
Bublé en domingo.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Hace un tiempo recibí un whastapp de un amigo de la distancia que quería hablar conmigo. No era particularmente tarde, pero ya era de noche. Los días de otoño con ese secreto escondido. Quería saber si podía charlar un rato. Faltaría más.
Noté en su tono de voz que algo no iba bien. Siendo como es una fuente de vitalidad y de sonrisas, esa voz aterciopelada acostumbrada a acariciar y engatusar con palabras y tonos sonaba a tristeza y a algo más, todavía encubierto. Pero era fácil adivinar que le preocupaba algo.
Tengo una cierta tendencia a vivir la medicina desde un punto de vista visceral: el conocimiento está allí, pero hecho un amasijo, un magma del que parten, aquí y allá, ráfagas de intuición que llegan a mi mente con una imagen muy clara en mi días buenos, y en aquellos malos, cuando no me fío de mis instintos, la situación me viene a poner en el lugar correcto una vez las consecuencias se desvelan ante mis ojos. Con él pasó algo similar.
Al hablar me comentó que llevaba días con malestar de estómago, que no le mejoraban pese al tratamiento con los inhibidores de bomba de protones (IBPs o, para legos y que nos entendamos todos, el omeprazol y toda la familia que se ha desarrollado a partir de él) y había ido al médico. Le había hecho una gastroscopia (endoscopia digestiva alta) e inmediatamente después lo llevaron a hacer un TAC; tomaron biopsias y le dijeron que en unos días le darían el resultado.
Él buscaba alivio a sus nervios, un canal en el que expresar sus pesares y encontrar cierta comprensión y calma. Lo que no sabía mi amigo es que me había metido en un aprieto. El instinto llegó a mí con la fuerza de un rayo láser. Sabía, sabía, que no era nada bueno. ¿Debía decírselo? ¿Cómo hacerlo a kilómetros de distancia y sin estar completamente seguro de todas las pruebas que le habían realizado? Pasaron sólo unas milésimas de segundo. Estaba ansioso pero entero, una especie de mezcla que seguro siente cada vez que sale al escenario a ejercer su profesión: es actor.
¿Cómo decirle a un amigo al que se aprecia que seguramente, seguramente, tendría algo no muy bueno en su estómago? ¿A un hombre guapo, con todo por delante, bien visto en su profesión, adorable, encantador, picaflor y con la sonrisa más bella posible, que en su cuerpo se estaba obrando algo que no parecía nada bueno?
Resoplé. Eso a mí se me da bien (resoplar). Y opté por lo que me pareció la opción más sensata: de menos a más.
Le dije que había tres opciones. La primera, una úlcera de estómago (vamos a obviar aquí las diferencias entre una úlcera gástrica y una dudodenal); en todo caso estaría con el omeprazol a dosis dobles durante unas cuatro a ocho semanas y un tratamiento antibiótico que no siempre era fácil de tolerar pero que tenía varias opciones para cambiar por si había efectos secundarios. No le dije en ese momento que estaba casi al 100% seguro que no tenía una úlcera de estómago, porque eso de salir corriendo a hacer un TAC va a ser que no es la respuesta inmediata ante una lesión que simula una simple úlcera péptica.
Notó mi silencio posterior y armándose de valor me preguntó por las opciones que quedaban. De las dos, que no eran buenas, una era menos mala que la otra. No pude andarme con tonterías en este punto. No le dije que sabía que tendría una de esas dos de seguro, pero le expliqué someramente que podía ser o bien un Linfoma gástrico, generalmente de estirpe No Hodking, generalmente bien diferenciado y generalmente de células B y generalmente de buena respuesta a la quimioterapia. La otra opción era quizá más sombría: Adenocarcinoma de estómago…
Me preguntó qué tratamiento tenía. Resoplé de nuevo. Sólo experimentales a los que yo, si fuera yo (era la segunda vez que me enfrentaba a un consejo para un amigo como deseara que me trataran a mí), no me sometería.
Le tocó el turno de callar. Le oía respirar. Esa sonrisa que era tan suya, esa voz de terciopelo no estuvo allí por unos segundos. Pero volvió pronto.
– En unos días lo sabremos.
Y lo supimos. Si quieren saber cuándo me gusta que me digan que me he equivocado, es en situaciones así. A los pocos días mi amigo me llamó intentando conservar la entereza como todo un caballero. Era un linfoma con todos esos nombres raros que le había comentado. Que tenían que darle quimioterapia y puede que radioterapia. Y que le iban a poner una cosa que se llamaba reservorio… Lo dejé liberarse de la tensión unos minutos. Lloraba con esa tranquilidad de quien se sabe escuchado, y se llenaba a la vez de esa serenidad que nos da saber no ya sólo que nos escuchan, si no que nos comprenden. Claro que lo comprendía. Mucho más de lo que se pueden imaginar.
Como no hay mejor distracción que afrontar de frente un problema que sabemos que existe, le di todos los ánimos correctos: saldría bien ya que es de buen pronóstico; eso así, le dejé bien claro que su espléndida cabellera (preciosa) y esos ojazos perderían todo atisbo de pelo; no tendría barba ni ningún rastro de vello en el cuerpo; que la expresión cambiaría, ya de por sí brutal por la pérdida de las cejas, así como su estructura, el color de la piel y la sonrisa. Tendría días grises pero otros estupendos: los dos primeros días pos-quimio sentiría el cansancio del planeta, pero después recuperaría.Que debería tener cuidado con las infecciones, tomar los antibióticos que le darían, ondansetrón si tenía náuseas y que el reservorio era una vía que se colocaba en una de las venas grandes del cuerpo y debajo de la piel para evitar que los venenos de la quimioterapia dañaran sus venas periféricas… ¿Me entendió? Lo dudo. Pero había algo en esa perorata que le transmitió un punto de paz: se dio cuenta, como yo también en mi momento, que aquello también pasaría.
Y tanto.
Jorge Lucas jamás ocultó su enfermedad. Antes bien, a través de Instagram y Facebook publicaba sus pasos, la evolución de su proceso.Era maravilloso verle reír (esa sonrisa tan divina y tan suya) cada vez que comentaba alguna novedad de su enfermedad. Sus amigos lo visitaban, y hasta le cantaban saetas en la habitación, y se iban de palmas y alegría. Esta gente artista… Y apareció en varios medios de comunicación con su aspecto de enfermo de cáncer sin tapujos, con normalidad, con alegría. Su proceso fue un ejemplo para todos, pero sobre todo para él.
Que tuvo días malos no lo dudo, pero supo sobreponerse a todos ellos, a las molestias de la quimioterapia en los dedos, en los tactos; el riesgo de coger una infección o que la medicación dañase la producción de la médula ósea. Todo eso y más lo vivió con delicadeza, con asombro y, sobre todo, con una sonrisa.
Nunca se olvidó de sonreír. Y una vez me escribió un mensaje: Sonríe.
El tratamiento terminó y no quedó restos de linfoma en su cuerpo. Nadie está libre de enfermedad (al menos médicamente) hasta pasados 10 años sin que se registre ningún resto de la misma en el cuerpo. Esas expresiones banales: He vencido al cáncer, por ejemplo, son falsas. Hay que estar vigilantes y sonreír, como Jorge Lucas ha hecho, y seguir adelante. Ahora le quedan cientos de exámenes periódicos que, si saca buena nota (como lleva haciendo) se irán alargando en el tiempo, disminuyendo en número, hasta que la frase mágica: Libre de enfermedad cancerosa le cuelgue en el pecho como una medalla. Pero está en el buen camino y sé que con esa alegría, esa disposición, ese vencer sobre los miedos y los rencores, lo conseguirá.
Jorge Lucas ha aprendido. Un alma noble se eleva más allá del resentimiento y de la inicial autocompasión y los trasciende, haciéndose más grande, más hermoso, más puro. No niega en decir que la Enfermedad es lo mejor que le ha pasado nunca. Y es cierto, para aquellas almas grandes que consiguen la ganga de oro en un destino atroz. Por eso, agradecido del amor y de la oportunidad vivida, ha creado una fundación: Besos en el alma, para apoyar con lo mejor que tenemos los hombres: nuestro corazón, a personas que pasan por trances semejantes.
Mucho lamenté no haber estado en la fiesta de su presentación. Quiero darle un abrazo azul y guapo como es él, viniendo yo también de un viaje parecido que terminó sin querer hermanándonos en cierta manera, pero pronto podré hacerlo. Mientras tanto y el mundo se ordena en su belleza, para hacer de él un lugar mejor, repartamos besos en el alma y hagamos nuestra esa receta que Jorge Lucas ha conseguido extraer de su Enfermedad: Sonríe, y hazlo siempre. Y así todo, todo, irá mejor.
Hay historias que se escriben, y hay quien escribe historias, y hay historias que se van escribiendo día a día, hasta que un día emergen a la luz y nos parecen sencillas, inequívocas, casi perfectas.
Lo que cuenta Curro Cañete Leyva en su primera novela publicada por Editorial Destino, Una nueva felicidad, nos parece así: sencillo, fácil, perfecto. Nada más equivocado y nada más parecido a la verdad.
Con una prosa suave como una caricia, Una nueva felicidad es un relato periodístico, unas memorias razonadas y un reflejo del día a día de muchos de nosotros, cargados de problemas la mayoría autoimpuestos, callejones sin salida y un arrullo de libertad. Porque Una nueva felicidad no es llegar al final de esa meta que somos todos, si no el comienzo de una aventura fantástica que se inicia una vez abrimos los ojos a la vida.
Curro Cañete Leyva escribe con el corazón en las teclas. Su estilo es recurrente, suave, y refleja nuestro yo más neurótico y pavoroso. La búsqueda de una salida (no: de un nuevo comienzo) lleva a Curro por los caminos hacendosos y llenos de riscos de sus temores, de sus sueños rotos, de sus ansias y sus éxitos, de sus amigos y sus errores, de una vida que parece perfecta, aunque sólo en la superficie. Curro es un chico que desea adentrarse en los porqués de la vida, primero sin ser consciente de ello y después a pleno sol; quiere ser libre, quiere amar y ser amado y sobre todo, o por encima de todo, quiere aprehender el secreto último de ese escurridizo estado que es la felicidad. Y se da cuenta, gracias a los avatares del destino, a la influencia de sus lecturas, a la fidelidad de sus amigos, al resumen de su más que trabajada y merecida vida, que la felicidad está escondida en cada una de las líneas que escribe, en cada desencuentro, en el enamoramiento y en la pérdida.
Del amor hacia un hermano perdido hasta el amor por sí mismo, Curro Cañete viaja hacia una nueva felicidad lentamente, casi sin pausa pese a lo dificultoso de su viaje, más allá de los límites impuestos, en esa búsqueda constante de algo mejor: la mejor versión de sí mismo y, por ende, del mundo que lo rodea.
Un catálogo de manuales de Nueva Era: lecturas, procesos mentales y físicos, yoga, meditación, flores de Bach, mantras, inciensos, feng shui, coaching, runnig… Una nueva felicidad va más allá de todo eso, porque está después de todo eso: justo, justo, donde comienza el corazón. Vemos divagar a Curro por su mente, por sus labios, por la piel del Otro, por los senderos del Parque del Retiro; caer rendido ante los hechos; hechizado ante las personas que abren ante él nuevas oportunidades y nuevos mundos, y finalmente encontrase, perdonarse y seguir con vida: la felicidad es el camino, no las herramientas; un ciclo sin final que se inicia y finaliza en la rueda eterna del corazón, un Samsara personal y único, y por eso mismo hermoso, dadivoso y frecuente. Porque nada se regala más que la belleza, que la bondad, que la comprensión.
Curro en Una nueva felicidad paga todos los impuestos de la esclavitud, de la ignorancia; admiramos su valentía, nos enoja su ceguera, nos identificamos con su dolor, con sus miedos y sus fracasos, y terminamos amando su desnudez, su total fragilidad, esa valentía que lo hace único, libre.
Una nueva felicidad es el camino, no la meta; es el continuo fluir, la deferencia, la (buena) educación, la generosidad, el ardor, los errores también, y más allá, siempre más allá, la única libertad. No hay dos caminos iguales; no hay dos felicidades iguales. Pero todas las sumas se adicionan y se hacen una, como cada corazón que late y cada palabra que se dice, en alta o en baja voz, en busca de la perfección absoluta de cada vida y de cada ser humano.

Un libro largo de cuentos cortos es el omnibus (definición del propio autor) en el que empaqueta toda su obra de género corto y que le ha dado fama mundial, más allá de su Israel natal, traída a nosotros en una magnífica aunque muy pesada edición de Editorial Siruela, en su sección Nuevos Tiempos.
Descubrimos un hombre divertido, crítico, que dibuja y disecciona las emociones humanas desde perspectivas aparentemente sencillas en ambientes normales, llenos de actualidad, pegada a ella en realidad, donde todo lo que caracteriza a nuestro siglo XXI se encuentra reflejado.
Nada hay que escape a esa mirada microscópica, sin miedo y sin concesiones de Etgar Keret. El lado más gracioso de la vida, el más peligroso, el más absurdo pero también el más negro, el más salvaje y, también y sobre todo, el más íntimo, el más pegado a la piel y al corazón.
Nada es gratuito en sus cuentos. Y la maestría de enseñar (muestra, retrata, dibuja, ofrece) los más íntimos sentimientos humanos se cristaliza y se llena de esa personalidad objetiva, detallista hasta el extremo, demoledora y por siempre despierta.
Lejos de la estética y delicadeza (pero igual crudeza) de los cuentos de Espido Freire -con quien me identifico más en esa búsqueda de belleza y no tanto de inmediatez; en ese ánimo de relatar esteta y estoicamente las profundidades humanas en trazos delicados pero firmes-, los cuentos de Etgar Keret nos llegan al alma por su profundidad, su carencia de trascendencia, y sin embargo su escondido eco eterno, su completa identificación con los sentimientos a flor de piel del habitante de un siglo desalmado como el que vivimos.
Y no es carencia de espíritu, a la prosa de Keret le sobra alma, pues está llena de una observación profunda como un océano, pero se escribe con trazo ligero, casi levitado; García Márquez conseguía poesía con sus relatos -aquella huella de sangre en la nieve blanca, causada por el simple pinchazo de un dedo con la espina de una rosa- sin ahorrarnos detalles pero sin sobrecargarnos con ellos; Etgar Keret nos transmite, con cierta sequedad, la desdicha de una mujer que descubre el fin de una relación a distancia en la que confía con una hipérbole abrumadora pero sencilla como una ventana con vistas, o la tragedia de la infancia que despierta al mundo de imperfección paterna por proteger una hucha en forma de cerdito que tiene un nombre impronunciable.
Keret tiene prosa de periodista; sus cuentos, incisivos, destilan aquí y allá, siempre, esa cualidad que tan cara se ha hecho a los editores actuales y tan fácil se hace leer por los lectores ávidos de historias y ahítos de pensar por sí mismos sobre una libertad que les desborda. La grandeza de los relatos de Etgar Keret es que consigue, con esa prosa desnuda, carente de poesía, directa como un escalpelo, que la semilla de la conciencia germine en la mente que lo lee con la esperanza de que llegue a ser, como él y muchos escritores ya idos, un solaz para el alma, un remanso de paz y de reflexión profunda al mismo tiempo, un caramelo que esconde un regusto amargo en el dulzor de su aparente brevedad, de su absoluta identificación con lo cotidiano.
a Cris Montes, que quería una historia sobre la vejez y el mar.
Soy sorda desde los veinte años. Porque quise serlo. Y de a poco las palabras fueron muriendo en mis labios; a los treinta no tenía nada más que decir, y se apagó mi voz como la llama de una vela: sin estruendo y sin consecuencias.
Nos vamos quedando solos. Perdemos amistades como un árbol las hojas; solemos darle demasiada importancia al principio, como si la soledad fuese un enfermedad mortal, pero a todo nos acostumbramos; yo no tenía nada que decir ni que oír, así que todas las personas de mi vida se fueron yendo una a una dejando tras de sí un charquito de olvido. La muerte entra a visitarnos y se lo va llevando todo con una impudicia que deja de asombrarnos de viejos, cuando pasa el tiempo sobre los hechos y los recuerdos, borrándolos y extraviándonos, retratando lo que somos: un océano de olvidos. Un día descubrimos que no hay nadie que nos responda ni que nos acaricie, ni que nos haga la guerra ni que nos ame. Y los sentidos se van apagando dejando tras de sí piel marchita y silencio. Así, opté por callarme pues ya casi no oía, e intenté ganarle una jugada a esa partida insaciable que es la vida. Pobre de mí.
Mis padres decían de mí muchas cosas. Esperaban maravillas, como si la vida fuese un desfile de vanidades. Nada hay más uniforme y gris que nuestra existencia, hasta la vida de los otros, que de repente nos resulta más atractiva que la nuestra propia. Es un error, como tantos otros. Buscamos desesperadamente dejar una impronta en el universo; el universo que no deja jamás de cambiar, y se nos olvida -la vida es un océano de olvidos- que somos polvo y agua de mar y apenas un chispazo de inteligencia -a veces ni eso- que se apaga rapidito y rápido se disuelve en el espacio sin forma que nos rodea. He olvidado a mis padres como ellos seguro lo hicieron conmigo; apenas si recuerdo a algún amigo que intimó conmigo dos centímetros de piel más de lo permitido, y casi ni la recuerdo a ella, entre el claroscuro de pieles que se rozan a escondidas, el aire de esa sonrisa, el trastorno de su piel bendecida sobre la mía, esos dedos, esa boca, ese mirar profundo.
Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. Al parecer la noche de mi alumbramiento el cielo se abrió en pedazos y cayeron rocas de cristal en vez de gotas de lluvia, rompiendo las piedras de los molinos, desbaratando fuentes que se ahogaban con tanto líquido. De los campos yermos brotaron hierba y flores, creció el trigo y se abrieron amapolas, y la playa seca se llenó de olas nuevas y saladas. Sé que después de que yo muera no lloverá jamás, pues de mis ojos salen las gotas de mar abierto y de mi boca sin voz el aliento de la playa. Una sibila lo pronosticó al pie de la cuna una vez comprobó que mi nacimiento cuadraba con sus anotaciones de maga, y el olor a incienso que salía de mi madre por ese umbral ya casi cerrado llenaba la habitación impregnándola de hechizo. La maga apenas me miró, una cosita forme y afónica, comprobando el designio: el azul de mis ojos, ahora casi apagados, y el color de sal de mi piel le fueron suficiente. Marchó de esa habitación con la satisfacción del deber cumplido y ese sereno orgullo que puede convertirse en suficiencia en las almas menos dispuestas. Mis padres vivieron un milagro y esperaron lo indecible. Pero nada llegó después de una lluvia interminable, ni siquiera el sol que seca la tierra y tuesta las pieles expuestas; y los triunfos bisbiseados por la bruja no fueron más que soflamas paridas en arrebato místico.
Crecí sin hablar mucho; no tenía gran cosa que decir. En mi casa las palabras se pronunciaban en susurros, casi no se oían, y se confundían con el lamento insomne del mar. Me creí sirena, tritón, delfín y ballena, arenque y pescadilla, con cola de plata y escamas de estrella, pero sólo era una niña sin nombre, un espíritu sin voz.
Durante un tiempo quise ser monja. La repetición constante de una labor silenciosa llenaba mi espíritu vacilante. Todas las tardes me acercaba a las hermanas, que rezaban sus letanías como en otras partes se repiten mantras, y me agachaba a fregar el suelo de rodillas con un cepillo hasta dejar la piedra blanca como un rayo de sol; desaguaba las letrinas, intentaba desviar el torrente de lluvia para repartir mejor el agua que regaba los huertos, y metía mi nariz en el horno con olor a harina, a azúcar y a almendras. Sus afinados cantos llegaban hasta mi pecho y lo hacían reposar, y sus dulces recién horneados premiaban mi labor, que en el fondo era desinteresada y placentera.
Pero no soy de acatar normas. Eso lo supe después, cuando el corazón desbocado prendió en las faldas de una novicia, cuya belleza hacía palidecer la luna menguante, el mar de estrellas titilantes. Quizá el sol de otoño se le pareciera, tal era su dulzura y su desazón. Nos encontramos una tarde solas, con la vida suspendida y arremangada entre las faldas, y nos besamos suave; un encuentro casual, una explosión de verdad y de sentimiento que nunca antes había conocido. Y se me revolvió el pecho con ideas inverosímiles, y conté uno a uno los pasos que me separaban de ella. Y recuerdo que sus ojos brillaban y que su cuerpo temblaba como el mío encendidos de puro gozo, pero me equivocaba. Una tarde pregunté por ella, una tarde me dijeron que había huido allende el mar. En realidad se había quitado la vida, o eso me llegaron a decir las murmuraciones del pueblo vacío, ignorantes del puente que se había tendido entre una voluntad desflorada y mi intención de acero. Tenía veinte años y me negué a oír más mentiras, más reproches. Nadie me entendió y yo me hice la loca; siguió lloviendo y el mundo tras la lluvia perdiendo días como los árboles pierden hojas, y de tanto silencio oído la voz se me pudrió y terminé olvidándola, como hacemos con los malos sueños.
La vida es atroz. A veces. La vida es un pestañeo, un continuo presente. Quiero echar la vista atrás y sólo me veo a mí misma ensimismada, a veces preocupada y muchas más triste; sin nada qué hacer y pendiente de todo, afrontando el sin fin de problemas de estar vivo sin más intenciones que deshacerme de ellos, como perdí la voz, como cerré mis oídos al ruido exterior. Me hice marinero, me hice costurera, me hice secretaria y alfarera: no entendía los dictados, como mecanógrafa daba dolor; el barro se escapaba de las manos para dar forma a masas de barro cocido que intentaban parecerse a ella; de ese amasijo rojizo sacaba yo la semejanza de un gesto, el eterno huir de un mohín, de una mirada, de una sílaba. Pero me engañaba.
Quisieron casarme con el poderoso del pueblo. Feo como una mentira, rico como un sueño. Ni asentí ni me negué, e intentó navegar en la noche de bodas, sobre mi cuerpo mudo; me arrancó un gemido, me cosió a besos. Yo me dejé hacer porque el olor de su piel era muy parecido al de ella; dejaba siempre la ventana abierta para que la resaca marina se mezclara con mis recuerdos. Él creyó poseerme, creyó hacerme feliz. Cada quien llega a pensar lo que más desea sobre el otro. Yo le dejé hacer. Me estorbaba a veces; a veces me decía que le cansaba mi silencio. Yo le miraba como quien ve más allá, y de hecho veía más allá arropada por el olor de esa piel que era como la de ella, y quizá el brillo de sus pupilas y esa oración extraña que salía de su boca cada vez que se adentraba en mí buscando sosiego.
Aquel hombre quería tener hijos, como si eso garantizase un rasgo de inmortalidad. Yo estaba seca desde aquel día, o eso creía. Me miraron mil galenos como si fuese un meteorito, como un fósil de otra era. Podía oír y no escuchaba, podía hablar y no emitía ni una queja; tenía lo suficiente -lo suficiente- para preñar y nada ocurría. Quizá el mal -de serlo- no estaba en mí, pero a nadie le importaba. Así transcurrió un tiempo eterno hasta que me abandonaron como un caso perdido -un caso perdido- en una cabaña que, oyendo mis deseos, estaba a diez metros del mar. Y allí me he quedado hasta hoy.
Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. De mis ojos brotan todas las lágrimas que hacen eterna la lluvia. Mi voz es oscura como una caverna, los truenos que rompen las fuentes son un pálido eco de mi continuo gemir. Dicen que cuando muera no lloverá más. En mi memoria la sibila dejó grabados muchos designios sin forma que parecen haberse cristalizado en ese tiempo eterno que es nuestro interior. Puede ser. Ya nada me ata a esta tierra tan huidiza, tan cobarde. Hubo un tiempo en el que me dedicaba a pescar sueños como otros banalidades; no tuve mucha fortuna, pues no seguí ninguno; hubo un tiempo que perdí pensando en ella, sintiendo en ella, intentando entenderla, y volví a perderla, esta vez en los recovecos de mi memoria. Y me dejé llevar…
Ya estoy vieja. Lo he estado -¿cuándo he dejado de estarlo?- desde que ella huyó de la vida -de esta vida bendita- de nosotras dos. Pudo haber habido alegrías y algún rencor; pudo haber habido una casa blanca cerca del mar, con las paredes encaladas y los puntales de granito al aire resacoso. Pudo haber habido noches de calor, mañanas de sosiego, caricias y risas y desvaríos; algún regalo, algún susto, una enfermedad callada y finalmente una tumba, la separación y el recuerdo. Pero la vida está hecha de huecos vacíos donde campa el olvido como otros tantos recuerdos: los rasgos de mis padres se han perdido en los vericuetos de la memoria floja; su propio rostro, sus rasgos, esa sonrisa, su voz. Nada merecía ser oído una vez se hubo ido. Nada merecía ser dicho, una vez las palabras destinadas a ella no llegaran a su corazón. Por eso ensordecí, por eso callé hasta olvidar cómo hablar, sin emitir sonido alguno salvo su nombre: Amor… Siento que mi vida es una bendición truncada y mi longevidad una broma de mal gusto -toda vejez lo es. Haya paz…
En el pueblo me creen loca; los chiquillos se alejan de mí, poseedora de poderes más allá de la razón. No tienen razón, pues nada sé -quizá sólo la receta para estar en paz. Pero es tan fácil…
Entre la lluvia y el mar mi vida se va apagando. No me inquieta: lo estoy esperando. La resaca de la orilla me acerca a mi vida: es informe pero densa, puede ser explicada pero a nadie le importa, y todo pensamiento es un lastre que me impide un viaje que deseo emprender cuanto antes. Me apresto pues…
Allá voy…
