Callados/ In Silence.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

   Después de la lluvia, los cuerpos se apoyan uno en el otro.

   Suaves y firmes, parecen besarse por las nucas, por los hombros; los omóplatos unidos, las espaldas pegadas dejando poco espacio para el aire que los envuelve.

   Pequeñas gotas de agua, que simulan sudor, caen una a una por sus cabezas y el pelo.

   Los párpados entrecerrados; la respiración queda; las bocas abiertas en forma de corazón o de beso.

   No se ven pero se sienten. Se tocan y se saben acompañados en el silencio.

   Después de la lluvia, las nubes se han ido con el peplo henchido, dejando tras de sí una noche transparente llena de luna y estrellas que brillan a través del techo de cristal como ciruelas maduras y parece bautizarles con una luz pálida y plateada.

   Las pieles que brillan calmadas, deseosas de un contacto más que de una pasión, y llenas de una calma exultante y vibrante como el aire que los envuelve, como el aliento que se escapa vaporoso de esos labios abiertos como corazones y besos.

   Las manos sobre el suelo, las piernas estiradas, el cielo abierto, las ganas calmadas, el deseo postergado por la compañía muda que todo lo envuelve, esperanzas y sueños, y una noche de cristal y compañía.

   Son dos pero se sienten multitud; son dos y se sienten a sí mismos, apoyados espalda contra espalda, deseos contra deseos, unidos en un vals de compañía libre de palabras.

   Todo son tactos, todo son sensaciones que les recorren de la cabeza a los pies y se detienen rebasadas en el corazón.

   Y el silencio. Sólo se oye la respiración entrecortada del cansancio y de la espera terminada, y la discreta caída de gotas de lluvia y sudor en el suelo desnudo.

   Después de la lluvia, callados, sólo se acarician. Y esas caricias hablan un millón de palabras, y esas palabras son un millón de besos, y en esos besos se esconden un millón de quimeras y de peonías, que llegan a los labios entreabiertos y a los párpados cerrados, llenos de corazón.

   Callados, son un solo corazón.

El arte de equivocarnos/ Learning to err.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   Antes de ayer, a primera hora de la tarde, me llamaron para valorar un paciente con urgencia en la planta de Neurología.

   Ochenta años, cáncer de próstata en estadio terminal pero con muy buena calidad de vida previa a este episodio, actualmente con un problema neurológico (lo más probable causado por el tumor o, como lo llamamos, paraneoplásico) que puede corregirse pero con respuesta pobre al tratamiento inicial. No me pueden asegurar que se corrija este problema neurológico con la nueva terapia acabada de iniciar, pero estaba tan bien hasta ahora que…

   Dejo que la voz del neurólogo y lo que me parece su actuación hasta el momento desaparezcan como un zumbido en mi cabeza. Mi vista no se aparta del paciente, un hombretón desesperado por buscar aire, nervioso y sobrecogido en su incapacidad. La enfermedad neurológica que padece le impide tener fuerza suficiente en los músculos, por lo que a pesar de lo que se esfuerza, respirar para él es casi imposible. La imagen que da es desesperante. Como un pez que sacamos fuera del agua, boquea e intenta alcanzar un impulso de aire casi sin éxito; como un pez fuera del agua, sin la ayuda necesaria morirá asfixiado. Una de las peores formas de morir.

   Con este cuadro ante mis ojos intento reflexionar con el neurólogo, cuya buena fe choca frontalmente con mi practicidad y cierta indignación, ya que había dejado que el paciente llegase a aquella hora de esa manera. Parte de mi ego lucha conmigo mismo porque se siente burlado, ya que sabe perfectamente que nunca deberíamos llegar a esa situación con cualquier paciente sin prestarles ninguna ayuda; parte de mi sentido del deber arroja alarmas sobre las posibilidades de un ingreso semejante, y lo que me queda de humanidad, clama por dejar a ese paciente a su evolución natural y ayudarle a que el tránsito sea lo más cómodo posible.

   La reflexión queda sólo en un intento. Ofuscado por mi negativa, el neurólogo argumenta una y otra vez con fórmulas simples y muy manidas que no me convencen. Sé que es un error ingresarlo; sé que es un error dejarle así, buscando aire de forma enloquecida, desesperado y perdido. Le expongo mis puntos de vista y la posibilidad de ayudarle desde allí, encargándome yo mismo de eso. El médico sigue en sus trece, empeñado en hacer todo lo posible sin importar las consecuencias. Yo no estoy de acuerdo. Sí importan las consecuencias. Y mucho. Pero los minutos pasan y el paciente está cada vez más desesperado. Son sus ojos cuando me miran los que hacen que me decida.

   Maldiciendo en alta voz, accedo a ingresarlo. El neurólogo respira aliviado y yo resoplo enojadísimo. Llamo inmediatamente a la unidad para que el equipo de UCI prepare un ingreso urgente y salgo como en una estampida de la habitación. Mi colega intenta seguirme argumentando posibilidades de tratamiento.

   – Podrías probar con una ventilación no invasiva…

   Me detengo en seco y casi tropieza conmigo. No sé quién es. Ignoro cómo se llama. Es nuevo (al menos para mí).

   – ¿Pero no ves que está para intubar inmediatamente? ¿No te das cuenta que es incapaz de respirar? ¡Sólo te he pedido que me digas qué venenos neurológicos tengo que seguir poniéndole y no me has respondido aún! Del resto ya me encargo yo.

   Y bajo corriendo las escaleras, dejándole con la palabra en la boca.

   No sé qué nos pasa. De verdad ignoro porqué somos tan diferentes en nuestras actividades profesionales. Qué nos lleva a tener miedo y zafarnos de la responsabilidad, o qué nos hace creer a pies juntillas en algo que claramente se ve que no tendrá efecto (aunque a veces ocurre el milagro y es digno de admirar); qué nos mueve a entrometernos en la labor ajena unas veces por buena voluntad y otras simplemente por egocentrismo; por qué tenemos tanto miedo a la muerte y que nuestros pacientes fallezcan… No lo sé. Todo eso y más estaba envuelto en el problema que se me presentaba y que había finalmente aceptado. Estaba furioso y furibundo bajé las escalares sin prestarle la más mínima atención a la voz que me hablaba por detrás.

   No me comporté con educación. La perdí en el proceso de discusión. Eso no está bien. Puedo alegar que la situación era surrealista (y lo era). Pero también puedo decir que no es la primera vez. Puedo argumentar que mi colega me había llevado a ese estado basándose en su inamovilidad y en su pequeño sentido común. Es cierto. Pero eso es algo con lo que debemos lidiar día a día. También puedo añadir que su humanidad me pareció inhumana, pues anteponía una posibilidad a la realidad de su enfermo, y una fe en la ciencia a la comodidad de su paciente. Todo es válido, pero mi actitud no fue la correcta. O al menos no del todo. Aunque me despedí y me urgía llegar a la UCI porque el paciente necesitaba de una actitud inmediata que se había pospuesto a lo largo de toda la mañana, debí hacerle ver lo que yo consideraba un error y que mi decisión de ingresarlo no se basaba en lo que él me dijera sobre la enfermedad que padecía el abuelo, si no en el propio enfermo, que enloquecía por falta de aire y cuyo próximo fin, abrazado a esos estertores a los que ninguno del equipo prestó la mínima ayuda, necesitaba que alguien se ocupase y de forma inmediata. Debí decirle que primero es el enfermo y después las cavilaciones teóricas, y que la voz de un especialista sobre su especialidad vale más que sus propias ideas sobre el particular.

   En fin. Ingresamos al paciente, lo intubamos inmediatamente y casi de inmediato todos los problemas que había previsto y que expuse en la habitación del enfermo aparecieron como por arte de magia. Mi humor, a pesar de todo ello,  o quizá porque había asumido todo aquello, se atemperó a medida que el paciente se estabilizaba; cuatro horas después, con cierto tono conciliador pero todavía resentido, llamé al neurólogo para pedirle que bajase a exponer el tratamiento neurológico que necesitaba. El pobre hombre hacía aguas por todas partes, y sin embargo fue darle la primera dosis de mórficos y verle una sonrisa ligera; fue sedarlo e intubarlo y ver que el respirador hacía su trabajo y él descansaba tranquilo, y recuperar mi calma todo uno. Sabía que se iba a morir, sé que se va a morir, pero al menos lo haría en paz y con la mayor comodidad posible.

   Cuando el neurólogo llegó a valorarlo de nuevo, supongo que se dio cuenta que había que haber actuado antes y que parte de mi enfado se debía a eso. Se acercó a los pies de la cama del enfermo y me saludó. En aquel momento el corazón del abuelo empezó a dar problemas: arritmias de todo tipo, un síndrome taquicardia-bradicardia, una taquicardia ventricular, yo qué sé. Aquel baile de arritmias y su consecuente descalabro hemodinámico sólo eran una mancha más en aquella situación desesperada. Una vez estabilizado (o más estable, porque nunca conseguí frenarla del todo), pude hablar con él. Me explicó el tratamiento que desde su punto de vista debía seguir (ninguno) y que lo mejor era esperar a ver la evolución. Yo me apoyé en una pared y me eché a reír resignado. Era justamente lo que me temía que iba a suceder.

   Al despedirse de mí, se acercó.

   – ¿Cómo estás tan seguro que va a morir? Hay que darle una oportunidad, o eso creo yo.

   Le miré sobrepasado por su ingenuidad o por su exceso de confianza, no sabría decir muy bien. El enfermo ya no era responsabilidad suya y podía permitirse frases ingeniosas como ésa.

   – Bueno… Además de lo que ya has visto, porque tiene 80 años, una enfermedad terminal y una enfermedad neurológica de respuesta errática. Vamos, no hay que ser un lince para ver que tiene muy pocas posibilidades.

   Asintió.

   – Sí, pero todavía puede salir…

   – Todavía.

   Le dije conciliador, y le mostré la puerta de salida.

   Aquel abuelo estuvo inestable toda la noche. Las arritmias arreciaron; despertó; durante unos instantes estuvo asustado, pero una vez que la diligente enfermera le explicó lo que pasaba y le hizo sentir a salvo, cerró los ojos entregado y se dejó llevar. Con un poco de sedación y un poquito de analgesia, pudo dormir bien por primera vez en cuatro interminables días. Su resistencia física era asombrosa y su dejarse hacer mucho más.

   Todos nos equivocamos. Ya el tomar una decisión acarrea esa posibilidad que debe ser asumida. Equivocarse no nos gusta, pero es algo inherente a nuestro quehacer. Intentar tener razón siempre es una utopía, pero aferrarse a ideas peregrinas en nuestro día a día lo es mucho más. Que en la vida todo es posible es una certeza; que en Medicina todo se basa en probabilidades también, y por ende hay excepciones. Sin duda. El arte de equivocarnos está en saber domeñar nuestros miedos, en casar nuestra experiencia con nuestro saber y con nuestra humanidad, encontrando el punto en el que la voluntad de hacer lo correcto se marida con el bienestar y se relaciona con la Salud, que es la falta de Enfermedad, sí, pero también la consecución de la dignidad individual y la ausencia del malgasto.

   Puedo equivocarme con este paciente. Puede que su fortaleza sea mayor que sus 80 años y que su cáncer y salga adelante. Cómo saldrá de sobrevivir es algo que prefiero no imaginar. Ahí radica mis limitaciones y en ellas asiento mi responsabilidad. Es mi deber sopesarlos y decidir en consecuencia, guiándome siempre, siempre, por el bienestar de los enfermos.

   Y sin embargo sé que va a morir. Porque así es el flujo de la Vida. Y está bien que eso ocurra.

   Por la mañana, el abuelo seguía inestable. Durante un momento abrió los ojos y me miró fijamente. Aquella tarde lo hizo para expresar su desazón por la asfixia, esa angustia que agarrota todo acto de voluntad, y que hizo que me decidiera. Los ojos que me miraron ayer por la mañana estaban cansados pero también agradecidos. Ya no estaba poseído por esa angustia, por ese vértigo de la Muerte. De venir, ésta lo hará con calma, sin dolor y con dignidad, que es lo que más me preocupa en estas situaciones.

   Su mirada era de agradecimiento y de algo de temor. Lo supe, era fácil de adivinar.

   Le tomé de la mano y se la apreté.

   – Todo irá bien. Ahora sí.

   Y cerró los ojos, quedándose dormido. Yo dejé su mano sobre la cama.

   Sé que me entendió: no le hablaba de curar, si no de Vivir, que quizá sea la mejor forma de Curar. Y eso es lo que él quería oír. Saliendo de ésta vivo o muerto, ahora sabía que estaría cuidado y que nada tenía que preocuparse.

   Esto es lo que quería decirle a mi colega de Neurología; lo que me gustaría transmitirle a todos los residentes que se forman con nosotros; lo que he aprendido en casi doce años de práctica médica. No me importa equivocarme (y eso que me molesta muchísimo) siempre y cuando el paciente obtenga lo que necesite y se encuentre cómodo y en paz. Tanto en la vida como en la muerte. Eso es lo que para mí significa habitar en el Tiempo de Curar.

   Pero aún me queda mucho por aprender y mucho por equivocarme… Es lo que tiene el Arte de la Medicina: que es eterno, y en su eternidad, pasan los días como pasan los años, y no deja de renovarse nunca.

Nuevo año/ A New Year.

El día a día/ The days we're living

Un destello lo cambia todo/ A Spark Changes Everything.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

En la mano, un corazón/ One Hand, One Heart.

Música/ Music

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Sólo por divertirnos/ Just for Fun.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Ahora que estamos juntos, dime que me amas.

   Anda, anda, dilo suavecito, como en un susurro. Total, no nos oye nadie.

   Dímelo al oído y después a los labios, unos con los otros en una caricia lenta y eterna.

   Ahora que nadie nos ve, dime que me amas.

   Anda, anda, dilo lentamente, para que pueda quedarse en mis oídos una eternidad.

   Dímelo en la boca con tu lengua sabrosa y acaríciame el pelo, que se alborota al estar tú cerca.

   Ahora que la tarde se llena de gente, dime que me amas.

   Juega conmigo al juego del amor, y agarrados de la mano, salgamos al aire frío de la alameda.

   Y juntos, muy juntos, caminemos callados, llenos del juego del amor, y vacíos de nadie más.

   Porque estarás de acuerdo conmigo que tú y yo tenemos algo. Nos buscamos y nos sonreímos, y nos hablamos sin decirnos nada.

   Hacemos el amor si palabras, sólo con la mirada. Delante de los demás; cuando estamos solos. Y seguimos aquí.

   Anda, anda, dímelo al oído, sólo por divertirnos. Dime que me amas muy bajito cuando me abraces, y después haremos como si nada hubiese pasado.

   Y caminaremos de la mano, juntos muy juntos, jugando este juego sólo por divertirnos. El juego del amor secreto que dura toda una tarde de invierno y que está lleno de escarcha.

   Sólo por divertirnos.

Hambriento/ Hunger.

El mar interior/ The sea inside

   Cuando me siento solo, y pasa a menudo, mi corazón gira hacia ti.

   Cuando el amor me estalla entre las manos, cierro los ojos y es tu rostro el que dibujo, con trazo fino los labios, con trazo medio el perfil, con trazo grueso las cejas y el sabor de la boca y  te tiño de rojo y te tiño de azul.

   Cuando me siento solo, y va y viene en este mar de días infinitos, tu recuerdo me llega hasta adentro y consigue despertar el latido que hiberna, el sentido que designa y las ganas locas, una tras otra, de tenerte cerca.

   Cuando me siento así, suspendido entre las horas que no pasan y la marea de tu recuerdo, me siento hambriento. Y busco desesperado cómo engullir tu nombre, y saborear cada uno de los besos que nos dimos, y deleitarme con las caricias redentoras que llegaban a mi piel desde la tuya, partiendo como carabelas hospitalarias hacia tu contenido.

   Tengo hambre de ti. Un sentido insaciable, que no descansa, que me quema por las noches, y hace que busque, hambriento, tu sombra, el despertar de tu calma, esa calma que me regalabas cuando, en una entrega desplomada, caías entre mis brazos.

   Al llegar el alba y abrir los ojos, el vacío hiere mis pupilas y te busco con un hambre loca, y a veces te hallo y es fiesta y alegría, y a veces sólo es espacio inerte y deseo cerrar los ojos para no despertar jamás, y perderme así en la entonación de buscarte sin descanso hasta dejar a tus pies todos mis sentidos y mi desvelos.

   Eres quien todo lo merece y por lo que vivo. El aire que me envuelve, el perfume que me posee, el deseo también y la serenidad a veces, y el cielo abierto y el cuerpo desparramado esperando más.

   Tengo hambre loca de ti. Y como no estás, vago hambriento, insomne, por el océano de mi vida, esperando tropezar contigo, hincar mi boca en tu piel y hallar el descanso y la saciedad dentro de tu cuerpo, a tu lado, a mi lado, más allá de por siempre, más allá de tu esencia y la mía entremezcladas en sueños.

   Pero como no estás, habito hambriento en mis anhelos, y hambriento sigo, día tras día, por ti.