(Algunas) Cosas favoritas/ My favorite things.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

– La luna y las estrellas.

– El amanecer envuelto en rosas suaves, entre nieblas tenues como encaje.

– El ocaso, con su útero azafranado, sus bordes azul océano y los grillos atrayendo a la noche que llega.

– El mar sereno, el mar embravecido. La costa. La playa de arenas cambiantes, rubias o plateadas. El agua entre los dedos. La danza líquida sobre mi cuerpo al nadar. La ingravidez, la caricia sin complicaciones humanas. El amor fluido.

– Un beso nunca dado.

– Una promesa.

– Un sueño.

– Dormir con entera libertad, sin ataduras ni límites. Entre tejidos suaves y firmes, cálidos y de tenue olor, como la piel.

– Un perfume.

– Musica: el amor de las notas que crea universos de sonidos y emociones, que tatúa su peregrinaje en la epidermis, que eriza el vello ralo, que desciende sentimientos como epifanías dejándonos saciados y plenos.

– Algo dulce.

– Algo salado.

– El vinagre. El aceite. El agua. La cocacola. El chocolate. El hojaldre.

– La pereza. No hacer nada. Pensar. Y a veces ni eso. E imaginar. A veces vivir a través de esos entramados, que son meros pensamientos, vivencias profundas y comunes.

– Un cuerpo bello. Un hombre con poso. Una mujer entera. Un niño. El proyecto de una vida. A veces su final.

– La arquitectura.

– El arte.

– La concepción, esa maravillosa danza de fuerzas desconocidas que hacen nacer brazos y piernas, ojos y oídos, lenguas y sexos, pensamientos y humores dentro de un útero, en el centro de una mujer. El nacimiento. La Naturaleza del hombre, tan ajena al hombre y tan perfecta. Y la muerte.

– La perfección que nunca se consigue.

– La maravillosa imperfección, un mundo de promesas siempre a punto de cumplirse.

– La vida. La vida de los demás, que no es ajena.

– Un libro. Una buena historia, que no requiere ser alabada por muchos. Unas líneas con sentimiento: eso es una historia. Un fragmento inconcluso, un poema. Una narración concentrada. Una obra perfecta. Todo aquello que, escrito, enganche la imaginación y la haga volar.

– Viajar. Con el cuerpo. Y a veces con el cuerpo y la mente. Ver las maravillas, palpar el roce de la piedra, el deslumbramiento de un rayo de luz a través de un vitral; sentir de cerca el olor del campo, el sentido de una sal extraña, los usos y costumbres ajenos; el sonido de una ciudad, el aroma del silencio. Viajar, conocer, aprender y disfrutar siempre es posible, aunque sólo la inamovilidad nos visite.

– El amor de los amigos, que es casi único. El de los que están siempre y aquellos que, en la distancia, lanzan conjuros de cercanía. Los que se han ido y desparecido entre la maraña del tiempo pasado; aquellos por venir.

– La familia. Crisol de costumbres, de lazos irrompibles, de responsabilidades sinuosas como arena de desierto.

– Una película clásica.

– La chimenea encendida; el olor del roble y del pino crepitando en esa metamorfosis del fuego. Y la lluvia a raudales tras las ventanas. Y el cielo gris y malva, lleno de agua. Mundo líquido, agua que cae.

– Un jardín asilvestrado. Flores. Manzanilla. Lavanda. Rosas. Cipreses. Castaños… Un jardín imaginario que habita en mi mente y en el que me pierdo a veces, porque siempre acaba en el mar.

– Un sueño. El que sea. Porque ya no tengo.

– Salud. El motor, la base, la causa de estar vivo. Y la Enfermedad como símbolo, como camino de entrega.

– La primavera llena de vida; verde y blanca, rosa y azul. Días eternos, noches satinadas.

– El otoño. Noches largas llenas de azafrán, hojas que lentas caen perpetuando el contrato de la vida. Bayas. Verdes tenues; rojos y rosas; amarillos y azules rebeldes. Viento y lluvia. Y el día que barre a la noche con una facilidad divina.

– La seda, el lino, el algodón. La batista, el terciopelo, la lana peinada de sus pelos de loca.

– Una voz grave que no volverá. Una voz grave que se acerca.

– No esperar nada de la vida y aspirar a todo. Conseguir a veces nada.

– La buena voluntad. La responsabilidad. El verdadero sentimiento de ser útil; no dejar que la vida de alguien, que nos pide auxilio, pase de largo. Sentir con la cabeza y pensar con el corazón: todo está conectado.

– Los recuerdos idos y bien idos. Todo lo que ya no volverá. Y qué bien que no lo haga.

– La risa profunda, el saber alegre. La sencillez y la elegancia: todo está relacionado.

– Una palabra dulce. Un susurro en el oído que pregunta de repente: ¿Qué pasa? Y el silencio posterior, perdido en un abrazo. A veces basta con oír. A veces sólo con querer estar ahí.

– Los ángeles.

– Lo inmaterial. El hombre escondido, oscuro, que pierde peso en la vida, porque lo gana en la Eternidad.

– La dureza y frialdad del mármol, que cobra forma de estatua, brío de vida, ojos de vivencias.

– Lo blando y la levedad de las plumas, del pelo de los animales, de la piel de las personas. Y a veces sus ojos y a veces sus labios. Y a veces todo lo demás.

– Bailar.

– Escribir.

– Y amar.

Gracias un año más/ Thank you once more.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

   Hace dos años empecé este blog. Me han preguntado muchas veces la razón de su título y quizá nació de mi propia necesidad de hallar una cura a ciertos estados internos, demasiados desgarrados para hacerlo en la sola intimidad, y cierta ansia por expresar en voz alta aquello que me parece adecuado para intentar acallar el murmullo del ruido, el acoso de los gritos del día a día que tanto nos influye y que termina alienándonos; crear un espacio de paz, mas no de inamovilidad, y una vía de canalizar parte de ese regalo de creatividad que todos tenemos y al que le prestamos (yo, el primero) my poca atención, poco desarrollo.

   He tenido la suerte de ser leído, de ser comentado y de encontrarme con personas estupendas que han pasado alguna vez por estas líneas que fluyen espontáneas y con sentidos ocultos, sobre todo para mí. Este blog tan pequeñito, que apenas cambia o que cambia imperceptiblemente, con esa sutileza que tiene la vida, de suerte que la imagen del espejo nos sorprende un día no siendo aquello que nuestros recuerdos aún atesoran, agradece a esas sis mil y tantas visitas que recibe cada mes, y que sobrepasan las expectativas (si hubo algunas) que este autor atesoraba en el momento en que exclamó un saludo al mundo de la red.

   Agradezco a todos y cada uno de esos ojos que se han posado en sus entradas; la imaginación que ha llevado a escribir relatos cortos que jamás imaginé ser capaz de hacer; y ese permiso, que empieza siempre en nosotros mismos, de desvestirnos paulatinamente, asombrándonos del brillo de la piel, de la suavidad de una mejilla, de la caída sensible de una mirada, hasta quedarnos desnudos de sentimientos y, quizá en ese esfuerzo, más vestidos de alma.

   Ignoro hacia dónde va y porqué ha tomado los caminos que ha escogido este blog. Pero seguirá aquí todo el tiempo que le haga falta a sus lectores, y al autor guiado por los espíritus y sus fantasmas, hasta alcanzar ese estado fluido de sanación, que no libre de trabajos; ese momento único de verdadera libertad, que es desatar ataduras, y que he dado en llamar Tiempo de Curar.

   Dos años después, siendo el que era y siendo una persona tan distinta, desde el asombro y el cariño, repito, una y otra vez: Gracias. Gracias por estar ahí. Y gracias por leer. Y seguir.

Sobre la vida y la muerte/ About Life and Death.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

  Trabajar en un lugar como la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) aporta cierta perspectiva sobre el hecho de vivir y cómo vivir (que damos por descontado) y morir y cómo morir (algo de lo que evitamos hablar.)

   No quiero decir que no sea sesgada; antes bien y desde el principio: se ven muchas desgracias. Y eso por fuerza nos hace relativizar las cosas. Y aunque hay milagros y es un placer verlos desarrollarse ante nuestros ojos, la historia del día a día es muy diferente.

   En el centro mismo de lo que podemos llamar Vida, en la UCI se vierten todas las circunstancias que nos fuerzan, como seres humanos, a pensar en estos estados extremos de la existencia; valorarlos, depurarlos más bien y aceptarlos como hechos auténticos pero, en ningún caso, carentes de importancia o de cuidados.

   La vida requiere de muchos cuidados, los mayores mimos. Pero también la muerte. Nada más importante que morir con dignidad. Y no me refiero aquí a la tan temida Eutanasia. En España está regida por Ley: es un delito. Pero desde el principio me gustaría dejar muy en claro que una muerte digna no es eutanasia por más que esos términos se tiendan a mezclar: son dos vertientes del río de la existencia que se imbrican, mas no son lo mismo. Eutanasia, o suicidio asistido, es eso, un suicidio programado en la que existe una ayuda activa para ser llevado a cabo. La muerte digna es, como la vida digna, un derecho como seres humanos y un deber como trabajadores de la Salud, para que el proceso a veces lento del óbito se produzca en el ambiente más cálido, más adecuado, más sereno para el paciente y para sus familiares, libre de las estridencias de políticos de pacotilla o de los escándalos de las almas sensibles.

   Y la muerte es tan importante… Nuestra natural tendencia es a obviarla, a hacerla pasar de puntillas. Pero trabajando en la UCI, viviendo en la UCI, nada se obvia, todo se mira de frente, cara a cara, y habitualmente con un grado de crudeza enorme. El sufrimiento es real, los cuidados que se dan son reales, y el dolor, la angustia, la desesperación, y también la calma, lo son. Nada de lo que se asocia a nuestra existencia como personas se escapa a sus paredes, no hay faceta que no se palpe ni se olvide… La vida es tan importante, tanto, que la muerte, como parte de la Vida, también lo es.

   En estos once años de dedicación al enfermo crítico he aprendido muchas cosas (también he desaprendido tanto, que aún me asombra que poseyese ciertos conocimientos alguna vez). Dejando aparte las formalidades técnicas de la profesión (que siempre se renuevan), lo que más impacto ha tenido en mí han sido la interacción con otras personas en un ambiente de trabajo que se intenta transformar en agradable pese a su dificultad y seriedad (cuando más importancia tiene algo más humor debe generar para aliviar la carga; no se irrespeta más, todo lo contrario, se alza para ocupar su lugar real) y los avatares que la propia existencia nos brinda a los seres humanos. Desde la empatía con el enfermo hasta la serenidad frente a los familiares; del miedo al fracaso a la aceptación de la realidad; del orgullo de salvarlo todo a la razonable  tranquilidad de la sapiencia, que nos lleva a aceptar lo inabordable, que nos enseña que, una vez realizado todo lo humanamente posible, sólo el Destino (y siempre el Destino) habla.

   Se asombran aquellos que creen que tras una década experimentado toda clase de altos y bajos, todo tipo de decepciones y de alegrías, sea capaz de conservar la risa, la empatía y la coherencia. Pues no veo el motivo de tal sorpresa. Cuando estamos tan cerca de la Vida, aprendemos a amarla por lo grande que es, con sus dificultades, sus eternos miedos y sus momentos de destellos fulgurantes. Cuando sabemos que todo es humo: los celos, las envidias, el orgullo, la mentira, aprendemos a amar y a escuchar, a esperar sin desesperar y a aceptar, por sobre todas las cosas, a aceptar. Cualquier personajillo con poder puede hacer mucho daño, y disponer de la vida de unos y otros con ciega ineptitud. Es cierto. Y eso genera dolor, es cierto. Y hay que luchar contra alguien así, pero no con Odio, no con Razón: cuando sabemos que la Vida es algo más que la ciega ambición, el poder efímero (todos desaparecen, todos) y el orgullo bruñido, algo en nuestro interior cambia, lentamente, pero cambia, y consigue que nuestro punto de vista madure, evolucione, se abra a otros estadios de comprensión que nos ayudan a veces, y otras quizá nos estorben, a la hora de analizar todos los tropiezos y los anhelos de nuestra vida.

   Pues diez años en UCI me han servido para eso. Para encontrar a ese ser que llamamos Dios con mayúsculas y con minúsculas, para enfrentarme (¡y aún tengo tantos!) con mis miedos y para comerme mi orgullo, año tras año, guardia tras guardia. Muchas veces me han dado las gracias por hacer mi trabajo. Nunca he visto el motivo. Es mi trabajo. En todo caso, debo ser yo quien agradezca las oportunidades (todas: las más sublimes y las más oscuras) que todos los pacientes y que muchos de sus familiares me han ofrecido para aprehender la Vida, para saber más de mí y de quienes me rodean, y para valorar aquello que para mí es importante y que debe ser crucial: prestar el servicio adecuado sin pretensiones pero también sin excusas, y para garantizar la dignidad y la belleza de la vida y de la muerte… Si hace una década alguien me hubiese dicho esto, no lo hubiese creído. Pero es la verdad.

   Un amigo norteamericano dueño de una imaginación única, me comentó una vez que él veía nuestro trabajo como si fuésemos Guardianes de la Puerta. Cuando le pregunté exactamente a qué se refería con eso de la Puerta, él me aclaró que era el umbral que separaba la vida de la muerte, y que el equipo de sanitarios (médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores y personal de limpieza) vigilábamos esas puertas y éramos capaces de decidir, dentro de nuestras posibilidades, quién debía cruzar el dintel y quién no. La bendita imaginación de Todd Clary me regaló una imagen muy adecuada del trabajo que hacemos en UCI. Aliados del Destino, de Dios, prestamos nuestras armas a los pacientes, cuyo gran mérito está en ser capaces de sanar ganando vida o de morir ganado eternidad. En ambos casos, luchamos con denuedo para que sean llevados a cabo con la máxima dignidad, el máximo confort, el máximo cariño y respeto por la Vida.

   La muerte digna es necesaria. Es tan necesaria como el aire que respiramos. Es tan necesaria como vivir una vida digna, que nos garantice nuestro valor como personas sociales y seres humanos.

   Y se equivocan quienes piensan que la muerte es un fenómeno brutal, lleno de ruido, sin sentido ni coordinación. Las circunstancias que rodean al óbito pueden ser, y muchas veces son, duras y caóticas. Pero hay un momento, un instante único en el que todo se detiene, y el sonido del silencio gana la partida, todo adquiere un brillo sutil, cenital, y ese todo pasa rápido y veloz,  hasta desaparecer.

   Nuestra sociedad del miedo y la eterna juventud ha perdido el contacto con la muerte y con la vida. No sabemos plantarle cara ni a la una ni a la otra. Pero es tan necesario… No debemos tenerles miedo, no debemos escondernos ante ellas. La vida es fulgurante, apasionada, a veces difícil, a veces aburrida y más gris de lo que siempre hemos soñado. Pero el sol cada mañana, la luna suspendida en la noche cuajada de estrellas; una tarde de lluvia y viento, la sonrisa del amor, el llanto de la desesperación y la lucha, son momentos que nos permiten sentirnos únicos, dueños del mundo y de sus alegrías y desgracias. La muerte es un alivio muchas veces, es el primer puerto, el viaje eterno, la única salida real; es ancha, generosa y libre. Nada más preciado que ver el rostro de la muerte: todos los afanes se desvanecen, toda lucha tiene sentido y la palabra viaje, la palabra hecho, la palabra eternidad cobran su significado real y esotérico. El rostro de la muerte es dulce, es sereno, y durante el único segundo que se nos permite mirarlo, es hermoso. Nada más liberador que ese último suspiro, esa cuerda que se rompe y nos permite echar a volar. Los sufrimientos se transmutan y una especie de tranquilo alivio planea en el aire: llegamos a una meta, la única que hay desde el nacimiento, para seguir en el río de la Vida. La energía, para cumplir con la ley de la eternidad, se transforma liberándose, y esa liberación es a la vez un triunfo y una pérdida.

   Eso es muerte digna. Eso es vida digna. Eso es por lo que luchamos día a día en UCI. Por alcanzar el máximo grado de atención en la búsqueda de la Salud y en la entrega a la Enfermedad, en la recuperación de la vida, en el abandono de la muerte, en el flujo de lo que llamamos Vida y que es mucho más que el mero teatro de banalidades y sueños en el que nos encontramos.

   Me gusta hablar de la muerte. Me apasiona hablar de la vida. No le tengo miedo a la muerte; antes bien, la espero con los brazos abiertos porque la conozco, la he seguido, la admiro. Pero sí me desvela la forma de morir, las circunstancias que hagan de ese rito sagrado un vulgar bosquejo de vanidad. Por eso lucho día a día, junto con el resto del equipo, para conseguir la calidad máxima, el cuidado necesario, el respeto último por ese sagrado derecho que todos tenemos: una vida digna y una muerte digna, llena del confort y de la belleza (en toda circunstancia siempre hay un atisbo de Belleza) de lo imperecedero e inmortal. Y todos los días me enfrento a esa lucha y todos los días caigo y me levanto en ese afán. Porque sé que siempre, siempre, se podrá hacer algo más y se podrá ser mejor ser humano. La Vida nos lo pide, y estamos aquí para llevarlo a cabo.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

No hay manera/ Ain’t No Way.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living

Olvidando para recordar/ Don’t you remember?

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Te llevo en el pensamiento. Casi no hay día que no piense en ti. Y cuando no lo hago, me entra un alivio de medio mundo, porque a veces pareces una carga pesada en el corazón.

   Te fuiste dejando las cosas en el aire, lazos desatados sin orden ni concierto, sin avisos o explicaciones. Y eso hace que me ate mucho más a ti. Porque intento entender qué ha ocurrido, porqué eres como eres; porqué, si una vez me amaste, fuiste capaz de irte sin volver la vista atrás, sin una llamada, resignado y cruel.

   Porque yo miro hacia atrás, sí, constantemente. Olvidando para recordarte de la mejor manera posible. Porque me he dado cuenta que si no consigo curar las heridas que me has dejado, que nos hemos dejado, jamás abandonarás mi corazón, nunca te amalgamarás con el resto de mi vida, y cargaré con el fardo del pesado resentimiento hasta que me haga daño, hasta que se transforme en callo y encalle mi corazón para siempre.

   ¿De verdad nunca has pensado ni un momento en mí? ¿Dónde fue a parar la risa, la complicidad, esa caricia oculta, ese disfrute mudo? ¿En qué parte de tu vida naufragué sin remedio y maldije mi suerte para que dejaras de amarme o de tolerarme o de buscarme?

   Muchas veces, en este ejercicio masoquista, he intentado encontrar las piezas perdidas, esos eslabones que consigan completar las imágenes congeladas que tengo de nosotros dos. Con la esperanza de entenderte y así aprehenderte, en nombre de un amor que nunca fue de mi propiedad, rebusco hasta la obsesión cada momento, cada caricia y cada secreto y sólo he encontrado un resentimiento inmundo, un pesar que hunde aún más a mi corazón agotado.

   Y me he dado cuenta que, en el ejercicio del olvido, recordar es muy importante. Y valorar lo que una vez se tuvo y se ha perdido; aquello que se creyó tener (casi es lo mismo) y la realidad que rompe todo sueño impregnándolo de sed de justicia egoísta, de heridas profundas, dolorosísimas e inútiles, y de una sombra que se ha apoderado por completo de mí.

   Para romper ese maleficio que fue tu ingrata partida me esfuerzo, dentro del constante olvido en el que te he arrojado, en recordar los instantes de soberbia alegría, casi de placer; el roce de una piel, el aliento de unos labios y la dulzura y salinidad de un mar insomne. Para romper el lazo que me ata al resentimiento y a tu nombre, debo recordar cómo te amaba (porque yo sí te amaba) y cómo ese amor preñó sueños absurdos, intenciones coloreadas de sepia y una ilusión que prendió en tu mirada, en esa fugaz e inquieta mirada que nunca me vio realmente.

   ¿Te volveré a ver? ¿Cómo es posible que en una ciudad tan pequeña nunca nos hayamos encontrado? Me dicen que te han visto; que tu belleza es aún mayor si cabe; que pareces feliz… ¿Te hacía tanto daño, entonces? ¿Este rencor que quiero exorcizar, que me une hasta en el sueño a ti, sólo a mí me pertenece y por eso te fuiste de mi lado? No lo sé…

   Dudas que van y vienen, que se establecen día a día en la base de mi pensamiento y que se debilitan cuando, en medio del olvido, consigo recordar tu rostro cincelado, tus ojos de miel y desierto, tu dedicación al cuerpo y al trabajo de la vida; y una increíble entrega al día a día, llena de desesperación y de una secreta indolencia.Y aunque muchas veces me he reprochado mi dejadez, mi inseguridad, mi falta de tacto, quien huyó fuiste tú; quien selló sus labios, escondió su belleza y me arrojó a la nebulosa del silencio fuiste tú. Y aún así…

   Después de todo este tiempo en el que creo que no has pensado jamás en mí, yo he perdido mi vida entre deseos, sueños muertos y flores marchitas. Y eso me ha hecho daño: nada me interesa, y mi amargura profunda me nace en la mirada y me quita alegría y salud. Y eso debe acabar por fin hoy.

   Deseo olvidarte, pero para hacerlo debo rememorarte al completo: cada detalle, cada mohín y manía, cada palabra malsonante o tierna. Y dejarte libre. Libre de mis recuerdos, claro, pero sobre todo de mi resentimiento. Porque te quiero bien, Piernas de Alambre. Aún en lo más recóndito del alma mía, existe un corazón que late y latirá siempre por ti y te querrá bien, y te deseará único y brillante, con toda la vida por delante y el destino a tus pies.

   Así que te dejo libre, Piernas de Alambre… ¿Recuerdas cuando te llamé así por primera vez? Esas piernas tan poderosas como garabatos que se clavaban en la tierra… Y esa espalda donde secuestrar un millón de caricias, y ese pecho expandido donde merendábamos fruta y miel y amor de mediodía.

   ¿Volveré de nuevo a verte alguna vez? Espero que sí. Y no será como hube imaginado hasta ahora, mi ego rompiendo un silencio ridículo lleno de improperios que ya no te interesan. Quiero volver a verte para saber que estás bien, que el amor que me han contado anida de verdad en tu vida, y que sonríes esta vez con alegría, con dientes de fruta madura y esperanza en la mirada… Ya ves, a pesar de todo, de mi orgullo herido, de mi resignación y de mi oscuro resentimiento, te quiero bien, siempre te he querido: en la distancia, en la cercanía y en la soledad… ¿No te acuerdas de nada?

   Pero ya no importa. Ahora ya nada importa.

   Olvidando para que el recuerdo sea libre y para que yo mismo consiga remontar otros cielos, otras planicies, y llegue a ser libre de un veneno que lleva tu nombre y de un recuerdo de piel que lleva tu olor.

   Ojalá quisieras amarme de nuevo; ojalá pudiera amarte mejor. Pero ya es tarde para eso…

   Ahora sólo toca olvidar con los ojos alegres, anegados en lágrimas de lo que nunca se ha tenido, pero con la esperanza puesta en la elusiva felicidad. Porque ya no hay tinieblas que me borren el camino, ese camino que va, paso a paso, en dirección opuesta a tu corazón.

   Vete en paz, Piernas de Alambre, esa paz que nunca te ha importado recibir de mi parte, pero que para mí es muy importante. Porque permitirá que te olvide en el día a día para siempre, y me liberará de mi propia memoria y de mi rencor, que quiero lejos de mí y muerto para siempre.

   Y porque quiero encontrarme contigo alguna vez y abrazarte y besarte y decirte lo bello que atesoras y lo importante que eres para el mundo, porque has formado parte de mi vida, de mis llantos de amor.

   Te quiero, Piernas de Alambre, no me avergüenza decirlo (nunca lo he hecho). Pero es hora ya que te libere de ese fardo de resentimiento que te ha unido a mí por todo este tiempo. Y aunque nunca sepa porqué huiste de mí…, ya no me hace falta saberlo. Ya no necesito más una aclaración que nunca tendré.

   Olvidando para recordar con cariño, con paz y sin orgullo herido. Qué paradoja… Pero sólo así seré libre. Y quiero serlo, por siempre, de ti.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Tu voz/ Your voice.

El día a día/ The days we're living

Nunca te había llamado. Nuestra relación, hasta ese momento, había sido más impersonal, intercambio de correos electrónicos, algo de chateo por el teléfono; poco más.

Pero notaba algo. Algo en ti que me atraía irremediablemente.

Tus fotos, ese atractivo evidente, esa mirada comprensiva en la que se adivinaba una chispa de bondad. Ciertos ademanes educados. Y aquel torso maravilloso abierto al sol.

Pero ha sido oír tu voz hoy, a través del teléfono, y el corazón me dio un vuelco y lo supe de inmediato.

Nada me cabía por dentro. Los pulmones respiraban al revés y no sabía dónde ponerme. La caricia que de mis oídos llegó a mi corazón, impregnó toda mi alma, dejándola desubicada. Las palabras no salían de mi boca, que sólo estaba abierta esperando un beso imposible.

Tu voz de seda y caricia, serena y algo achispada; llena de un vigor y de un entusiasmo contagioso, se clavó en mi vida como un recuerdo indeleble: oscura, aterciopelada y jovial, joven y estupenda.

Si nos enamoramos del amor, yo me he enamorado de tu voz, que es poema para mis oídos y calor para mi corazón deshecho.

Si nos enamoramos de lo que vemos, tu voz se ha grabado a fuego en mis arterias y te llevan a todas las zonas de mi cuerpo, que se llenan de ti en la distancia y que salen de mí en un destello de placer.

Tu voz de menta y de canela; de suave murmullo y risa fácil; de sueño y de sorpresa, me pilló desprevenido, me dejó desatendido y me arrojó al mar de un amor en la distancia que se contenta con recuerdos.

Tu voz, encerrada en mi mente, alimentada por mi corazón, me ha enseñado el camino perdido de la ilusión y del amor.

Tu voz.