Para todos aquellos que viven la Navidad como fiesta y regocijo. Para todos aquellos que ven en la Navidad un derroche y un exceso. Para aquellos que sufren por la pérdida de Salud, del Amor o de la Seguridad. Para aquellos que no han tenido nunca nada; para aquellos que lo han perdido todo; para aquellos que lo han hallado; para aquellos que se creen perdidos; para aquellos que han encontrado refugio; para aquellos que no tienen motivos para seguir adelante y para aquellos que lo tienen y gravitan luchando por ello, Feliz Navidad.
Para todos aquellos que ven en la Navidad un hiato de hipocresía. Para todos aquellos que ven en la Navidad un motivo más para ufanarse de sus logros o riquezas, de sus vestidos o adornos. Para todos aquellos que no saben vivir de otra manera, que creen que lo que poseen es lo Único. Para todos aquellos que ven en la Navidad un instante de paz o de clemencia o de fe. Para todos aquellos que trabajan a destajo sin saber que existe; para todos aquellos que, sabiendo que existe, trabajan sin descanso para que los demás disfrutemos de un rato de luz y de alegría. Para todos aquellos que viven de espaldas a todo, rechazados por todos, únicos e irrepetibles, Feliz Navidad.
Feliz Navidad para toda la Tierra, que es una en sus diferencias, en sus enajenaciones, en sus intereses, en sus sueños. Feliz Navidad.
Feliz Navidad para mi familia, que soporta lo insoportable y por lo que, a veces, todo parece insuficiente. Para mis amigos de lejos y de cerca, para los carnales y los virtuales, Feliz Navidad.
Y para todos aquellos que leen este pedacito de vida, Feliz Navidad.
La Navidad, cuando era pequeño, era de color plata. Porque nuestro árbol fue, durante mucho tiempo, de fibra de aluminio, y brillaba plateado entre las luces titilantes de colores y las bambalinas, que eran de hilo y bordadas, y algunas de cristal soplado.
Recuerdo que me gustaba aquel árbol tan extraño, y aunque añoraba una maravillosa conífera verde, con su olor simpático y algo acre en la nariz, aquel símbolo de Navidad nos hacía únicos (ahora he vuelto a verlos en las tiendas de decoración, vendiendo la idea de algo rompedor y moderno…) y me entra una extraña nostalgia de aquellos tiempos que no fueron del todo felices, pero que fueron míos, nuestros, una vez. Recuerdo que nos hacían dormir la siesta para prepararnos para la cena de Nochebuena, que allá en el país donde Los Andes terminan simplemente se llama el 24, y para la llegada del Niño Jesús (no, Virginia, no existía Santa Claus de aquella). Yo no dormía. No he dormido nunca. Y mira que ahora lo echo de menos. Pero yo no dormía. me dedicaba a leer, y cuando me aburría o no entendía aquellos anaqueles de libros de nuestra biblioteca, hojeaba las imágenes, las ilustraciones, llenas de paisajes famosos, cuadros de renombre y personajes de calado en la historia humana. Por lo que aquella hora y media se me pasaba más rápido de lo que nunca ha vuelto a hacerlo.
Mientras los mayores preparaban las cena, en casa había mucha expectación, risas y música. Recuerdo una Navidad en la que mis abuelos vinieron a visitarnos desde España y aquella fiesta fue increíble, un gentío reunido para celebrar la novedad de estar todos juntos al menos durante esos días. Pues eso, había mucho ir y venir, colocando la mesa, preparando recetas, refrescando las bebidas y mucha charla y conversación, de la que los niños estábamos excluidos. Nosotros no hacíamos ruido, no nos entrometíamos y sólo esperábamos ansiosos la hora de la cena y abrir los regalos (casi ni cenábamos con la expectación.) Nosotros teníamos nuestro mundo particular, que aquella tarde de Nochebuena incluía casi totalmente la televisión. Era una tarde dedicada a nosotros. En aquellas Navidades de plata, entre el ir y venir de alimentos, colores y olores, lo mejor de la imaginación del hombre pasaba por la televisión y nos encandilaba como no he vuelto a ver nunca más.
Veíamos todas las leyendas sobre la Navidad que han cundido en casi todos los países cristianos y no cristianos, católicos o no. En nuestra televisión entraba todo, y en nuestra cultura, gracias a eso, también. El Tamborilero con aquellos muñecos de fieltro, cantando la historia de aquel pobre niño cuya ilusión era tocar el tambor (único recuerdo de sus padres muertos) y que encontró la mejor oportunidad a los pies del Portal de Belén. O aquella historia de Rodolfo, el reno de la nariz roja, con aquella naricilla de bombillo rojo, que se encendía y hacía el mismo ruidillo que las lámparas al encenderse… Pobre Rodolfo, malquerido por sus iguales porque no era igual, y finalmente elegido por San Nicolás (Santa Claus o Papá Noël…¡hay tanto donde escoger!) para liderar su viaje desde el Polo Norte a través de la nieve, iluminando de rojo el cielo azul oscuro de la noche de Navidad… O Charlie Brown, que buscaba el símbolo de la Navidad, encontrándolo en un flacucho pero aún hermoso arbolillo delgadito…O Virginia, que buscaba y buscaba, preguntando al mundo de los mayores si de verdad existía Santa Claus… O Mr. Magoo, con su ceguera miope entremetiéndose en extraños enredos. O Los Picapiedra, o La Pantera Rosa, o…
¡Qué maravilla! ¡Qué mundo de pura fantasía! Las Navidades tienen para mí ese aroma añejo, ese sabor de recuerdo y ese color plateado, plateado del árbol, y de la pantalla de la tele en blanco y negro… Y de la felicidad. No éramos ricos, no éramos pobres, no éramos felices y había poca Salud, pero había comida abundante, vinos de calidad, música, baile, risas y regalos, no los más deseados, no los más caros, pero siempre bienvenidos (aquel tren eléctrico, aquella calculadora que hacía ruidos…¡el juego de química!, el balón, el coche de bomberos, el cajón de juegos de mesa con sus palitos chinos…) y la ilusión, el tacto de un tiempo en el que todo se hace más fácil y risueño y donde todo puede llegar a ser.
Ahora, muchos años después, nada ha empañado el color de esos recuerdos, que siguen brillando plateados en mi memoria, pero la vida ha cambiado. Ni para bien ni para mal. Es distinto. Me gustaría que los niños de hoy tuviesen ese ambiente navideño que yo tuve, que gozaran de sus juguetes con la misma ilusión que yo tuve, y que vivieran la Navidad televisiva que yo vivía cada año, cuando encendíamos la tarde de Nochebuena aquella pantalla plateada y el milagro de la ficción, de los buenos deseos y de la alegría nos invadía como en un sueño.