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Carlos Hugo Asperilla o la contención/ Carlos Hugo Asperilla or Containment.
Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature
Cuando tuve en mis manos Rosas Blancas para Wolf, dudé un poco. Estoy bastante cansado de la ficción instalada en la Segunda Guerra Mundial o en la Guerra Civil Española. Parece que no sepamos extraer de la Historia reciente de la Humanidad algo más en lo que basar historias llenas de pasión, dolor o realización. Cierto es que, en un mundo que se desmorona, la épica humana resplandece más y la ficción logra alcanzar ese grado de casi realidad que, en otro tiempo y lugar, quedaría relegada a comparsa o a ruido de fondo.
Pero Carlos Hugo Asperilla ha sido capaz de trascender el trasfondo histórico de su primera novela, novela particularmente bien escrita, intensa, tierna a veces dentro del marco del Horror, y muy contenida. La historia de Wolf se superpone, en esas capas eternas, al tejido político y a la locura colectiva que en su día envolvió a un pueblo hasta quedar anulado de consciencia y autocrítica. Por la novela desfilan todos los nombres oscuros de un período doloroso y lleno de tópicos; puesto que tan importante ha sido en la Historia Humana, está tan repleto de polvorientos ménados, de farragosos meandros, que extraer las intenciones más íntimas, y por lo tanto más escondidas, de todos aquellos seres que consiguieron doblegar durante un breve pero intenso período de locura y horror a todo un continente, a toda una generación, hace de este libro una pequeña maravilla. Puesto que la historia que se lee o que es contada siempre es factible de ser manipulada, tanto por vencedores como vencidos, encontrar un relato como Rosas Blancas para Wolf es un soplo de aire fresco en el pesado telón de ese teatro de maravillas y excentricidades que ha sido la Segunda Guerra Mundial.
Con todo, no es un libro fácil. Nadie es lo que parece ser, y el horror, la locura, la sed de sangre y de poder, de reconocimiento y de admiración, corren por sus páginas firmemente atadas por esa mano detrás de las teclas, por ese escritor sagaz y capaz que se deja ver muy poco, casi nada, y que procura no emitir juicios sumarios ni objetivar realidades ya establecidas por la Historia; la cualidad de Carlos Hugo Asperilla está en enseñarnos un fresco general en donde los protagonistas pivotan y evolucionan, dando tumbos en secreto, hasta alcanzar un grado de madurez casi divina, respetando todos los espectros del ser humano.
Sus protagonistas son alemanes, nacidos y nutridos en el nacionalsocialismo; con personalidades alienadas bien sea por la manipulación gubernamental o por sus propias miserias interiores; y aunque los despojos humanos lo son siempre, Carlos Hugo Asperilla recoge las hebras de la biografía personal de cada uno e intenta explicar, desde una óptica nada juzgadora (de ahí mi fascinación por cómo el autor ha sabido dibujar un tiempo, con sus sentimientos y contradicciones, sin caer él mismo en la manipulación o en la hipocresía), las razones por las que un ser humano puede convertirse en un monstruo, justificarse quizá y asumir su propia naturaleza sin perturbarse en lo más mínimo, pues lo ha perdido todo en ese proceso de metamorfosis en el que ha sacrificado su propia sensibilidad y su alma.
Es un libro de iniciación. Y no sólo porque Wolf sea un adolescente que crece en el Berlín dogmático y oscuro de esos años de oprobio. Cierto es que Rosas Blancas para Wolf nos muestra el retrato de un niño que se transforma, en ese tiempo convulso, en un hombre; pero esa transformación liberadora (sea hacia la la luz o hacia la oscuridad) la sufren todos y cada uno de los protagonistas; incluso, de soslayo, el Führer. Es un libro que sorprende, porque nada es lo que parece y todo es exactamente lo que la Historia ha retratado de ellos; y porque no ha buscado en sus líneas justificar ninguna postura ni ensalzar ninguna solución: se contenta con retratar con cierta aspereza un tiempo convulso y difícil y a unos personajes recios, tan duros consigo mismos como el tiempo que les ha tocado vivir, y una evolución que nunca es fácil, sea en tiempos de guerra o en tiempos de paz, puesto que problemas para la raza humana siempre los habrá mientras sigamos siendo lo que por ahora somos.
Es un retrato hábil, y como buen retratista español que es, nos muestra a sus personajes tal cual son, sin artificios, sin colores estridentes, con sus flaquezas y sus aciertos, con sus esperanzas y decepciones. Rosas Blancas para Wolf no es un libro fácil ni pretende serlo, sin embargo está lleno de una sobria esperanza y de un dolor y un horror sabiamente contenido: nada en sus líneas chirría, ni un disparo gratuito ni una sonrisa de más. Está lleno de claroscuros, porque así también es la vida. Y veo a Rosas Blancas para Wolf como una buena película, lejos de la blandura que Steven Spielberg imprimió como carminativo a la crudeza de La Lista de Schindler, ni de ese final feliz a pesar del horror, y no por merecido, de El Pianista de Roman Polanski; porque sus personajes luchan y sufren y caen y se mantienen, bien en su error, bien en su despertar, en el viaje a la Oscuridad que fue la Vida en ese período sombrío del siglo XX.
Verdes promesas/ Green Vows.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea insideBroken Vow, Josh Groban.
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El Planeta Azul/The Blue Planet.
El día a día/ The days we're livingLos ojos de Carlos Docampo: Santiago de Compostela/ Carlos Docampo’s eyes: Santiago de Compostela.
Arte/ Art
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Paredes de Cristal/ Crystal Walls.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside
Llevo un tiempo planteándome algunos cambios a los que la vida que vivimos parece abocada a realizar en mí. Todo cambio de una situación da miedo o como poco aprehensión, puesto que aquello que está por venir no siempre es mejor. De sobra sabemos que lo que dejamos atrás nunca vuelve, y que todo cambio depara en nosotros una transformación tan profunda, que aquel que dejamos de ser se pierde para siempre en el recuerdo: aquello que no forma nuestro presente simplemente se diluye en el día a día y se pierde.
La pérdida, el dolor que genera, la ansiedad, son elementos que conforman el parto de esa nueva persona que somos siempre que nos vemos sometidos a las fuerzas telúricas de la vida. Por eso somos incapaces de aprehender lo que dejamos atrás, porque el cambio se opera en nosotros, y ya no encajamos tan bien, aunque queramos, en el tiempo ido.
Pues en esta situación estoy y, como no es tampoco novedad, no sé exactamente qué hacer, qué camino es el correcto ni qué deparará el destino de aquí a mañana. Esa fragilidad natural agrega mayor inestabilidad a mi mundo, de por sí bastante delicado ya, y me somete a las mareas insomnes y a los devaneos de lo que puede ser y no será.
Fuerzas que nos arrastran hacia un lado; responsabilidades que cuelgan de nosotros como fardos pesados, aceptados y queridos, pero estorbos a fin y al cabo; sueños que pugnan por nacer por fin, tras años de obstrucción y de olvido; oportunidades que se diluyen dejando en su lugar un vacío incierto… Y el mundo que gira lejos, por fuera de nuestro mundo de cristal, cuyas paredes nos rodean hasta limitarnos, ahogarnos o darnos la última libertad.
Me pregunto qué es lo correcto, dónde está el error (si lo hay) y cómo hacer para corregir lo que no tiene remedio: por todas partes afloran oportunidades encantadoras que esconden en su interior un alto precio; cambios radicales que generan revolución de estrellas; y renuncias, muchas renuncias a la nada; para acabar desnudo en la noche que pasa, y solo en los días que pasan uno tras otro, como una masa informe sin peso ni gravidez.
Me pregunto, mientras oteo a través de las paredes de cristal de mi mundo, por qué hay tanto dolor, por qué las personas envidian los bienes de los demás, desean aprehender la belleza, el aprecio, la locura ajena; se lamentan por lo que no tienen, sufren por lo que pueden tener y se hacen daño unas a otras, por efímeras consecuencias, por vacuos honores, por una sonrisa cómplice, una mirada perdida y un abandono… Soy parte del mundo, soy uno más; pero a veces me encuentro prisionero dentro de estas paredes de cristal y me pregunto, cuando me doy cuenta de eso, por qué me siento distinto, por qué no entro en ese juego, por qué me alejo de ese juego que llamamos vida, y por qué el mundo no puede ser aquello que queremos que sea: un lugar plácido en donde desarrollar nuestros potencialidades sin sumar más daño, más locura y más dolor del que el propio proceso de vivir nos da.
No lo sé…
Y acepto con cierta tristeza que mucha gente sea dueña de una mirada cansada o triste; que mucha gente espere de los demás una mala palabra, una mala acción, una absurda consecuencia; acepto que el mundo humano esté lleno de decepciones y de intrigas, y de falsos testimonios y de dureza…Sé que, en el fondo, está repleto de seres tan asustados como yo, y con tanto poder como yo para la serenidad, la belleza y la quietud.
Mientras tanto me pregunto, entre estas paredes de cristal, qué debo hacer, hacia dónde girar mis velas, y si aquellos que encontraré en el camino se darán cuenta que no tengo más ambición que hacer bien mi trabajo, que es vivir con bien, a través del umbral cada vez más grande de mis paredes de cristal; y ser feliz, y hacer felices a los demás, con eso.
No lo sé…
Llevo un tiempo planteándome cambios, muchos cambios, y nada parece ser lo correcto…

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