Sobre la vida y la muerte/ About Life and Death.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

  Trabajar en un lugar como la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) aporta cierta perspectiva sobre el hecho de vivir y cómo vivir (que damos por descontado) y morir y cómo morir (algo de lo que evitamos hablar.)

   No quiero decir que no sea sesgada; antes bien y desde el principio: se ven muchas desgracias. Y eso por fuerza nos hace relativizar las cosas. Y aunque hay milagros y es un placer verlos desarrollarse ante nuestros ojos, la historia del día a día es muy diferente.

   En el centro mismo de lo que podemos llamar Vida, en la UCI se vierten todas las circunstancias que nos fuerzan, como seres humanos, a pensar en estos estados extremos de la existencia; valorarlos, depurarlos más bien y aceptarlos como hechos auténticos pero, en ningún caso, carentes de importancia o de cuidados.

   La vida requiere de muchos cuidados, los mayores mimos. Pero también la muerte. Nada más importante que morir con dignidad. Y no me refiero aquí a la tan temida Eutanasia. En España está regida por Ley: es un delito. Pero desde el principio me gustaría dejar muy en claro que una muerte digna no es eutanasia por más que esos términos se tiendan a mezclar: son dos vertientes del río de la existencia que se imbrican, mas no son lo mismo. Eutanasia, o suicidio asistido, es eso, un suicidio programado en la que existe una ayuda activa para ser llevado a cabo. La muerte digna es, como la vida digna, un derecho como seres humanos y un deber como trabajadores de la Salud, para que el proceso a veces lento del óbito se produzca en el ambiente más cálido, más adecuado, más sereno para el paciente y para sus familiares, libre de las estridencias de políticos de pacotilla o de los escándalos de las almas sensibles.

   Y la muerte es tan importante… Nuestra natural tendencia es a obviarla, a hacerla pasar de puntillas. Pero trabajando en la UCI, viviendo en la UCI, nada se obvia, todo se mira de frente, cara a cara, y habitualmente con un grado de crudeza enorme. El sufrimiento es real, los cuidados que se dan son reales, y el dolor, la angustia, la desesperación, y también la calma, lo son. Nada de lo que se asocia a nuestra existencia como personas se escapa a sus paredes, no hay faceta que no se palpe ni se olvide… La vida es tan importante, tanto, que la muerte, como parte de la Vida, también lo es.

   En estos once años de dedicación al enfermo crítico he aprendido muchas cosas (también he desaprendido tanto, que aún me asombra que poseyese ciertos conocimientos alguna vez). Dejando aparte las formalidades técnicas de la profesión (que siempre se renuevan), lo que más impacto ha tenido en mí han sido la interacción con otras personas en un ambiente de trabajo que se intenta transformar en agradable pese a su dificultad y seriedad (cuando más importancia tiene algo más humor debe generar para aliviar la carga; no se irrespeta más, todo lo contrario, se alza para ocupar su lugar real) y los avatares que la propia existencia nos brinda a los seres humanos. Desde la empatía con el enfermo hasta la serenidad frente a los familiares; del miedo al fracaso a la aceptación de la realidad; del orgullo de salvarlo todo a la razonable  tranquilidad de la sapiencia, que nos lleva a aceptar lo inabordable, que nos enseña que, una vez realizado todo lo humanamente posible, sólo el Destino (y siempre el Destino) habla.

   Se asombran aquellos que creen que tras una década experimentado toda clase de altos y bajos, todo tipo de decepciones y de alegrías, sea capaz de conservar la risa, la empatía y la coherencia. Pues no veo el motivo de tal sorpresa. Cuando estamos tan cerca de la Vida, aprendemos a amarla por lo grande que es, con sus dificultades, sus eternos miedos y sus momentos de destellos fulgurantes. Cuando sabemos que todo es humo: los celos, las envidias, el orgullo, la mentira, aprendemos a amar y a escuchar, a esperar sin desesperar y a aceptar, por sobre todas las cosas, a aceptar. Cualquier personajillo con poder puede hacer mucho daño, y disponer de la vida de unos y otros con ciega ineptitud. Es cierto. Y eso genera dolor, es cierto. Y hay que luchar contra alguien así, pero no con Odio, no con Razón: cuando sabemos que la Vida es algo más que la ciega ambición, el poder efímero (todos desaparecen, todos) y el orgullo bruñido, algo en nuestro interior cambia, lentamente, pero cambia, y consigue que nuestro punto de vista madure, evolucione, se abra a otros estadios de comprensión que nos ayudan a veces, y otras quizá nos estorben, a la hora de analizar todos los tropiezos y los anhelos de nuestra vida.

   Pues diez años en UCI me han servido para eso. Para encontrar a ese ser que llamamos Dios con mayúsculas y con minúsculas, para enfrentarme (¡y aún tengo tantos!) con mis miedos y para comerme mi orgullo, año tras año, guardia tras guardia. Muchas veces me han dado las gracias por hacer mi trabajo. Nunca he visto el motivo. Es mi trabajo. En todo caso, debo ser yo quien agradezca las oportunidades (todas: las más sublimes y las más oscuras) que todos los pacientes y que muchos de sus familiares me han ofrecido para aprehender la Vida, para saber más de mí y de quienes me rodean, y para valorar aquello que para mí es importante y que debe ser crucial: prestar el servicio adecuado sin pretensiones pero también sin excusas, y para garantizar la dignidad y la belleza de la vida y de la muerte… Si hace una década alguien me hubiese dicho esto, no lo hubiese creído. Pero es la verdad.

   Un amigo norteamericano dueño de una imaginación única, me comentó una vez que él veía nuestro trabajo como si fuésemos Guardianes de la Puerta. Cuando le pregunté exactamente a qué se refería con eso de la Puerta, él me aclaró que era el umbral que separaba la vida de la muerte, y que el equipo de sanitarios (médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores y personal de limpieza) vigilábamos esas puertas y éramos capaces de decidir, dentro de nuestras posibilidades, quién debía cruzar el dintel y quién no. La bendita imaginación de Todd Clary me regaló una imagen muy adecuada del trabajo que hacemos en UCI. Aliados del Destino, de Dios, prestamos nuestras armas a los pacientes, cuyo gran mérito está en ser capaces de sanar ganando vida o de morir ganado eternidad. En ambos casos, luchamos con denuedo para que sean llevados a cabo con la máxima dignidad, el máximo confort, el máximo cariño y respeto por la Vida.

   La muerte digna es necesaria. Es tan necesaria como el aire que respiramos. Es tan necesaria como vivir una vida digna, que nos garantice nuestro valor como personas sociales y seres humanos.

   Y se equivocan quienes piensan que la muerte es un fenómeno brutal, lleno de ruido, sin sentido ni coordinación. Las circunstancias que rodean al óbito pueden ser, y muchas veces son, duras y caóticas. Pero hay un momento, un instante único en el que todo se detiene, y el sonido del silencio gana la partida, todo adquiere un brillo sutil, cenital, y ese todo pasa rápido y veloz,  hasta desaparecer.

   Nuestra sociedad del miedo y la eterna juventud ha perdido el contacto con la muerte y con la vida. No sabemos plantarle cara ni a la una ni a la otra. Pero es tan necesario… No debemos tenerles miedo, no debemos escondernos ante ellas. La vida es fulgurante, apasionada, a veces difícil, a veces aburrida y más gris de lo que siempre hemos soñado. Pero el sol cada mañana, la luna suspendida en la noche cuajada de estrellas; una tarde de lluvia y viento, la sonrisa del amor, el llanto de la desesperación y la lucha, son momentos que nos permiten sentirnos únicos, dueños del mundo y de sus alegrías y desgracias. La muerte es un alivio muchas veces, es el primer puerto, el viaje eterno, la única salida real; es ancha, generosa y libre. Nada más preciado que ver el rostro de la muerte: todos los afanes se desvanecen, toda lucha tiene sentido y la palabra viaje, la palabra hecho, la palabra eternidad cobran su significado real y esotérico. El rostro de la muerte es dulce, es sereno, y durante el único segundo que se nos permite mirarlo, es hermoso. Nada más liberador que ese último suspiro, esa cuerda que se rompe y nos permite echar a volar. Los sufrimientos se transmutan y una especie de tranquilo alivio planea en el aire: llegamos a una meta, la única que hay desde el nacimiento, para seguir en el río de la Vida. La energía, para cumplir con la ley de la eternidad, se transforma liberándose, y esa liberación es a la vez un triunfo y una pérdida.

   Eso es muerte digna. Eso es vida digna. Eso es por lo que luchamos día a día en UCI. Por alcanzar el máximo grado de atención en la búsqueda de la Salud y en la entrega a la Enfermedad, en la recuperación de la vida, en el abandono de la muerte, en el flujo de lo que llamamos Vida y que es mucho más que el mero teatro de banalidades y sueños en el que nos encontramos.

   Me gusta hablar de la muerte. Me apasiona hablar de la vida. No le tengo miedo a la muerte; antes bien, la espero con los brazos abiertos porque la conozco, la he seguido, la admiro. Pero sí me desvela la forma de morir, las circunstancias que hagan de ese rito sagrado un vulgar bosquejo de vanidad. Por eso lucho día a día, junto con el resto del equipo, para conseguir la calidad máxima, el cuidado necesario, el respeto último por ese sagrado derecho que todos tenemos: una vida digna y una muerte digna, llena del confort y de la belleza (en toda circunstancia siempre hay un atisbo de Belleza) de lo imperecedero e inmortal. Y todos los días me enfrento a esa lucha y todos los días caigo y me levanto en ese afán. Porque sé que siempre, siempre, se podrá hacer algo más y se podrá ser mejor ser humano. La Vida nos lo pide, y estamos aquí para llevarlo a cabo.

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Se me olvida/ I just forget.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Esta mañana antes de irme me quedé unos segundos observándote.

Aún dormías. Sé que te gusta la oscuridad profunda, mas toleras un poco de luz de la ventana porque sabes que a mí me aterra la noche cerrada. Qué tranquilidad esos momentos teñidos de amanecer. El alba se despereza como lo hago yo a tu lado. Y procuro ser sigiloso para que no te des cuenta. Y me muevo como un gato callado pensando en muchas cosas pero cuidando muy mucho no despertarte. Mi cabeza se llena de citas, reuniones, imaginando lo que puede salir mal (porque siempre hay algo que sale mal) y cómo resolverlo antes de que ocurra y asumiendo mil movimientos hasta el baño, hasta la ducha; el agua que corre y la ventanuca abierta al alba. Y siempre procuro no estorbar tu sueño tan preciado, ese que hace que tu belleza permanezca inalterada pese al tiempo y que me descubre, cuando la contemplo, un mundo maravillado que habita junto a mí.

Hemos estado muy liados con nuestras propias vidas. Apenas te veo. Y cenamos a veces en silencio, a veces entre el ruido ensordecedor de aquello que nos ha pasado al final del día. Y damos por sentado la presencia del otro al llegar la tarde; una cena con amigos quizá y una excursión de fin de semana que puede culminar en amor o entre enfados a veces y algunos olvidos que nos dan risa.

Hemos estado demasiado encerrados en nosotros mismos. Pero así es la vida de los adultos. Hemos dejado atrás aquello que parecía no acabarse nunca, la despreocupación de vivir, la ilusa seguridad en un mañana, y empezamos a jugar el juego de las parejas ocupadas, de la hipoteca y los muebles, y los sueños que se cumplen sólo pagando a plazos unas letras que vienen siempre de visita a fin de mes.

Y  no es que esté mal. Así son las cosas de los seres humanos. Mi último sueño es vivir en una hermosa casa blanca a orillas del mar; tener la suficiente seguridad como para afrontar cualquier capricho nuestro o del destino; la madurez justa, la juventud adecuada y la salud de hierro para seguir viviendo junto a ti esta danza extraña de la vida, esta experiencia sin límites fijos que llamamos a veces vida que se vive.

Pero eso no justifica que te pierda de vista. Que te compre un detalle en un viaje y que te lo pongas sin saber que, gustándote, te sienta bien; enterarme a última hora que tu sobrino se rompió un bracito y que lo has acompañado toda la tarde en Urgencias hasta que le colocaran un yeso, y ser el último de la familia en firmárselo porque mi trabajo de ocho a no sé cuándo me impidió verlo antes.

La vida ajetreada no es óbice para que mi vista deje de ver el cielo estrellado o el cielo de tus ojos cuando me llamas para cenar; o cuando, acostados, buscas mi pecho que ya no me afeito porque te encanta perderte en él. Tu vida de líos no es suficiente para sentirte llegar a veces tarde, abrir la ducha y limpiar tus frustraciones o tus éxitos, y entrar oliendo a limpio y a perfume en el lago de nuestra cama, cuyo oleaje hace que me acerque hasta ti y beba de tu piel desnuda, de tus ansias sujetadas hasta sentirme cerca.

Pero esta mañana, antes de irme, aprovechando que el alba guiñaba un ojo a través de nuestra ventana, te vi de cerca. Pude acariciar dulcemente ese perfil único, el dibujo de tus párpados cerrados, el suave aleteo de tus labios algo resecos, el bello reflejo de una frente que piensa en el sabor del sueño. Esta mañana, tras mucho batallar sin sentido, verte bañado de novedad trajo a mi corazón todo lo que te quiero; hizo que aflorara en mis ojos y en mi sonrisa todos los recuerdos que atesoramos juntos, esas tardes de locura bajo el sol, con la arena revuelta en nuestros cabellos y en nuestras espaldas, y el arrullo del mar llegando a nuestros oídos; los copos de nieve helada danzando sobre el cielo de invierno y aquella vez, angustiosa, en la que ambos esperamos el resultado de una prueba que puso a prueba la fuerza de estar juntos.

Hemos pasado por mucho, estamos inmersos en mucho juntos, pero nada justifica que a veces se me olvide lo que te quiero, lo que me preocupo por ti, lo que deseo de bueno para ti. Y aunque la cotidianidad forme parte de nosotros, las compras en el supermercado, la renta, el gimnasio, la dieta, los arranques de celos, las palabrotas, el fútbol, los días que se diluyen unos tras de otros, y que todo esto sea una forma de demostrarte lo mucho que te quiero y me ocupo de ti, nada justifica que se me olvide decirte todos los días que te amo.

Porque te amo con todas las letras, con todo el corazón.

Y esta mañana, cuando el alba asomaba entre los dos, antes de levantarme a sumergirme en el vaivén del día, te vi durmiendo, descansando con esa tranquilidad, con esa dulzura tan tuya, y me recordó la primera vez que descubrí ese rostro de mañana, ese cuerpo plegado sobre una almohada y la inmensa alegría que me regalaste aquella mañana, y todos los días siguientes, mientras tejemos sin cesar el hermoso tapiz de los días de nuestra vida… Que tuve que reprimir un deseo enorme de despertarte y de abrazarte y de acariciarte y de quedarme para siempre encerrado entre tus brazos de agua.

Te amo, te dije. Te quiero, te dije. Te deseo, musité. Hoy y mañana, como ayer y antes de ayer.

Y me prometí a mí mismo no olvidar, cada vez que te vea, decírtelo. No olvidarlo nunca más.

Mundo raro/ Crazy World.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Miro por la ventana el atardecer blanco. No lo había visto antes. Lleno de niebla y nubes de gasa, el sol palidece hasta alcanzar un color blanco traslúcido, nacarado, casi transparente. Las colinas verdean con sus colores matizados por esa luz inusual, lenta y fría.

Qué mundo raro.

Cuántas luchas encierra, cuántos deseos que se cumplen o que se reprimen, que se frustran y a veces escuecen. Cuántos desencuentros, la mayoría por contradicciones banales. Cuántas esperanzas encierra, cuántos sufrimientos y cicatrices deja.

A veces tierno y delicado, la mayoría de las veces cruel e inmisericorde, cuánto lo amamos sin embargo y cuánto daño le hacemos, en una reciprocidad que alarma.

Intento ver hacia atrás, y el pasado me sale al encuentro lleno de errores y de orgullo herido. Intento vislumbrar más allá, al futuro incierto, y sólo consigo ver la luna en cimitarra latiendo plateada en el fresco de la noche… Mundo raro, que nos dejas amar hasta saciarnos, que nos niegas el placer de seguir queriendo y nos regalas el dolor de las rupturas, de las separaciones bruscas, del fin. Y sin embargo…

Mundo raro, lleno de enfermedades y de quimeras, de desperfectos y de bellezas que quitan el aliento.

Mundo raro, cómo me enloqueces. He intentado poseerte tantas veces, mundo inasible; he intentado asentarme, mundo desequilibrante. Y aquí estamos. Tanto tiempo ha pasado, tantos días de amor gozado y perdido, de amor añorado, que a veces pierdo el sentido del tiempo, el arrullo de tu viento suave, y descubro la primavera en pleno invierno sin asombrarme siquiera.

Mundo raro, que habitas dentro de mí. Que incitas al amor y al deseo, a la pérdida y la melancolía. Cuántas contradicciones, bello mundo, plagado de niebla y rocío, de días claros y noches frías, de agua y aire, tierra y cielo… Cuántas veces he querido poseerte, mundo raro, y cuántas veces te has escapado de entre los dedos…

Y veo la bella luna platear tranquila un trazo en la noche  abandonada de estrellas. Y aunque amo sin recibir respuesta, mundo raro, sigo aquí. Rodeado por tus bellezas y tus oscuridades, por la serena luz de la mañana y el abrigo de una sombra por la tarde.

Bello mundo, mundo raro. Sensible y cruel. Intento atajarte, cervatillo libre; intento comprenderte. Y mientras mi vida navega por tus venas, mi corazón enamorado sigue latiendo minuto a minuto sin esperar nada más que silencio, ese silencio que más se parece a ti, mundo raro, porque no hay canción de respuesta, porque lo que amo no me pertenece ni nunca lo hará…

Mundo raro, a veces me pregunto por qué estamos aquí… Quizá sólo sea por ti…

Donde brilla el sol/ Where sun shines.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Sunny Side of the Street. Rod Stewart.

Coge el abrigo, anda. Y ponte el sombrero. ¿Nunca te he dicho que me encanta como te queda?

El sombrero…

¿Listo ya?

Vamos a la calle… Sí, dicen que va a llover. ¿Y qué? Vamos a la calle, anda. Que nos hace falta salir un rato.

Ya sé que estás cansado. Y yo. Pero nos viene bien. Vamos, anda. Coge las llaves, allá están. Espera que me pongo mi abrigo… Quédate quieto, vamos a salir…

¡Oh, sí! ¿Qué miedo ni qué nada? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos.

Vamos a la calle… Que te hace falta, que nos hace falta. Tanto tiempo encerrados en nuestras vidas que casi no nos vemos. Tantas preocupaciones, amor, amor de compañía. Vamos corriendo por la calle abajo, buscando un rabo de nube. Olvidando por un momento esas preocupaciones que no nos dejan vivir. Dejemos de lado, en el portal aparcado, cada una de nuestras frustraciones, y marchemos allá, por la calle abajo, donde brilla el sol, de camino al parque de árboles y hierba, de juego de niños y de señoras con sombreo y abrigo gris…

¿Te he dicho que me encanta cómo te queda el sombrero? ¿Y que extrañaba tu risa envuelta en la luz de la mañana?

Vamos calle abajo al encuentro de la alegría, al encuentro de los sueños, por el lado donde brilla el sol, cercano a la acera de nuestra vida en común.

Dejemos atrás las sombras… Y déjame verte a pleno sol. Tu pelo sedoso, tus ojos suaves, esa sonrisa de planeta…

Así, así, amor, amor de compañía. Dejemos que la vida se torne dulce juntos y abrazados, por la calle abajo, siguiendo el sendero donde brilla el sol.

¿Ves? No llueve. Nunca llueve cuando estamos juntos, cuando caminamos juntos hacia el parque de los sueños, hacia el rincón donde nos conocimos y amamos una vez… ¿Te acuerdas?

La vida es tan dulce junto a ti, con ese abrigo y ese sombrero…

Ríe, ríe amor, amor de compañía. Qué hermoso te ves lleno de risa, calle abajo, junto a mí.

¡Oh, sí! ¿Quién dijo miedo? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos allí, donde brilla el sol, donde una vez nos encontramos y nos amamos y nos llenamos de planes y nos besamos.

Bésame, anda… Aquí, claro. En medio de la calle, en el parque, cerca del lago… Bésame así juntos, poco a poco, así…

Qué felicidad.

 

En este momento/ At this Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Qué quieres que te diga en este momento.

Apoyándote como estás en esa esquina, esquivando mi mirada, diciendo una cosa tras otra sin mucho sentido. O con más sentido del que yo quisiera darle.

Qué lejos estamos de esos días en los que bailábamos cogidos de la mano, lentamente para aprovechar cada roce de nuestros cuerpos; acercando los labios para saborearlos de a poco y así no apagar una sed que parecía infinita, un deseo que no tenía descanso.

Hoy estamos separados, uno frente a otro. Tú en esa esquina y yo delante de ti. Esquivando mis miradas, respondiendo a mis preguntas. Como un condenado a muerte o, algo mucho peor, quizá alguien infiel.

No quería oír esas palabras. Porque sé que tú no me engañarías si no hubiese una buena razón. Y esa razón es la que no quería oír.

Te conozco muy bien. Quizá demasiado. Y tú también a mí. No lo sé. Puede que te hayas aburrido; esas cosas suceden. Puede que el ciclo de lo cotidiano te haya afectado más de lo que jamás creíste, puede que haya sido mi compañía.

No lo sé. Dímelo tú. O mejor: no. No me digas nada. Tus ojos velados de lágrimas que aún no caen parecen que lo dicen todo: leo en ellos como en un libro abierto.

Ese mohín, cuando te tocabas la frente al recordar algo. Y ese pliegue de tus labios al querer esconder una sonrisa. Y el bostezo de aburrimiento y la caricia al mediodía y el relámpago del enfado, que a veces me hacía reír.

Últimamente no has sido tú. O quieres esconderte de mí. Si te levantas antes y te encierras en la ducha; o te desperezas mucho después que yo, no te veo la cara, no leo los movimientos de ese cuerpo que amo más que a mi vida. Me voy a trabajar y llego tarde. Te vas a trabajar y a veces llegas después de medianoche. Huelo el aroma que dejas, a sudor suave de cansancio y a tu perfume, esa fragancia de flores y madera que penetra en mi mente y en mi corazón, despertando sueños apagados, deseos olvidados; buscando indicios de un desliz, destellos de ese naufragio que sería dejar de quererme. Y sin que te des cuenta, escondo la cara en la almohada y me hago el dormido, el pesado, el mudo, el nihilista, el no me importa. Pero sí me importa, sí me hace daño, sí me desespera, sí me irrita y sí me deja desolado. Tú entras en la cama todavía tibia de unas caricias menudas que a veces nos damos, recuerdos pálidos de una pasión perdida ya no recuerdo dónde, bebes pastillas como bebes agua e intentas quedarte a dormir.

A veces lo consigues. A veces no. Y deseo tocarte, deseo atraerte hacia mí. Acariciar esa espalda gigante, sentir la dulce blandura de una piel amada como pocas y deseada sin igual. Pero sólo se rozan nuestras espaldas, y la respiración de uno se despega de la del otro, y así avanza la noche como el día por venir.

Y ahora, apoyándote en la pared quizá para no perder el equilibrio, no quieres verme pero me miras, los ojos velados por lágrimas que caen suaves por esas mejillas que besaba con un ardor y una delicadeza que no eran de este mundo y que, aún ahora quiero que lo sepas bien, arrullaría entre el calor de mis manos y secaría con el tacto de mis labios. Pero eso no va a servir de nada, eso no arreglaría el borde estallado, el corazón apagado, el amor roto.

Porque lo sé: has dejado de quererme. No como lo hacías. No como me amabas. Y no quiero oír esas palabras que me desconciertan. Porque ignoro lo que es cansarse de un ser. Y nunca, nunca me cansaría de ti. No lo estoy ahora cuando te veo allí de pie, intentando paliar un sentimiento que te cuesta un mundo, que desgarra nuestro mundo para dejarte ir.

¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo sabía? ¿Que ya no somos los mismos pero que pudiésemos volver a serlo? ¿Que te sigo amando aún a sabiendas que no me quieres, y que besaría el suelo que pisas, que dejaría flores a tus pies, que derramaría ese perfume sobre tu pecho enorme y tu cuello, llenándote de besos que no buscan nada, salvo aún más quererte?

Te acercas a mí y yo me dejo hacer… Si no te amase tanto, si la locura de tu abandono no navegase en mis arterias, te diría muchas cosas que no siento pero que mereces, al menos que cree mi orgullo que mereces. Sin embargo… Nos conocemos demasiado bien. Y te dejo tocarme el rostro con esa mano recia y delicada; te dejo que busques mi pecho y encuentres mis manos cerradas y que deposites en ellas un beso. Y te dejo abrazarme porque así puedo estar por última vez cerca de ti, aspirar de ti el aroma del amor perdido, comprimir entre nuestros pechos y nuestras cinturas un calor que se disipa, y despegar lenta, muy lentamente, un amor que se escapa de tu corazón y se clava en el mío hasta hacerme sangre.

En este momento que te vas, la vida, mi vida se detiene y el mundo se hace pedazos, añicos que intentan dibujar tu nombre. Me dejas; dejo que me dejes. No me amas; yo daría mi alma por dejar de quererte. Pero no hay Paraíso sin tu presencia; no hay Infierno sin desamor.

En este momento es todo silencio, mientras atraviesas el umbral que un día compartimos como nuestro. En este momento, que es todo silencio, sólo se oye el cierre de la puerta. Y caigo de rodillas en una inmensidad insuperable. Y me digo, por decirme algo, que así es el amor y el desamor.

En este momento quisiera callar para siempre. Y puede que ame alguna vez. Y que sueñe. Y cambie para nunca cambiar. Puede ser… Pero en este momento sólo te quiero a ti: todo aquello que no puedo tener nunca más.

Vida/ Life.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Song To The Moon. Rusalka. Joshua Bell.

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Celebrando el Día de la Vida, la magia de un fotógrafo que colorea la existencia, que retrata el día a día y arranca belleza de lo más pequeño y regala vida de lo más grande: la sonrisa, la niñez, la vejez, el trabajo. Desde la lejana Indonesia, Rarinda Prakarsa, nos recuerda que la Vida es, no importa nuestra querencia por manejarla, por modificarla y adaptarla a nuestras conveniencias. Nada puede con la Vida, pues todo evoluciona en su seno, dentro de ella. Nacer, Morir, estaciones de ese largo trayecto que nos ve ir y venir, soñar, aprehender, sufrir, caer y levantarnos. Todo es bello en la Vida, y lo es todo: lo que nos rodea, cómo nos rodea, lo que opinamos de ella y lo que en realidad es.

Es importante saber que la Vida existe, que merece respeto, porque nada hay por encima ni por debajo: la Vida es ella misma, inmutable al paso del tiempo, a nuestro paso del tiempo y a lo que hagamos con ella. Pero nos acoge con generosidad, con belleza y con humor, incluso en la situación más ímproba, en la más aguda tristeza o en el momento de mayor destrucción: guerras, terremotos, maremotos, hambrunas, epidemias y soledad. Interrumpirla por gusto es un error; atraerla hacia nosotros de forma incontrolada también. Es un poder que nos posee y que transmitimos, pero que nunca va a ser nuestro. En la más alegre y perfecta o en aquella en la que anida la Enfermedad o la Melancolía, mientras sea Vida, será perfecta y única. Y así debemos vivirla: con respeto, con dignidad, con ceremonia, con vivacidad y con ironía, con claroscuros y colores, con trabajo y descanso, con respeto y sapiencia.

El Día de la Vida, que es todos los días de nuestra vida.