Todo es posible/ Fireworks.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

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Regalo de Navidad/ Christmas’ Gift.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

Hace un par de meses publiqué una entrada en este blog titulada: Gracias en la que una persona, con mucha delicadeza, me hacía partícipe de una situación que ambos habíamos vivido y del que ella guardaba un secreto muy suyo. Su historia (parte de la mía) me la ha regalado hoy, el día de Navidad.

Es cierto: es muy difícil dar las gracias ante homenajes que creemos inmerecidos. Pero es necesario aprender a aceptarlos cuando estos provienen directamente del corazón. En el fondo, somos ignorantes del efecto que producimos en los demás, de aquello que podemos generar de bueno o malo; afortunadamente esa ignorancia nos permite mantener cierta distancia y cierta entereza en nuestros actos. Sin embargo allí están, y de vez en cuando bueno es que nos lo recuerden, para que podamos sopesar la eterna responsabilidad y el constante intercambio que tenemos entre los seres humanos.

Agosto del 2.005 fue uno de los peores meses de mi vida. Enfermedad, soledad y trabajo. El 1 de Agosto comenzó un calvario personal que me hizo enfrentarme a uno de los grandes miedos de mi vida, la posibilidad de perder a quien yo más a amo y a mí misma :¿Qué haría  si eso pudiera suceder o sucediera?. Y supe la contestación, una contestación que no me ha gustado y nunca me he perdonado.

En aquel Agosto yo estaba trabajando, era un trabajo que no te dejaba extenuada a nivel mental, pero sí físico. Muy duro y encima de noche. Así que, teniendo a mi ser querido en el hospital, muy bien cuidado por el personal y mi padre y hermano, elegí. Y elegí estar a ratos con ella, porque no quería perder mi trabajo. ¿Mi trabajo? Un trabajo que no me gustaba, que acabe dejando años después por cuestiones de salud y que no dejé de aquella por amor de hija.

Pero también me aterraba pensar en la posibilidad de dejar mi pareja, de que la enfermedad de mi madre dañase, de alguna manera, mi relación sentimental. Y quería, quiero tanto a A., que no me imagino mi vida sin ella.

Así que tomé una decisión, decisión que me costó muchísimas lágrimas, pero también incomprensión por parte de alguna gente (no de mi familia directa que jamás me juzgó, ni siquiera mi madre lo hizo, ni lo hace). Y me sentí sola, muy sola, no porque mi madre pudiera morirse, sino porque nadie lo comprendió. Fui tachada de mala hija. Y la verdad, no sé si lo soy o no, pero me dolió que identificaran mi ausencia con falta de amor, porque yo a mi madre la adoro. Y sé que ella me quiere muchísimo.

Pero entre este tiempo de soledad, de sufrimiento, de mala conciencia y remordimiento hubo un suspiro de paz. El que te conté. Nuestra conversación en la UCI, no solo fuíste un bálsamo para mi dolor por la enfermedad de mi madre, sino también para mi propio dolor.

Aun recuerdo mis palabras y las tuyas como si fueran ayer. Están grabadas a fuego en mi alma.

Me informaste sobre el estado de mi madre, de manera pausada, dulce y tranquila. Me alertaste de la posibilidad de que fuera a pasar un tiempo en la UCI; un tiempo largo si mejoraba y no empeoraba, posiblidad que podía darse. Y yo te contesté que sí, que lo entendía, que se la veía «asténica»… Tú sonreíste ante ese vocablo y me preguntaste si trabajaba en Sanidad. Te respondí, que no, que la medicina me encanta pero no el ejercicio de la misma. Pero que estaba al tanto de x cosas por la enfermedad de parientes. Ahí me ofreciste la posibilidad de habilitar un pequeño espacio para mi madre, para poder verla más a gusto y en mejores condiciones. La empatía, tu cualidad natural. «¿Habilitar un espacio? Idea genial si yo pudiera verla más tiempo que el fin de semana. Trabajo fuera»,  musité, culpable, y bajando la cabeza. Pero, la subí y te miré. Y ví comprensión, comprensión, Juan. Me dijiste: «No te preocupes. Ven cuando puedas, tu madre está bien cuidada». La frase que necesitaba oír para aligerar un poco el calvario la pronunciaste tú. No un familiar, ni un amigo, sino un desconocido. Y, entonces, tuve una sensación extraña. Supe que no se iba a morir, no sé por qué, pero lo supe, y allí (a veces me pasa con la gente, que no necesito tratarla para intuirla) percibí que estaba ante alguien distinto, singular, y pensé que como amigo no tendrías precio, porque en aquellos minutos fuíste más amigo que muchos.

Nunca me he perdonado no haber abandonado mi trabajo por mi madre, nunca, pero sé que lo que hice era lo que había que hacer para romper mi cordón umbilical perpetuo con ella. Lo sé, porque tengo el don de saber qué lección oculta una experiencia,  pero he pagado un precio muy alto: mi conciencia. No estar jamás en paz conmigo porque siento que la abandoné, que le fallé; pero, por lo menos, tú me proporcionaste esa paz durante unos minutos. Y eso nunca, nunca lo olvidaré.

Esta historia, la mía, te la pongo en privado, pero si tú crees que puede servir a otros, te doy permiso para publicarla porque no quiero que ningún acompañante se sienta juzgado por otros, porque NADIE, NADIE, sabe la verdad de nuestra alma. Solo Dios.

Gracias, Juan. AMIGO.

De nuevo mis más denodadas y silenciosas gracias a Cris Pulina (antes Cris Sin Más) por este maravilloso regalo de Navidad, y decirle que nada más estable que nuestro corazón y nada más sabio que los hechos pasados para demostrarnos que todo tiene su lugar bajo el sol, y que está bien que así sea.

Y la luz se levanta/ And the sun arises.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Arkaitz Morales.

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Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living

Para todos aquellos que viven la Navidad como fiesta y regocijo. Para todos aquellos que ven en la Navidad un derroche y un exceso. Para aquellos que sufren por la pérdida de Salud, del Amor o de la Seguridad. Para aquellos que no han tenido nunca nada; para aquellos que lo han perdido todo; para aquellos que lo han hallado; para aquellos que se creen perdidos; para aquellos que han encontrado refugio; para aquellos que no tienen motivos para seguir adelante y para aquellos que lo tienen y gravitan luchando por ello, Feliz Navidad.

Para todos aquellos que ven en la Navidad un hiato de hipocresía. Para todos aquellos que ven en la Navidad un motivo más para ufanarse de sus logros o riquezas, de sus vestidos o adornos. Para todos aquellos que no saben vivir de otra manera, que creen que lo que poseen es lo Único. Para todos aquellos que ven en la Navidad un instante de paz o de clemencia o de fe. Para todos aquellos que trabajan a destajo sin saber que existe; para todos aquellos que, sabiendo que existe, trabajan sin descanso para que los demás disfrutemos de un rato de luz y de alegría. Para todos aquellos que viven de espaldas a todo, rechazados por todos, únicos e irrepetibles, Feliz Navidad.

Feliz Navidad para toda la Tierra, que es una en sus diferencias, en sus enajenaciones, en sus intereses, en sus sueños. Feliz Navidad.

Feliz Navidad para mi familia, que soporta lo insoportable y por lo que, a veces, todo parece insuficiente. Para mis amigos de lejos y de cerca, para los carnales y los virtuales, Feliz Navidad.

Y para todos aquellos que leen este pedacito de vida, Feliz Navidad.

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Galicia, ¿me guardas el secreto?/ Galicia, can you keep a secret?

Arte/ Art

Del maravilloso Daniel Almeida, el anuncio de la nueva campaña turística de Galicia, de la que es autor: Galicia, ¿me guardas un secreto?


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Navidades de plata/ Silver Christmas.

Los días idos/ The days gone

Silver Bells. Clay Aiken & Kimberly Locke.

La Navidad, cuando era pequeño, era de color plata. Porque nuestro árbol fue, durante mucho tiempo, de fibra de aluminio, y brillaba plateado entre las luces titilantes de colores y las bambalinas, que eran de hilo y bordadas, y algunas de cristal soplado.

Recuerdo que me gustaba aquel árbol tan extraño, y aunque añoraba una maravillosa conífera verde, con su olor simpático y algo acre en la nariz, aquel símbolo de Navidad nos hacía únicos (ahora he vuelto a verlos en las tiendas de decoración, vendiendo la idea de algo rompedor y moderno…) y me entra una extraña nostalgia de aquellos tiempos que no fueron del todo felices, pero que fueron míos, nuestros, una vez. Recuerdo que nos hacían dormir la siesta para prepararnos para la cena de Nochebuena, que allá en el país donde Los Andes terminan simplemente se llama el 24, y para la llegada del Niño Jesús (no, Virginia, no existía Santa Claus de aquella). Yo no dormía. No he dormido nunca. Y mira que ahora lo echo de menos. Pero yo no dormía. me dedicaba a leer, y cuando me aburría o no entendía aquellos anaqueles de libros de nuestra biblioteca, hojeaba las imágenes, las ilustraciones, llenas de paisajes famosos, cuadros de renombre y personajes de calado en la historia humana. Por lo que aquella hora y media se me pasaba más rápido de lo que nunca ha vuelto a hacerlo.

Mientras los mayores preparaban las cena, en casa había mucha expectación, risas y música. Recuerdo una Navidad en la que mis abuelos vinieron a visitarnos desde España y aquella fiesta fue increíble, un gentío reunido para celebrar la novedad de estar todos juntos al menos durante esos días. Pues eso, había mucho ir y venir, colocando la mesa, preparando recetas, refrescando las bebidas y mucha charla y conversación, de la que los niños estábamos excluidos. Nosotros no hacíamos ruido, no nos entrometíamos y sólo esperábamos ansiosos la hora de la cena y abrir los regalos (casi ni cenábamos con la expectación.) Nosotros teníamos nuestro mundo particular, que aquella tarde de Nochebuena incluía casi totalmente la televisión. Era una tarde dedicada a nosotros. En aquellas Navidades de plata, entre el ir y venir de alimentos, colores y olores, lo mejor de la imaginación del hombre pasaba por la televisión y nos encandilaba como no he vuelto a ver nunca más.

Veíamos todas las leyendas sobre la Navidad que han cundido en casi todos los países cristianos y no cristianos, católicos o no. En nuestra televisión entraba todo, y en nuestra cultura, gracias a eso, también. El Tamborilero con aquellos muñecos de fieltro, cantando la historia de aquel pobre niño cuya ilusión era tocar el tambor (único recuerdo de sus padres muertos) y que encontró la mejor oportunidad a los pies del Portal de Belén. O aquella historia de Rodolfo, el reno de la nariz roja, con aquella naricilla de bombillo rojo, que se encendía y hacía el mismo ruidillo que las lámparas al encenderse… Pobre Rodolfo, malquerido por sus iguales porque no era igual, y finalmente elegido por San Nicolás (Santa Claus o Papá Noël…¡hay tanto donde escoger!) para liderar su viaje desde el Polo Norte a través de la nieve, iluminando de rojo el cielo azul oscuro de la noche de Navidad… O Charlie Brown, que buscaba el símbolo de la Navidad, encontrándolo en un flacucho pero aún hermoso arbolillo delgadito…O Virginia, que buscaba y buscaba, preguntando al mundo de los mayores si de verdad existía Santa Claus… O Mr. Magoo, con su ceguera miope entremetiéndose en extraños enredos. O Los Picapiedra, o La Pantera Rosa, o…

¡Qué maravilla! ¡Qué mundo de pura fantasía! Las Navidades tienen para mí ese aroma añejo, ese sabor de recuerdo y ese color plateado, plateado del árbol, y de la pantalla de la tele en blanco y negro… Y de la felicidad. No éramos ricos, no éramos pobres, no éramos felices y había poca Salud, pero había comida abundante, vinos de calidad, música, baile, risas y regalos, no los más deseados, no los más caros, pero siempre bienvenidos (aquel tren eléctrico, aquella calculadora que hacía ruidos…¡el juego de química!, el balón, el coche de bomberos, el cajón de juegos de mesa con sus palitos chinos…) y la ilusión, el tacto de un tiempo en el que todo se hace más fácil y risueño y donde todo puede llegar a ser.

Ahora, muchos años después, nada ha empañado el color de esos recuerdos, que siguen brillando plateados en mi memoria, pero la vida ha cambiado. Ni para bien ni para mal. Es distinto. Me gustaría que los niños de hoy tuviesen ese ambiente navideño que yo tuve, que gozaran de sus juguetes con la misma ilusión que yo tuve, y que vivieran la Navidad televisiva que yo vivía cada año, cuando encendíamos la tarde de Nochebuena aquella pantalla plateada y el milagro de la ficción, de los buenos deseos y de la alegría nos invadía como en un sueño.

De qué va Navidad/ What Christmas is all about.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

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