El mismo Hola, el mismo Adiós/ The Same Hello, the Same Goodbye.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Estoy en la puerta. La aldaba cuelga tranquila; pesada de hierro; pesada de corazón.

   Soy incapaz de emitir un sonido. Mi voz enmudecida grita tu nombre, pero no oyes. O te haces el sordo.

   El mismo Hola cada vez que lo intento. El golpe de la aldaba, tus pasos detrás de la puerta, un suspiro y te vas sin decir nada: el mismo Adiós de hace un año o de hace dos, ya no recuerdo cuándo.

   Y puede que no haya que decir. Nada que pensar. Todo pasó y todo dejó de pasar. Tú y yo repitiendo las mismas historias, las mismas frases, durmiendo la misma noche, soñando distintos sueños y rozando, acariciando y mintiendo.

   Pero me empeño cuando me entra la melancolía. Evoco tu aroma y como poseído camino hasta tu puerta. Y veo la aldaba de hierro, y toco a la puerta. Cada uno de sus llamados es un latido de mi corazón. Cada uno de tus pasos es una palabra que quiero decirte: hola, cómo estás, el mundo cambia y nosotros seguimos aquí…

   Pero la puerta no se abre. Y tú no estás. Tu corazón ya no está en mis manos, tu vida no me pertenece. Ya no hay nada que nos ate, salvo el mismo Hola en tu aldaba y el mismo Adiós en tu mudez.

   Debo irme, lo sé. Debo dejarte atrás para siempre. Lo sé. Lo sé.El corazón está vacío y tu paciencia atacada. Mi imaginación se colapsa pensando en lo que pudo haber sido y en lo lejos que hubiéramos ido juntos, despertándonos a la vez cada mañana, despidiéndonos cada noche, espalda contra espalda y aveces corazón con corazón.

   Estoy en la puerta. El mismo saludo, la misma despedida. Quizá hoy pueda soportarlo mejor que ayer. Quizá hoy sea la última vez que vea la aldaba solitaria y toque a tu puerta y diga el mismo Hola a través de la puerta, y a través de la puerta, oiga el mismo Adiós de tu mudez.

Ya no hay más flores/ You don’t bring me flowers.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Ambos están sentados. Intentan desayunar. El hotel está lleno pero a esa hora, quizá un poco temprana, los turistas empiezan a desperezar y apenas molestan.

   Ellos podrían serlo, unos turistas en una ciudad desconocida, por la que caminar cogidos de la mano mientras observan las maravillas del mundo reflejadas en sus miradas, en las sonrisas veladas y en las palabras no dichas que el entendimiento rápidamente comprende. Ellos podrían serlo, pero ya lo fueron, y estaban allí para intentar recordar lo que una vez les unió.

   Y no es que se digan mucho: habían llegado a ese punto en el que el silencio es la salida más decorosa y la más fácil también. Apenas si han reñido alguna vez; creo que no recuerdan si quiera la última vez que uno molestó al otro. Si buscan en su memoria en común puede que consigan un par de rencillas por tonterías, que escondían detrás quizá algo más que fruslerías, y poco más. ¿Cuándo dejaron incluso de hablarse? No lo recuerdan. El tiempo con sus olas pequeñas termina por empaparlo todo y lo malo se diluye en lo bueno y lo bueno en lo que no se repite jamás. Como ese viaje que hicieron de mala gana, es decir con pocas esperanzas, para recuperar algo que ni muerto estaba, pues su amor (aquel amor) se había transformado en algo indescifrable y mudo, como sus rutinas diarias, que de tan afianzadas ya se sabían de memoria.

   Uno recuerda los cortos paseos que daban al comienzo de aquel amor que les consumió las energías: el nudo en la boca, un embrollo hecho de abrazos, la desesperación por no encontrar el botón perdido, el resto de tela que salvaba la desnudez. El otro, mientras tanto, mordisquea una tostada con poca gana, aunque podría tragársela entera de un solo bocado, como aquella boca sabrosa, con aquel sabor a menta y a café recién hecho, envuelto en el olor suave de todo el día, recién duchado y libre la piel de prejuicios y pesadillas…

   Recuerdan sin querer la penumbra de los cuerpos, el lento planear uno sobre el otro hasta alcanzar una calma común, un disfrute pronto olvidado. Uno recuerda cómo sonreían los ojos oscuros al verle atravesar el umbral con un ramo de flores en la mano, revueltas como su pelo, lleno de rocío nocturno. El otro ronronea canciones que murmuraba cerquita del oído, cuando los amantes se despliegan en abrazos a medio terminar, y el sueño del cansancio rompe el velo de una fantasía que se transforma en pasado.

   Ya  no habrá más mimos al amanecer, cuando el despertador sonaba y había que levantarse despacio con el calor de una compañía tatuado a la piel; ya no habrá comidas en el parque, sentados sobre la hierba fresca, rodeados de manzanilla y lavanda, oyendo corretear a los niños entre los murmullos de un abrazo y las palabras no dichas de una dicha común.

   Mucho aprendieron de ambos. Mucho supieron de cada uno. Tanto, que se aburrieron quizá, o perdieron el interés en amarse, tan sólida es la felicidad que acaba consumiéndose lentamente, siendo aún montículo cuando no es ya edificio, sentimiento o intención. Y sin embargo…

   Uno mira hacia el jardín despierto, mojado por el otoño, alfombrado por hojas secas que dan paso a una estación más severa y recia. Juguetea con la taza y la cucharilla, como una vez jugueteaba con los dedos que sujetan una tostada con aceite y revuelven distraídos un café que ya está frío. El otro suspira, perdida la mirada en aquellos árboles que se desnudan lentamente al paso del tiempo. Y recuerda cómo perdía una a una sus ropas, cómo yacían revueltas en una confusión de telas e intenciones con las del otro, y se enredaban piernas y torsos y manos y bocas y cabellos en un berenjenal de roces y de saliva, cayendo cada capa de vergüenza, cada centímetro de desazón entre el abrazo del amante y del querido, del deseado y el encontrado…

   Poco a poco el comedor acristalado se va llenando de gente. Gente extraña, como ellos. No, no como ellos. Ellos se conocen demasiado bien, y quizá por eso se calmaron las caricias lascivas y cesaron las preocupaciones y los celos, los latidos y el amor. Ellos se tienen cariño, un cariño que no es filial ni deja de serlo, como se quiere a un perrillo, a alguna tía anciana perdida en la lejanía de la sangre y el tiempo… Ellos aprendieron a amarse y a callarse, a ganar y a perder, a desgastarse y hoy, finalmente, a aceptarse. Ya no habrá más mañanas recubiertas de piel y de deseos, ni más bienvenidas al atardecer con el arrullo de una canción, ni más flores con las que adornar un salón que era de los dos.

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Carta al amor/ Love Letter.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Amor, querido fantasma, me hubiese gustado empezar ésta sin echarte de menos. Me hubiese apetecido escribir con la boca llena que ocupas demasiado sitio en mi vida, que quizá el hartazgo sea insuficiente y que deseo más de ti.

   Amor, querido espejismo, quisiera abrazarte hasta hacernos uno y olvidarnos juntos, en las tinieblas de una memoria perdida, lejos de aquí.

   Hubiese tomado tu mano y la hubiese venerado. Hubiese besado tus labios de pergamino y, húmedos, dejar mis huellas en ellos como quien deposita un regalo. Y mi corazón, como mis labios, caído en el hueco de esa mano que altera a la mente y que calma al alma.

   Y sin embargo…

   A veces siento que pierdo, a veces me siento solo. Sin tu compañía elusiva como una sombra, hasta el sentido de mi vida se diluye. La mañana trae consigo un día similar al anterior y la noche que llega, un maremoto de estrellas que brillan por otros y no por mí.

   Me hubiese gustado escribir que tu dulzor empeñó mi lengua a un sabor nunca superable. Me hubiese gustado decirte que mi vida, unida a ti, es una sola, sin principio porque me llevas de la mano, y sin final, pues la muerte no es más que una estación de paso de la cual huimos envueltos en oscuridad.

   Y sin embargo…

   ¡Amo! Amo tan fuerte que casi me duelen los brazos.

   ¡Abrazo! Abrazo tanto que mi pecho se funde con el tuyo hasta hacerse sangre y corazón, lleno de latidos que nublan mi pensamiento y me hacen sordo y mudo.

   ¡Callo! Callo como si de mi boca se pudiesen escapar todos los secretos uno a uno hasta dejarme vacío.

   Y bailo la misma melodía una y otra vez; una canción que tarareas sin fin hasta sentir que de mis pies brotan alas y me marcho, flotando, más allá del universo.

   Me hubiese gustado decir que erraste conmigo. Que tus dardos saltaban sobre mí, silbando cerca de las orejas, lamiendo los bordes de mi corazón. Me hubiese gustado decirte que no tengo ya alma, que equivocaste el camino, que tu sombra no me protege ya más.

   Amor, querido fantasma, me hubiese gustado decir que tu regalo era eterno, mas duró sólo una noche. Me hubiera gustado decir que tu visita me regaló la libertad; pero no, sólo me trajo la prisión de unos besos, el silencio elástico de un adiós. Y que mi corazón, que fue de dos, finge indiferencia, ríe sin voluntad y extraña, echando de menos aquello que era su vida y que ya no está.

   Amor, te hubiese exaltado, te hubiese sembrado el pecho de besos y de quimeras, y humedecido enteramente la playa de tu piel con el océano de mi saliva. Amor, te hubiese llamado por tu nombre, tatuado en mí desde ese primer instante que te vi y, equivocado o no, desoyendo todo consejo, corriendo todo riesgo, te hubiese arrullado y protegido día tras día hasta alcanzar una suma de eternidad.

   Pero ya nada puedo hacer. Nada que no hubiese hecho si hubiese conseguido abrazarte con la misma urgencia que tu a mí y con la misma probidad haberte regalado mi vida, que va unida a mi corazón.

   Pero no estás; quizá no hayas estado más que en mi mente, en el anhelo vibrante de mi corazón. Y lo que comenzó acabó, crucificando mi vida en ese ciclo eterno del que no escapé por haberme entregado a ti.

   Día a día mi vida que fue, Amor, calla. Mi vida que fue y que ya no es; que nunca será como la hallaste, pequeña y tierna, dulce y sedienta, enérgica y creyente.

   Mi amor, Amor; mi fe, Amor; mi vida, Amor, que ya no es lo que fue y que nunca será, Amor, para ti.

   Ni para nadie.