Villacincos por el VIH

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

showimage

De miedos, verdades, mentiras, dolor y esperanzas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

hiv-737x415

   En la cama 8 ingresó una neumonía grave comunitaria (no originada en el hospital). Hombre, 46 años, en gran estado físico (ya me gustaría a mí), con pocos antecedentes médicos de interés excepto uno muy llamativo y una cirugía menor.

   Una semana de catarro seguido de debilidad máxima y cansancio final que lo llevó al hospital y, una vez allí, casi inmediatamente a la UCI. En poco tiempo tuvo que ser sedado, intubado, conectado a un respirador y por todas partes a máquinas y tratamientos intravenosos. En la radiografía de tórax ya se perfilaba una neumonía que afectaba a los dos pulmones; el oxígeno se subió hasta valores muy altos y hasta hubo que emplear otros métodos más agresivos para intentar que la falta de oxígeno no dañase más los órganos vitales. Se administró lo más pronto posible antibióticos adecuados para el problema respiratorio que presentaba y comenzamos a esperar su respuesta.

   El detalle que resaltaba en la historia de este paciente es que era VIH positivo. No sabíamos en qué espectro de la enfermedad se encontraba, pues se había negado a recibir la triple terapia casi desde el mismo momento de su diagnóstico y había abandonado la consulta de seguimiento en Enfermedades Infecciosas. Era clara su negativa a tomar en serio su enfermedad o, mejor dicho, a asumir su estado de seropositivo en lo tocante a cuidarse a sí mismo. Ese miedo, esa negación, que termina sólo por hacernos daño a nosotros mismos.

   Su situación de negativa nos sometió a una disyuntiva. Normalmente exponemos los tratamientos a los familiares para explicarles los procedimientos y para pedirles consentimiento. A veces esa solicitud termina siendo un trasvase de responsabilidades de decisión última a los familiares, lo que es un error (al menos desde mi punto de vista). En este caso teníamos las manos atadas: no sabíamos qué grado de conocimiento acerca de su enfermedad poseían la ex-esposa, la hija que tenían en común ambos y la pareja actual del paciente, con la que compartía ya más de una quincena de años juntos. Necesitábamos empezar la terapia antirretroviral lo más pronto posible para restablecer la capacidad de su sistema inmune, alterado aunque no sabíamos aún en cuánta medida por la presencia del virus en su sangre, e ignorábamos a su vez la cantidad de copias de virus (carga viral) que tenía en plasma. Alguien debería dar un permiso, pero no sabíamos a quién pedírselo.

   En situaciones así prima el sentido común: en una urgencia se toma la decisión que más beneficia al paciente y después se le explica a la familia, digamos que como una política de hechos consumados (el derecho a ser informado y a decidir sobre uno mismo queda a veces en un espacio muy borroso sobre todo si no se ha definido lo mejor previamente a una situación de riesgo, con un testamento vital, por ejemplo). En este caso, visto que  no sabíamos el grado de implicación familiar en la enfermedad, optamos por lo más obvio: iniciaríamos la terapia antirretroviral diciéndonos a nosotros mismos que, una vez recuperado y ya en completo uso de sus facultades físicas y mentales, podría interrumpirlo cuando lo desease.

   Empezamos la administración de la triple terapia y tanteamos el terreno familiar. Nadie sabía de su estado de portador de VIH salvo su pareja actual. Ambos se conocieron casi veinte años antes; tontearon, se dejaron ir porque él no se sentía capaz de aceptar sus deseos más íntimos pese a que eran inmensamente feliz juntos, y optó por el camino más seguro (¿quién sabe cuál es en realidad?): se casó con una amiga de toda la vida, pronto fue padre de una chica muy guapa (todos eran de una belleza llamativa cuando se reunían en la sala de información) y más rápido todavía las desavenencias hicieron su aparición y sobrevino el divorcio.

   Hasta ese punto del relato nada era novedoso. Después del divorcio, y pese a ser un hombre de marcada responsabilidad, al parecer siguió una senda un tanto disoluta con comportamientos que posteriormente lamentaría; después de un período un tanto oscuro, la vida le puso de nuevo frente a quien había sido su gran amor (de esos de verdad, de los de corazón) y dejó de lado su miedo al qué dirán, le explicó a su ex-mujer la situación y más rápido aún a su hija (ahora una bella chica de veinte años) y venció el miedo a perderlo todo lanzándose en brazos de su amante y amigo por tanto tiempo: Rubén, que estaba en la sala de espera hora tras hora y que recibía con la mirada anhelante cada una de las informaciones.

   Rubén y él no estaban casados: no querían atar con normas las reglas (de por sí eclécticas) del amor. Pero esa idea romántica de la revolución no casa con la practicidad del día a día: debido a su nulo vínculo legal no poseía ningún poder de decisión. Y de aquella familia de nuestros días era el único que sabía que el paciente de la cama 8 era portador del virus. Sabía que se había negado a vivir sabiendo su seropositividad y a tratarse, pues no le veía sentido al estar tan bien y tan lleno de vida. Aún así tomaban precauciones, aunque más de una vez fantaseaban con retirar el fino velo que todavía los separaba.

   Un mediodía, por causas de la vida, sólo él acudió a la información: aprovechamos para decirle que tenía más copias de virus en la sangre que la última vez que había ido a consultas, aunque su sistema inmune no parecía verse afectado todavía por el mismo, y le informamos que habíamos iniciado la triple terapia antiviral.

   Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias. Explicó el silencio que guardaban al respecto, los miedos que tenía para afrontar una verdad ineludible, el dolor que le causaba saberlo, las mentiras que tejía a su alrededor para que nadie lo supiese y la extraña esperanza de que aquello pasase por sí solo algún día. Sueño vago, aunque no iba a ser yo quién le dijese a él tamaña obviedad.

   Respetamos, como es de esperar, el código de silencio. La evolución en la cama 8, gracias a su gran estado general, después de casi una semana crítica, fue satisfactoria: en pocos días los soportes estaban retirados, el paciente extubado con oxígeno a bajas dosis y casi completamente restablecido. La primera vez que recibió conscientemente las pastillas de su tratamiento antirretroviral se quedó observando largo tiempo el vasito que se le ofrecía. No dijo una palabra.

   – Puede negarse a seguir tomándolo si así lo desea. Está en pleno derecho.

   Fue durante una guardia particularmente azarosa. Desde mi enfermedad he tardado en coger el punto de fuerza física que antes me caracterizaba. No me quejo, pero de tan duras que han sido, la recuperación me está siendo más difícil de lo que hubiese deseado. Supongo que lo vio dibujado en mi cara.

   – Ha llegado el momento de decidir, ¿verdad?

Me dijo. Yo intenté sonreír.

   – Tiene una familia estupenda…

   – Que me quiere.

   – Quiérase entonces usted un poquito.

   Tomándose la mediación me miró curioso.

   – Creo que me entiende, aunque no sabría decir porqué.

   ¿El miedo de saber que algo no va bien, del que huimos para no asumirlo llenándonos de mentiras, inventándonos una esperanza que en el fondo es vana porque no se ajusta a la verdad de lo que nos ocurre? Claro que lo entendía.

   – He llegado al mismo punto que usted. Necesito aprender a quererme también un poquito.

   Sonrió con esa mueca entre seguridad y desdén propia de los enfermos encamados.

   – No hace falta que me mienta.

   Yo me lo quedé mirando. No necesitaba que le aclarara más de mis fantasmas interiores.

   – No le miento. No tengo esa tendencia, despreocúpese. Pero usted ya está mucho mejor y mañana, si hay cama, estará en una planta, con los suyos.

   – Le creeré cuando lo vea.

   Me replicó con un acento entre encantado y descreído.

   – Siga tomando su mediación, por favor. Tiene una salud de hierro, no siga maltratándola negándose a lo evidente. ¿Qué importa una pastilla o diez al día? ¡Ah! Y cásese, allá afuera lo quieren mucho, y creo que se lo merece. Después de este susto, se ha ganado el cielo.

   No esperaba eso de mí. Ni yo. Mi arrebato de sinceridad quizá me había llevado demasiado lejos.

   – Por él estoy aquí.

   – Pues deje de hacerse el tonto, acepte su problema, ayúdese y quiéralo de verdad. Y todo será mejor.

   – ¿Más fácil?

   Negué con la cabeza.

   – Será mejor. Que ya es mucho. Créame.

   No pude verlo más durante la guardia, como estaba estable, apenas me detuve en su cama: ajustar unos sueros, darle una pastilla para dormir y poco más.

   A la mañana siguiente me asomé para despedirme y para decirle en primera persona que ya tenía cama asignada en la planta.

   Me sonrió incrédulo pero agradecido (y yo no había hecho nada extraordinario) y se echó a reír bajito.

   – Qué raro es usted, doctor. Si fuera gay hasta me casaba también con usted.

   Me tocó el turno de reír. Menudo cuarteto: ex-mujer, novio, segundo marido e hija. Un cuadro metamodernista del siglo XXI.

   – Va a ser que ya tiene mucha comida en su plato y, créame, estoy algo a dieta.

   Y me fui de su cama riendo a carcajada limpia.

   Hace poco le dieron el alta de la planta, ya completamente recuperado, casi sin trazas del virus en la sangre y sin secuelas de la neumonía en sus pulmones. Cada vez que pienso en él, encuentro muchos puntos en común conmigo: el miedo a afrontar una situación vital que es ineludible, y a la que llenamos de falsas esperanzas como amuletos que permitan que ese peligro desaparezca y que nunca son efectivas; las mentiras con que llegamos a ahogarnos a nosotros mismos, y a los demás, en aras de un orgullo que sufre en silencio y que no tiene valor alguno, y  finalmente la verdad, que al ser aceptada, lleva a la clama, a la tranquilidad de la aceptación y a la curación, a la Salud bien sea del alma, del cuerpo o de todo a la vez.

   Cuánto tengo que aprender…

¿Con ánimos para Navidad?

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

article-2252586-16a1c89a000005dc-643_634x293

La bella y la bestia.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

beauty-and-the-beast-photos-from-ew-emma-watson-39986929-500-340

Mi lugar en el mundo eres tú: íntimo corazón viajero.

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

principal-mi-lugar-en-el-mundo-eres-tu-es_med

Mi lugar en el mundo eres tú es la nueva travesía de Màxim Huerta. A mitad de camino entre un carnet de viajes, una guía turística, un nuevo trabajo a cuatro manos con el ilustrador Javier Jubera, y un catálogo de gustos y querencias, Mi lugar en el mundo eres tú nos regala al más íntimo y desnudo Màxim Huerta.

Tendemos a buscar en las historias escritas mucho de un autor; fantaseamos que ésta o aquella escena o un personaje determinado, sean un reflejo de la realidad del escritor. Esperanzas vanas: todo personaje, toda situación descrita son una amalgama de vivencias propias y ajenas, a veces fruto de la observación y otras de la investigación más pormenorizada; la escritura es un acto de reflexión, de refracción y de escucha donde todo cabe y se funde, como la cera en el bronce de una estatua dentro de la fragua de la creación. Eso no ocurre con Mi lugar en el mundo eres tú, antes bien: estamos ante el retrato, a manos llenas, de un corazón. Màxim Huerta coge todos los colores de su alma y pinta con trazos perfectos las carreteras de sus sueños, los miedos de sus sentidos, los disfrutes de sus sentimientos y sus gustos, sus pensamientos y sus verdades veladas para regalarnos un relato lleno de pespuntes, de hermosas imágenes fotografiadas por él mismo; de sus filias y sus dolores y de esos errores que se confiesan sólo en el ambiente tierno de la buena compañía. Màxim Huerta establece con el lector una intimidad cómoda, en la que se muestra y se desvela tal cual es, con una valentía inusual en cualquier escritor, y por lo mismo perfecta, poderosa: nada hay en el libro que sobre; nada falta, dejándonos con ganas de más: un romanticismo que evita la ñoñez; referencias literarias y cinematográficas que se alejan del chovinismo cultural; un equilibrio perfecto entre cercanía y ligereza, entre hedonismo maravilloso y asepsia intelectual; cuaderno de recuerdos y versos y un corolario de reflexiones que son lecciones aprendidas y vida vivida y bien aprovechada.

Como ya ocurrió con El lector, las imágenes de Javier Jubera aportan cohesión a lo contado, que a veces se desperdiga para amalgamarse más adelante, y un toque mediúmnico y casi irreal, acercando al lego las referencias literarias que pueblan las páginas de este inusual libro de viajes, donde se retrata un gusto, una sorpresa y una vida llena de corazón. Da la impresión que Màxim Huerta paulatinamente se deshace del lastre de la vida para volar ligero, como ha aprendido a viajar sin exceso de equipaje: sus columnas semanales en periódicos como El Español, por ejemplo, y ahora este texto, nos lo dicen en susurros confesados cada vez con voz más clara.

Hay que ser my valiente para escribir una joya como Mi lugar en el mundo eres tú. Cada línea rezuma sangre tibia, cada hoja evoca el latido de un corazón; cada imagen, cada recuerdo, el retrato de un alma que se desnuda… Y tras esa desnudez está una vida. La suya. Y la nuestra, que viaja junto a la suya, cada vez que publica una nueva aventura.

cxpn-qgxgaar_mf©David Sadness

De La Lata de garbanzos: Casa de Extranjeros, un diccionario de maravillas (de Venancio Pereira).

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

51upy1z2pl

Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzos se puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.

Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela  en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.

La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.

Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjeros está basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.

Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.

El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.

 

   Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es

Leonard Cohen: poesía, música y singularidad.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

1411561144285-cached