Un paseo por el Prado/ A walk by the Prado.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

I’ll Never Fall in Love Again. Deacon Blue.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.

Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.

Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…

En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.

Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.

Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.

Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.

Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.

Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.

Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.

Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…

Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y  a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.

Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.

Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el  niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.

Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.

 

Coca-Cola.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Cama 14. Mujer, 43 años. Lleva desde la adolescencia enferma. Artritis Reumatoide, dificultad respiratoria secundaria a bocio inoperable, en silla de ruedas desde los 30, tromboembolismo pulmonar, insuficiencia renal crónica en diálisis…

Cuando me acerqué a la cama 14 allí estaba ella. Los ojos entrecerrados, una expresión de cansancio en el rostro pintado con un cierta tonalidad verdosa. Tenía ese aire desvalido de los pajarillos, delgadita, como escondida en medio de aquella cama que le quedaba enorme. El oxígeno en la nariz, la mascarilla por la noche; y la máquina de diálisis continua susurrando a un lado.

Cuando comencé a estudiar sus constantes y su evolución, la enfermera se acercó porque ella quería algo. Estaba con dieta oral triturada, incapaz de tragar con facilidad cosa alguna. Mientras revisaba sus cosas levanté la mirada. Las vi cuchichear. Acostumbro saludar a los pacientes que están en la UCI  dormidos o no e intubados; por descontado, con aquellos que están despiertos y se pueden comunicar, me enrollo un rato y siempre que paso a verlos. Sé que les gusta hablar con el médico, preguntar qué tal van con expresión entre miedosa y esperanzada, y a mí me gusta sonreírles porque me inspiran cariño y hasta me permito bromear un poco con la situación de cada uno, aparte de explicarles los progresos de su mal. Pero esta vez, cuando iba a decirle algunas palabras a la paciente de la cama 14, algo me detuvo.

La enfermera me indicó que me apartase un poco. Así lo hice. Es una gran profesional, que toma su trabajo muy en serio; es decir, que se ríe a menudo. Como yo. Pero deseaba comentarme algo que no quería que la enferma oyese.

– ¿Puede beber Coca-Cola?

La miré extrañado.

– Dice que es el único vicio que tiene y estando aquí…

Entendí.

– Faltaría más.

Me miró incrédula.

– ¿Sí?

– Sí. La que quiera. Y si hace falta, se la busco yo de la máquina expendedora.

La enfermera sonrió y rápidamente movió los brazos.

– De eso nada, que ya llamo a Cocina. Debe haber en la Casa.

Y la vi correr hacia el teléfono.

Pronto volvió a comentárselo a la enferma. La paciente sonrió discretamente, pero lo bastante para iluminar aquel rostro verdoso, enfermo y cansado.

Es la primera vez que algo así me pasa. No me acerqué a hablar con ella en toda la guardia. No sentí ese impulso. Y ella tampoco lo echó en falta. Hablaba con voz baja pero dulce, suavemente reflexiva. Durante esas horas me dediqué a observarla y a revisar su historia clínica. Un cúmulo de problemas médicos. Enferma desde tan joven, llena de incomodidades físicas, de problemas sobreañadidos a los del día a día; dueña de una voluntad de hierro, arropada por unos padres entregados. Tras dos carreras universitarias, no pudo ejercer ninguna porque su invalidez le impedía desplazarse, y las dificultades mecánicas de sus articulaciones eran un estorbo añadido. Pronto sus riñones dejaron de funcionar, y comenzó ese lento y penoso peregrinar por Diálisis. Y aquella sonrisa en el rostro, y aquel pesado fardo de sueños no realizados que se veía en su mirada cansada. Eso fue lo que me detuvo. Aquella mirada de ojos entornados, esa sonrisa a medio camino entre la mueca y la entrega, y ese impulso no dicho de estar harta de batas blancas, promesas incumplidas y vanas esperanzas.

Una mujer joven aún sin esperanza alguna sabía que las esperanzas tienen fecha de caducidad y se entregaba a aquella certidumbre con una extraña serenidad. Una mujer inmóvil que soñaría un día con bailar toda una noche de la mano de una persona que hiciese magia y la llevase hasta el fin del mundo; los placeres del cuerpo lejos del dolor; las sonrisas veladas de los primeros cosquilleos del amor; la complicidad de los amigos; los planes interminables que siempre tienen un final; quizá tener un hijo; quizá echarse en la arena de la playa y sentir el sol en la piel; ganarse la vida; salir a tomar un café; dormir de un tirón o amar de un tirón y descansar después, entre la niebla del cansancio y del sudor… Una mujer que era una chica, una chica que sabía demasiado bien que no era igual que las demás, que nunca lo había sido, y no lo sería jamás. Y que sólo deseaba beber Coca-Cola…

¿Quién se lo hubiese negado?

A la hora de las visitas, el pajarillo estaba bebiendo todo un vaso de su Coca-Cola clásica.

– ¿Y eso?

Preguntaron sus padres. Yo me acerqué a ellos, sonriendo. Una sonrisa de circunstancias, es cierto. Ellos lo sabían y yo también. Ella cerró sus ojos y siguió bebiendo. Me hizo gracia. No quería saber de mí. Y no me extrañaba nada.

Les expliqué cómo iba evolucionando y ellos me preguntaron por la Coca-Cola. Me encogí de hombros y le toqué los pies algo fríos.

– Es su único vicio, ¿verdad?

Sin abrir los ojos, sonrió. Y esa pequeña sonrisa lo dijo todo.

No, no sería esa chica que sale con sus amigas, que liga en un pub, que fuma desesperada apagando el cigarrillo antes de entrar a casa; que cuelga alguna materia para septiembre; que tarda siete años en terminar una carrera universitaria; que sufre por el machismo en el trabajo; que descubre facetas dolorosas del amor; que da a luz un par de críos y que se preocupa por la línea o la moda o el qué dirán. Pero era una mujer completa, que había luchado hasta quedar sin fuerzas, y que merecía más que nadie que se respetase lo que deseaba.

No crucé una sola palabra con ella. No me hizo falta. Ni a ella tampoco. Pero ella sabía que yo estaba cerca. Y yo sabía que, pese a todo, en los momentos en los que bebía a sorbos su Coca-Cola, ella era feliz, más feliz de lo que ninguno de nosotros podría imaginar, porque conseguía con ese simple gesto paladear los límites de la libertad. Y eso la hacía única. Una chica sin igual.

Cuando terminó mi guardia, miré desde lejos la cama 14. Acostada, con los ojos entornados y su color verdoso, aquella mujer dormía plácidamente el sueño del cansancio y de la espera. Y a un lado de las máquinas, las bombas, las medicaciones, una lata roja parecía sonreírme, cómplice… Qué poco hace falta para hacer un bien. Y para ser feliz.

Me di la vuelta y salí de la unidad, cerrando cuidadosamente la puerta. Una guardia más, un día más.

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I’m not that Girl- Idina Menzel- Wicked., posted with vodpod

 

Todo lo que hago/ Everything I do.

El día a día/ The days we're living


Recogí la maleta en la cinta rodante del aeropuerto. Es un fastidio, que lo sepas. Sí, sí lo es. Hay que esperar un siglo para que la bendita maleta aparezca como vomitada por esa cinta, si tienes la suerte de que no se haya perdido en el proceso o de no equivocarte de carril, que ahora todo es un número y hay que fijarse en esos monitores colgados en el aire.

¿Y si eres miope como yo, qué? Vamos, menos mal que llevaba lentillas. Si no, a esa distancia, quién es el guapo que ve algo. Yo no, te lo aseguro. Pero las llevaba, que quería estar presentable y no perderme nada del encuentro. Pero nada de nada. Que con las gafas tendré un aire muy intelectual pero no me entero de la misa la media.

Miraba de reojo el reloj del aeropuerto que sí, también está colgado allá arriba, pero como es de tecnología analógica, podía adivinar la hora por las manecillas; si hay cosas que no deberían cambiar tanto. El aeropuerto estaba atestado, para variar, pero eso no me importaba. Sólo pensaba en ti, fíjate tú, y eso me ponía contento. Tanto, que hasta me atreví con unos pasos de baile siguiendo una música que giraba en el interior de mi cabeza. No me importaba que me viera nadie, yo avanzaba de un lado a otro de la cinta dando pequeños brincos, pasos amplios y otros más pequeños, ladeando las caderas, los pies en puntillas y riéndome como un tonto, como un tonto que sólo sabe pensar en ti.

Los demás se apartaban como si tuviese una enfermedad contagiosa. Y sí, puede que la tenga, que esto es una locura demasiado peligrosa, un torbellino que sólo hace que en mi mente haya imágenes de ti, el sonido de tu voz, la imagen de tu risa imaginada. Todo lo que pensaba se drenaba en ti, imaginándome cómo te verías, si serías así o asá, si tus ojos eran realmente verdes o estaban teñidos de un halo castaño como los míos; si tus manos podrían contener el río revuelto de las mías, nerviosas por conocerte.

Qué tontería, la verdad. Pero es que es así. No sé qué has hecho, pero lo que has conseguido de seguro es que en todo lo que haga tú estés presente: mis planes alocados, un viaje que no me podía permitir, y un encuentro en La Cibeles para estamparnos un abrazo amplísimo y quizá un beso profundo y oscuro como una obsesión, un fantasma.

Pues sí, así estaba yo allí, tironeando de la maleta, con más ropa de la necesaria, con el convencimiento de que me la pondría toda porque para eso la había traído, y los mismos planes bordeando mi cabeza como los nervios mi corazón. Y pensaba en ti. Respiraba por ti. Sonreía por ti. Y bailaba solo por los pasillos, a la espera del Metro; en el vagón atestado de gente que me miraba mal, y sólo tú ocupabas todo mi mundo, mis pensamientos más escondidos, mis anhelos y mis costumbres, porque lo habías cambiado todo: yo, el más taimado de los hombres, el más metódico, había dicho que faltaba al trabajo, que estaba enfermo (enfermo de esta apasionada locura que lleva tu nombre) que necesitaba un descanso, porque el pecho le hervía, las piernas le temblaban y el corazón corría a mil por hora, a seis metros sobre el suelo, sin saber dónde parar.

La noche antes apenas dormí y mira que me preocupaba que me encontraras presentable, sin estas perpetuas ojeras que pintan de tristeza mi mirada. Y no dormí porque estaba demasiado emocionado para sentar la cabeza; te dibujaba con la mente, te pintaba con el corazón. Y pensaba en ti, respiraba por ti, me giraba y estabas allí esperando por mí y los brazos abiertos y la sonrisa en los labios jugosos… No dormí porque me sentía henchido de felicidad: iba a conocerte, volaba por conocerte, y las ojeras enseñaban en mi cara, iluminada como la de un niño, que no había pegado ojo, que no me había quitado las lentillas para observarlo todo mejor y fijarlo en la memoria, y apenas me había acostado, lleno de ti, pensando en ti, descubriendo que todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, desear estar a tu lado y amarte con locura, con apacible libertad y con abollado sentido común.

Y ya me ves, bailando por los vagones del metro, mientras en Madrid hacía un frío que pelaba las ideas y llovía, llovía. Y allí estaba yo, con una maleta henchida de ropa, y el abrigo de lana henchido de agua que caía, bailando por las aceras que rodean La Cibeles, hierática y en perpetuo movimiento, dándome la bienvenida. Porque hasta los leones rugían a mi paso y el agua rebotaba en mi piel como en un escudo, y el frío que soplaba secaba mi ropa empapada por tenerte en el pensamiento, por llevarte en el corazón.

Eres todo, que lo sepas. Porque todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, vivir por ti…. Y es una locura, porque voy a conocerte. Y es una nerviosidad, porque podrás ser la persona más histérica o más escandalosa, la más marisabidilla o estirada, pero para mí eres la encarnación de lo Perfecto, aquello que, de imperfecto, cobra el valor de lo que está vivo. Y bailo por las aceras, cogiendo a la gente de los brazos, dibujando coreografías que sólo funcionan en mi cabeza; con las lentillas sobre mis ojos cansados pero contentos, y la sonrisa permanente en la boca, como si me hubiese tragado una percha allí atorada; qué digo una percha, como si me hubiese tragado un colgador entero.

Y te diviso al otro lado de la calle. Y veo esos hombros y ese pelo en media melena. Y esos ojos que parecen brillar tanto, que el Hubble los vería a la primera, y mi corazón rebosa de contento. Porque allí estás, como nos habíamos prometido. Todo, todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para vivir este momento, lleno de charcos en el suelo, diluvio gris, ropas empapadas y frío cortante, y nada me parece más maravilloso, oye, que verte a través de la calle, y darme cuenta que haber transformado mi vida, dejado todo atrás, todo, ha valido la pena porque tú estás aquí, cerca de mí, como nunca antes nadie lo había estado, a un paso de semáforo, hermosa visión que todo lo llena. Todo, hasta mis sueños, hasta mi vida. Y ese eres tú.

¡Qué felicidad!

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Michael Bublé- All I DO Is Dream Of You., posted with vodpod

 

Abrázame/ Hold Me.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

The Last Night of the World. Lea Salonga & Simon Bowman.

Estamos juntos cogidos de la mano. Arrastramos los pies como arrastramos los minutos. No queremos que pase el tiempo entre nuestros cuerpos y nos pegamos más y más.

La gente nos mira al pasar. Pero no nos importa. Sólo importa tu mano en la mía, tu costado pegado al mío, tu calor en el mío.

Suena el silbido de los trenes encerrados en sus andenes. No quiero mirar, no quiero saber si el vagón está ya esperando por mí. No quiero saber dónde dirigirme, qué pasos tengo que dar. No quiero separarme de ti.

Caminamos por los adoquines, por las aceras. Nos tomamos las manos y las acerco a mi boca. El calor de tu piel, ese sabor a pimienta, llega a mis labios. En el espacio entrelazado, deposito un beso. Un beso que deseo se haga eterno.

Pero la eternidad dura un segundo.

Nada parece real. El sol cae rápido en enero; las estrellas pronto aparecerán y yo tendré que irme. Montarme en ese tren que me separará de ti toda la semana, que me alejará de nuestra historia, de nuestro mundo. Porque el mundo que nos rodea es ajeno, sombras chinescas que no reflejan la verdad que nos une.

Nada parece real. Ni el viento que se ha levantado; ni los rayos del atardecer que tiñen de rosa el cielo; ni las miradas inquisidoras de aquellos que se apartan de nosotros. Todo parece de papel, una locura escrita por un extraño que no nos atañe en absoluto.

Sólo estamos tú y yo, abrazándonos como si fuese el último minuto de nuestra vida. Y en ese abrazo el rumor de tu cuerpo estalla en las orillas del mío, y nace una música que arrulla nuestros brazos y hace que bailemos por la acera del andén, oyendo la música del fin del mundo, un-dos-tres, un-dos-tres…Tus piernas fuertes rozando las mías, nuestros brazos entrelazados como en un garabato, y nuestras bocas que se encuentran a medio camino de ninguna parte…

No quiero irme, no quiero dejarte, no quiero desaparecer de tu vida cinco días más; cinco noches que pierdo, cinco mañanas de amor, cinco momentos que nunca llegaremos a tener.

Mi vida cambia cada vez que nos separamos. Como si todo se rasgara y en el tren viajase una piltrafa de aquello que he sido entre tus brazos… Mi vida cambia cada vez que te vuelvo a ver y una abrazo nos funde y un beso nos ata y bailamos otra vez la danza del reencuentro y el vals de lo infinito.

Pero ahora… Avisan por megafonía que el tren se va y yo con él… Y no, no quiero ir. Y me debato en una lucha sobrehumana porque no quiero separarme de ti. Y corres por el andén con mi mano entre las tuyas, y la velocidad comienza a separarnos y no hay fuerzas físicas que logren mantener unidos nuestros dedos, nuestros cuerpos…

Y te sigo con la mirada cada vez más chiquita mientras me hundo en el atardecer de enero, rápido y dorado, y siento tu perfume en mi jersey, y tu aliento en mi nuca, y tu voz como música en mi recuerdo…

Y en este instante sólo deseo que me abraces, que me sujetes entre tus brazos y no dejes que la vida, que el trabajo, que las mil excusas de un hombre normal nos separen jamás, y que hagas que el atardecer dure una eternidad y el sonido del amor rebote en cada rincón de ese universo que hemos creado juntos y que ahora, una vez más, se queda atrás, muy atrás, contigo agitando una mano en lo que se ha transformado, sin querer otra vez, en mi nuevo horizonte.

En sueños/ In dreams.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Cierro los ojos en la noche e intento poner mi mente en blanco. Porque en mi mente muchas cosas se agolpan y no me dejan dormir, y sólo durmiendo puedo estar contigo.

En sueños te acercas a mí y me sonríes sin preguntarme nada. Me miras y me abrazas, sin que nada nos separe. En sueños, tú y yo estamos juntos y es lo único que importa.

Mientras duermo mi piel está alerta pues tu aliento la despierta, tus manos la recorren. Mientras sueño, mis ojos te ven con otros ojos, y sonrío, y juntos bailamos en la ingravidez de la noche rodeada de estrellas.

Cuando me acuesto, aprieto mucho, mucho los ojos, con la esperanza de quedarme pronto dormido. Mi cita diaria contigo me espera y no hay hora que no me lleve a ese sueño en el que te encuentro.

En sueños aún nos amamos y paseamos de la mano. En sueños seguimos juntos, como si nada hubiese ocurrido.

Y hay risas y hay lágrimas y hay amor y hay caricias y deseos y éxtasis y calma…

No hay adioses, no hay despedidas; no hay reproches ni desdichas. En sueños sólo el amor nos rodea y nos nutre, haciendo que vivamos por siempre.

Por eso no quiero que llegue el alba. Porque la luz me obliga a separarme de ti, a dejarte ir, a perderte. Cada amanecer es una pequeña muerte, porque la vida maravillosa que vivo contigo se pierde al sentir el calor del sol en la ventana, el arrullo de la mañana en mi piel…

Por eso no quiero despertarme nunca, porque te pierdo de nuevo, y mi corazón no soporta ya tanta separación, tanta espera…

Y no puedo evitarlo, por más que intento, y me diga y me sugestione y me despida de ti y me inunde de cotidianidad y ría o llore o finja interés o sapiencia.

En el fondo, sólo cuento las horas para que llegue la noche y sentir la comodidad del lecho y el lento ritmo del sueño que llega callado y me invade por entero…

En sueños, sólo en sueños, tú yo estamos juntos. Y qué bien que así sea. Pues sueño contigo y vivo contigo, y respiro contigo y amo contigo. En sueños, en sueños vida mía, lejos de todo pero juntos, juntos siempre, hasta la llegada de la eternidad.

Es de noche/ Midnight.

El día a día/ The days we're living

Es de noche y la luna que entra por la ventana, plateada e inmensa, me ha despertado.

Cae sobre ti toda su luz argentina. Y te desnuda con una delicadeza que me asombra, y me desvela tu belleza nocturna, tan diferente al brillo de sol en tu cara.

Y te miro, insomne.

Te veo humedecer los labios, apretar un poco más la almohada pegada a tu pecho, que se hunde abandonado de todo cuidado, perdido en los quehaceres del sueño.

Tu palidez de reflejo, tus ojos cerrados, ese peso al lado de la cama. La barba creciente, el brazo flexionado, las piernas abandonadas y aún en tensión. Como vivimos el amor.

Y, callado, no sabes que te estoy mirando. Mirando con miles de sentimientos que llenan mi pecho, y el corazón se me sale a la boca y te llamo en susurros y tú no te enteras.

No sabes de noche cuánto te amo. Cuando nuestras ansias se apartan a un lado, y la piel y la caricia buscan descanso y reparación, y sólo nos queda el recuerdo de un roce, el cálido roce que nos aportó placer.

Cae sobre ti la luz plateada, haciendo que tu piel brille en medio de la noche como un faro, una guía. Como el hombre que comparte mi vida.

Y aunque no puedo decírtelo, mi pecho estalla de alegría. De una alegría sencilla como la de un niño, liberada como la de un indultado, callada como un huracán.

Eres mío. Soy de ti.

Dormido la luna te bautiza por entre las cortinas, y platea el aire que llega hasta ti.

Qué felicidad.

Domingo de enero/ January Sunday.

El día a día/ The days we're living

– ¿Qué haces?

– Ya ves.

– Tirado en el sofá, con una manta y viendo la tele.

– Sí. Pero no la tele. Una peli. ¿Te apetece?

Lo veo. Cuan largo es ocupando casi todo el sofá, la manta escocesa entre sus piernas, una lluvia de cojines, la chimenea crepitando. Y Breve Encuentro en la tele. Acaba de empezar.

– Hazme un hueco, anda.

Y me lanzo sobre él entre un estrépito de cojines y su risa de ecos y reflejos. Me acomodo como puedo entre carcajadas y quejas tontas.

– ¿Qué buscas?

Me pregunta cuando me lo quedo mirando. Me gustan su pelo revuelto, sus ojos grandes, esa sonrisa maravillosa.

– Lo que he encontrado.

Y nos sonreímos y nos abrazamos y pone en marcha la película. Y, de repente, todo parece perfecto.

¡Qué felicidad!