Sólo quiero…

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Mi bisabuelo vivió cien años. Dicen que fumaba habanos hechos por él, con esa técnica exquisita que nació en Cuba, tierra de artistas y de algún fanático que otro, que de todo hay en esta vida.

No sé. Dicen que tomaba una copita de anís al levantarse. Pero quién sabe. Podría ser de ginebra o de orujo, que quizá sea lo más probable. Y que dormía poco. Porque era melancólico y la noche le gustaba más que el día. Dicen que hablaba con los muertos como si estuviesen vivos, que se enredaban en sus cortinas raídas de terciopelo y jamás permitió que se cambiasen, apolilladas y llenas de arrugas por el paso del tiempo, porque allí anidaban sus sueños o sus fantasías o sus ganas, a saber. Y dicen que hablaba poco, con esa voz ronca que dan el tabaco y el alcohol, con los ojillos cerrados por millones de arrugas y tres dientes de oro que evocaban tiempos mejores.

Mi abuelo vivió noventa y tres. Sobrevivió a todos sus hijos, y casi medio siglo a mi abuela, que era de alma frágil según decían, y pasaba la mitad de las horas con el pensamiento nublado. No lo sé. Todas las mañanas mi abuelo se levantaba bien temprano y me despertaba con sus maneras hoscas y cariñosas al mismo tiempo, y me hacía ver nacer el día y apagarse una a una las estrellas, que él se empeñaba en llamar planetas de mamá. Recuerdo el sol suavecito, ese iris tranquilo apoderándose del lienzo del cielo, y las estrellas permaneciendo tranquilas mientras las besaban los rayos fosforescentes. Recuerdo también la gran oscuridad que precedía a la llegada del día, y el frío que sus manos callosas procuraban mitigar. Y oía su suspiro de medio mundo, ahogando pensamientos que no terminaban de llegar a su boca, y unas lágrimas como gotas de rocío en esos ojos cansados.

No sé. Dicen que jamás compartió lecho alguno con nadie, ni necesitó ayuda para educar la media docena de críos que mi abuela le dejó en encargo. Si se quejó alguna vez, nadie lo sabe. Yo sólo sé que me quería con esa mezcla de sorna y delicadeza propia de las personas mayores, que están de vuelta de todo pero que conservan en su corazón lo más puro de la vida, ese tesoro que sólo se revela cuando ya no están con nosotros. Y que dejan en herencia.

De mi padre dicen que se quedaba callado, que le daban arrebatos como olas de mar y se le pasaba la furia lo mismo que la alegría, apagándose como una vela. No sé. Sólo recuerdo que extrañaba a mi madre, que se fue según parece siguiendo un sueño o un corazón o una locura: llegado un tiempo nos damos cuenta que todo viene a ser lo mismo. Recuerdo que mi padre me llamaba con gestos y me acariciaba con la mirada; me cogía en sus brazos y después le abrazaba yo a él, y se quedaba callado pegando su corazón a mi oreja. Y después pegaba yo mi corazón a su oreja para que fuese feliz. De mi padre se dicen muchas cosas, todas inciertas. No sé ni me importa que piensen que era blando, que le faltaba raza, que le sobraba sentimiento, que tenía malhumorado el amor. Porque yo sé que mi padre se sentía incompleto sin mi madre y que le perdonó, en esos actos heroicos a los que nos lleva un amor planetario, sus liviandades, sus sueños locos, su fuga y su pérdida en pos de sus sueños. Supongo que logró lo que se proponía cuando nos dejó, desesperada, abandonados (sin ella) o sin su compañía, pues ella misma no estuvo casi nunca con nosotros, con la cabeza puesta en el corazón y el corazón lleno de sueños imposibles. No sé. Sólo sé que mi padre jamás dijo una palabra sobre ella, mudo como estaba, y jamás me levantó la voz ni me prohibió amar a quien quisiera. Y sólo sé que murió calladito, apagándose como el fuego de una hoguera, casi al rayar el alba que contemplábamos los tres: mi abuelo octogenario y mi padre cincuentón, cuando yo tenía apenas quince años.

Mi abuelo me abrió la puerta de mi vida, me alentó a volar, me enseñó a no temer a nada, salvo a amar. Mi padre era el mejor ejemplo; él mismo era un artificio mantenido sólo por la magia de la bioquímica. Somos hombres longevos hasta que nos ataca el amor; nuestra raza se enloquece, se alborota, se deja arrastrar por la ilógica, la sabiduría informe, por el constante cambio, la revolución sin fin del amor. Lo que no se acordaba mi abuelo, como mi bisabuelo, como mi padre, es que ellos amaban a raudales, se les escapaba de la piel como una fuente eterna, y que todo lo que tocaban (y tocaban tan pocas cosas…) se llenaba de vida, se hacía eterno, cristalino, único. Y yo tampoco me acordaba de todo esto, hasta hoy.

La mañana entra suave por la ventana. He puesto el edredón, porque el otoño ha llegado de improviso esta noche. Pero sólo lo noté al rayar el alba. Me desperté algo perezoso y apretujado por el frío y el suave dolor del ejercicio. Y suspiré sonriente. Y me levanté despacito con los pies descalzos (y mi bisabuelo iba descalzo por el campo a diario, viviendo cien años) y busqué entre las sombras sin formas el edredón apretujado en su bolsa, y lo desplegué enorme sobre la cama, que rápidamente se amoldó a tu cuerpo profundo y dormido y después al mío, junto a ti, cerca de ti. Y encontré ese calor suave que amodorra los sentidos y deja libre a la piel que siente y al sueño, hasta que la luz llegó tocando su melodía de nuevo día, y recordé cómo mi abuelo daba la bienvenida al alba contando estrellas, recordando vivencias, sonriendo al mundo insomne. Y me incorporé en la cama, dándome un golpecito con el cabecero, mirándote. Y me llené de tanta paz que creí reventar, y comprendí lo que mi abuelo buscaba en la llegada del alba: el amor.

Tenía miedo de amar. Mi padre vivió cincuenta años; mi abuelo noventa y tres. Y los dos añoraban amor. Y sé que el amor revuelve nuestros humores, nos inclina a hacer tonterías, nos hace olvidar nuestras propias necesidades y quizá nuestros sueños, y mucho más. No importa.Tenía miedo de morir más joven, porque la longevidad de mi herencia se ha ido apagando con cada generación de amores perdidos. Y me encerré en mí mismo, cuidándome hasta la obsesión extrema, calculando calorías, limpiando la piel de las frutas, echando gotitas de lejía al agua de las verduras, comiendo semillas, bebiendo aguas blandas de cuerpo ligero y escurridizo y miel de mil flores de campo, y usando ozono para la piel y cremas untuosas para la cara y el cuerpo, luchando contra la gravedad como contra mí mismo, corriendo cien kilómetros al día, subiendo barras, levantando pesos enormes, cortándome el pelo, dejándome barba, pensando y trabajando y quizá hasta sonriendo, con el corazón tapiado. Hasta que llegaste tú.

Esa sonrisa tranquila, ese mirar profundo. Hay veces que las palabras sobran porque los gestos hablan por los codos. Nos vimos de repente y me sonreíste. Te acercaste con esa piel que brillaba, con ese andar elástico y joven. Y los dientes desnudos y la mirada límpida. Y ese pelo largo enroscado en mil tirabuzones. Me diste la mano con un apretón que simulaba la fuerza del universo. Dijiste tu nombre: cada una de las sílabas siguen retumbando en mi mente esta mañana. Y me ofreciste una copa como si fuese de toda la vida y yo acepté sin saber si era orgánico, o qué grado de alcohol destilado tenía, o si la fruta que llevaba había sido procesada químicamente y sin siquiera preguntarme cuánta laca usarías para mantener esa cabellera salvaje dentro de la estrechez de un peinado perfecto. Y hablamos casi sin palabras, todo sonrisas, y nos contamos media vida (la otra media empieza aquí, junto a ti) y nos acercamos y nos separamos, para saludar a otros, para presentar a otros, para ir al baño, para coger otra copa, para ir a cenar. Y seguimos mirándonos como en un hechizo y hasta hablamos de los sueños cumplidos y los rotos, y los miedos y los fracasos, y sobre las heridas del alma y las del corazón. Hasta que llegó el momento de separarnos, en el portal de mi casa, y quedamos para dos días después, pero no me pude aguantar. Y te empujé dentro de mi portal como dentro de mi vida, y al besarme rompiste las celdas de mi corazón y dejaste que corriera sobre tu piel, debajo de tu piel, hasta quedarnos dormidos. Hasta la llegada del alba.

Sólo quiero amarte. Soy libre porque te amo. Lo sé. Lo siento aquí dentro. Y me duele el cuerpo por el ejercicio físico de amarte, tan desacostumbrado que lo tengo, pero mi corazón grita, mi alma se inflama de dicha. La luz entra por la ventana, que me sonríe llena de la mañana. El otoño llegó, la lluvia cándida, la tierra que se adormece y el corazón que palpita. Y ahora entiendo a mi bisabuelo y a mi abuelo y a mi padre. Y no me importa sacrificar mi longevidad heredada si cada día lo paso lejos de ti, si cada noche tengo que enfrentarme a mi cama vacía, a mi armario a medio compartir. De nada me vale luchar contra la edad si la edad llega a roerme las intenciones; de nada me sirve vivir pensando en un mañana al que le faltas tú. Y de cada hombre de mi vida tengo en mi vida un millón de recuerdos: un gesto, el color de mis ojos, el tono pálido de mi piel, la manía de ir descalzo, la costumbre de dar la bienvenida al alba, el ansia de contar estrellas y de ponerles un nombre. Un nombre cuyas sílabas retumban una a una en mi memoria y que tú posees.

No me importa el futuro, porque no habito en él. Ya no. Ahora sólo vivo en tu cuerpo, en el centro de tu compañía. Me alimento de tu aliento, bebo de tu sudor, duermo con tu sueño y me dispongo a fundar estrellas con tu compañía.

No sé si viviré hasta mañana… Y no me importa. Porque no quiero estar vivo sin ti. No quiero seguir apagado sin temor y sin riesgos. Sólo quiero tenerte cerca; sólo deseo velar tu sueño y besar tus pupilas y dormir, cerca muy cerca, de tus labios. No importa si es complicado, si todo al final se acaba. Ahora eso no importa… Porque sólo quiero amarte.

Y te vas despertando suavemente. Abres los ojos y esa sonrisa traviesa aparece como una estrella…

Qué felicidad.

6 Comments

    1. Muchas gracias, Fernanda, y esperando que siempre te guste lo que comparto en este espacio. Un saludo.

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