De miedos, verdades, mentiras, dolor y esperanzas.

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   En la cama 8 ingresó una neumonía grave comunitaria (no originada en el hospital). Hombre, 46 años, en gran estado físico (ya me gustaría a mí), con pocos antecedentes médicos de interés excepto uno muy llamativo y una cirugía menor.

   Una semana de catarro seguido de debilidad máxima y cansancio final que lo llevó al hospital y, una vez allí, casi inmediatamente a la UCI. En poco tiempo tuvo que ser sedado, intubado, conectado a un respirador y por todas partes a máquinas y tratamientos intravenosos. En la radiografía de tórax ya se perfilaba una neumonía que afectaba a los dos pulmones; el oxígeno se subió hasta valores muy altos y hasta hubo que emplear otros métodos más agresivos para intentar que la falta de oxígeno no dañase más los órganos vitales. Se administró lo más pronto posible antibióticos adecuados para el problema respiratorio que presentaba y comenzamos a esperar su respuesta.

   El detalle que resaltaba en la historia de este paciente es que era VIH positivo. No sabíamos en qué espectro de la enfermedad se encontraba, pues se había negado a recibir la triple terapia casi desde el mismo momento de su diagnóstico y había abandonado la consulta de seguimiento en Enfermedades Infecciosas. Era clara su negativa a tomar en serio su enfermedad o, mejor dicho, a asumir su estado de seropositivo en lo tocante a cuidarse a sí mismo. Ese miedo, esa negación, que termina sólo por hacernos daño a nosotros mismos.

   Su situación de negativa nos sometió a una disyuntiva. Normalmente exponemos los tratamientos a los familiares para explicarles los procedimientos y para pedirles consentimiento. A veces esa solicitud termina siendo un trasvase de responsabilidades de decisión última a los familiares, lo que es un error (al menos desde mi punto de vista). En este caso teníamos las manos atadas: no sabíamos qué grado de conocimiento acerca de su enfermedad poseían la ex-esposa, la hija que tenían en común ambos y la pareja actual del paciente, con la que compartía ya más de una quincena de años juntos. Necesitábamos empezar la terapia antirretroviral lo más pronto posible para restablecer la capacidad de su sistema inmune, alterado aunque no sabíamos aún en cuánta medida por la presencia del virus en su sangre, e ignorábamos a su vez la cantidad de copias de virus (carga viral) que tenía en plasma. Alguien debería dar un permiso, pero no sabíamos a quién pedírselo.

   En situaciones así prima el sentido común: en una urgencia se toma la decisión que más beneficia al paciente y después se le explica a la familia, digamos que como una política de hechos consumados (el derecho a ser informado y a decidir sobre uno mismo queda a veces en un espacio muy borroso sobre todo si no se ha definido lo mejor previamente a una situación de riesgo, con un testamento vital, por ejemplo). En este caso, visto que  no sabíamos el grado de implicación familiar en la enfermedad, optamos por lo más obvio: iniciaríamos la terapia antirretroviral diciéndonos a nosotros mismos que, una vez recuperado y ya en completo uso de sus facultades físicas y mentales, podría interrumpirlo cuando lo desease.

   Empezamos la administración de la triple terapia y tanteamos el terreno familiar. Nadie sabía de su estado de portador de VIH salvo su pareja actual. Ambos se conocieron casi veinte años antes; tontearon, se dejaron ir porque él no se sentía capaz de aceptar sus deseos más íntimos pese a que eran inmensamente feliz juntos, y optó por el camino más seguro (¿quién sabe cuál es en realidad?): se casó con una amiga de toda la vida, pronto fue padre de una chica muy guapa (todos eran de una belleza llamativa cuando se reunían en la sala de información) y más rápido todavía las desavenencias hicieron su aparición y sobrevino el divorcio.

   Hasta ese punto del relato nada era novedoso. Después del divorcio, y pese a ser un hombre de marcada responsabilidad, al parecer siguió una senda un tanto disoluta con comportamientos que posteriormente lamentaría; después de un período un tanto oscuro, la vida le puso de nuevo frente a quien había sido su gran amor (de esos de verdad, de los de corazón) y dejó de lado su miedo al qué dirán, le explicó a su ex-mujer la situación y más rápido aún a su hija (ahora una bella chica de veinte años) y venció el miedo a perderlo todo lanzándose en brazos de su amante y amigo por tanto tiempo: Rubén, que estaba en la sala de espera hora tras hora y que recibía con la mirada anhelante cada una de las informaciones.

   Rubén y él no estaban casados: no querían atar con normas las reglas (de por sí eclécticas) del amor. Pero esa idea romántica de la revolución no casa con la practicidad del día a día: debido a su nulo vínculo legal no poseía ningún poder de decisión. Y de aquella familia de nuestros días era el único que sabía que el paciente de la cama 8 era portador del virus. Sabía que se había negado a vivir sabiendo su seropositividad y a tratarse, pues no le veía sentido al estar tan bien y tan lleno de vida. Aún así tomaban precauciones, aunque más de una vez fantaseaban con retirar el fino velo que todavía los separaba.

   Un mediodía, por causas de la vida, sólo él acudió a la información: aprovechamos para decirle que tenía más copias de virus en la sangre que la última vez que había ido a consultas, aunque su sistema inmune no parecía verse afectado todavía por el mismo, y le informamos que habíamos iniciado la triple terapia antiviral.

   Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias. Explicó el silencio que guardaban al respecto, los miedos que tenía para afrontar una verdad ineludible, el dolor que le causaba saberlo, las mentiras que tejía a su alrededor para que nadie lo supiese y la extraña esperanza de que aquello pasase por sí solo algún día. Sueño vago, aunque no iba a ser yo quién le dijese a él tamaña obviedad.

   Respetamos, como es de esperar, el código de silencio. La evolución en la cama 8, gracias a su gran estado general, después de casi una semana crítica, fue satisfactoria: en pocos días los soportes estaban retirados, el paciente extubado con oxígeno a bajas dosis y casi completamente restablecido. La primera vez que recibió conscientemente las pastillas de su tratamiento antirretroviral se quedó observando largo tiempo el vasito que se le ofrecía. No dijo una palabra.

   – Puede negarse a seguir tomándolo si así lo desea. Está en pleno derecho.

   Fue durante una guardia particularmente azarosa. Desde mi enfermedad he tardado en coger el punto de fuerza física que antes me caracterizaba. No me quejo, pero de tan duras que han sido, la recuperación me está siendo más difícil de lo que hubiese deseado. Supongo que lo vio dibujado en mi cara.

   – Ha llegado el momento de decidir, ¿verdad?

Me dijo. Yo intenté sonreír.

   – Tiene una familia estupenda…

   – Que me quiere.

   – Quiérase entonces usted un poquito.

   Tomándose la mediación me miró curioso.

   – Creo que me entiende, aunque no sabría decir porqué.

   ¿El miedo de saber que algo no va bien, del que huimos para no asumirlo llenándonos de mentiras, inventándonos una esperanza que en el fondo es vana porque no se ajusta a la verdad de lo que nos ocurre? Claro que lo entendía.

   – He llegado al mismo punto que usted. Necesito aprender a quererme también un poquito.

   Sonrió con esa mueca entre seguridad y desdén propia de los enfermos encamados.

   – No hace falta que me mienta.

   Yo me lo quedé mirando. No necesitaba que le aclarara más de mis fantasmas interiores.

   – No le miento. No tengo esa tendencia, despreocúpese. Pero usted ya está mucho mejor y mañana, si hay cama, estará en una planta, con los suyos.

   – Le creeré cuando lo vea.

   Me replicó con un acento entre encantado y descreído.

   – Siga tomando su mediación, por favor. Tiene una salud de hierro, no siga maltratándola negándose a lo evidente. ¿Qué importa una pastilla o diez al día? ¡Ah! Y cásese, allá afuera lo quieren mucho, y creo que se lo merece. Después de este susto, se ha ganado el cielo.

   No esperaba eso de mí. Ni yo. Mi arrebato de sinceridad quizá me había llevado demasiado lejos.

   – Por él estoy aquí.

   – Pues deje de hacerse el tonto, acepte su problema, ayúdese y quiéralo de verdad. Y todo será mejor.

   – ¿Más fácil?

   Negué con la cabeza.

   – Será mejor. Que ya es mucho. Créame.

   No pude verlo más durante la guardia, como estaba estable, apenas me detuve en su cama: ajustar unos sueros, darle una pastilla para dormir y poco más.

   A la mañana siguiente me asomé para despedirme y para decirle en primera persona que ya tenía cama asignada en la planta.

   Me sonrió incrédulo pero agradecido (y yo no había hecho nada extraordinario) y se echó a reír bajito.

   – Qué raro es usted, doctor. Si fuera gay hasta me casaba también con usted.

   Me tocó el turno de reír. Menudo cuarteto: ex-mujer, novio, segundo marido e hija. Un cuadro metamodernista del siglo XXI.

   – Va a ser que ya tiene mucha comida en su plato y, créame, estoy algo a dieta.

   Y me fui de su cama riendo a carcajada limpia.

   Hace poco le dieron el alta de la planta, ya completamente recuperado, casi sin trazas del virus en la sangre y sin secuelas de la neumonía en sus pulmones. Cada vez que pienso en él, encuentro muchos puntos en común conmigo: el miedo a afrontar una situación vital que es ineludible, y a la que llenamos de falsas esperanzas como amuletos que permitan que ese peligro desaparezca y que nunca son efectivas; las mentiras con que llegamos a ahogarnos a nosotros mismos, y a los demás, en aras de un orgullo que sufre en silencio y que no tiene valor alguno, y  finalmente la verdad, que al ser aceptada, lleva a la clama, a la tranquilidad de la aceptación y a la curación, a la Salud bien sea del alma, del cuerpo o de todo a la vez.

   Cuánto tengo que aprender…

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