A finales de los años 80, una película deliciosa irrumpió en mi vida, justo después de haber estado en mi primera visita a Manhattan. Una ciudad maravillosa, una historia divertida pero llena de entresijos, unos actores en estado de gracia y una canción vital y llena de energía.
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El mundo ya no es el que era en esa época. Todos hemos cambiado, hemos madurado y quizá somos un poquito más sombríos. Pero no importa. El mundo gira, el río sigue fluyendo, y nosotros con él.
Una mezcla de alegría y melancolía tiñe siempre mis visitas a Madrid. Escapando como puedo, invirtiendo cada momento libre en un momento mágico, las horas se amoldan a la presencia de la soledad, aceptada y en muchos momentos buscada, pero también la compañía de personas generosas, con su tiempo y su espíritu, que me permiten llegue a conocerlos y a compartir algo de sus muchos dones y experiencias vitales.
Estos encuentros suelen ser fugaces. Como el viento, voy y vengo con demasiada rapidez; echo de menos un abandono más total a la experiencia siempre especial de esos encuentros, y a veces he fantaseado en lo que sería ser dueño de un tiempo más laxo, que me permitiría departir, conversar y sencillamente disfrutar de personas tan excepcionales como comunes y abiertas al mundo que vivimos.
Todas estas personas son extraordinarias: poseen talentos que escapan de su piel y llegan ya sea en la cercanía de su compañía, o en las palabras y obras de la distancia; tienen problemas, frustraciones y anhelos y aventuras encantadoras, porque me acercan con su diversidad a ese caleidoscopio que es la vida que se vive, alejada a veces de lo cotidiano, y muchas otras, demasiado adheridas a la tierra para pasar fácilmente desapercibidas, y que me enriquecen tanto y que tanto extraño cuando no los tengo cerca.
Todos ellos pertenecen a ese grupo heterogéneo de amistades, de lazos que se crean poco a poco y con fuerza variada, sometidas al vaivén de los encuentros y desencuentros, de las distancias y los acercamientos, que honro tener en mi vida. Aquellos que ya no están, o que sólo están por breves instantes; aquellos que viven de cerca, latido a latido, cada momento importante, y que laten en el eco de la soledad y ríen en la algarabía de los días alciónicos, días en los que todo coincide: la perfección del instante con la compañía, el sol o la lluvia, unas risas y una buena comida.
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Mi relación con Carlos Hugo Asperilla ha trascendido la mera admiración por su talento. De un atractivo evidente, su bagaje astrológico es muy similar al mío, y muchas veces veo en él todo lo bueno que seguramente yo tendría si me tomase el trabajo de encontrarlo. En él todo lo que vale la pena está a flor de piel, se ve en su mirada y se descubre en sus gestos, y en un constante descubrimiento y reflexión.
Su buen amigo, Óscar Moreno García, es un espíritu puro que se debate, como todos, entre el querer y el poder, ganando batallas y dándolo todo a cambio, con una firmeza y una fuerza que la belleza de su cuerpo, pura fibra, atestigua. Dueño de una sensibilidad extraordinaria, su juventud y su cercanía hacen de nuestros encuentros una pura delicia, y hasta hacen que me olvide que gracias a él sudo muchos días la gota gorda en la cinta de correr. No en vano cada vez que coincidimos juntos, ellos y yo, terminamos paseando por las calles de Madrid, en una costumbre que a mí me encanta y que disfrutamos juntos, reflexionando, diciendo sandeces y riéndonos a carcajada limpia por esas calles a veces señoriales y a veces extraordinariamente reales tan características de la abierta y sin igual capital de España.
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A Iñaki Bañares me une una atracción única. Es un hombre de gran poso y, a la vez, de aguas turbulentas. Es un hombre de gran musculatura, de sonrisa fácil, de mirada risueña y de gran capacidad de dar. Es generoso por naturaleza y por convicción. La dedicación a su cuerpo no logra esconder la misma reflexión constante hacia su vida y a todo lo que le rodea. Es un triunfador porque empeña su tesón y su fuerza en lo que emprende; es un hombre completo porque aúna espíritu, cuerpo y corazón en representar aquello por lo que hemos sido creados: mostrar la belleza de Dios entre nosotros.
Sus dudas, sus remordimientos, su voz enmarcan una personalidad luminosa en la que habitan claroscuros, zonas de penumbra que lo mantienen confiado y vivo y con ganas de luchar. Su compromiso con la belleza de su cuerpo es el mismo que con la vida: a través de su intuición y sus manos sanadoras, consigue alinear energía e intención en todo lo que toca. Y siempre, siempre, llega a tocar el alma. Es un gran hombre no sólo por atractivo y belleza, sino por su gran calidad humana y su generosidad sin igual.
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Mi admiración por Otto Más viene de hace tiempo. Su mirada para la fotografía (que ha enriquecido y embellecido las páginas de este blog), su verbo fluido y rico, sus inseguridades, hacen de él un hombre entero. Hizo lo posible para poder conocernos en persona, y ese encuentro se me hizo demasiado corto, demasiado breve pero muy enriquecedor. Es un hombre de gran galanura: guapo (aunque él se empeñe en negarlo), muy atractivo, intenta desarrollar su sentido de lo bello y de lo divino en sí mismo y en lo que le rodea. Dueño de una cultura deliciosa y de una voz de barítono que enamora (es preciosa) su búsqueda de la Belleza, su ansia de lo Perfecto lo lleva por caminos a veces tortuosos (su propio cuerpo es una muestra de su empeño por alcanzar ese ideal de divinidad con el que todos soñamos pero que pocos consiguen) pero siempre fructíferos; y su conversación, llena de argumentos con lógica y sentido común, enriqueció unos minutos que hubiera querido alargar más tiempo.
A pesar de que pude reencontrarme con personas como Janneth, cuya sonrisa de sol ilumina el día más oscuro, me quedó en esta vuelta por Madrid mucho en el tintero: Pablo e Isi, por ejemplo, que tanto me hacen reír como reflexionar, y conocer a más gente estupenda que, como todos ellos, son un ejemplo de diversidad, aplomo y locura: Lolo, Javier, entre tantos otros.
Pero, como el viento, voy y vengo, entro y salgo de sus vidas con una facilidad casi divina. Y esa levedad no está reñida con profundidad; esa brevedad sólo siembra en mi corazón las ganas de más. Gracias a este universo en constante expansión que es Internet nos hemos ido conociendo, espero que siga manteniéndonos cerca.
Durante una tarde cualquiera, mientras disfrutábamos en una terraza el ir y venir de la gente acalorada, hablábamos de todo un poco.
Me gustaba su compañía: recia, apolínea, quizá demasiado desarrollada pero enormemente atractiva, suave y firme al mismo tiempo; la piel morena e hidratada, brillando al atardecer con una indecencia maravillosa. Todo en él era llamativo: sus hombros como mundos, su espalda de río y un pecho amplio de universo en expansión. Pero sobre todo su verbo fácil, su sonrisa de estrella y un brillo en la mirada que me aturdía a veces y a veces me centraba.
Que me gustaba saltaba a la vista. Vamos, le gustaba a todos los que paseaban por la calle. La terraza no era más que un pretexto como otro para ser admirado y apreciado en la distancia. La Belleza a veces es así de descarada y así de elusiva: mientras no nos acerquemos lo bastante, ella atenderá nuestra sed en tragos pequeños y espaciados; quizá un poco amargos por imposibles o improbables, pero demasiado adictivos para negarles un poder por lo demás tan voluble como el tiempo que pasa.
Pero me gustaba todo, no sólo lo que enseñaba: sus labios, su voz dulce, su forma de ser, algo prejuiciosa, algo independiente, pero generosa y consciente de su lugar en el mundo. Y lo sabía, puedo asegurarlo. Pues, como Belleza, se acercaba y se alejaba en ese vaivén que acrecienta la lujuria y la desespera y la aquieta.
Sentados uno frente al otro, me sentía igual de estudiado. Yo me imaginaba el sabor de sus besos, el cosquilleo de su piel color de vainilla tostada, la blandura de ese pecho, la firmeza de un abdomen cincelado, la tensión de unas piernas atomizadas y relajadas al infinito… Entre sorbo y sorbo, mis labios dibujaban cada uno de sus relieves, tropezaban con un pezón, un codo, un nudillo, y convertían la aventura de saborearle en un exótico baile de especias: la canela, el cardamomo, la pimienta, todos esos olores exóticos confluían en aquella distancia que nos separaba, un mar que se abría a mis sentidos hambrientos y a una expectación que se me notaba en la mirada y a veces en el aliento.
Sonreía, sabedor, lo sé, y acostumbrado también. Y jugaba con ello. Se acercaba y me sonreía y guiñaba un ojo al sol de la tarde y parecía que el mundo se centraba en nuestra mesa, en nuestras bebidas y en el roce al que una y otra vez nuestras rodillas desnudas o nuestras manos jugaban.
Una cuestión de lujuria, de piel y sentidos abiertos. La conversación fluía con una facilidad casi divina. Y divino me sentía yo a su lado, extasiado y comprendido: nos conocíamos, nos comprehendíamos, nos admirábamos: una cuestión de amor.
Su voz, su risa. Mi mirada fija, continua, despreocupada, desvergonzada en su compañía, caldeada y lujuriosa. Cada respiración era un beso que deseaba darle; cada pestañeo, un retrato de su cuerpo tatuado al mío, lleno de esa confianza en lo conocido y en esa serenidad de lo probable. Sus brazos de árbol, su cintura estrecha. Entrecruzaba las piernas y jugueteaba con mis pies. Y su mirada fija, desvergonzada, concupiscente. Y mi risa y mi voz.
Una cuestión de amor: sus ojos oscuros, su nariz prominente, la sutileza de unas manos finas y pequeñas, el sonido de aquella voz de bacante; sus miedos, sus sueños, una inseguridad absurda pero fascinante, una fragilidad inusitada y preciosa.
Una cuestión de lujuria: placer de las pieles que se encuentran liberadas de toda ley que no sea la de los cuerpos; la escalada a sus relieves, la caída libre desde los labios a sus pies; la fuerza que arrebata las inseguridades; la fragilidad que se debate presurosa entre las llamas de la pasión y su transmutación en placer, universo, beso y grito.
Nos levantamos. Nos miramos.
Sabía que su hotel tenía piscina; sabía que iría después al gimnasio. Sabía que todo eso podía quedar para después, tras el ejercicio del lecho.
Y le sonreí. Y me acerqué. Lo abracé con una ansia que me hacía temblar. Y, tras el rastro de su piel, conseguí llegar al valle de sus labios. Y en ellos estuve acampado una eternidad: cuestión de lujuria.
Su voz. Su mirada seria. Me abrazó con torpeza e intentó sonreír de alguna manera. Consiguió mover aquel cuerpo que de repente había perdido toda flexibilidad, ganando en rigidez, en brillo al refulgir con el sol de la tarde.
– Perdona. Perdóname, de verdad, creo que no me has entendido. Te tengo mucho cariño, muchísimo, pero como amigo. Comprenderás que tú y yo…
Mi mirada fija, mi sonrisa congelada. El calor insoportable. La Belleza que se aleja incólume. La nada.
Sé que no está bien. No puede estarlo, lo sé. Pero a veces no importa que actuemos de forma equivocada; que nuestras acciones sean incomprendidas a ojos ajenos ni nos beneficia ni perjudica, y sin embargo vivimos atareados pensando en qué pensarán los demás, si les parecerá bien o no, y qué ganamos con ello. Yo hace mucho tiempo que dejé de preocuparme de eso: el mismo día que te marchaste.
Decías que siempre me abrazarías. Que tus labios eran sólo míos y que te gustaba besarme lento, como la marea al llegar a la playa. Que mis ojos eran tuyos y mis manos entre tu pelo, los dedos del aire rizando esos mechones oscuros. Todo palabras bonitas, caricias melosas, bellas embestidas de aliento y cercanía.
Decías que nadie me igualaba, que buscabas y me encontraste como quien se tropieza con la vida, y que la vida se derramaba como nuestros sudores y nuestras lágrimas, y que todo era vida, porque todo era mi cuerpo y el tuyo y las sombras que los acompañaban y las caricias que los ataban y los gemidos que se vertían en la nada.
Pura poesía.
Juntos vagando por la playa. Juntos, acurrucados, en medio del loco frío de enero. Juntos, saltando los charcos que dejaban la lluvia furiosa de abril y las sombras estrechas de junio. Sintiendo piel contra piel el cosquilleo gracioso, la sorpresa y la gracia de descubrir que vivimos en otro, que respiramos por otro y que seguimos siendo nosotros mismos, siempre nosotros, nunca dos. Y ya ves…
Cuando voy caminando distraídamente y tropiezo con un murmullo de gente, salgo de mi estado invernal y me acerco presuroso. Me quedo mirando fijamente cada uno de los rostros de esa gente, los ojos fruncidos, la voz muda ansiosa y casi desesperada. Se alejan de mí con miedo, y las reuniones se acaban como una vela que se apaga de repente. Sé que no es lo correcto, sé que me tienen por loco, pero tú podrías ser alguno de ésos que se esconde entre el gentío, y mi última esperanza es la de encontrarte.
A medianoche, dormido, oigo tu voz. Y me levanto como enloquecido, abro los balcones y oteo el horizonte oscuro, lleno de estrellas o de nubes, y entre el viento furioso o la lluvia inclemente o el calor abrasador, me quedo embebido repitiendo tu nombre, para hacer de mi voz un hechizo y de mi ansia un deseo y encontrarte de nuevo, otra vez a mi lado, entre la penumbra, entre las sombras de mi cuerpo y el blando lecho del amor.
Porque decías que no me dejarías, que me querrías siempre, que estaríamos unidos como siameses o como adolescentes eternos, cuidándonos, admirándonos, callándonos con besos o con caricias, y habitando un silencio repleto de vivencias y de sueños por cumplir.
Pura poesía.
Pero a pesar de todo eso te fuiste. Te fuiste dejándome solo, dejándome así. Ni bien ni mal. Tibio. Ansioso. Sediento de ti.
Cuando camino por la Alameda, en medio de chiquillos latosos haciendo ruido y jugando, madres ocupadas, abuelos fingiendo aburrirse y corredores corriendo carreras interminables por la Herradura, susurro con los ojos tu nombre y aguzo mis oídos y mi piel se eriza esperándote, porque quizás estés ahí, escondido entre la gente, detrás de un árbol cercano, jugando al escondite con mi corazón, y no quiero dejar de verte, pasarte desapercibido, volverte a olvidar.
Sé que no está bien, sé que me hago daño, pero no puedo hacer nada más, eres un fantasma que tira de mí, que aún me posee; me has arrojado al abismo de la ignorancia y me has dejado solo, sin explicaciones y sin respuestas, y me has atado a ti para siempre.
A veces me detengo, en medio de la calle desierta, esperando verte llegar corriendo sin aliento hasta mí. A veces, en el mar, entre cientos de bañistas que nada tienen que ver conmigo, busco verte y creo verte y te siento cerca y te imagino a mi lado, porque quizás ahí estés tú también.
Entro en una iglesia y me arrodillo ante ti. Y ruego con los ojos cerrados y el corazón abierto, y espero extático entre el silencio del vacío poder encontrarte ahí tal vez. Para hablarte de lo mucho que me has herido, para decirte que tu mudez me ha dañado para siempre, que tus prometas rotas, todas creídas por mí, se hallaban en el vacío de una soledad ansiosa.
¿Cómo pudimos terminar así?
No lo sé…
Quizás estés ahí, ahí delante de mí…Pero mi corazón veda a mis ojos, y a veces mi odio a mi corazón, y aunque no sea lo correcto, y aunque no pueda más… Tengo que dejarte ir, tengo que olvidarme de ti, pues tú ya no quieres saber ya más de mí…
No sabía qué te impulsaba a marcharte, porqué dejabas una vida que parecía preciosa a mi lado, qué razón te empujaba a buscar aventuras arriesgadas, probar una cosa o la otra, descubrir nuevos mundos, reales o imaginarios, lejos de mí.
Aún a veces me lo pregunto para no desvelar una verdad que puede que me haga más daño aún. Si eso fuese posible.
Te fuiste una mañana muy temprano. Creías que dormía, tumbado boca abajo con un brazo fuera de la cama. Pero me hacía el dormido con la cara hundida en las almohadas para que no supieras que lloraba tu huida, que sentía muy muy dentro tu pérdida, y que no deseaba, no toleraba tu adiós.
Porque para mí era un dolor, una pena.
Pero no te diste cuenta, y me besaste suave en la mejilla y susurraste un cualquier cosa a mi oído, demasiado entretenido en mis propios sentimientos para entenderte o para quererte.
Y te fuiste cerrando la puerta con un suave chasquido y un eco en mi corazón.
No tolerabas una vida llena de indecisiones, repleta de quizás, tal vez o espera un poco más. Había demasiada energía en ti para no sentirte un prisionero de mi día a día, menos brillante de lo que yo mismo había imaginado, y de mi propia frustración, al ser incapaz de ofrecerte toda la belleza que tu sed merecía. Nuestra vida se había convertido en un aburrimiento sincero, en una lucha continua en la que el presente nos ganaba la partida. Recuerdo cuánto tardamos en conseguir aquel sofá que tanto nos gustaba, o la cama inmensa donde encontrarnos era una sorpresa y una de las pocas alegrías que el eterno día nos regalaba. Sentir tu piel como nueva rodando por esa superficie blanca y tersa…El aroma a vainilla y canela de tu piel, tu pelo teñido con los colores del atardecer que entraba por la ventana abierta, y tu risa, esa risa que se quedaba en mi mente hasta mucho después, cuando el cansancio llegaba y jadeantes mirábamos hacia nuestros propios sentidos exhaustos.
Te fuiste buscando nuevas aventuras, nuevos horizontes. Paisajes amplios que permitieran desplegar tus sueños, que facilitasen el desarrollo de un talento indescriptible, que te dejasen sentirte tú sin limitaciones vulgares, sin lastres ni justificaciones huecas. Cuando llegamos a explicarnos cada uno de nuestros movimientos, cada uno de nuestros pasos, el mundo se reduce a una cárcel pequeñita, que nos corta la respiración, inhibe los sueños y marchita el amor. Y sé que te fuiste con tu amor raquítico, con una sequía en los ojos y en los labios. Lo sentí en ese beso fugaz que te sirvió de despedida, huyendo en la madrugada para evitar las palabras, palabras que nos aprisionan a veces y nos hacen flaquear otras.
Te fuiste y me dejaste. Y te lanzaste a ver el mundo. La belleza era tu meta; transmutarla tu sentido de vida. Yo no podía competir con eso. Yo no podía contribuir a ese vuelo ligero; y quedarme atrás, sin ti, fue el precio de una aventura que nunca quise aceptar y que ocurrió, porque las cosas tienen que pasar aunque no deseemos verlas, y el destino es más fuerte, mucho más fuerte que el amor. Al menos que el que tú me tenías.
Y pasó el tiempo. El tiempo que fluye en el día a día, que parece eterno y pegajoso, pero que se cuela de entre las manos sin darnos cuenta. Todo parece una eternidad, y sí lo es cuando estamos solos, cuando el lecho es demasiado amplio y níveo y el silencio demasiado espeso y pesado y la soledad, una compañera callada que alimenta con plomo al corazón.
Sin ti dejé de soñar y tuve que encontrar nuevas formas de justificarme. Sin ti cambié de trabajo, me lancé a la locura del quizá y del tal vez pues nada tenía que perder, y me volví huraño y sordo, y ciego a las propuestas de gentes que veían en mí una presa fácil, un truco apenas adolescente… El sol se burlaba de mí, y mi piel blanquísima alumbraba las calles en penumbras sabrosas en verano, húmedas y frías en invierno, añorando tu calor, soñando con tu compañía; imaginándote en el salón de casa, con la sonrisa de estampa y los brazos abiertos, dándome la bienvenida y protegiéndome de un mundo que parecía negárseme siempre.
Y pasó el tiempo. Y supe de ti. Vi tu éxito, tu búsqueda sagrada hecha realidad. Tu talento desbordado, tu sensibilidad en la flor de los labios de otros, la imagen de un mundo que era belleza a través de tus ojos. Me enviaste algunas cartas cortas, o que para mí siempre fueron exiguas, y algunas postales y fotos tomadas por ti, en las que te confundías con la belleza de fondo, en las que te hacías edificio, estatua, pavimento y paisajes lejanos. En todos ellos me hablabas con la mirada,en todos esos mensajes me recordabas lo bien que habías hecho, lo dulce y duro que era todo. La excitación y la camaradería, unos brazos cálidos, una sonrisa fugaz en el claroscuro de una hoguera… Y yo aquí, en el mar de un lecho gigante, envuelto en la arena lunar, siendo cada vez más yo y estando por eso cada vez más solo, amándote todavía, en la distancia y en la cercanía, en tu abandono y en el mío…
Pero ahora sé. Ahora lo entiendo. Ha tenido que pasar todo este hiato de tiempo indefinido, de soledad sonora, para que lograse comprender ese fuego que te abrasaba por dentro, para saber que el amor a veces no es suficiente, o no basta con amar al otro, si no a nosotros mismos. Ahora, cuando la vida parece que se ha asentado en mi día a día, soy capaz de entender tus ansias, de aprehender tus deseos, que te alejaban de mí. Y, aunque me sigue doliendo, esa comprensión lo hace asumible y tu ausencia soportable, y el ardor de mi corazón más cercano al tuyo, y mi amor, ese que nunca ha cesado, más íntimo, más cálido, más sereno.
Cuando todos los barcos hayan zarpado; cuando todos los caminos hayan sido recorridos; cuando toda la belleza que proviene del mundo sea vista; cuando todos los sentidos hayan sido saturados, cuando toda esperanza haya germinado y el mundo haya revelado todos sus secretos, vuelve a mí. Que te estaré esperando en mi mundo sereno, en mi vida sin dudas, en mi corazón que siente apasionado y tranquilo un amor de media tarde, diluido entre la siesta y el atardecer. Cuando cada recodo del camino que recorres te acerque cada vez más a casa, y descubras que todo lo que has admirado, todo lo bello y sensual ya estaba dentro de ti y en nuestro amor, vuelve a mí, que te estaré esperando con el corazón en la mano y el amor en los labios. Cuando todas las oportunidades se hayan agotado, cuando no haya estrellas que conocer ni océanos cuyas olas recorrer, vuelve a mí, a nuestro sofá maravilloso, a nuestra cama nívea ancha como un abrazo, abierta como un poema y quédate en nuestro hogar para siempre, para siempre lleno de recuerdos junto a mí.
Cuando el mundo agote toda su grandeza, cuando te canses de ir de aquí para allá buscando lo inexistente, cuando la nostalgia te golpee la memoria y te ablande el corazón, acuérdate de mí, búscame y llámame en el vacío… Que encontraré tu eco en la distancia, e iré a buscarte allí donde estés, porque mi amor por ti sólo ha crecido y se ha ramificado, y te reconoceré y te abrazaré por más que hayan pasado los años, y te ofreceré mi vida, que ahora es toda mía, y mi lecho níveo, que sigue siendo sólo nuestro, y seguiremos construyendo, allí donde el tiempo de una huida ha dejado suspendido, una vida maravillosa que te atraerá de nuevo a mí, para quedarte por siempre.