La parte escondida del iceberg: tan corto el amor, tan largo el olvido.

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La vida no es un río, la vida es un largo estuario que se abre inmenso entre la brevedad de ese torrente que lleva nuestro nombre y el incontenible mar de la existencia. La parte escondida del iceberg, el nuevo libro de Màxim Huerta, es un viaje intenso a las profundidades de esos limos que lo fundamentan como hombre y que justifican cada una de sus obsesiones, sus miedos, sus aciertos y fracasos, retratados con falsa sencillez en cada uno de sus relatos anteriores.

La vida es un tatuaje: cada sentimiento, cada sensación quedan grabados en la piel dejando esa huella indeleble que produce primero dolor e inflamación, que requieren cientos de cuidados inmediatos, y posteriormente olvido. Cada amor es una cicatriz, cada vivencia una herida que, más que inflamar la (vana) ilusión de vivir, mengua las fuerzas y las justificaciones que nos hacen seguir adelante.

La vida es amar en períodos cortos, siempre con buen tiempo; la vida es olvidar lento, estirado y pegajoso, casi siempre lleno de lluvia (lágrimas) que se congela en ese camino sin fin que va desde nuestros ojos al corazón, invierno de una existencia que es infierno helado, recuerdos escarchados que pugnan, a poco de amontonarse, con salir a flote y ahogar todo esfuerzo por desterrarlos.

La parte escondida del iceberg es la orografía sensitiva, sensorial, gustativa e íntima de Màxim Huerta. Un amor inolvidable pende de la cima de esta historia, que sin embargo viaja rápida e inexorable hasta el fondo de esa nada sin forma que es la vida recordada y recobrada, para encontrar justificaciones y sentido, y emerger arrebolada, débil, titubeante y frágil, henchida de melancolía, de reproches y de amargo resentimiento. Contra el amor: de niño, de hijo, de hombre, de amigo, de amante.

Es un mapa sin rutas, porque el dolor traza sus propios senderos, y el miedo le da alas. Y sin embargo es la cartografía de un ser que se ha hecho a sí mismo, grande, tenaz, inmenso, inconmensurable, a pesar de que se reprocha una y otra vez como torpe, miope, orgulloso y miedoso. Nadie puede escribir con el corazón siendo pequeño; nadie consigue, a pesar de los innumerables baches del relato (de la vida), una libertad tan prístina si no lucha sin denuedo contra todos sus demonios interiores, sus supuestos defectos y su tristeza.

Nadie muere ya de amor. Pero muchos andan con la vida atemperada por su pérdida. En La parte escondida del iceberg, a pesar del eterno frío de esas llamas congeladas, el corazón de Max late lento, desordenado, constante. Màxim Huerta titubea, porque la vida embarazosa es así, hasta que el relato consigue la esencia de una confesión y la vergüenza se deja de lado: los disfraces de cada uno de sus libros, desde Que sea la última vez… hasta El Susurro de la caracola, donde sabemos la procedencia del miedo y cuál es el ogro de la niñez; desde Una tienda en París, donde notamos esa mezcla de alegría desenfrenada y sensualidad a flor de piel y el miedo a tomar la decisión correcta que nos dé la Libertad; desde La noche soñada hasta No me dejes, donde todos los fantasmas de un niño que ya no lo es se sacrifican a un presente imperfecto, profundo y único en donde habitan mil errores y pocos olvidos; desde El lector hasta cada uno de sus artículos; desde Mi lugar en el mundo eres tú hasta su propia frontera, la que separa el cristal de las gafas de su mirada, la barba de la boca, los labios de la voz que habla, las manos de las palabras que escribe; el sacrifico de una niñez que sin embargo late muy vívida en su recuerdo; la embriaguez de la juventud y el triunfo, lleno de ese lustro que sólo una sociedad agotada en sí misma permite su pertenencia y su goce; el placer de la conquista y los amores fugaces, quizá equívocos, tal vez inútiles, hasta ese momento, variable para cada uno, en que el amor hacia Otro hace tanta mella que destruye la geografía de una vida y la cambia para siempre. Nadie muere ya de amor, pero ese sufrimiento mina e inestabiliza y a veces nos impulsa, a través del arte, a transmutarlo, a transmitirlo y finalmente a dejarlo de lado, lastimados y agradecidos de semejante experiencia y de tamaño regalo.

La parte escondida del iceberg no es una novela: es un relato a borbotones de la angustia vital de un hombre que no puede más; un poeta cuyas válvulas de escape ya son incapaces de soportar la presión de una vida burbujeante y vacía, que le impide ver la belleza que le rodea y, aún peor, la propia belleza que posee. Es un relato angustioso, desesperado, lleno de referencias innecesarias, porque nada justifica más ese estado de fosilización y de movimiento, de arcadas y vómitos, de medias sonrisas y de obstinación; Màxim Huerta, el escritor, consigue transmutar al Max de la intimidad al comprenderlo, y aún más, al aceptarlo. Máxim Huerta, el escritor, consigue finalmente aceptar al Max herido y solitario, por torpeza o por propia elección o por obstinación o por comodidad, a través de un parto eterno que ha necesitado cinco relatos, un rosario de resacas, miles de kilómetros recorridos y el intenso frío de un invierno casi irreal de París.

En La parte escondida del iceberg pueden sobrar muchas cosas que distraen del relato, porque la vida está llena de esas jugadas estrafalarias que consiguen que perdamos el agudo sentido de orientación de nuestro corazón, pero no le sobra ni un latido, ni una lágrima, ni un aliento de hielo: podemos amar hasta cansarnos y siempre nos sabrá a poco; podremos desearlo con todas las fuerzas del cuerpo, pero siempre será largo el olvido, porque hay cicatrices, hay aromas, hay tactos y una rendición inexorable a la belleza de lo perdido, a la recreación de lo pasado, que nos atan a él.

Todo fin es un nuevo comienzo. En La parte escondida del iceberg ha penetrado la luz, y su calidez, aunque tímida, ha dado paso al deshielo de la primavera. Por eso se ha escrito en enero, por eso se publica en abril. Por eso Màxim Huerta es uno de los escritores más valientes que conozco, y Max, uno de los hombres más admirables que existen. Hay secretos, medias palabras, nombres no dichos, causas inexplicadas, vida escrita aún con caracteres ilegibles. Pero el corazón late y de su centro mana sangre a borbotones, cálida, lenta, pero constante, y ese latido lo hará elevarse hasta la altura que merece, hasta la comprensión real y última, que revela siempre, siempre, la vida que se vive.

El mundo real

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Ojalá pudiéramos vivir sólo en nuestras ilusiones, que ese mundo cambiante, elástico, se hiciese real, firme, fijo. Ojalá pudiéramos sentir sin límites y  sin miedos, liberándonos de toda inhibición y llenarnos de la energía sin fin de lo posible. Esa esperanza que late a la espera de hacerse hecho, verdad.

Ojalá pudiéramos soñar a la vez. Porque los soñadores se encuentran en algún punto común, donde las sonrisas y los corazones parecen fundirse y no hay malentendidos, donde todo fluye con la facilidad de lo divino y vivir es realmente un regalo mágico.

Pero debemos dejarlo ir… En el mundo real tú no me amas y yo suspiro por ti. En el mundo real me abrazas como a un oso de peluche y me aprietas los carrillos ya un tanto fláccidos y me miras con ojos que no me ven, no como yo te veo a ti.

En sueños, tú y yo vamos de la mano. Y hay silencio. Porque nuestras intenciones hablan por los codos y no necesitamos palabras, el roce de un dedo, el reflejo del viento en el vello de nuestros brazos y una sonrisa que es como un sello de intenciones. Pero en el mundo real vamos separados, dos metros uno del otro, hablando de todo un poco y de nada en concreto, lamentando un hecho, suspirando por algo que quedó atrás, por el cierre de un local, por las ganas de tomar un café. En sueños nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos. Y nos besaríamos. Pero en el mundo real nos vemos y no hay ninguna caricia, la mía se queda a medio camino, demasiado tímida; la tuya, es pura inadvertencia. Y sonreímos. Yo porque estoy a tu lado, tú porque te hago gracia y te sientes mejor cerca de mí.

En el mundo real debemos separarnos cuando nos vemos. Y nos vemos alguna vez, o dos, al año. En sueños iríamos abrazados hasta nuestro hogar blanco, y en nuestro sofá blando nos hundiríamos con el peso enorme de tu cuerpo, y el lenguaje de las caricias y de los besos lo llenaría todo, incluso los gemidos, y después te levantarías a buscar algo para comer y yo abriría las cortinas para que la noche celosa jugase con nosotros a hacer magia con el amor. Pero en el mundo real, cuando llegamos a tu casa, me abrazas como a un peluche, y me tiras de las orejas gracioso y hasta jugueteas con el pelo de mi pecho, sonríes como si tal cosa y me dices adiós. Y suspiras. Porque te vas con él. Y yo me quedo allí, de pie, con el dedo en el telefonillo, intentando buscar restos del calor de una mano que ya no está.

Ojalá pudiéramos vivir en nuestros sueños, donde todo es fácil, donde todo es realidad: el mar insomne, el océano de estrellas, el aroma de tu piel en mi piel, y la sonrisa de tu mirada en mi rostro. Ojalá pudieras darte cuenta, aunque fuera sólo un poco, de lo ancho de mi amor, de la profunda espera, de la pasión que refreno y de mis inmensas ganas de besarte, de beberte y de abrazarte en la singladura nocturna hasta atracar en el amanecer de tu vida. De tu vida real. En el mundo real. Allí, donde nada es posible, ni tú ni yo.

Jane Austen: Orgullo y Prejuicio con Sentido y Sensibilidad

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Si no fuera por la insistencia calurosa de Mikel Fernández Bilbao, hubiera seguido dejando de lado, o mejor para más tarde, leer a Jane Austen. Ni mi orgullo ni algún prejuicio escondido me mantenían alejado de su literatura, salvo quizá el empacho de cultura anglosajona de la que gozamos desde mediados del siglo XX hasta ahora. Lo curioso es que en estos momentos, con datos alarmantes de agotamiento, encuentro más adecuado acercarme a una literatura centrífuga, casi rayana en la obsesión de observarse a sí misma y que sin embargo nos regala bellos retratos de personajes tan pegados a la tierra, tan complejos y simples a la vez, con los que nos resulta fácil identificarnos y que nos permite, en esa aparente sencillez, adentrarnos en mundos llenos de poética narrativa, cuajados de espacios abiertos, verdes y melancólicos, y en esos sentimientos más íntimos, por fuerza vergonzantes por ser mantenidos ocultos, que mueven nuestras reacciones, que a veces nos justifican y por siempre definen nuestros sentidos.

De Jane Austen se dice que inaugura de algún modo la literatura anglosajona moderna. Desde luego le da una sacudida tal, que desde finales del S XVIII nos llega a hoy con la misma frescura y hondo conocimiento de la naturaleza humana que cuando la ideó su autora. Dejando atrás su repetitivo sentido de la estructura narrativa, por lo demás imitada posteriormente por excelsos escritores paisanos y extranjeros; la capacidad de esta mujer para diseccionar la sociedad inglesa (o al menos la porción de la sociedad que conocía), siendo mujer (¡estamos hablando de las postrimerías del S. XVIII e inicio del S. XIX!, cuando aún coleteó hasta nuestro propio siglo la indecencia, o mejor, la inconveniencia de que una mujer escribiese, y aún más, bien), es tan precisa, tan calculada, tan exenta de vergüenza, que fascina y divierte, y encima de todo, enseña de una forma constante y única, consiguiendo de lo cotidiano algo universal.

Nada es pequeño en el corazón de alguien que puede escribir dejando semejantes ecos en la eternidad.

Sus personajes son mujeres, lo que ya es una novedad que se mantiene hasta nuestro tiempo, prácticas, de posición social inestable pero siempre respetables, apasionadas, reflexivas, espontáneas y muy observadoras. Diseca sentidos y sensibilidades, el ansia de estabilidad (que se repite en cualquier vida), ese sentido agudo que toda mujer tiene de supervivencia y aún de renuncia y de adhesión a un destino tan estático como frustrante; manipuladoras, talentosas y muy, muy inteligentes. No hay nada en Jane Austen que esconda su agudeza, su conocimiento ni sus habilidades. No hay nada en la autora de Orgullo y prejuicio que disfrace esa aguda franqueza (inusual en cualquier escritor y sobre todo en una mujer, en la época en la que se consideraba que toda opinión vertida por una era más que un desacierto, un escándalo cuando era sencillamente una verdad) con la que nos describe la sociedad que le ha tocado vivir ni que denuncia, de esa forma sibilina que sólo una mujer puede llegar a vertebrar, el estado femenino, las carencias de su género, ni sus armas para poder sobrevivir.

Y si a esto añadimos una visión muy certera de la naturaleza humana y el acierto psicológico de elevar las taras humanas a relatos brillantes y minuciosos, llegamos a entender que Orgullo y prejuicio siga siendo una de las novelas más leídas, agradecidas y brillantes de la literatura anglosajona.

Precursora de Tólstoi, de Proust, de Gide, que llevan más allá ese sentido de lo femenino, masculinizándolo (¿o quizá feminizando las ansias masculinas de estos autores?) quizá, inyectando un preciosismo en sus descripciones y una precisión de escalpelo de las que Jane Austen (gracias a Dios) carece, mostró a los escritores del naciente S. XIX que la vida de una mujer, que sus deberes mundanos y su día a día eran oro puro en manos sabias; Jane Austen, que une sus manos a George Sand y a Marguerite Yourcenar sin duda, y a Marguerite Duras también, nos enseña que ninguna historia es pequeña, que una observación minuciosa de la naturaleza humana da pie a mil enredos que no requieren profundas retóricas, si no un sentido profundo de lo verdadero, y una sensibilidad extática para ser escritos. Jane Austen es el puente que une la literatura de la mujer como escritora (que no femenina) del S. XVIII al S. XXI y no cabe duda que perdurará en al retina y en las letras de todas aquellas que quieran retratar su día a día, sus miserias y sus virtudes, con la mayor libertad, el mínimo embarazo y la mayor exquisitez posibles.

Solo otra vez (naturalmente)

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al dr.H.

A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir.

***

   A veces, sólo a veces, la magia se da, el regalo se recibe a manos llenas, y llega una chispa pequeña a iluminar por un instante una vida oscura. Y ya está. Todo parece girar de nuevo y hasta la sonrisa de fruta se abre como una flor y permanece eterna, alelada en ese vapor cálido de un sueño, una quimera. Y sabemos que todo es posible.

***

   La soledad, una especie de mala consejera con un sueldo altísimo, parece que esconde sus cartas. Pero en realidad nos deja ciegos, y el encanto nos envuelve con una red débil. E imaginamos el día, la hora, la mirada cómplice, el ligero cabeceo, un ademán, y la voz suave, las manos firmes, el pecho abierto a un millón de besos, la espalda llena de caricias y un nombre, y un momento, en ese encuentro anhelado, en el que el atardecer, el viento, las hojas de los árboles y hasta los semáforos se detienen llenos de expectativas por lo que va a suceder… Y después todo pasa.

***

   Las manos entrelazadas, la sonrisa cómplice, un abrazo y quizá un beso. Y la noche que sigue, las nuevas confidencias, una intimidad callada que no precisa de mucho más (todavía), si no de tiempo, tiempo que se extiende y se hace ingrávido, inerte, eterno.

***

   Pero esas esperanzas, que se tejen débilmente en la distancia y se endurecen a medida que se acerca ese instante soñado, provienen de la soledad y a ella vuelven, dejando un corazón de nuevo herido, un mar de anhelos rotos, y una realidad grave.

***

   No lo había imaginado así. No debía ser así. No otra vez. Pero sí.

***

   Cuando nos abonamos al ensueño después de tanto tiempo mojados de realismo, cuando el corazón apagado renace otra vez lleno de brío, cuando nada importa: la distancia que no es nada, la virtualidad, a veces el silencio impenetrable y a veces una verborrea sorprendente, y nos enganchamos en un viaje ilusionado, carísimo, pero prometedor… La verdad siempre está ahí para llevarnos a tierra, para aclararnos que los sueños sólo se regalan a los afortunados; que los perdedores lo desean todo y son dueños de nada, excepto de una soledad sonora que de tan pesada se hace compañera, enemiga y verdugo.

***

   No importa que la ciudad sea hermosa, que el día de primavera se cuele por entre las flores de los árboles aún desnudos de hojas; no importa que sea bello y encantador y tenga una voz grave y suave; ni que sus ademanes, vibrantes, enérgicos, simulen una conversación que es más bien un soliloquio; no importa que el local sea perfecto, la luz tamizada de las seis de la tarde, los asientos cómodos, de un terciopelo moderno y mullido, que la sombra de un edificio dibuje pequeños arcoiris en esos ojos preciosos, ni que la fuerza de una juventud divina parezca embriagar todo a nuestro alrededor… Siempre hay un móvil, un nuevo compromiso que surge, un vaya-lo-siento-me-quedaría-pero… Y nada más.

***

   Porque en realidad NUNCA hubo nada más.

***

   A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir. Y así seguimos, un día y otro también; solos otra vez, naturalmente.

Oír, escuchar, comprender

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Fui a buscar al oncólogo para que me explicara el cambio en la propuesta terapéutica de mi madre. Se había establecido un cronograma con el que habíamos quedado conformes: cirugía, radioterapia posterior, hormonoterapia. No quimio. Pero ahora se había producido un giro en el plan con el que no contábamos mi madre y yo. Al parecer el oncólogo tenía dudas.

Dicho cambio se le había comunicado a mi madre sin prepararla para ello. Yo no estaba presente. Y aunque lo hubiese estado. No debería haber cambio entre la comunicación médico-paciente fuese la madre de un colega o no. Aunque sé que si hubiese estado junto a ella, la notica hubiese sido dicha, y quizá asimilada, de otra forma. Ella salió entera pero my preocupada por ese cambio inesperado, y posteriormente me lo diría por teléfono casi al borde del llanto. Ella tenía cáncer, yo no. Y por supuesto, tampoco lo tenía ni la cirujana ni el oncólogo.

Dejando detalles técnicos aparte que llevaron a esas dudas en el plan de terapia del cáncer de mama que padece mi madre, el problema real que yo veía era ese hiato insuperable entre la intención del médico, sus propia visión profesional, sus ansias (y nada dispara más las alarmas que tratar a familiares de colegas) y las del paciente que está tratando. Es casi imposible evitar mezclar nuestras expectativas sobre nosotros mismos y las del paciente, nuestra intención de hacer lo mejor que sabemos hacer (y ser) y las del paciente, que desea ser curado por un lado con el menor dolor, y por otro, ser oído, y comprendido, en su dolencia.

Oír, escuchar, comprender. Tres verbos que deberían estar grabados en nuestro corazón. En Medicina. Pero también en la Vida así en mayúsculas, y en la vida pequeña, del día a día.

Fui a buscar a mi colega y le pedí que me aclarase el cambio. Me explicó sus dudas, su deseo de aportar el máximo de posibilidades en vistas a una «curación» (y no, amigos, no hay curación con el cáncer, ni es una batalla que se gane, ni es una lucha diaria: es vivir en constante riesgo, es enfrentarse a la debilidad, al miedo a nosotros mismos, a sufrir; es aprender a vivir al completo cada segundo, y eso es una lección durísima y difícil de aceptar) o, como me aclaró al recordar que estaba hablando conmigo, una alta posibilidad de estar libre de tumor en los plazos de cinco y diez años (así medimos realmente el éxito de cualquier terapia, en términos de supervivencia). Así, su tipo de tumor, ya per se con alta supervivencia ajustándose al plan inicial, podía beneficiarse de un 5% más de posibilidades si se le sumaba la quimioterapia. Asentí. Pero no.

Mi madre es una mujer sana, dentro de su edad, con una vida rica, que le permite hacer lo que desea; le gusta estar guapa, arreglada; le gusta pintar, bordar, salir a dar una vuelta, estar en su hogar. Tiene una buena calidad de vida. Y se nos olvida que la vida, la Vida, es calidad; de nada nos sirve estar vivos si no podemos disfrutar ni un segundo de ese regalo, de ese placer. Ella lo sabe. Lo ha tenido siempre muy claro. No le importa vivir diez años más, si ello supone mermar sus gustos, su independencia, su disfrute pequeño de los días que pasan. Sabe que tiene cáncer y lo ha asumido con entereza; se ha sometido a cirugía y ahora a radioterapia; sabe que tiene que tomar una pastilla todos los días durante cinco años, pero no quería oír hablar de quimioterapia ni antes de saber qué tenía, ni ahora. Es su voluntad. Su voluntad como persona y como paciente. Y se había sentido engañada como paciente y como persona al saber que deseaban cambiar un plan terapéutico sin comentarle nada, sin tener en cuenta precisamente eso: su vida. Y eso, no.

Le dije directamente a mi colega que siendo yo el que lo tuviera, por un 5% más de probabilidades no me sometería a la larga tortura de una quimioterapia: proceso eterno, indolente, que requiere una capacidad vital para la recuperación enorme (y no hablemos aquí de los problemas durante la terapia, que dan para mucho), que yo, sano, no estoy seguro de tener y mucho menos mi madre, dueña de una edad madura maravillosa, pero madura.

Lo miraba mientras se lo comentaba. Como hago siempre. Y me daba cuenta que no me entendía. No cabía en su esquema mental que me negase a esa posibilidad. Y yo mismo me preguntaba cómo era posible que no me entendiese. Empleábamos los mismos términos, pero desde primas diferentes.

Respiré hondo y detuve mi perorata, comprendiendo de súbito que no íbamos a llegar a ningún lado. Y supe en ese instante qué le aquejaba. Su necesidad de ofrecer lo mejor a sus pacientes, su deseo de que se libraran de una enfermedad laboriosa, era mayor que su sentido común; no entendía, no entendía, que alguien escogiese vivir con una enfermedad, pero vivir bien, con ese riesgo aceptado en vez de entregado a un tratamiento brutal que lo ataría a un lecho sin garantías, o con apenas más garantías que las que ya contaba por la propia naturaleza del tumor. Supe que no íbamos llegar a un acuerdo satisfactorio para él. Hasta que me dijo:

– Quien decide es la enferma.

Faltaría más. Sonreí.

– Obviamente. Ni tú como su médico ni yo como su hijo. Es algo que todos tenemos claro, ¿no?

Sonrió un tanto benevolente. Pensaba que al final se saldría con la suya. Como si eso fuese lo importante.

– Vamos a hacer un nuevo test sobre el tumor, es lo más preciso que tenemos en materia de probabilidad de recurrencia [reaparición] del tumor. Y según nos diga podemos decidir con más seguridad. ¿Te parece?

– Perfecto.

Sonrió más relajado. Y yo. Él tenía un arma con la que argüir sus bien intencionadas medidas terapéuticas, y mi madre ganaba una semana para pensarlo mejor.

Salí de su consulta sabiendo que se le ofrecía esa oportunidad de meditar porque era mi madre. Su caso es lo que llamamos frontera: ni bueno ni malo, de esos difíciles de decidir: todo lo que se haga es bueno sin llegar a ser magnífico; todo lo que se le añada como tratamiento sólo busca asentar las buenas posibilidades que ya tiene de por sí el caso, como asegurar con un dique nuevo la contención inicial de la primera estructura construida.

Me pregunté a cuántas mujeres, a cuántos pacientes, se les daba también esa oportunidad.

Cuando fuimos a la consulta, al día siguiente, observé desde fuera la relación médico-paciente, ese juego imperceptible en el que sin embargo las decisiones adoptadas transforman vidas, trazan destinos.

El oncólogo con su postura férrea, mi madre con la suya. Ambos con las mejores intenciones. Pero había algo que faltaba en ese diálogo: él oía, pero no escuchaba, y no comprendía la postura de la paciente. Mi madre, al contrario, lo entendía, pero argüía, con ese enorme sentido común que la caracteriza, sus razones. Diez minutos después, él le comunicó la prueba a la que iban a someter a su tumor y ella aceptó.

– Todo sea para que tengamos sobradas razones para tomar una buena decisión.

Le dijo el oncólogo. Ella asintió. Se dieron la mano y salimos de allí.

– Un buen hombre -me dijo mi madre ya en el pasillo-. Pero no me gusta.

La miré asombrado. No porque ella no acostumbrase ser directa, si no porque él había sido correctísimo, algo rígido, pero muy amable.

– ¿Y eso? No te dijo lo que querías oír.

Ella siguió con su tono calmado:

– No. Hace su trabajo. Pero mal.

– ¿Mal?

– Sí. Porque no me ha escuchado. Yo entiendo su postura. Es su labor darme todas las armas posibles para curarme. Pero es su deber entender mi decisión, porque es mi vida y mi salud, no la suya. Y si no me quiero someter a un tratamiento y le explico el motivo, su deber es entenderme, no ser condescendiente. Hay una gran diferencia. Y no tengo que explicártela ahora. Estás muy mayor para eso.

Le sonreí, sin decirle que sabía perfectamente a lo que se refería. Puede que ella no supiera la angustia que, como profesionales, nos atenaza muchas veces, la cruel necesidad que nos obliga a dar todo lo que podemos para alcanzar la restauración de la salud de nuestros enfermos. Una obsesión que puede nublar nuestro sentido común. Eso es una debilidad que debemos detectar y minimizar, pues no podemos eliminarla de un plumazo,  y que pocos, en realidad, somos conscientes de su existencia. Y sin embargo yo era uno de ellos, y también fui un enfermo, y un familiar de un enfermo, y muchas cosas más. Qué complicados somos a veces los seres humanos.

Mi madre iba a negarse a la quimioterapia sí o sí.

– ¿Cuánto me queda por vivir? ¿Cinco años? ¿Tres? Lo que sea, estoy de prestado. Vivámoslo entonces como debe ser, quiero salir y estar al sol, encender la chimenea y sentarme a su lado pintando, quiero bordar y seguir saliendo con tu tía si me apetece a dar una vuelta, viajar si puedo permitírmelo, teñirme el pelo y llevar la coleta que he llevado media vida. El precio por unos años más de vida es muy alto con la quimioterapia para la sencillez con la que vivo; hay que pensar en vivir al máximo, no en arrastrase y dar trabajo gratis. A mi edad, la vida es para sentirla, no para dejarla ir en medio de tonterías.

Era su vida. Y tenía razón. Había que oírla, escucharla y comprenderla.

Hace unos días, en una guardia, me llamaron para valorar un enfermo de Parkinson ya mayor, encamado desde hacía tres años; sus familiares querían que se le diese la mejor atención y eso incluía la posibilidad de ingreso en UCI.

A la colega que me había comentado el caso le di una negativa cortante. De todas maneras, subí a valorarlo, como hacemos siempre. Por el camino (ahorro aquí la explicación de subir a pie seis pisos porque el ascensor no daba llegado), me arrepentí de mi brusquedad. Es que ya debería salir de nosotros mismos estas decisiones. En fin. Diciéndome a mí mismo de todo, llegué a la planta. Y fui directo a ver al enfermo y después hablé con su familia. Tres personas, pendientes de una hija del paciente que estaba de camino.

Les informé de sus posibilidades, de lo que le haríamos si lo ingresaba. De lo que significa prolongar una situación que no tiene salida. Creo que me entendieron y aún así temiendo lo peor, me dirigí a hablar con mi colega con la firme intención de ingresarlo, para ahorrarme (lo reconozco) tener que hacerlo a horas más indecentes ante la supuesta terquedad de su médico.

Me llevé una sorpresa. Mi colega no deseaba ingresarlo. En el fondo, lo que quería era mi ayuda para hacer entender a la familia que las posibilidades del enfermo eran nulas y que lo mejor era aportarle los cuidados paliativos que necesitase para que no hubiese sufrimiento por ambas partes. Suspiré, aliviado.

Me había equivocado. Y qué dichoso estuve de haberlo hecho.

Con energía renovada volví a reunirme con la familia. Ya había llegado la hija que faltaba. Sus caras de angustia me afectaron un poco. Y por un momento, detuve el fluir de mis pensamientos y abrí los ojos y los oídos: les dejé hablar, los oí, los escuché y los comprendí.

La hija tenía miedo, primero, que lo que tuviera pudiese ser tratado y salvado; segundo, que lo veía sufrir y la angustiaba todo. Debí haberlos llevado a un lugar donde sentarnos, pero no lo hice. En vez de eso, cambié el tono de mi mirada y acerqué mi postura a ellos. Supe el camino por el que tenía que transitar y les tomé de la mano para que viajaran conmigo.

Les expliqué la evolución del Parkinson y las causas habituales de muerte cuando la enfermedad evoluciona, como era el caso. Les expuse e intenté garantizarles que mis colegas y yo vigilaríamos por la integridad del paciente y por la de la familia, y que veía un error ingresarlo en una unidad que sólo le ofrecería prolongar una situación que no tenía futuro.

Suspiraron aliviados. Entendieron. Me entendieron. Y por encima de todo, yo les comprendí. A ellos. Y a mi colega, desbordada por la falta de conexión con la familia.

Resolvimos la situación como deseábamos, y todo volvió a la normalidad.

Era lo mismo que el caso de mi madre con su oncólogo. Lo mismo que nos pasa en el día a día a todos en todos los niveles.

El resultado de la prueba del tumor de mi madre llegó. Fue mejor de lo que esperábamos. El oncólogo me llamó todo ilusionado para darme el resultado.

– Tenía razón tu madre -me dijo-. Una mujer muy perspicaz. Toda una dama.

Sonreí para mis adentros. No necesitaba quimioterapia. Ahora había más certeza. La angustia de su médico disminuyó y mi madre suspiró tranquila. No quería mandarlo a hacer gárgaras y ya no tendría motivos para eso, pues, aún su incapacidad para escucharla y entenderla, ella era consciente que la había oído y con eso le bastaba.

Y porque sí, además de guapa y elegante y ser todo corazón, mi madre es una dama.

Ahora toca enfrentarse a otros problemas, los que vayan llegando, con ánimo renovado.

Oír, escuchar, comprender… Cuánto tenemos que aprender.

El amor después del amor

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BOMBILLAS

El amor después del amor, de Derek Walcott
(extraído de la página de LUIS CREMADES·VIERNES, 17 DE MARZO DE 2017)
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
—Derek Walcott—
(Versión de Vicente Araguas en Huerga y Fierro Editores)
LOVE AFTER LOVE
The time will come
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other’s welcome,and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved youall your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,

the photographs, the desperate notes,
peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.

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Moonriver (with 2Cellos)

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