Un sueño/ A dream.

El mar interior/ The sea inside

   Lo ve en la distancia.

  Ojos distraídos, nariz discretamente prominente pero perfecta; el ceño algo fruncido; el cuerpo con tensión, esperando al tiempo (o a alguien).

   Lo ve.

   La boca perfilada, carnosa y sabrosa. El mentón marcado y una barba de tres días.

   Podría estar fumando. De hecho, echa de menos una calada. Podría estar solo. Podría fijarse también en él.

   Podría.

   Lo ve.

   Siente el sabor de esos labios en su piel, recorriendo el camino ancho entre la mejilla y el cuello, deteniéndose un rato para soplar maravillas, para masticar un sabor que se evapora con el primer golpe de viento. Con sus manos acaricia sus orejas y atrae hacia sí su rostro para encontrar en su boca un descanso a la búsqueda, una pausa del placer.

   Esos ojos que está viendo los imagina oscuros como pozos, o claritos como el verdor del verano. Y esa voz la adivina pausada, llena de ecos y notas de terciopelo, abrazadora y sutil al mismo tiempo, como la gasa, como la seda.

   Y esa piel, tostada ya por el sol, la siente tersa, como un melocotón, lleno de pelusilla y dulzor, firme en el beso, apetecible en el mordisco. Y aquellos brazos, enmarcados por unos hombros interminables, en los que depositar sus sueños de amor y de deseo.

   Porque lo ve en la distancia y lo desea, perfecto tal cual es.

   Solo, como lo ve.

   Para él, como lo ve.

   Y en esto sopla y resopla. Se mira en la vitrina de una tienda y se arregla como puede. El cabello revuelto, la camiseta (¿por qué se pondría hoy precisamente ésa?) sin planchar, los pantalones pasables…,  bueno, bastante bien, la verdad, tampoco son tan horribles.

   Pero no está seguro. Sopla de nuevo y otra vez estudia con dificultad su reflejo. Si al menos no llevase las gafas…

   ¿Y le gustará? ¿Por qué no? Con esa mirada dulce, con ese ceño algo fruncido y esos labios entreabiertos, echando de menos un cigarrillo, tiene pinta de que sí, es de lo que pasan de la primera impresión…

   Ojalá sea de ésos, porque mira cómo está hoy…

   Respira profundo. Está que le falta el aire. Su pecho parece subir y bajar como una polea.

   Lo ve. Y se decide.

   Cruza la calle. Se va acercando poco a poco. Le parece cada vez más guapo, cada vez más bello, cada vez más inaccesible.

   Esos ojos, que son castaños; esa boca, que es carnosa y jugosa; ese mentón y su barbita, esos brazos de grúa, esa espalda de universo en expansión…

   Y él acercándose.

   Una vez a su altura le sonríe. Y le sale la risa más luminosa, porque esa belleza hace que le salte la alegría a los ojos, el deseo a la cara y el corazón a la boca. Y se siente estupendo y casi sin aliento. Y no importa la camiseta fea, los pantalones perfectos, porque su risa es preciosa y está llena del universo. Lo sabe. Lo siente. Y se acerca más y más.

   Y lo ve.

   Los hombros se relajan, la cintura se adelanta. La espalda se expande abriendo un pecho de almohada y cobijo, y esos labios sonríen de repente y la mirada se centra en un punto y todo le cambia: no hay abatimiento, el aburrimiento cede, ya no se acuerda que dejó de fumar. Al caminar y acercarse abre más y más los brazos, tanto que parece querer tragarse el aire de la calle y se relaja, porque ha encontrado lo que estaba esperando.

   Y lo ve acercarse cada vez más. El pecho agitado, la respiración entrecortada. No sabe qué hacer. Esperar a que llegue a su altura, correr a abrazarlo, sonreírle y llamarle por un nombre inventado pero que le va como un guante.

   En su indecisión, se queda de pie. Allí, en medio de la acera. Con la sonrisa en la cara y el ánimo alto, elevado y libre…

   Ya llega…

   Y pasa de largo.

   Tras de sí, se funde en un abrazo de placa tectónica con una belleza de siglo pasado, pálida, de pelo oscuro, de mirada sensual y perfil aguileño, llenos de risas los ojos, llena de besos la boca, y el universo, congelado, se funde en el amor que ambos desprenden sin importarles el mundo que gira.

   Sin verlo a él.

   Prefiere no moverse. Espera tranquilo, mirando a la nada, hasta que se vayan juntos. Porque se irán entrelazados por la cintura, riendo una tontería, tocándose y fundiéndose en esos tactos que nadie puede ver. Y respira. Respira hondo una y otra vez.

   Y recuerda de repente que los milagros no se dan. Que belleza llama a belleza, que el amor resuena en el amor. Y que, a veces, la lujuria es algo más que una pasión y el querer, un acto mental que gobierna al corazón.

   Y espera. Espera viendo el tiempo pasar. Intentando no ver en su corazón, queriendo no creer en sus corazonadas.

   Cuando está seguro que ya no se abrazan más, que se han ido, o se han fundido con su sueño, recuerda adónde iba, lo que tenía que hacer y se decide a dar un paso y otro más. Y trata de volver a la normalidad.

   Cada paso que lo aleja de allí es un intento, vano, de olvidarse quién es él y quiénes son los demás. Y, sin embargo…

   Su corazón sigue latiendo en la distancia del olvido, pequeñito y firme, terco y esperanzado. Porque ese corazón, que ahora desea ahogar, sabe que algún día, quizá nunca, pero algún día, encontrará esa perfección a sus pies. Y él estará preparado cuando ese día llegue, cuando ese momento se dé. Aunque ahora piense, y quizá tenga razón al hacerlo, que los sueños, un sueño, no son más que imaginada realidad. Y que no son para él.

Costumbres/ Easy is not.

El mar interior/ The sea inside

Háblame de ti. ¿Qué tal estás?

Cuánto tiempo ha pasado… Y no lo digo por decir, no. Desde que no nos hemos visto, cómo ha cambiado todo.

Sí…¿Quién lo hubiese dicho, verdad? Que pasaríamos tanto tiempo separados cuando antes no había quién nos alejara. No recuerdo que hayamos pasado una noche sin compañia… Y míranos ahora. Después de tantos meses, tú frente a mí y qué extraño me parece.

¿Te pasa lo mismo?

No lo sé… Durante este tiempo a veces me detenía en medio de una frase porque te la estaba diciendo y no me acordaba que no estabas ahí. A veces extendía mi brazo en la cama para tocarte y al encontrarme un vacío volvía de un porrazo al presente. Y me dolía.

Sí, dime lo que quieras. Nuestro fin fue de los dos, nadie se apuró ni le pisó las palabras al otro, lo sé. Pero eso no quita (creo yo) que la costumbre siga entrando cada mañana a darnos los buenos días. Cuando hablo rápido, sin pensar, o cuando me distraigo sin querer, tu imagen me asalta como una sombra y hasta sonrío porque te imagino esperándome o corrigiéndome o abrazándome.

Es una imagen difícil después de nuestros últimos momentos, llenos de agrio desdén. Y sin embargo…

Te extraño. Y no porque te quiera. Si no porque te quise. Te quise mucho. Y nos acostumbramos el uno al otro; el peso de la espalda, la caricia lenta mientras veíamos televisión; un sorbo de tu taza, una esquina de mi almohada… Sí, quizá todavía te extrañe.

¿Ves? ¿Ves que también a te pasa a ti?

Háblame de ti. Cuéntame de tu vida. La mía es tan anodina…

Sí…, por eso dejaste de quererme. Lo sé. Lo reconozco. No estás hecho para las costumbres. Aunque ahora te das cuenta que valían la pena, que el despertador, la ropa limpia y planchada, un perfume y una flor, todo valía la pena. Porque las costumbres, amor mío, son más fuertes, mucho más, que el propio amor.

Tus ojos rasgados de un precioso color de almendra tostada. Tu sonrisa perfecta, llena de atractivo. Esos hombros mórbidos que disfrutaba rodeándolos de pequeños mordiscos; la curvatura perfecta de tus piernas, el ancho mundo de tu espalda, y ese olor a canela de tu piel..

¿Cuándo dejé de amarte? No sabría decirte. Quizá tu insistencia en dejarlo, tu extraño deseo de libertad, tu desazón del tiempo perdido…. No sabría precisarlo. Darme cuenta de que no era suficiente para ti me llevó mucho tiempo; quizá demasiado. Porque mezclé el asombro con el rencor, la decepción con mi orgullo. Qué se yo…

¿Te pasó a ti lo mismo? Mira qué curioso…

Tal vez esperábamos demasiado el uno del otro, y nada de nosotros mismos… ¡Oh, sí! Lo he pensado. En los momentos en los que la nostalgia me asalta, cuando un aroma me recuerda tu perfume, un día que se cayó una lata de té e incluso ayer, mira tú, mientras perseguía a un hombre que llevaba tu colonia porque ese aroma despertó mi piel y mi deseo…

Cometimos muchos errores. Me doy cuenta. Yo. Y tú. Porque enterramos nuestro amor en un vacío del que nunca pudo salir y del que no nos quedó nada, nada, claro, salvo las costumbres de la convivencia. Esos pequeños detalles que te hacen estar clavado en mi pensamiento oscuro, en mi corazón pequeño, en un recóndito lugar del alma por el que vagas a tus anchas… Y del que yo a veces no quiero encontrar la salida.

Porque, después de todos estos meses separados y de saber que nuestro amor está muerto, no quiero que salgas de mi vida, no quiero que te diluyas en un tiempo desvaído porque no has valido la pena. Todo lo contrario. Debido a que aún concibo mi vida como parte de la tuya, aún respondo con un nosotros al llamado de tu nombre, y tus recuerdos, en las costumbres de cada día, me ayudan a seguir con vida.

No te quiero. No me quieres. Podría decirte que no tengo nada que sentir como un día me pasó. Pero te mentiría. Verte y darme cuenta de ello ha sido todo uno. Y aunque no te amo, amor, como una vez nos amamos, existe un lazo entre nosotros que es indestructible y que brilla como el acero: todas esas pequeñas rutinas del día a día, todos esas carantoñas y risas, esos gritos y obscenidades, esas caricias y esos besos vivirán por siempre entre nosotros, cada vez que nos veamos, cada vez que nos separemos. Porque han sido nuestras costumbres. Porque han sido nuestras costumbres de vida. Y, no me cabe la menor duda, ellas son más fuertes que el amor.

Al menos que el amor que nos teníamos tú y yo.

Casi amantes/ Almost Lover.

El mar interior/ The sea inside

   Almost Lover. A Fine Frenzy.

   Creí que te quería.

   No: creí que nos queríamos.

   Sí: pude imaginar una vida contigo.

   Imaginé una mañana igual que la otra, una rutina que empezaba en el amanecer, rozándonos en la penumbra, para terminar al caer la noche con un manto de ósculos escondidos, que resumían el final de la jornada separados, abriendo el umbral de la compañía.

   Pensé que nos amábamos.

   Tus caricias y las mías, el río de besos insaciables, de caricias que se perdían en una espalda y se encontraban a la altura del pecho. Mis risas y las tuyas, como ecos retumbando en el dormitorio apagado e iluminado por tu piel de estrellas. Tus suspiros y los míos una vez las ansias del cuerpo cedían el puesto al arrullo de la tranquilidad, de la calma: todo me hacía pensar en ti y en mí como una ecuación irresoluble, constante inalterable, sinceridad única.

   Pero eras infeliz. Tras el amor te echabas de espaldas y fingías dormir, tu respiración acompasada tejía pensamientos lejos de mí. Yo te daba la espalda también, para llorar a veces; por cansancio otras; para sentir el tacto de tu piel sudada y fría y el roce de tu cuerpo cerca del mío hasta prender en el sueño que lo olvida todo.

   Yo creía que era feliz. Vano sentimiento. No deberíamos buscar la felicidad. O no la felicidad en los amantes. Aquellos que se aman con un furor de infierno, aquellos que parecen congelar en la punta de los dedos unas caricias que derriten las intenciones o los actos, deberían encontrarse en la oscuridad del silencio, en medio de un público que nada les interesa, e irse tras unirse como animales salvajes, como espíritus solitarios de noches perpetuas.

   Sin embargo tú y yo nos quisimos. De una manera nuestra, como se aman las plantas, polinizándose sin querer ahítos de néctar; de esa manera única que casi los amantes encuentran, con sus propias leyes, sus secretos impronunciables y coreografías improvisadas. Nos quisimos de una forma que me llevó a pensar que éramos algo más que amantes, algo más que compañeros de juegos, que descubridores de placeres ajenos.

   Tus labios me hablaban con la saliva del silencio, y tus dedos sobre mi piel con el verbo del deseo. Yo esperaba tu llegada y fantaseaba durante el día contigo. Te llamaba en sueños; dibujaba tu nombre en el espejo del baño, cubierto del vaho de tu aliento.

   Mi lengua dibujaba senderos inhóspitos en tu cuerpo; tu piel se abría al paso de mis manos, y el deseo se apareaba entonces entre jadeos inaudibles y susurros de nombres perdidos en la niebla que nos cubría. Tú me esperabas con los brazos en jarras y la boca llena de sonrisas; una ojeras cansadas, un mohín de no sé qué, y juntos intentábamos (sólo intentábamos) llegar al final con valentía y una cierta pena que presagiaba el día de hoy.

   Nos hemos dejado. Te has ido. Me he escondido detrás de la puerta para no verte. Pero te he oído y tú me sentiste, pues eres quien mejor conoce mi olor. Sabías que estaba allí apretujado contra la pared, lloriqueando como los chiquitines, como los adultos que saben del fin y no pueden hacer nada para evitarlo.

   Puedo imaginar tus ojos llorosos diciendo adiós a una vida que no fue mala pero tampoco la soñada; en la que hubo casi de todo, excepto quizá felicidad. Y esa carestía se instaló entre tú y yo, espalda contra espalda, sudor y cansancio y lágrimas y silencio. Y quizá en el amor.

   Te fuiste sin despedirte. Callado, te alejaste como llegaste: en silencio.

   Y yo te vi irte. Callado, alejándote de nuestra vida en común como si en el fondo ése hubiese sido el final apropiado, como si alguien lo hubiese escrito de antemano. Y quizá haya sido así.

   Creí que te quería.

   No: creí que nos queríamos.

   Pero a veces el amor no es suficiente. O no este tipo de amor nuestro: casi amantes que no supieron vivir la rutina de un día a día nada singular.

   No: nunca hubo una vida contigo.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art

Quisiera decirte algo/ I wanna tell you something.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

My Dearest Darling. Etta James.

Iba de aquí para allá.

La mesa lista, un arreglo de flores coqueto porque me apetecía; una vela en el centro, para darle luz de hogar.

La cena casi en su punto. Los aromas invadiendo nuestro pisito, aquel que compartíamos desde hace ya casi tres años. Me daba hambre sólo de pensarlo. Me daba mucho hambre, en realidad. Eso me hacía gracia. Porque veía la comida casi lista y sólo pensaba en abalanzarme sobre ella; había tenido uno de esos días en los que nada sale como debiera, o eso nos parece, y navegaba entre el cansancio y el abandono con una facilidad pasmosa. Pero la casa, el hogar, para mí era lo más importante, y nada me alegraba más que dedicar mi tiempo libre a nuestro pisito, que refulgía de la alegría con el que lo compartíamos.

Etta James sonaba de fondo, su ritmo divino invadía todo. Letras que hablaban de amor y de desamor, de eternidad y vacío, de sufrimiento y gozo. Qué voz desgarrada, qué sentimiento, voces que no encuentro con la misma fuerza o la misma intención en la actualidad. La chimenea estaba encendida y crepitaba a gusto, invitando al retozo y al abandono. Y, tan largo como el sofá, reposaba con los ojos cerrados a veces, siguiendo la música, el verdadero motivo de mis afanes, la razón última de estar ahí.

Las llamas le dibujaban el rostro delicado, unas facciones en las que aún me sorprende ver una caída de estrellas. El pelo brillaba con el contraste de luz, y sus labios seguían las letras sin equivocarse ni una vez. Lo que tiene saber inglés. Algo que me repite hasta la exasperación. En momentos así me gustaría lanzarle cualquier cosa para que se calle, porque aun sabiendo que tiene razón, nada me irrita más. Y cuando nos ponemos picajosos, vamos, todo sale a la luz con una fuerza que a veces me asombra y me enmudece, y otras, que me ciega y me invade. Y parece que se acaba el mundo durante unos minutos y todo se va a pique; al cabo de un rato, nos acercamos como quien no quiere la cosa y nos tocamos: los dedos, una palma, el muslo, y todo vuelve a la normalidad.

Casi tres años… Quién nos lo iba a decir.

Entre mi ir y venir, su expresión sembraba en mí cierta inquietud. Aquella música que lo invadía todo; la luz suave de la vela, casi a oscuras salvo la chimenea, se reflejaba en aquellos ojos en los que siempre descubro universos. Los brazos tranquilos sobre el sillón, y un pie siguiendo el ritmo de la canción que sonaba.

En silencio, me veía de aquí para allá siguiéndome con la mirada: mientras colocaba la mesa, preparaba las flores, encendía la vela. Entrar en la cocina, salir de ella; a veces dar un paso de baile; a veces tararear notas que hablaban de amor, pasión, abandono, desgarro y soledad. Cómo me gusta Etta James.

En una de mis idas y venidas, con esos ojos brillantes y una expresión algo contrariada (a mí ya me parecía todo aquello muy raro) me detuvo sin decirme nada. Mirándonos, intenté sonreírle. Ya no sé si lo hice. Sólo oí su voz sobre la música y el crepitar de la chimenea.

– ¿Podrías sentarte un momento?

Y lo hice.

Jugando con sus manos sobre los muslos, ensayó una sonrisa que le salió maravillosa. Nada más hermoso que la risa de aquel al que amamos. Intentó decir algo, pero calló de pronto. Yo no sabía qué hacer.

– Quisiera decirte algo.

Aquella voz, que hacía que me tragase el corazón cada mañana, me envolvió como un manto.

Me tomó de la mano. La acarició unas dos o tres veces, ahora ya me es imposible saberlo con exactitud. Otra vez el silencio y Etta James y la chimenea crepitando y mi respiración que parecía ser lo único irregular en nuestro pisito.

– ¿Sabes una cosa?

Pues no.

– Te quiero.

Y la luna asomó por la ventana, y el cielo se abrió en aquella boca y la sonrisa descubrió un nuevo camino de amor. Le miré a los ojos y sonreí a mi vez. Una fuerza me llenó de calor de los pies a la cabeza.

Ambos nos levantamos y callamos. Y nos miramos y casi hasta bailamos en medio del salón. Y sin saber qué decirle, se acercó a mí y me besó. Suave, lento, sabroso. Ese cosquilleo, esa untuosidad, esa cercanía y ese abandono. En la chimenea el fuego crepitaba, y al fondo, Etta James serenaba la noche que llegaba…

Qué felicidad.

Cigarrillos y cenizas/ Cigarettes and Ashes.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

a Cris Montes, que me pidió una historia. Y a Anita Tef.

 

Aún seguía sentada en la esquina del bar. Su esquina favorita, un rinconcito sólo suyo, en donde había reído y llorado, gozado del amor rápido de lo novedoso y de aquel otro más sobrecogedor que dura eternamente.

En esa esquina, casi escondida, podía ver y sentir el ambiente del bar: cuando estaba atestado aquello sólo olía a humo de cigarrillos y se oía el chin-chin de las copas y las botellas ir y venir; algunas risas y algunos besos y algunas caricias escondidas tras la espalda, tras las sombras chinescas de una iluminación quizá algo escasa. Eso le gustaba.

No recordaba cómo había llegado hasta aquel bar aquella noche, embriagada como estaba en los vapores del amor. Oh, sí. El amor que todo lo altera, el amor nuevo y ya conocido, que llega al pecho y lo inunda de locuras, de nerviosismo y de risillas tontas. Vagamente recordaba que habían entrado juntas entre risas, ya algo alteradas de juerga y sudores, y se sentaron, una en las piernas de la otra, sin importarles nada del ruido atronador que las rodeaba, ni de la escasa luz que las protegía. No les preocupaba ser vistas, estaban demasiado ensimismadas como para notarlo. Ella lo sabía. Sí, lo sabía: ya no era una niña tímida que intenta coger la mano de su compañera por detrás como quien no quiere la cosa. Oh, ella sí quería. Lo quería todo: aquel pelo en cascada, aquellos labios carnosos, esa mirada que parecía retener el secreto del universo. Cómo sabían sus labios…

Era capaz de revivir una a una las sensaciones que le invadieron aquella noche en esa esquina del bar. El batir de unas pestañas, el pecho traslúcido, una caricia que se perdía en la penumbra…Por eso le gustaba tanto aquel bar y esa esquina: porque veía y no podía ser vista, y porque aquel recuerdo, que a veces pesaba como una losa y otras era la única razón de vivir, estaba allí esculpido a fuego y a recuerdos.

Sobre la mesa, una botella de cerveza a medio beber, unos vasos vacíos con restos de alcohol en sus paredes y tres cigarrillos casi acabados; del suyo, con restos de pintura de labios (sí, le gustaba ponerse mona; era muy coqueta), mezclaba aquel humo zigzagueante con el ambiente enrarecido del bar, demasiado denso como para poder retratar sus sentimientos a flor de piel, el latir de un corazón que debería haberse parado mucho tiempo atrás.

Agradecía que hubiesen quedado en ese bar. Porque en él era capaz de ocultar sus sentimientos. O eso creía. Entre el humo de su cigarrillo, el de alguna de sus amigas, y la densidad de aquel aire, no se notaba casi que el corazón le salía por la boca cada vez que pronunciaba su nombre, el de ella, que llegó del brazo de su ancla, de su sostén. Aquella preciosa criatura, ninfa que vagaba de estanque en estanque, había estado en su vida, en su vida de cama, apenas cuatro noches: las más maravillosas de su vida. Pero era demasiado libre para ella, lo sabía bien mientras se abrazaban tras las cortinas, a plena luz del día. Aquella mujer, hecha para ser libre, jamás hubiese accedido a estar atada a su vida monótona, a su continuo ir y venir de naderías. Pero esta vez, con aquella chica (tenía nombre, sí, pero mientras no la nombrara, no existiría para ella, y sería sólo suya como lo fue una vez) que tenía algo distinto, algo que la embrujó hasta la ceguera, parecía ser tan feliz…

Suspira. Otra vez. No sentía celos, porque ella era feliz. No en sus brazos, eso estaba claro, si no en los de ella. Sus ojos sonreían y hasta parecía que había madurado. Cumplía cuarenta ese día y era un sueño estar a su lado, verla abrirse lentamente como una flor en un ambiente caldeado, arrullado por la música de fondo, flanqueado por el gris hálito de los cigarrillos, que jugaban a consumirse en el cenicero entre conversaciones banales y sorbos, uno y otro más. No sentía celos porque su amor era feliz, libre y saciada, colmada quizá y completa tal vez, algo que entre sus brazos (siempre lo supo) nunca conseguiría.

La amaba en secreto. Ahora podía decirlo. Entre el ruido ensordecedor del bar y el ambiente cargado de humo y de olores, todos mezclados y todos distintos, no se permitía mentirse. De nada servía, lo sabía. Y eso la entristecía y la enorgullecía a la vez. Porque ella era, ahora lo sabía, la mejor persona con la que había estado; mucho más que sí misma, afirmaba tranquila, incluso en aquel tiempo, cuando compartían días de lecho, vino y peonías.

Lo que sentía era claramente distinto de su otra buena amiga, demasiado seria, demasiado cansada de su vida de casada, demasiado harta de ese amor, amor que la llenó un día y que ahora la deja vacía. Su amiga la miraba demasiado. Ella se dio cuenta entre la niebla. Fumaba con cierto ansia, una y otra calada en el cigarrillo que no descansaba en el cenicero. A veces desviaba la mirada, a veces reía sin sentido y (ella sí lo sabía) sin esperanzas. Porque ante aquel amor, amor que había descubierto, que la había hecho abrirse como una flor, ampliarse como una ría, no había oportunidades, ni falsos momentos, ni deslices. Ambas lo sabían; ambas lo supieron esta noche. Una sabía asumir la derrota, pero la otra, mucho más amarga, no sabía lo qué hacer.

Su amiga, perdida quizá ante la evidencia de un amor colmado al que no podía hacer frente, se despidió pronto dejando un nuevo cigarrillo consumiéndose en el cenicero. Miró la hora en  su móvil, envió un mensaje, frunció la boca sin gracia y se puso la chaqueta: la necesitaban. Su pareja (porque no era amor, amor, era sólo pareja) estaba algo mal, una gastroenteritis quizá o un catarro, para el caso lo mismo. Se levantó con aire decidido y la mirada perdida hasta que recaló en aquella figura ansiada como la vida, en aquella lava que ardía en otros lechos. La sonrió y cabeceó un poco. Se ajustó la chaqueta. La besó tres veces en la mejilla, y la última vez estuvo más tiempo de lo necesario, aunque nadie pareció darse cuenta. O casi nadie. Se despidió de las demás con un ligero movimiento de manos, haciendo remolinos con el humo de los cigarrillos y lanzó más besos a la galería. Pidió permiso a una pareja que le estorbaba el paso y desapareció en la niebla espesa de la noche.

Suspira, reviviendo esa escena de celos que pasó desapercibida para todas menos para ella. No la culpaba: sabía por lo que estaba pasando. Ese infierno de deseos incumplidos llega a enturbiar el pensamiento; esa sed de besos no recibidos congela el corazón que late despacio hasta pararse un día, tan discretamente, que no deja pulso en las arterias; esas ansias, que son sueños, y como tales, inalcanzables, y que llevan a la soledad más absoluta o al más oscuro de los rencores. Pero no se preocupaba por su amiga: tenía a alguien que, al menos, la esperaba. Enferma o no, cansada o no, ambas tenían un plan vital, quizá no tan hermoso, quizá nada excitante, pero aún les quedaba el recurso de la resignación en sus vidas. Sin embargo, a ella…

Ella no estaba ni preocupada. El amor de su vida vivía el amor en otros brazos, despertaba en otros lechos, acariciaba la luz de la mañana, planeaba un futuro, cumplía años y era feliz, feliz, como nunca lo había sido. Ella le había dado serenidad, una estabilidad  sin aburrimiento y una seguridad que la embellecía, que la hacía insuperable. Porque mira que estaba bella esta noche, con su melena libre, con sus labios de carne prieta apenas pintados y los ojos enormes, enormes, repletos de amor, de felicidad.

Sentada en el bar, mira al cenicero, en el que reposan tres cigarrillos casi acabados y un montón de cenizas. La vida podía ser así, amontonada y gris, consumida en un segundo que casi no se nota, perdida entre el humo de un bar atestado y caliente. O podía ser de otra manera. O de ninguna forma. O de la única que sabía: aquella que la había llevado hasta aquel bar, esa noche, en su esquina favorita en el mundo, y a su soledad.

Apagó su cigarrillo, aún encendido. Cogió la botella de cerveza y la agitó para medir cuánto quedaba. Después de verla un rato, decide dejarla a medio beber. A medio vivir. Como su vida. Abrió el bolso y sacó un espejito y la barra de labios. Un ligero retoque, un batir de pestañas y una lágrima escondida entre el rímel.

Qué se le va a hacer.

Se levanta, paga lo que debe. Deja algo de propina. Sin volver la vista atrás, se enfrenta al frío de la noche subiéndose el cuello del abrigo. Y suspira. Suspira otra vez.

Qué se le va a hacer. Ama, y no tiene vuelta atrás.

Y qué bien que aún ame.

Sonríe y camina despacio, despacito. Sus pasos resuenan en la calle desierta hasta que se pierden en la penumbra de la noche.

Todo lo que hago/ Everything I do.

El día a día/ The days we're living


Recogí la maleta en la cinta rodante del aeropuerto. Es un fastidio, que lo sepas. Sí, sí lo es. Hay que esperar un siglo para que la bendita maleta aparezca como vomitada por esa cinta, si tienes la suerte de que no se haya perdido en el proceso o de no equivocarte de carril, que ahora todo es un número y hay que fijarse en esos monitores colgados en el aire.

¿Y si eres miope como yo, qué? Vamos, menos mal que llevaba lentillas. Si no, a esa distancia, quién es el guapo que ve algo. Yo no, te lo aseguro. Pero las llevaba, que quería estar presentable y no perderme nada del encuentro. Pero nada de nada. Que con las gafas tendré un aire muy intelectual pero no me entero de la misa la media.

Miraba de reojo el reloj del aeropuerto que sí, también está colgado allá arriba, pero como es de tecnología analógica, podía adivinar la hora por las manecillas; si hay cosas que no deberían cambiar tanto. El aeropuerto estaba atestado, para variar, pero eso no me importaba. Sólo pensaba en ti, fíjate tú, y eso me ponía contento. Tanto, que hasta me atreví con unos pasos de baile siguiendo una música que giraba en el interior de mi cabeza. No me importaba que me viera nadie, yo avanzaba de un lado a otro de la cinta dando pequeños brincos, pasos amplios y otros más pequeños, ladeando las caderas, los pies en puntillas y riéndome como un tonto, como un tonto que sólo sabe pensar en ti.

Los demás se apartaban como si tuviese una enfermedad contagiosa. Y sí, puede que la tenga, que esto es una locura demasiado peligrosa, un torbellino que sólo hace que en mi mente haya imágenes de ti, el sonido de tu voz, la imagen de tu risa imaginada. Todo lo que pensaba se drenaba en ti, imaginándome cómo te verías, si serías así o asá, si tus ojos eran realmente verdes o estaban teñidos de un halo castaño como los míos; si tus manos podrían contener el río revuelto de las mías, nerviosas por conocerte.

Qué tontería, la verdad. Pero es que es así. No sé qué has hecho, pero lo que has conseguido de seguro es que en todo lo que haga tú estés presente: mis planes alocados, un viaje que no me podía permitir, y un encuentro en La Cibeles para estamparnos un abrazo amplísimo y quizá un beso profundo y oscuro como una obsesión, un fantasma.

Pues sí, así estaba yo allí, tironeando de la maleta, con más ropa de la necesaria, con el convencimiento de que me la pondría toda porque para eso la había traído, y los mismos planes bordeando mi cabeza como los nervios mi corazón. Y pensaba en ti. Respiraba por ti. Sonreía por ti. Y bailaba solo por los pasillos, a la espera del Metro; en el vagón atestado de gente que me miraba mal, y sólo tú ocupabas todo mi mundo, mis pensamientos más escondidos, mis anhelos y mis costumbres, porque lo habías cambiado todo: yo, el más taimado de los hombres, el más metódico, había dicho que faltaba al trabajo, que estaba enfermo (enfermo de esta apasionada locura que lleva tu nombre) que necesitaba un descanso, porque el pecho le hervía, las piernas le temblaban y el corazón corría a mil por hora, a seis metros sobre el suelo, sin saber dónde parar.

La noche antes apenas dormí y mira que me preocupaba que me encontraras presentable, sin estas perpetuas ojeras que pintan de tristeza mi mirada. Y no dormí porque estaba demasiado emocionado para sentar la cabeza; te dibujaba con la mente, te pintaba con el corazón. Y pensaba en ti, respiraba por ti, me giraba y estabas allí esperando por mí y los brazos abiertos y la sonrisa en los labios jugosos… No dormí porque me sentía henchido de felicidad: iba a conocerte, volaba por conocerte, y las ojeras enseñaban en mi cara, iluminada como la de un niño, que no había pegado ojo, que no me había quitado las lentillas para observarlo todo mejor y fijarlo en la memoria, y apenas me había acostado, lleno de ti, pensando en ti, descubriendo que todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, desear estar a tu lado y amarte con locura, con apacible libertad y con abollado sentido común.

Y ya me ves, bailando por los vagones del metro, mientras en Madrid hacía un frío que pelaba las ideas y llovía, llovía. Y allí estaba yo, con una maleta henchida de ropa, y el abrigo de lana henchido de agua que caía, bailando por las aceras que rodean La Cibeles, hierática y en perpetuo movimiento, dándome la bienvenida. Porque hasta los leones rugían a mi paso y el agua rebotaba en mi piel como en un escudo, y el frío que soplaba secaba mi ropa empapada por tenerte en el pensamiento, por llevarte en el corazón.

Eres todo, que lo sepas. Porque todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, vivir por ti…. Y es una locura, porque voy a conocerte. Y es una nerviosidad, porque podrás ser la persona más histérica o más escandalosa, la más marisabidilla o estirada, pero para mí eres la encarnación de lo Perfecto, aquello que, de imperfecto, cobra el valor de lo que está vivo. Y bailo por las aceras, cogiendo a la gente de los brazos, dibujando coreografías que sólo funcionan en mi cabeza; con las lentillas sobre mis ojos cansados pero contentos, y la sonrisa permanente en la boca, como si me hubiese tragado una percha allí atorada; qué digo una percha, como si me hubiese tragado un colgador entero.

Y te diviso al otro lado de la calle. Y veo esos hombros y ese pelo en media melena. Y esos ojos que parecen brillar tanto, que el Hubble los vería a la primera, y mi corazón rebosa de contento. Porque allí estás, como nos habíamos prometido. Todo, todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para vivir este momento, lleno de charcos en el suelo, diluvio gris, ropas empapadas y frío cortante, y nada me parece más maravilloso, oye, que verte a través de la calle, y darme cuenta que haber transformado mi vida, dejado todo atrás, todo, ha valido la pena porque tú estás aquí, cerca de mí, como nunca antes nadie lo había estado, a un paso de semáforo, hermosa visión que todo lo llena. Todo, hasta mis sueños, hasta mi vida. Y ese eres tú.

¡Qué felicidad!

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Michael Bublé- All I DO Is Dream Of You., posted with vodpod