Pasa el otoño dejando tras de sí una alfombra de hojas secas. Colores deslucidos que van del naranja al ocre, su sonido a seda frotada nos sorprende al rasgar el continuo verberar de nuestra mente. Debajo de ese manto de vida pasada no hay nada, nada más que tierra y un aire leve que aligera un espacio diminuto, como la distancia de dos cuerpos que se aman.
A pesar de ser muchas, como los amantes, individualmente son un mundo, y sus parecidos sólo señalan las diferencias que las definen y caracterizan. Y, como los amantes, a pesar de estar juntas, mantienen siempre su individualidad y su mudez, pues ninguna comunión es eterna.
El sonido de las hojas caídas se parece al llanto de la cigarra, que sólo canta para morir. Las hojas, al rozarse entre ellas, sólo anuncian que el otoño ha pasado y que ya nada será como antes. Como ocurre con dos amantes.
Al despertarme esta mañana no estaba entre tus brazos. Yacías más allá, envuelto en tu sueño, resoplando bajito y separado del mundo que compartimos día a día. Abrí los ojos y te hallé en la distancia, callado y revuelto como un garabato, cuan largo eres hecho un lío de sábana y edredón. Para variar, te lo llevaste todo, y el frío y el calor y la extrañeza de tu piel hicieron que me despertara y te hallara separado de mí, tan lejos de mí como de un amante de piedra, y pensara, atrapado como estaba en el silencio enorme que nos cubría, en el ruido de seda frotada de las hojas secas, en ese frú-frú que anuncia la llegada del invierno y del frío, la hibernación y la distancia.
A pesar de lo que nos decimos, de lo que soñamos, de lo que anhelamos, siempre estamos solos. Incluso en la comunión del amor luchamos desesperadamente por arrancar un placer propio en esa búsqueda a veces suicida, pues morimos en la sensualidad siempre un poco, como una hoja que se desprende de una rama y cae al suelo. En contra de lo que se nos dice, ni tú ni yo nos fundimos en un abrazo eterno ni el placer dura una vida; somos tú y yo y la distancia entre nuestros cuerpos, la que creamos al acariciarnos y la que buscamos al separarnos en el sueño. Piel sobre piel, como las hojas secas, no garantiza una unión completa, si no una separación más difícil. Y no hay amor que soporte la distancia ni el silencio de las voces nunca oídas, ese silencio lleno del frú-frú de las hojas secas. Como el que hemos tenido tú y yo hasta esta mañana, cuando me desperté aterido y sofocado y tú seguías durmiendo con cara bendita y expresión alelada, lejos de aquí.
Esta mañana me levanté y te dejé dormir. Me duché, bebí café, me vestí. Y salí. Y tú seguías allí, encerrado en el caparazón del sueño. Suspiré mirándote, como hubiese suspirado abrazándote. Fuera hacía frío. El sol se transparentaba entre la niebla. El viento soplaba sorpresivo, y el lecho de hojas secas de la entrada, estando en silencio, rasgó el perfil de la mañana con un furioso manotazo. De repente me encontré rodeado de hojas secas, algunas en mi pelo y otras en mi corazón, y con el comienzo del invierno.
Lleno de silencio fui a buscar el desayuno. Cuando volví, seguías dormido. Me acerqué. Te moviste con cierta lentitud, y el sonido de tu cuerpo desnudo con las sábanas me recordó el silencio de las hojas secas a punto de estallar en un remolino de seda frotada y, a veces, de caricias. Y comprendí que estábamos juntos sin estar y que quizá todo se había acabado. Al menos por ahora.
Suspiré al verte; suspiré porque me negué el placer de tocarte y verte despertar como hacía día a día. Suspiré al alejarme de ti y al besarte en la distancia, ese océano de hojas secas en que ha quedado nuestro amor.
Cuando llegue la primavera, quizá…
Pero por ahora comienza el invierno, el frío de una soledad sonora, lejos de ti.
Durante esta última guardia, serían las cinco de la mañana o incluso más, estaba hablando con la familiar de un paciente que había ingresado un par de horas antes. Me sentía muy cansado y también un poco frustrado y algo triste.
El ingreso fue tardío, el paciente estaba en una situación muy comprometida y las técnicas no me salieron tan limpias como me gustaría y como quisiera que siempre saliesen. Aún con todo, era un enfermo complicado aunque muy colaborador; se dejó hacer con una entrega que he visto pocas veces y, a pesar de lo grave que estaba, no se quejó ni un instante, dueño de una entereza realmente admirable. Todo eso contribuía a mi humor, que viene sufriendo períodos de densa estabilidad; saberlo tan mal no ayudaba tampoco a mejorar mi actual visión del mundo.
Se trataba de un hombre joven, en el mediodía de la vida, aquejado de cirrosis hepática terminal por ingesta alcohólica, acabado de ser admitido en la lista de espera para trasplante de hígado. Un hombre que tenía una vida, ahora impedida en cierto grado por la Enfermedad muy evolucionada que presentaba; con una mujer; supongo que algún hijo; con un trabajo que ha debido abandonar (así como el hábito que lo ha llevado a ese estado); y con el miedo y la esperanza de que un trasplante lo devuelva en algún momento, no lo bastante tarde, al día a día que acababa de aparcar hacía muy poco. Una vida detenida fue lo que ingresó aquella madrugada en la UCI. Una más.
La cirrosis hepática, cuyo origen no es sólo el alcohol, sino el virus de la hepatitis C (mucho más peligroso que el VIH, ya que carece de tratamiento alguno) y otras patologías menos frecuentes, es un cuadro difícil, multisintomático, lleno de baches y vericuetos; merma las facultades y crea tantos problemas, tantos y tan variados y tan graves, que el paciente se encuentra muchas veces aislado en el pasillo de la Salud perdida sin saber a qué atenerse ni a qué sujetarse. Y sus familiares también.
Después de estabilizarlo mínimamente tras dos horas o más con él, salí al pasillo de la Salud perdida a hablar con su mujer, que esperaba con los ojos cerrados en medio de la oscuridad de la noche, sentada en la sala de espera. En esos momentos siento algo de pudor. Porque la tensión de un lugar semejante es densa; se palpa en el aire, está contenida en cada respiración; late como el corazón y viaja por las arterias hasta transmitirse por las palabras o los gestos a todas las personas que pernoctan allí. Y mi pudor está en irrumpir esos momentos de insulsa paz para, con voz alta, llamarles e informarles. Tras aparecer en el dintel de la puerta y recortar la luz, comienzan los cuchicheos, el ronroneo del miedo se siente y me golpea la nariz. Si es un paciente que lleva días ingresado, sólo son malas noticias; si es un paciente que acaba de ingresar, como era el caso, también son malas noticias. El desgarro de la madrugada en el pasillo de la Salud perdida no trae nunca nada bueno, y nos hace sentirnos a veces incapaces y a veces resignados y a veces frustrados por ello. Esta vez no fue ninguna excepción.
Que los familiares de los pacientes oyen lo que quieren oír es un hecho cierto. Nos pasa a todos. Procuro ser cauto al dar esperanzas, porque todos nos aferramos al mínimo rayo de luz que nos regalan. Y más durante el ingreso de un enfermo, o quizá durante el ingreso de un paciente. Porque con los días se aquietan los miedos iniciales y, en general, tras las horas que pasan, la serenidad atrapa al corazón y lo hace razonar; a veces la testarudez de algunos familiares ante lo evidente no es más que la cabezonería del corazón en reconocer una pérdida. Pero en los primeros instantes, cuando todo es un lío y la angustia, la ignorancia, la impotencia y el miedo se mezclan y se agolpan en la garganta, cualquier raciocinio está perdido en ese terremoto que todo lo pone patas arriba. No queremos entender nada, no podemos aprehender nada, y más que palabras (o en ausencia de las palabras que deseamos oír con fruición) lo que quizá necesitemos es un gesto, una sonrisa o un comentario liberador o reconfortante…, que no suele llegar. La información inmediata a un ingreso es un mundo aparte: es difícil porque la situación es de máxima gravedad y todo puede ser posible; el familiar ha entrado como en una revolución dentro del pasillo de la Salud perdida y se halla flotando en un limbo de inseguridades y de inestabilidad del cual es difícil salir sin tiempo y sin serenidad: todo de lo que carece en esos instantes.
Así, me acerqué a aquella mujer de ojos grandes y almendrados. Su peinado desordenado y cierta palidez demostraban la dureza del par de días que llevaban dentro del hospital; sus labios secos y el tremor discreto de sus manos, el miedo que estaba sintiendo en aquel momento. En todo eso me fijé al llamarla. Se levantó de inmediato en la oscuridad y llegó hasta la puerta en la que la estaba esperando como arrastrada por una voluntad más fuerte que la suya propia. No soy un médico de facciones agraciadas, pero me esfuerzo por que mis ojos sonrían discretamente cuando les doy las buenas noches y me presento con cierta timidez. Sé lo que esperan de mí como símbolo, pero en esos instantes esa esperanza es imposible, o cuando menos se vende muy cara. Así que paso rápidamente a explicar la situación del enfermo, que nunca es sencilla. En mi vida privada gesticulo mucho, pues me gusta explicarme con claridad (aunque cada vez me importa menos); por lo general en esos momentos ato mis manos al bolígrafo que sostengo y dirijo directamente la mirada a mis interlocutores. También en mi vida privada he tenido que entrenarme para no mirar fijamente a las personas a las que hablo o que me interpelan; sé que es una costumbre que incomoda a la mayoría mas no lo hago por nada malo, si no como una muestra de que tienen toda mi atención. Cuando estoy con un paciente y con un familiar, me olvido de esa regla autoimpuesta y mis ojos no descansan de ver directamente a las personas que buscan información, entendimiento, a veces justificaciones y siempre calma. Se los debo, porque están en el pasillo de la Salud perdida y yo soy el único, en esos momentos, que puede traer algo de serenidad a la tempestad en la que se hallan.
Era una mujer normal, ni fuerte ni débil, de estatura mediana, con el cabello entrecano; en sus pestañas bailaban escondidas unas pocas lágrimas que no resbalaban de aquellos ojos por un acto de casi voluntad o quizá de testarudez. En contra de lo que se ve en las películas, raramente un familiar pregunta por su enfermo. Se acercan callados y se mantienen de pie a la espera de que empecemos a hablar. Una vez roto el hielo, las preguntas vienen como una tromba después. Ella no fue la excepción. Se acercó sujetando el bolso y esperó unos segundos a que yo me sentara en un recibidor que tenemos para ese fin. Me siento para estar más o menos a la altura de ellos, pues por lo general soy más alto y esa diferencia en el pasillo de la Salud perdida es más intimidante que reconfortante.
Cuando me senté empecé a explicar el estado del paciente. Aquella mujer asentía una y otra vez, pero supe enseguida que no me estaba entendiendo. Y no porque no quisiera, es que no podía entenderme. Me miraba con aquellos ojos enormes llenos de lágrimas a rebosar y asentía con la cabeza; los labios abiertos intentando articular frases coherentes y las manos aferradas al bolso medio caído por su nerviosismo. Dando por sentado que poseía una información sobre la enfermedad de su marido que debían manejar (¡estaba en la lista de trasplante hepático!) me lancé a exponerle todos los peligros que corría el enfermo, derivados de su mal por supuesto, y de las pocas esperanzas que en aquel momento tenía.
Yo estaba muy cansado y distraído; era tardísimo; el enfermo estaba mal y ardía en deseos de volver para mejorarlo lo bastante para que me diera tiempo de recostarme un rato y desconectar de aquella guardia larguísima y de mí mismo. Pero me di cuenta que esa pobre mujer no me entendía. Y en medio de una perorata de la que se desprendía claramente que lo más probable es que podría morir en horas, comenzó a llorar sin emitir un sonido. Enormes lagrimones transparentes se escapan de aquellos ojos color de castaña. Por un instante me reproché mi falta de tacto al dar por sentado muchas cosas que yo sé y que ellos debieran saber pero que ignoran (o que no entienden cuando se les dice, que es lo mismo): cómo es la cirrosis, lo difícil que es, lo grave que es; las vueltas que da; sus meandros que son en sí mismos una trampa de arena; y la pérdida lenta de una vida que se apaga como la llama de una vela al consumirse.
Aquella mujer estaba desolada y triste en medio del pasillo de la Salud perdida, sin nada a lo que aferrarse a no ser la Esperanza. Para ella, y para todos los que no son profesionales de la salud, la Enfermedad es un limbo, una procesión dolorosa que atañe al cuerpo y al espíritu, un camino sin retorno en la oscuridad y sin más luz que la linterna de la Esperanza… ¿Y qué estaba haciendo yo? Apagando de un manotazo aquella llamita que la mantenía estable; lanzándola a aguas profundas en las que no podía nadar.
Yo casi no tenía fuerzas. Pero esa mujer tampoco. Y yo poseía el Conocimiento, que en esos instantes es siempre el Poder, y el poder no da esperanzas, no da sueños pues trabaja con los tejidos de la Realidad, pero al menos da Confianza o cuando menos Resignación. Ella no tenía ni siquiera el consuelo de apoyarse en un muro en ruinas. Sólo le quedaban las lágrimas calladas, pues la voz no podía articular preguntas que desconocía. Y entonces callé.
La dejé navegar un instante por las mareas de la desesperación y el miedo a lo desconocido mientras buscaba fuerzas para empezar de nuevo. Porque siempre hay que empezar de nuevo. Suspiré y cerré los ojos. Intenté calmarla con palabras habituales que asientan un poco al alma; mi voz sonó quizá demasiado dulce, con un poso de esperanza que no quería darle en mucha dosis. Y recapitulamos. Le expliqué someramente la situación de su marido, lo que lo había llevado hasta allí, los riesgos que ya conocían. A medida que iba desgranando la Enfermedad, ella asentía como recordando y sus ojos se iban secando. Yo sentía que estaba cogiendo fuerzas, las fuerzas que da el Entendimiento; la desesperación cedía el paso a la resignación y con ésta cierta luz al momento. Ella siguió asintiendo, pero su mirada había cambiado. Comprendía. Y yo volví a suspirar: habíamos comenzado a avanzar.
Toda nerviosa firmó los permisos de ingreso; se equivocó al darme sus datos; se le olvidó el número de su teléfono móvil. Y yo le sonreí. No me importaban esas pequeñeces de las que está hecha la vida. Y ella sonrió a su vez, angustiada y resignada al mismo tiempo: seguía deambulando por el pasillo de la Salud perdida, pero al menos sabía un poco más, podía esperar sólo un poco más, pero podía ser ella en aquel angosto pasillo todo el tiempo que hiciera falta. Y tendría tiempo para pensar y para sentir, o dejar de sentir, hasta que el desenlace lo hiciese por ella. Y nos despedimos hasta la mañana siguiente.
Qué dura es la pérdida de la Salud. Pero qué difícil es vivir en el limbo del pasillo de la Salud perdida. Hace seis años, tras serle diagnosticado cáncer a mi padre, ambos, mi madre y mi padre atravesaron juntos aquel pasillo por el que han estado tantas veces de la mano. La aventura del cáncer era nueva, y los peligros enormes, pero lo cruzaron con una confianza ciega, con una entereza admirable, porque son así de carácter pero también porque sabían que yo estaba allí, llevándoles por primera vez de la mano. Sabían que no les iba a engañar nunca y que sería siempre lo más claro posible. Y aún hoy recuerdan todo lo que ocurrió con cierto respeto pero con mucho humor. Hace tres años mi madre sufrió un ictus transitorio y el mundo pareció detenerse, porque ella es la base del planeta familiar, y sin embargo todos lo vivieron con confianza, porque yo estaba allí para ayudarlos a atravesar aquel paraje como la primera vez y porque estaban seguros que no les mentiría un ápice ni dejaría suelto ningún cabo que pudiera quedarse atrás. No dejó de ser duro; quedaron cicatrices que el cuerpo recuerda y que el alma nunca olvida. Pero allí están los dos, con sus achaques, con sus secuelas, juntos todavía y llenos de esperanza. La Esperanza que les da tener una mano guía en el pasillo de la Salud perdida.
Ésa fue la razón de hacerme médico. Quería saber. Quería comprender. Y, por ende, ayudar. Las lágrimas de aquella mujer me hicieron recordar para qué estaba yo allí hablándole a las cinco de la mañana. En la UCI estaba su marido y dentro de a UCI yo estaba para ayudarle a él. Pero en el pasillo de la Salud perdida estaba ella, y allí mi obligación era ayudarla a ella, dentro de lo poco que pudiese hacer. Sus lágrimas me recordaron que más allá de mi propia tristeza o de mi cansancio o de mi frustración, hay una tristeza mayor, hay un cansancio mayor y hay una frustración aún más grande: la del desconocimiento, la de la desesperación y la soledad, la suya.
A la mañana siguiente, el paciente seguía grave pero estaba un poquito mejor. Ni remotamente había salido de su estado crítico (todo lo contrario), pero ella era otra persona. A la luz del día su cansancio era evidente, pero su actitud lo era mucho más. Aún mantenía llorosa la mirada, aún las manos temblaban ligeramente. Pro sabía a qué atenerse, o al menos intuía por dónde debía caminar. Es una ilusión, porque el camino del pasillo de la Salud perdida es largo y único, pero de ilusiones está hecha la vida. Y ella ahora las tenía. Hasta me permití regalarle un poco de esperanza, atemperada eso sí, tibia como un chorrito de luz débil, del que ella bebió sedienta. Y no le dije nada más. Ella entendió y nos despedimos.
Tras el chasquido de la puerta cerré los ojos y recorrí con la memoria todos los surcos que mi propio pensamiento ha labrado en el pasillo de la Salud perdida. Mis miedos y mis dragones son otros, pero también son mías otras armas… Aquella mujer, con sus lágrimas, me recordó que como profesionales de la salud nos debemos a todos, no sólo a nuestros enfermos. No importa la frustración o el cansancio o nuestra propia tristeza… Siempre hay alguien en esos instantes que sufre más, que siente más, que está más perdido, y es allí en donde debemos actuar… Aquellas lágrimas han quedado grabadas en mi memoria, aquellos ojos y esa palidez…
Cuánto camino queda aún por recorrer…
La maravillosa trompetista noruega, Tine Thing Helseth, y EMI, nos regalan un libro de cuentos muy peculiar: The Storyteller.
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Todo es maravilloso en la trilogía de Los Tres Mosqueteros. No sólo porque es una historia de aventuras, si no porque es un retrato de una época teñida con los aromas, la visión y los ideales de otra época; porque nos obliga a interesarnos por un tiempo del que apenas quedan sus restos, aunque esos restos sean hermosos, y porque hace que nuestro corazón se expanda y se encoja con tal pasión como sabiduría.
Es un relato publicado por entregas. Y se nota. Y en ello veo yo uno de sus mayores logros. Imaginar que en pleno siglo XIX un escritor vaya reproduciendo una historia tan fastuosa y enérgica y esperar ansioso cada una de sus entregas, es algo extraordinario. Debió ser apasionante la redacción, el nacimiento y la salida al público de cada una de sus partes. Su éxito fue arrollador, y lo sigue siendo. Y leyéndolo, es fácil saber la razón. Y sin embargo, no ha debido ser una tarea fácil engarzar cada uno de sus relatos, cada uno de sus tiempos y la evolución no sólo histórica si no la vital de cada uno de sus personajes.
Los tres mosqueteros es pura energía. Es aventura, alegría, divertimento, aunque planea sobre el relato cierta sombra que terminará desplegándose en los libros posteriores, con un final antológico y lleno de cierto amargor. Es increíble que ninguna de sus versiones cinematográficas alcance esa energía, esa entrega y esa aventura, y que todas hayan sufrido tamañas divergencias conforme al relato original. De hecho, es una pena que el gran público se quede con esas ideas, malos retales de una obra estupenda, teniendo un relato tan puro esperando a ser leído y a ser llevado fielmente a la pantalla, sea la del cine o la televisión.
Veinte años después es un libro más maduro; mucho, diría yo. Y por lo tanto más oscuro, más triste si cabe, pero está lleno de igual energía, la aventura igual de arriesgada y delirante y encierra en sí mismo algo de esperanza. Cada protagonista crece, evoluciona, gana en peso como gana en astucia y en años, y casi todos encuentran lo que buscan: a veces paz, a veces dinero, a veces cierta posición, y a veces lo pierden casi todo. Menos una amistad que elude el paso del tiempo y un amor incondicional que sobrevive a intrigas, a desaciertos y a encontronazos varios. Nada hay que no sea amor en todas las páginas de la trilogía de Los tres mosqueteros, y en Veinte años después llega a una cumbre única que permitirá el desarrollo de la última entrega, que nace en este libro como un rayo de esperanza que llena de promesas la vida del personaje quizá más interesante y profundo de todos: Athos.
Es curioso que, siendo la historia de D’Artagan, o al menos siendo él su protagonista principal, que abre y cierra la trilogía, la raíz de la historia y su espíritu sean el lazo que une a éste con Athos y el destino del conde de la Fère. El amor paterno-filial y la admiración entre ambos personajes retumba en el corazón cuando se pasa cada página, cuando se termina una entrega y se comienza la siguiente. En el fondo, todos los personajes que pueblan Los tres mosqueteros son perdedores, y lo son porque la Historia es la que es y no puede cambiarse, como el propio destino, y porque siendo dueños de todo lo pierden todo, o lo sacrifican todo (que es lo mismo) a ideales aún más altos que la propia comodidad o la efímera fama: la virtud, la palabra empeñada, la hidalguía y la bonhomía, encarnados todos en el personaje de Athos (y que en D’Artagan laten escondidos hasta que finalmente se liberan) y en el hijo de éste: Raúl, el vizconde de Bragelonne.
Y con El vizconde de Bragelonne se cierra el ciclo de Los tres mosqueteros. Quizá sea la entrega más larga, la más descriptiva y la más historicista de todas ellas. Y es la que más representa el espíritu de la época en que fue escrita. Toda la trilogía es una oda del Romanticismo, mas en El vizconde de Bragelonne alcanza las cotas más altas, pues sus páginas son un canto a este movimiento artístico. No importa que su acción se halle doscientos años antes; quizá es una prueba que los valores más altos de los hombres se transmiten profundamente y no se pierden de forma fútil con el paso del tiempo; quizá sea un fresco del S. XIX pintado con los colores del S. XVII. Pero lo que encierra El vizconde de Bragelonne es una historia de amor romántico, la sublimación de todas las virtudes, de todos los defectos, de todas las esperanzas que los cuatro mosqueteros han posado sobre el fruto más perfecto de su tiempo: el hijo del conde de la Fère es el depositario de las esperanzas y de la juventud de Porthos, Aramis, Athos y D’Artagan, y por eso su comportamiento, sus andanzas y sus aventuras subliman las de todos ellos y quizá las justifiquen, las validen y finalmente las purifiquen.
Raúl es bello y casto, puro y perfecto, honorable y honroso, digno de amar y ser amado. Pero vive en la corte de Luis XIV, y en la corte el mundo se traduce, se transforma a la sombra de los encajes, las sedas y los cristales. La energía y el vigor de las dos entregas previas aquí sufren un freno, o más bien una transformación característica del S. XIX: la recuperación preciosista de una época pasada; la descripción exacta del perfume de las flores, de las intrigas políticas que se mezcla con las intrigas de los sentimientos; los ideales de un mundo muerto ya y la recuperación febril de un espíritu quizá perdido en los recodos del tiempo ido. Las aventuras se subyugan como todo el poder a un rey absolutista; descubrimos que ciertos personajes tienen un transfondo intrigante y algo ciego; que el poder puede envilecer pero también ennoblecer; y que el corazón, el amor fútil, tiene su espacio en el mundo y que hacía mucho daño, tanto como en la actualidad.
La trilogía aquí se diluye en dos intrigas paralelas que van en lento crescendo hasta un final trágico, pues es un drama romántico, pero a la vez un final muy lúcido. El amor va y viene, como mariposa sin descanso; el honor mancillado se transmuta en deber y en valor; y el honor, es bello fantasma, cobra el más alto peaje y el más efímero también… Cada personaje florece al calor de un sol que nace primero y posteriormente calcina; el ritmo se enlentece porque el verano de la juventud todo lo llena; y sin embargo acaba precipitándose, en las eternas aguas del canal de la Mancha, y en el rincón escondido de un bosque que pronto se olvida. Cada uno de sus personajes tiene un sentido, y todos alcanzan, de una manera u otra, lo que han anhelado siempre. Pero el anhelo tiene un peaje, y cada uno paga un alto precio por ello.
El vizconde de Bragelonne es una obra romántica; Raúl es la sublimación de las querencias de un siglo en el que aún se creía que se podía morir de amor. Su destino, como el de Anna Karenina de Tólstoi, como el de Don Juan Tenorio de Zorrilla, o como el de María de Jorge Isaacs, está unido al de sus sentimientos; y la palabra ideal, la palabra honor, la palabra bonhomía, que tan bien había representado el conde de la Fère pero que pertenecía a otro siglo, en el vizconde de Bragelonne da un salto cualitativo y lo transmuta en eterna perfección y, por lo mismo, en su prematura muerte y su pronto olvido.
La última entrega de la trilogía nos muestra que el hombre es mudable, que olvida fácilmente y que se cree sus propios sueños; pero a la vez nos enseña que la vida, las consecuencias de nuestros actos y el destino nos enseñan a acallar el orgullo y a adaptarnos a las circunstancias que nos ofrece. D’Artagan consigue que su valor y sus servicios sean por fin reconocidos, pero en un momento de su vida en el que no le preocupan tanto esas pequeñeces; Aramis sigue envuelto en su aire de intriga, y es quizá la representación más exacta de lo que un espíritu presto es capaz de hacer para extraer lo mejor de las circunstancias y servirse de ellas para sus intereses. Porthos, el hombre de corazón noble, lucha como un Titán en la isla de la Belleza; Athos, magnánimo como conde de la Fère, sublima su fortuna en su mejor obra: Raúl; y Raúl, como hombre perfecto, comprende que su espíritu elevado no puede vivir en un mundo que tan poco aprecia la belleza de la perfección, y por eso se sacrifica en aras de un amor que ni le llega a la altura de sus labios ni le ha proporcionado más que un dolor que le desgarra las entrañas y que le lleva a renunciar a todo, incluso a una vida maravillosa en las brumosas tierras de Inglaterra.
En El vizconde de Bragelonne vemos cómo el poder termina siendo sojuzgado por la cabeza pensante de un rey que se cree el centro del mundo, y que intentará toda su vida asociar esta noción con las acciones reales. Y aunque sabemos que el sol alumbra de forma enceguecedora, éste termina por ponerse, y el final de una vida que se cree perfecta no lo es tanto, porque siendo rey es ser humano, y sus errores terminan siendo más pesados que sus aciertos, pues la vida cobra lo que regala: una favorita, un encaje, un país, un imperio, el mundo y la propia vida. Y todos aquellos que gravitaron bajo aquel influjo reciben de ella el mismo precio y el mismo fin.
Hay puro romanticismo en la trilogía de Los tres mosqueteros. Porque, a pesar de las intrigas, las aventuras, las luchas, las desavenencias, los sueños y las desesperanzas, siempre predominan el aliento del amor y el poso de la tristeza. Y nada hay más atrayente que una mezcla semejante.
Ya sé qué difícil es morir de amor. Pero nada muere de amor, frágil corazón, salvo quizá tú.
Poco a poco. Tu muerte es lenta e imparable, como el viento que se lo lleva todo, frágil corazón, hasta los recuerdos de la memoria.
Todo es lento. El amor que se inflama, el amor que se descama y la piel que, enrojecida, queda expuesta a la intemperie. Frágil corazón así es la vida, la tuya y la mía.
Has querido. Lo has querido todo: su laxitud, su brevedad, su indecencia. Pero el amor es algo más, frágil corazón, que tus sueños; es algo más que tus anhelos.
Y ahora eres un juguete roto.
Frágil corazón.