la siesta, una mano que busca quejumbrosa el calor de una palma ansiada, querida, quizá amada…
Desde ese momento entiendo más mi Soledad que mi apatía en buscar solaz y compañía. Mi amante es al mismo tiempo mi carcelera, y mi corazón y mi cuerpo son sus prisioneros y sus mártires, su santo y seña y su campo de batalla, su punto álgido y su nadir. Cansado de errar, apenas busco. Negando lo que soy, en pos de un sueño que no es real porque el mundo no es así, pasan los días unos iguales a otros, y los días engarzan meses y los meses años, y el que era un día con el que soy, el que soñaba con el que se despertaba esta mañana, en medio del silencio más absoluto, con la más simple y dura de las verdades entre las sienes. Desde el instante en que me di cuenta de que siempre estamos solos, por más compañía de la que gocemos, rocé cierto aroma de verdadera libertad que nos está vedado, o cuando menos que sólo se nos revela muy de cuando en vez, cuando estamos en verdad solos con nosotros mismos.
No sé qué me deparará el futuro. Ahora ya no lucho como batallaba ayer, desgastándome en sueños que se me han negado siempre. Vivo al día con lo que tengo, que es insuficiente, pero mío. No necesito que Otro me alimente ni me entienda, ni que me proteja o me posea. No pido flores ni versos escanciados, pero tampoco la música de las esferas ni los más bellos poemas. No quiero piel que roza sin caricias, ni caricias que tengan el precio de una hueca compañía. No sé adónde ir. El camino que despierta mi destino sigue siendo tan obscuro para mí como lo era veinte años atrás, pero las esperanzas que había en mí han dejado paso a la certidumbre calmada, a la paciente Espera. Si mi destino es esperar, bienvenida sea la compañera. Si mi destino es seguir así, que me haga un sitio la Serenidad, pues abrazo a la Aceptación y a la Duda. Si mi destino es morir, que venga la Muerte a llevarse el aliento veloz a otras partes del mundo.
Ignoro lo que será de mí. Vivo con lo puesto: mis entrañas, lo bueno y lo malo de ellas, mi brillante pasión, mis argentas cobardías. Todo vale, todo prima en un mundo de Soledad, para aquel que se ha dado cuenta que siempre solo estará, pues de un solo hombre es reo y presa.
Nuestro amor era así, como una red hecha de rocío. Lleno de noche, evaporado al alba, frágil e inestable. Pero hermoso.
No sé qué hubiese pasado si nos hubiésemos amado más. No: si nos hubiésemos amado mejor. Porque hay más de una forma de amor, y el nuestro quizá no toleraría una auditoría, como no soportó nuestro roce. Y sin embargo nos quisimos, nos quisimos mucho, y aunque frágil y pequeño, nuestro amor se hizo mundo y vivió entre nosotros hasta que nos cansamos y perdimos la paciencia de escucharnos y de adorarnos.
Nuestro amor era azul, azul de atardecer, palidez del alba. Sólo nos amábamos en la oscuridad de las sombras, con la alondra como acompañante y a veces el ulular del cuco o el sonido lastimero de las cigarras.
Nuestro amor quedó gastado, no guardamos nada para el futuro; era de día a día, siempre presente y ahora es sólo pasado. No contamos con el ahorro del tiempo que pasa y, como el rocío, se secó con la luz del mediodía, cuando el sol cae en picado sin sombras ni guarniciones ni nada.
Y sin embargo aún nos queremos. Te preocupas por mí; a veces también te llamo. El recuerdo se mezcla con la cotidianidad y me sobresalta a veces la sensación de tenerte cerca, verte salir de una habitación o rozar con tu espalda mi cuerpo desnudo. A veces un aroma me juega una mala pasada y me lleva a ese momento, a ese lugar que llamamos hogar y que ahora ya no existe, y sé que lo que vivimos fue más importante de lo que me he negado a afirmar, y que tu influencia sobre mí ha sido mayor que la de ningún otro. Y eso a veces me aterra y a veces me llena de ternura. Una ternura infinita porque viene de ti.
¿Cómo éramos cuando estábamos juntos? Casi ni lo recuerdo. Casi se me hace difícil remembrar ese tiempo teñido de azul añil, impregnado de rocío débil y precioso como gotas de sudor sobre tu espalda, que bebía sediento cuando yacíamos juntos en la penumbra del amanecer. Llevabas el pelo algo más largo que ahora, creo. Y yo sonreía más. O sonreía de otro modo, quizá. Con más libertad, con más gusto… Y era más feliz a tu lado que ahora, aunque puede que tú no… ¿Quién lo sabe? Yo ya no lo recuerdo….
Nuestro amor era así, tierno y transparente, como el rocío. Y sin embargo…
Y sin embargo aún lo recuerdo. Aún lo tengo dentro de mí. Y no soy feliz como lo fui contigo, porque tú no estás más a mi lado, como una vez estuviste.
Pero así es la vida, delicada y firme, como el rocío. Como tú y yo.