Sólo quiero…

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

cwkq8vwwqaax0an

Mi bisabuelo vivió cien años. Dicen que fumaba habanos hechos por él, con esa técnica exquisita que nació en Cuba, tierra de artistas y de algún fanático que otro, que de todo hay en esta vida.

No sé. Dicen que tomaba una copita de anís al levantarse. Pero quién sabe. Podría ser de ginebra o de orujo, que quizá sea lo más probable. Y que dormía poco. Porque era melancólico y la noche le gustaba más que el día. Dicen que hablaba con los muertos como si estuviesen vivos, que se enredaban en sus cortinas raídas de terciopelo y jamás permitió que se cambiasen, apolilladas y llenas de arrugas por el paso del tiempo, porque allí anidaban sus sueños o sus fantasías o sus ganas, a saber. Y dicen que hablaba poco, con esa voz ronca que dan el tabaco y el alcohol, con los ojillos cerrados por millones de arrugas y tres dientes de oro que evocaban tiempos mejores.

Mi abuelo vivió noventa y tres. Sobrevivió a todos sus hijos, y casi medio siglo a mi abuela, que era de alma frágil según decían, y pasaba la mitad de las horas con el pensamiento nublado. No lo sé. Todas las mañanas mi abuelo se levantaba bien temprano y me despertaba con sus maneras hoscas y cariñosas al mismo tiempo, y me hacía ver nacer el día y apagarse una a una las estrellas, que él se empeñaba en llamar planetas de mamá. Recuerdo el sol suavecito, ese iris tranquilo apoderándose del lienzo del cielo, y las estrellas permaneciendo tranquilas mientras las besaban los rayos fosforescentes. Recuerdo también la gran oscuridad que precedía a la llegada del día, y el frío que sus manos callosas procuraban mitigar. Y oía su suspiro de medio mundo, ahogando pensamientos que no terminaban de llegar a su boca, y unas lágrimas como gotas de rocío en esos ojos cansados.

No sé. Dicen que jamás compartió lecho alguno con nadie, ni necesitó ayuda para educar la media docena de críos que mi abuela le dejó en encargo. Si se quejó alguna vez, nadie lo sabe. Yo sólo sé que me quería con esa mezcla de sorna y delicadeza propia de las personas mayores, que están de vuelta de todo pero que conservan en su corazón lo más puro de la vida, ese tesoro que sólo se revela cuando ya no están con nosotros. Y que dejan en herencia.

De mi padre dicen que se quedaba callado, que le daban arrebatos como olas de mar y se le pasaba la furia lo mismo que la alegría, apagándose como una vela. No sé. Sólo recuerdo que extrañaba a mi madre, que se fue según parece siguiendo un sueño o un corazón o una locura: llegado un tiempo nos damos cuenta que todo viene a ser lo mismo. Recuerdo que mi padre me llamaba con gestos y me acariciaba con la mirada; me cogía en sus brazos y después le abrazaba yo a él, y se quedaba callado pegando su corazón a mi oreja. Y después pegaba yo mi corazón a su oreja para que fuese feliz. De mi padre se dicen muchas cosas, todas inciertas. No sé ni me importa que piensen que era blando, que le faltaba raza, que le sobraba sentimiento, que tenía malhumorado el amor. Porque yo sé que mi padre se sentía incompleto sin mi madre y que le perdonó, en esos actos heroicos a los que nos lleva un amor planetario, sus liviandades, sus sueños locos, su fuga y su pérdida en pos de sus sueños. Supongo que logró lo que se proponía cuando nos dejó, desesperada, abandonados (sin ella) o sin su compañía, pues ella misma no estuvo casi nunca con nosotros, con la cabeza puesta en el corazón y el corazón lleno de sueños imposibles. No sé. Sólo sé que mi padre jamás dijo una palabra sobre ella, mudo como estaba, y jamás me levantó la voz ni me prohibió amar a quien quisiera. Y sólo sé que murió calladito, apagándose como el fuego de una hoguera, casi al rayar el alba que contemplábamos los tres: mi abuelo octogenario y mi padre cincuentón, cuando yo tenía apenas quince años.

Mi abuelo me abrió la puerta de mi vida, me alentó a volar, me enseñó a no temer a nada, salvo a amar. Mi padre era el mejor ejemplo; él mismo era un artificio mantenido sólo por la magia de la bioquímica. Somos hombres longevos hasta que nos ataca el amor; nuestra raza se enloquece, se alborota, se deja arrastrar por la ilógica, la sabiduría informe, por el constante cambio, la revolución sin fin del amor. Lo que no se acordaba mi abuelo, como mi bisabuelo, como mi padre, es que ellos amaban a raudales, se les escapaba de la piel como una fuente eterna, y que todo lo que tocaban (y tocaban tan pocas cosas…) se llenaba de vida, se hacía eterno, cristalino, único. Y yo tampoco me acordaba de todo esto, hasta hoy.

La mañana entra suave por la ventana. He puesto el edredón, porque el otoño ha llegado de improviso esta noche. Pero sólo lo noté al rayar el alba. Me desperté algo perezoso y apretujado por el frío y el suave dolor del ejercicio. Y suspiré sonriente. Y me levanté despacito con los pies descalzos (y mi bisabuelo iba descalzo por el campo a diario, viviendo cien años) y busqué entre las sombras sin formas el edredón apretujado en su bolsa, y lo desplegué enorme sobre la cama, que rápidamente se amoldó a tu cuerpo profundo y dormido y después al mío, junto a ti, cerca de ti. Y encontré ese calor suave que amodorra los sentidos y deja libre a la piel que siente y al sueño, hasta que la luz llegó tocando su melodía de nuevo día, y recordé cómo mi abuelo daba la bienvenida al alba contando estrellas, recordando vivencias, sonriendo al mundo insomne. Y me incorporé en la cama, dándome un golpecito con el cabecero, mirándote. Y me llené de tanta paz que creí reventar, y comprendí lo que mi abuelo buscaba en la llegada del alba: el amor.

Tenía miedo de amar. Mi padre vivió cincuenta años; mi abuelo noventa y tres. Y los dos añoraban amor. Y sé que el amor revuelve nuestros humores, nos inclina a hacer tonterías, nos hace olvidar nuestras propias necesidades y quizá nuestros sueños, y mucho más. No importa.Tenía miedo de morir más joven, porque la longevidad de mi herencia se ha ido apagando con cada generación de amores perdidos. Y me encerré en mí mismo, cuidándome hasta la obsesión extrema, calculando calorías, limpiando la piel de las frutas, echando gotitas de lejía al agua de las verduras, comiendo semillas, bebiendo aguas blandas de cuerpo ligero y escurridizo y miel de mil flores de campo, y usando ozono para la piel y cremas untuosas para la cara y el cuerpo, luchando contra la gravedad como contra mí mismo, corriendo cien kilómetros al día, subiendo barras, levantando pesos enormes, cortándome el pelo, dejándome barba, pensando y trabajando y quizá hasta sonriendo, con el corazón tapiado. Hasta que llegaste tú.

Esa sonrisa tranquila, ese mirar profundo. Hay veces que las palabras sobran porque los gestos hablan por los codos. Nos vimos de repente y me sonreíste. Te acercaste con esa piel que brillaba, con ese andar elástico y joven. Y los dientes desnudos y la mirada límpida. Y ese pelo largo enroscado en mil tirabuzones. Me diste la mano con un apretón que simulaba la fuerza del universo. Dijiste tu nombre: cada una de las sílabas siguen retumbando en mi mente esta mañana. Y me ofreciste una copa como si fuese de toda la vida y yo acepté sin saber si era orgánico, o qué grado de alcohol destilado tenía, o si la fruta que llevaba había sido procesada químicamente y sin siquiera preguntarme cuánta laca usarías para mantener esa cabellera salvaje dentro de la estrechez de un peinado perfecto. Y hablamos casi sin palabras, todo sonrisas, y nos contamos media vida (la otra media empieza aquí, junto a ti) y nos acercamos y nos separamos, para saludar a otros, para presentar a otros, para ir al baño, para coger otra copa, para ir a cenar. Y seguimos mirándonos como en un hechizo y hasta hablamos de los sueños cumplidos y los rotos, y los miedos y los fracasos, y sobre las heridas del alma y las del corazón. Hasta que llegó el momento de separarnos, en el portal de mi casa, y quedamos para dos días después, pero no me pude aguantar. Y te empujé dentro de mi portal como dentro de mi vida, y al besarme rompiste las celdas de mi corazón y dejaste que corriera sobre tu piel, debajo de tu piel, hasta quedarnos dormidos. Hasta la llegada del alba.

Sólo quiero amarte. Soy libre porque te amo. Lo sé. Lo siento aquí dentro. Y me duele el cuerpo por el ejercicio físico de amarte, tan desacostumbrado que lo tengo, pero mi corazón grita, mi alma se inflama de dicha. La luz entra por la ventana, que me sonríe llena de la mañana. El otoño llegó, la lluvia cándida, la tierra que se adormece y el corazón que palpita. Y ahora entiendo a mi bisabuelo y a mi abuelo y a mi padre. Y no me importa sacrificar mi longevidad heredada si cada día lo paso lejos de ti, si cada noche tengo que enfrentarme a mi cama vacía, a mi armario a medio compartir. De nada me vale luchar contra la edad si la edad llega a roerme las intenciones; de nada me sirve vivir pensando en un mañana al que le faltas tú. Y de cada hombre de mi vida tengo en mi vida un millón de recuerdos: un gesto, el color de mis ojos, el tono pálido de mi piel, la manía de ir descalzo, la costumbre de dar la bienvenida al alba, el ansia de contar estrellas y de ponerles un nombre. Un nombre cuyas sílabas retumban una a una en mi memoria y que tú posees.

No me importa el futuro, porque no habito en él. Ya no. Ahora sólo vivo en tu cuerpo, en el centro de tu compañía. Me alimento de tu aliento, bebo de tu sudor, duermo con tu sueño y me dispongo a fundar estrellas con tu compañía.

No sé si viviré hasta mañana… Y no me importa. Porque no quiero estar vivo sin ti. No quiero seguir apagado sin temor y sin riesgos. Sólo quiero tenerte cerca; sólo deseo velar tu sueño y besar tus pupilas y dormir, cerca muy cerca, de tus labios. No importa si es complicado, si todo al final se acaba. Ahora eso no importa… Porque sólo quiero amarte.

Y te vas despertando suavemente. Abres los ojos y esa sonrisa traviesa aparece como una estrella…

Qué felicidad.

Metáforas (o cuando un médico intenta explicar lo inexplicable).

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

_rpi4785

Esta mañana, mientras realizábamos la ronda de visita a los enfermos, dos compañeros y yo charlábamos sobre las imágenes o metáforas que empleábamos para hacernos entender (es un decir) a los familiares y a veces a los propios enfermos. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil, ya que la propedéutica y la semiología han creado alrededor del saber médico una barrera harto difícil de superar para el lego en la materia. Lo curioso es que ocurre con todas las profesiones: desde el carnicero al abogado (este último es cuando menos lo más enrevesado posible), desde el electricista al piloto de aviación, ese lenguaje críptico, edificado para facilitar la comunicación interprofesional, se vuelve una verdadera frontera fuera de los acotados límites de una profesión, y nada mejor para crear confusión y división que la incapacidad de comunicación entre seres humanos.

Dicho esto que no es fácil, en general procuramos disminuir el grado de tecnicismo a la hora de comunicarnos con los pacientes y sus familiares…Con resultados de lo más diverso. Hay excepciones, cierto es: trabajé con un colega que no se bajaba del tecnicismo ni que le cocieran vivo, no sé si por temor a perder su poder simbólico o porque realmente carecía del mínimo rapport a la hora de comunicarse con los demás del equipo no-médico que le rodeaba. A saber.

Una vez, siendo residente y rotando en el Servicio de Cardiología, iba a explicar a un familiar que su hermano había sufrido un infarto (del corazón, se entiende). La primera metáfora que me viene a la mente cuando hablo de las arterias, sean del corazón o del dedo del pie, es la de una red de tuberías (porque son tuberías, especializadas y maravillosas; pero llevan un líquido en su interior del punto A al punto B, vamos, mera plomería de toda la vida). Pues bien, tanteando el grado de formación intelectual de mi interlocutor puedo ir desde la semiología más purista hasta la imagen más sencilla que se me ocurra en ese momento (que puede pillarme con la imaginación despierta, por ejemplo a las cinco de la tarde; o aniquilada, como puede estarlo a las cuatro de la mañana). En este caso opté por la metáfora de las tuberías, ya que me parecía la más gráfica y sencilla de aprehender. Bueno, llevaba ya unos diez minutos de animado monólogo explicando cómo una cañería que lleva sangre al corazón se había tapado y de allí el infarto y que íbamos a hacer una prueba que intentaba sacar literalmente ese estorbo de la tubería, como si usásemos un desatascador de cañerías, para restablecer el paso de la sangre e intentar así que la zona de infarto fuese la más pequeña posible… Hasta que el familiar en cuestión me miró extrañado. Yo callé de inmediato esperando su reacción.

– ¿Es usted de verdad el médico?

Consideré durante tres milisegundos mi respuesta. Eran las seis de la mañana y llevaba unos diez minutos de explicación pormenorizada y muy sencilla sobre lo que le pasaba a un enfermo grave… ¿Y me preguntaba si yo era el médico de guardia?

– Es que no le entiendo bien, ¿no habrá alguien que sepa más de lo que le pasa a mi hermano?

El caballero en cuestión tendría unos sesenta y tantos años, claramente del ámbito rural, y meridianamente no nos estábamos entendiendo. O al menos yo no supe explicarme mejor, cosa que me parecía imposible porque consideraba que mi imagen de las cañerías era casi imbatible.

– Lleva aquí un rato hablándome de tuberías y obstrucciones y desatascadores y, perdóneme la imprudencia, pero no me parece muy profesional.

Menudo chasco a horas tan tardías. Suspiré buscando inspiración a la vez que intentaba no enojarme mucho con la situación. Si esto hubiese pasado a las tres de la tarde pues me hubiera reído, pero muerto como estaba a esa hora menuda la gracia que me hizo, yo allí dispuesto a desplegar mis armas dialécticas, y siendo despreciadas y aún puesto en solfa mi conocimiento sobre la materia en cuestión (aquí admito puntos de discusión, sin duda)… Vamos, menudo cuadro.

Resoplé de nuevo encontrando lo que consideré que era el punto justo de dignidad perdida: le comenté el caso como si fuese un profesional de la materia… Y se quedó muy satisfecho. Se hizo la prueba, se ingresó en la Unidad de Cuidados Coronarios con el infarto bien arreglado y todos contentos. Eso sí, no me entendió ni pío, pero pude ganarme su confianza en la incomunicación médico-paciente. Cosas de la vida.

Otra vez me pasó lo contrario. Habiendo ingresado a su padre en la UCI, una compañera médico de familia, que todavía no se había identificado como tal, detuvo mi perorata metafórica con un escueto:

– Soy una colega. Entiendo perfectamente.

Yo vi el cielo abierto. Le solté con sobria franqueza todo el discurso con pelos y señales sobre lo que le pasaba a su padre, los parámetros de función respiratoria y hemodinámica, el grado de Glasgow Coma Score, el resultado del TAC, etc. Cuando terminé, me quedé esperando alguna pregunta. No tenía ninguna. Me di cuenta que se había perdido a mitad del discurso. A veces no sabemos cuándo usar nuestras trilladas metáforas y cuándo es mejor tener la boca cerrada.

Con los cuadros que afectan al cerebro la cosa se complica un poco. Porque es un campo todavía medianamente explorado y muchas veces nos sorprende con sus respuestas. Las hemorragias intracraneales, los traumatismos, y sobre todo los cuadros secundarios a esas causas (que son muchos) son quizá de los más difíciles de transmitir y de entender: un paciente puede estar hablando perfectamente y al segundo siguiente entrar en coma, por ejemplo, o tiene un infarto cerebral por un trombo que obstruye las arterias del cerebro y al día siguiente lo que nos encontramos es una hemorragia gigantesca que lo lleva a las puertas de la muerte… El cerebro funciona con electricidad (no es el único órgano que se activa con esa energía maravillosa, pero es el que la emplea casi al 100%), cuando hay algo que altera la delicada estructura de las neuronas (las células cerebrales) éstas responden con chasquidos eléctricos, y a veces verdaderas tormentas eléctricas que se reflejan en convulsiones epilépticas o bien en estados de coma sin respuesta activa con el medio ambiente. La conversación que teníamos hoy durante el pase de visita trataba precisamente de la mejor metáfora para poder explicar a los familiares esa situación extraña de estar en coma porque la actividad eléctrica del cerebro era muy desordenada llegando incluso a sedar al paciente, intubarlo y conectarlo la respirador para ganar tiempo a que el cerebro se restituyese y calmase esas descargas erróneas. Yo alegué que usaba la metáfora de un cable enchufado al que se le da un tajo: hay chispas por todas partes y el flujo eléctrico de la habitación (o de la casa) se detiene, por lo que es necesario con la mediación detener ese desorden a la espera que todo volviese a la normalidad (no siempre vuelve a la normalidad, vaya por delante esta aclaratoria). Mi metáfora es simple, muy gráfica, pero yo mismo sentía que cojeaba. Uno de mis compañeros dijo:

– Yo uso la metáfora del ordenador.

Nos quedamos callados esperando su explicación, simple y perfecta:

– Todos tienen un ordenador en casa. Y todos sabemos que se cuelgan de vez en cuando. Pues les digo que el cerebro es como el ordenador, que a veces nos irrita colgándose y no hace nada. ¿Qué hace usted cuando el ordenador se le cuelga? Les pregunto. Todos contestan siempre: lo reseteo.

Sonreímos captando el mensaje.

– Pues al cerebro le pasa lo mismo. Cuando se cuelga, lo apagamos con medicaciones y esperamos un tiempo hasta encenderlo de nuevo… Y voilà!

Eso es una buena metáfora, porque todos la entienden. Y me la he guardado en el arsenal de recursos para la próxima vez que me encuentre en un aprieto.

La comunicación es vital. Evita malentendidos, resuelve entuertos, diluye al orgullo, tranquiliza a los corazones agitados. Quizá el empleo de un lenguaje técnico, tan propio de cada profesión en todas nuestras relaciones vitales, merme nuestra capacidad de entendimiento, y sin duda disminuye todas las posibilidades de identificación con nuestro interlocutor. Es nuestro deber como individuos minimizar esas barreras, disminuir esas limitaciones y encontrar un campo común de entendimiento y de comunicación, donde las emociones fluyan y también la comprensión y el respeto. En todos los ámbitos de la vida. Y eso incluye a los médicos que intentan explicar lo inexplicable a una madre, o una esposa, a un hijo, a un amigo que siente el temor de la pérdida a flor de piel en un maremoto que cambia vidas, que deshace mundos en apenas minutos, en unas horas, para siempre. La pérdida de la Salud, el túnel de la Enfermedad, la delicada frontera entre la Muerte y la Vida.

Y mientras tanto, lleno mi alforja de metáforas para poder comunicarme mejor con mis semejantes y para no sentir tan profundamente esa responsabilidad mayúscula de hacer lo mejor posible, con el menor daño posible, mi labor diaria.

 

LA LA Land.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

op7gsdd_

En el escenario con Josh Groban.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

josh-groban2

El gesto (de Hernán Quipildor).

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Los días idos/ The days gone

7599562-d78aa90424f505658621bd96a8f2fe6a

 El gesto es un libro único. Por su formato, por su bella edición, absolutamente sencilla pero bien desarrollada y sobre todo, por encima de todo, por su brevedad, ese gesto único de abarcar el universo en unas pocas líneas cargadas de emoción y de vida vivida, que hacen del pensamiento del autor, poesía.

Hay en El gesto mucho de alma. Un viaje interior racionalizado, un hallazgo que llena de paz y de alegría y que desea derramarse, compartirse y hacerse oír. El gesto es sucinto pero concentrado como un rayo láser, tiene el sabor de un beso y la duración de una sonrisa, permaneciendo en el recuerdo, arando los campos del ser con profunda sutileza.

La racionalización del pensamiento para luego lanzar al espacio las ideas en una sola emoción, el descubrimiento único y compartido sobre el (real) origen del ser, la red de autopistas que nos unen, sin ser conscientes a través de la conciencia hecha gesto, en corazón y destino, son el resultado de la experiencia vital de Hernán Quipildor, que refleja en su gran pequeño libro, la razón, el sentimiento y la fuerza que brota de la conciencia del amor y que se desparrama, por la libertad de amar, a todo lo que le rodea.

Es un pequeño ensayo sobre la vida, o mejor, sobre lo que tiene la vida de secreto revelado, y está lleno de esa alegría desbordante del descubrimiento y del ansia por compartirlo. Razón y emoción, conciencia y materialización, mediante el gesto (de oír, de oler, de tocar, de hablar) de ser uno y todo, o todo a través de uno mismo, rayo de luz blanca o arco iris refractado, corazón y mente, alma y destino. El gesto de hallar y de comprehender y de compartir: Hernán Quilpidor en su alegría regala esperanza y sonrisa y calma y desafío en cada una de las líneas de El gesto, un mapa de felicidad y de unidad tanto como una reflexión sucinta y bella sobre el ser y su juego con la vida.

Bublé en domingo.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

photo-credit-warwick-saint-extralarge_1361301956669

Sonríe.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine, Naturaleza/ Nature

jorge-lucas-gtres

Hace un tiempo recibí un whastapp de un amigo de la distancia que quería hablar conmigo. No era particularmente tarde, pero ya era de noche. Los días de otoño con ese secreto escondido. Quería saber si podía charlar un rato. Faltaría más.

Noté en su tono de voz que algo no iba bien. Siendo como es una fuente de vitalidad y de sonrisas, esa voz aterciopelada acostumbrada a acariciar y engatusar con palabras y tonos sonaba a tristeza y a algo más, todavía encubierto. Pero era fácil adivinar que le preocupaba algo.

Tengo una cierta tendencia a vivir la medicina desde un punto de vista visceral: el conocimiento está allí, pero hecho un amasijo, un magma del que parten, aquí y allá, ráfagas de intuición que llegan a mi mente con una imagen muy clara en mi días buenos, y en aquellos malos, cuando no me fío de mis instintos, la situación me viene a poner en el lugar correcto una vez las consecuencias se desvelan ante mis ojos. Con él pasó algo similar.

Al hablar me comentó que llevaba días con malestar de estómago, que no le mejoraban pese al tratamiento con los inhibidores de bomba de protones (IBPs o, para legos y que nos entendamos todos, el omeprazol y toda la familia que se ha desarrollado a partir de él) y había ido al médico. Le había hecho una gastroscopia (endoscopia digestiva alta) e inmediatamente después lo llevaron a hacer un TAC; tomaron biopsias y le dijeron que en unos días le darían el resultado.

Él buscaba alivio a sus nervios, un canal en el que expresar sus pesares y encontrar cierta comprensión y calma. Lo que no sabía mi amigo es que me había metido en un aprieto. El instinto llegó a mí con la fuerza de un rayo láser. Sabía, sabía, que no era nada bueno. ¿Debía decírselo? ¿Cómo hacerlo a kilómetros de distancia y sin estar completamente seguro de todas las pruebas que le habían realizado? Pasaron sólo unas milésimas de segundo. Estaba ansioso pero entero, una especie de mezcla que seguro siente cada vez que sale al escenario a ejercer su profesión: es actor.

¿Cómo decirle a un amigo al que se aprecia que seguramente, seguramente, tendría algo no muy bueno en su estómago? ¿A un hombre guapo, con todo por delante, bien visto en su profesión, adorable, encantador, picaflor y con la sonrisa más bella posible, que en su cuerpo se estaba obrando algo que no parecía nada bueno?

Resoplé. Eso a mí se me da bien (resoplar). Y opté por lo que me pareció la opción más sensata: de menos a más.

Le dije que había tres opciones. La primera, una úlcera de estómago (vamos a obviar aquí las diferencias entre una úlcera gástrica y una dudodenal); en todo caso estaría con el omeprazol a dosis dobles durante unas cuatro a ocho semanas y un tratamiento antibiótico que no siempre era fácil de tolerar pero que tenía varias opciones para cambiar por si había efectos secundarios. No le dije en ese momento que estaba casi al 100% seguro que no tenía una úlcera de estómago, porque eso de salir corriendo a hacer un TAC va a ser que no es la respuesta inmediata ante una lesión que simula una simple úlcera péptica.

Notó mi silencio posterior y armándose de valor me preguntó por las opciones que quedaban. De las dos, que no eran buenas, una era menos mala que la otra. No pude andarme con tonterías en este punto. No le dije que sabía que tendría una de esas dos de seguro, pero le expliqué someramente que podía ser o bien un Linfoma gástrico, generalmente de estirpe No Hodking, generalmente bien diferenciado y generalmente de células B y generalmente de buena respuesta a la quimioterapia. La otra opción era quizá más sombría: Adenocarcinoma de estómago…

Me preguntó qué tratamiento tenía. Resoplé de nuevo. Sólo experimentales a los que yo, si fuera yo (era la segunda vez que me enfrentaba a un consejo para un amigo como deseara que me trataran a mí), no me sometería.

Le tocó el turno de callar. Le oía respirar. Esa sonrisa que era tan suya, esa voz de terciopelo no estuvo allí por unos segundos. Pero volvió pronto.

– En unos días lo sabremos.

Y lo supimos. Si quieren saber cuándo me gusta que me digan que me he equivocado, es en situaciones así. A los pocos días mi amigo me llamó intentando conservar la entereza como todo un caballero. Era un linfoma con todos esos nombres raros que le había comentado. Que tenían que darle quimioterapia y puede que radioterapia. Y que le iban a poner una cosa que se llamaba reservorio… Lo dejé liberarse de la tensión unos minutos. Lloraba con esa tranquilidad de quien se sabe escuchado, y se llenaba a la vez de esa serenidad que nos da saber no ya sólo que nos escuchan, si no que nos comprenden. Claro que lo comprendía. Mucho más de lo que se pueden imaginar.

Como no hay mejor distracción que afrontar de frente un problema que sabemos que existe, le di todos los ánimos correctos: saldría bien ya que es de buen pronóstico; eso así, le dejé bien claro que su espléndida cabellera (preciosa) y esos ojazos perderían todo atisbo de pelo; no tendría barba ni ningún rastro de vello en el cuerpo; que la expresión cambiaría, ya de por sí brutal por la pérdida de las cejas, así como su estructura, el color de la piel y la sonrisa. Tendría días grises pero otros estupendos: los dos primeros días pos-quimio sentiría el cansancio del planeta, pero después recuperaría.Que debería tener cuidado con las infecciones, tomar los antibióticos que le darían, ondansetrón si tenía náuseas y que el reservorio era una vía que se colocaba en una de las venas grandes del cuerpo y debajo de la piel para evitar que los venenos de la quimioterapia dañaran sus venas periféricas… ¿Me entendió? Lo dudo. Pero había algo en esa perorata que le transmitió un punto de paz: se dio cuenta, como yo también en mi momento, que aquello también pasaría.

Y tanto.

Jorge Lucas jamás ocultó su enfermedad. Antes bien, a través de InstagramFacebook publicaba sus pasos, la evolución de su proceso.Era maravilloso verle reír (esa sonrisa tan divina y tan suya) cada vez que comentaba alguna novedad de su enfermedad. Sus amigos lo visitaban, y hasta le cantaban saetas en la habitación, y se iban de palmas y alegría. Esta gente artista… Y apareció en varios medios de comunicación con su aspecto de enfermo de cáncer sin tapujos, con normalidad, con alegría. Su proceso fue un ejemplo para todos, pero sobre todo para él.

Que tuvo días malos no lo dudo, pero supo sobreponerse a todos ellos, a las molestias de la quimioterapia en los dedos, en los tactos; el riesgo de coger una infección o que la medicación dañase la producción de la médula ósea. Todo eso y más lo vivió con delicadeza, con asombro y, sobre todo, con una sonrisa.

Nunca se olvidó de sonreír. Y una vez me escribió un mensaje: Sonríe.

El tratamiento terminó y no quedó restos de linfoma en su cuerpo. Nadie está libre de enfermedad (al menos médicamente) hasta pasados 10 años sin que se registre ningún resto de la misma en el cuerpo. Esas expresiones banales: He vencido al cáncer, por ejemplo, son falsas. Hay que estar vigilantes y sonreír, como Jorge Lucas ha hecho, y seguir adelante. Ahora le quedan cientos de exámenes periódicos que, si saca buena nota (como lleva haciendo) se irán alargando en el tiempo, disminuyendo en número, hasta que la frase mágica: Libre de enfermedad cancerosa le cuelgue en el pecho como una medalla. Pero está en el buen camino y sé que con esa alegría, esa disposición, ese vencer sobre los miedos y los rencores, lo conseguirá.

Jorge Lucas ha aprendido. Un alma noble se eleva más allá del resentimiento y de la inicial autocompasión y los trasciende, haciéndose más grande, más hermoso, más puro. No niega en decir que la Enfermedad es lo mejor que le ha pasado nunca. Y es cierto, para aquellas almas grandes que consiguen la ganga de oro en un destino atroz. Por eso, agradecido del amor y de la oportunidad vivida, ha creado una fundación: Besos en el alma, para apoyar con lo mejor que tenemos los hombres: nuestro corazón, a personas que pasan por trances semejantes.

Mucho lamenté no haber estado en la fiesta de su presentación. Quiero darle un abrazo azul y guapo como es él, viniendo yo también de un viaje parecido que terminó sin querer hermanándonos en cierta manera, pero pronto podré hacerlo. Mientras tanto y el mundo se ordena en su belleza, para hacer de él un lugar mejor, repartamos besos en el alma y hagamos nuestra esa receta que Jorge Lucas ha conseguido extraer de su Enfermedad: Sonríe, y hazlo siempre. Y así todo, todo, irá mejor.