What’s Going On?

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

64d35044d0d34b709d6d09569cc04b0d

En 1993 un grupo grunge consiguió con su voz desgarrada, su melodía sencilla, sus rimas marcadas, dibujar el grito de una generación que, como todas, no entendía qué ocurría en el mundo y que deseaba escapar de esa realidad para formar un mundo mejor. Ese mundo no existe ni ha existido nunca. Ahora, la realidad virtual hace que nos encerremos en ese hiperrealismo de fantasía, que nos detengamos en un universo que sólo garantiza un placer tan lejos del sufrimiento que nos aliena y nos aleja de la vida vivida, que se palpa, se huele, se goza y se sufre.

Me gustaría decirle a esos nuevos compañeros que se asoman al acantilado de la vida que nada ha cambiado ni nada cambiará, salvo nuestra percepción de lo que debemos aprender y olvidar, aceptar y mejorar. Que otros ha estado en esa misma incertidumbre, que todavía permanecen hechizados en esa extrañeza, y que nada hay nuevo bajo el sol, salvo la energía para seguir adelante y dejar lo malo atrás.

 4 Non Blondes transformó ese grito desesperado en un himno perenne lleno de energía que llega hasta hoy de la mano de muchas artistas, como P!nk o Lady Gaga, que comprenden esa verdad porque han crecido con ella y la transmiten en su porpio estilo, con su propio lenguaje y con la misma pasión que Linda Perry o Alanis Morrisette hace ya dos décadas.

Twenty-five years and my life is still
Trying to get up that great big hill of hope
For a destination
I realized quickly when I knew I should
That the world was made up of this brotherhood of man
For whatever that means
And so I cry sometimes
When I’m lying in bed just to get it all out
What’s in my head
And I, I am feeling a little peculiar
And so I wake in the morning
And I step outside
And I take a deep breath and I get real high
And I scream from the top of my lungs
What’s going on?
And I say, hey yeah yeah, hey yeah yeah
I said hey, what’s going on?
And I say, hey yeah yeah, hey yeah yeah
I said hey, what’s going on?
Oh, oh oh
Oh, oh oh
And I try, oh my god do I try
I try all the time, in this institution
And I pray, oh my god do I pray
I pray

Insensibles

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

14138676_1293222684042236_6207278250387652698_o

Hace un par de semanas estaba de guardia con una de las residentes mayores. En medio del ajetreo habitual de una guardia de Cuidados Intensivos, y sobre una decisión que debíamos tomar sobre el futuro inmediato de un paciente, nos detuvimos en el medio de la unidad, entre el Control de enfermería y la cabina de medicaciones.

El enfermo de la cama 11 no tenía salida evidente; una lesión cerebral que lo dejaba en coma como efecto secundario más evidente, y una infección que no respondía a tratamiento habitual. La decisión gravitaba, como siempre, en cuánto ofrecer, cuándo esperar una respuesta y parar, cómo y cuándo. El factor tiempo es tan importante como cualquier otro; a eso aúno el bienestar del paciente y de la familia: hay decisiones que se deben tomar en consenso, sin que el peso del mismo caiga sobre personas que no están formadas para entender los procesos bioquímicos, la magia increíble que llamamos Vida, y cuya confianza han depositado en nosotros. En situaciones de limitación del esfuerzo terapéutico (llamado de forma más breve LET), cuando lo que tenemos que ofrecer de tecnológico, de avanzado, de soporte, ya no es suficiente, es necesario parar un momento (por siempre rápido) y pensar. Con el tiempo que pasamos trabajando y la experiencia que conlleva, somos capaces de percibir cuándo un paciente se aleja de la frontera de la curación, cuándo nuestros esfuerzos de soporte van a dejar de ser vanos. Para eso estaba la residente allí. Y se me dirá que está para aprender a Curar, y es cierto, pero voy más allá: está para aprender a Cuidar, que es algo mucho más amplio, arduo y difícil. Labor que hacemos en la UCI en equipo pero que, fuera de allí, recae sobre familiares cuya sorpresa y dolor desborda, en el presente tan brusco, un peso del que pocos se recuperan.

Pues bien, de pie hablando sobre el caso, me contó lo que hacía unos días le había ocurrido con la madre de una amiga de toda la vida: había tenido un traumatismo cráneo-encefálico, la operaron, mejoró durante unos días pero después entró en coma profundo al que ningún esfuerzo terapéutico pudo poner remedio. Los colegas de la UCI de ese hospital le habían ofrecido la posibilidad de hacer traqueotomía, un respirador y pasarla a la planta, con una sonda de alimentación a través del estómago y el soporte básico, del que ella debía encargarse, o bien, limitar el esfuerzo terapéutico, sedarla y con toda la comodidad posible, morir. Sobrecogida por la responsabilidad, el miedo de perder a su madre, el terror de decidir sobre algo que no manejaba bien, la llamó para pedirle consejo.

Mi residente  la estudiaba a medida que oía los datos y su respuesta fue la que yo esperaba de ella: le habló de las posibilidades escasas, del trabajo que conllevaría, que el futuro sería la muerte igual sólo que más tarde y con mayor desgaste: una infección sería la encargada de hacerlo mientras que en la planta le darían, debido al mal pronóstico vital, el soporte mínimo necesario. Pero mientras se lo decía a su amiga, mi residente se oyó a sí misma, y eso le llamó mucho la atención:

– Una señora que conozco de toda la vida, la madre de mi amiga, y estaba refiriéndome a ella como si fuera alguien ajeno a mí, desconocido… Y aún así, sé que ése es su futuro… Al final mi amiga me pidió que cesase de explicarle, que se sentía desbordada y que necesitaba tiempo para meditarlo. Obviamente, claro. Y colgamos.

Durante un instante, después de un suspiro, quedó callada, mirándome. Yo la veía con serenidad, para nada asombrado de su entereza y su valentía; pocas personas capaces de salir de su zona de confort e ir al encuentro de lo que teme y vencer esos miedos como ella. Dentro de su fragilidad, esa mujer tan sensible se estaba convirtiendo en una médico capaz de vislumbrar las capas más finas de la profesión, eso que no enseñan en la facultad: la empatía, la sensibilidad ante el mal ajeno, la comunicación firme y fluida sobre lo que es mejor en un momento de decisión inmediata.

– Al colgar me dio la impresión que ella creía que yo era insensible… Y eso me preocupa.

Su comentario me sacó de la abstracción en la que estaba, recordando los momentos en que ella había luchado contra sus miedos y vencido esas batallas, instantes que me servían de lección una y otra vez; mi admiración crecía día a día frente a su aparente fragilidad: el muro de su voluntad es férreo y maleable, es una mujer recia y dulce a la vez (y bastante cabezota).

Ante su duda le planteé las cosas desde otro punto de vista.

– Veámoslo así: ¿No serás tú más sensible ante el sufrimiento de esa paciente y de esa familia al estar bien formada e informada de su estado y de lo que le espera escogiendo un camino u otro? ¿No será que, a sabiendas de lo que va a pasar, deseas ahorrarle a tu amiga un trago mucho más amargo que el de perder a su madre?

Ella se me quedó mirando. Por un instante parecía que nada importaba en el mundo que aquel intercambio de ideas. Me di cuenta que había captado mi mensaje.

– Sabes que mi padre estuvo aquí ingresado ocho meses. Meses en los que, una vez pasado el límite, todos sabíamos que seguramente no sobreviviría, todos excepto mi padre y mi madre y mi hermano. Y que tuve (y tuvimos) que dejarles el tiempo que necesitaran para poder darse cuenta de ello, para aceptarlo, para que ocurriese… No encuentro mejor ejemplo para darte. Puede haber sido insensible y suspender todo tratamiento sin explicación alguna, pero no lo hice. Al contrario, me dediqué a cuidarlo con el corazón en la boca en cada guardia, todas las tardes cuando traía a mi madre para que estuviesen juntos; la ayuda de todos vosotros, tan solícita, sólo me demostraba lo sensible que erais ante la situación de fragilidad que nos envolvía… No todos los médicos, sobre todo, son capaces de esa empatía, de esa conexión con la profundo de la Vida. No es sencillo saltar la formación recibida, los miedos heredados y pensar por nosotros mismos. Eso sólo es de valientes… La fragilidad, la empatía, la firmeza, la sensibilidad… Son cualidades privilegiadas que sólo las personas más fuertes poseen, aquellas que deben decidir, a pesar de las dudas, el mejor camino, la opción más válida, la menos traumática y dolorosa posible.

Siguió sin decirme nada, mirándome. Mi razonar inmediato, hecho de instinto y conocimiento y por eso mismo difícil de articular, podía haberla abrumado. No quería confundirla más, si no mostrarle que las cosas, las situaciones en la vida, tenían más de una lectura, dependiendo de la óptica que se tomase. En esto, que para mí es importantísimo porque la integridad del Enfermo es lo primero, y en todo lo demás.

– El enfermo de la cama 11… Limitar es lo más humano, estoy segura…

– ¿Y a la madre de tu amiga qué le desearías entonces?

Bajó los ojos cabeceando. Yo suspiré, me había entendido.

– Podemos crucificarlos, gracias a la tecnología, a una agonía más larga o podemos dejar que, gracias a esa misma tecnología y saber, dejar de interferir en el ritmo natural de las cosas aportando el máximo cuidado y el mayor cariño.

En ese momento nos llamaron precisamente por el enfermo de la cama 11. Le dije que fuera a atenderlo mientras yo iba a hablar con la familia. Pero me detuvo.

– Por favor, ¿podrías ir tú junto al enfermo? Me gustaría hablar yo con la familia, si no te parece mal…

Cabeceé con  la cabeza. ¡Qué me iba a parecer mal!

Al cabo de unos 10 minutos traía una expresión de alivio. Esa mujer había salido fortalecida del mar de sus dudas una vez más. Una vez más su fragilidad la hizo más fuerte.

Y comenzamos la limitación del esfuerzo terapéutico de la cama 11 y su sedación y analgesia profunda. La enfermera encargada del enfermo, una veterana de batallas incontables, accedió gustosa. Nada nos define mejor que servir. Y servir bien.

Eso es verdadera sensibilidad.

The fools who dream

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

6176650848_IMG_0078.JPG

Confiar, esperar, soñar y despertar

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

6176689728_IMG_0110

Después de mucho tiempo manteniendo barreras a la confianza, dando lo que se recibe, sintiendo superficialmente, encontrando en la amistad, en el amor alado el mejor refugio, tan lejos de una intimidad real como del sueño por alcanzarla, siendo tan racional y tan sutilmente feliz con ello, he errado de nuevo.

Ha pasado pocas veces. Cuando el compromiso es total, después de muchas precauciones, haber caminado de nuevo sobre el abismo causaba temor, pero el momento era tan dulce, el trato tan distinto, lleno de una atención especial y de una seducción única… Ha pasado pocas veces, y en todas he perdido. Ésta no iba a ser diferente.

De nada valieron las barreras, las explicaciones racionales, la observación constante. Confiar en que el Otro sea igual de generoso pues lo parece a manos llenas; esperar que el lazo que comienza a unirse no se deshaga al mínimo inconveniente; soñar que la amistad duradera es posible, que la complicidad y la intimidad, sin esos estorbos de emociones entrecortadas, racional y apasionada, delicada a la vez y única, es alcanzable; y despertar de repente, arrancado de raíz, sin explicación alguna, sin  ninguna esperanza.

¿Es tan difícil afrontar una equivocación? ¿Es el deseo de seducir, y después de compensar un exceso que nos hace sentir culpables, algo tan pesado de llevar para ser incapaces de afrontar una decisión y salir corriendo sin emitir una palabra? Un beso en la mejilla, un no me viene bien, un se me ha olvidado, un no tengo tiempo, un no sé qué más hacer…

La vida es una farsa. Seguramente por culpa mía. Sólo quería conseguir ese sueño que llevaba dentro, nada más; ese milagro absurdo en el que una amistad se acerca más a un intercambio de genialidades y a una batalla por intereses comunes, una integración en la vida del Otro, sin hacerse pesada, sin esperar nada más…

¿No es insólito? A estas alturas pensando que lo inmaterial puede hacerse posible… ¿No es gracioso sentirse un extraño en medio de una relación que parecía reverdecer viejos anhelos muertos?

Confiar en una camaradería falsa; esperar una complicidad egoísta; soñar, durante un instante, que lo Perfecto es posible, y despertar brusco, con un golpe de realidad: seco, duro (que sería lo de menos), lleno de silencio (que es lo que más duele.)

Me dejé llevar… Tonto de mí. ¿Me gusta la farsa? Seguramente. Culpa mía… Pensé que queríamos muchas cosas juntos, y ahora estoy así: ingrávido, relegado a un segundo plano, a un mundo de silencio, y ya está…

¿No es gracioso? ¿No es inútil? Perder mi tiempo a estas alturas de la vida, que ya no me sobra… Menuda gracia de chiste, menudo dolor hueco…

Todo pasa. Esto también pasará. Pero la confianza herida apenas cicatriza; la espera no es más que una vieja conocida; los sueños se apagan, pues ni siquiera yo mismo los merezco, para vivir en un constante despertar vacío de anhelos y de descanso.

La historia de los Otros

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

_DSC2778fg

Esta noche ingresé un paciente con un ictus isquémico grave. En coma. Las posibilidades de que mejore son remotas, pero siempre cabe la posibilidad. Lo más probable es que evolucione a lo que llamamos sufrimiento cerebral por edema y finalmente el cerebro sufra tanto que alcance el estado clínico de muerte cerebral, con lo que estaría oficialmente muerto aunque el resto de sus órganos sigan cumpliendo su función durante un período de tiempo corto (ésa es la ventana que empleamos para solicitar la donación de órganos) . Pero también cabe la posibilidad que la enfermedad se estanque y permanezca en coma durante un período de tiempo variable.

Intenté explicárselo a la familia. A la esposa del enfermo y a sus dos hijos. No estaba yo en mi mejor momento y sentí que no establecía una relación fluida con esa familia. Reculé en mi explicación varias veces: era demasiada información nueva en una situación crítica para ellos; pero tengo el convencimiento que deben saberlo todo, y refrescárselo diariamente conforme la evolución del enfermo, para que no haya sorpresas ante informaciones que parecen salidas de ninguna parte. En general, les digo que no se abrumen ante tal cantidad de datos, pues todos los días ajustamos la información conforme veamos la respuesta del paciente.

Con ésas, estuve más tiempo del habitual con la familia.

Y mientras tanto, tuve la oportunidad de observarlos en la distancia. La vida de los Otros esconde historias que desconocemos y con las cuales no conectamos, pues no nos importan en exceso. No es mala esa postura vital: no podríamos estar languideciendo diariamente con el peso de los problemas del mundo y los nuestros propios. Sin embargo un ejercicio así, observar e intentar identificar puntos claves en la vida de quienes nos hablan para poder entenderlos y amoldarnos a las necesidades del presente, debería ser una función obligada para los profesionales de la salud, y en todo caso también para todos aquellos que trabajan de cara al público (en la vida personal, las cosas se encuentran demasiado imbricadas para poder alcanzar el grado de racionalidad necesaria para desligarse de lo observado y poder juzgarlo de la manera más justa). Y no me refiero aquí a técnicas de coaching (tan en boga actualmente), si no a algo más sencillo, y por lo tanto abandonado, como es oír a los demás, escuchar lo que quieren decirnos, para así llegar a entenderlos, no a identificarnos, si no a comprenderlos.

La mujer del enfermo, abrumada, intentaba absorber una información que se le escapaba: llegó a decirme que no estaba lo bastante formada intelectualmente para entenderlo. Una de sus hijas, incapaz de soportar la probable muerte de su padre, o cuanto menos un grado de minusvalía muy profundo, resoplaba incrédula: su mente, bloqueada, se negaba una y otra vez a entender la evidencia. Eñ hijo, quizá algo abrumado pero con cierto resquicio de sentido común, asentía alerta: puede que no comprendiese todo el proceso que le estaba explicando, pero había conseguido aprehender el mensaje: que estaba tan grave que quizá no sobreviviese al episodio.

En medio de mi perorata inútil, adquirí esas sensaciones e intenté incorporarlas a mi discurso. Me dirigí primero a la mujer del enfermo: con palabras sencillas comprendió que podía llegar a morir en las siguientes horas, o, si sobreviviese, el grado de daño cerebral sería muy grave. Los adultos están mucho mejor preparados para la muerte de alguien querido de lo que creemos. Pero mucho más. Asintió, tranquilizándose: esa poca información le era comprensible y encajaba en su forma de pensar. Ahora podía esperar lo peor o lo mejor con más tranquilidad.

La hija, cuyo miedo a enfrentar la muerte era quizá superior a cualquier explicación racional en alguien que se veía intelectualmente educado para ello, carecía de la madurez emocional de su madre: la información le fue administrada con cuentagotas, asegurándole que cada día recibiría un refuerzo de la lección dada y un gramo más de profundidad necesaria. El hermano, cuya comprensión o al menos aceptación facilitaba las cosas, sólo necesitó un resumen muy abreviado de lo que podría pasar: esto, eso o aquello. Asintió y se levantaron.

Los acompañé a la puerta como siempre hago (también al comienzo les saludo y les deseo buenos días, tardes o noches, aunque muchas veces se me olvida decir mi propio nombre) y les despido a cada uno con una palmada en la espalda: hay algo en el contacto físico que regenera energía, que da confianza; la barrera del rol que jugamos desaparece por un momento, estableciendo una corriente de simpatía empática, de humanidad dosificada, que quiero que ellos sientan y que yo no pierda.

Cada paciente que se sienta ante un médico desea ser oído. Necesita ser escuchado. Para poder saber qué le aqueja, sin duda, pero sobre todo para poder desplazar sus angustias, retratar sus miedos, y afrontarlos. Cada narración lleva emparejada no sólo el nivel educacional de la persona, si no su historia personal, social, íntima. Los hábitos diarios, los miedos irracionales, la depresión profunda o el exceso de optimismo, el ambiente de trabajo, los problemas familiares, toda esa maraña que conforma una vida humana cargándola con los hábitos que llamamos vida que se vive.

Cada persona es una experiencia, un mundo; cada paciente, y cada familiar de paciente, traen consigo el intrincado tejido de sus historias personales, experiencias que llegan hasta nosotros, sentados en una cierta posición de poder, para que las valoremos en su justa medida. Y no es algo fácil.

¿Qué esconde las relaciones humanas? Algo muy sencillo: queremos ser oídos, queremos ser entendidos, queremos ser aceptados. Y no es empatía de lo que hablo (o no más que la de darnos cuenta que nosotros también llevamos a nuestras espaldas la narración inacabada de nuestra propia vida): es sencilla interacción con el Otro que no somos nosotros; es darle importancia capital a una vida que de otra forma no nos interesaría en lo más mínimo, pero cuya comprensión nos permitirá no sólo ayudarla en el plano sanitario, si no en uno más holístico, más completo, más metafísico quizá: en su estructura como ser humano.

En una sociedad que tiende cada vez  más a la individualidad (nunca ha dejado de estar abocada al individuo en solitario), saber que los demás con los que interaccionamos a diario poseen miedos, frustraciones, expectativas y desconfianzas tan parecidos a los nuestros propios, hace que seamos más sensibles a escucharlos y a aceptarlos.

La historia de los Otros no es una noticia en el telediario, ni el rápido intercambio de un buenos días, ni la compra o la venta de un artículo (incluso la propia carne humana); es algo más. Es aquello que nos permite afrontar cada una de las oleadas de la existencia, que nos impide evolucionar o nos protege o nos impele a cambiar. Estar dispuesto a escuchar y a aceptar la historia de los Otros puede que no nos haga mejores personas, pero desde luego nos hace ser seres humanos más comprensivos y abiertos a la verdadera Vida: multifacética, vibrante, herida, curada, melancólica o alegre, y quizá nos acerque a la aceptación de lo distinto al vernos reflejados nosotros mismos en ella.

La historia de los Otros, a la postre, no nos es ajena: es la nuestra propia. Con otra voz, con otros matices, con otros disfraces. Pero sus ecos resuenan en el universo y en nuestro propio corazón, y hace que se satisfaga el único deseo verdaderamente humano que encierra una relación personal: ser oído, ser atendido, ser escuchado, ser comprendido, ser aceptado. Y seguir adelante.

Persuasión y Parque Jurásico

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

En un vídeo en YouTube, dos caballeros: Mikel y Francesc, se retaron a leer cada uno la novela favorita del otro. Todo caso que Mikel Fernández Bilbao se haya inmerso en una cruzada para lograr que la mayor parte de los visitantes a su canal lean todos lo libros de Jane Austen (algo que he cumplido con gusto), y Francesc Gascó tiene la suya propia para acercar Ciencia y Paleontología a legos y colegas de una forma distendida e informativa, no cabía otra posibilidad que los libros elegidos por ambos fuesen los más cercanos a sus gustos y corazones: Persuasión, de Jane Austen y Parque Jurásico, de Michael Crichton. Y me dije a mí mismo que cogería el guante de ese reto.

No es que tuviese un prejuicio contra la(s) obra(s) de Michael Crichton; creo que los tenía todos. Y no porque fueran malos (no podrían serlo siendo así que fue un escritor muy vendido y polifacético, además de colega de licenciatura); si no porque eran muy vendidos. Lo cual puede que no tenga sentido; pero cuando ocurre algo así, en mi interior hay un resorte que se retrae y me impide si quiera sopesar la posibilidad de leer algo de esas características. Las letras palomiteras, absorbentes, que se leen sin paladear bien la historia o en los que los protagonistas de los relatos pesan más que todo el armazón que los sustenta (esqueleto que es básico en la aparentemente sencilla creación de un bestseller), habían tenido ya su lugar en mi vida de lector, y aunque Parque Jurásico se editó cuando yo tenía tan sólo veinte años, ya me sentía a años luz de esos fenómenos literarios. Sí: tenía esa mezcla de resabidillo y esnob que escondía muchas carencias y, también es cierto, poseía una sensibilidad y un gusto literario un poco por encima de lo considerado normal para esa época. Lo que ocurría es que había devorado, pero literalmente comido a bocados, bestsellers desde los doce años: Jeffrey Archer, quizá mi favorito; Colleen McCullough; Sidney Sheldon, Judith Krantz, Corín Tellado, Margaret Mitchell, J.J. Benítez y un largo etcétera, me habían llevado entre los amoríos imposibles, los mundos oníricos e improbables de riqueza y destrucción, los bajos fondos con sus más bajas pasiones, a un estado de agotamiento lector del que no me he recobrado del todo incluso ahora.

Dicho esto, acercarme a Parque Jurásico (película) ya me pareció ejercicio suficiente para demostrar lo abierto de ideas que era ese jovencito veinteañero, cuyos gustos por cintas taiwanesas (Ang Lee) y chinas (Zhang Yimou) y algunas francesas e inglesas y australianas (La boda de Muriel y Priscilla, reina del desierto siguen brillando hoy con el mismo fulgor que cuando se estrenaron) pintaban su cielo celuloide de entonces. Y tras verla y sentirme fascinado por la técnica de la película y esas cosas (me dejó un tanto frío en sí misma, pues sigo pensando que está a años luz del mejor Spielberg aventurero: En busca del Arca perdida, Encuentros en la tercera fase o Tiburón son casi irrepetibles), borré de mi cabeza su existencia. Hasta que Francesc Gascó apareció con su encantadora forma de comunicar pasión y belleza por la Paleontología, y su machacona referencia al mundo jurásico de Michael Crichton.

¿Qué pueden tener en común Persuasión y Parque Jurásico? Algo nuclear: la obsesión por controlar un mundo en constante zozobra y hallar, en medio de esa labor agotadora, la estabilidad. En el mundo de Jane Austen, el destino de la Mujer (su búsqueda por encontrar un marido que le garantice un mínimo de derechos de los que carece por su género; las discretas manipulaciones que son, en realidad, sentencias de vida; los sueños, los sentidos y sentimientos que embargan a los seres humanos, que los unen o los separan para siempre) y la concienzuda observación de la psicología humana, de los secretos del alma, tejen tramas casi siempre similares, pero que sacan a la luz lo mejor y lo peor de la raza humana: en sus páginas, descritas con gran lucidez y sencilla certeza, la manipulación, el maltrato, los malos entendidos, las esperanzas vanas, las expectativas y las decepciones tejen una historia coral que es llevada por mano firme y trazo ligero, donde la levedad de lo obvio esconde una profunda enseñanza moral, o mejor, el retrato descarnado de la bajeza humana y sus ansias por mejorar, o al menos aparentar que se puede ser algo más que un individuo que sacia sus apetitos y que busca desesperadamente un salvavidas que le asegure la estabilidad y, a veces, también la felicidad.

En Parque Jurásico encontramos algo similar, pero escondido tras la ciencia y al tecnología. El hombre que juega a ser Dios, que ignora los ritmos intrínsecos de una Naturaleza que desconoce al considerarla enemiga y no aliada; que intenta traspasar la barrera de lo finito con obras colosales; que comete errores y se niega a aceptarlo. Pero también el niño deslumbrado por lo imposible, la fascinación por un mundo perdido que se recobra y, por encima de todo, se posee. Un reflejo de la sociedad tan actual hoy como en el momento de su publicación.

Persuasión es una oda a la carencia de carácter, al descubrimiento de que la intención humana, maleable por las influencias ajenas, puede llegar a perder la grandeza que le está destinada; en Parque Jurásico la grandeza deslumbra tanto que olvida el alto precio que se paga por ella y que, como Ícaro o Faetonte, ese peaje conlleva quizá incluso perder la vida, a fin de cuentas ser dios es más difícil que ser hombre, y acarrea más responsabilidades de las que pensamos. En ambos relatos los sueños son posibles; sentimos el pesado paso de un dinosaurio, ese levantar tranquilo de un cuello enorme que se alza por sobre la vegetación selvática; oímos el engranaje de la biotecnología, que agrupa ácidos nucléicos como ladrillos sobre los que se erige una raza muerta, un mundo perdido, una forma de ver la vida que ya no encaja con la historia que la representa. En Persuasión la bajeza humana está presente, pero también el secreto espíritu que puede hacerla bella de repente; en Parque Jurásico el fulgor del Empeño da lugar a un sueño quizá equivocado pero atrayente, y oímos la pesada máquina de la Economía y de la Fama como fantasmas aviesos y evanescentes que corroen el orgullo humano y lo degradan hasta su máxima destrucción. Unos se sienten persuadidos por su carrera, por sus hallazgos, por el poder de sentirse únicos, por la intoxicante idea de llevar siempre razón. Y otros, por alcanzar, mediante intrigas, un reconocimiento social y una seguridad económica que el destino, a veces, parece empeñado en negarlo siempre.

Y en ambas novelas, con doscientas páginas de diferencia, con doscientos años de distancia, nos permiten soñar largo y tendido sobre lo que pudo haber sido y no fue, o lo que el viento se llevó una vez y que nunca más volveremos a poseer. Hay una gran lección en estos textos, una lección que bien nos valdría aprender de nuevo. Para dejar de manipular la vida, para conocerla mejor antes de poseerla, y para dejarla a su libre albedrío, que sabe más en su aparente inconsciencia que nuestro yo supuestamente ávido y consciente.

Persona normal (de Benito Taibo)

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen

9788408160311

Gracias a Javier Ruescas por proponer, en su momento, esta maravillosa obrita de arte.

Si hay algo fascinante en una historia sencilla es que no es simple. Si hay algo maravilloso en el arte de escribir una historia que llega al corazón por la vía más rápida, que es la de la fluidez, Benito Taibo lo consigue con creces en Persona normal.

No hay nada de normal en la historia de Sebastián y su relación con el mundo; todo es fascinante, todo es un descubrimiento, una aceptación, un crecimiento vertical para rozar las estrellas. Nada hay más hermoso que un amor que nace, que se sustenta de alegrías pequeñas, que se enfrenta a los problemas del día a día y que aprende a discernir, a tamizar, a soñar y, finalmente, a expresarse en sus cualidades más elevadas como en el amor que hay entre Sebastián y su tío Paco.

Persona normal es un canto a la Literatura. O mejor: a la Lectura. Demuestra que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos encontrándonos en la experiencia de los autores, en esos océanos de palabras hilvanadas, de narraciones que son símbolos (incluso algunos puntualmente incorrectos o demasiado teñidos de una idea de socialismo que nunca ha existido) y que, como todo Arte, consigue sembrar inquietudes, sueños, anhelos y realidades en el tejido latiente de un corazón que crece y madura y se hace un adulto ideal.

Persona normal habla sobre el hombre que todos podemos ser. Habla sobre la convivencia y sus roces, sus salidas maravillosas, la magia que el entendimiento y el acercamiento de posturas consiguen sembrar en dos temperamentos distintos, en dos formas de ver la vida, y que sin embargo se reconocen, se aceptan y se complementan hasta hacerse uno, único, universal.

Desde los libros de aventuras hasta la poesía más excelsa; desde la narrativa más abstrusa hasta el ligero aroma de la prosa suave, Benito Taibo nos enseña a enseñar, a formar y a cambiarnos a nosotros mismos a través de la lectura y de un pacto profundo y secreto con nosotros mismos. Es la historia de Sebastián, de niño a hombre, y del tío Paco, de hombre a niño: caminos inversos que se cruzan y se hacen únicos para siempre.

Es un libro para paladear con gusto, para leer y volver a leer sin cansancio. Toda la historia del pensar humano (del saber humano) se haya en esas páginas llenas de un lirismo a flor de piel que huele a fantasía y certeza, a vértigo, caída y ascensión; cada año de Sebastián es un paso para nosotros; cada día del tío Paco es una aventura en la que quisiéramos participar. Y lo hacemos, porque somos seres humanos que nos mantenemos con vida.

Además, es una guía maravillosa para que los niños, los adolescentes y todo aquél que jamás haya leído, encuentren los tesoros incalculables de belleza, de sabiduría y entretenimiento que somos capaces de crear, dentro de nuestra idiotez como raza, los seres humanos.

Todo es bello en Persona normal. Todo es una caricia con sabor mexicano, con aroma latinoamericano, con espíritu universal. Una historia que merece no sólo ser leída, si no ser compartida y pensada y sobre todo, por encima de todo, sentida, admirada y releída una y mil veces. Mafalda, hazle sitio. Porque, como en ti, hay en Persona normal un disfraz que esconde (poco) la sabiduría de una raza y, aún más, el dulce sabor del amor, la confraternidad y un himno a la libertad de ser nosotros mismos.

Benito-Taibo_LPRIMA20150819_0145_30