Bajo los tilos, buscando un poco de refresco, se miran.
No hay palabras entre ellos. El silencio llega. El susurro de las hojas al rozarse, del viento entre las ramas y el de las manos al tocarse.
Las pupilas brillantes. Pequeñas lágrimas al borde de los párpados. Se miran. Y se ríen.
Sin palabras.
Una mano atrapa los dedos temblorosos. Los dedos, protegidos, parecen relajarse un poco. Y se dejan llevar.
La mano roza la muñeca y la alza al aire. Parece flotar en aquel espacio único bajo los tilos.
Labios que se abren. Para besar. La palma abierta, los dedos libres, la muñeca fresca. Y la boca ansiosa.
Tiemblan de deseo. Y de novedad. Aún a sabiendas que se quieren, que han nacido para conocerse.
Se acercan. Se tocan con el cuerpo, se abren como flores. Y los labios se encuentran con la boca y el mundo parece detenerse bajo los tilos.
El viento arrecia, las ramas se agitan, las hojas caen una y otra. Y el beso funde las intenciones, diluye los miedos, templa los sentimientos.
Amor.
Bajo los tilos se quieren y se desean. Y se dicen muchas cosas sin hablarse. Bocas ocupadas, lenguas entrelazadas; brazos enmarañados; torsos como cimitarras. Intenciones y certezas.
Y el mundo gira de nuevo bajo el hechizo del amor. Del que se tienen ahora y del que transmutará con el tiempo que vendrá. Porque han nacido para conocerse y para quererse de muchas maneras.
Pero nadie quiere saber lo que vendrá. Ninguno de los dos se ocupa ahora mismo del futuro.
Bajo los tilos ondulantes dos personas se quieren y se callan. Y parecen amarse para siempre. Al menos mientras el viento susurre entre los árboles y las manos se acaricien y haya ganas, muchas ganas, de un nuevo beso.
Este mediodía, mientras procedía con la información a los familiares, algo en mi interior pareció despertar. No siendo mala, la guardia tampoco había sido buena; el trabajo se había acotado a ciertas horas y momentos; en general prefiero que el trabajo venga de continuo más que de forma tormentosa, pero eso es algo que es difícil de predecir, por más que pongamos medidas para evitarlo.
Justo antes de empezar, eché un vistazo a la lista de enfermos con su variedad de enfermedades y de gravedad. En una manía que ya es costumbre más bien, dividí mentalmente aquellos a los que debía dar malas noticias y aquellos que sólo recibirían palabras alentadoras y de esperanza. No es un momento fácil. Aunque hay cursos para aprender, creo que la experiencia y cierto tacto es lo que nos ayuda a sobrellevar situaciones de este tipo. Podemos jugar con el rapport, la identificación; podemos ser asépticos y fríos, lo que es más seguro para el médico; podemos ser abiertamente antipáticos; excesivamente positivos o todo lo contrario, amargamente pesimistas. Cada rasgo depende con mucho del médico: todos nos inclinamos de un modo u otro según nuestra forma de ser; también juegan en esos momentos las personas que reciben la información, su propia personalidad y su estado de ánimo. Que puede ir desde abiertamente hostil a la confianza más exquisita.
Mientras hojeaba la lista se me dio por recordar que aquella misma noche en Madrid se estaba celebrando la marcha del Orgullo Gay. Un millón (o dos) de personas arrebatadas y atiborradas por la Gran Vía madrileña en una parada festiva en la que hay de todo, quizá menos diverso de lo que gustaría, quizá menos abierto de lo que pensamos, pero sin duda lleno de un abanico de formas de ser y de expresarse casi único, y por lo mismo, tan cercano a la propia Humanidad que a mí, particularmente, a veces me espanta y a veces me admira a partes iguales. Tenía amigos disfrutando de las festividades. Homosexuales o no. Es que me gusta muy mucho la diversidad. Y yo estaba de guardia lidiando con las miserias ajenas y con las mías. Gente sufriendo padecimientos físicos que se traducían en una afectación total de la personalidad y de la vida individual y de la familia más cercana. Vaya paradoja.
La misma que, en aquel momento, tenía delante de mí: unos familiares recibirían noticias realmente buenas, otros desalentadoras y otros, las peores posibles. En la misma habitación, en la misma UCI, por la misma fuente; qué diversidad de destinos, de pareceres, de caracteres, de noticias. Como un espejo que reflejara las dos caras de la vida.
En aquellos instantes en otras partes del planeta el día proseguía o moría, habría gente amándose u odiándose por tonterías; habría sufrimiento y hambre, esperanzas y alegrías; tristezas, pérdidas y decepciones… Y yo allí, pensando en todo eso justo antes de empezar a llamar a los familiares de los enfermos de la UCI.
Dentro de unos momentos España e Italia van a jugar la final de a Eurocopa de fútbol. Nervios, tensión; alegría para unos, decepción para otros: dos caras de una misma moneda.
La economía se derrumba lo mismo que la política, puesto que se han imbricado demasiado y se han enconado mutuamente. Hay una tasa elevadísima de paro (yo me considero afortunado pese a la precariedad del trabajo porque mis compañeros me ayudan a no ser uno más de esa triste y larga lista), y por lo tanto de pobreza. Resulta increíble que nuestros dirigentes no acaben de darse cuenta que no tienen dinero porque no hay personas que, al trabajar, lo generen. La Seguridad Social y otras características del manido Estado de Bienestar no son alegrías políticas, si no que las pagamos todos de nuestros bolsillos; no son gratuitas como nos quieren hacer ver; bien que nos cuesta (al menos en mis mejores momentos laborales a mí) la mitad del sueldo (sin contar el Impuesto sobre la Renta). Con una tasa cercana al 26% de paro, ¿quién puede sostener todo este tinglado? Es difícil, pero lo increíble es la lentitud de respuesta de nuestra clase política, caduca y viciada, que busca desesperadamente con emplastos y ungüentos, una supervivencia frente a lo que claramente se ve que es su fin: un saneamiento que debería ser una purga profunda del Sistema, pero como los sacrificios deben afectarles, no los llevan a cabo. Si en una guardia como ésta yo, cansado y hastiado, le dijese al paciente de la cama 14 que entró en edema de pulmón: apáñese como vea, que yo estoy cansado y ahí lo dejo, no quiero pensar lo que ocurriría. Si yo debo hacerlo, ellos también. Pero no lo hacen. Y por encima tienen el poder. No me extraña que veamos el presente tan oscuro: los médicos políticos no tienen lo que hay que tener para llevar adelante su propio seppuku. Y es una pena…. ¿No es una paradoja? Otra más: el espejo tiene dos caras.
La Medicina no es más que el reflejo de la Vida: está llena de sus más sórdidos secretos y de sus más excelsas maravillas. Como todo lo que atañe al hombre, es un espejo que refleja dos oportunidades: la Salud y la Enfermedad; la vida y la muerte.
Resoplé hondo. Me aclaré la voz y puse mi mano en el pomo de la puerta. La abrí y dije, como siempre que salgo de guardia: ¿Familiares con enfermos en la UCI? Y todo volvió a empezar.
Hay un color para cada uno. Y uno, la Diversidad, para todos. No importa quién o qué se sea. No valen credos, políticas ni estilos de vida. Nadie es más moral ni es dueño de la razón. La bandera arco iris no sólo representa a una sopa de letras (LGTB), si no debe englobar a la Humanidad en toda su extensión: los rechazados, los que rechazan a los rechazados, los que integran y los que son diferentes y aquellos que creen ser iguales. Eso es motivo de orgullo para mí y eso es lo que celebro.
There is a color for everyone. But only one to all of us: Diversity. No faith, politics or lifestyles. No one is more moral but enlightened than anybody. The Rainbow Flag is not only a representation for a soup of letters (LGTB) but to Humanity: the ones that are afraid of others; the others that still believe in rights and wrongs, the ones that keep everyone united and the equals and those other that know for sure we are never the same but people. That’s something to be proud. That’s Pride.
Someone To Watch Over Me. Linda Ronstatd & The Nelson Ridlle Orchestra.
No tiene que ser muy guapo. Tampoco muy bajo ni demasiado alto.
Ni my delgado ni muy gordito. Así, normal.
Puede tener los ojos claros y ser miope; puede no ser muy rico; puede ser simpático y callado. O hablador y parrandero.
En la noche quizá ronque un poquito (todos lo hacemos). Y puede que vaya girando imperceptiblemente hasta el borde de la cama. Puede lanzar sus brazos a buscarme o puede darme la espalda y tocar el universo con nuestros cuerpos.
Por el día quizá esté muy ocupado y hasta sea un tanto despistado; puede que se le quede algo siempre, o las gafas o la cámara o un jersey.
Pero llamará para saber dónde estoy. Pero se acercará al oído para susurrarme un hola, un cómo estás.
Y en las reuniones tediosas, sin decir palabra, alzará la mirada y sabrá decirme que nos marchemos de allí.
Y me abrazará mientras vamos uno junto al otro, en silencio, hasta casa. Y le hablaré de lo que no le he dicho nunca a nadie y sabrá cómo entenderme, o al menos fingirá que me entiende: todo lo que el amor hace por aquel que queremos.
Y llevará la billetera que le regaló su prima la estrambótica; y cocinaremos platos de casa, que para exotismos ya está la calle llena de restaurantes. Y vendrán nuestros amigos, nuevos y viejos, a echarse al sofá, a ver televisión, a charlar sin sentido sobre todo lo que ocurre en el mundo; a pontificar sobre política; a ahondar sobre el amor, el desengaño, el milagro de la vida y la marcha de la vida; sobre el trabajo y sobre el placer. Y se sentará cerca y me tomará de la mano apenas sin tocarme; y hasta le sonreirá a mi tío el pesado. Y preguntará con interés por mis padres y yo por los suyos; y los llevaremos al médico; y sus sobrinos vendrán en Navidad a buscar sus regalos; y en verano, en la playa, jugaremos a los castillos, a las batallas, a recordar cuando fuimos gimnastas o algo parecido, y queríamos ser astronautas o camioneros, o vedettes de revista o médicos o ingenieros.
Puede que no sepa contar un chiste. Pero de su boca todo lo que salga me hechizará porque me importará lo que le pase por la vida, por la cabeza y por el corazón.
Puede que, de mañana temprano, no diga gran cosa; no importa, no quiero discursos a horas tan extrañas.
No tiene que ser un manitas; yo tampoco lo soy. Pagaremos para montar una lámpara y vendrá el instalador del internet unas cien veces porque no sabremos darle al botón de encendido, o extraviaremos la clave de la red inalámbrica; o durante una maratón de películas nos perderemos las mejores escenas por querer imitarlas (mal) en la vida real.
Y será brillante y será un planeta habitado y será todo lo que necesite que sea; estable, concienzudo, irritante, amable, imperfecto, surrealista, sociable, hasta callista si hace falta, y encantador.
Ya veis que no pido poca cosa. Y sin embargo sé que no es mucho: alguien a quien querer; alguien al que cuidar y que acariciar. Alguien que sepa porqué está en el mundo y yo a su lado.
Alguien que vele por mí sin darse cuenta. Y que me quiera con todo su cariño, tal como yo le querré.
Está allí. A la misma hora, sentada en la misma mesa, junto a la vitrina.
Mira la gente pasar. Sobre la mesa, un libro que apenas hojea. Un café a medio tomar y la marca de sus labios en el borde.
Es bella. Melena larga, suelta, limpia. Piel tersa, pero ya no es una niña. Labios rojos, verdes ojos, triste otear.
Debe esperar a alguien o a algo. Quizá a que pase el tiempo. O a que el tiempo pase sobre las cosas.
Siempre elegante, siempre arreglada.
Sentada, sin molestar a nadie y sin ser molestada. Ni un ruido parece alterarla. Ni siquiera pide lo que desea tomar; nadie se lo ofrece; sólo se lo sirven.
Lo sé, porque desde hace tiempo llego antes que ella al café y la espero. Entra silenciosa con su bolso y su libro en la mano, un mohín apreciativo hacia la mesa en la que acostumbra sentarse; apenas si cambia la silla de sitio y ya está, el café servido, los labios rojos, la marca del labial en el borde.
Y un morsdisco en mi corazón.
No sé nada de ella. Ni su nombre. Todo es un misterio; todo menos sus ojos, verdes y callados, que parecen mirar pero no ven, apenas maquillados, y que brillan con el sonido de la tristeza y el susurro de la soledad.
Ella tiene las manos delicadas, con las uñas muy bien arregladas. Y ni una joya, ni un aderezo.
Se sienta en su misterio y permanece callada las dos horas que está en el café. Viendo la vida pasar.
Qué sencillo fue enamorarme de ella. La tengo dibujada en mi corazón junto a la huella de sus labios. Una vez me vio e hizo como si me sonriese. La tarde no fue más brillante, el día más claro.
Fue un momento, un pequeño instante. Fuimos uno en ese segundo que dura una sonrisa de salida. Pero se ha instalado para siempre en mi corazón.
Ella y su silencio. Y sus ojos tristes. Y su pelo largo.
Y yo. Cada tarde, en un café.
She is there. Sitting at the same table, always at the same time.
She looks people go by. On the table a book she barely reads. One sip to a coffee cup, and she left her lips mark in the edge.
She is beautiful. Long, free hair. Bare skin, though she is not young anymore. Red lips; green eyes; looks melancholic and a little sad.
She must be waiting for someone or for something. Maybe just waits to Time go by. Or maybe she expects Time goes by things and people, she included.
Always elegant, always perfect.
Sitting there, disturbing no one, and by no one either. A noise no bothers her. She doesn’t make her order; no one asks for it; they just serve it and then go.
I know it because from some time I arrived at the café before she does and I wait for her coming. Her entrance is silent, with her handbag and her book on hands, she looks towards the empty room looking for her table, barely touches her chair and she sits there, looking outside looking for nothing, and sips her coffee, living her lips marks on the edge of the cup.
And a bite in my poor heart.
I know nothing about her. Even her name. All is a mystery, except her quite green eyes, that sees but don’t look for anything, with almost no make-up, and ring with the sounds of solitude and sadness.
She has the most delicate hands, polished nails, soft fingertips. And no jewels, even a ring, even a sign.
She sits in her mystery and she stays at the café almost two hours in silence. Looking Life goes by.
How easy was to fall in love with her. I have her drawn in my heart near her bite mark. Once she glanced at me and almost smiled at me. That afternoon the sun shined so, that the day never was so brighter.
It was a moment in Time. We belonged together in that brief moment, the moment that a smile fading last forever.
She and her silence. And her sad eyes. And her long hair.