Jorge Ricoy o el Corazón/ Jorge Ricoy or the Heart.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Jorge Ricoy Gabaldón es un un gran hombre. En todos los sentidos. Nada hay en él que sea pequeño. Sus espaldas de mundo y medio, sus brazos enormes, sus piernas que se clavan al suelo con determinación, y una mirada dulce y un corazón enorme, lleno de cariño, que escapa de su pecho y le llega a la boca.

Jorge Ricoy es un excelente médico, porque es bueno, comprensivo, comprometido, responsable y trabajador. Porque es empático y preocupado; porque ama lo que hace. Y eso lo hace grande. Eso, y ese corazón de atleta que prosigue latiendo, una y otra vez, sin importarle los tropiezos del camino, las decepciones varias, los eternos reveses de lo que llamamos vida.

Es un marido atento y un padre amoroso, un hijo dedicado y un hombre enorme lleno de mimos. Porque a Jorge le encantan los mimos: darlos y recibirlos. Los abrazos, los besos. Y cuando acoge a alguien entre ese pecho de acero y esos brazos infinitos, transmite la energía de las estrellas, porque pocas personas están más cerca de Dios en amor, en cariño, en desinterés y en preocupación que él. Jorge es padre preocupado y amante, y acoge bajo su luz a todo espíritu indomable, herido y necesitado. Jorge Ricoy es un hombre por encima de todo, y es un gran médico precisamente por eso, porque no pierde nunca de vista la integridad, la entidad y el sentido de ser persona.

Sus pacientes son su labor; darles lo mejor de sí mismo, su meta. Y Jorge es aún mejor amigo, porque extiende sus cuidados, sus preocupaciones y sus  quehaceres a todos aquellos a los que ama.

Y Jorge Ricoy es amigo mío. Nos conocimos el primer día de trabajo, hace ya diez años, y esa empatía y esa corriente de simpatía ha ido creciendo y fortaleciéndose con los años que han pasado hasta florecer en una amistad que supera las distancias, los ritmos y los cambios. Aún recuerdo una guardia que compartimos en Urgencias, en donde se reveló capaz, eficaz y eficiente: todo lo que siempre he deseado en un compañero de juegos y de la vida… ¡Cuántas cosas han pasado en diez años! Cuántas. Hemos crecido, evolucionado; se ha casado con una mujer excepcional, y ahora es padre de dos niños preciosos, y su ser sigue intacto, más profundo si cabe, y su gran capacidad de dar cariño, exponenciado al máximo y por siempre eterno.

Mi vida no sería igual sin él a mi lado. Yo no sería lo que soy si él no estuviese cerca. Y eso es algo que le agradeceré siempre y siempre tendré en cuenta.

Es un hombre cariñoso, que demuestra su afecto con la generosidad y el desprendimiento de un corazón que late. Porque Jorge Ricoy es muchas cosas, todas buenas; pero, sobre todo, es un hombre todo corazón. Y está de cumpleaños, y desde aquí le saludo, le homenajeo y le digo, como siempre que le veo, que lo quiero desde el primer día, y que ese cariño, gracias a su constancia de jardinero, sigue intacto pese a los años que pasan, y crece, pese a los años que pasan, alcanzando con sus raíces la eternidad.

Emmanuel Pahud: en las alas del ruiseñor/ Emmanuel Pahud: In the Nightingale’s Wings.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Emmanuel Pahud (1970) es, quizá, el mejor flautista de la actualidad. Desde su debut a edad muy temprana, Emmanuel Pahud, suizo de nacimiento y única universalidad, ha enaltecido la música para flauta, llevando los clásicos hasta niveles mágicos, alcanzados sólo por los trinos de la naturaleza, remontando su humanidad gracias a las alas del ruiseñor.

Su musicalidad, llena de preciosas delicadezas, rompe el sonido con dulzura y nos transporta, con una suavidad casi inhumana, hasta un mundo más cristalino, más benévolo y, al mismo tiempo, quizá más real que el que habitamos, y nos recuerda que, en el fondo, en el centro de nuestro corazón, somos seres divinos.

Emmanuel Pahud, que ha llevado este instrumento a terrenos como el jazz y otros dominios musicales, con su flauta de oro rosa, nos enseña que no hay límites para el talento ni para la imaginación, y nos atrae con su trinar, y nos enamora y nos abandona y nos recoge y nos eleva y nos devuelve al universo del cual hemos olvidado que formamos parte.

Y, a través de Fantasía: Una noche en la Ópera, en compañía del director Yannick Nézet-Séguin, transforma la voz humana en el bello canto del viento que emana de su flauta, y nos demuestra, una vez más, que el Arte es evocación, es movimiento, es transformación y es, sobre todo o por encima de todo, bello.

Emmanuel Pahud (1970) is the best flautist of our current times. With his gold rose flute, he is capable to transport us to a clear skies, to carry on new sweet adventures, full of soft rain and crystal wings; he, just with the delicate sounds that flow from his flute, transforms dreams into a reality and gives to us the opportunity to fly, with a nightingale’s wings over the whole world that lives within us, and remind to us how beautiful, how tender, how delicate a human soul is.

He came from Switzerland, but actually he’s universal. His music, his gentle touch, that marries with all kind of music, from jazz to classic, is just a sublime example of how powerful, how tender and how passionate human beings truly are, and how near we’re really are from God.

And in Fantasy: A Night at the Opera, with director Yannick Nézet-Séguin, brings to us the joyful of the wind sound of his gold flute, transforming the beautiful arias into a masterfully pieces of novelty, plastic and eternal Art.

El largo día acaba/ The Long Day Is Over.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Arrastro los pies. Un paso me cuesta un mundo y, el otro, más de un pensamiento encadenado. No logro desenredar mi mente de lo que ha pasado y sigo dando vueltas con la peonza de mi cerebro como si fuese un juego sin fin. Cada paso es como un abismo y duro, pesado y eterno. Pero los doy, uno  a uno, sin equivocarme demasiado, sin siquiera darme cuenta, salvo del ruido del agua bajo mis pies, chapoteando como niño pequeño sin descanso.

Hay días en los que es mejor no salir de casa. Todo sale al revés, o el mundo nos trata del revés, que viene a ser lo mismo. Y el cansancio sólo mina la rutina, que desaparece y se esconde, y desgasta al corazón, cuyo latir se pierde en innumerables intentos por hacer lo correcto. Por eso hay días en que es mejor acurrucarse en el sillón, con la chimenea encendida, y la tele haciendo ruido bajito mientras cabeceamos sobre un buen libro, y una copa o una taza o una caricia al lado.

Y sin embargo, la vida nos arroja en este mar insomne que ruge sin cesar, haciendo de nuestra travesía una montaña rusa de sentidos, sentimientos, escarceos, fallos, intentos, errores y justificaciones, cuando no de misterios sin respuesta, sin redes ni salvavidas; nadamos al alcance de nuestros miembros, rugiendo bajo las fuerzas de la Naturaleza, manteniéndonos a flote sin remedio y a veces sin ganas, como luchando contra nosotros mismos además de contra la vida. Porque la vida es una lucha continua, que parece no tener fin, al menos no por ahora. Y todo es un abismo que escalar de paredes lisas y pulidas; riscos elevados desde donde caer; lagos inundados por gotas de duda, engaños, insalubre negatividad y desilusiones. Y lidiamos como podemos, como nos dejan o como sabemos. Y da igual cómo sean, dónde se encuentren ni adónde nos lleven. La vida se entremezcla, se lía y se deslía usándonos de tejido, de puntadas y de guías, y nos dejamos llevar a pesar de la resistencia, o más bien debido a esa fuerza antagónica, lustrosa y única que nos conforma.

Arrastro los pies. Uno detrás del otro. Y el agua me moja los dedos, enchumbando los calcetines de lana. No debí haberlos puesto, porque los pies además de fríos, me estarán húmedos. Debí haberte hecho caso ayer, pero es que tenía frío. Y vaya si hizo frío. Me gustaría contarte todos los dolores, las vanas esperanzas, la fragilidad del cuerpo, la dureza del espíritu, la firme confianza, las soluciones borrosas y los parches que acabamos poniendo en esa tela que es el cuerpo y que a veces no queda más remedio que desechar. Pero no puedo, porque no me entenderías. No sabrías porqué a veces me quedo callado como una tumba, con los ojos semicerrados y ausentes; no estoy perdido, todo lo contrario, quizá nunca esté más presente, más contigo. Me gustaría compartir contigo mis miedos, que son tantos; mis dudas, que siembran más dudas y dan a luz más dudas en medio de un terremoto de sensaciones a la vez valiosas y equivocadas; lo mucho que me pregunto una y otra vez porqué, porqué y qué hacer; y lo que hago, casi sin pensar, tras el instinto como tras el amor, con ciega confianza y muda razón, porque no tengo ninguna o se me escapan todas, que es lo mismo. Me gustaría que sintieras la miríada de sentimientos que me aturden cada vez que entro a trabajar, esas veinticuatro horas encerrado con el dolor, la esperanza, la desolación, la fragilidad; y la risa, y la sonrisa, y la alegría y el llanto desconsolado y la envidia, la riqueza, la bajeza y el azar. Pero no puedo, porque sé que no me entenderías.

Y no me quejo: es mejor así. Cuando llego, como hoy, con los pies arrastro, y me regañas por lo bajito y corriges mi postura cansada y me sonríes con esa boca de fresa y en los ojos un brillo de estrellas, nada tiene importancia, salvo tú. No me quejo, porque tú eres la mejor de las medicinas, la única en realidad que logra desatar esa parte de mí que queda encerrada en el hospital y a la que vuelvo día a día casi sin echarla de menos; tú eres lo que me mantiene erguido aún en medio de un océano de cansancio, de frustraciones y de dolor ajeno, que llega sin embargo a ser tan mío como las entrañas que me forman. Por ti, mi paso de procesión con los pies húmedos y fríos vale la pena, y me olvido de la incomodidad y de la insensatez cuando me acerco poco a poco a nuestra casa, al hogar en el que el hogar refulge con leña recién puesta, en el que el silencio se llena con tu voz de arrullo y la cama de pluma de cisne, y la ducha de agua cálida y con olor a rosas y el eterno lamento de una fuente de patio. Por ti, mi mundo de patas arriba tiene sentido y es más mundo porque tú lo enderezas y le das movimiento, fuerza y núcleo, magnetismo y tierra.

Así pasan las horas y llego a ti. El sol hundido en medio de la lluvia, el viento enloquecido rodeándolo todo; las ramas de los árboles humildes debajo del agua que cae, y los hombres empapados que van y vienen por las arterias de la vida. Y llego con el paso cansado, cansado y aturdido, hasta encontrarte, y el mundo se llena de luz, y la tibia manta de tu sonrisa me arropa y me seca y me da de nuevo vida. Y me cuidas como a un niño pequeño; me alimentas y me imitas; me mimas y te ríes de mí. Y yo me río y sonrío en este largo y duro día en que todo era un sin sentido hasta llegar a ti. Y saber que la vida tiene una meta, y esa meta eres tú, me ennoblece, me enaltece y me desborda, afortunado y único en el mundo, por tenerte a mi lado, oyéndome, lamentándote, asumiéndome y regañándome. Adoro cada palabra que me dices, cada gesto, cada sonrisa. Para mí vale el giro de un planeta, el brillo de la luna en el otoño. Y la leña encendida y la ducha tibiecita y el arrullo de tu abrazo esponjoso, y el calor de tu cercanía, gravedad que me ata más y más a ti.

En esos momentos mágicos, en los que el largo día acaba, me siento un hombre más cabal, más humano y más pobre, porque tengo salud y un hogar cálido y una sonrisa de bienvenida y una caricia que me lleva, en esos instantes en los que el largo día llega a su fin, a la alegría más pura y sentimental, que es la de sentirse amado. Contigo en mi mundo el mundo cobra sentido, un sentido único que resiste las embestidas del espacio exterior, y que consigue, a pesar de las desidias del largo día que acaba, que llegue a ti con el amor suficiente y las suficientes ganas de darte las gracias, de merecerte y de quererte al menos con la misma fuerza, la misma entereza y la misma pasión que tú  a mí.

Y a ti te dedico estas pocas líneas, mientras el atardecer inunda nuestra casa de ocaso, y la leña crepita en el hogar, y mis pies ya están secos, y tu mano acaricia la mía, con esa delicadeza y esa complacencia que tienen todas las cosas pequeñas, que se sostienen gracias a ti.

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Me ha tocado/ He Touched Me.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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   Estaba distraído mirando no sé a qué. Me incomodaba molestarlo, tan abstraído que ni cuenta se había dado de mi presencia. Intenté tropezar con algo, pero no encontré nada adecuado que no revelara mi sana intención de interrumpirlo. En mi indecisión, el tiempo pasó rápido, comiendo segundos como sembrando ansias. Lo veía allí de pie, con los labios entreabiertos, humedecidos lo justo, brillantes a la luz del atardecer de enero, con el sol caído y llamativo, suave y discreto al mismo tiempo. Le caía en sombras detrás de los hombros, anchos y relajados. No creía que se acordara de mí, cuando coincidimos en las escaleras; o ayer, en el ascensor. Yo no podía dejar de mirarlo, aspirando la esencia de madera y cayena que exhalaba su piel. Aún me estremezco al recordarlo… Pero él seguro que ni se había fijado. No estaba en mi mejor momento (¿cuándo lo estamos?); iba de aquí para allá sin descanso; no dormía apenas, y apenas comía. Había adelgazado, cosa que nunca está mal; pero me notaba la piel demacrada, el cansancio asomándose por mis ojeras. Pero él seguro que no se había fijado, tan ocupado siempre y siempre tan callado; con su media sonrisa y sus ojos de cielo abierto, castaños como dos pozos que manaban luz y seriedad. Pues era muy serio, o al menos lo parecía. No regalaba risas ni tampoco halagos; era recto, seguro, trabajador, constante, de satisfacción complicada, de voz profunda y melodiosa; de ademanes tranquilos y calculados; de manos finas y dedos largos. No se había fijado en mí ayer en aquella bocacalle, cuando se le escaparon varios folios jugando con el viento y yo le ayudé a recogerlos. No me vio llegar tarde hoy, por más que apuré el paso para llegar primero que nadie; no supo que traía café recién hecho y algunas galletas que espero no estuvieran rancias ya. Soy un lío cuando estoy en un lío, y vaya si me metí de lleno en éste. Porque él era un problema. Era irresoluble, inalcanzable; una estrella nocturna que aparecía cada mañana y colgaba su brillo eterno hasta que me acostaba pasada la medianoche. Su recuerdo me duraba todo el día que lo veía, y el día que no venía me causaba dolor de cabeza y, secretamente, dolor de corazón. No sabía nada de él, pero lo sabía todo; todo lo que me importaba. Era alto, de rasgos hermosos sin llegar a ser perfectos; con una boca de rosa pálido y unos dientes discretamente  apiñados en esa caverna oscura. Y su voz, y su voz… Aquellos sonidos me estremecían con un descaro desvergonzado; aquel arrullo me obligaba a mantener los ojos abiertos a la noche y me entretenían dibujando su mirada oblicua, sus ojos de negro pozo, hasta que caía de cansancio en el arrullo del sueño.20070819222324-playas.-arno-rafaelminkkinen

    Y estaba mirando no sé adónde y parecía no haberse dado cuenta de mi presencia. Me entretuve jugueteando con unas carpetas desordenadas, y tanta distracción tenía, que cuando oí su voz llamándome, casi se me caen al suelo con un estrépito clamoroso… Sabía mi nombre. Lo sabía. Apenas me levanté del suelo con las hojas hechas un manojo de nervios en mis manos, lo miré a la cara. Y sonreía. Aquel rostro único sonreía, me sonreía a mí, y el cielo se detuvo en un atardecer más lento de lo habitual. Me sonreía a mí. A mí. Y sus ojos castaños nadaban serenos sobre una risa de plata y su voz de arrullo lanzaba al aire indeleble la danza de mi nombre. Y se acercó a mí y me tomó del brazo, y su roce agitó mi piel, alterándola para siempre. Y me tocó. Me dio su mano sonriéndome con toda la boca y comiéndose mi corazón. Y entonces supe que él sabía. Y supe que él sabía todo de mí: mi nombre, mi impuntualidad justificada, mis miradas furtivas en las escaleras, mi intento moribundo de hablarle cientos de veces; mi ansia colegial, mi dulce deseo, mi atáxico caminar en su presencia. Y me sonrió de nuevo, y me tomó de la mano y me llevó hasta la ventana y me enseñó el mar en calma, el sol en llamas colgado del cielo y el viento de invierno comiéndose los bordes de las ventanas. Y supe que él me había visto desde el primer día, y me había esperado con una esperanza inventada, y había deseado ese encuentro fortuito como quien desea un trazo de estrellas… Y yo, que no podía con los nervios, lo olvidé todo de golpe: lo que quería decirle, lo que había ido a hacer allí, lo que me preocupaba… No me acordaba ni de mi nombre… Y él se reía de mí y conmigo, y escondía esos pozos de luz entre los párpados de arena, y su voz de cascada cayendo sobre mi cuello y sus manos de seda acariciando mi piel… Y supe, y supe en aquel momento como en una revelación que, gracias a él, mi vida nunca, nunca sería la que había sido hasta ahora. Sólo al tocarme. Al acariciarme. Al abrazarme. Al amarme en secreto, como yo a él.

   Él me ha tocado, me ha tocado, y con ese roce, ya nada en mi vida será lo que una vez fue.

Pasen y vean/ Enter, please.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

4.721 Gracias/ 4.721 Thank You.

La Columna de Abel Arana: Mónica Ochoa.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

La mirada de Mónica Ochoa bucea en las intimidades del ser humano y es capaz de atraer la verdadera belleza y la luz escondida en los fondos del alma. Y ha conseguido desnudar la maravillosa personalidad y la serena paz que encierra en su interior ese terremoto sensorial, ese volcán de ideas, pensamientos y sentimientos que es Abel Arana. Sólo un vistazo, sólo una hojeada, y la magia de esas imágenes nos atrapa para siempre, y dejamos de preguntarnos qué tiene de especial y de único Abel Arana, porque es dueño de todo, de todo lo que de hermoso tiene un hombre.

Una hombre excepcional en las manos de una artista única.

vía LA COLUMNA DE ABEL ARANA: MONICA OCHOA.

Alrededor de mi cárcel/ Turn Around My Jail.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Soy un solitario. Siempre lo he sido. Y ahora serlo ya no me preocupa. Creo que todos lo hemos sido alguna vez, o que lo somos en algún momento del día. Y está bien que así sea.

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Tengo una manera explosiva y dramática de expresar mi ira. Todo pasa en poco tiempo, quizá cinco minutos, pero tiene la fuerza de la naturaleza, la abrasadora sustancia del fuego que todo lo destruye. Así soy yo. Pero, una vez pasada la tormenta, al contemplar la destrucción que he dejado a mi paso, la culpa se encarga de apagar las llamas y de llenarme de remordimientos.

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Me resulta muy difícil de decir: «Lo siento». Sin embargo soy grácil y generoso con la Gratitud, que no olvido nunca.

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Arrastro una marea de remordimientos. Pero, así como la Vida pasa a través de mí, les hace perder peso e importancia en el mundo. Hoy soy más libre de lo que era diez años atrás. Ésta es una de las múltiples caras de la Libertad.

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Amo lento, hondo y apasionado. No sé hacerlo de otra forma.

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Atesoro grandes esperanzas en aquellos a los que amo. Y eso es una cruz para ellos y para mí. Sin embargo, que ellos lo ignoren es una fortuna. Sólo el fluir del tiempo me ha enseñado que cada quien tiene su propio ritmo, florece en su propio espacio, libera su ser más íntimo cuando se siente seguro de ser querido. Todos vamos alcanzando, apenas reconociéndolo, aquello para lo que hemos venido a hacer aquí, que es vivir.

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Soy una persona extremadamente tímida. Pero me convierto en un payaso nada más me siento cómodo y querido, o tengo un brazo del que apoyarme. Soy capaz de mover el mundo. Y eso es una tontería muy graciosa.

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Me odio a mí mismo la mayoría de los días; los segundos caen y se transforman en días y los días en años. Pero Dios ha dulcificado ese burdo sentir, y hoy soy más indulgente conmigo de lo que fui ayer.

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Soy demasiado perezoso como para ser tildado de adicto al trabajo.

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Estudié Medicina para saber cómo estaba hecho el hombre, qué mecanismos y por qué causas se produce ese maravilloso milagro que es el cuerpo. Pero nunca me imaginé a mí mismo ejerciendo… Y ahora me encuentro en la parte más alta del servicio médico… Si esto no es irónico, nada lo es.

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Amo lo que hago, adoro mi trabajo. Pero no es mi sueño. Y por eso no me entrego a él con la pasión que se merece. Y sé que es un error.

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Amo el Servicio. Ser médico significa eso: Servir. Es la única razón por la que ejercer Medicina. Este regalo, que recibo día a día, me sigue llenando de intrigas y aún me maravilla.

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Escribo en mi soledad. Vana poesía. Pensamientos deshojados. Incluso una novela. Profunda y lírica; quizá demasiado. Pero alguien me dijo hace veinte años que debería esperar hasta tener cuarenta para poder aprehender algo tan vasto. Tenía razón. No estaba preparado de aquélla para escribir una historia semejante. Pero ha seguido viva dentro de mí, y eso de por sí es un milagro. Así que el tiempo ha llegado y he acometido esa tarea con mucha timidez e inconstancia. Pero la acabaré. Lo haré. Porque quiero ver vivos a esos personajes que me han acompañado media vida, y porque se lo merecen.

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Solía dibujar realmente bien y ver la vida con otros ojos. Continúo viendo a la vida llena de colores desbordantes, pero nunca más he vuelto a dibujar. No sé cuándo lo abandoné ni por qué. Ahora tengo miedo de no saber hacerlo, y por eso no lo intento.

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Me encanta la música. Y me dejo llevar por su sonido y, si las letras bañan de significado, me dejo guiar por ellas. Amo a las palabras por encima de toda creación artística. La música me inspira y me ayuda a ver la vida desde otros ángulos. Violines, pianos, flautas, guitarras… Pero las palabras evocan en mí otras sensaciones y otros sueños.

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Leo. Leo muchísimo. Literalmente ingiero libros.

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Sin embargo, sé que debería estudiar más.Pero me aburre. Y por eso he dejado de hacerlo.

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Me hallo en este gran agujero todo el tiempo. Escalar las empinadas paredes que me rodean me roba toda la fuerza, todos los esfuerzos que puedo tener. Pero, a pesar de ello o debido a ello, sigo vivo, por lo que continúo intentando ascender hasta ese borde que asegure mi libertad. Quizá escalar sea la metáfora que mejor describa mi vida en estos momentos.

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El Tiempo pasa y me hago mayor. Nunca me ha gustado, pero me voy acostumbrando a ello. Me gustaría mucho mejorar mi aspecto físico, conseguir en la madurez ese estado que parece reservado sólo a la lozanía de los primeros años y que yo nunca he tenido. Un paso más en la lenta ascensión a la que dedico parte de mi vida. Quizá sea el momento de afrontarlo todo, cambiarlo todo y romper la crisálida de una vez, sin importar las consecuencias que una destrucción sin igual pueda tener. Puede que sean horas de dejar todas las cenizas atrás.

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Me rio. Alto y claro. De forma políticamente incorrecta. Y mucho. Y me encanta. No me importa si eso perturba la quietud de los demás. Ya no.

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Y sin embargo, en lo profundo, soy dueño de una extraña paz ante la Vida. Como si, en el fondo, supiera que una mano me sostiene. En el trabajo han llegado a llamarme, con mucho humor, el Doctor Zen. Quizá porque confío demasiado en mi intuición. Mi instinto me habla, me guía… Y quizá también porque asumo que, una vez se ha hecho todo lo humanamente posible, todos quedamos en brazos del Destino.

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Me encantaría hablar Inglés correctamente. Y aprender algo de Italiano y Alemán. Pero Italiano…

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No tengo habilidad alguna para hacer listas. Eso se lo dejo a un escritor norteamericano, del cual soy seguidor y amigo, porque lo merece. A él le gusta mucho confeccionar listas, de todo y para todo. Y lo hace muy bien. Como prueba, se ve que yo soy un desastre.

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Generalmente reacciono en vez de actuar. Cada vez que he intentado poner en marcha un proyecto, una ideal, un cambio, la Vida me demuestra que mis deseos no se pueden hacer realidad, no como yo sueño que sean. Así que he aprendido a hacer aquello que tengo que hacer y esperar… Las cosas ocurren, las personas aparecen y se van cuando deben hacerlo, no cuando quiero que lo hagan. Y ésa es una lección dura de aprender.

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Amo a Dios. Como a un Padre. Él es mi religión. Me siento seguro, pues siento su presencia, aún en la hora más oscura, por todas partes, rodeándome.

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Adoro el Otoño. Es mi estación favorita del año, con sus rosas, sus amarillos y castaños… Y la Primavera, con sus días eternos y sus atardeceres lentos y perezosos… Soy muy melancólico.

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No puedo tolerar el sufrimiento ajeno. No me puedo resistir ante una caricia o ante una sonrisa escondida. Cualquiera puede conquistarme para siempre con gestos así de simples. Y mi confianza es eterna como el universo, amplia como el espacio y estable como la vida.

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Soy perdurable, confiable y constante. En todo. Hasta en la indiferencia.

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No tolero el ruido. Odio ser interrumpido, molestado, cuando estoy concentrado y rompen ese momento mágico que me atrapa. Me gusta la calma, la música que atrapa y arrulla, y una gran chimenea encendida y el sonido de las olas en la playa y el aroma de la sal marina.

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Me gustaría vivir por siempre contemplando el mar.  Y morir viendo la costa. Adoro la Naturaleza y las montañas, sabias y serenas, pero mi elemento es agua fluida, espuma y sal.

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Tengo los mejores amigos. Desconozco la extraña razón, pero son para siempre. Los amo a cada uno con un amor cada día menos egoísta, que ellos me enseñan. Soy un aprendiz de su cariño. Y me gusta serlo.

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Amé a alguien que nunca me amó, ni siquiera un poco. Y amé mucho, mucho, por dos. Y nadie se fija en mí, que llevo este secreto escrito en los ojos… Así que estoy solo.

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No duermo. Pesadillas; mala conciencia; mala suerte; pensar demasiado. Lo que sea. Lo único cierto es que no duermo. Por eso sueño despierto.

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Crecí a la vera del Mar Caribe.

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Mido 1,97 metros. Es sólo genética. Pero todos, de pequeño, me decían que sería mucho más bajito. No hay que confiar en tanto visionario. No debemos dejar que nadie nos diga qué somos ni lo que seremos. Dios es un gran tipo. Hay que seguir, seguir siempre, y vivir.

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I’m a loner. Always have been. And now I don’t care about it. I guess anybody is at some point of life and at some level everyday.

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I have this explosive way to express my anger. It only takes five minutes, but during those minutes, we can figure out a big tsunami leaving all destroyed. That’s me. But I feel guilty right away.

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It’s hard to say I’m sorry. But I never forget a kind gesture. Ever.

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I have tons of regrets. But as Life passes by, they’re cleaning themselves. Now I’m more free than ten years ago. That’s one of the many faces of Freedom.

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I do love deeply. I don’t know any other way to do it. So, I do it.

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I have high expectations from the people I care. But Time showed me that’s better to hide them and just wait that people by themselves develop those magic and unique gifts they have inside at their own pace. Don’t rush things. Everything has an inner rhythm that needs to be respect. So, I do it.

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I’m a ver very very shy person. But when I feel secure and surrounded, I’m a clown.

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I hate myself most of the times. But God softened this insane hate and now I’m more indulge with myself.

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I’m too lazy to be considerer as a workalcholic.

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I studied Medicine to know how this wonderful body we have works and produces its magic. But I never pictured myself practicing… And now I’m on the top of the Medical Services… If in this isn’t ironic, then nothing will be.

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I do love my job. Though, it’s not my dream.

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I do love to Service. Being a Doctor to me mean this: to service. It’s a reason to practice Medicine. This everyday gift is still intriguing me.

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I write in my solitude. Poetry. Random thoughts. Even a novel. A lyric one. But someone told me 20 years back that I was unable to write something so deep until I was 40. She was right. I wasn’t prepared to write that story. But it kept alive inside me through all of these years. And time’s up. So, i’m doing it with shyness and inconstancy. But I’ll do it. I will.

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I used to draw very well. I used to see Life through different eyes. I’m still seeing Life with different colors, but I never draw again. Don’t know why I stopped, but now I’m afraid to discover I cannot do it anymore.

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I do love music. And I listen to the music and, if the lyrics are meaningful, to them too. I love words above all. Music inspires me and helps me to see Life through different ways. Violins, pianos, flutes, guitars… Lyrics evoke inside me other sensations, other dreams.

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I do love to read. I literally eat books.

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I have to study more. But I don’t feel like it.

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I’m trapped in this big hole all the time. To climb the walls that surrounded me takes all the efforts I could have. But I’m still alive, so I’m still trying to. Maybe to climb is the best metaphor of Life for me right now.

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Time passes and I’m growing old. I never liked it, but now I’m getting used to it. I want to achieve a better physical looks, that one I never had. Maybe I’m still on time to achieve that gift to me. Though I don’t know how.

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I laugh a lot. So hard and so loudly. So politically incorrect. That’s fun.

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I have this inner calm in Life. At work, they call me Zen Doctor. Maybe it’s because I trust too much in intuition. It speaks to me, guides me… And, maybe it’s because, once we do all we humanly could do, there’s nothing more than Destiny.

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I would like to speak English correctly. And learn to speak Italian. And some German. But Italian…

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I’m not good at doing lists. I’ll leave to a great writer and good american friend. I’m his fan because he worth it. But he likes making lists too much.

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I react rather than act. Life snapped at my face every time I wanted to achieve something. I just learned to do what I have to do and wait… Things happen when they’re meant to be. That’s not an easy lesson to take.

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I do love God. Like a Father. He’s all my Religion. I feel secure. I feel his Presence everywhere.

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I do love Autumn. It’s my favorite time of the year, with its roses, yellows and browns. And Springtime, with those long days and slow rose sunsets… I’m melancholic.

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I can’t stand suffering. I lose myself with a gentle touch and a shy smile. Anybody could conquer me with those simply gestures.

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I hate Noise. I hate being disturbed while I’m concentrated. I love calm and music and a big fireplace and the sound of the shore and the smell of the salt.

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I’d like to live in front of the sea forever. And dying watching the sleepless shore. I love Nature and Mountains, but my element is fluid water, salt and foam.

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I have the best friends. Though I don’t know why. But they’re forever. Love each of them deeply.

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I loved someone that never returned me love. So I’m hurt. Hurt. And alone.

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I don’t sleep. Bad dreams; bad conscience; bad luck; thin too much. Whatever. But I don’t do it. So, I’m sleepless.

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I grew up by the Caribbean Sea.

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I’m 6 feet 5 inches tall. It’s genetics. But everyone, as a child, kept telling me that I’d shorter. Don’t trust anybody with those psychic powers. Don’t let anybody tell you what you’re or you’ll be. God is a great person. Go on, go on, and live.