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Amores minúsculos: amores que se van y se quedan.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature
Me gusta el concepto de novel gráfica. Es algo más que un cómic siendo un cómic. Y para que los prejuiciosos se libren de caer en el concepto de mero hojeador de dibujos.
Llegué a Amores minúsculos gracias al estupendo blog Vivo en la era pop que lo recomendaba con viva insistencia. Y es cierto: Amores minúsculos es una pequeña maravilla. Pequeña por lo breve. Y sí, es un cómic. Y sí: es una relato gráfico.
Teniendo en cuenta que el único relato gráfico que he leído ha sido Maus, acercarme a Amores minúsculos no ha dejado de ser agradable y sorprendente. Bajo su aspecto sencillo esconde verdades como puños y una historia hilvanada y con poso; real como la vida misma, pequeña como todos esos amores pasajeros que se van pero que se quedan adheridos a la piel del recuerdo, al aroma de lo nunca olvidado y que, en realidad, suman una vida vivida.
Alfonso Casas consigue que el relato llegue muy adentro. Tres historias, tres personajes que fluyen y confluyen, que se llevan sorpresas y que son como nosotros, héroes de la mismidad, que caen y se levantan sin pretenderlo o apenas sin darse cuenta; lleno de silencios y de sentimientos como campanadas, y de encuentros y desencuentros que tiene el peso de la realidad.
En Amores minúsculos lo habitual es lo importante y nos enseña que, mientras buscamos esa relación, esa historia que nos marca la vida, es el presente y la aparente pequeñez de las horas que pasan lo que en realidad nos forma y nos hace ser lo que somos.
Fresco, tierno, implacable y candoroso, como la vida, Amores minúsculos fluye con la facilidad de lo bello y de lo extrañamente sencillo, siendo como es una labor de amor y de dedicación, y un soplo de aire fresco que se lee muy rápido, se saborea lentamente y nos deja con ganas de más, mucho más.
Cuando éramos felices (sin saberlo)/ When We Were Happy (Not Knowing It)
El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
El tiempo pasa. Se deshace en miles de partículas que no pesan nada por separado, pero que todas juntas nos arrugan el rostro, nos atrofian las articulaciones y nos quitan el ánimo de pensar en el futuro.
El tiempo deja de tener importancia cuando vivimos. Cuando las arterias brotan con pulso y cada pensamiento es un riesgo y una aventura, un ideal y una posibilidad.
Y el tiempo deja de importar cuando sólo nos queda recordar.
Quisimos hacer del amor un premio, una presea que se desea, por la que se lucha y que se obtiene. Pero qué elusivo es el amor. Se escapa de nuestras manos, se derrama por los hombros y llega al suelo, brotando de nosotros y enredándose con los demás.
Y el corazón era nuestro aliado, y los sueños, y la desmesura de quien lo posee todo (o cree tenerlo). No había sed que no se apagase ni noche que no estuviese bordada de ganas y de estrellas. Las palabras salían cual manantial y bebíamos de todo aquello, del sudor y de las lágrimas, hasta quedar saciados.
Cada día era un cuento nuevo; cada oportunidad, una invitación a lo imposible. No sabíamos que, al buscar el amor, era amor; ignorábamos que desearlo era poseerlo, y tenerlo, perderlo. Cada encuentro era una historia infinita, la música sonaba y la banda sonora de nuestra vida se engarzaba en nuestras pieles y quedaba grabada a fuego en la memoria. Como el tacto de la piel y el sabor aún no ajado de la esperanza.
Eso era amor. Eso era libertad. Eso era tiempo en estado presente. Y eso era felicidad.
No sé si me he dado cuenta tarde. El tiempo ha pasado y ese período congelado parece resquebrajarse ahora que me acerco a él. Y hasta parece que toco su esencia y respiro el aroma que escapa de esa imagen que anhelábamos inconmensurable y que era preciosa, única y perfecta en aquel momento, entre nuestros brazos, entre nuestras risas y entre los besos que dejamos de darnos y las palabras que no nos dijimos y el silencio que a veces nos embargaba y la dejadez también y el rumor del viento.
Eso era amor. Eso era verdad. Eso era tiempo en movimiento.
Cuando éramos felices nada importaba salvo el momento, las palabras, los gestos. Cuando éramos felices no sabíamos que lo estábamos siendo, y mucho se perdió por ese desconocimiento. Y por nuestras ansias equivocadas ahora, o por nuestra necedad, que quizá viene a ser lo mismo.
Cuando éramos felices sin saberlo, el mundo fluía: en nuestras manos, en nuestro pecho y en nuestra inconsciencia. Y aquello era amor. Y era libertad. Y era vida en movimiento.
Y era la pura felicidad.
Todo lo que queda atrás/ What has left behind.
El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone
Polvo sobre las cosas abandonadas que una vez significaron algo: poder, orgullo, firmeza, posesión.
Fotos olvidadas, ropa que ya no nos queda o que ha pasado de moda. Y recuerdos que son lastre pero son vida.
Llueve. Y me asomo a la ventana. La luna hecha un grabato en el cielo quiere dejarse ver, pero las nubes de algodón lo impiden. Y cae el agua despiadada como el tiempo sobre lo que queda atrás.
Deseos, sentimientos, sentidos que una vez tuvieron sentido. Un día que fue y que ya no es. Un futuro que nunca llegó a ser lo que pensamos que sería.
No sé quién es el responsable: el tiempo, el destino, yo mismo. El reflejo en la ventana no es el de hace veinte años. Ni siquiera el de hace una hora. Las fotografías hablan demasiado, y en esa cháchara continua pasa la vida y puedo ver, más que nunca, todo lo que queda detrás.
Mi corazón ya no late. Es de piedra. Mis ojos ya no tienen lágrimas: menos mal que la lluvia cae por las ventanas. Ningún sueño se cumple por más que se desee, ningún sentimiento tiene sentido sin una red de realidad. Y esa realidad no ha sido nunca para mí.
Una vez tuve un sueño de cómo sería mi vida. Y no es como la que hoy tengo. No estaba llena de recuerdos empolvados, ni de tiempo pasado, ni de canas ni de ojeras. En él no había puertas desvencijadas ni números rojos en el banco, ni una sombra por camino ni una soledad sonora.
Todo lo que queda detrás no son más que deseos evaporados. Todo lo que queda detrás es lo que soñé una vez y jamás obtuve. Ni la sombra de un amor, ni la certeza de un querer.
¿Soñé alguna vez que la vida sería esto que me rodea? No lo creo.
Y sin embargo todo lo que queda atrás es mi juventud gastada, mis ideales congelados y unos cuantos sueños quebrados.
Apago la luz y dejo que siga la tormenta. Intentaré dormir más adelante, con el arrullo del agua que cae, imaginando que lava mi pasado y me bautiza de nuevo.
Aunque todo lo que queda atrás jamás vuelve ni jamás será igual.
¡Adiós, Don Pepito!
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days goneGaby, Fofó y Miliki fueron los payasos. Para mí no hubo otros. Haber nacido y crecido en América da perspectiva a todo lo que ocurría en este lado del océano, y lo que de aquí provenía. Cierto es que ellos han sido un ejemplo del ir y venir entre España y Latinoamérica que, desde que se encontraron hace más de cinco siglos, sigue produciéndose hoy día.
Ellos venía de visita, no tenían un programa de televisión fijo como aquí, y sin embargo eran tan queridos y tan cantados como todos los niños de España.
Y ellos definieron mi imagen del Circo, y sí, esas imágenes han sido y serán siempre, en blanco y negro.
Hoy se ha ido el último de los payasos de mi infancia. Adiós, Miliki. Gracias por todo. Y saluda por nosotros a Don Pepito, que desde el Circo de la Vida, siempre con ilusión, seguiremos cantando todas y cada una de las melodías con las que sazonasteis nuestra infancia, en blanco y negro, y sí, también a color.
A través de la ventana/ Through the window.
El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
Se ven, se encuentran, corren y se abrazan. Se dan un beso rápido. Y otro más. Y se miran de nuevo. Parece que se adoran. Ella con su cabello de río y él con sonrisa tonta, como sorprendida de tenerla entre sus brazos.
Un milagro que ocurre cada tarde.
Arrastra su mochila con mala cara. Delante, su madre cansada masculla palabras como quien come patatas fritas. El niño, con cara de pillo, hace que le presta atención. Pero en realidad se la pasa maquinando travesuras con las que torturarla. Ella parece sobrepasada. No se ve mayor; el crío tendrá unos siete años. Camina con paso acelerado pero a cámara lenta, y los hombros algo caídos con un bolso ajado sobre el brazo derecho. Y un juego de llaves entre los dedos ansiosos.
Cada tarde van y vienen del colegio a casa y de casa al colegio.
No toca mal. Tampoco bien. En el suelo una gorra para las monedas; a veces cae un billete de cinco euros. Y una vez, un hombre que lo miraba más intenso de lo normal le ofreció un papel lleno de garabatos. Le sonrió con intención. Él siguió tocando dando las gracias. Unos pasos más adelante, el hombre se detuvo, haciendo que disfrutaba de la melodía desafinada. Él, mascullando no sé qué, recogió sus cosas, escondió la guitarra en su funda y se le acercó como quien no quiere la cosa. Se miraron y atravesaron la boca del metro. Dos horas después estaba apoyado sobre el árbol, con un cigarrillo en la boca escondiendo el sabor de unos besos comprados. Y la música que tocaba era de amor.
Cada tarde toca esa misma canción sin cansarse. Y ahora hasta lo hace bien. Y a veces desaparece y vuelve al poco rato, con el pelo húmedo y los ojos llorosos. De algo vale ser artista. Y guapo.
Pasean cogidos de la mano. Se sonríen. A veces van corriendo. Pero siempre juntos. El mundo es joven, como ellos; los cascos al cuello y la música sonando al aire. Ella baja los ojos y él le dice cosas bonitas. Aunque a veces discuten sin importarles el público. Bueno, quizá hasta les guste que lo haya. Tienen la edad en la que todo es dramático: el gustar, el repelerse.
Cada tarde salen del instituto como una horda de abejorros sin sentido. Y ellos dos de la mano, demasiado jóvenes todavía para darse cuenta que nada es para siempre.
A través de la ventana el tiempo pasa. Llueve. Hace sol. Las hojas caen una tras otra. Y la primavera llega y pasa el verano.
A través de la ventana la vida pasa. Las alegrías y las tristezas y la desvergüenza y la ensoñación. Todo parece sobrevalorado y todo es insignificante.
Cada tarde oteo desde mi ventana a la vida pasar. Porque la mía está congelada en la oración de tu nombre, en el aroma de tu recuerdo, en el intenso dolor de tu partida.
El amor, como la vida, está sobrevalorado. Y sin embargo qué soso parece todo desde que no estás. Y la vida de los otros ha pasado a ser la mía propia.
Cada tarde, a través de la ventana, imagino que mi vida está allá afuera y que otro la desea. Y que la imagina perfecta, aunque no lo sea.
Aunque ya no lo sea sin ti.
El mismo Hola, el mismo Adiós/ The Same Hello, the Same Goodbye.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
Estoy en la puerta. La aldaba cuelga tranquila; pesada de hierro; pesada de corazón.
Soy incapaz de emitir un sonido. Mi voz enmudecida grita tu nombre, pero no oyes. O te haces el sordo.
El mismo Hola cada vez que lo intento. El golpe de la aldaba, tus pasos detrás de la puerta, un suspiro y te vas sin decir nada: el mismo Adiós de hace un año o de hace dos, ya no recuerdo cuándo.
Y puede que no haya que decir. Nada que pensar. Todo pasó y todo dejó de pasar. Tú y yo repitiendo las mismas historias, las mismas frases, durmiendo la misma noche, soñando distintos sueños y rozando, acariciando y mintiendo.
Pero me empeño cuando me entra la melancolía. Evoco tu aroma y como poseído camino hasta tu puerta. Y veo la aldaba de hierro, y toco a la puerta. Cada uno de sus llamados es un latido de mi corazón. Cada uno de tus pasos es una palabra que quiero decirte: hola, cómo estás, el mundo cambia y nosotros seguimos aquí…
Pero la puerta no se abre. Y tú no estás. Tu corazón ya no está en mis manos, tu vida no me pertenece. Ya no hay nada que nos ate, salvo el mismo Hola en tu aldaba y el mismo Adiós en tu mudez.
Debo irme, lo sé. Debo dejarte atrás para siempre. Lo sé. Lo sé.El corazón está vacío y tu paciencia atacada. Mi imaginación se colapsa pensando en lo que pudo haber sido y en lo lejos que hubiéramos ido juntos, despertándonos a la vez cada mañana, despidiéndonos cada noche, espalda contra espalda y aveces corazón con corazón.
Estoy en la puerta. El mismo saludo, la misma despedida. Quizá hoy pueda soportarlo mejor que ayer. Quizá hoy sea la última vez que vea la aldaba solitaria y toque a tu puerta y diga el mismo Hola a través de la puerta, y a través de la puerta, oiga el mismo Adiós de tu mudez.

