Un libro largo de cuentos cortos (de la mano) de Etgar Keret.

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Un libro largo de cuentos cortos es el omnibus (definición del propio autor) en el que empaqueta toda su obra de género corto y que le ha dado fama mundial, más allá de su Israel natal, traída a nosotros en una magnífica aunque muy pesada edición de Editorial Siruela, en su sección Nuevos Tiempos.

Descubrimos un hombre divertido, crítico, que dibuja y disecciona las emociones humanas desde perspectivas aparentemente sencillas en ambientes normales, llenos de actualidad, pegada a ella en realidad, donde todo lo que caracteriza a nuestro siglo XXI se encuentra reflejado.

Nada hay que escape a esa mirada microscópica, sin miedo y sin concesiones de Etgar Keret. El lado más gracioso de la vida, el más peligroso, el más absurdo pero también el más negro, el más salvaje y, también y sobre todo, el más íntimo, el más pegado a la piel  y al corazón.

Nada es gratuito en sus cuentos. Y la maestría de enseñar (muestra,  retrata, dibuja, ofrece) los más íntimos sentimientos humanos se cristaliza y se llena de esa personalidad objetiva, detallista hasta el extremo, demoledora y por siempre despierta.

Lejos de la estética y delicadeza (pero igual crudeza) de los cuentos de Espido Freire -con quien me identifico más en esa búsqueda de belleza y no tanto de inmediatez; en ese ánimo de relatar esteta y estoicamente las profundidades humanas en trazos delicados pero firmes-, los cuentos de Etgar Keret nos llegan al alma por su profundidad, su carencia de trascendencia, y sin embargo su escondido eco eterno, su completa identificación con los sentimientos a flor de piel del habitante de un siglo desalmado como el que vivimos.

Y no es carencia de espíritu, a la prosa de Keret le sobra alma, pues está llena de una observación profunda como un océano, pero se escribe con trazo ligero, casi levitado; García Márquez conseguía poesía con sus relatos -aquella huella de sangre en la nieve blanca, causada por el simple pinchazo de un dedo con la espina de una rosa- sin ahorrarnos detalles pero sin sobrecargarnos con ellos; Etgar Keret nos transmite, con cierta sequedad, la desdicha de una mujer que descubre el fin de una relación a distancia en la que confía con una hipérbole abrumadora pero sencilla como una ventana con vistas, o la tragedia de la infancia que despierta al mundo de imperfección paterna por proteger una hucha en forma de cerdito que tiene un nombre impronunciable.

Keret tiene prosa de periodista; sus cuentos, incisivos, destilan aquí y allá, siempre, esa cualidad que tan cara se ha hecho a los editores actuales y tan fácil se hace leer por los lectores ávidos de historias y ahítos de pensar por sí mismos sobre una libertad que les desborda. La grandeza de los relatos de Etgar Keret es que consigue, con esa prosa desnuda, carente de poesía, directa como un escalpelo, que la semilla de la conciencia germine en la mente que lo lee con la esperanza de que llegue a ser, como él y muchos escritores ya idos, un solaz para el alma, un remanso de paz y de reflexión profunda al mismo tiempo, un caramelo que esconde un regusto amargo en el dulzor de su aparente brevedad, de su absoluta identificación con lo cotidiano.

 

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