Anhelada Imperfección/ An Imperfectionist!

El mar interior/ The sea inside

   Me siento cansado. Todos los días. Es más fácil encerrarnos en cuatro paredes que salir a enfrentarnos a nosotros mismos. Cuando anhelamos la Perfección, ser conscientes de no poder alcanzarla nunca, ni siquiera en la forma más sencilla posible, hace de nuestra vida un callejón sin salida o un mundo monocolor.

   Empezando por mí mismo y terminando por mi incompetencia en muchos aspectos del día a día. Sabedor de no ser lo suficiente guapo o simpático o flexible o inteligente o atractivo o hasta vulgar, no sobresalir en nada y quedarse atrás en todo, a veces me desespera y otras veces me entristece sin compasión, llevándome a la soledad.

   Echar la vista atrás y encontrar decenas de errores, posibilidades perdidas, anhelos olvidados, vericuetos poco iluminados vencidos por la dejadez, clavados a la realidad por la incapacidad de dar más o de alcanzar lo mejor, es desesperante. Y a veces miro por detrás de mí y mi camino parece el de otro, mis ideas el fruto de una frustración tras otra, y encontrarme arrastrado por el destino y por la dejadez me paraliza y me encorajina, y saber que no hay forma de escapar al remolino de los días que se viven, escogidos tal cual son y aceptados tras bregar tozudamente con lo imposible, me agota y me apaga poco a poco.

   Empezando por mí mismo, cuya imagen está lejos de ser considerada atractiva, pasando por una personalidad avasalladora y poco interesante, plegada de dudas y de lagunas inabordables, y siguiendo por le edad que se evapora a cada instante, la matidez de los años que pasan, el brillo perdido de una mirada miope, la eterna lucha de dar lo mejor y construir lo peor sin denuedo y casi sin conciencia…

   Qué duro es anhelar la Perfección y ser consciente de su insabilidad. Todos los intentos, todas las labores, por más cuidado con la que las realice, si son analizadas con un ojo avizor, muestran aquí y allá los bocetos de errores pasados, las manchas de intenciones cambiadas de repente; una herida infligida a alguien amado, y sobre todo esa enfermedad que es la de no admirarnos a nosotros mismos. No destacar en nada, quedarse a medio camino en todo, anunciar mil esperanzas y cosechar magros frutos; energía baldía que se evapora con cada oportunidad desaprovechada o perdida y que sin embargo, una a una, terminan por construir mi vida, acaban configurando mi estructura de pensamiento, mi tejido de sentimientos y la velocidad de mi corazón que late herido en lo más profundo.

   Y sin embargo todo lo que no soy me define; todo lo que quise ser ha muerto en alguna parte para resucitar cerca de mí, en los años perdidos y en la angustia del tiempo ajado por venir. A veces me acerco a ese precipicio que está cada vez más cerca y aún encuentro ciertas esperanzas, esta vez basadas en realidades y no en ideas, sueños soñados con los pies en la tierra y anclados al suelo por la realidad. Puede que aún haya algo qué hacer.

   Sé que nada de lo que haga será Perfecto. Aunque lo anhele. Aunque gaste cada una de mis energías en ello. Nada de lo que imagine alcanzará la altura de los sueños ni llegará a ser exacto, bello y armonioso como una obra de arte magnífica, como un cuerpo que es maravilla, como una sonrisa de plata. Y ser consciente de mi imperfección hace que mi frustración se diluya y que mis sueños, ahora soñados en dimensiones más humanas, se adapten a mis capacidades, todas menores; no habrá grandes obras que la gente admire, pensamientos profundos que otros estudien, diagnósticos veraces con tratamientos adecuados, ni un amor que me acepte tal cual soy, sin pedirme nada a cambio. Así es mi vida.

   No sé si la Perfección está dada a los seres humanos. Desde luego, no a mí. Ahora ya no me irrita saberlo. Antes bien, sólo me entristece un poco y hace que siga lentamente hacia adelante. Sin embargo hay algo que sé que hago bien, y es ser Imperfecto. Por más que mire hacia atrás y vea todo lo que he conseguido (que nada es, pues no destaca sobre la labor de nadie más) sé, que no es bastante, que nuca lo ha sido ni lo será, y que casi no vale la pena, pues se pierde en un recodo del pasado y poco importa en el futuro que se extiende a mis pies… Pero es lo que he hecho con mi vida y lo que me hace ser lo que hoy soy.

   Puede que la Perfección en mí no exista. Pero lo que sí existe, y mucho, es un anhelo enorme por hacer algo bien, por conseguir un mérito, por ayudar a quien lo necesita y por regalar vida, vida buena, a todo aquel que me rodea… Anhelada Imperfección, abrázame por favor, pues ya no lucho contra ti…

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Ido/ Gone.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Gone. Melody Gardot.  

   Entré en la habitación. Tanto tiempo que nadie lo hacía, que me encontré con cientos de telarañas que se pegaron a mi pelo y a mis brazos, escondiéndose entre mis codos y mi labios. Y me encontré con cientos de recuerdos que estaban olvidados, como ese cuarto, en el tiempo ido.

   Me sorprendieron las lámparas a medio cubrir, ese pequeño sofá lleno de polvo de horas muertas, y la cama vacía, con su esqueleto a flor de piel, exactamente como mis recuerdos.

   No sé porqué entré allí. Una especie de ansiedad desde que me levanté esta mañana, una angustia que no es desespero pero tampoco tranquilidad encaminó mis pasos, uno a uno como los latidos de mi corazón, hacia allí, para encontrarme de nuevo con tus recuerdos y los míos, con la falta de palabras y la boca seca de polvo acumulado y sábanas sin planchar. La cortina medio caída parecía mi propia memoria, y una revista en el suelo, mi alma caída a tus pies cuando te fuiste, ido de todo pero sobre todo ido de mí. Hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo.

   Me reprocharon que no te buscase, que no te rogase, que no me conformase con una limosna de tu cariño. Antes, al comienzo, cuando eras mi vida entera, pensar en vivir sin ti me dejaba sin aire y me sentía paralizado por el miedo. Decir que me equivoqué no tiene sentido, porque así es para todos: tú también cometiste errores conmigo, también creíste en una imagen que no era cierta, o no del todo. ¿Puedo ser yo más que tú? Quizá no, ya ves, pues nos parecemos demasiado. O quizá sí, ya ves, porque tú te has ido y yo me quedé aquí.

   O no aquí, en esta habitación.

   Yo me quedé conmigo y contigo. Y tú, ido, lo dejaste todo atrás.

   No miro hacia atrás. El pasado está demasiado lejos para verlo si quiera con una perspectiva razonable. Lo único que recuerdo es esta habitación llena de vida, limpia y reluciente, con las cortinas descorridas dejando entrar un sol y una lluvia y un frío y un calor que nunca nos estorbaron; las repisas llenas de libros y de discos, vinilos y películas; ropa descartada en un desorden de flor, y nuestros cuerpos unidos y separados, dormidos y calcinados por una pasión que se agota siempre y que lucha pírrica e inútil frente al tedio del día a día, frente a la memez de las horas incontables que se llenan de nuestra vida común. Ahora hay telarañas que se pegan a mis ojos y mi pelo, y que lucho en retirar, como si agitando los brazos en el aire removiese también mis recuerdos e intentase agitar una pasión muerta y una historia de mutuas decepciones. Y parece que lo logro a veces, pues una oleada más parecida al cariño que al resentimiento me llena al sentarme en el sillón con su nube de polvo, al contemplar una cama vacía que antes tenía tatuado el peso de tu cuerpo, e intento buscar el brillo de tu mirada o el sonido de tu risa entre el desorden del abandono y el devenir de mi memoria.

   Me acusaron de no quererte. Me señalaron mi laxitud, mi abandono. Hablaron de mi sangre aguada, de mi bajeza por dejarte ir, cansado como estabas, en busca de una vida que no fuera la tuya lejos de la mía. Cuando te fuiste ido, el tiempo llegó y me encontró quieto, como congelado, con el corazón en un puño cerrado y los labios sellados, por eso nadie veía nada y pensaron que no tenía alma.

   Pero el alma que calla llora a escondidas, y se despierta por la noche soñando en el sonido lento de unos pasos por el pasillo como los latidos de un corazón, y le hace un inmenso espacio con el cuerpo a la inmensidad del peso que comparte, y no mira atrás sabiendo que lo ido nunca vuelve de nuevo. Una vez ido, los días se diluyeron y parecieron ser siempre los mismos, sin voz ni peso, sin lágrimas también, con una sequía que duró años y que cambió la orografía sentimental de mi vida para siempre…

   Todos pensaron que no tenía corazón, que era insensato, que no te quería. Puede ser. Porque ahora no quiero a nadie, no espero nada de los demás, salvo que se vayan cuando acabamos encuentros cada vez más espaciados; y mi habitación no es la que era, llena de luz y de líneas sin escribir, y se parece cada vez más a ese pasillo sin fin en el que las pisadas lentas se pierden sin ser escuchadas, como un corazón cansado que lentamente deja de latir…. Todos pensaron que no tenía palabras para atraerte de nuevo, que no te quería lo suficiente. Y puede ser… Pero yo sabía que, para cuando te hubieses ido, no habría razones que pudieran detenerte, ni lágrimas que derramar ni gritos y acusaciones que verter, pues para cuando hubiese sido capaz de hacer todo eso, tus pisadas ya no se oirían en el corredor, la puerta se hubiera cerrado para siempre y nunca más mirarías hacia atrás.

   Te fuiste. Pero yo ya me había ido antes. Eso no lo supo nadie. Sólo tú. Y por eso te fuiste. Mi corazón dejó de latir por ti mucho antes, cuando la decepción me llegó en oleadas constantes, cuando todo lo que soñé se reveló imposible, por ser incapaz de asumir mi realidad y, por tanto, la tuya. Nadie supo que te esperaba hasta tarde y, al sentir tus pasos en el pasillo como los latidos de mi corazón, fingía dormir y te espiaba. Paso a paso, lento como mi corazón, agitabas tu cabello y te desnudabas bajo la sombra de los focos de la calle, te asomabas a la noche y suspirabas lleno de otros aromas, de otros sueños. Para cuando yo me fui tú ya te habías ido. Y no te lo reprocho. Y no me lo reprocho tampoco. Así son las cosas. A veces son así.

   Aquella habitación, nuestro hogar, ya no es nada: es un montón de escombros lleno de polvo y olvido. Podría revivir cada una de las noches que pasamos juntos. Podría dibujar con los ojos cerrados nuestras rutinas diarias, nuestros encuentros y desencuentros, nuestras luchas y decepciones. Pero ya no tengo ganas. Ya no me importa mucho. Entré llevado por la casualidad y encontré un montón de recuerdos enterrados bajo un tiempo ido. Ido. Como tú y yo. Y está bien que así sea.

   Es una cara más de la felicidad.

Crecer es para siempre/ Growing Is Forever.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Thanks to Philippe Servais, to show it to me.

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    Hace muchísimo tiempo no había planes ni proyectos porque todo era árboles que crecían, sin personas que diseccionasen ni erigiesen monumentos de piedra, ni murallas, ni puentes.

   Los árboles eran muy jóvenes y tenían toda la vida por delante. La inmensidad del tiempo y su potencial los rodeaba, así que unieron sus raíces como dedos unos con otros, íntima y firmemente, formando sobre la tierra una red suave y resistente.

   Los árboles crecieron y dibujaron formas de luces y sombras sobre la tierra, y la hierba nació a su través siguiendo los patrones de esa red suave y resistente. Pequeñas arañas comenzaron entonces, arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, a tejer sus redes en las que aprehendían al rocío, que quedaba encerrado en pequeñas gotas que atrapaban la luz que lo iluminaba todo.

   Silencio. Había mucho silencio porque los árboles necesitaban concentrarse en su vida, pues no es nada fácil crecer tan alto y por tanto tiempo. Algunos árboles, cansados de su labor, se recostaron sobre la blanda tierra; otros, con más suerte, se apoyaron en los demás, alcanzando la cima del cielo con esa ayuda. Y cuando un árbol dejaba de crecer, otro le tomaba el relevo, en esa labor continua que es llegar hasta el cielo amplio y libre.

   Y su credo se oye en el frotar de sus hojas: Crecer es para siempre.

Un siglo en blanco y negro/ A Century in Black & White.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

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Mundos opuestos/ Opposite Worlds.

El mar interior/ The sea inside

   Sólo el tiempo me ha enseñado que no es necesario ser amado para amar, ni ser ciegamente apreciado para vivir día a día, y que las paredes que separan los mundos opuestos, en realidad, son falsas y se evaporan a la inspección más minuciosa.

   Muchas veces me pregunto porqué seguimos desplegando, en toda relación humana, el abanico de frustraciones con el que nacemos y aquellas que vamos ganando con los años, cómo es posible que sigamos siendo atraídos hacia determinadas actitudes y aspectos antes que a las personas en sí.

   A veces me pregunto, a medida que gano años, cuán difícil resulta eliminar esa basura sentimental, limpiar esa carga emocional que nos impide ver a los demás tan claros y tal cuales son y, aún más a nosotros mismos. En vez de ganar en aplomo y resistencia, la suma de los sueños que nos lleva hasta aquí es en sí misma una fuente de frustración y de error que termina por engatusarnos, primero en la red de expectativas y, después, en la de decepciones que siempre acaban por venir. Un amigo con el que dejamos de conectar; un amor que termina siendo un espejismo; alguien agradable pero cuya atracción física es nula; nuestra propia piel, que se aja y se descuelga; los insomnios a veces; las manipulaciones otras… Todo conforma un tejido de lucha de poder, de leyes de atracción y de rechazo, que agrega miopía a las similitudes y sólo remarca las diferencias, haciendo que el mundo, siendo como es uno solo, parezca escindido y diverso, contrarios y opuestos a nuestros deseos y realidades.

   He conocido personas, que siendo aún jóvenes y sanas, persiguen anhelos irreales, quieren ser deseados por lo que aparentan y lo que buscan, y no desfallecen jamás, a pesar de que cada día les regala el hecho real de la soledad. He conocido personas brillantes y maravillosas, que sin ser guapas, reflejan una alegría y una paz interior maravillosas, atadas a otras oscuras y grises por falta de autoestima; otras, por falta de cariño hacia sí mismas, que se encierran y sólo salen cuando reciben aquello que más temen, y clausuran su búsqueda o enmiendan sus necesidades hacia otras metas, otros anhelos lejanos de aquéllo por lo que realmente suspiran. El mundo está tan lleno de equivocaciones… Y todos encajamos en algún lugar de este océano de errores; todos yacemos con nosotros mismos, y sólo con nosotros mismos nos enamoramos y nos separamos y sufrimos y envejecemos; muchas veces sin aprender estas lecciones tan sutiles y tan bellas como son las de amar y ser amado simplemente por lo que somos y no por lo que aparentamos.

   Mundo opuestos que reflejan realidades comunes: belleza y fealdad, maldad y bondad, riqueza y pobreza, inteligencia e idiotez… Todo es lo mismo, todo es el reflejo del mismo ser, de los mismos miedos. Unos suspiramos por amor, otros por ser aceptados; algunos por encajar en determinado ambiente, otros por seguir pareciendo jóvenes a cualquier precio; otros por ser tomados en cuenta y algunos por ser olvidados. Unos por dolor, otros por temor; algunos por valentía y unos pocos por sentimentalismo y terror… Puede que el amor sea la respuesta. El amor íntegro, completo, absoluto. No el que luchamos por merecer, no el que creemos merecer, no el que buscamos en el Otro ni el que el Otro nos da; no el amor de limosna, no el amor de gratitud, si no el amor simple, que brota sincero de una sonrisa y de la luz de unos ojos sin igual, y que acaba destruyendo las barreras de papel de esos mundos opuestos en los que naufragamos siempre y del que sólo sacamos heridas, dolor y más y más frustraciones.

   No lo sé. La soledad nos acompaña; el temor hace de nosotros un juguete roto. Y sin embargo la solución parece tan sencilla… No lo sé. Atrás quedan amigos perdidos, personas que creímos amar alguna vez y que nos decepcionan, sueños que no se cumplen, vidas que no se viven y sentimientos que mueren por falta de correspondencia… Y aquí estamos. Mirándonos en espejos deformes, peleando en mundos opuestos por lugares opuestos, por necesidades opuestas a las que realmente tenemos…

   ¿Alguien es realmente feliz? ¿Qué es, en esencia, la felicidad? ¿Quién desea envejecer, o perder la salud, o ser rechazado por aquellos que deseamos, o luchar con el destino, o aceptar el destino, o llorar o engordar o adelgazar o estar solo y morir? Puede que la clave esté en deshacernos de todos los velos, en destruir esas barreras que separan nuestros muros estancos y darnos cuenta, de verdad, que el amor está en cada rechazo, que la vejez tiene sus oportunidades como la juventud, que cada destino tiene encerrado en sí mismo un proyecto de vida adecuado a nuestros sueños y que nuestros sueños, sueños son. No lo sé… Puede que el amor sea la respuesta, el verdadero amor que no es pasión pero que se le parece, que no es serenidad pero se le acerca y que no es felicidad pero casi la consigue.

Calla, corazón/ Silence, Heart.

Música/ Music

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Señales/ Signs.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

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